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Lo que no nos cuentan Lo que no nos cuentan

"Cerré mi boca y te hablé de mil maneras silenciosas". Rumi

Archivo de julio, 2018

¿Te gusta Donald Trump? No te sientas incomprendido, tiene explicación

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. EFE

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. EFE

Puedes estar de acuerdo o no con su ideología política pero no se puede negar que Donald Trump sabe conquistar a su público (así lo manifestaron las últimas elecciones y las encuestas). Su vehemente lenguaje corporal agrada y perturba a partes iguales. Levanta pasiones y esto se debe, en gran parte, al modo único en que transmite su mensaje. La comunicación no verbal del presidente de EE.UU se rige principalmente por las siguientes claves:

En primer lugar, destaca su constante expresión facial de ira. El ceño fruncido y la boca en forma de embudo enseñando los dientes suelen ser un habitual en él. Ésta es una emoción negativa, pero es una emoción. Y es que precisamente uno de los atractivos de Trump es la de presentarse al público de una forma honesta, espontánea y transparente. Realmente es coherente entre lo que dice y lo que expresa con su cuerpo y, por tanto, sus apariciones se perciben como sinceras y auténticas. No oculta lo que siente y la gente puede identificarse con él, ya que no es una figura hiératica sin sentimientos, su mensaje es enérgico, fuerte y atrevido. Trump cree en lo que dice. La coherencia con su lenguaje corporal hace que nos fiemos de él de una forma tan férrea como sus propias convicciones.

Sus gestos también siguen este mismo patrón, suelen tener una apertura demesurada, indicando dominancia, orgullo y agresividad. En lugar de conectar y mostrarse colaborativo con sus votantes, ha optado por una postura de ‘macho alfa’ de la manada, proyectando poder, control y seguridad. Algo que le hace extraordinario y le distingue históricamente del resto de presidentes. Además, Trump se mueve mucho, utiliza numerosos gestos ilustradores del mensaje verbal para convencer, lo cuál es muy positivo. Los estudios al respecto determinan que así el espectador entenderá y recordará mucho mejor el discurso pronunciado.

Concretamente, los gestos con las manos más típicos del Presidente, son: el dedo acusador, que comunica amenaza y advertencia, un movimiento que todo orador evita menos él, pero también aporta contundencia y veracidad al mensaje, es una forma no verbal de hablar de tú y saltarse el usted. Perder las formas protocolarias le hace conectar con la gente de a pie. Otro gesto usual en Trump, es el que forma con los dedos la señal de ‘ok’, indica un pensamiento preciso, exhaustivo y disciplinado. Por último, le veremos en no pocas ocasiones los brazos extendidos y las palmas abiertas, este gesto vendría a decir un: “¡Miradme! Estoy con vosotros y no tengo nada que ocultar!”.

Para terminar, no podemos dejar de destacar el apretón de manos marca registrada de Donald Trump. Es uno de los comportamientos gestuales más insólitos que he visto. Sus fuertes sacudidas al saludar han dado la vuelta al mundo. Agarra con fuerza la mano de su interlocutor, la agita violentamente y, literalmente, le arrastra hacia él. La duración de este inquietante ritual ha llegado a durar más de 20 segundos, cuando lo habitual es no superar los 5. Es un apretón de manos muy intimidante, dominante y agresivo, parece una batalla territorial. Esto expresa su afán por quedar por delante del otro, destacar, mostrar su poder y superioridad hacia el otro, intenta someterlo, casi humillarlo, diría yo. Realmente, Donald Trump posee un concepto muy elevado de la puesta en escena. Es consciente de que estos momentos transcienden y los aprovecha para comunicar una imagen de poder al mundo. Además, creo que también utiliza este recurso gestual para ‘medir’ la personalidad, la intención y la resistencia de su interlocutor. De cualquier manera, este gesto también está en consonancia con su personalidad.

Como vemos, Donald Trump tiene luces y sombras en cuanto a comunicación no verbal se refiere, pero está claro que no dejará a nadie indiferente. O te encanta o le odias.

