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No, los estudios científicos no dicen lo que quiere quien los paga

Esta semana, en un programa de radio, una periodista daba el boletín de noticias, en el que comentaba un nuevo estudio según el cual el consumo de café se relaciona con un menor riesgo de muerte prematura. No vengo hoy a comentar este estudio; en realidad eran dos, aquí y aquí, muy amplios y documentados, pero con la eterna objeción de la epidemiología: correlación no significa causalidad.

Mi objetivo hoy es otro. Mientras la periodista contaba la noticia, de pronto entraba improvisadamente y sin invitación la voz de otra persona, también periodista, pero que estaba allí presente para participar en la tertulia posterior. Este periodista decía que había que mirar quién pagaba el estudio, porque los estudios científicos “dicen lo que quiere quien los paga”.

Revistas científicas. Imagen de Wikipedia.

Revistas científicas. Imagen de Wikipedia.

El error es garrafal, monumental, astronómico. Y a pesar de eso, realmente lo de menos es el nombre del periodista. Si lo omito no es por corporativismo; los lectores de este blog sabrán que uno de los argumentos que suelo traer aquí es la mala visibilidad de la ciencia en la prensa de este país, y la escasa implicación de muchos de los medios generalistas en la información científica elaborada (repito, elaborada, no fusilada de agencias) por verdaderos especialistas al mismo nivel que la información cubierta en otras áreas como política, economía, deportes o cultura.

Pero en este caso, y tal vez sin que él mismo fuera consciente de ello, este periodista no estaba actuando como analista de nada, sino como público en general; no quiero aplicarle ese término de parentesco político que tanto se emplea ahora con fines peyorativos. Y aunque un periodista se responsabiliza de sus palabras con su firma, es evidente que se trataba de un comentario casual al margen sobre algo que ignora profundamente, y no de una declaración de opinión.

Lo cual no le quita importancia al error: precisamente el motivo de que sea enormemente preocupante es la medida en que el comentario puede representar a un amplio sector de población que ignora cómo funciona la ciencia, y que puede dejarse seducir por argumentos de este tipo. Y los argumentos de este tipo están en la raíz de las posturas anticiencia, del movimiento anti-Ilustración y del camino hacia lo que ahora recibe tantos nombres: muerte de los expertos, postverdad, relativismo… En fin, llamémoslo pseudociencias.

Así que creo que esta es una buena ocasión para explicar cómo funciona la ciencia a quienes hasta ahora no lo sabían. Y conviene empezar explicando qué es lo que yace en los cimientos de todo el conocimiento científico. Se trata de una palabra mágica:

Publicación.

Pongámoslo así: probablemente un estudio científico sea lo más difícil de publicar que existe hoy en el mundo. Algunos de ustedes pensarán que es muy complicado publicar una novela, y que estoy minimizando este problema porque, como figura en el recuadro de la derecha, hay una editorial que publica las mías. Pero lo cierto es que hoy en día una novela puede autopublicarse en internet y conseguir miles de lectores; hay innumerables ejemplos de ello.

En cambio, uno no puede autopublicarse un estudio científico. Para que un estudio científico se considere publicado no basta con colgarlo en internet o pegarlo con celo a una farola. Tiene que ser admitido para su publicación, y eso requiere atravesar la puerta grande de la academia custodiada por un fiero guardián llamado…

Revisión por pares.

¿Qué es la revisión por pares? No, no es que un par de editores con algo de conocimiento sobre el tema en cuestión lo revise para comprobar que el corrector automático no ha cambiado “el Kremlin” por “el Cremilla”, como en aquel famoso artículo de La Vanguardia. Es un proceso extremadamente concienzudo y riguroso que puede llevar meses, o un año, o más; al menos en mi época, los años 90, cuando los estudios aún se enviaban en papel y por correo. El formato digital ha reducido algo los plazos de espera, pero no los del trabajo, que sigue siendo el mismo.

Así es como funciona: un equipo de investigadores dedica meses o años a un estudio, a lo que una vez completado el trabajo se suman semanas o meses para detallarlo por escrito según los formatos estándar requeridos por las revistas. Para ello hay que elegir la revista en la que se intentará publicar, una elección de los propios investigadores que se basa en factores como la novedad de los resultados, la solidez de los datos y el impacto de las conclusiones.

Una vez enviado el estudio a la revista, el equipo editorial decide si lo canaliza para su revisión, o si directamente lo rechaza. En mi experiencia, lo segundo es lo más común. En ese caso, vuelta a empezar: los autores deben entonces elegir otra revista, tal vez de menor nivel o más sectorial, y volver a comenzar el proceso. No es raro que un estudio resulte rechazado por los editores dos, tres o cuatro veces antes de que alguna revista acepte darle una oportunidad e ingresarlo en el proceso de revisión por pares.

Los pares en cuestión, llamados reviewers o referees, no forman parte del equipo de la revista. Como indica el término, son iguales, investigadores en activo, científicos reputados con experiencia en el área del estudio, pero se supone que no son colaboradores ni competidores directos de los autores. Son, por tanto, completamente independientes. Un trabajo se envía como mínimo a dos referees, pero pueden ser hasta cuatro o cinco, y sus nombres permanecerán ocultos para los autores.

El proceso de revisión es un durísimo y despiadado destrozo del trabajo de los investigadores, de cabo a rabo. Algunos referees puntillosos pueden sugerir algún cambio en el estilo de redacción, pero el proceso de revisión está enfocado a diseccionar, destripar y despiezar el estudio, desde la concepción y el diseño experimental, pasando por los materiales y métodos utilizados, la ejecución de los experimentos y los resultados, hasta su análisis, presentación, conclusiones y discusión, y si todo ello es lo bastante transparente y está lo suficientemente detallado y documentado como para que otros investigadores puedan repetir los mismos experimentos.

