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No sabemos de dónde salió el coronavirus, y quizá nunca lo sepamos

Los libros de historia del futuro hablarán sobre el origen del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la pandemia de COVID-19 de 2019-202?, la mayor catástrofe epidémica infecciosa desde la de la gripe de 1918. Pero ¿qué contarán esos libros?

Es posible que cuenten que jamás llegamos a conocer el origen del virus. Lo raro sería lo contrario: aunque se sabe que la gran mayoría de los patógenos emergentes son de origen zoonótico (saltan azarosamente desde animales a humanos), en la mayor parte de los casos se desconoce cómo, cuándo, dónde y desde qué especie se produjo esta invasión. Ciertas voces mal informadas, o deliberadamente sesgadas, o ambas cosas, suelen comparar el caso actual con el del SARS-1 en 2002 y el del MERS en 2012, cuyos orígenes sí son conocidos (al menos el del SARS-1, no exactamente el del MERS, como voy a explicar).

Pero si se citan estos dos casos concretos es precisamente porque las excepciones a la regla son minoritarias. En el primero, el coronavirus del Síndrome Respiratorio Agudo Grave, hoy llamado SARS-1, el clúster inicial de pacientes estaba bien localizado en Guangdong, China; casi la mitad de los afectados eran vendedores de comida o de animales en un mercado concreto. Los primeros test encontraron el virus en las civetas que se vendían en el mercado. En el caso del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio, los primeros infectados eran tratantes de camellos; poco después se descubrieron anticuerpos contra el virus en el 100% de los camellos testados.

Pero cuidado: quienes de esto concluyen que el origen del SARS-1 y el MERS se zanjó en unos meses, o están mal informados, o están mintiendo. Encontrar en una especie diferente a la humana el mismo virus que se está propagando entre los humanos no prueba que dicha especie sea el origen de la zoonosis; puede ser que el salto se haya producido en sentido contrario.

Solo analizando la evolución de los genomas del virus a lo largo del tiempo, trazando mapas genéticos cronológicos y encontrando los “eslabones perdidos” anteriores en el tiempo y coherentes en el espacio puede esclarecerse el origen real de un virus; es una combinación de investigación científica y trabajo detectivesco hasta llegar a delinear un modelo sin fisuras, inequívocamente plausible (del plausible inglés, dado que su traducción española no es del todo equivalente).

Y en el caso del SARS-1 esto no fue cuestión de meses. Sino de 15 años. Quince años de investigaciones, hasta que se encontraron en un murciélago todos los bloques genéticos que, junto con los mapas evolutivos, dibujaban un recorrido claro del virus desde estos animales a los humanos. En cuanto al virus del MERS, se encontró en murciélagos, y en algunos de estos animales se hallaron coronavirus relacionados. Pero lo cierto es que aún no se ha localizado la especie concreta en la que pudo surgir el virus humano ni se ha podido determinar con exactitud cuándo se produjo la zoonosis.

Mercado de Huanan, en Wuhan. Imagen de Skoleopgave1 / Wikipedia.

Mercado de Huanan, en Wuhan. Imagen de Skoleopgave1 / Wikipedia.

En el caso del SARS-2, causante de la COVID-19, se encontró un primer clúster en el mercado de Huanan, en Wuhan. Pero posteriormente se describieron casos anteriores a este primer clúster que no tenían ninguna relación con el mercado, e incluso existen posibles indicios, no suficientemente contrastados, de que el virus pudo estar presente en otros lugares del mundo antes que en Wuhan. Se encontró el virus en muestras ambientales del mercado de Huanan, lo cual era esperable, pero no así en ninguno de los animales allí testados. El virus se ha encontrado en numerosos gatos de Wuhan; pero según lo ya dicho, esto no prueba nada, como tampoco el hecho de que el virus infecte fácilmente a otras especies como hurones, visones o hámsters. Se han encontrado virus estrechamente emparentados en murciélagos; pero no todos los bloques genéticos que expliquen su camino evolutivo hasta los humanos. Todo esto es, por el momento, un puzle imposible de resolver. No existe un modelo plausible. Quizá se acabe llegando a él, o quizá no.

Hasta aquí, lo anterior nos lleva a dos ideas. Primera, quienes encuentran escandalosamente sospechoso que casi en un año y medio aún no se haya descubierto el origen del virus no saben de qué están hablando. O si saben de qué están hablando, no están contando la verdad. Segunda, y por supuesto dando por descontada la opacidad de las fuentes oficiales chinas y las innegables trabas que han puesto en el camino de los investigadores empeñados en desvelar el origen del virus, lo que el público parece desconocer es que la mayor parte de la información científica publicada sobre el origen del virus, sobre todo en los primeros momentos, procede de científicos chinos. Y estos datos, como vemos, no demuestran sin fisuras un origen azaroso del brote, como se supone que le interesaría presentar a la oficialidad china.

