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Más viajes alucinantes: 300.000 habitantes moleculares en la conexión de una neurona

Si pudiéramos dividir un milímetro en mil partes iguales, en cada una de estas secciones cabría uno, o quizá varios empalmes entre neuronas. Sin embargo, al contrario que en los cables eléctricos, en las fibras nerviosas no existe contacto directo entre los dos extremos, sino que entre ellos queda un diminuto hueco, tan fino como dividir 50 veces esa milésima de milímetro. Pero aunque la brecha sea diminuta, para el impulso eléctrico es un abismo. En el extremo de la neurona, la electricidad se transforma en una señal química que se vierte a ese espacio minúsculo y lleva el mensaje hasta el otro extremo, donde vuelve a convertirse en potencial eléctrico que continúa su camino a lo largo de la siguiente fibra. Esto es una sinapsis. El lugar donde se produce se llama terminal o botón sináptico; y si lo aislamos del resto de la neurona, tenemos un sinaptosoma.

Recientemente comenté aquí dos vídeos (uno y dos) que recreaban el paisaje interior de la célula y que mostraban la inmensa y estupefaciente complejidad de esa microscópica maravilla repetida en nuestro organismo quizá unos 37 billones de veces. Uno de esos dos vídeos mostraba el funcionamiento de una sinapsis, pero no dejaba de recurrir a una cierta simplificación idealizada para hacer más manejable el resultado final. Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Gotinga y el Instituto Max Planck, en Alemania, ha emprendido el trabajo exhaustivo de modelar en tres dimensiones un sinaptosoma de rata combinando múltiples técnicas de imagen y análisis molecular. El resultado es la recreación de un apabullante planeta celular en el que viven unas 300.000 proteínas, cada una con su localización y estructura reales, como en esas épicas batallas creadas por CGI (imágenes generadas por ordenador) con miles de personajes individuales que hemos podido contemplar en la saga de El señor de los anillos de Peter Jackson.

El estudiante de doctorado Benjamin Wilhelm y sus colaboradores, bajo la dirección del neurocientífico Silvio Rizzoli, se han centrado en el proceso de reciclaje de las vesículas de neurotransmisores. La transmisión de la señal química a través de la sinapsis se produce gracias al vertido al exterior de moléculas como el glutamato, la dopamina, la serotonina, la epinefrina o la histamina, todos ellos neurotransmisores. Dentro de la célula, esos componentes viajan envueltos en bolsitas que se fusionan con la membrana externa de la neurona para volcar su contenido al exterior. Después, en un ejemplo de buen aprovechamiento de los recursos celulares, las vesículas vuelven a crearse a partir de la membrana de la neurona, reciclando algunos de los neurotransmisores.

El trabajo de los investigadores, publicado ayer en la revista Science, incluye un vídeo que presenta el sinaptosoma con una resolución a nivel atómico nunca antes vista, y en el que algunos elementos se van añadiendo y ocultando para facilitar su comprensión. He aquí el resultado, y procuren no parpadear, porque se perderán algo:

¿Por qué soñamos? ¿Podemos controlarlo?

Sigmund Freud fue un curioso ejemplo de hombre de ciencia que inventó lo que él mismo necesitaba: psicoanálisis. Sin entrar en discusiones sobre si esta práctica terapéutica es tal o pseudociencia, como alegaba Karl Popper, conozco a alguno que otro que leyó La interpretación de los sueños en busca de fórmulas al estilo “soñar con ornitorrincos = aumento de sueldo” para encontrarse de repente extraviado sin remedio en un inmenso y farragoso bosque de penes y vulvas habitado por personajes sexualmente aturullados. Para Freud, los sueños eran realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos por la consciencia, pero sus deseos solían estar localizados de cintura para abajo.

'El sueño de la razón produce monstruos', grabado de Francisco de Goya.

‘El sueño de la razón produce monstruos’, grabado de Francisco de Goya.