Comprenderán que el resultado de todo este proceso suele ser en muchos casos un pulgar hacia abajo. Es frecuente que el veredicto de los referees sea tan negativo que desaconsejen a la revista la publicación del trabajo. Y entonces, vuelta a la casilla de salida.

Por fin, en algún momento de albricias, de repente el juicio de los referees concede la remota posibilidad de que el trabajo llegue algún día a ver la luz, si bien no antes de unos pequeños cambios. Pero estos pequeños cambios no consisten en sustituir un “sin embargo” por un “no obstante”, sino que generalmente requieren hacer nuevos experimentos. Y esto ya no es volver a la casilla de salida, sino sacar la carta de la cárcel. Nuevos experimentos implican guardar el estudio en el cajón durante semanas, tal vez meses, para después sacarlo del cajón y tirarlo a la papelera con el fin de incluir los nuevos resultados.

Si todo va bien y los nuevos experimentos confirman las conclusiones, al menos ya no estamos en la casilla de salida. Pero el trabajo debe volver a pasar una vez más por los referees. Se supone que, satisfechas ya sus exigencias, deberían finalmente aprobar el estudio para su publicación. Pero no hay garantías, y no es algo inédito que a las antiguas objeciones se superpongan ahora otras nuevas que al referee se le han ocurrido a propósito de los últimos resultados.

Eventualmente, por fin el trabajo llega algún día a publicarse. Para entonces, desde que los investigadores tuvieron la idea de emprender aquel estudio, los becarios ya han terminado la tesis y se han marchado a otros laboratorios. Algunos de los investigadores han tenido hijos. Alguno ha muerto. No es frecuente, pero sí esporádico, que en la lista de los autores alguno de ellos lleve junto a su nombre una llamada que a pie de página aclara: “deceased”.

A propósito de la lista de autores, conviene también explicar que todos los nombres van acompañados de llamadas que llevan al pie de la página, donde se enumeran las respectivas filiaciones de los investigadores. Pero además, los estudios detallan qué entidades los han financiado. Y desde hace varios años, es obligatorio también que cada uno de los autores firme una declaración individual en la que exponga sus conflictos de intereses; es decir, si recibe algún tipo de beneficio por parte de alguna entidad que pueda tener intereses en el área del estudio.

Por supuesto, esto no impide que las compañías financien estudios de sus productos, y de hecho todas lo hacen. Pero esto siempre queda especificado en el estudio como un conflicto de interés, y en cualquier caso estos trabajos deben pasar por todo el proceso anterior de evaluación independiente si aspiran a ser verdaderas publicaciones científicas, y no artículos en el boletín mensual de la empresa.

Naturalmente, como todo sistema, el de la ciencia también tiene sus defectos. Y como en todo colectivo humano, siempre hay ovejas negras. Hay ejemplos a gran escala, como los complots de las tabaqueras y de las azucareras para ocultar los perjuicios de sus productos, y a pequeña, como el de Andrew Wakefield, el médico que inventó la relación entre vacunas y autismo para hacer caja con ello, o el de Hwang Woo Suk, el biotecnólogo coreano que falseó un estudio sobre clonación humana. Pero de todo ello el sistema aprende y se perfecciona, del mismo modo que los accidentes de aviación sirven para corregir fallos, sin que los siniestros aéreos logren evitarse por completo.

Afirmar alegremente que los estudios científicos dicen lo que quiere quien los paga no solamente es ignorar todo esto, ni es solamente llamar a los referees idiotas o corruptos. La generalización supone acusar de corrupción a todos los actores del largo y complejo proceso científico; a todo el sistema en su conjunto. No, los estudios científicos no dicen lo que quiere quien los paga. Esos son los artículos periodísticos.

Repito: adiós a la señal alienígena, mientras nadie demuestre lo contrario

Esta semana, el microbiólogo ilicitano Francisco Martínez Mojica, de la Universidad de Alicante, ha recibido el prestigioso y sustancioso premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento por haber descubierto un sistema de defensa de los microbios de las salinas de Santa Pola que, con el correr del tiempo y de las investigaciones, ha permitido crear CRISPR: la mejor herramienta de cortapega genético de la historia de la biología molecular, uno de los mayores hallazgos de este incipiente siglo y una promesa para la corrección de ciertas enfermedades.

¿Qué tendrá esto que ver con el título del artículo? Este Yanes ha perdido el oremus, tal vez estén pensando. Pero aguántenme un momento, que sigo para llegar a donde voy.

Mojica recibió el premio compartido en paridad con Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna, las científicas que en la práctica convirtieron esta excentricidad de las bacterias (en realidad arqueas, que no son bacterias) en un valioso instrumental quirúrgico molecular. Mojica fue el descubridor; Charpentier y Doudna, las inventoras.

Hasta ahí, todo correcto. Lo interesante viene al analizar el caso más a fondo, una historia que ya expliqué aquí con detalle. Hasta hace año y medio, nadie sabía quién era Francisco Martínez Mojica. CRISPR ya era una revolución entre la comunidad científica y en los (cada vez más escasos) medios populares que se ocupan de los asuntos de ciencia, pero nadie sabía que su descubridor, y quien le puso el nombre de CRISPR, era un español que trabaja en Alicante. De hecho, nadie sabía quién era su descubridor, y a nadie parecía importarle.

Hasta que, en enero de 2016, a uno de los biólogos más influyentes del mundo, Eric Lander, le dio por investigar la historia de CRISPR para publicar un extenso artículo titulado “Los héroes de CRISPR” en la revista científica de biología número uno del mundo, Cell. Uno de aquellos héroes, especialmente reivindicado en el artículo, era Mojica.

