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Los detractores extremos de los alimentos transgénicos saben menos, pero piensan que saben más

La frase sobre estas líneas es, tal cual, el título del estudio que vengo a contar hoy. Pocas veces se encuentra un trabajo científico cuyo encabezado exprese de forma tan llana y transparente lo que expone. Así que, ¿para qué buscar otro?

Como conté aquí ayer, la ciencia está cada vez más implicada en las cosas que afectan a la gente, por lo que hoy es inexcusable que cada ciudadano cuente con la suficiente educación científica para entender el mundo que le rodea. Cuando falta esta educación, triunfa el rechazo como mecanismo de defensa frente a lo desconocido, y nos convertimos en fácil objeto de manipulación por parte de quienes siembran bulos y desinformación, sean cuales sean sus fines.

Uno de los ejemplos que mejor ilustran el papel crítico de esta educación es el de los alimentos transgénicos (genéticamente modificados, GM). Probablemente no muchas cuestiones de seguridad biológica han sido tan extensamente investigadas como los efectos de estas variedades vegetales sobre el medio ambiente y la salud humana y animal.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Manifestación antitransgénicos en Chile. Imagen de Mapuexpress Informativo Mapuche / Wikipedia.

Como ya conté aquí en su día, en 2016 un informe de 400 páginas elaborado por más de 100 expertos de las academias de ciencia, ingeniería y medicina de EEUU resumió dos años de análisis de casi 900 estudios científicos publicados desde los años 80, cuando las variedades transgénicas comenzaron a cultivarse.

El veredicto era contundente: no existe ninguna prueba de que los cultivos GM sean perjudiciales para la salud humana o animal ni para el medio ambiente. Sin embargo y como aspecto menos favorable, los autores del informe concluían que los beneficios económicos para los agricultores han sido desiguales en diferentes países, lo mismo que el aumento de la producción esperado del uso de estas variedades (aunque otros estudios previos como este y este han mostrado que el balance es positivo tanto en incremento de las cosechas como en beneficios para los agricultores).

Por si estas pruebas no bastaran, en febrero de 2018 un grupo de investigadores del Instituto de Ciencias de la Vida y de la Universidad de Pisa (Italia) publicó un nuevo metaestudio que revisaba más 6.000 estudios previos, elaborados entre 1996 y 2016, para seleccionar específicamente aquellos que comparaban datos de campo rigurosos y extensos sobre el maíz transgénico y el no transgénico.

En consonancia con metaestudios previos, los resultados indicaban que no se han detectado daños medioambientales derivados del cultivo de maíz transgénico, y que se han demostrado “beneficios en términos de aumento de la cantidad y la calidad del grano”, con un incremento en las cosechas de entre un 5,6 y un 24,5% en las plantaciones de las variedades GM (tolerantes a herbicidas o resistentes a insectos).

Sumado a esto, los investigadores apuntaban que el maíz transgénico es una opción más saludable que el convencional, ya que contiene un 28,8% menos de micotoxinas (junto con un 30,6% menos de fumonisina y un 36,5% menos de tricotecenos), compuestos producidos por hongos contaminantes que son nocivos a corto plazo y potencialmente cancerígenos a largo. “Los resultados apoyan el cultivo de maíz GM, sobre todo debido al aumento de la calidad del grano y a la reducción de la exposición humana a micotoxinas”, escribían los autores. A ello se unen estudios previos que han estimado en un 37% la reducción del uso de pesticidas gracias a las variedades GM, lo que también disminuye los restos de estas sustancias en el producto final para el consumo.

Mazorcas de maíz de distintas variedades. Imagen de Asbestos / Wikipedia.

Mazorcas de maíz de distintas variedades. Imagen de Asbestos / Wikipedia.

Pese a todo ello, sería una ingenuidad confiar en que estos estudios u otros miles más consigan por fin disipar la feroz oposición de ciertos colectivos a los alimentos transgénicos. Pero ¿en qué se basa esta cerril negación de la realidad? La respuesta no parece sencilla, teniendo en cuenta que, según algún estudio, las personas defensoras de posturas pseudocientíficas o anticientíficas no tienen necesariamente un nivel educativo inferior al de la población general.

