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Esta es la medida más ignorada contra la COVID-19, que puede reducir el riesgo de contagio a la tercera parte

Cuando una vez más las mascarillas vuelven a centrar la discusión (y por cierto, quizá en otro momento sea interesante actualizar aquí lo que la ciencia ha aportado al respecto estos últimos meses, que a muchos les sorprenderá), existe otra medida que, incomprensiblemente, ha sido ignorada de forma sistemática por las autoridades sanitarias en España y en casi el resto del mundo, a pesar de que no es ningún secreto: los estudios están publicados, algunos de ellos en revistas científicas de primera línea. La información es bien conocida, se trata de una medida tan simple como eficaz que forma parte del protocolo clínico habitual, y sin embargo parece que nunca se ha recomendado a la población de forma general:

Protegerse los ojos.

Protegerse los ojos reduce el riesgo de contagio casi a la tercera parte, o en más de un 65%. En comparación con las mascarillas, estas reducen el riesgo de contagio casi a la sexta parte, o en un 82%. Estos no son valores teóricos en estudios de laboratorio, que siempre pueden distar mucho de la realidad, sino valores tomados de una revisión de 172 estudios observacionales (es decir, del mundo real) en 16 países. Dicho estudio, publicado hace ya siete meses en The Lancet, comentado aquí varias veces, fue uno de los principales puntales para la defensa del uso de mascarillas en todo el mundo. Y sin embargo, por razones inexplicables, la importancia de la protección ocular que revelaban los datos fue ignorada por completo.

Gráfico del estudio de The Lancet que muestra el efecto de la protección por distancia física, mascarillas y protección ocular. Imagen de Chu et al, The Lancet 2020.

Gráfico del estudio de The Lancet que muestra el efecto de la protección por distancia física, mascarillas y protección ocular. Imagen de Chu et al, The Lancet 2020.

El hecho de que muchos contagios virales se producen a través de los ojos no es ninguna novedad. En el caso del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19, desde el comienzo de la pandemia se ha hablado de la protección ocular como una medida adicional de precaución; pero salvo para el personal sanitario, que sí la adopta regularmente, ni siquiera suele mencionarse como simple recomendación.

Pero como siempre en ciencia, las hipótesis hay que testarlas. Y por ello, algunos científicos comenzaron a testar la susceptibilidad del ojo al virus de la cóvid. Y los resultados no han sido del todo concluyentes. Durante la primera ola de la pandemia, una revisión en China recogía lo que hasta entonces se sabía sobre la posible infección y transmisión del nuevo coronavirus a través de los ojos. Los autores hacían notar que la mucosa del ojo y las vías respiratorias están conectadas a través del conducto nasolacrimal, pero que la conjuntivitis era un síntoma raro entre los enfermos, lo mismo que la detección del virus en lágrimas y secreciones oculares. “Esto sugiere que el ojo no es un órgano preferido de la infección por coronavirus ni una vía preferente de entrada para infectar el tracto respiratorio“, concluían los autores, añadiendo sin embargo que el transporte pasivo de virus simplemente depositados en el ojo hacia las vías respiratorias era algo perfectamente posible.

Por la misma época, otra revisión en la revista British Journal of Ophthalmology, del grupo BMJ, decía que “aunque parece que la probabilidad de la superficie ocular como vía de entrada de la infección es baja, la infección o transmisión del SARS-CoV-2 a través de la superficie ocular puede causar conjuntivitis y otros malestares oculares. Por tanto, la protección adecuada de los ojos es un procedimiento esencial de prevención, sobre todo para el personal médico“.

Otros estudios similares y revisiones tampoco llegaban a una conclusión tajante. En mayo de 2020, un estudio en la revista Eye, del grupo Nature, mostraba que de acuerdo a la presencia de dos de los principales receptores del virus en las células, ACE2 y TMPRSS2, la córnea –la capa transparente que cubre la pupila– podía ser infectable por el virus, mientras que la conjuntiva –el tejido que cubre el blanco de los ojos– no parecía susceptible a la infección. Otro estudio confirmaba la expresión de los receptores del virus en el ojo.

