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Por qué la muerte de Enrique San Francisco debería recordarnos el peligro de la próxima gran pandemia

Este lunes se ha conocido la noticia del fallecimiento del actor Enrique San Francisco, después de dos meses ingresado a causa de una neumonía. Después de unas primeras informaciones algo confusas, varios medios han aclarado que, al parecer y según fuentes próximas al actor, la causa de su neumonía no era el coronavirus causante de la COVID-19, sino una bacteria.

Los medios han tirado de informaciones de instituciones sanitarias para explicar qué es la neumonía necrotizante o necrosante, la causa de la muerte de San Francisco. Pero hoy más que nunca es necesario explicar por qué este caso debería servir para elevar las alarmas sobre una gravísima amenaza sanitaria cada vez más seria y que se está ignorando, como hasta 2020 se ignoraron repetidamente las advertencias sobre la inminencia de una gran pandemia vírica.

La neumonía necrotizante es una complicación rara y grave de la neumonía, una infección pulmonar que afecta sobre todo a niños, ancianos y personas con enfermedades crónicas o ciertos factores de riesgo. Una neumonía, en su forma más común, puede venir causada por muchos tipos de microorganismos diferentes; el SARS-CoV-2 es uno de ellos. A menudo ocurre que una infección pulmonar vírica viene seguida por una infección bacteriana secundaria. Por ejemplo, los datos indican que la mayoría de las muertes de la gripe de 1918 se debieron a neumonías bacterianas secundarias.

Este es el motivo por el cual a muchos enfermos de cóvid se les administran antibióticos, incluso solo por si acaso, aunque no se ha observado una alta incidencia de estas infecciones bacterianas secundarias durante la pandemia; solo afectan a un 15% de los pacientes graves, pero el 75% están recibiendo antibióticos. También en España el uso de antibióticos en los hospitales aumentó de forma drástica a partir de marzo de 2020, con el primer pico de la pandemia.

El problema con el uso y abuso de los antibióticos es bien conocido: fomentan la aparición de cepas bacterianas resistentes. Los antibióticos actúan contra las bacterias sensibles, con lo que favorecen la proliferación de aquellas que no lo son. Además, esta resistencia a los antibióticos suele depender de genes móviles que las bacterias pueden pasarse unas a otras, incluso entre distintas especies, por lo que el crecimiento de estas cepas resistentes puede extender la resistencia a otras bacterias que previamente eran sensibles.

Imagen de microscopía electrónica (coloreada artificialmente) de un neutrófilo humano ingiriendo bacterias MRSA. Imagen de NIH.

Imagen de microscopía electrónica (coloreada artificialmente) de un neutrófilo humano ingiriendo bacterias MRSA. Imagen de NIH.

Pero si el problema parece más o menos conocido, no lo es tanto su magnitud: en los últimos años la resistencia a antibióticos ha crecido de forma alarmante. Se calcula que actualmente cada año mueren en el mundo 700.000 personas por infecciones bacterianas resistentes a antibióticos. Y se vaticina que en 2050 serán 10 millones cada año. Recordemos que hasta ahora la cóvid ha matado a unos 2,5 millones de personas.

El problema es tan preocupante que muchos expertos hablan ya de una era post-antibióticos, en la que nuestras armas contra las bacterias serán cada vez más flojas y escasas. Algunos antibióticos se reservan en los hospitales como último recurso cuando todo lo demás falla. Pero hay bacterias que resisten todos los antibióticos conocidos, incluso los de último recurso.

Cada vez son más las voces de expertos que están alertando de que la próxima gran pandemia será la de las bacterias resistentes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido de que el uso indiscriminado de antibióticos durante la pandemia de cóvid está acelerando lo que vaticina como una «catástrofe de resistencia a antibióticos». «No hay tiempo que perder», dice la OMS.

La pandemia de las bacterias resistentes a antibióticos no sería tan explosiva como la de COVID-19. No hay una expansión tan rápida y directa como en el caso de un virus de transmisión respiratoria. Pero sería más letal y mucho más difícil de controlar. Mientras que los virus necesitan células adecuadas para proliferar y generalmente mueren al poco tiempo fuera de su hospedador, las bacterias pueden también transmitirse por el aire pero proliferar en cualquier lugar: en el agua, la comida, en cualquier superficie o en cualquier tejido del cuerpo. Muchas infecciones con estas cepas resistentes se contraen en los propios hospitales, donde las bacterias pueden colonizar y agazaparse en cualquier rincón.