De repente, todo cambió: poco después Mojica aparecía hasta en la Wikipedia, y su nombre comenzó a rumorearse para el Nobel. Pero para entonces, el investigador ya se había perdido los tres millones de dólares del Breakthrough Prize, que recibieron solo Charpentier y Doudna, y lo que es aún más grave, el Princesa de Asturias de Investigación 2015, que recibieron solo Charpentier y Doudna. Aún más grave, dado que el presuntamente muy docto jurado de un premio de tal prestigio no se molestó en hacer lo que después hizo Lander, investigar quién lo merecía, y así un premio español dejó fuera a un español tan acreedor de la distinción como las dos premiadas; una mancha para estos premios que difícilmente podrá repararse.

Y así llego a donde quiero llegar: amigos, por desgracia en muchos casos la ciencia está muy alejada de sus ideales de neutralidad y objetividad. Los científicos están contaminados por los mismos sesgos humanos que de repente convierten en mercancía mediática valiosa a algo como el cocinero ese. Mojica vio cómo su trabajo original era rechazado sucesivamente por la revista Nature y por otras publicaciones de primer nivel sin que siquiera fuera enviado a revisión. Solo consiguió por primera vez colar su firma en una de las revistas filiales de Nature en 2011, diluido entre un bosque de Charpentiers, Koonins, Horvaths y van der Oosts. Cuando su nombre fue descubierto por Lander y comenzó a pronunciarse en las mismas frases que la palabra “Nobel” (que, yo confío, llegará), algunos investigadores extranjeros contactados por varios medios arrugaban la nariz: ¿Nobel? ¿Alicante? ¿Dónde está eso? ¿Cerca de Magaluf?

Ahora tenemos otro posible caso. Se llama Antonio Paris y, como ya expliqué ayer, y como Mojica, no da el perfil ideal: es profesor en una universidad estatal de segunda fila, firma sus investigaciones desde su propio “centro virtual” creado por él mismo, The Center for Planetary Science, suele publicar solo y, sobre todo y para colmo, dedica parte de su tiempo a la investigación científica del fenómeno ovni.

El protagonista de la polémica, el astrónomo Antonio Paris. Imagen de The Center for Planetary Science.

El protagonista de la polémica, el astrónomo Antonio Paris. Imagen de The Center for Planetary Science.

Insisto, posible caso. Entiéndanme, ni mucho menos pretendo comparar a Paris con Mojica, pues el primero no reúne, al menos hasta hoy, los méritos del segundo. Pero como excientífico y veterano periodista de ciencia, me ha parecido que las críticas vertidas a Paris y a su trabajo (repito, no solo a su trabajo, sino a él mismo) recuerdan en cierto modo al caso de Mojica por el insoportable tufillo a contaminación por sesgo y falta de neutralidad.

El trabajo publicado recientemente por Paris, que explica la señal Wow! por el paso de dos cometas (a quien esto le suene a griego clásico, puede encontrar más información aquí), ha recibido ciertas críticas por parte de otros científicos. Esto es normal y habitual, e incluso él mismo señalaba las limitaciones de su estudio y los datos que no encajan con su explicación ni con ninguna otra (por ejemplo, a la crítica de que el radiotelescopio captó la señal con uno de sus receptores, pero no con el otro, Paris ha sugerido la posibilidad, obvia, pero de la que nadie más ha hablado ni por supuesto nadie ha rebatido, de que simplemente el telescopio fallara).

Estas críticas han sido resaltadas por varios medios, que han presentado el asunto desde distintos enfoques, desde el más prudente de la duda, hasta el más arriesgado de afirmar que los resultados de Paris han sido rebatidos por otros científicos. Cuando publiqué ayer mi artículo, algún usuario perezoso en Twitter, de los que leen titulares pero no artículos, señalaba esto último.

Pero no, los resultados de Paris no han sido (aún) rebatidos por otros científicos. Tal vez lo sean mañana, dentro de un mes o de un año. Pero para serlo, deberán serlo por la misma vía que los ha admitido: la publicación científica mediante revisión por pares. Hasta entonces, los resultados de Paris deben considerarse provisionalmente válidos, como todo en ciencia.

Aunque también criticables, como todo en ciencia. El problema en este caso, y de ahí el tufillo que las convierte en sospechosas, es el contenido de estas críticas. No soy astrofísico, y por tanto no estoy cualificado para valorar directamente la calidad de los resultados de Paris. Pero cuando se crea en Reddit un hilo en el que se atacan los resultados de alguien comenzando por cuestionar su heterodoxo perfil y sus credenciales profesionales; cuando se critica el estudio porque la revista en la que se ha publicado no es de las favoritas de los astrónomos; cuando las críticas proceden en parte del descubridor original de la señal, quien de forma más o menos soslayada siempre ha creído en su origen alienígena; cuando, y esto sí que es de chiste, se critica a Paris por hacer “ciencia de nota de prensa”, cuando los resultados de Paris no son una nota de prensa sino un estudio científico publicado, y cuando quien profiere tal crítica no ha publicado una refutación científicamente validada y por tanto sí está haciendo ciencia de nota de prensa…

Miren, yo no conozco a Paris más allá de los breves contactos motivados por los reportajes que he escrito sobre su trabajo. No tengo simpatía por él ni lo contrario. Y personalmente, me encantaría que la señal Wow! fuera realmente el primer saludo alienígena de la historia, así que los resultados de Paris no juegan a favor de lo que me gustaría.

Pero seamos neutrales, honestos y objetivos. Los resultados y sus conclusiones merecen el respeto de cualquier otra publicación científica mientras no se demuestren erróneos por la vía oficial, no en prensa, blogs y reddits. Su autor merece el respeto de cualquier otro científico mientras no se demuestre que ha falseado sus datos de mala fe. Estas son las reglas del juego de la ciencia: hoy debemos aceptar que la balanza se inclina oficialmente hacia una explicación natural de la señal. A quien no le guste, que no lo diga, que lo demuestre y lo publique, y aquí lo contaremos con mucho gusto.

