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¿Qué riesgos para la salud tienen los tatuajes? Esto dice la ciencia

Posiblemente lo último que se plantea quien va a hacerse un tatuaje es si podría ser perjudicial para su salud a largo plazo, más allá de los clásicos riesgos de infección por VHC (hepatitis C) o VIH (virus del sida), que se suponen descartados en un local serio y fiable con los permisos y garantías sanitarias que mandan las leyes.

Pero no deja de ser curioso: frente a todos los bulos y fake news que se propagan sobre las vacunas, compuestos perfeccionados durante años o décadas a golpe de conocimiento científico, que se inyectan, actúan y desaparecen, y cuya seguridad está validada por toneladas de estudios, en cambio a pocos parece preocuparles el hecho de insertarse en un tejido vivo del organismo una serie de sustancias extrañas, poco o nada conocidas ni estudiadas, y que van a permanecer ahí para toda la vida. Tal vez muchos de quienes se tatúan no sepan que con ello se están inyectando directamente en el cuerpo sustancias que rechazarían tomar con cualquier alimento.

De hecho, no parecen existir muchos estudios sobre la percepción de estos posibles riesgos. El año pasado una encuesta a casi 1.200 universitarios en Polonia revelaba que el 79% se informaban sobre ello solo a través del artista tatuador y el 73% a través de internet, mientras que solo del 5 al 8% preguntaban a un médico o buscaban información científica al respecto. Así que no, no parece preocupar a casi nadie.

Pero ¿hay motivos para preocuparse?

Imagen de pxhere.

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El resumen, para los perezosos que no quieran leer todo lo que sigue, es que en el fondo aún no se sabe. No ha transcurrido demasiado tiempo desde que los tatuajes dejaron de ser un signo de marginalidad para convertirse en una moda mainstream, lo que además ha llevado a la introducción de nuevos tipos de pigmentos coloreados cuyo recorrido temporal aún es muy corto. Y por razones obvias, es imposible hacer ensayos clínicos controlados y aleatorizados.

Sin embargo, basta recorrer las bases de datos de estudios científicos para encontrar numerosos casos descritos de distintos tipos de enfermedades sospechosamente asociadas a los tatuajes. Asociadas quiere decir asociadas. Es decir, en general es muy difícil, por no decir imposible, saber si realmente existe una relación de causa y efecto entre el tatuaje y la enfermedad o si es una mera coincidencia. Por lo tanto, lo único que pueden hacer médicos y científicos es vigilar estrechamente estos casos, reunirlos, reportarlos y analizarlos, y lo que deben hacer las autoridades es regular cuidadosamente basándose en el conocimiento científico existente.

Cosa esta última que, al parecer, no se está haciendo adecuadamente. O al menos esto es lo que dice un grupo de investigadores italianos en un nuevo estudio publicado este mes en la revista Science of the Total Environment. En la Unión Europea, en EEUU y otros países existe cierta regulación sobre los pigmentos empleados para los tatuajes. Pero según los autores del estudio, “aún faltan regulaciones específicas”.

En la UE, dicen, “no hay regulación supranacional y solo hay cobertura de algunas normativas nacionales”, mientras que en EEUU “las tintas de tatuaje se clasifican como cosméticos pero no están aprobadas para su inyección en la dermis”. Los autores añaden que la regulación actual solo cubre “riesgos microbiológicos y químicos, olvidando por completo la nanotoxicidad”, es decir, la toxicidad debida a las nanopartículas de la tinta.

En concreto, en la UE, una resolución del Consejo de Europa de 2008 estableció unos requisitos para la seguridad de los tatuajes. Un sistema europeo de alerta llamado RAPEX (Rapid Exchange of Information System, o Sistema de Intercambio Rápido de Información) sirve para retirar del mercado los productos de consumo no alimentarios ni farmacéuticos que puedan ser peligrosos; por ejemplo, cada Navidad los telediarios suelen hablarnos de los juguetes importados que se han incautado por no cumplir la normativa.