A primera vista, se diría que esto contradice lo que expliqué ayer sobre la necesidad de la educación científica. Pero solo a primera vista: la necesidad no es suficiencia; y en cualquier caso, lo que vienen a revelar estas observaciones es que el nivel medio de formación científica de toda la población en conjunto es deficiente. Y sin embargo, no toda la población en conjunto está abducida por la pseudociencia o la anticiencia.

Para explicar por qué unas personas sí y otras no, los expertos hablan de efectos como el sesgo cognitivo –básicamente, quedarse con lo que a uno le interesa, sin importar siquiera su nivel de credibilidad– o de la mentalidad conspiranoica (sí, esto existe: más información aquí y aquí). Para los conspiranoicos, nunca importará cuántos estudios se publiquen; para ellos, quienes exponemos la realidad científica sobre los alimentos transgénicos (incluido un servidor) estamos sobornados por las multinacionales biotecnológicas, incluso sin prueba alguna y pese a lo absurdo del planteamiento. Y todo hay que decirlo, la conspiranoia también puede ser un negocio muy rentable.

Sin embargo, todo lo anterior no termina de aclararnos una duda: si hablamos en concreto de los cultivos transgénicos y de sus detractores, ¿hasta qué punto estos conocen la ciencia relacionada con aquellos? Podríamos pensar, y creo que yo mismo lo he escrito alguna vez, que un conspiranoico es casi un experto amateur en su conspiranoia favorita, aunque sea con un sesgo cognitivo equivalente a medio cerebro arrancado de cuajo. Pero ¿es así, o es que simplemente creen ser conocedores de una materia que en realidad ignoran?

Precisamente estas son las preguntas que han inspirado el nuevo estudio, dirigido por Philip Fernbach, científico cognitivo especializado en marketing de la Universidad de Colorado (EEUU). Para responderlas, los investigadores han encuestado a más de 3.500 participantes en EEUU, Alemania y Francia, interrogándoles sobre su nivel de aceptación u oposición a los alimentos GM y sobre el conocimiento que ellos creen tener de la materia, contrastando los datos con un examen de nociones sobre ciencia y genética.

Y naturalmente, los resultados son los que ya he adelantado en el título extraído del propio estudio, publicado en la revista Nature Human Behaviour. Los investigadores escriben: “Hemos encontrado que a medida que crece el extremismo en la oposición y el rechazo a los alimentos GM, el conocimiento objetivo sobre ciencia y genética disminuye, pero aumenta la comprensión percibida sobre los alimentos GM. Los detractores extremos son los que menos saben, pero piensan que son los que más saben”.

Curiosamente, sucede lo mismo en los tres países incluidos en el estudio. Pero más curiosamente aún, ocurre algo similar con otro caso que los investigadores han empleado como comparación, el uso de ingeniería genética en terapias génicas destinadas a curar enfermedades. También en este caso quienes más se oponen son quienes menos saben, pero quienes creen saber más.

Más asombroso aún: el estudio confirma resultados previos de otro trabajo publicado en junio de 2018, en el que investigadores de las universidades de Pensilvania, Texas A&M y Utah Valley (EEUU) se hicieron las mismas preguntas sobre los activistas antivacunas y el (inexistente) vínculo entre la vacunación y el autismo en los niños. En aquella ocasión, los autores descubrían que quienes más fuertemente se oponían a las vacunas y defendían su relación con el autismo eran quienes menos sabían sobre las causas del autismo, pero también quienes creían conocer este terreno incluso mejor que los científicos y los médicos especialistas.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Un manifestante antivacunas en un mitin del movimiento ultraconservador estadounidense Tea Party. Imagen de Fibonacci Blue / Flickr / CC.

Claro que tantos resultados en la misma dirección no pueden obedecer a la simple casualidad; y es que, de hecho, todos ellos responden a un fenómeno detallado en 1999 por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger. El llamado efecto Dunning-Kruger consiste en la incapacidad de valorar el propio conocimiento sobre algo que en realidad se desconoce; o dicho de otro modo, es la ignorancia de la propia ignorancia.