Los científicos, ¿condenados a usar la internet de los pederastas?

Esto que voy a contarles les sonará increíble si no trabajan en ciencia: como periodista, tengo un mayor acceso a los estudios de investigación publicados en las revistas académicas que cuando era científico. De hecho, probablemente tengo (no solo yo, sino cualquier periodista de ciencia debidamente acreditado) un mayor acceso que la mayoría de los investigadores del mundo.

Revistas científicas. Imagen de Wikipedia.

Revistas científicas. Imagen de Wikipedia.

En no pocas ocasiones se me ha dado el siguiente y aberrante caso: contacto con un científico para pedirle su opinión sobre un estudio publicado por otros autores. El investigador accede a darme su visión, pero me pide por favor que le envíe el estudio, ya que él no lo tiene, debido a que su institución no puede costear la suscripción.

A los periodistas, muchas editoriales de revistas nos permiten el acceso gratuito a los estudios que publican –a los nuevos, y en algunos casos incluso a todo su archivo histórico– porque les interesa que se dé difusión pública a su material. ¿*Su* material? En efecto, los estudios que publican no pertenecen a los científicos, sino a ellas, las editoriales. Fíjense en esto: los investigadores deben pagar por publicar sus estudios, y también deben pagar –en forma de suscripciones o de accesos aislados– por leer los estudios publicados.

Es decir, que las editoriales cobran a quien les proporciona el contenido, que pasa a ser de su propiedad, y cobran a quien desea consultar ese contenido. Los investigadores no reciben un solo céntimo de los ingresos que la editorial recauda de quienes pagan por leer sus estudios, que normalmente son otros investigadores. ¿Y a quién va todo ese dinero que recaudan las editoriales? Exclusivamente a ellas mismas. Ya lo han adivinado: el de las revistas científicas es un inmenso negocio, una imparable máquina de hacer dinero que no revierte beneficio a la ciencia.

Por citar un ejemplo, Elsevier es uno de los más poderosos y también de los más odiados, boicoteado por distintas iniciativas organizadas por los científicos, pero que edita algunas de las cabeceras más potentes del mundo, como Cell (la primera revista mundial de biología) y The Lancet (una de las primeras de medicina). El ránking Global 2000 de Forbes sitúa a RELX, la matriz de Elsevier, como la compañía número 554 de las más grandes del mundo, la 447 en beneficios y la 312 en valor de mercado, con una capitalización de casi 32.000 millones de euros en mayo de 2015 (35.900 millones de dólares) y un beneficio superior al de compañías como Danone, el Banco Nacional de Abu Dhabi, Orange o IAG (la fusión de Iberia y British Airways).

Hay que recordar que, por su modelo de negocio, el principal cauce de facturación de Elsevier procede de lo que los investigadores pagan por publicar o por leer artículos publicados; en países como España, donde prima el sistema público de investigación, esto implica que los ingresos de la editorial provienen de dinero público; es decir, de nuestros impuestos. Elsevier, además, persigue a los investigadores que deciden colgar en internet gratuitamente sus estudios publicados en revistas del grupo.

Aclaremos una cosa: siempre he sido contrario a la piratería de contenidos, también antes de tener mis propios libros en el mercado. Es esencial distinguir los conceptos. En el caso de literatura, cine o música, los creadores de los contenidos reciben dinero por la venta de sus obras, lo que, al menos en teoría, ayuda al sostén de ese cauce de creación cultural (aunque la inmensa mayoría de quienes tenemos contenidos a la venta somos autores modestos que no vivimos de ello).

Como ya he dejado claro, en el caso de Elsevier y otras editoras de revistas científicas, el caso es muy diferente: los ingresos generados por la venta de estos contenidos no revierten en sus creadores ni por tanto en la ciencia, sino que se quedan en la editorial. Los científicos no consumen estos contenidos por puro ocio recreativo, como sucede con la cultura, sino que están obligados a ello si quieren seguir trabajando. Y también están obligados a publicar porque sus salarios y la financiación de sus proyectos, y por tanto sus posibilidades de seguir haciendo ciencia, dependen de que puedan presentar una larga lista de estudios publicados en revistas; mejor si son de alto índice de impacto, las cuales están generalmente bajo el control de las grandes editoriales.

Toda esta explicación viene a propósito de un conflicto vigente que implica a una neurocientífica de Kazajistán llamada Alexandra Elbakyan, y a la idea que puso en práctica para solucionar el problema de no poder pagar el acceso a estudios que necesitaba leer para seguir investigando. En 2011, Elbakyan decidió burlar el sistema de pago de las grandes editoriales de ciencia creando Sci-Hub, una web que pone millones de estudios de investigación pirateados a disposición gratuita de cualquiera que los necesite.

Pantalla de acceso a la web Sci-Hub.

Pantalla de acceso a la web Sci-Hub.

Sci-Hub emplea un sistema ingenioso: cuando un usuario busca un estudio, la web consulta primero el repositorio LibGen, que ya almacena millones de trabajos de investigación pirateados. Si el estudio aún no está disponible, Sci-Hub trata entonces de saltar la barrera de pago de la editorial utilizando claves generosa y anónimamente donadas por investigadores que sí disponen de suscripción. Y una vez que el estudio ha sido obtenido, Sci-Hub envía una copia a LibGen. Este sistema ha conseguido ya almacenar 48 millones de estudios científicos que ahora están disponibles de forma gratuita para todo aquel que quiera consultarlos.