Según los investigadores italianos, de 2007 a 2017 las alertas de RAPEX llevaron a prohibir 190 tintas de tatuaje o de maquillaje permanente, 126 de ellas importadas de EEUU (no pensemos siempre en los productos chinos). El 37% de estas tintas contenían aminas aromáticas, que pueden causar cáncer o defectos genéticos; un 32% contenían hidrocarburos aromáticos policíclicos (PAH) como los presentes en el humo del tabaco o de la quema de combustibles fósiles, y que también se relacionan con el cáncer; el 14% contenían niveles de metales pesados superiores a los permitidos. Los autores del estudio apuntan que algunas de estas tintas fueron retiradas del mercado; es decir, que posiblemente algunas personas ya las lleven en sus tatuajes.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

El problema con las tintas, según recalcan diversos estudios, es que no son productos fabricados ni autorizados específicamente para inyectarse bajo la piel, sino para uso industrial. “La mayoría de los pigmentos usados en los tatuajes fueron desarrollados para otras aplicaciones, como la automoción o los plásticos”, apuntaba una revisión de 2015. “Solo unos pocos pigmentos están disponibles en grado cosmético, y ninguno puede comprarse en grado farmacéutico”, es decir, con la calidad y la pureza que se exige a todo producto farmacéutico destinado a introducirse en el organismo.

Por ello y aunque el objetivo ideal es que las tintas sean inertes, en la práctica, según escribían los autores israelíes del estudio que cité ayer a propósito de los tatuajes lumbares y la anestesia epidural, “la incorporación cutánea de los pigmentos ornamentales de los tatuajes no es un proceso inerte”. El artista tatuador tampoco tiene por qué saber exactamente qué contienen las tintas, ni cuenta con la formación médica necesaria para conocer sus posibles efectos sobre la salud.

Las incógnitas no se limitan solo a la composición del propio pigmento, sino también a las impurezas y la posible contaminación microbiológica. En cuanto a lo primero, la revisión de 2015 citaba que un estudio detectó en las tintas negras de carbón hasta más de 700 microgramos por gramo de diversas impurezas que “se sabe son genotóxicas o carcinogénicas”. En cuanto a la presencia de microbios, otra revisión de 2015 en la revista The Lancet citaba que “hasta el 20% de las tintas analizadas están contaminadas con bacterias”, “incluyendo tintas etiquetadas como estériles”.

Una preocupación especial, según el estudio italiano, son las nanopartículas de la tinta, puesto que aún no hay regulación al respecto. La incógnita con las nanopartículas estriba en que estas pueden llegar a cualquier lugar del organismo y depositarse allí. Desde hace años se sabe que algunas partículas de la tinta se vierten al torrente sanguíneo y acaban en los ganglios linfáticos, ya que se ha observado que estos se tiñen de los colores de los tatuajes. En 2017, investigadores del Sincrotrón Europeo descubrieron que esta tinta que recorre el organismo lo hace también en forma de nanopartículas. “Y ese es el problema: no sabemos cómo reaccionan las nanopartículas”, decía el coautor del estudio Bernard Hesse.

Otro de los autores, Hiram Castillo, explicaba que ni los tatuadores ni los tatuados suelen preocuparse por la composición química de los colores; “pero nuestro estudio muestra que quizá deberían”, decía. Se ha observado que esta acumulación de pigmentos en las células inmunitarias puede provocar síntomas similares a un linfoma, con inflamación de los ganglios o lesiones en la piel incluso muchos años después de cuando se hizo el tatuaje, y en algún caso raro estos daños han desembocado en un linfoma real.

Imagen de pexels.

Imagen de pexels.

Además de otras complicaciones cutáneas e inmunitarias, también se han dado casos en los que el tatuaje provoca síntomas semejantes a los de un melanoma. Aunque existen casos descritos de cánceres de piel asociados a los tatuajes, es esencial subrayar que una vez más se trata de correlaciones; correlación no implica causalidad, y aún no existen datos suficientes para establecer causalidades. “Los posibles efectos carcinogénicos locales y sistémicos de los tatuajes y sus tintas aún no son claros”, decía una revisión de 2012.