Es más, cuando el director del Centro de Control de Enfermedades de China, Gao Fu, anunció públicamente en mayo de 2020 que las muestras tomadas de animales de Huanan habían sido todas negativas, y que el mercado actuó como sede de un evento inicial de supercontagio, pero que no fue el foco original del virus, realmente desperdició una ocasión inmejorable para declarar justo todo lo contrario: que se había encontrado el virus en animales del mercado, que por tanto el foco inicial fue el mercado, origen natural, caso cerrado.

Pero si ya es científicamente difícil determinar el origen de un virus, aún lo es más cuando ya es imposible despolitizar lo extremadamente politizado. Por supuesto que las investigaciones deben continuar durante los años que sea preciso. Los científicos deben pronunciarse claramente a favor de la necesidad de impulsar estas investigaciones, como ya están haciendo. Los políticos y los organismos deben apoyar y financiar estas investigaciones, como algunos están haciendo, otros no tanto.

El problema es que a estas alturas es imposible desvincular lo que debería ser puramente un empeño científico de sus motivaciones políticas. Cuando los científicos piden públicamente más investigaciones para esclarecer el origen del virus, lo único que están dejando de manifiesto es que aún no hay pruebas para demostrar al cien por cien una zoonosis natural y azarosa ni para descartar al cien por cien la intervención de un laboratorio. Y que deben seguir buscándose. Esta es hasta ahora la única intersección que puede extraerse de las distintas visiones de los científicos.

Sin embargo, ningún científico experto con experiencia relevante en este campo, repito, ninguno, afirma que el virus escapó de un laboratorio. Todos admiten que no existen pruebas para descatarlo por completo, porque no existen. Algunos sospechan que pudo ser así. Y unos pocos lo dicen. Varios de estos últimos, algunos de ellos científicos muy reputados, han declarado que en respuesta a sus artículos, ya sean estudios científicos o piezas de opinión en los medios, han recibido solo llamadas de periodistas de medios ultraconservadores, a quienes en muchos casos les han negado la entrevista porque, claramente, no habían entendido nada. Algunos científicos que sí defienden abiertamente la hipótesis de la zoonosis natural han declarado haber recibido ataques verbales en las redes sociales e incluso amenazas de agresión sexual, como es el caso de Angela Rasmussen.

Por contra, algunos científicos que se muestran más críticos con quienes dan casi por cierta la hipótesis de la zoonosis natural declaran haber recibido acusaciones de conspiranoia o de pertenencia a QAnon (una teoría de la conspiración ultraderechista surgida en EEUU). Que yo sepa, ninguno de esos científicos relevantes ha defendido claramente el escape del virus de un laboratorio; solo piden más investigaciones, por lo que es injusto acusarles de conspiracionismo. En cambio, sí son bastante numerosas las intervenciones de autoproclamados expertos, sin experiencia relevante alguna, o de opinadores profesionales que apoyan ya sea de forma más velada o más directa la hipótesis de que el virus escapó de un laboratorio, hipótesis sin la menor prueba. Estos sí puede decirse, lo crean ellos o no, les guste o no, que con la ciencia actual en la mano están rozando el conspiracionismo, la desinformación y el bulo.

En fin, la cuestión sobre el origen del virus de la COVID-19 es uno de esos guadianas de la pandemia que aparecen y desaparecen periódicamente, sobre todo con la ocasional publicación de algún artículo al cual, y a cuyos autores, fuentes no expertas a veces les otorgan más relevancia de la que realmente tienen. Mañana hablaremos de alguno de estos casos recientes.

Qué es y qué no es la misión de la OMS en China sobre el origen del coronavirus

Después de cumplir la obligada cuarentena, ha comenzado su trabajo el grupo internacional de diez expertos independientes seleccionados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para investigar el origen del coronavirus de la COVID-19 en la ciudad china de Wuhan. El equipo incluye además a otros cinco expertos de la propia OMS, junto con representantes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y de la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE).

La presencia de delegados de estos dos últimos organismos se encuadra dentro de la corriente One Health, un enfoque que ha crecido desde comienzos de este siglo y que aborda las amenazas globales a la salud en la intersección entre medicina, sanidad animal y conservación medioambiental, ya que las tres están muy relacionadas: la destrucción de hábitats, la caza furtiva, la ganadería o los mercados de animales salvajes potencian el contacto de los humanos con especies portadoras de posibles virus zoonóticos emergentes.