La contribución de Freud apostó por el concepto del sueño como un fenómeno esencialmente psíquico, en oposición a los autores médicos de su época que defendían una visión orgánica, en la que los sueños eran algo “comparable a la serie de sonidos que los dedos de un individuo profano en música arrancan al piano al recorrer al azar su teclado”, en palabras del propio Freud. Sin embargo, hoy parece impensable tratar de comprender el fenómeno de los sueños desde un seco enfoque psicológico sin empaparlo en la neurofisiología. Conociendo lo complejo de nuestra actividad neuronal y que mucha parte de ella forma el backstage de nuestra interacción con el mundo, lo difícil sería pensar que el torrente eléctrico que nos cruza el cerebro durante el sueño no se plasmara de alguna manera a través de imágenes, pensamientos o emociones. Pero ¿realmente los sueños tienen algún propósito o significado, o son simples traducciones sin sentido del ralentí cerebral, como quien utiliza el código Morse para descifrar el picoteo de un pájaro carpintero? ¿Por qué a veces el contacto con una persona en sueños nos suscita un grado de emoción más intenso que su conocimiento real? ¿Por qué nos aterran ciertas experiencias oníricas que resultan insustanciales cuando las reflexionamos despiertos? Y por último, ¿podemos tomar el control de nuestros sueños?

Por desgracia, y así como los científicos han revelado recientemente razones esclarecedoras sobre nuestra necesidad de dormir, la ciencia de los sueños continúa siendo una ciénaga tan penumbrosa como el propio mundo onírico. Sobre la función del sueño se ha propuesto que ayuda a consolidar la memoria, a conectar pensamientos e incluso a vaciar la papelera de reciclaje, como en un ordenador. En 1977, los psiquiatras Allan Hobson y Robert McCarley propusieron la teoría de activación-síntesis que se decantaba por el modelo neurofisiológico, explicando los sueños como la manera del cerebro de interpretar señales de las áreas emocionales que se activan durante la fase REM (siglas en inglés de Movimiento Ocular Rápido, la etapa onírica más productiva del ciclo del sueño). Sin embargo, modelos más recientes sugieren que las ensoñaciones y el sueño REM se localizan en regiones diferentes del cerebro. Pero lo más interesante de la teoría de Hobson es su propuesta de que el sueño produce una recombinación aleatoria de elementos cognitivos, algo así como barajar las cartas de nuestra información cerebral, lo que puede estimular la creatividad generando nuevas ideas. Muchas obras de la literatura son hijas de los sueños: personajes como el doctor Jekyll y su álter ego Hyde, Frankenstein y Drácula nacieron en las ensoñaciones de sus autores antes de cobrar vida en el papel.

Grabado de Theodore Von Holst para la edición de 1831 de 'Frankenstein', de Mary Shelley.

Grabado de Theodore Von Holst para la edición de 1831 de ‘Frankenstein’, de Mary Shelley.

Una teoría en la línea de lo propuesto por Hobson es la de la psicóloga experimental de la Universidad Goethe de Fráncfort (Alemania) Ursula Voss. “Mi teoría personal, pero (aún) no científicamente demostrada, es muy simple: nuestros sueños son subproductos de una actualización cerebral nocturna, en un momento en que la entrada de información del entorno se reduce al mínimo”, explica Voss a Ciencias Mixtas. “Creo (pero no sé realmente si es cierto) que, durante el sueño REM, formamos asociaciones entre información vieja y nueva, lo ligamos a las emociones, y lo almacenamos en imágenes visuales. Así que, para mí, el sueño, cuando lo recordamos, es algo así como emoción comprendida. No contiene un mensaje, pero nos ayuda a la introspección”, agrega la psicóloga.

En colaboración con Hobson, Voss dirige una fascinante línea de investigación sobre los sueños que en ciertos aspectos recuerda a la película Origen (Inception, 2010), de Christopher Nolan. En concreto, la psicóloga investiga los llamados sueños lúcidos, aquellos en los que el durmiente es consciente de estar soñando y puede llegar a controlar sus vivencias oníricas. “Sabemos que la ocurrencia espontánea del sueño lúcido es especialmente frecuente en la pubertad, una época en la que experimentamos las fases finales de la mielinización [integración en el sistema cerebral] del lóbulo frontal”, apunta Voss. “Es un proceso similar a la actualización del hardware de un ordenador”. La científica piensa que esta especie de estado híbrido entre sueño y vigilia es una confusión accidental entre distintos estados de consciencia. Y lo más pasmoso es que puede provocarse.