Ahora, Elbakyan se enfrenta a la todopoderosa Elsevier. En junio de 2015, la editorial demandó a Sci-Hub, que fue cerrada a finales del pasado año como medida cautelar ordenada por un juzgado de Nueva York. Elbakyan movió entonces su web a un nuevo dominio. Sci-Hub continúa activa hoy, pero es posible que por poco tiempo. El tribunal neoyorquino aún debe resolver sobre la demanda, en la que Elsevier reclama daños de entre 750 y 150.000 dólares por cada estudio pirateado. Y las fuentes sugieren que con toda probabilidad el juez dictará a favor de la editorial, ya que Elbakyan no contará con ninguna defensa presencial.

Elbakyan ya ha declarado que no tiene ninguna intención de abandonar. Pero si finalmente una decisión judicial cierra Sci-Hub, la web se verá condenada a su último recurso, que también está ya operativo: el acceso a través de la red Tor, ese sector cenagoso llamado internet oscura que utiliza un conjunto de servidores para anonimizar a los usuarios y que se emplea para cosas como la distribución de pornografía infantil, el tráfico humano y la venta de drogas y armas. Si nadie lo impide, pronto la red oscura podría convertirse también en el cauce principal para la difusión de la ciencia.

El timo de la estampita científica

Hace dos años, el periodista de ciencia y biólogo John Bohannon hizo algo que enfureció a muchos: envió 304 estudios científicos inventados, ridículamente malos para alguien con el conocimiento necesario, a otras tantas revistas especializadas; de ellos, 157 fueron aceptados para su publicación.

Figura 1 del 'estudio' de Mazières y Kohler.

Figura 1 del ‘estudio’ de Mazières y Kohler.

Antes de explicar el qué y el cómo, hay que aclarar el porqué. Las revistas científicas tradicionales, como Nature y Science –Bohannon trabaja para esta última–, funcionan según un modelo de negocio basado en suscripciones y publicidad, como cualquier publicación clásica, aunque muchas de ellas también cargan una tarifa a los autores por publicar sus estudios.

Desde principios de siglo ha surgido en la ciencia un modelo alternativo llamado Open Access, o acceso abierto. Las revistas adscritas a este sistema, todas ellas digitales, ofrecen sus contenidos de forma libre y gratuita en internet para todos los lectores, y a cambio obtienen sus ganancias exclusivamente de las tasas de publicación cobradas a los autores. Ciertas revistas ofrecen un modelo mixto, permitiendo a los autores que elijan si desean que su estudio sea de acceso abierto a cambio de una tarifa. Algunos científicos prefieren asumir este coste –que en muchos casos sale de sus bolsillos– porque su principal interés es que sus estudios se lean, se conozcan y se citen, y el acceso abierto amplía la difusión de sus investigaciones.

Pero cualquier revista científica, sea de suscripción o acceso abierto, solo puede ser calificada como tal si incluye un sistema de peer review o revisión por pares: todo estudio con pretensiones de publicarse debe ser examinado concienzudamente por expertos independientes (referees), quienes darán su veredicto al editor. Es extremadamente improbable, si es que alguna vez ocurre, que un estudio sea aceptado tal cual lo enviaron sus autores; las respuestas más habituales se reparten entre el rechazo directo, o bien la petición a los investigadores de ciertas modificaciones de mayor o menor calado, que pueden incluir la necesidad de llevar a cabo experimentos adicionales.

Algunas revistas Open Access de nuevo cuño, como F1000Research o PeerJ, publican los estudios según se reciben con la sola aprobación de los editores, y el proceso de peer review se lleva a cabo después de forma pública y transparente. La ventaja de este sistema es que acelera enormemente la difusión de los resultados científicos; el modelo tradicional puede demorar la publicación de un trabajo hasta más de un año, entre rechazos y modificaciones. Pero todo el que consulte tales estudios siempre debe tener presente cuál es su estado de revisión.

Sin embargo, el acceso abierto también tiene un lado oscuro y podrido. Internet es el paraíso de timadores, trapacistas y listillos en general, desde la carta nigeriana a las modelos rusas buscando marido. Y allí donde hay posibilidad de hacer dinero fácil a costa de algún incauto, aparecen. Los científicos son víctimas propiciatorias: necesitan desesperadamente publicar sus trabajos, porque de ello dependen sus proyectos, ayudas, becas y carreras. Así que basta con constituir una sociedad con sede donde sea, crear una revista-web con algún nombre pomposo —International Journal of Whatever–, comprar un ISSN (el equivalente al ISBN de los libros), hacerse con una base de datos de correos de investigadores, enviar una tanda de emails a algunos elogiando su trabajo e invitándolos a actuar desinteresadamente como referees –lo que también suma al currículum de un científico–, enviar una segunda tanda de emails a otros invitándolos a someter sus trabajos para publicación sin mencionar las tarifas… Y listos; a sentarse y hacer caja: por cada artículo, trescientos dólares, quinientos, mil, dos mil, cinco mil…

Lo cierto es que no hay nada estrictamente ilegal o delictivo, aunque en muchos casos quien esté detrás del International Journal of Superhipermegamaxiexcellent Science sea una sola persona que no tiene la menor idea de ciencia, ni exista realmente ningún peer review y los artículos sean aceptados sin revisión, mientras algunos de los que recibieron la primera tanda de emails tal vez lleguen a descubrir que figuran como referees de una revista sin haber revisado jamás un solo trabajo. No hay nada estrictamente ilegal o delictivo, pero sí un devastador atentado contra la ética científica, porque esta práctica tramposa está otorgando el marchamo de ciencia sin criterio alguno a trabajos de pésima calidad y enfangando el sistema de publicación que guía el progreso científico tan dependiente del conocimiento colectivo.