Tampoco parece que todos los colores tengan el mismo potencial de riesgo. Varios estudios (como este y este, o esta revisión) coinciden en que los pigmentos rojos suelen ser los más problemáticos a largo plazo, seguidos de los verdes. El rojo es el color más implicado también en los casos de pseudolinfoma. Sin embargo, se han registrado más casos de melanomas asociados a los tatuajes de color azul oscuro o negro.

Un curioso riesgo adicional es el de experimentar reacciones adversas como inflamación o quemazón en la piel tatuada después de una resonancia magnética (RM), una técnica de diagnóstico muy habitual en medicina. El efecto se debe a que ciertos pigmentos de los tatuajes contienen hierro, que reacciona al magnetismo emitido por la máquina. Sin embargo, un nuevo estudio publicado el mes pasado estima que el riesgo real es muy bajo, de solo 1,7 a 3 casos por cada 1.000, si bien también se ha advertido que en ciertas ocasiones la presencia del tatuaje puede distorsionar la imagen obtenida y anular la utilidad de la prueba.

Como conclusión, todo lo anterior no debería ser motivo de alarma para quienes ya lleven tatuajes; aún se necesitará mucha más ciencia sólida. En general, lo único que puede concluirse hoy es, como decía una revisión de 2016, que “la prevalencia de reacciones inmediatas o retardadas a las tintas y los pigmentos es oscura e impredecible”. En algunos casos concretos aún está todo por hacer; por ejemplo, el posible efecto de los tatuajes de la madre gestante sobre el desarrollo fetal.

Pero si para algo aspira a servir este artículo, es para que quienes estén pensando en pasar por la aguja tomen precauciones y sigan la recomendación de la Agencia Europea de Productos Químicos (ECHA): “Si quieres hacerte un tatuaje, haz tu investigación no solo sobre la habilidad del artista tatuador y las medidas que toma para evitar infecciones, sino también sobre las tintas que utiliza. Reúne toda la información, ¡no tengas miedo de preguntar!”.

¿Puede recibir anestesia epidural una mujer con un tatuaje lumbar?

Si pensamos en implicaciones médicas de los tatuajes, probablemente nos venga a la mente algo que todos hemos oído alguna vez: una mujer que lleve un tatuaje en la zona lumbar no podrá recibir anestesia epidural durante el parto debido al riesgo de que la tinta invada la médula espinal, y por tanto está condenada a parir con dolor. Y dado que todos lo hemos oído, debe de ser cierto, ¿no?

Un tatuaje lumbar. Imagen de Quasic / Flickr / CC.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Quasic / Flickr / CC.

Bueno, no exactamente. Pero hay que advertir que no se trata de fake news; en efecto, durante años los expertos han debatido sobre esta cuestión, que en realidad se remonta a los tiempos anteriores a la popularización de los tatuajes. En los años 50 se describieron varios casos de niños que habían desarrollado tumores en torno a la médula espinal después de recibir antibióticos inyectados en el espacio epidural de la región lumbar.

Se supuso entonces que la aguja hueca había arrastrado hasta allí tejido epidérmico, que es muy proliferativo (por eso nos sirve para regenerar la piel). El efecto sería similar al de una perforadora cilíndrica que penetra en la roca o el hielo para extraer una muestra o testigo (en inglés se llama coring, pero ignoro cuál es la traducción adecuada).

Casos similares a los de aquellos niños se repitieron después, incluyendo en parturientas con anestesia epidural pero sin tatuajes. Y entonces, en 2002, dos anestesistas canadienses se encontraron de repente con un problema nuevo: tres mujeres parturientas que pedían anestesia epidural y que llevaban tatuajes justo en el lugar donde debía inyectarse la aguja. ¿Qué hacer?