Anteriormente, los experimentos de Voss y su equipo han demostrado que este extraño estado de lucidez puede entrenarse por autosugestión. El procedimiento recuerda a la película, cuyos personajes se introducían en los sueños llevando un objeto que les servía como pista para distinguir si se encontraban en el mundo onírico o en el real. El protagonista, interpretado por Leonardo DiCaprio, utilizaba una peonza que en el sueño giraba constantemente sin detenerse jamás. “Primero debes aprender a recordar tus sueños”, dice Voss. “Entonces debes buscar cosas que puedan ser identificadas como no reales más fácilmente que otras; por ejemplo, una voluntaria sabía que estaba soñando cuando su perro muerto aparecía en el sueño. La siguiente vez que sueñes con esa persona, animal u objeto, trata de utilizarlo como pista para preguntarte a ti mismo: ¿es esto real? Otra voluntaria siempre soñaba que entraba en una casa sin suelo, donde temía caer en un gran vacío. Aprendió a mirar hacia la derecha y, en el momento en que lograba hacerlo, la trama del sueño cambiaba, lo que para ella era una señal que le hacía percatarse de que estaba soñando”.

Los anteriores experimentos de Voss han logrado vincular estos sueños lúcidos a una frecuencia concreta de la actividad eléctrica cerebral. “Nuestro punto de partida fue el hallazgo de que el sueño lúcido, cuando ocurre naturalmente, viene acompañado por un aumento de la actividad de 40 hercios, correspondiente a la banda gamma de baja frecuencia”, apunta Voss. Sin embargo, esta observación no permitía discernir si dicha actividad era una causa o un efecto del sueño lúcido. “Era interesante, pero no satisfactorio, ya que no podíamos afirmar nada sobre la causalidad. ¿La actividad gamma baja es necesaria para alcanzar una consciencia de alto rango? ¿El sueño lúcido provoca la actividad gamma?”

En la película 'Origen' ('Inception'), Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) utiliza un tótem, una peonza, para distinguir entre los sueños (donde la peonza nunca se detiene) y el mundo real. Warner Bros. Pictures.

En la película ‘Origen’ (‘Inception’), Dom Cobb (Leonardo DiCaprio) utiliza un tótem, una peonza, para distinguir entre los sueños (donde la peonza nunca se detiene) y el mundo real. Warner Bros. Pictures.

Para distinguir entre ambas posibilidades, Voss y su equipo sometieron a un grupo de 27 voluntarios, que nunca habían experimentado sueños lúcidos, a una estimulación eléctrica de 40 hercios en el lóbulo frontal del cerebro durante 30 segundos en la fase REM. “Examinamos la cuestión induciendo una corriente gamma, o bien una corriente no gamma o un placebo sin corriente”, señala la investigadora. Los resultados del estudio, publicado este mes en la revista Nature Neuroscience, revelan que los sujetos sometidos a estimulación gamma sincronizaron su actividad cerebral con esta frecuencia y experimentaron sueños lúcidos en el 77% de los casos. Los investigadores detectaron cinco rasgos del sueño lúcido: consciencia de que se está soñando mientras el sueño continúa, control sobre la trama del sueño, sentido de realismo, acceso a la memoria, y disociación, o la posibilidad de observar el sueño como un espectador contempla una película; este último fue el rasgo más frecuente. “Nuestra hipótesis es que la estimulación gamma de banda baja promueve la sincronización neuronal en esta banda de frecuencia, lo que prepara el escenario para la lucidez en los sueños”, concluyen los científicos en su estudio.

Los resultados de Voss y su equipo han captado una gran atención mediática, porque es una tentación fantasear con los posibles usos recreativos de este hallazgo: hacer realidad los propios sueños. Como mínimo, la posibilidad de asistir como espectadores a la proyección privada de películas mentales cuya trama decidiéramos nosotros mismos es algo que dejaría lo que ahora llaman “televisión a la carta” como una antigualla obsoleta. Tan inevitable es interpelar a Voss sobre estas fantasías como preguntar a un político acusado de corrupción si planea dimitir. Pero tan previsible es la respuesta de un científico ante semejante pregunta como la del político: evasivas. “No quiero especular con esto”, responde la investigadora. “Aunque me lo han preguntado mucho”, añade.