No se aplica solo a las materias científicas: el estudio de Dunning y Kruger describió el efecto aplicado a campos tan diversos como el conocimiento de la gramática inglesa, el razonamiento lógico y la habilidad para el humor. En resumen, el efecto Dunning-Kruger es una denominación más elegante y científica para lo que en este país viene conociéndose de forma vulgar e insultante como cuñadismo.

Según Fernbach, esta “psicología del extremismo” es difícilmente curable, ya que se da la paradoja de que quienes más necesitan conocimientos son quienes menos dispuestos están a adquirirlos, ya que se creen sobrados de ellos. Por tanto, lo más probable es que continúen cómodamente sumergidos en su ignorada ignorancia; otra razón más para explicar por qué la difusión de la ciencia no basta para acabar con las pseudociencias.

Al final, hemos llegado a descubrir lo que ya había descubierto Sócrates hace más de 24 siglos: el verdadero conocimiento comienza por ser consciente de la propia ignorancia. A partir de ahí, podemos empezar a aprender.

Los transgénicos no hacen mal (pero tampoco el bien esperado)

He conocido pocos biólogos moleculares opuestos a los cultivos transgénicos. Y no porque vivan/vivamos de ello. Quienes sí lo hacen suelen trabajar en compañías, y no son esos los que conozco (no por nada). La explicación de esta postura mayoritaria entre los molbiols es simplemente la misma por la cual antes nos escondíamos de las tormentas a rezar para que Dios no nos fulminara con un rayo, mientras que hoy conocemos el fenómeno eléctrico atmosférico y podemos conocer, valorar y controlar sus riesgos reales.

Ciruelas transgénicas resistentes al virus de la sharka. Imagen de Wikipedia.

Ciruelas transgénicas resistentes al virus de la sharka. Imagen de Wikipedia.

Por supuesto, una excepción al sentido de esta insinuación son los conspiranoicos, que llegan a convertirse en verdaderos especialistas (si bien con un ojo tapado) en el tema de su conspiranoia favorita, que defienden sin importar la absoluta ausencia de pruebas; pero precisamente por esto se trata de un perfil psicológico peculiar, como conté aquí.

Naturalmente, en el caso de los conspiranoicos nada podrá hacerles abandonar su convencimiento, porque es apriorístico; no es un juicio, sino un prejuicio. Ni siquiera, en el caso de los cultivos transgénicos, un informe de 400 páginas en el que ha participado más de un centenar de expertos de las Academias Nacionales de Ciencia, Ingeniería y Medicina de EEUU, que durante dos años han evaluado 900 estudios publicados en las dos últimas décadas sobre los cultivos genéticamente modificados (GM), y del que destaco y cito las siguientes conclusiones:

“Los datos a largo plazo sobre la salud del ganado antes y después de la introducción de cultivos GM no muestran ningún efecto adverso asociado a los cultivos GM.”

“A los animales no les ha perjudicado alimentarse de comida derivada de cultivos GM.”

“El comité no encontró pruebas concluyentes de relaciones causa-efecto entre cultivos GM y problemas medioambientales. Sin embargo, la naturaleza compleja de evaluar cambios medioambientales a largo plazo a menudo dificulta llegar a conclusiones definitivas.”

“No se ha encontrado ninguna prueba sólida de que los alimentos de los cultivos GM sean menos seguros [para la salud humana] que los alimentos de los cultivos no-GM.”

“Las tecnologías genéticas emergentes han borrado la distinción entre el cultivo convencional y el GM, hasta el punto de que los sistemas reguladores basados en procesos son técnicamente difíciles de defender.”

¿Maíz transgénico? No: Quality Protein Maize (QPM), un mutante inducido "biofortificado". Al ser una variedad creada por mutagénesis, no le afecta la regulación sobre transgénicos. Imagen de Neil Palmer (CIAT) / Flickr / CC.

¿Maíz transgénico? No: Quality Protein Maize (QPM), un mutante inducido “biofortificado”. Al ser una variedad creada por mutagénesis, no le afecta la regulación sobre transgénicos. Imagen de Neil Palmer (CIAT) / Flickr / CC.