Pero no solo los antibióticos favorecen la aparición de bacterias resistentes, sino también los productos desinfectantes. A estas alturas ya ha quedado suficientemente claro que las superficies no están jugando un papel relevante en la transmisión de la cóvid, por lo que no es necesario desinfectar de forma compulsiva, ni tampoco utilizar productos antisépticos más allá de su uso habitual; la higiene de manos con agua y jabón es la medida óptima recomendada, suficiente para prevenir los posibles contagios por el contacto directo, y los geles hidroalcohólicos y otros desinfectantes deben reservarse solo para cuando no sea posible lavarse con agua y jabón.

En una reciente carta a la revista Science, dos investigadores de la Universidad de Queensland (Australia) advierten: «La desinfección extiende la resistencia antimicrobiana«. «Los desinfectantes facilitan la adquisición bacteriana de resistencia antimicrobiana, potencialmente el mayor reto de salud global después de la pandemia de COVID-19«, escriben los autores, enumerando algunos compuestos desinfectantes para los que se ha probado la aparición de resistencias: compuestos de amonio cuaternario, el triclosán, la clorhexidina, el etanol (el alcohol de los geles) o el cloro, cuya concentración en el agua potable se ha aumentado en muchos lugares como prevención contra la COVID-19. «Así, el actual aumento de las prácticas de desinfección puede suponer un riesgo ambiental y para la salud pública al acelerar la expansión de las resistencias«.

Frente a todo ello, los autores recomiendan: «Para reducir la liberación de desinfectantes al medio ambiente, deben aplicarse políticas para reducir la desinfección innecesaria de superficies«, además de mantener la concentración de cloro en el agua en los niveles seguros que se han utilizado habitualmente y que son suficientes para eliminar el virus de la cóvid.

Y bien, ¿qué tiene todo esto que ver con el fallecimiento de Enrique San Francisco? Que yo sepa, no se han publicado detalles sobre cuáles han sido la especie y la cepa bacteriana responsables de la infección que ha causado la muerte del actor. Y es bien sabido que arrastraba problemas de salud. Pero sí, también las bacterias resistentes causan neumonía necrotizante.

Por ejemplo, la causada por estafilococos, una bacteria por lo demás muy común, viene provocada por una cepa de Staphylococcus aureus productora de una toxina llamada leucocidina de Panton-Valentine, cuyo gen procede originalmente de un virus bacteriófago o fago (virus que atacan a las bacterias). Esta toxina suele estar presente en las cepas de estafilococos resistentes a meticilina (MRSA, en inglés), de muy difícil tratamiento por su resistencia a numerosos antibióticos. Y las neumonías necrotizantes causadas por esta bacteria son letales en el 75% de los casos, incluyendo niños y adultos jóvenes y sanos. Recordemos que la letalidad de la cóvid está en torno al 1%.

En resumen, no sabemos si el de Enrique San Francisco ha sido un trágico caso de la resistencia bacteriana a los antibióticos, o si ha sido su salud débil la que finalmente se ha doblegado a causa de la infección. Pero debería ser una llamada de atención para que no olvidemos que la próxima gran pandemia está por llegar, y que puede ser mucho peor que la actual. Y que de nuestro uso responsable de antibióticos y desinfectantes puede depender ahora evitar una futura catástrofe.

Un mundo sin antibióticos: era el pasado, pero puede ser también el futuro

Ayer les contaba la historia del ruso Andrei Suchilin y la fascitis necrosante, una enfermedad rara pero no insólita: cada año se detectan en el mundo entre 4 y 10 casos por cada millón de habitantes, según las regiones. Si hacen la cuenta a la escala de la población mundial, comprobarán que esto supone decenas de miles de casos. Datos más concretos hablan de hasta 10.000 casos al año en EEUU, un país donde obviamente las condiciones higiénicas y sanitarias son mejores que en muchos otros. Pero lo más preocupante es que no solo esta terrible enfermedad, sino las infecciones bacterianas en general, podrían convertirse en una amenaza aún mayor debido a un fenómeno cada vez más preocupante.

