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¿Podrá contenerse el coronavirus? Esto ya ha ocurrido antes

Con las medidas que pretenden contener la propagación del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, como el cierre de colegios y otros centros y la cancelación de espectáculos y reuniones, se dice en estos días que estamos viviendo una situación sin precedentes, y esto es cierto si centramos el foco en nuestras pequeñas comunidades. Pero si lo ampliamos al mundo más grande, he aquí lo que encontramos.

Hace once años surgía en México una nueva cepa de gripe A H1N1 epidémica (no endémica, como las estacionales) que guardaba similitud con el virus que provocó la catástrofe de la gripe de 1918 (la que en todo el mundo continúa llamándose gripe española, a pesar de que se sabe que no nació aquí y que la Organización Mundial de la Salud, OMS, ahora recomienda no vincular patógenos a lugares geográficos).

Parece que hoy ya pocos recuerdan aquello, pero en su día, y durante meses, se vivió en gran parte del mundo una situación similar a la actual. Aquí nos llegó la práctica monopolización de los telediarios, las imágenes de gente con mascarillas y poco más. Pero se cerraron escuelas al menos en EEUU (donde llegaron a cerrarse 700 colegios), Reino Unido, Tailandia, Sudáfrica, Serbia, Nueva Zelanda, Italia, Japón, Hong Kong, China, Bulgaria y Francia. Se recomendó no viajar, se establecieron controles de temperatura corporal en los aeropuertos y se impuso cuarentena a las personas que habían viajado a zonas afectadas por la epidemia, aconsejándose vivamente el aislamiento voluntario a las personas que notaran síntomas. Hubo cuarentenas en hoteles enteros y en barcos de cruceros. Se recomendó el teletrabajo. Cundió también la locura de las mascarillas.

Una imagen de México D.F. en la pandemia de gripe A de 2009. Imagen de Eneas de Troya / Flickr / CC.

Una imagen de México D.F. en la pandemia de gripe A de 2009. Imagen de Eneas de Troya / Flickr / CC.

¿Cuál fue el resultado de todo aquello? El brote se detectó en abril. Ese mismo mes y debido a la rápida expansión de la epidemia, la OMS declaraba la emergencia de salud internacional. Dos meses después, en junio, se declaraba la pandemia y dejaban de contarse los casos; a partir de entonces se hablaba de porcentajes de población infectada.

Afortunadamente, la gripe A pandémica de 2009 (mal llamada gripe porcina) resultó ser mucho menos letal de lo que parecía en un principio. Lo cual instigó acusaciones contra la OMS de haber sobreactuado. La revista BMJ publicó una investigación que demostraba intereses económicos en compañías farmacéuticas por parte de algunos asesores de la OMS durante la crisis de la gripe. Esto suponía un conflicto de intereses inaceptable; sobre todo teniendo en cuenta que todas las voces que a diario y a través de múltiples cauces están guiando las prescripciones sobre, por ejemplo, vida sana y saludable, carecen por completo de intereses económicos en la industria de la vida sana y saludable, como es bien sabido.

La OMS, por su parte, reconoció ciertos errores técnicos en su gestión de la pandemia, pero defendió los criterios epidemiológicos y virológicos que habían guiado sus decisiones. Y a pesar de ello, si algo de aquello queda hoy en la memoria de algunos, es que la OMS se vendió a las farmacéuticas y que la gripe de 2009 fue un montaje.

Solo que ese supuesto montaje causó, en un año, unas 280.000 muertes (entre 151.700 y 575.400).

Digámoslo también con letras: más de un cuarto de millón de personas murieron en todo el mundo a causa de la pandemia de gripe A de 2009. La enfermedad resultó ser mucho menos letal de lo que se sospechó inicialmente, pero la contrajo entre el 11 y el 21% de la población mundial. A pesar de todas las medidas de contención.

Así que, no, en realidad nada de lo que estamos viviendo ahora es tan nuevo como para que nuestra flaca memoria no pueda recordar situaciones anteriores similares. A esto hay que añadir que había un factor extra de pánico en la pandemia de gripe de 2009, y es que, como ocurrió antes con la de 1918, la enfermedad afectaba sobre todo a niños y adultos jóvenes y sanos.