Esta última conclusión merece un comentario. Desde que existen la agricultura, la ganadería y la costumbre de tener animales de compañía, el ser humano ha estado seleccionando los mutantes que surgían espontáneamente para criar variedades o razas con los rasgos deseados, desde el arroz a los perros.

Desde el segundo tercio del siglo XX, antes de la existencia de las tecnologías genéticas, se ha empleado el procedimiento de forzar la aparición de estas mutaciones mediante estímulos químicos y radiológicos, es decir, mutágenos. La base de datos conjunta de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) registra más de 3.200 de estas variedades mutantes de 214 especies de plantas, utilizadas en más de 60 países.

Sin embargo, y frente a la regulación aplicada a los organismos modificados por procedimientos de ingeniería genética, estos mutantes espontáneos o inducidos escapan al control legal. De hecho, en muchos países pueden venderse como “orgánicos”, ya que esta calificación solo depende del método de cultivo y no del origen de las variedades, cuyo carácter mutante a veces se remonta a miles de años atrás (por ejemplo, nuestro trigo es genéticamente diferente del silvestre desde el inicio de la agricultura, hace al menos 8.000 años).

Y curiosamente, mientras que los cultivos GM están perfectamente caracterizados desde el punto de vista genético, los mutantes pueden comercializarse sin que se tenga la menor idea sobre cuáles son sus mutaciones, o si estas pueden ser perjudiciales para la salud o el medio ambiente. Dice el informe: “Algunas tecnologías emergentes de ingeniería genética podrán crear variedades de cultivos indistinguibles de las desarrolladas por métodos convencionales, mientras que otras tecnologías, como la mutágenesis, que no están cubiertas por las leyes actuales, podrían crear nuevas variedades de cultivos con cambios sustanciales en los fenotipos de las plantas”.

Es por esto que el informe de las Academias Nacionales habla de esa distinción borrada, y por ello recomienda que “las nuevas variedades –ya sean obtenidas por ingeniería genética o de cultivo convencional– sean sometidas a ensayos de seguridad en caso de que tengan características nuevas, pretendidas o no, que puedan causar daños”. El informe destaca que las nuevas técnicas -ómicas (genómicas, fenómicas, proteómicas…) serán clave en el futuro para conocer con detalle la ficha completa de toda variedad de cultivo, sea cual sea su origen.

Pero por otro lado, el informe también concluye lo siguiente:

“Las pruebas disponibles indican que la soja, el algodón y el maíz GM generalmente han tenido resultados económicos favorables para los productores que han adoptado estos cultivos, pero los resultados han sido heterogéneos dependiendo de la abundancia de plagas, prácticas agrícolas e infraestructuras de cultivo.”

“Los cultivos GM han beneficiado a muchos granjeros a todas las escalas, pero la ingeniería genética por sí sola no puede afrontar la amplia variedad de desafíos complejos a los que se enfrentan los granjeros, sobre todo los pequeños.”

En conclusión, los expertos destacan que los cultivos GM tampoco han sido la panacea esperada: no han aumentado drásticamente la producción como se prometía y, aunque para algunos granjeros han sido beneficiosos, a otros no les ha merecido la pena la inversión. Por supuesto, para algunas compañías han sido un negocio muy rentable.

¿Un negocio fallido? ¿Una promesa incumplida? ¿Un timo? Aún es pronto para decidirlo: “La biología molecular ha avanzado sustancialmente desde la introducción de los cultivos GM hace dos décadas”, dice el informe. Entre estos avances está la tecnología de edición genómica CRISPR, que permite una manipulación del ADN mucho más precisa y eficaz que las tecnologías anteriores. “Están en marcha las investigaciones para aumentar el rendimiento potencial y la eficiencia en el uso de los nutrientes, pero es demasiado pronto para predecir su éxito”, apuntan los autores. Y aún mucho más allá, todavía ni asomando por el horizonte, está la biología sintética.

Como resumen de todo lo anterior, y al menos en lo que respecta al panorama dibujado por el informe y a las previsiones que se derivan de él, hay una conclusión que probablemente parecerá tan risiblemente evidente para algunos como increíblemente insólita para otros: el futuro de la agricultura pasa inevitablemente por más tecnología, y no por menos.