Pablo Casado también ganó por su lenguaje corporal a Sáenz de Santamaría

Pablo Casado. Foto EFE

Pablo Casado. Foto EFE

He de admitir que, hasta el momento, el lenguaje corporal de Pablo Casado me había pasado totalmente inadvertido e indiferente a la hora de analizar la comunicación no verbal en los discursos políticos. Ahora me fascina. En el cara a cara con Soraya Sáenz de Santamaría, luchando por el liderazgo del Partido Popular, se creció, y mucho. Soraya aparecía más artificial y controlada, más fría y preparada. Pablo se mostró tremendamente emocional y esto transmite inteligencia, credibilidad y consigue una conexión directa con el público.

Las expresiones faciales de Casado son muy positivas, estaba contento, seguro de sí mismo, disfrutando el momento, y eso se filtra a través del cuerpo de un modo muy natural. Continuamente sonreía, sus gestos eran dinámicos, fluidos, ilustrando su mensaje. Su nivel de implicación a la hora de comunicar era palpable, sus movimientos eran enérgicos, radiaba ilusión. Tal y como comenta mi colega José Luis Martín Ovejero en el análisis de su blog, Pablo Casado tiene un estilo muy Albert Rivera, así es; tienen muchos aspectos comunes, será interesante analizarlos en futuros cara a cara en los próximos debates electorales.

 

Trump asume el rol de sumisión con Putin

Encuentro de titanes, emociones a flor de piel, vigilancia y control extremo sobre cada movimiento. Trump y Putin dejan poco a la improvisación pero el dominio no verbal en situaciones relevantes de gran impacto también ejerce su labor.

Sin duda, los aspectos predominantes de su encuentro son la tensión, la rivalidad y la dominancia. Observándo la secuencia y los fotogramas del momento no podemos apreciar comodidad, tranquilidad, afabilidad, o gestos relajados, en ninguno de los dos líderes políticos.

En el esperado apretón de manos entre ambos, Trump asume el rol de la sumisión, ofreciendo su mano con la palma hacia arriba, cediendo la posición de líder a Putin, pero su semblante es serio, tosco, con mirada directa, fija y penetrante. Parece que es una declaración de buenas intenciones pero manteniendose defensivo, a la expectativa, es solo una tregua. Le respeta aunque mantiene las distancias.

El gesto entonces de Putin es insólito, le estrecha la mano, pero con la otra se agarra (literalmente) a la silla, gesto que demuestra la tensión máxima del momento, no es un movimiento natural ni cotidiano, denota descontrol, no se sentía cómodo.

Los dos mantuvieros posturas abiertas, dominantes y mentón elevado continuamente, señal de orgullo y prepotencia hacia al otro. El contacto visual entre ambos fue continúo, miradas que duraban más de lo socialmente aceptado, indica desafío, vigilancia, agresividad (intelectual) y reto.

Usar máscaras emocionales para lograr el engaño

Las emociones son recursos para expresar lo que sentimos o lo que queremos que los demás ‘crean’ que sentimos. Sobre todo la sonrisa es un arma letal para manipular a los demás en una primera toma de contacto, su poder puede ser muy beneficioso para conseguir lo que deseamos; y no solo de adultos… ¡lo hacemos desde que somos bebés! Hay estudios que demuestran que los bebés sonríen cuando se sienten felices pero también expresan la mejor de sus sonrisas deliberadamente para complacer, despertar la atención y para que los demás incluso repitan conductas que quieren ver de nuevo; dulce y tierno, pero es una forma más de sutil persuasión.

Cualquier expresión emocional puede ser falsificada y utilizada para ocultar cualquier otra emoción. La máscara de la sonrisa, que es la más utilizada de las máscaras emocionales, sirve como la expresión opuesta de las emociones negativas: miedo, ira, angustia, disgusto, etc. Esta máscara se utiliza a menudo porque muchas mentiras requieren de alguna señal de felicidad o similar para lograr engañar con éxito. Otra razón por la que la sonrisa se usa como máscara es porque la sonrisa forma parte de muchos saludos estándares y, por tanto, tenemos asimilado que significa cortesía en la mayoría de los intercambios sociales.