No es la primera vez que los expertos de la OMS se desplazan a China con motivo de la pandemia del SARS-CoV-2. Hace casi un año, antes de que el brote creciera a la magnitud que después alcanzó, el organismo de la ONU envió una primera misión destinada a analizar en detalle a qué nos estábamos enfrentando. Ahora, un año después, se trata de iniciar in situ un largo proyecto de investigación coordinado con el fin de “contribuir a mejorar la comprensión de los orígenes del virus y ayudar a fundamentar futuros estudios, mejorando así la preparación global y la respuesta al SARS-CoV-2 y a las enfermedades zoonóticas emergentes de origen similar”, según resume el documento que detalla el propósito de la misión. El objetivo a perseguir con esta investigación puede resumirse aún más: averiguar qué tipo de animal, cómo, cuándo y dónde transmitió el virus a los humanos.

Wuhan, enero de 2020. Imagen de SISTEMA 12 / Wikipedia.

Wuhan, enero de 2020. Imagen de SISTEMA 12 / Wikipedia.

El régimen de China, un país que no se distingue precisamente por su transparencia, ha interpuesto trabas al despliegue de esta misión, primero retrasando su planificación y después dificultando el acceso a su territorio a algunos de los miembros. Nadie ignora que, desde el comienzo del brote en Wuhan que después se convertiría en pandemia, el gobierno chino ha obstaculizado la difusión de la información relativa al nuevo coronavirus y su impacto.

Obviamente, la ciencia china está atada por las limitaciones y obligaciones impuestas por su gobierno, lo que, como ya he comentado aquí anteriormente, supone un riesgo para la ciencia global cuando el país asiático está ascendiendo progresivamente hacia el primer puesto de la producción científica en el mundo.

Pero frente a esto, conviene también hacer dos comentarios. Primero y pese a todo lo anterior, es justo reconocer el empeño de la ciencia china en abrirse al mundo y adoptar los estándares internacionales. En la época de mi tesis en inmunología, en los años 90, era infinitamente más raro que ahora encontrar en este campo –muy relacionado con la pandemia– un estudio en una revista internacional de primera fila firmado solo por científicos chinos trabajando en China.

La mayoría del público ha oído hablar de las injerencias del gobierno en la difusión inicial de los datos de la pandemia, pero desconoce que la gran mayoría de la información científica inicial publicada, incluyendo el primer genoma del virus y el primer estudio clínico de la enfermedad, procedió de China. Los 10 estudios más citados por otros científicos sobre COVID-19 en los primeros seis meses de 2020 fueron todos chinos, algo que era impensable en anteriores ocasiones similares como el brote de SARS en 2002. Un reciente reportaje en Science explica que la ciencia china está cambiando, y que la pandemia ha sido un punto de inflexión en esta transformación; en la propia China hay numerosos grupos investigando el origen del virus.

También es importante deslindar lo que la OMS pretende hacer en China de lo que las teorías conspiranoicas afirman que no va a poder hacer. No, el virus SARS-CoV-2 no es de origen artificial, y la misión de la OMS no tiene nada que ver con esto. La tecnología para crear un virus no existe en el planeta Tierra, y si este virus hubiese sido manipulado a partir de uno natural para obtener una ganancia de función, algo que sí se ha hecho anteriormente en varias ocasiones, no solo quedarían en su genoma huellas del procedimiento, sino que además el diseño del virus –incluso con la ayuda de inteligencia artificial– habría sido bastante diferente.

Otra cuestión bien distinta es la posibilidad de que el virus escapase de un laboratorio mediante la infección inadvertida de uno de sus trabajadores, bien a partir de animales recogidos de la naturaleza o de tejidos o cultivos celulares infectados. Esto ocurre con mucha más frecuencia de lo que el público imagina: el virus de Marburgo, un pariente del ébola, se denomina así precisamente porque se descubrió en dicha ciudad alemana, donde varios trabajadores de un laboratorio lo contrajeron de monos africanos albergados allí. El último caso de viruela en 1978 se originó también en un laboratorio. El Centro para el Control de Enfermedades de EEUU registró entre 2005 y 2012 nada menos que 1.059 incidentes de exposición accidental de personal de laboratorios a agentes patógenos; más de mil solo en EEUU y solo en ocho años.

Pero a este respecto, si de algo podemos estar seguros es de que la misión de la OMS no va a descartar por completo esta posibilidad si no está convencida de que puede descartarla, algo que no ocurrirá si los expertos encuentran trabas por parte de las autoridades chinas durante sus investigaciones. E incluso aunque pudiera demostrarse una fuga de un laboratorio, algo extremadamente difícil de probar, la OMS también ha aclarado que no se trata de buscar culpables. La ciencia solo busca explicaciones y maneras de evitar futuros errores.