Nada ilustra mejor el extremo al que llega el problema que el caso del estudio creado en 2005 por los científicos computacionales David Mazières y Eddie Kohler. Hartos de recibir toneladas de spam invitándolos a conferencias no deseadas, escribieron un estudio titulado Get me off your fucking mailing list (Sácame de tu puta lista de correo). Las diez páginas del trabajo repetían una y otra vez la misma y única frase del título, incluso en los gráficos, en el mejor estilo de Jack Torrance en El resplandor. El estudio circuló por la red, y tiempo después un científico australiano llamado Peter Vamplew decidió enviarlo a una revista llamada International Journal of Advanced Computer Technology en respuesta a un email que le invitaba a publicar sus trabajos. Vamplew esperaba con ello detener el spam, pero lo que ocurrió en su lugar fue muy diferente: la revista aceptó su estudio calificándolo de “excelente” y adjuntando la factura: 150 dólares.

Primera página del 'estudio' de Mazières y Kohler.

Primera página del ‘estudio’ de Mazières y Kohler.

El caso de Vamplew es solo una anécdota que, sin embargo, sugiere la existencia de un problema serio de fondo. En 2013, Bohannon se propuso analizar y calibrar la magnitud de este problema, a raíz del caso de una investigadora africana que al parecer podía ser víctima de un timo similar. Para ello decidió fabricar un montaje a gran escala que destapara la estafa de las (apelativo que no me gusta nada) revistas depredadoras.

Bohannon se inventó que el compuesto X extraído del liquen Y frenaba el crecimiento de las células tumorales Z, y que el efecto era mayor en presencia de una dosis de radiación inferior a la habitual en radioterapia. Utilizando distintos X, Y y Z, creó por ordenador un total de 304 estudios por lo demás idénticos. Para cualquier profano, los estudios resultarían simplemente tan ininteligibles como cualquier otro trabajo auténtico; pero bastaría un nivel de estudiante de doctorado en biología celular para detectar al primer golpe de vista que los experimentos estaban desastrosamente diseñados y que no apoyaban en absoluto las conclusiones, sino más bien lo contrario. Todos ellos iban firmados por científicos ficticios de falsas instituciones africanas, lo que en opinión de Bohannon no levantaría sospechas si algún editor avispado trataba de rastrearlos en internet.

Los resultados del montaje de Bohannon se detallan en el artículo que escribió para Science, pero valga este resumen: 157 revistas aceptaron el estudio y solo 98 lo rechazaron; el resto de las publicaciones ya no existían o se demoraron en responder. De las 255 que tomaron una decisión, el 60% lo hicieron sin signos de revisión alguna. De las 106 que sí revisaron, el 70% aceptaron el estudio con solo sugerencias menores referentes al formato o al lenguaje, no al contenido científico. Solo en 36 casos hubo críticas a la calidad científica, pero incluso en 16 de estos los editores dieron el visto bueno a la publicación.

Con todo lo pasmoso de las cifras, lo más preocupante se revela en dos detalles. En primer lugar, 167 de las 304 revistas figuran en el Directory of Open Access Journals, un índice creado en la Universidad sueca de Lund que presume de incluir solo publicaciones suficientemente acreditadas; de esas 167, el 45% de las que completaron el proceso aceptaron el estudio de Bohannon. En segundo lugar, no tiene nada de raro que muchas de las revistas predadoras utilicen palabras como American o European en sus títulos y exhiban presuntas sedes sociales en EE. UU. o Europa, pero que sus direcciones IP revelen negocios basados en India, Paquistán, China o Turquía (también varios en EE. UU.; ninguno en España); pero en cambio, resulta inaudito que algunas de las revistas que aceptaron el estudio pertenezcan a poderosas multinacionales de la publicación científica como Elsevier, Wolters Kluwer y Sage.

Después de que Bohannon publicara sus conclusiones, Wolters Kluwer cerró el Journal of Natural Pharmaceuticals, la revista que había aceptado el estudio. Por su parte, Elsevier se lavó las manos alegando que Drug Invention Today en realidad no pertenecía a la compañía sino a un tercero; el científico indio que figuraba como director declaró a su vez que el proceso editorial dependía de Elsevier. Pero más ignominiosa fue la respuesta del prestigioso científico británico que dirigía el Journal of International Medical Research, la revista del grupo Sage que aceptó el estudio sin un solo pero y adjuntando una factura de 3.100 dólares; Malcolm Lader admitió su completa responsabilidad, pero arremetió contra Bohannon: “Debe existir necesariamente un elemento de confianza en la investigación […]. Estas actividades suyas desmerecen esa confianza”, escribió Lader.

El montaje de Bohannon ha inspirado desde entonces a otros para seguir poniendo en evidencia la existencia de revistas depredadoras. En abril de 2014, el periodista del diario Ottawa Citizen Tom Spears decidió llevar el experimento al extremo para comprobar hasta qué punto un estudio enteramente disparatado, plagiado meclando trozos de estudios auténticos para construir un Frankenstein sin ningún sentido ni razón, podía abrirse paso hasta la carta de aceptación.

El título del estudio de Spears era Acidity and aridity: Soil inorganic carbon storage exhibits complex relationship with low-pH soils and myeloablation followed by autologous PBSC infusion. O sea: Acidez y aridez: el almacenamiento de carbono inorgánico en el suelo exhibe relación compleja con suelos de bajo pH y mieloablación seguida por infusión autóloga de PBSC. Y tan compleja; porque la primera parte del título habla de geología del suelo, mientras que la segunda fue extraída de un trabajo sobre el tratamiento del cáncer con células madre. El resto del estudio seguía el mismo patrón, incluyendo algunos párrafos sobre Marte, referencias a la química del vino y el glorioso invento de algo llamado “plaquetas sísmicas”. Spears envió su manuscrito a 18 revistas. Ocho de ellas lo aceptaron.

