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Tonterías que se dicen: la química orgánica es la buena y natural

No sé si esto llegará a convertirse en una minisección de este blog; material, hay. No trato aquí de reírme de la nesciencia de nadie, entendiendo nesciencia como la falta de un conocimiento que no se nos tiene por qué suponer. Todos somos nescientes en algo, o en mucho, más allá de lo que queremos o estamos obligados a saber. Pero otro caso diferente es la necedad insolente y/o interesada: cuando alguien ha preferido voluntariamente permanecer opaco al conocimiento y, además, hacer gala de ello, o cuando se retuercen los argumentos científicos en favor de una preconcebida ideología.

Química orgánica: un pelícano afectado por el vertido de Deepwater Horizon en 2010. Imagen de Louisiana GOHSEP / Wikipedia.

Química orgánica: un pelícano afectado por el vertido de Deepwater Horizon en 2010. Imagen de Louisiana GOHSEP / Wikipedia.

Lo que vengo a contar hoy es posiblemente una mezcla de ambas cosas, dado que la diferencia entre química orgánica e inorgánica es algo que se aprende en la enseñanza secundaria obligatoria y, por tanto, su ignorancia no puede atribuirse generalmente a una falta de oportunidades en la vida. Ocurrió a propósito de un post reciente de mi compañera Madre ídem sobre las vacunas. En los comentarios, una persona, evidentemente contraria a la vacunación y aparentemente naturómana radical, hacía una distinción entre lo que entendía como química orgánica, la de la naturaleza, y química inorgánica, la de los malignos laboratorios e industrias.

No quiero extenderme en esto, pero debo explicar de dónde procede la confusión. Ciertas técnicas de producción y comercialización de alimentos se apropiaron de algunas etiquetas mucho antes de que la regulación estuviera preparada para hacer algo al respecto; al parecer, el término “orgánico” aplicado de esta manera comenzó a emplearse en 1939 en Estados Unidos por iniciativa particular de alguien. Aquí, en España, surgió una ridícula polémica legal sobre quién podía o no utilizar el término “bio”, que se zanjó con el Biomanán convertido en Bimanán, y a tirar. Ridícula, porque “bio” o “biológico” no tienen por qué pasar de repente a significar lo que a un legislador le viene en gana que deben significar, y por tanto la concesión del derecho a usarlos es un abuso de autoridad; algo así como regular legalmente el uso del término “literario” para prohibir su aplicación a las novelas de Dan Brown y Ken Follett. La consecuencia de esta tergiversación es la confusión creada en el ciudadano que no anda especialmente dotado de conocimientos científicos.

Que quede claro, y casi me avergüenza tener que explicar esto a una audiencia adulta: la química orgánica es la del carbono; la química inorgánica es sin carbono. El origen de esta terminología es ancestral y se pierde en la noche de los tiempos (terrible cliché que simplemente significa: no me he molestado en buscar quién fue el primero en utilizarla; aunque uno siempre puede recurrir a Grecia, tan de moda). Pero antes del siglo XIX, los científicos pensaban que los seres vivos estaban compuestos por algo que llamaban “fuerza vital” y que faltaba en las piedras, así que a la química de los seres vivos se la llamó “orgánica” en contraposición a la “inorgánica” de las piedras, ambas igual de naturales.

Con el tiempo, y dado que todos los seres vivos de este planeta tenemos en común el carbono como elemento central y enchufe atómico universal, se llamó orgánica a la química del carbono, e inorgánica a la otra. La dicotomía orgánica/inorgánica no tiene absolutamente nada ver con el hecho de que un compuesto exista en la naturaleza, o que sea la consecuencia natural de unas condiciones controladas por el ser humano (esto es más o menos lo que significa “artificial”). Si queremos referirnos exclusivamente a la química de la vida, esto tiene otro nombre: bioquímica.

El petróleo y todos sus derivados “artificiales” son química orgánica. El plástico es química orgánica. El bisfenol A es química orgánica. Los benzopirenos son química orgánica. Por el contrario, el oxígeno que respiramos es química inorgánica, lo mismo que la sal que echamos a la comida, el hierro de las lentejas, el calcio de la leche y, en general, todo lo que conocemos como sales minerales. Nosotros estamos compuestos tanto por química orgánica como inorgánica, lo mismo que todos los demás seres de la naturaleza. De hecho, y dado que un mínimo del 55% de nuestro peso es agua, somos mayoritariamente química inorgánica, ya que el agua lo es.

Dejando ya aparte los términos, quien siga aferrándose a la distinción entre química natural y química artificial debe saber que es absurdo aplicar un critero pueril de bueno y malo. La naturaleza está atiborrada de compuestos tóxicos. De hecho, el ser humano ha sido incapaz de crear una toxina más potente que la botulínica (el famoso botox) o la tetrodotoxina, ambas cien por cien naturales. La nicotina es natural. El glutamato es natural. Los benzopirenos del tabaco son naturales. Los parabenos los inventó la naturaleza. Muchos de los más potentes carcinógenos son cien por cien naturales. El colesterol no solo es natural, sino que es un componente esencial de las membranas de nuestras células.

Pero incluso la propia distinción está vacía de sentido, ya que no existe una frontera definida. Como ya he apuntado arriba, la llamada síntesis química no consiste más que en poner en contacto dos o más compuestos que normalmente no estarían en contacto por casualidad, y en unas condiciones de presión o temperatura en las que normalmente no se encontrarían por casualidad, pero que en muchos casos podrían llegar a darse sin intervención humana.

Podríamos decir, de hecho, que no hay nada más forzado que introducir en una reacción química un elemento extraño y ajeno para lograr lo que de otro modo nunca sucedería, o sucedería tan despacio que deberíamos sentarnos a esperar durante más tiempo del que viviremos. Esto se llama catálisis, y es algo tan abundante en la naturaleza que de no ser por ello no existiríamos; la naturaleza está abarrotada de unos sofisticadísimos catalizadores llamados enzimas, que facilitan las reacciones químicas sin verse afectadas. Y en el fondo, lo que hace una enzima es algo bastante similar a lo que hace el ser humano cuando provoca una síntesis química; nuestra labor no es la de una fabricación, sino más bien la de actuar como una especie de catalizadores inteligentes.

Así que, ni natural/artificial, ni bueno/malo. Sencillamente, todo es química y, como todo, debe manejarse de una forma responsable y honesta. La química no es más peligrosa que las palabras, cuando estas se manipulan con intenciones tendenciosas para propagar conceptos falaces y provocar, volviendo al tema que motivaba este artículo, que mueran inocentes.