Más allá de todo esto, el origen natural de la zoonosis continúa siendo la hipótesis de consenso. No parece que el salto inicial del coronavirus a los humanos se produjera en el mercado de marisco de Wuhan, ni que saltara directamente desde los murciélagos o los pangolines, aunque la misión de la OMS también contemplará estas hipótesis. Pero la estimación actual incluye más de 500 especies que han podido actuar como origen y reservorio del virus entre su antepasado en los murciélagos y el actual en los humanos. Científicos del Instituto de Virología de Wuhan apuntan al visón como un posible sospechoso de la transmisión inicial, mientras que la propia OMS ha subrayado una prevalencia del virus sospechosamente alta en los gatos de Wuhan durante el comienzo del brote.

Frente a todo lo anterior, o más bien teniendo en cuenta todo lo anterior, si algo debe subrayarse es que existen muy pocas esperanzas de que esta misión de la OMS consiga averiguar el origen del virus, como han reconocido los propios integrantes del equipo. Es peor que la aguja en el pajar. El proyecto incluye una posterior segunda fase más a largo plazo en la que se analizará la posibilidad de que el virus estuviera presente en otros lugares de China y del mundo antes del brote de Wuhan, algo que aún tampoco ha podido descartarse. Estamos solo al comienzo de una búsqueda que tal vez nunca llegue a resolverse con éxito.

Ideas muy extendidas sobre el coronavirus, pero incorrectas (1): el mercado de Wuhan y los murciélagos

No, esta serie que comienzo hoy no va de esos grandes bulos: que el coronavirus no existe y es un montaje de nosequién, que pretenden inocularnos una falsa vacuna con un chip o algo para nosequé, que las mascarillas no sirven para nada y que matan, nosequé sobre el 5G que no me ha merecido la pena ni leer qué es… O, cómo no, que el virus fue creado en un laboratorio (de China o de Trump, conspiranoia adaptativa al gusto de cada cual).

Estas fantasías son muy difíciles de erradicar, dado que, por decirlo de algún modo, es una confrontación de cerebro contra tripas: es casi imposible convencer con datos y argumentos racionales a quien no basa su creencia en datos ni argumentos racionales, sino en sesgos ideológicos, corazonadas, manías y obsesiones.

Pero lejos de estos mundos imaginarios, existe otro terreno mucho más cercano y real, y por tanto más resbaladizo, donde es fácil quedar atrapado incluso si uno sigue la información corriente sobre la COVID-19. Son ideas difundidas al comienzo de la pandemia y posteriormente refutadas por la ciencia, pero cuya refutación ha calado menos que la idea inicial; son datos conocidos por los científicos pero que, por algún motivo –a menudo porque no aparecen en notas de prensa–, han sido mayoritariamente ignorados por los medios; son casos del teléfono roto, en los que una idea se ha contado mal y ha llevado a un malentendido; son, incluso, mensajes transmitidos por ciertos gobernantes a quienes les interesa colocar políticas o por empresas comerciales a quienes les interesa colocar productos, y que en algún caso son medias verdades, pero que en algún otro son pura ficción.

Aquí traigo, en varias entregas, un lote de algunas de esas ideas incorrectas. Algunas quizá ya resulten sabidas para algunos, pero es posible que alguna sorprenda a casi todos. Empezamos por el origen del coronavirus:

El brote del coronavirus surgió en un mercado de Wuhan: refutado hace meses

Es curioso que aquello que se planteó como una simple sospecha, y muy pronto pasó a ser una simple sospecha refutada por los estudios científicos, en cambio ha permanecido en la mente de muchos como si fuera un dato cierto. No, el brote del coronavirus SARS-CoV-2 no comenzó en un mercado de Wuhan. Tal vez no empezó en Wuhan. Ni siquiera existe la seguridad absoluta de que surgiera en China.

Wuhan, enero de 2020. Imagen de SISTEMA 12 / Wikipedia.

Wuhan, enero de 2020. Imagen de SISTEMA 12 / Wikipedia.

En un primer momento el origen en el mercado de Wuhan se manejó como una hipótesis, al descubrirse varios casos ligados a él. Pero esta idea quedó rebatida muy pronto: el 24 de enero –hablamos de un mes y medio antes del confinamiento en España, cuando el virus aún ni siquiera tenía nombre definitivo– un estudio publicado en The Lancet describía los primeros 41 casos confirmados de la infección en Wuhan. Trece de esos 41 casos, incluyendo el más temprano de todos ellos, no tenían ninguna relación con el mercado.