En diciembre de 2014, el científico computacional Alex Smolyanitsky coló en dos revistas de su área un estudio firmado por dos personajes de Los Simpson, Margaret Simpson (Maggie) y Edna Krabappel (la sita Carapapel en España), junto con un tercer autor llamado Kim Jong Fun (un juego de palabras con el nombre del dictador norcoreano y la palabra “diversión” en inglés). El texto era un descabellado galimatías creado con SCIgen, un generador automático de estudios absurdos diseñado en 2005 en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y disponible en internet.

Bien pensado, tal vez si muchos más científicos emularan a Smolyanitsky, el creciente problema de las revistas depredadoras podría aminorarse. Los seudoeditores no quieren publicar estudios falsos, ya que eso acabaría con su negocio; el timo se basa en esa “confianza” de la que hablaba Lader. Si sus oleadas de spam recibieran como respuesta otros tantos miles de estudios, sabrían con certeza que muchos de ellos serían falsos, por lo que no tendrían más remedio que revisarlos, posiblemente sin el conocimiento ni el criterio necesarios para hacerlo, emprendiendo además miles de búsquedas en internet para comprobar la existencia real de los firmantes. Y en cualquier caso, tampoco recibirían ningún pago por los finalmente aceptados; se verían obligados a cerrar. Sería tan fácil como que los científicos afectados por este acoso copiaran y pegaran textos de estudios ya publicados, como hizo Spears.

Con todo, hay lenguas maldicientes que quieren ver en el montaje de Bohannon una causa general contra el movimiento Open Access, dado que él trabaja para Science. Pero él mismo mencionaba en su texto que el modelo de revista tradicional tampoco necesariamente está exento de posibles agujeros graves en su proceso editorial; desde hace tiempo se viene hablando de la crisis del sistema de peer review. En febrero de 2014, dos grandes grupos editoriales como IEEE y Springer se vieron obligados a reconocer que les habían colado nada menos que 120 estudios falsos, generados por SCIgen, en 30 recopilaciones de comunicaciones a congresos. Estas pasan un filtro mucho menos exigente que el peer review de las revistas, pero en cualquier caso se supone que un humano las revisa para comprobar su autenticidad.

Recientemente, Bohannon ha vuelto a dar la campanada con otro experimento científico-editorial, que en este caso además destapa la baja calidad del presunto periodismo de ciencia que se practica en muchos medios. Mañana lo contaré.

¿Cuántas veces se descubren los descubrimientos científicos?

Como me consta que hay algún visitante de este blog que aspira algún día a dedicarse al periodismo de ciencia (a pesar de mis intentos por disuadirlo), hoy me dirijo especialmente a los muy cafeteros; voy a hundir las manos en la masa de esta cuasiprofesión para aclarar algo que tal vez desconcierte a ese público minoritario seguidor de las noticias de esta particular materia periodística hecha de partículas subatómicas, átomos, moléculas, polímeros, células y organismos.

Este miércoles/jueves ha saltado a las pantallas y papeles una noticia que reescribe la historia de nuestra tecnología más antigua. El hallazgo en Kenya de herramientas de piedra datadas en 3,3 millones de años no solo atrasa en el calendario en 700.000 años la primera aparición de instrumentos líticos trabajados con un propósito, sino que arrebata este mérito a nuestro género Homo para traspasarlo a alguno de nuestros ancestros/primos, tal vez a un australopiteco o a una especie todavía borrosa y discutida denominada Kenyanthropus platyops, u “hombre de Kenya de cara plana”.

La cuestión es que quizá algún lector especialmente avezado recuerde que hace poco más de un mes ya se divulgó una noticia similar. Sin dedicarle una búsqueda exhaustiva, basta con citar que Europa Press la difundió el 16 de abril, y unos días más tarde la publicó National Geographic en español vía Yahoo! Noticias, mientras que en medios anglosajones fue ampliamente cubierta a mediados del mes pasado.

Pues bien, no era una noticia similar: era exactamente la misma. Un solo descubrimiento científico ha sido noticia dos veces en dos momentos distintos, con un intervalo de separación de un mes. ¿A qué se debe esto?

La arqueóloga Sonia Harmand examina una de las herramientas de piedra halladas en Kenya. Imagen de MPK-WTAP.

La arqueóloga Sonia Harmand examina una de las herramientas de piedra halladas en Kenya. Imagen de MPK-WTAP.

La explicación es sencilla: el 14 de abril de este año la arqueóloga Sonia Harmand, investigadora de la Universidad Stony Brook de Nueva York y codirectora del Proyecto Arqueológico del Oeste de Turkana, en Kenya, presentó los últimos hallazgos de su equipo en la reunión anual de la Sociedad de Paleoantropología de EE. UU., celebrada en San Francisco, bajo el título “Herramientas tempranas del oeste de Turkana, Kenya”. Con ocasión de la presentación y en vista del gran alcance del descubrimiento, algunos periodistas que cubrían la reunión informaron de ello, entre ellos Ewen Callaway para la sección de noticias de Nature.

Los congresos científicos suelen servir como canales donde los investigadores presentan sus resultados en caliente, antes de lograr su publicación formal en una revista especializada. Así, lo ocurrido con los hallazgos de Turkana es en realidad lo más frecuente. Esta semana se ha publicado el estudio detallando el descubrimiento, curiosamente también en la revista Nature. Pese a tratarse del mismo medio, la sección de noticias y la que publica los trabajos de investigación funcionan de manera independiente, así que no es raro que esto suceda dentro de la misma revista.

Pero la pregunta que surge es: ¿cuándo deben publicarse los descubrimientos? ¿Deben los medios informar de los resultados en caliente, cuando se anuncian a través de una presentación o de una nota de prensa, o debería esperarse a que todos los detalles del hallazgo estén disponibles y hayan sido avalados por los expertos que revisan un manuscrito para certificarlo oficialmente como ciencia?