Volvamos al presente, al coronavirus nuestro de cada día. Todas las medidas de contención, incluso si causan perjuicios, son bienvenidas si se trata de conseguir un bien mayor. Pero ¿se está teniendo en cuenta si esas medidas procuran ese bien mayor, de acuerdo a los estudios científicos de los expertos y las experiencias previas? ¿Se tiene la seguridad de que los beneficios esperables superan a los perjuicios? ¿O incluso si esos beneficios son realmente esperables? ¿Esas decisiones se basan en ciencia, o corren los gobiernos como pollos sin cabeza, legislando para el miedo y arrojando a la gente a vaciar supermercados?

Un ejemplo: como conté aquí hace unos días, se dio por hecho que cerrar Wuhan y otros lugares de China ayudaría a que el virus no escapara de allí, o que al menos la epidemia fuese menos grave en el resto del mundo. Pero cuando un estudio científico ha evaluado esta proclama con modelos matemáticos de simulación, ha descubierto que en realidad aquellas medidas no lograron en absoluto cambiar el curso de la epidemia, sino solo retrasar su expansión de tres a cinco días al resto de China, y de dos a tres semanas al resto del mundo.

Otro ejemplo: en nuestro país (aún) no se han implantado los controles de temperatura corporal en los aeropuertos. Pero solo hay que darse una vuelta por el Twitter, nuestro equivalente actual de los Dos Minutos de Odio orwellianos, para encontrar innumerables voces exigiendo tal medida. Y sin embargo, ninguna de esas voces parece preguntarse: ¿sirven para algo esos controles?

Un estudio de 2011 en Japón: “Confiar solo en la fiebre es una medida probablemente ineficaz como comprobación de entrada”.

Otro estudio de 2005 en Canadá a propósito del coronavirus del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS): “El valor predictivo positivo del escaneo es esencialmente cero”.

Otro estudio de 2014 en Australia: “Los escaneos en los aeropuertos fueron ineficaces para detectar los casos de gripe A pandémica H1N1 de 2009 en Nueva Gales del Sur”.

Y hay varios más, pero dejémoslo ya con esta revisión de varios estudios de 2019: “El porcentaje de casos confirmados identificados de entre el total de viajeros que pasaron a través de los escaneos de entrada en varios países de todo el mundo para la pandemia de gripe (H1N1) y el ébola en África occidental fue cero, o extremadamente bajo. Las medidas de escaneo de entrada para el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) no detectaron ningún caso confirmado de SARS en Australia, Canadá y Singapur”.

En la presente epidemia de COVID-19 ya se han documentado también varios casos de viajeros que han dado positivo en los test del virus y que pasaron sin problemas los escaneos de temperatura corporal de los aeropuertos.

En el fondo, la diferencia entre la moderación y el alarmismo apocalíptico es que quienes defienden esta segunda postura parecen creer que esto es cosa solo de unos meses, que si resistimos lo suficiente, podremos apechugar con ello y el virus se esfumará por sí solo. Un artículo publicado ayer en la revista The Atlantic bajo el título de “Cancel Everything” (“Cancelarlo todo”), y cuya autoexplicativa tesis es que hay que cancelarlo absolutamente todo, dice sin embargo: “¿Estás organizando un congreso? Retrásalo al otoño”.

¿Al otoño? Es decir, que el autor (como dato adicional, experto en política, no en epidemias), quien defiende cancelarlo todo –“la gente se pondrá furiosa contigo. Serás ridiculizado como un extremista o un alarmista. Pero aun así, es lo correcto”–, parece dar por naturalmente supuesto que en otoño esto habrá terminado. Que en solo unos meses nos sacudiremos las manos, el coronavirus se habrá desvanecido por arte de magia, y podremos retomar nuestras vidas coronavirus-free.

Solo que no es esto lo que dicen ni la experiencia ni los epidemiólogos. En cuanto a lo primero, ¿qué fue del virus de la gripe pandémica de 2009? Pues ahora es una de las gripes que regresan todos los inviernos. No desapareció, sino que ya está con nosotros para siempre. Y la gripe causa cada año hasta 650.000 muertes.

Y respecto a lo segundo, ¿qué es lo que están diciendo los epidemiólogos respecto a la futura evolución de la COVID-19?