La revista Science comentaba entonces que estos datos cuestionaban seriamente la hipótesis de que el virus saltó a los humanos en el mercado de Wuhan. Dado que aquel primer paciente descrito enfermó el 1 de diciembre, y sumando el periodo de incubación, el especialista en enfermedades infecciosas Daniel Lucey, de la Universidad de Georgetown, estimaba que el virus llevaba circulando al menos desde noviembre, si no antes, y que posiblemente lo hizo en distintos lugares de Wuhan y tal vez fuera de la ciudad antes de detectarse que se trataba de un nuevo virus. Según Lucey, el mercado contribuyó a alimentar el brote, pero no lo inició: “El virus entró en el mercado antes de salir del mercado”, dijo.

Posteriormente, nuevos datos vinieron a enterrar definitivamente la hipótesis del mercado. Ya a mediados de marzo, una investigación del gobierno chino identificó a una persona de 55 años de la provincia de Hubei como el primer paciente conocido. Esta persona se habría infectado hacia el 17 de noviembre, una fecha que aproximadamente concordaba con la estimación de los estudios genéticos sobre el momento en que el virus habría saltado a los humanos.

Después las cosas se complicaron aún más, cuando al menos en tres países, España, Italia y Brasil, se describieron presuntos indicios de la presencia del nuevo coronavirus en aguas residuales muchos meses antes de los primeros casos detectados en China. Estos resultados hay que tomarlos con extrema prudencia, sobre todo cuando aparecen en preprints no publicados. Pero no sería la primera vez que el origen de un virus acaba trazándose a un lugar diferente y a un tiempo anterior a lo que su identificación inicial sugería: el coronavirus del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) fue detectado por primera vez en Arabia Saudí en junio de 2012, pero estudios posteriores mostraron que un brote surgido dos meses antes en Jordania se debió al mismo virus.

Esto aún no ha ocurrido para el SARS-CoV-2, pero existen indicios de que ya circulaba fuera de China antes de lo sospechado. La primera muerte descrita en Europa fue la de un turista chino de Hubei el 15 de febrero. Pero en abril se descubrió que el 6 de febrero había muerto en EEUU con infección del coronavirus una mujer que no había viajado al extranjero, revelando que en enero el virus ya estaba corriendo libremente con transmisión comunitaria al otro lado del mundo sin ser detectado.

Aún no es descartable que el virus surgiera en otro país antes de identificarse por primera vez en China. A diario fallecen de neumonía en todo el mundo infinidad de personas de edad avanzada y con problemas previos de salud, sin que los antibióticos logren salvarlas y sin que se determine una causa precisa; es cuando se detecta un clúster de casos similares, sobre todo si se trata de personas jóvenes y sanas, cuando pueden saltar las alarmas. Esto es lo que sucedió en China en diciembre de 2019. Pero dado que no ha podido localizarse un “paciente cero”, el origen del brote aún es una cuestión abierta.

El virus saltó a los humanos desde los murciélagos: malentendido, nunca fue así

No se conoce el dónde, pero tampoco el cómo. Los estudios iniciales sobre la procedencia del coronavirus sugerían un posible origen en los murciélagos, lo que ha llevado a muchas personas a creer que fueron estos animales los que transmitieron el virus a los humanos. Pero esta es una interpretación errónea del mensaje; no era esto lo que decía ningún estudio, como tampoco que fueran los pangolines los responsables del spillover, el salto a los humanos.

Uno de los argumentos de las teorías conspiracionistas es que “en todos estos meses” ya debería haberse descubierto el origen del virus. Pero parece haber un desconocimiento de lo sumamente complicado que es esto, sobre todo cuando no se conoce dónde surgió el primer brote. Tomemos como ejemplo el SARS-1, el coronavirus emparentado con el actual que se detectó en 2002. En aquel caso, y dado que los primeros contagios estaban claramente relacionados con el comercio de animales vivos en el mercado de Guangdong, rápidamente se pudo encontrar el virus en civetas y perros mapache. Pero incluso con aquella ventaja inicial, rastrear el origen del virus fue infinitamente más complicado: tuvieron que pasar 15 años para que llegara a confirmarse la fuente original en los murciélagos.

Sin embargo, hay que aclarar qué significa este “origen”. En el caso del SARS-1, se encontraron todos los bloques genéticos del virus en aquellos murciélagos. Para el SARS-CoV-2 se supone que compartió un antepasado común con los coronavirus hallados en murciélagos de herradura del género Rhinolophus de la provincia china de Yunan, a más de mil kilómetros de Wuhan. Pero como me contaba recientemente Juan Emilio Echevarría, jefe de la Unidad de Aislamiento y Detección de Virus del Laboratorio de Referencia e Investigación en Enfermedades Víricas Inmunoprevenibles del Centro Nacional de Microbiología en el Instituto de Salud Carlos III, decir que el origen del SARS-CoV-2 está en los murciélagos es “una afirmación tan ambigua como confusa; viene a ser lo mismo que decir que los orígenes del asesino de la baraja están en África”, ya que el Homo sapiens surgió allí.