Si aplicaciones como estas fueran posibles algún día, la naturaleza y el origen de los sueños quedarían relegados a un segundo plano frente a la jugosa posibilidad de controlarlos. Respecto a lo primero, la ciencia continuará trabajando, porque la propia Voss acaba confesando que, en el fondo, seguimos sin saber por qué soñamos. Por qué el resto de mamíferos también sueñan. Por qué es incluso posible que las aves y los reptiles sueñen. “¡Si tan solo pudiéramos saber por qué…!”, suspira Voss. La realidad es que nos sigue faltando una respuesta que ya echó de menos el príncipe Segismundo en la obra de Calderón: “y en el mundo en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”.

Ya sabemos por qué dormimos, pero ¿por qué bostezamos?

No es que el hecho de bostezar sea clave en nuestras vidas (¿o sí?). Ni que su conocimiento sea un hito científico de primera magnitud (¿o sí?). Pero siendo poco probable que todos los lectores de estas líneas lleguen a experimentar un encuentro cara a cara con el bosón de Higgs, en cambio es seguro que todos bostezan regularmente. Lo que quizá no sepan es que bostezar, algo que todos hacemos de media unas ocho veces al día y unas 240.000 veces a lo largo de nuestra existencia, no es solo una declaración de amor a la cama. Según presentó el investigador holandés Wolter Seuntjens en la Primera Conferencia Internacional del Bostezo (sí, en serio), celebrada en París en 2010, bostezar puede ser también un signo de excitación sexual. La mala noticia es que, dice Seuntjens, es imposible distinguir el motivo real por el que esa persona sentada al otro lado de las velas en una primera cita está bostezando.

Seuntjens es también el fundador de la chasmología, una disciplina tan extremadamente rara que, al menos a día de hoy, Google solo encuentra una entrada en castellano (esta será la segunda). Prueben a encontrar otro término existente capaz de ser tan ignorado en internet; hasta supercalifragilísticoexpialidoso registra 15.300 resultados. Así pues, la ciencia del bostezo no interesa a nadie. ¿O sí? Para ser un gesto tan irrelevante, los científicos han propuesto hasta 20 hipótesis distintas recogidas por el antropólogo evolutivo de la Universidad de Emory (EE. UU.) E. O. Smith. La más conocida de ellas probablemente sea que el bostezo nos insufla oxígeno en la sangre, lo que a su vez nos ayuda a mantenernos despiertos. Y sin embargo, esta teoría carece de todo respaldo experimental. Sencillamente, hasta donde se sabe, es falsa.

Los bebés comienzan a bostezar durante la gestación. Daniel James.

Los bebés comienzan a bostezar durante la gestación. Daniel James via Flickr (Creative Commons).

Quizá sabemos por qué bostezamos en muchas ocasiones: porque otros lo hacen. El bostezo no solamente es un comportamiento que los mamíferos compartimos entre nosotros y (como mínimo) con reptiles, anfibios, aves y peces, sino que además es contagioso, incluso con la capacidad, en ciertos casos, de saltar de una especie a otra. Pero si bostezar es la expresión de un vínculo de empatía, ¿cuál es su significado evolutivo? ¿Mantener en alerta a la manada, como también se ha propuesto? El humilde e intrascendente bostezo pone en un apuro la capacidad de la ciencia para hackear las explicaciones de la naturaleza, del mismo modo que el verdadero talento de un cantante se prueba cuando alguien le pide que entone a capela el Cumpleaños feliz en una fiesta familiar.

Por suerte, parece que recientemente la ciencia ha podido salir airosa del embarazoso reto de explicar el bostezo. En 2007, el psicólogo de la Universidad Estatal de Nueva York Andrew Gallup hizo un curioso experimento: sentó a un grupo de voluntarios frente a una pantalla en la que se mostraba un vídeo de gente bostezando. Algunos de los sujetos debían al mismo tiempo sostener una bolsa caliente contra su frente, mientras que otros hacían lo mismo con una compresa fría. Los resultados, publicados en la revista Evolutionary Psychology, mostraron que los primeros sufrían un nivel de contagio del 41%, mientras que en los segundos se desplomaba a solo un 9%.

