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¿Puede un cambio de nombre ser letal para los elefantes?

Un elefante es un elefante es un elefante. ¿Qué importa cómo lo llamemos? Aún más, ¿en qué puede influir, fuera de los muros de la ciencia, que se le etiquete con un nombre científico u otro?

Un pequeño elefante huérfano toma su biberón en el David Sheldrick Wildlife Trust, en Nairobi (Kenya). Imagen de J. Y.

Un pequeño elefante huérfano toma su biberón en el David Sheldrick Wildlife Trust, en Nairobi (Kenya). Imagen de J. Y.

Sorprendentemente, las implicaciones pueden ser mayores de las que imaginarían, hasta el punto de que un cambio de nombre puede amenazar aún más la supervivencia de una especie en peligro de extinción. Piénsenlo por un momento: las leyes protegen a las especies, pero las leyes especifican los nombres de dichas especies. ¿Qué ocurre si los nombres cambian? ¿Podría una especie de repente encontrarse en un vacío legal que la desnude de toda protección?

En general, no. Pero puede ocurrir. Y precisamente esto es lo que cuenta un grupo de investigadores de Reino Unido y China en un estudio publicado en agosto en la revista Conservation Letters.

Los investigadores abordan el problema del cambio de nombre científico de las especies. El del elefante no es ni mucho menos un caso aislado; como conté ayer, y a medida que se aclara el dibujo de la filogenia evolutiva de las especies, muchas deben reubicarse y cambiar de denominación científica, lo que se conoce como nomenclatura binomial (género y especie, como Homo sapiens).

El problema surge cuando la legislación no recoge la nueva denominación. Los investigadores abordan específicamente el problema de China, un país donde tradicionalmente se ha masacrado a especies raras por la creencia de que partes de estos animales curan enfermedades humanas.

Aunque el gobierno chino (casi estaba tentado de escribir “los gobiernos chinos”, pero no) firmó en 1993 el Convenio de Especies Amenazadas CITES y eso se tradujo en la retirada de su farmacopea tradicional de ingredientes como el cuerno de rinoceronte (acabo de publicar un reportaje sobre esto), lo cierto es que la Lista de Especies Protegidas establecida en la ley china no se actualiza desde 1989, según explican Zhou y sus colaboradores en el estudio.

En concreto, y según los autores:

Los nombres de 25 especies amenazadas, incluyendo 18 mamíferos, se han vuelto incongruentes con la ley china. Además, dos especies de primates, descubiertas recientemente en China, aún no se han incorporado a la ley. Otras seis especies de mamíferos se conocen por diferentes sinónimos en la ley china y en el CITES, dificultando la aplicación de políticas internacionales y la recopilación de datos de comercio ilegal de fauna.

Ya imaginan lo que esto supone. En palabras del estudio, la situación crea “una amplia gama de vacíos legales que potencialmente compromete la capacidad de perseguir el comercio ilegal de fauna”. Aunque un tigre es un tigre, un abogado también lo es. Es un abogado, quiero decir, no un tigre.

Los autores concluyen que esta situación puede afectar a otros países, y que ello podría poner en peligro la protección de la fauna. “Recomendamos que los nombres científicos binomiales sean actualizados sistemáticamente en las 181 [hoy son ya 182] naciones firmantes del CITES”, sugieren.

¿Afectará esto a los elefantes tras su previsible cambio de nombre? No en lo que respecta al elefante africano en China, dado que esta especie no es nativa del país y por tanto su comercio allí está regulado por las normas internacionales acordadas por los países firmantes del CITES. En cambio, sí podría afectar a los países donde el elefante africano es nativo, puesto que el comercio interior está fuera del ámbito de aplicación del CITES.

Pero el elefante asiático sí vive en China, por lo que el cambio podría concernirle en caso de que se viera afectado por la reorganización taxonómica. La Lista de Especies Protegidas de China ampara a la familia Elephantidae y específicamente al elefante asiático, Elephas maximus. Pero históricamente, la familia de los elefántidos ha sido como la casa de Gran Hermano, con distintos proboscídeos entrando y saliendo alternativamente a lo largo del tiempo; en el caso que nos ocupa, debido a las frecuentes revisiones taxonómicas. Esperemos que la nueva y aún pendiente no cree un nuevo agujero para el tráfico ilegal de especies amenazadas.