Pero, prosigue Echevarría, para los coronavirus humanos “no existe evidencia alguna de que [los murciélagos] sean sus reservorios naturales, ni mucho menos de que sean los que han transmitido estas enfermedades a los humanos; de hecho, no se ha documentado ninguna transmisión de un coronavirus de un murciélago a un humano”.

Resumiendo, se sabe que probablemente el virus actual tuvo sus ancestros evolutivos en los murciélagos, hace aproximadamente medio siglo, de acuerdo a los estudios genéticos. Pero desde ahí hasta su salto a los humanos se abre un gran espacio en blanco. En los pangolines se descubrió un coronavirus que se parece más al SARS-CoV-2 que los de murciélagos en la proteína que sirve al virus para invadir las células, pero que en conjunto es algo más diferente. Por lo tanto, tampoco el coronavirus del pangolín es el SARS-CoV-2.

Así pues, habrá que seguir esperando, pero es lo de la aguja en el pajar: en el caso de los murciélagos, existen más de 1.400 especies; son el 20% de todos los mamíferos conocidos. Y en ellos se han descubierto ya casi 11.000 tipos de virus distintos; 3.800 de ellos son coronavirus.

En cuanto a localizar la especie concreta desde la cual el virus saltó a los humanos, es como intentar encontrar una aguja en un pajar sin saber siquiera en cuál de los miles de pajares posibles está escondida la aguja. No solo se requiere mucha investigación –que el expresidente Donald Trump ha obstaculizado cancelando un gran proyecto científico de colaboración con China sobre coronavirus de murciélagos, un “stop the count” a la ciencia para que no le estropeara su versión–, sino también una buena dosis de suerte. Quizá algún día llegue a descubrirse el origen del SARS-CoV-2. O tal vez nunca lo sepamos.

¿Son eficaces las mascarillas para protegernos de contagios como el del coronavirus?

Decíamos ayer que las mascarillas quirúrgicas, esas que se están vendiendo a millones en todo el mundo, no se inventaron ni están concebidas para protegerse de un contagio, sino para impedir que una persona disemine sus propios microorganismos al entorno. Sin embargo, decíamos también, que algo no esté diseñado para un fin y que resulte completamente inútil para ese fin son, al menos en principio, dos cosas diferentes. Así que hoy toca preguntarnos: en la práctica, ¿sirven las mascarillas para protegernos de contagios como el del nuevo coronavirus 2019-nCoV?

Para empezar, conviene tener en cuenta que no todas las mascarillas son iguales. Lo dicho ayer se refería a las mascarillas quirúrgicas no textiles (de papel), las más utilizadas y que se están vendiendo a mansalva en las farmacias, también en nuestro país. Pero existe otra categoría, los llamados respiradores N95, así llamados porque filtran al menos el 95% de las partículas de un tamaño mínimo de 0,3 micras (300 nanómetros; virus como los de la gripe o los coronavirus ya conocidos miden en torno a los 100 nanómetros). Algunos de estos están también aprobados como mascarillas quirúrgicas. Son así:

Un respirador N95. Imagen de Banej / Wikipedia.

Un respirador N95. Imagen de Banej / Wikipedia.

La compañía 3M, uno de los grandes suministradores de estos materiales, aclara que las mascarillas “están diseñadas para proteger al paciente de los microorganismos exhalados por el profesional de la salud”. Es decir, que una mascarilla es útil si la lleva quien ya está afectado por un contagio, y no quienes pretenden protegerse de él.

En cuanto a los respiradores N95, la misma compañía dice que “están diseñados para proporcionar un sellado seguro de la cara al respirador”. Esta es una característica que distingue a los respiradores de las mascarillas. Respecto a su uso, 3M apunta que los respiradores N95 “ayudan a reducir la exposición a partículas del aire”, y que si se utilizan correctamente pueden reducir en un factor de 10 la exposición a virus como los de la gripe.

Otra pista nos la ofrecen las autoridades reguladoras. En EEUU, el Centro para el Control de Enfermedades (CDC) señala que las mascarillas quirúrgicas pueden proteger frente a grandes salpicaduras de fluidos, pero que “no están diseñadas para capturar un alto porcentaje de pequeñas partículas, lo que significa que no protegen al usuario de respirar partículas del aire transmitidas por la tos o el estornudo”. El CDC añade que estas mascarillas no ofrecen un buen sellado sobre la cara, por lo que “no previenen las fugas alrededor del borde de la mascarilla cuando el usuario inhala”. En conclusión, quienes usen estas mascarillas “no estarán protegidos contra la exposición a enfermedades transmisibles por el aire”.