Maciej Boni, epidemiólogo de la Universidad de Pensilvania: “Con seguridad, hay cientos de miles de casos, quizá un millón de casos que simplemente no se han registrado”. “Como balance, es razonable asumir que la COVID-19 infectará a tantos estadounidenses durante el próximo año como la gripe en un invierno normal: entre 25 millones y 115 millones”.

Stephen Morse, de la Universidad de Columbia: “Puedo imaginar un escenario donde este se convierte en el quinto coronavirus endémico en los humanos”. “Dependiendo de lo que haga el virus, posiblemente podría consolidarse como una enfermedad respiratoria que volvería estacionalmente”.

Amesh Adalja, de la Universidad Johns Hopkins: “Creo que es muy posible que el brote actual termine con este virus convirtiéndose en endémico”.

Michael Osterholm, de la Universidad de Minnesota: “Muy bien podría convertirse en otro patógeno estacional que causa neumonía”.

Marc Lipsitch, de la Universidad de Harvard: “Pienso que el resultado probable es que al final no podrá contenerse”. En el año próximo, calcula Lipsitch, entre el 40 y el 70% de la población mundial habrá contraído el virus de la COVID-19.

Allison McGeer, del Hospital Mount Sinai: “Cuanto más sabemos de este virus, mayor es la posibilidad de que su transmisión no podrá controlarse con medidas de salud pública”. “Estamos viviendo con un nuevo virus humano, y sabremos si se extenderá por todo el globo”.

Robert Redfield, director del CDC de EEUU: “Pienso que este virus estará probablemente con nosotros más allá de esta estación, más allá de este año, y que finalmente se instalará”.

Nathan Grubaugh, de la Universidad de Yale: “Sin una vacuna eficaz, no veo que esto acabe sin millones de infecciones”.

También en este caso podríamos continuar, pero parece claro que el consenso emergente entre los epidemiólogos no sugiere precisamente que el coronavirus vaya a desaparecer, sino que ha venido para quedarse. ¿Podrían todos los epidemiólogos estar equivocados? No puede descartarse, dado que nadie tiene una bola de cristal. Pero ahora mismo no parece probable. Y dado que sus predicciones parecen los argumentos más fiables a los que ahora podemos agarrarnos, estos deberían ser los que guiaran la toma de decisiones.

En contra de lo que parece entenderse, la postura de la moderación, frente al alarmismo apocalíptico, no se basa en la idea de que esta epidemia sea poco relevante o de que vaya a desaparecer pronto, sino justamente en todo lo contrario: que no va a desaparecer, y que más tarde o más temprano es probable que la mayoría de nosotros vayamos a contraer el virus, a no ser que una vacuna llegue sorprendentemente antes de lo esperado. ¿Durante cuánto tiempo estamos dispuestos a vivir con colegios y centros de trabajo cerrados, sin espectáculos ni reuniones públicas, sin viajar, sin salir de casa? ¿Quince días? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Siempre?

Todo sea dicho, las medidas de contención sí consiguen un objetivo esencial: comprar tiempo para retrasar el avance de una epidemia. Como ya están explicando las autoridades sanitarias, reduciendo la interacción social se logra que la curva de contagios se aplane, repartiéndose más a lo largo del tiempo; el número final de infectados será el mismo en cualquier caso, pero un largo goteo en lugar de un chorro instantáneo tiene la ventaja de no saturar los sistemas de salud, y de que estos tengan en todo momento la capacidad de atender en óptimas condiciones a los enfermos para reducir al mínimo el número de muertes. Eso sí, el autor de The Atlantic lo ha entendido justamente al revés: cancelarlo todo ahora no conseguirá que en otoño haya terminado, sino lo contrario, que dure más.

Así que, de acuerdo, compremos ese tiempo. Pero cuanto antes asumamos que todo esto es como tratar de detener el mar con una raqueta de tenis, y cuanto antes avancemos hacia la mitigación, antes nos libraremos del pánico, la histeria constante del recuento de infectados, los telediarios monotemáticos, los tertulianos desinformados, los supermercados vacíos y la locura de las mascarillas. Sí, quizá haya algunas cosas que cambien para siempre. Pero tarde o temprano tendremos que continuar con nuestras vidas. Incluso si es el coronavirus el que les pone fin.