Lo siento, elefantes, tenéis que cambiar de nombre

No, no es que a partir de ahora vayamos a tener que llamarlos slon, como se nombran en varias lenguas eslavas, ni tembo o ndovu, como les dicen en swahili (por desgracia, mi swahili aún no llega para saber el motivo de la diferencia entre ambos nombres). Ni que tengamos que inventar una nueva palabra como megatrompero, por poner algo. La ciencia no se mete en el lenguaje común, sino solo en la denominación científica. Y aquí sí: si alguno de ustedes ha conocido al elefante africano de toda la vida como Loxodonta africana, vaya preparándose. Porque este nombre ya no sirve; hay que buscarle otro nuevo.

Recreación del 'Paleoloxodon antiquus'. Imagen de Wikipedia.

Recreación del ‘Paleoloxodon antiquus’. Imagen de Wikipedia.

Esta es la historia. Desde que se inventó la secuenciación de ADN, los taxónomos –los biólogos encargados de clasificar los seres vivos en categorías como órdenes, familias o géneros– pudieron comenzar a construir sus clasificaciones según criterios evolutivos. Hasta entonces, las especies se organizaban sobre todo según criterios morfológicos, de semejanza. Pero en ciertos casos hay rasgos que se parecen mucho en animales que realmente no tienen ningún parentesco cercano entre sí. Parece más lógico utilizar el grado de semejanza en sus secuencias de ADN, porque este criterio retrata mucho más fielmente cuán lejano o cercano es su antecesor común, y por tanto quiénes son hermanos, primos, parientes lejanos o muy, muy lejanos, como nosotros y las bacterias.

Claro que no todos los taxónomos se sumaron con entusiasmo al nuevo sistema. Un curioso ejemplo fue Vladimir Nabokov, más conocido como el autor de Lolita; pero como ya conté aquí, también un apasionado entomólogo especializado en mariposas. Con el advenimiento de las técnicas de ADN a comienzos de los años 70, Nabokov renegó de la posibilidad de utilizar este nuevo sistema para clasificar las mariposas, aferrándose a sus años de entrenamiento mirando genitales bajo el microscopio.

Pero la resistencia de Nabokov era inútil: el genoma de los seres vivos nos revela dónde encajan realmente en la complicada trama evolutiva de la naturaleza. El problema es que, a veces, llevando esta metodología al extremo podemos encontrar que llegamos a espinosos callejones sin salida. Un ejemplo curioso lo comentó hace unos años la bióloga evolutiva y escritora Carol Kaesuk Yoon, y es el caso de los peces.

La idea simplificada es esta: si una madre A tiene tres hijas B, C y D, y B y C llevan el apellido de A, no hay manera de justificar que D no lleve el mismo apellido. Aplicado a la taxonomía evolutiva, si de una línea se deriva un grupo, más tarde un segundo y después un tercero, y los dos primeros se clasifican en un taxón (categoría) con una denominación concreta, el tercero también debe integrarse ahí, dado que de hecho los representantes actuales del segundo y el tercero están hoy evolutivamente más próximos entre sí que los del primero y el segundo (la separación evolutiva de estas dos ramas es más antigua).

Esta idea es la que hoy clasifica como dinosaurios a las aves, y esto resulta muy aceptable. Pero cuando lo aplicamos a los peces, tenemos un problema. Si, como señalaba Kaesuk Yoon, la línea ancestral de los peces se ramificó para originar primero el linaje de los peces actuales (A), después el de los peces pulmonados (B), y por último el que después daría lugar a los mamíferos (C), resulta que B y C tienen que compartir una categoría taxonómica de la que A esté ausente. Pero la cosa es que A y B son peces. Lo que implica que nosotros también debemos serlo; o los peces pulmonados no son peces, o los humanos también somos peces. O nos cargamos los peces e inventamos otro nombre.

¿La solución? No teman, en este caso hay truco: en realidad, “peces” no es un taxón biológico, sino un nombre común. Y ya hemos dicho que la ciencia no entra en los nombres comunes. Pero recuérdenlo la próxima vez que hablen de ellos a la ligera como si nosotros no formáramos parte de su estirpe.

En cambio, el caso de los elefantes que traigo hoy sí es peliagudo. Esta semana se ha celebrado en Oxford el 7º Simposio Internacional de Arqueología Biomolecular. Y según informa Nature, en él se ha presentado el genoma del Paleoloxodon antiquus, un enorme elefante que vivió en Europa en el Pleistoceno y cuyos restos más recientes, de hace unos 70.000 años, se hallaron en Soria.