En cuanto a los respiradores N95, el CDC apunta que ofrecen un mayor nivel de protección, pero que “incluso un respirador N95 adecuadamente ajustado no elimina por completo el riesgo de enfermedad o muerte”. Este organismo subraya además otras consideraciones importantes; en primer lugar, “los respiradores N95 no están diseñados para niños ni personas con pelo facial”. Además, es esencial tener en cuenta que, una vez puesto, “el usuario nunca debe tocar la parte frontal contaminada del respirador con las manos desnudas. Las manos deben lavarse después de ponerse y quitarse el respirador”.

En resumen, y por si quedara alguna duda, “el CDC no recomienda de forma general utilizar mascarillas o respiradores para uso casero o en comunidades”, sino solamente para los profesionales de la salud.

Por último, ¿qué dicen los estudios? No hay demasiados datos sobre la eficacia de mascarillas y respiradores contra distintos tipos de infecciones, y los que hay no son inmediatamente aplicables a las situaciones cotidianas en las que suelen utilizarse, donde además el uso de las mascarillas o los respiradores no es necesariamente el correcto.

Los datos experimentales en el laboratorio son escasos, ya que por razones de seguridad muchos ensayos se han llevado a cabo con un virus inocuo para los humanos llamado Phi X 174, que solo infecta a las bacterias. En 2018, un estudio comparó los resultados con este virus con los de un virus inactivado de la gripe, y encontró que la eficacia de las mascarillas contra este virus humano es menor. Dada la similitud de tamaño entre los coronavirus ya conocidos y los de la gripe, en principio no hay motivos para sospechar grandes diferencias.

Wuhan, enero de 2020. Imagen de SISTEMA 12 / Wikipedia.

Wuhan, enero de 2020. Imagen de SISTEMA 12 / Wikipedia.

Por su parte, algunos ensayos clínicos en situaciones reales sugieren que en ciertos casos concretos el uso de las mascarillas puede ser ventajoso. En 2008, un estudio clínico dirigido por la experta en bioseguridad de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia) Raina MacIntyre descubrió una mayor protección frente al contagio de gripe dentro de una misma familia entre quienes utilizaban mascarillas que en el caso contrario, curiosamente sin encontrar diferencias significativas entre las quirúrgicas y las N95.

Otro estudio en 2009 encontró un contagio reducido cuando al uso de mascarillas se unía un frecuente lavado de manos, aunque los autores reconocían que el cumplimiento de las medidas por parte de los pacientes no fue estricto. Los resultados de otra investigación clínica dirigida también por MacIntyre concluyeron que las mascarillas podrían reducir el contagio dentro de una misma familia en los casos graves de pandemias, pero no pudo descartar que esta reducción se debiera no a la mascarilla en sí, sino al menor contacto de las manos con la cara.

Pero incluso teniendo en cuenta estos resultados positivos, la propia MacIntyre ha advertido de que también en ciertos casos el uso de mascarillas puede ser más perjudicial que no llevarlas. En 2019, un estudio dirigido por esta experta descubrió que “los patógenos respiratorios en la superficie exterior de las mascarillas médicas usadas pueden resultar en una autocontaminación”, en la línea de lo dicho antes sobre tocar el exterior de la mascarilla.

Y el del propio virus no es el único riesgo: según contaba MacIntyre a Forbes, las mascarillas absorben humedad en la que pueden crecer bacterias patógenas, directamente frente a nuestras vías respiratorias. Un estudio en 2003 encontró que la cara exterior de las mascarillas usadas por los dentistas, quienes normalmente no trabajan con pacientes infecciosos, estaba contaminada por estreptococos, estafilococos y otros microbios potencialmente peligrosos. Y con las mascarillas de tela puede ser aún peor.

En resumen, y aunque la emergencia sanitaria global declarada ayer por la Organización Mundial de la Salud frente al avance del coronavirus 2019-nCoV no es sino una medida lógica y necesaria, destinada a poner en marcha las medidas de prevención y contención, si hay algo cierto es que los expertos vienen advirtiendo desde hace años de la certeza de nuevas futuras pandemias que van a convertir el actual estado de alerta en algo relativamente frecuente.

De hecho, y a pesar de todo el revuelo en torno al 2019-nCoV, el riesgo que más continúa preocupando a los expertos es el de las nuevas gripes, con gran facilidad de transmisión y potenciales de letalidad mayores que el del nuevo coronavirus. Frente a todo ello y dejando de lado las mascarillas, estas son las medidas de prevención que recomienda el CDC, extensibles también a lo recomendado por otras autoridades:

  • Lavarse las manos con frecuencia con agua y jabón durante al menos 20 segundos. Si esto no es posible, utilizar un desinfectante de manos con al menos un 60% de alcohol.
  • No tocarse los ojos, la nariz ni la boca con las manos sin lavar.
  • Evitar el contacto estrecho con personas enfermas.
  • Quedarse en casa cuando uno esté enfermo.
  • Cubrirse la nariz y la boca con un pañuelo de papel para toser o estornudar, y arrojar inmediatamente el pañuelo a la basura.
  • Limpiar y desinfectar los objetos y superficies que se toquen con frecuencia.