Probablemente les asaltó una pregunta al leer el caso de Suchilin: si se trata de una infección bacteriana, ¿no puede curarse con antibióticos? En teoría, sí. Pero en su caso, el antibiótico oral que le prescribieron en el centro de salud canario al que acudió, y donde subestimaron el alcance de su infección, no pudo nada contra el caos que ya estaba extendido por su cuerpo. El día del viaje en el avión, la vida de Suchilin ya estaba sentenciada.

Según los expertos, la detección temprana de la fascitis necrosante es vital para la curación. El tratamiento urgente incluye extirpar los tejidos muertos y contaminados –lo que en muchos casos requiere amputaciones– y suministrar una mezcla de antibióticos en vena. Pero esto puede no ser suficiente: una revisión de 2015 sobre infecciones en entornos acuáticos encontró que la mayoría de las bacterias marinas son resistentes a muchos de los antibióticos disponibles. Pero el riesgo no solo acecha en el mar: en los últimos años se ha detectado un aumento de los casos de fascitis necrosante causados por una bacteria común de nuestra piel, el estafilococo; no un estafilococo cualquiera, sino uno llamado MRSA, o (en inglés) Staphylococcus aureus resistente al antibiótico meticilina.

Imagen al microscopio electrónico (coloreada) de estafilococos resistentes MRSA. Imagen de CDC / Wikipedia.

Imagen al microscopio electrónico (coloreada) de estafilococos resistentes MRSA. Imagen de CDC / Wikipedia.

El MRSA es una de las llamadas superbacterias, cepas bacterianas resistentes a los antibióticos. La capacidad de las bacterias para escapar a los antibióticos aparece de forma natural durante su evolución a causa de mutaciones aleatorias, pero se convierte en un rasgo predominante por la presión selectiva que ejerce la presencia de los antibióticos.

Un ejemplo de cómo funciona esta presión selectiva: si el mundo se inundara, la mayoría de la población humana moriría. Los humanos no criaríamos branquias, como en aquella de Kevin Costner, pero probablemente los bajau sobrevivirían. Estos nativos del sureste de Asia, llamados los «nómadas del mar», dedican la mayor parte de su tiempo a la pesca submarina. Un estudio reciente descubría que ciertas adaptaciones genéticas resultan en un bazo más grande, que les proporciona una reserva extra de glóbulos rojos para aguantar la respiración durante tres minutos. Este rasgo, que pudo surgir por mutaciones aleatorias, se ha extendido entre los bajau debido a su modo de vida, pero es minoritario en la población humana en general. En un mundo inundado, la supervivencia de los bajau llevaría a que en unas pocas generaciones ellos fueran la población humana mayoritaria.

En el caso de las bacterias, el mar es el antibiótico; es el factor de presión que lleva al predominio de esas poblaciones resistentes. Esta presión comienza probablemente en la propia naturaleza: muchos antibióticos son de origen natural, y de hecho se han encontrado bacterias resistentes en poblaciones que nunca han tenido contacto con entornos humanos ni ambientes contaminados por nuestros productos.

Pero obviamente, la mayor parte de este efecto se debe a nuestro uso indiscriminado de los antibióticos: se prescriben sin medida, se venden sin prescripción en muchos países, se guardan y reutilizan, se tiran a la basura, y tradicionalmente se han despachado a los animales de granja como si fueran caramelos. Todo este inmenso caudal de antibióticos se vierte a las aguas, se infiltra en el suelo y se deposita en los vegetales que comemos, seleccionando bacterias resistentes en el suelo, en el agua, en los animales y en nuestros propios cuerpos.