Los dos médicos revisaron toda la literatura científica al respecto, pero no les sacó de dudas. Finalmente administraron la anestesia a las tres mujeres; en dos casos lo hicieron a través de huecos en el tatuaje que estaban libres de tinta, y en el tercero pincharon directamente a través de la piel tatuada porque el parto se complicó y la mujer estaba sufriendo, lo que les impulsó a tomar la decisión de asumir el riesgo.

Pero les quedó la duda; dado que no habían encontrado suficientes estudios al respecto, no podían saber si el procedimiento era totalmente seguro. “Basándonos en la información limitada disponible, es posible que insertar una aguja epidural o espinal a través de un tatuaje pueda causar problemas a largo plazo como aracnoiditis o una neuropatía secundaria a una reacción inflamatoria, pero no lo sabemos”, escribían.

Aquel estudio puso a los anestesistas en guardia, y motivó infinidad de discusiones posteriores. Sin embargo, es importante recordar que en los casos de referencia no había tatuajes (que, por otra parte, se emplazan en la dermis, no en la epidermis); y en todo caso, con tatuaje o sin él, interesa evitar a toda costa arrastrar tejido al lugar de la inyección. De hecho, las agujas actuales están diseñadas para tratar de reducir esta posibilidad de colocar tejido de la piel en lugares donde no debería estar. Lo cual no implica que el riesgo sea cero, y los especialistas subrayan que la paciente debe estar informada de ello.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Lucas Cobb / Flickr / CC.

Un tatuaje lumbar. Imagen de Lucas Cobb / Flickr / CC.

En 2018, un grupo de anestesistas israelíes actualizaba el conocimiento sobre los casos conocidos de complicaciones, llegando a la conclusión de que no puede decirse que exista una respuesta definitiva, pero que tomando precauciones de acuerdo a ciertas directrices, “en ausencia de una contraindicación médica clara basada en pruebas, no debería excluirse la técnica epidural en mujeres con un tatuaje lumbar”.

El pasado diciembre, los mismos autores escribían otro artículo en el que recogían las opiniones de los anestesistas al respecto: el 40% de los encuestados aún decían que no practicarían una anestesia epidural a través de un tatuaje lumbar. Sin embargo, algunos expertos sugieren que ya es hora de cerrar el debate; como escribían en 2018 dos especialistas de sendos hospitales franceses, “no hay un riesgo adicional en llevar a cabo procedimientos neuraxiales a través de un tatuaje lumbar sano y cicatrizado, y no hay necesidad de medidas de precaución como cortar la piel tatuada. Los anestesiólogos no deberían excluir las técnicas neuraxiales en las mujeres con tatuajes lumbares”.

En definitiva, finalmente la posibilidad de que una mujer con un tatuaje lumbar reciba anestesia epidural o no dependerá de la decisión del especialista concreto que la atienda, mientras el centro hospitalario no tenga una política definida al respecto. Pero si las cifras del estudio israelí son extrapolables, parece que por cada anestesista que se niegue a practicarla, podrá recurrirse a otro que sí lo haga. Siempre, claro está, que la paciente sea consciente de que el riesgo no puede descartarse por completo.

Todo lo anterior nos lleva a una

Moraleja (una que se repite bastante en este blog):

Conocer realmente los efectos sobre la salud de casi cualquier cosa, ya sean positivos o negativos, como los presuntos beneficios o daños de un alimento, es algo que requiere numerosos estudios, y por lo tanto mucho tiempo. Todo lo demás no es ciencia, sino publicidad, por mucho que ni al público ni a los medios de comunicación les gusten las incertidumbres (un dogma del periodismo dice que nunca debe titularse con una pregunta; quien lo dictó, obviamente no sabía nada de ciencia).

Y si esto se aplica a la relación entre tatuajes lumbares y anestesia epidural, imaginarán entonces que probablemente se extienda también a los posibles efectos sobre la salud de los tatuajes en general. ¿Quieren saber qué dice la ciencia actual sobre esto? Vuelvan mañana y se lo contaré.