El caso del coronavirus chino: preocupante y a la vez esperanzador

En poco más de un mes, el nuevo coronavirus chino 2019-nCoV ya ha recibido inmensamente más atención mediática y pública que el aún vigente brote de ébola en la República Democrática del Congo en casi año y medio. Y ello a pesar de que el segundo ya ha causado 2.237 muertes entre 3.416 casos (65% de mortalidad), mientras que el primero ha matado a 26 personas (datos de hoy) entre un millar de afectados que podrían subir hasta los 4.000, según el Centro de Análisis de Enfermedades Infecciosas Globales del Medical Research Council de Reino Unido.

No es una novedad, ni requiere explicación, ni por ello deja de ser triste, que los virus de por ahí abajo no preocupan siempre que no se les ocurra cruzar a este lado del Sáhara. Pero a primera vista resultaría curioso: aunque aún no se han publicado datos oficiales de la tasa de mortalidad del 2019-nCoV –un nombre provisional que en algún momento se sustituirá por el definitivo–, actualmente se maneja una cifra en torno a un 2% de los pacientes sintomáticos; podría ser menor si se descubriera que la condición asintomática es frecuente. Y en cambio, el ébola tiene una mortalidad de hasta el 90%. Por arrojar un dato de comparación, la gripe de 1918 mató a entre el 10 y el 20% de los infectados, mientras que la mortalidad de las gripes actuales es menor del 1%.

El personal de la estación de ferrocarril de Wuhan controla en los monitores la temperatura de los viajeros. Imagen de China News Service / Wikipedia.

El personal de la estación de ferrocarril de Wuhan controla en los monitores la temperatura de los viajeros. Imagen de China News Service / Wikipedia.

Pero a segunda vista, lo cierto es que hay motivos para que el 2019-nCoV sea incluso más preocupante que el ébola para la población en general. En primer lugar, y mientras que la posibilidad de transmisión del temible virus africano por el aire (aerosoles) aún es controvertida, en el caso del nuevo coronavirus chino parece confirmada, lo que apunta a un contagio fácil como el de una gripe. Y este es precisamente uno de los rasgos que los expertos suelen atribuir al hipotético virus que podría causar la próxima gran pandemia.

Por otra parte, también suele señalarse que el ébola mata demasiado y demasiado deprisa, por lo que resulta más asequible localizarlo y contenerlo. El causante ideal de una futura pandemia global sería, dicen los expertos, un virus con síntomas más leves e inespecíficos, lo que dificultaría su reconocimiento, y con una mortalidad baja, lo que le daría ocasión de expandirse. Pero incluso con una letalidad de solo un 2%, su impacto podría ser devastador; pensemos que la gripe de 1918 infectó a la tercera parte de la población mundial. Si algo semejante llegara a ocurrir hoy, imaginemos lo que supondrían más de 300.000 víctimas mortales en una población como la española.

En resumen, el coronavirus chino se parece bastante al retrato robot del virus que a juicio de los expertos podría causar el próximo gran desastre epidémico. Y aunque en estos días a todos aquellos que tenemos una cierta relación con estos asuntos suelen preguntarnos si hay motivos para la preocupación, en realidad no se trata tanto de temer la posibilidad de que un virus como este pueda llevarnos al otro barrio a cada uno de nosotros en particular, sino de la perspectiva, que nadie puede descartar, de un azote global que deje una herida profunda en nuestro mundo, como lo hizo la gripe de 1918.

Al menos existe también una visión esperanzadora, y es la respuesta que se ha puesto en marcha. Sea cual sea el sentido de la flecha que define cuál es la causa y cuál el efecto, lo cierto es que la gran atención mediática ha venido acompañada por medidas rápidas, algunas de ellas sin precedentes, como las cuarentenas en ciudades y las cancelaciones de festivales. Nadie sabe aún si todo esto bastará para minimizar o contener el contagio. En este momento, ni el más experto de los expertos se atrevería a apostar cuál será el alcance de la epidemia de aquí a unos meses. Pero entre la comunidad científica y adláteres circula ya desde hace años la idea de que la pregunta no es si la nueva gran pandemia llegará, sino cuándo. Y ya iría siendo hora de que todos empezáramos a tomarnos interés por lo verdaderamente preocupante.