Sin embargo, esto era solo un estudio de la expresión de los receptores, no de la capacidad del propio virus de infectar el ojo. En noviembre, un estudio en Cell Reports revelaba que el SARS-CoV-2 no es capaz de reproducirse en la córnea humana, a diferencia de otros virus como el zika o el herpes simplex. Sin embargo, los autores no descartaban la posible susceptibilidad de otros tejidos del ojo como los conductos lacrimales o la conjuntiva.

En septiembre, un estudio con monos en Nature Communications mostraba que los animales inoculados con SARS-CoV-2 en el ojo contraían una COVID-19 suave –la infección en monos es más benigna– y poseían una alta carga viral en el conducto nasolacrimal.Este estudio muestra que la infección a través de la ruta conjuntiva es posible en primates no humanos“, escribían los autores. En un estudio clínico publicado en julio, solo dos de 72 pacientes presentaban conjuntivitis, y solo uno llevaba el virus en su secreción ocular. Los autores concluían que la infección del ojo era probablemente muy escasa, pero que podía representar un riesgo para el personal sanitario. En Italia, otro estudio informaba de la detección del virus en la secreción ocular de una paciente.

En resumen, ¿qué podemos concluir de todo esto? Primero, que el ojo es un órgano muy complejo con tejidos muy diferentes y conexiones con otros sistemas del organismo. Que probar o descartar una infección a través del ojo es muy complicado. Que incluso si pudiera descartarse la infección directa del ojo –algo que en realidad no se ha descartado–, no puede desecharse la posibilidad de que simplemente actúe como sistema de transporte para llevar el virus a otras partes del organismo donde pueda infectar. Y que, con independencia de que estos estudios experimentales prosigan, una pista más útil de cara a la prevención pueden proporcionarla los estudios en el mundo real.

Y ¿qué ocurre en el mundo real? En la revista JAMA, un estudio en India descubrió que las infecciones entre los trabajadores sanitarios que visitaban a enfermos de cóvid en sus hogares desaparecieron por completo al añadir escudos faciales de plástico a sus equipos. Todo lo demás, tres mascarillas quirúrgicas superpuestas, distancia de dos metros, desinfección de manos con gel, guantes y patucos, permaneció exactamente igual que antes. Los escudos faciales fueron la única diferencia entre casos de cóvid y ningún caso de cóvid.

Otros indicios pueden ser también correlaciones anecdóticas sin demostraciones causales, pero cuando apuntan en la misma dirección merecen al menos cierto crédito. Al comienzo de la pandemia se temió, perdón por la expresión, que los dentistas caerían como chinches: con un peligroso virus de transmisión respiratoria, ¿quién más expuesto que ellos? Y sin embargo, al avanzar la pandemia comenzó a notarse una incidencia curiosamente mínima entre estos profesionales muy expuestos pero que a las precauciones más extendidas añaden el uso de escudos faciales. Mientras, en China, un estudio descubría otro dato curioso: la proporción de personas que usan gafas entre la población general era de un 31,5%, pero entre los enfermos de cóvid era solo del 5,8%.

Y por fin llegamos al gran estudio mencionado al principio, el que sirvió para extender por el mundo la recomendación o la obligación de usar mascarillas. Y del que, curiosamente, en la frase “el uso óptimo de mascarillas y protección ocular en escenarios sanitarios y públicos debería regirse por estos resultados“, la mención de la protección ocular ha sido sistemáticamente ignorada.

Adiós, Ziggy, marciano, heterocrómico y anisocórico

David Bowie ha sido uno de los músicos más importantes en mi vida. Para quienes nos criamos musicalmente en los 80, en aquel electrizante cocido madrileño luego bautizado con un nombre que algunos denostamos, Bowie era una especie de gurú, una referencia constante, una influencia ineludible en toda la música que escuchábamos e incluso hacíamos. Por entonces hasta tuve una novia cuyo perro se llamaba Zowie, el alias del hijo de Bowie, creador de esa maravilla de película titulada Moon. Esta mañana se me ha caído el cigarro de la boca al escuchar una noticia que literalmente me ha disparado un calambre bajo el vello de los brazos.