Los resultados de Gallup, con ser significativos, podrían ser simplemente anecdóticos mientras no se liguen a un mecanismo fisiológico demostrable por otras vías. En 2010, otro estudio en el que participó el propio Gallup demostró que la temperatura del cerebro de las ratas aumentaba en 0,11 grados justo antes del bostezo, al que seguía un enfriamiento similar. Con estos datos, Gallup elaboró una hipótesis: el bostezo es un mecanismo de refrigeración cerebral, no muy diferente de la función del radiador en el motor de un coche. Cuando sube el termómetro del cerebro, este nos ordena que bostecemos. La inhalación lleva aire fresco a nuestras cavidades oral y nasal, irrigadas por numerosos vasos sanguíneos que al estrujarse con el gesto brusco de abrir las mandíbulas inyectan un mayor caudal de sangre en la caja craneal. Esa sangre se ha templado en contacto con el aire inhalado, lo que enfría el cerebro.

La hipótesis de Gallup, llamada de la ventana térmica, predice que el bostezo debería aumentar cuando lo hace la temperatura ambiente, pero reducirse cuando esta se eleva por encima de un límite, ya que bostezar en este caso tendría el efecto contrario y sería más aconsejable entonces recurrir a otros sistemas alternativos de regulación, como el enfriamiento corporal por la evaporación del sudor. Ambas predicciones han sido contrastadas, según describe Gallup en una revisión sobre la teoría termorreguladora del bostezo publicada el año pasado en la revista Frontiers in Neuroscience. La última prueba a favor de la teoría de Gallup acaba de publicarse ahora en la revista Physiology & Behaviour. En el nuevo estudio, el psicólogo y un equipo de colaboradores de la Universidad de Viena han comprobado si los vieneses bostezan más en verano o en invierno. Los resultados muestran que los gélidos inviernos de la capital austríaca reducen el bostezo al mínimo, mientras que en verano ocurre lo contrario. Por si fuera poco, los datos son opuestos a lo previamente comprobado por Gallup en el clima árido de Tucson, Arizona, con veranos a 37 grados e inviernos en torno a los 22.

Sin embargo, la hipótesis aún necesita atar cabos importantes: ¿por qué antes y después del sueño? ¿Por qué se contagia? Si se trata de un mecanismo ligado a la regulación térmica, una capacidad de los que nos llamamos animales de sangre caliente (homeotermos), como mamíferos y aves, ¿por qué entonces los de sangre fría o poiquilotermos, como reptiles, anfibios y peces, también bostezan?

La primera pregunta ya es una prueba superada: la temperatura del cerebro aumenta con los ritmos circadianos (el reloj biológico) hacia el atardecer y disminuye al mínimo durante el sueño. Cuando despertamos, se enciende la calefacción de nuestro cerebro, y el bostezo ayuda entonces a la regulación fina del termostato. En cuanto a la segunda, la solución es posiblemente más compleja. La función del bostezo en la empatía social es generalmente aceptada, y su origen evolutivo propuesto es, como mencionaba arriba, una coordinación grupal para la vigilancia. Gallup propone que el efecto negativo de la hipertermia sobre las funciones cognitivas podría explicar por qué es evolutivamente ventajoso para la manada que un gesto destinado a incrementar la preparación del cerebro para la respuesta a un ataque se propague rápidamente entre los individuos; algo así como un policía desenfundando su arma cuando ve que un compañero ha hecho lo mismo.

Así, parece que el bostezo no es algo tan banal e irrelevante, sino que se trata de un problema científico que involucra fisiología, psicología y biología evolutiva. Pero ¿qué hay de los reptiles, anfibios y peces? Este es todavía un caso pendiente, más aún por el hecho de que estos grupos animales son evolutivamente anteriores a mamíferos y aves, por lo que no pueden simplemente haber heredado este comportamiento. A este respecto, Gallup contraataca apoyándose precisamente en lo que define a los poiquilotermos, su carencia de mecanismos internos para regular su temperatura corporal, lo que les haría necesitar aún más un gesto como el bostezo. “Bostezar es un mecanismo conductual de enfriamiento, y los poiquilotermos son particularmente dependientes del enfriamiento conductual”, escribe Gallup.