Las bacterias resistentes pueden transmitirse por el contacto físico directo, por la contaminación de superficies y objetos o por el consumo de alimentos contaminados, pero además estos microbios poseen curiosos mecanismos para contagiarse esta resistencia entre ellas. Mediante ciertos procesos moleculares, una bacteria de esta población puede fabricar una copia del gen responsable de esta capacidad y pasarlo a otra bacteria de la misma especie o de otra distinta. Así, a menudo ocurre que el uso de los antibióticos selecciona bacterias resistentes de nuestra flora microbiana que de por sí no son peligrosas, pero que si entran en contacto con otras que sí lo son pueden convertirlas en superbacterias.

Las consecuencias de todo este panorama no son hipotéticas, sino muy reales: hoy se calcula que cada año fallecen en el mundo unas 700.000 personas por infecciones bacterianas que no remiten con ningún antibiótico disponible. Pero las previsiones son del todo alarmantes: los expertos calculan que hacia mediados de siglo la cifra podría ascender a unos 10 millones de muertes anuales. La Organización Mundial de la Salud alerta de que el peligro de las superbacterias no es una predicción apocalíptica, sino que hoy ya representa «una de las mayores amenazas a la salud global, la seguridad alimentaria y el desarrollo”.

Algunos expertos incluso llegan a insinuar que ya vivimos en una era post-antibióticos. Ante este escenario, hoy todas las autoridades sanitarias y las instituciones médicas con competencias en el asunto están inmersas en campañas para controlar el abuso de los antibióticos y su vertido al medio ambiente, además de restringir el uso de los más especializados solo para los casos en que falle todo lo demás.

Resistencia a antibióticos: a la izquierda, las bacterias no crecen alrededor de los discos de papel que contienen los fármacos. A la derecha, las bacterias resisten la acción de varios antibióticos. Imagen de Dr Graham Beards / Wikipedia.

Resistencia a antibióticos: a la izquierda, las bacterias no crecen alrededor de los discos de papel que contienen los fármacos. A la derecha, las bacterias resisten la acción de varios antibióticos. Imagen de Dr Graham Beards / Wikipedia.

Pero evidentemente, una gran parte de esta responsabilidad está en nuestras propias manos. Algunas medidas son obvias, como evitar la automedicación y utilizar los antibióticos solo bajo prescripción. Hay que repetirlo una y mil veces: muchas enfermedades contagiosas –como la gripe y los catarros– no están causadas por bacterias sino por virus, y contra estos los antibióticos tienen la misma utilidad que un plumero en un tiroteo.

En cambio, otras medidas no son tan obvias. Por ejemplo, la rápida acción de los antibióticos lleva a muchas personas a suspender el tratamiento antes de tiempo, cuando ya se encuentran bien. Grave error: este golpe débil a las bacterias ayuda a que proliferen aquellas que son moderadamente resistentes. Lo mismo ocurre cuando se guardan los antibióticos y se consumen ya caducados: en este caso la dosis que se toma es insuficiente, lo que produce el mismo efecto que un tratamiento incompleto. El sobrante no debe conservarse, sino llevarse a un punto de recogida de medicamentos.

Hoy lo hemos olvidado, pero antes de la penicilina infinidad de mujeres morían después de dar a luz por infecciones contraídas durante el parto. Fallecían más pacientes por infecciones postoperatorias que por la propia cirugía o la enfermedad que la motivaba. Cualquier ingreso en un hospital era como un cara o cruz contra la posibilidad de contraer alguna bacteria letal. Cualquier herida grave en una pierna o en un brazo era casi el preludio seguro de una gangrena y una amputación. Los niños morían de escarlatina, una enfermedad que hoy sigue presente pero que ya no preocupa; y que, por cierto, está causada por el mismo estreptococo responsable de muchos casos de fascitis necrosante.

Y por supuesto, está la fascitis necrosante. Esta temible pesadilla puede convertirse en algo mucho más frecuente si los antibióticos de primera línea no logran contener lo que comienza como una infección leve. De hecho, algunos estudios revelan que los casos se han disparado en las últimas décadas, aunque aún no está claro si se debe más a un aumento de las resistencias bacterianas o a que ahora se diagnostican más casos que antes pasaban inadvertidos. Pero depende de todos evitar que volvamos al pasado: si hoy asustan enfermedades como el cáncer o el alzhéimer, la perspectiva de vivir en un mundo sin antibióticos es infinitamente más aterradora.