ZiggyStardust

En este blog he mencionado a Bowie varias veces, viniera a cuento o no. Anteayer mismo recordaba su cumpleaños, coincidente con el mío. Su Starman me sirvió para poner música de fondo a recientes especulaciones sobre la posible vida alienígena. El delirio espacial estuvo presente en algunos de sus más famosos temas. Ziggy Stardust, uno de mis diez discos favoritos de todos los tiempos, fue una de las dos mejores óperas rock espaciales jamás escritas.

Vaya, no podía resistir hoy la tentación de dejar aquí mi lamento por la pérdida. Pero por traer algo que guarde relación con la temática de este blog, vale la pena recordar uno de los rasgos físicos más famosos y controvertidos de Bowie: sus ojos. Tradicionalmente hemos escuchado que ambos eran de distinto color, uno azul y otro tirando a marrón.

El color de los ojos es un fenómeno inesperadamente complejo. Según una revisión reciente, el color resultante depende de la interacción de varios factores: los gránulos de pigmento y su concentración en distintas capas del iris, la naturaleza del pigmento y las propiedades ópticas de la matriz que rodea a las células pigmentadas. Es decir, que una parte del color se debe al pigmento y otra es estructural, debida a la interacción de las ondas de luz con la forma de una superficie, como ocurre, por ejemplo, con las plumas de los pavos reales. En cuanto al pigmento, es casi todo melanina, pero en formas distintas que dan colores oscuros, rojizos o amarillentos. En otras palabras: las personas con ojos azules no tienen un pigmento azul, sino que su coloración aparente proviene de una interacción óptica compleja, y este es también el motivo de que el tono pueda variar con la iluminación.

Existe una condición llamada heterocromía que puede teñir ambos ojos de distintos colores debido a una distribución irregular de la melanina. Esta extravagancia ocular se conoce desde tiempos de Aristóteles, que la describió en su pupilo Alejandro Magno; tanto él como su caballo Bucéfalo eran “heteroglaucos”, según el filósofo. Hoy tenemos otros casos populares como el Blues Brother Dan Aykroyd o el superduro Jack Bauer, Kiefer Sutherland. La heterocromía a menudo aparece como consecuencia de una enfermedad, aunque puede tener un origen genético que los expertos aún no han llegado a definir con claridad.

Los ojos de Bowie en una foto de 2009. Recorte de una imagen de Wikipedia.

Los ojos de Bowie en una foto de 2009. Recorte de una imagen de Wikipedia.

Por otra parte, algunas reseñas biográficas de Bowie apuntan que el suyo no era un caso de heterocromía, sino de anisocoria, una diferencia entre los tamaños de ambas pupilas. Cuentan que a sus 15 años se enzarzó en una pelea con un amigo que le golpeó en la cara, clavándole la uña en el ojo, y que a resultas de esta lesión la pupila izquierda quedó permanentemente dilatada. La diferencia en el tamaño de las pupilas de Bowie es evidente, pero en muchas fotografías parece también que ambos iris son de distinto tono (ver, por ejemplo, aquí o aquí, o en la foto que incluyo). Es más, repasando algunas imágenes se diría que la diferencia de color se ha acentuado con los años. Así que el caso de Bowie podría reunir ambas condiciones, anisocoria y heterocromía.

De hecho, no es descabellado que el diferente color pueda aparecer como consecuencia de un traumatismo que afecte también al mecanismo muscular del iris y, por tanto, a la dilatación de la pupila. Existe una enfermedad denominada síndrome de Horner, causada por un daño en un circuito nervioso llamado tronco simpático, en la que el ojo con la pupila de mayor tamaño suele aparecer con un iris más oscuro. Esta dolencia puede ser congénita, pero también puede aparecer a causa de un trauma o incluso de una intervención médica.

No he podido encontrar ningún estudio científico que haya analizado en detalle la peculiaridad de los ojos de Bowie. Sea cual fuera la verdad completa sobre su mirada magnética, es un pequeño secreto que se ha llevado a la tumba, junto con un talento tan inusual que era casi de otro planeta. Ziggy Stardust ha regresado a las estrellas.