Sin embargo, esta última es todavía una hipótesis en cuarentena, aunque el psicólogo destaca un detalle curioso que distingue el bostezo en estos animales: no se contagia. Para el investigador, negar la función termorreguladora en un grupo animal más moderno (mamíferos o aves) por el hecho de que grupos animales más antiguos carezcan de ella “sería similar a pensar que, dado que los poiquilotermos no se contagian el bostezo, no deberíamos tampoco esperar el contagio en los homeotermos”. “La evolución es un proceso acumulativo, que tiene efectos aditivos sobre los rasgos a lo largo del tiempo”, razona.

El autor de este artículo ha bostezado cuatro veces durante su redacción. No por aburrimiento. Tampoco por lo otro. Ni hay nadie más alrededor. Quizá es solo falta de sueño. Por favor, si hacen lo mismo al leerlo, no me lo digan…

¿Por qué dormimos? La ciencia ya tiene respuestas

Para los que nos arrugamos al sonreír, pero ya no nos desarrugamos después, y el cuerpo cada vez nos soporta menos (en sentido 1, no en el 2), preguntar por qué dormimos puede sonar a soberana imbecilidad: al fin de una jornada de trabajo seguida por la diaria batalla contra la horda infantil, la pregunta correcta no sería por qué dormimos, sino cómo es posible que volvamos a despertar. Pero lo cierto es que, desde el punto de vista antropológico evolutivo, que es como debe analizarse toda nuestra fisiología, cabría preguntarse: si se trata de descansar, ¿por qué no basta con recostarnos y dejar la mente en blanco? Frente a un reposo en alerta, dormir es una opción suicida. Ese estado de profunda inconsciencia al reguerillo de baba en el que caemos los humanos, al contrario que otras especies, es una franca invitación a cualquier depredador para que nos devore o a cualquier enemigo para que nos reviente los sesos, y sería interesante conocer cuántos humanos, desde que somos tales, han perdido la vida en brazos de los Oniros (que no de Morfeo, como suele decirse, ya que este solo se molestaba en actuar para la realeza).

Una respuesta casi evidente sería que el sueño es una medida de ahorro de energía metabólica. Un interesante estudio publicado en 2010 en la revista The Journal of Physiology por investigadores de las universidades de Denver y de Colorado en Boulder (EE. UU.) determinó que gastamos un 7% más de energía si permanecemos despiertos durante 24 horas que si nos ceñimos a un plan de 16 horas de vigilia seguidas por ocho horas de sueño (esas que solo tienen el privilegio de dormir los que se presentan voluntarios a experimentos como este). Si centramos el cálculo en el consumo energético durante ese período nocturno de ocho horas, gastamos un 32% más si lo pasamos tirados en el sofá viendo lo felices que son los poseedores del Whisper XL que si dormimos.

Las cifras parecen escasamente rompedoras, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta que, por ejemplo, una iguana del desierto es capaz de ahorrar hasta un 69% de energía durante el sueño. Un dato curioso que se desprende del estudio de Colorado es que echa por tierra esa noción del sueño atrasado, ya que el consumo de energía durante un sueño de recuperación se reduce respecto al sueño estándar; es decir, que el metabolismo tiene cierta flexibilidad para adaptarse a lo que le dejemos dormir. Así que, quien tras una noche en blanco pretenda justificar, basándose en la aritmética, la necesidad de dormir 16 horas seguidas, que sepa que la ciencia no le sufraga en esto.