Algunos, sobre todo científicos, critican la primera opción, acusándola de “ciencia de nota de prensa”. En realidad, en este país ya se viene haciendo demasiada información científica de nota de prensa. Desde que la mayoría de los medios cerraron sus secciones de ciencia, y dado que los medios nuevos no suelen abrirla, la información científica viene demasiado condicionada por los teletipos de las agencias y por los gabinetes de comunicación de las instituciones. La consecuencia de esto es que en ocasiones se presentan informaciones sin demasiado criterio, valorando como trascendentales noticias que no son para tanto (¿cuántas veces ya se ha encontrado en España la solución al cáncer?), o dando por válidas algunas proclamas sesgadas (¿cuántos procedimientos clínicos realmente se han realizado en España por primera vez en el mundo?). O, como en el caso que traigo, dando como nueva una noticia que ya se divulgó hace un mes sin hacer referencia alguna a ello.

Dicho lo cual, no hay ningún problema en informar de hallazgos científicos aún sin publicar, siempre que se especifique que aún están pendientes de publicación. Dado que el formato blog se presta especialmente a ello, suelo hacerlo aquí a menudo. El argumento fundamental para defender este criterio es simplemente la vieja y familiar libertad de prensa: igual que los políticos no son los propietarios de la información, sino los objetos de ella, tampoco lo son los científicos o las revistas. El periodismo de ciencia debe informar de la ciencia que se hace, no de lo que investigadores, publicaciones o gabinetes de comunicación quieren que vendamos al público. Y sin embargo, en muchos casos los científicos son cautivos de las revistas, cuando no pueden comentar libremente sus resultados hasta después de su publicación porque el editor les impone un embargo.

Y por si alguien piensa que el riesgo de informar sobre resultados aún sin publicar estriba en que podrían refutarse, tampoco su publicación necesariamente garantiza su veracidad. Muchos estudios se retractan después de publicarse con todas las bendiciones del papado científico. Un ejemplo fue la presunta detección de las ondas gravitatorias del eco del Big Bang por el telescopio antártico BICEP2, un descubrimiento que se anunció en rueda de prensa en marzo de 2014 y que se valoró como el próximo premio Nobel. Desde el principio, otros expertos alegaron que el hallazgo podía ser solo un trampantojo debido a la interferencia del polvo cósmico, pero aun así los científicos publicaron sus resultados en Physical Review Letters, una de las revistas más reputadas en el campo de la física. Resultados posteriores obtenidos por el telescopio espacial Planck han terminado por tumbar lo que se presentó como el descubrimiento del año en física.

En el fondo, la razón de que puedan producirse situaciones tan rocambolescas como la publicación de la misma noticia dos veces en momentos distintos recae en un sistema que se ha quedado anticuado. Entre la redacción de un manuscrito científico y su difusión pública puede pasar un año, entre rechazos, revisiones, aceptación y publicación. En un mundo de la información hoy dominado por la inmediatez y la urgencia, este plazo es decimonónico, y parece natural que los investigadores deseen dar a conocer sus resultados cuanto antes, no por una cuestión de notoriedad pública, sino por el interés de acelerar el progreso científico. Y qué diablos, porque en la ciencia también existe la competencia, y ser el segundo nunca es plato de gusto.

Algunas revistas digitales de nuevo cuño, como F1000Research o PeerJ, pretenden acelerar el proceso simultaneando la publicación con un proceso de revisión transparente y facilitando el acceso online abierto e inmediato. La primera de ellas precisamente acaba de publicar un editorial bajo el título Los cinco pecados mortales de la publicación de ciencia. Su autor es Vitek Tracz, editor de la propia publicación y fundador de otros medios científicos como la revista Current Biology, la colección Current Opinion y la plataforma de acceso abierto BioMed Central, entre otras muchas iniciativas. Tracz es una especie de Steve Jobs de la publicación científica, uno de los tipos más innovadores en este campo y un devoto defensor del acceso abierto. Y pese a todo, el adusto, apolillado y arcano establishment de las revistas científicas le critica su propósito de hacer la ciencia accesible a todos y en el menor plazo posible.

Viñeta de una manifestación de científicos ante la sede de una revista. Imagen de F1000Research.

Viñeta de una manifestación de científicos ante la sede de una revista. Imagen de F1000Research.

En su artículo, Tracz escribe: “La ciencia no puede progresar sin que los científicos informen de sus hallazgos. Y a pesar de ello, los investigadores han entregado el control de este pilar central del proceso científico a las editoriales de ciencia, cuyo negocio es servir a los intereses de sus revistas; estos no siempre son los mismos intereses que los de la ciencia”. El editor comienza su texto reconociendo: “Yo fui un pecador”. “Yo fui, durante muchos años, un típico editor de ciencia, aprovechándome de un inusual conjunto de circunstancias y haciendo dinero sin ayudar (posiblemente incluso dañando) a la ciencia, aunque por entonces no me daba cuenta de cuánto. Después, cuando internet llegó en los 90, tuve una conversión parcial”.

De los “cinco pecados mortales” de la publicación científica, el primero es precisamente el retraso. Tracz se pregunta por qué nadie protesta por esto. “¿Por qué no hay manifestaciones de científicos ante las oficinas de las revistas con pancartas diciendo No al retraso, Abajo las revistas o Fuera los editores?”, se pregunta Tracz. Y todos esos desajustes, defectos y errores, que hoy son más patentes que nunca, no solo dañan la ciencia, sino también el periodismo que se ocupa de ella y que trata con su mejor tino de colaborar en la construcción de una sociedad más instruida.