Hasta ahora, los elefantes vivos se clasificaban en tres especies. Conocemos el asiático (Elephas maximus) y el africano (Loxodonta africana). Pero en 2010 el análisis genético dejó claro que el elefante africano de bosque, que vive en las selvas del interior del continente y hasta entonces se tenía por una subespecie del de sabana (Loxodonta africana cyclotis), no era tal, sino que cumplía los criterios para clasificarse como una especie separada, Loxodonta cyclotis. Y por cierto, aprovecho la ocasión para recomendarles un magnífico libro sobre el elefante africano de bosque: Los silencios de África, de Peter Matthiessen.

Así, estaban dos primos cercanos, los africanos L. africana y L. cyclotis, y un pariente más lejano, el asiático E. maximus. Hasta que ha llegado el genoma del Paleoloxodon antiquus. Por el estudio de los fósiles (según los criterios morfológicos a los que se aferraba Nabokov), se suponía que esta era una rama más cercana al elefante asiático.

Nada de eso: el estudio genético revela que aquel monstruo de cuatro metros de altura estaba más estrechamente emparentado con el elefante africano de bosque que con ninguna otra especie actual. Incluso hoy, los cyclotis están genéticamente más próximos al elefante europeo del Pleistoceno que a sus parientes de la sabana.

Lo cual implica que el género Loxodonta, tal como hoy lo conocemos, ya no sirve. Ahora, los taxónomos tendrán que volver a la pizarra para asignar nuevos nombres. Y sí, para los que tengan hijos en la edad escolar adecuada para estudiar estas cosas, sepan que también habrá que cambiar los libros de texto. Es lo que tiene la ciencia, que avanza…

No se asuste, pero usted y yo somos opistocontos

¿Imaginan que a los niños en el colegio les enseñaran que Moscú es la capital de la Unión Soviética, que Alemania está dividida en dos y que el presidente del gobierno se llama Felipe González? Pues esto es lo que está ocurriendo en la enseñanza de las Ciencias Naturales: están ignorando lo sucedido en los últimos 30 años.

Siempre he sido un defensor del gasto en los libros de texto, en contra de cierta corriente extendida. A los hijos de algunos de esos padres que protestan por el coste de culturizar a sus niños los he visto luciendo la camiseta oficial de su equipo de fútbol, esas que cuestan el equivalente a cuatro o cinco libros. Es cierto que tal vez podrían encontrarse fórmulas para abaratar los precios de los libros. Pero más que nunca ahora, en esta época en que se asume el precio de los soportes y se cree en cambio que los contenidos son gratis, alguien tiene que insistir en que generar la chicha con la que rellenar las páginas –ya sean de átomos o bits– y actualizarla regularmente requiere la dedicación de especialistas que también tienen derecho a vivir de su trabajo.

Todo esto, claro, si efectivamente se actualizan. Si no, nada de lo dicho tiene sentido.

Mi hijo mayor ya empieza a estudiar contenidos de cierta enjundia. Pero cuando me recitó la clasificación de los seres vivos que le están enseñando en la asignatura de Ciencias Naturales, descubrí que este año he pagado por un libro que no se ha actualizado desde hace décadas. Reviso el texto, Ciencias de la Naturaleza de 5º de Primaria, de Edelvives, y leo lo siguiente:

Los seres vivos se clasifican en cinco grandes grupos denominados Reinos: Reino Animales, Reino Plantas, Reino Hongos, Reino Protistas y Reino Moneras.

Es decir, exactamente lo mismo que me enseñaron a mí a su edad hace varias décadas, con la diferencia de que entonces se creía correcto. Hoy se sabe con absoluta certeza que esta clasificación es rematadamente errónea. Y aunque las actuales sean solo provisionales y aún estén sujetas a profundos cambios, esto no es motivo para seguir impartiendo un esquema que niega no solo lo investigado y publicado durante más de un cuarto de siglo, sino también el propio fundamento científico actual de la clasificación de los seres vivos.

En tiempos de Linneo, el genio sueco que en el siglo XVIII inventó la clasificación jerárquica de los seres vivos y la nomenclatura binomial (género y especie), los científicos no tenían otro modo de organizar el batiburrillo de la naturaleza sino fijándose en el mayor o menor parecido de los rasgos físicos apreciables a simple vista. Pero es evidente que este método era solo una aproximación sujeta a catastróficos errores.

Por poner una analogía, mi hijo pequeño tiene un amiguito que es físicamente bastante parecido a él. Un Linneo genealogista los habría agrupado a ambos en la misma familia. Pero me consta que a ese niño no lo parió mi mujer, y puedo prometer y prometo que no conozco a su madre absolutamente de nada. Agrupar a los seres humanos correctamente en sus árboles familiares requiere conocer su línea genealógica.