Las máscaras emocionales funcionan porque la ignorancia es felicidad. Parece que, independientemente de conocer las diferencias entre una sonrisa real y una sonrisa falsa, los verdaderos sentimientos de una persona no se detectan. Esto no se debe a que la sonrisa sea una máscara infalible, sino a que en las relaciones sociales superficiales, rara vez nos importa cómo se siente realmente la otra persona; todo lo que se espera es un pretexto de amabilidad y agrado sin más.

Este ‘engaño’ (no) se realiza siempre con mala intención. En raras ocasiones las sonrisas se escudriñan con atención, la gente está acostumbrada a pasar las mentiras por alto en el contexto de un simple saludo cortés. Uno podría argumentar que es incorrecto llamar a estas máscaras emocionales “mentiras” debido a la regla implícita de que la mayoría de los saludos educados no permiten la expresión de emociones verdaderas y negativas. Quizás hemos tenido un día horrible pero no queremos contarlo a una persona con la que no tenemos confianza, o simplemente no nos apetece dar explicaciones y respondemos que ‘estamos bien’ con una sonrisa fingida. Otra razón, quizás más sencilla que todas las anteriores, de la popularidad de usar la sonrisa como máscara sea que se trata de la expresión facial emocional más automática y fácil de realizar de forma voluntaria.

 

 

*Fuente: “Telling Lies” de Paul Ekman

Un PERO en la comunicación no verbal de Inés Arrimadas

Inés Arrimadas ante los medios (GTRES).

La evolución en el lenguaje corporal de Inés Arrimadas ha sido meteórica. Tiene un perfil de personalidad introvertido emocional; a estas personas normalmente les suele costar bastante exponerse como oradores y lograr transmitir eficazmente. Aquí tenemos el claro ejemplo de su ‘antes y después’ en el momento de enfrentarse a un discurso. Su comunicación no verbal ahora es ‘casi’ perfecta pero nuestra experta en logopedia, comportamiento no verbal y fundadora de OHLaVoz, Carmen Acosta, detecta en ella una limitación importante a la hora de expresarse:

Inés Arrimadas muestra con mucha frecuencia problemas con su voz. Durante el proceso de las elecciones catalanas su voz fue deteriorándose, hasta que incluso llegó a perderla al principio de un debate en la sexta Tv.

En la actualidad suena áspera, destimbrada y forzada, es decir , padece lo que los logopedas llamamos una disfonía.

Es tanta la tensión que tiene que hasta al inspirar podemos apreciar el ruido que el aire produce al rozar en las paredes de una faringe estrecha y deshidratada. Su voz está fatigada.

Contrariamente a lo que mucha gente piensa, la voz no se estropea o se gasta por hacer un uso continuado de ella. Hablar es una actividad muscular, como caminar o escribir. ¿Acaso se nos estropean las piernas si caminamos muchas horas? No, claro que no, siempre y cuando caminemos de manera funcional y vayamos progresivamente aumentando nuestras horas de entrenamiento. Pues lo mismo ocurre con la voz, si la utilizamos adecuadamente se irá volviendo cada vez más fuerte y resistente.

Una voz disfónica es, generalmente, una voz maltratada, y eso es un grave problema, no solo porque puede dejarnos “tirados” cuando más falta nos hace, sino por el tipo de inferencias que una voz enferma puede activar en la mente de los oyentes.

Porque hablar con sobresfuerzo, lo que probablemente ha provocado la disfonía de Inés Arrimadas, es un comportamiento habitual en personas que necesitan hacerse oír, o que se han acostumbrado a que si no fuerzan la voz no se les oye, o no se les tiene en cuenta. Personas que se han acostumbrado a llamar la atención más por el volumen de su voz que por la fuerza de sus ideas.

Por si fuera poco, el sobresfuerzo genera más y más sobreesfuerzo porque el sistema se va volviendo cada vez más rígido, cada vez cuesta más trabajo hablar y cada vez exige más esfuerzo. Este círculo de rigidez creciente merma las capacidades expresivas porque provoca que el hablante sea cada vez menos capaz de matizar su habla con las emociones, por lo que aún más se verá fortalecida la idea de encontrarnos ante un orador rígido.