Los resultados del estudio de Colorado sugieren que el ahorro de energía puede ser una razón para dormir, pero no la razón, si la hay. Podemos pensar, incluso, que el 7% más de energía que gastamos con esa abstinencia de sueño podríamos compensarlo con creces dedicando esas ocho horas a atiborrarnos. Al fin y al cabo los humanos somos omnívoros y, al contrario que los carnívoros estrictos, procurarnos el alimento no nos exige necesariamente un enorme desgaste metabólico (razón por la cual casi siempre vemos a los leones descansando o durmiendo; los del zoo no saben que nunca tendrán que cazar). Sin embargo, sabemos que no es así, y que un exceso de privación de sueño puede provocarnos un desorden cognitivo; es decir, volvernos locos. Así pues, no parece que dormir sea exclusivamente una cuestión de balance energético.

Mientras el ratón duerme, el tinte fluorescente lava su cerebro, lo que no ocurre cuando el animal está despierto. Nedergaard Lab, University of Rochester Medical Center.

Mientras el ratón duerme, el tinte fluorescente lava su cerebro, lo que no ocurre cuando el animal está despierto. Nedergaard Lab, University of Rochester Medical Center.

Durante años, los científicos han sospechado que la expresión popular “sueño reparador” no debía de estar muy lejos de la realidad. Es decir, que el sueño vendría a ser ese período durante el cual al cerebro se le cuelga el cartel de “fuera de servicio” (o casi) para que los técnicos puedan ejecutar sus labores de mantenimiento, recuperación y actualización del servicio. El año pasado, investigadores del Centro Médico de la Universidad de Rochester (EE. UU.) descubrieron que, cuando un ratón duerme, los espacios entre las neuronas de su cerebro se ahuecan en un 60%, aumentando la circulación entre el fluido intersticial y el líquido cefalorraquídeo (que baña el cerebro y la médula espinal) y facilitando así la eliminación de toxinas como la proteína beta-amiloide, cuya acumulación en placas es un signo de la enfermedad de Alzhéimer. En otras palabras, y pese a lo poco hermoso de la analogía: cuando el cerebro duerme, tira de la cadena (y ya anticipo el comentario ocurrente de que algunos, por mucho que duerman, nunca consiguen evacuar de su cerebro toda la blablabla…). El hallazgo, publicado en Science, mereció un puesto entre los diez descubrimientos más importantes del año para los editores de esta revista.

Gracias a este estudio, la implicación del sueño en la función cognitiva recibe un espaldarazo bioquímico, sosteniendo las conclusiones de investigaciones previas que han revelado cómo nuestra memoria se consolida mientras dormimos. Con ocasión de la publicación del estudio de Science, Jim Koenig, director de programas de la rama de los Institutos Nacionales de la Salud de EE. UU., que financiaron el trabajo, declaró: “Estos resultados pueden tener grandes implicaciones en múltiples desórdenes neurológicos”. El pasado marzo, otro estudio publicado en la revista The Journal of Neurosciences relacionaba el sueño deficiente con la pérdida de neuronas. Con todo esto, surge una pregunta obvia: ¿significa esto que una vida nocturna de crápula, o un trabajo de vigilante de noche, o el bebé que duerme como un bebé (lo que, en contra de la noción popular, significa despertarse llorando cada par de horas), nos convierten en candidatos a padecer Alzhéimer?

También el pasado marzo, la revista Neurobiology of Aging publicó un estudio en el que investigadores de la Universidad Temple de Filadelfia (EE. UU.) sometieron a condiciones de privación de sueño a un modelo de ratón genéticamente modificado para padecer Alzhéimer. Los científicos descubrieron que, en los animales con el sueño alterado, los defectos en la memoria y el aprendizaje, así como el aumento de los depósitos de la proteína tau –todos ellos síntomas de la enfermedad–, aparecían a una edad más temprana de lo normal. Según el director del estudio, Domenico Praticò, “de este estudio se puede concluir que la perturbación crónica del sueño es un factor de riesgo ambiental en la enfermedad de Alzhéimer”. Aun así, es importante recordar que estos ratones ya estaban genéticamente obligados a desarrollar la dolencia. Establecer vínculos directos en casos semejantes es muy complejo, y darlos por sentado es siempre una temeridad. Pero algo sí parece claro; como bien escribía Jack Torrance una y otra vez, a lo largo de páginas y páginas (en una extraña traducción elegida por el propio Stanley Kubrick): no por mucho madrugar amanece más temprano.