Colección de especímenes biológicos. Imagen de Wikipedia.

Colección de especímenes biológicos. Imagen de Wikipedia.

Lo mismo se aplica a las especies. Los primeros biólogos evolutivos convirtieron la taxonomía de la naturaleza en algo mucho más profundo que un inmenso armario repleto de cajoncitos; clasificar a los seres vivos es conocer sus relaciones de parentesco. Es decir, que la taxonomía es reconstruir la historia de la vida en la Tierra.

A comienzos de la segunda mitad del siglo XX, el desarrollo de la biología molecular empezó a facilitar la posibilidad de conocer estos parentescos comparando no ya los rasgos físicos de los organismos, sino lo que determina esos caracteres y guarda la información transmitida de generación en generación: el material genético. Hasta entonces los seres vivos se clasificaban en los cinco reinos clásicos que aún hoy aparecen en el libro de Edelvives. Pero entonces, todo comenzó a cambiar.

En 1977, un tipo inmensamente brillante llamado Carl Woese descubrió que algunas de las que hasta entonces se creían bacterias (Reino Moneras, según la clasificación antigua) eran en realidad otra cosa muy distinta; tanto como las plantas se diferencian de los animales. Woese y su colaborador George Fox llamaron a este grupo arqueobacterias, hoy arqueas. Por entonces ya se agrupaba a los seres vivos en categorías superiores a los Reinos, y los dos autores definieron tres grandes líneas: bacterias, arqueas y eucariotas. Así, el antiguo Reino Moneras quedaba roto en dos grupos situados al mismo nivel que la categoría madre de los otros cuatro reinos clásicos.

En 1990, el propio Woese definió un nombre para estos grandes grupos: dominio. Los organismos quedaban así clasificados en tres dominios: Bacterias, Arqueas y Eucariotas. Por debajo de estos figurarían los reinos, pero las cosas se fueron complicando aún más al descubrirse que, en realidad, los cuatro reinos clásicos comprendidos en los Eucariotas eran completamente artificiales. En concreto, los Protistas o protozoos se habían englobado en el mismo saco por su carácter unicelular; pero al estudiar su material genético se reveló que aquello era un cajón de sastre con bichos de muy diferente catadura, más relacionados evolutivamente con otros grupos como plantas o animales que entre sí.

Árbol filogenético de los Eucariotas, según una clasificación de 2005 hoy anticuada. Los animales (Metazoa) aparecen hacia abajo a la izquierda. Imagen de Wikipedia.

Árbol filogenético de los Eucariotas, según una clasificación de 2005 hoy anticuada. Los animales (Metazoa) aparecen hacia abajo a la izquierda. Imagen de Wikipedia.

Resumiendo y por no extenderme, una clasificación tentativa actual divide a los Eucariotas en cinco divisiones; serían los auténticos reinos, aunque suele evitarse esta denominación para no inducir a confusión. Estos cinco grupos son Archaeplastida, SAR (Stramenopiles-Alveolata-Rhizaria), Amoebozoa, Excavata y Opisthokonta. Las plantas pertenecen a Archaeplastida, mientras que los animales y los hongos estamos incluidos en Opisthokonta, junto con otros cercanos parientes nuestros unicelulares o coloniales. En los nuevos diagramas (como el que incluyo, aunque se trata de una versión ya anticuada con seis grupos en lugar de cinco) queda reflejado lo que realmente representamos en todo esto: somos una inapreciable subdivisión de una subdivisión de una subdivisión de una minúscula ramita; una curiosa anécdota biológica en un inmenso y complejo bosque de formas de vida.

Pero la cuestión taxonómica no está ni mucho menos cerrada: hay grupos que aún no encajan fácilmente en esta clasificación, y existen dudas sobre si estas cinco divisiones realmente se sitúan al mismo nivel. Además, los protozoos aún son un mundo por descubrir. Y por no hablar de que todo podría complicarse mucho más una vez que se vayan definiendo nítidamente las relaciones evolutivas; en concreto, algunos autores defienden que en realidad deberíamos pertenecer al dominio de las arqueas, de las que aparentemente descendemos.

Pero de esto ya hablaré otro día. Hoy la idea es esta: el hecho de que nuestro edificio taxonómico aún esté en construcción, y que sus letreros lleven palabrejas complicadas para un niño, no justifica que se siga enseñando un esquema obsoleto y desacreditado; sobre todo cuando al hacerlo se destruye el significado de esa clasificación, que es la reconstrucción de la historia evolutiva en la Tierra. Seguiré pagando los libros con gusto, mientras no me vendan pescado podrido.