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Mundo insólito: Martin Shkreli denuncia la subida de precio de un medicamento

Quienes de vez en cuando vengan a darse un paseo por este blog recordarán el nombre de Martin Shkreli, personaje del que me he ocupado aquí en varias ocasiones anteriores (episodios de la saga: uno, dos, tres y cuatro).

Les pongo en antecedentes. El estadounidense Martin Shkreli, de 33 años, es un tiburón financiero que se dedica a la especulación en el sector biomédico. Comenzó su carrera creando una compañía de fondos de inversión de alto riesgo con el fin de manipular el mercado farmacéutico. En junio de este año, Shkreli irá a juicio bajo la acusación de haber desfalcado 11 millones de dólares de su farmacéutica Retrophin para pagar a los inversores de sus fondos.

Martin Shkreli. Imagen de YouTube.

Martin Shkreli. Imagen de YouTube.

Después de aquello, Shkreli encontró su vocación en la vida: comprar los derechos de medicamentos minoritarios y disparar sus precios. Para un psicópata, un supervillano o simplemente un ser inhumano sin escrúpulos, es el negocio perfecto: hacer fortuna a costa de los afectados por enfermedades raras, colectivos pequeños que dependen de su medicación para seguir viviendo y que en países como EEUU carecen de toda defensa contra estos abusos.

Shkreli se convirtió en uno de los humanos más aborrecidos del planeta a finales del verano de 2015, cuando trascendió la noticia de que había comprado para su empresa Turing Pharmaceuticals los derechos en EEUU de un fármaco llamado Daraprim, solo para subir su precio en más de un 5.500%. El Daraprim (pirimetamina) es un antiparasitario empleado para tratar la toxoplasmosis, una infección muy extendida entre la población y que suele ser benigna, excepto para fetos en gestación y personas inmunodeprimidas.

El súbito ascenso de Shkreli a la infamia universal y sus posteriores reacciones y declaraciones sirvieron para confirmar que no había ningún atisbo de incertidumbre o confusión sobre la calaña moral de Pharma Bro, como le han llamado por ahí. Pero naturalmente, el caso de este ser inhumano no es el único; otras compañías prosperan gracias a la especulación salvaje con el precio de los medicamentos en países como EEUU, donde no existe una regulación como la que nos protege a los europeos de semejantes tropelías.

Otra muestra de ello acaba de saltar a los medios este fin de semana. Una compañía llamada Mallinckrodt Pharmaceuticals ha llegado a un acuerdo con la Comisión Federal de Comercio de EEUU (FTC), en virtud del cual la empresa pagará 100 millones de dólares para evitar ir a juicio por prácticas monopolísticas.

Mallinckrodt no fue denunciada por comprar un medicamento llamado Acthar Gel contra una rara forma de epilepsia en los bebés y subir su precio desde 40 dólares el vial a 34.000 (sí, treinta y cuatro mil); esta inconcebible barrabasada es legal en EEUU. Pero además Mallinckrodt cometió el error de comprar también el único competidor de su fármaco, llamado Synacthen, para guardarlo en la caja fuerte y tirar la llave, lo que viola las leyes de libre competencia.

Lo curioso del caso es el nombre de quien chivó todo el asunto a la FTC: no fue otro sino Martin Shkreli. ¿Adivinan por qué? Naturalmente: Shkreli quería también comprar el Synachten, pero su oferta no resultó elegida por Novartis, la anterior propietaria del fármaco. Con la resolución del caso, y según el New York Post, Shkreli publicó en su Facebook: “¿Pensáis que lo sabéis todo sobre mí? Yo también he sido un delator contra los precios altos de los fármacos”.

Shkreli dijo también que frente a la maniobra de Mallinckrodt la subida del precio de su Daraprim había sido “modesta”. Y no podía ser de otra manera, porque este es el clásico argumento autojustificativo de quienes se sienten incómodos por el ínfimo residuo de Pepito Grillo que aún sobrevive en un remoto rincón de su mente: otros hacen lo mismo, pero aún peor. Lo hemos visto aquí muchas veces en los casos de corrupción política.

Según el acuerdo con la FTC, Mallinckrodt deberá licenciar el Synachten a un competidor; esperemos que el elegido no sea quien ya suponen. Curiosamente, tal vez haya tenido que llegar otro supervillano como Donald Trump para que podamos asistir a un cambio a mejor: en el discurso populista del nuevo presidente no podía faltar la acusación a las farmacéuticas de “asesinar e irse de rositas”, siguiendo el recurso demagógico de la falacia por sinécdoque. En su primera aparición pública después de la toma de posesión, Trump mostró su intención de regular el mercado farmacéutico en su país, lo que al menos podría traer algo beneficioso de su mandato.

Y por si se lo están preguntando, sí, Shkreli apoyó a Trump, a pesar de que el entonces candidato dijo de él que parecía “un niñato mimado” y que “debería estar avergonzado de sí mismo”. A Shkreli no pareció importarle el comentario. Está claro que el aprendiz quiere seguir los pasos de su Lord Sith: hace unos días hemos sabido que Twitter le ha suspendido la cuenta a Shkreli por acoso sexual a una periodista.

Martin Shkreli, el ser inhumano, será juzgado el año que viene

Hace algo menos de un año, como ya conté aquí, un tipo llamado Martin Shkreli saltó al muro de la infamia por adquirir para su compañía Turing Pharmaceuticals los derechos de un medicamento llamado Daraprim (pirimetamina) que se emplea para tratar la toxoplasmosis, con el fin de multiplicar por 55 su precio en EEUU de la noche a la mañana (de 13,5 dólares la píldora a 750). La barrabasada de Shkreli no afectaba a Europa, ya que aquí los derechos del Daraprim permanecen en manos de la compañía que lo creó, hoy llamada GlaxoSmithKline.

Martin Shkreli. Imagen de Twitter.

Martin Shkreli. Imagen de Twitter.

La maniobra de Shkreli tenía como fin simplemente especular con un medicamento vital para los más débiles: la infección por el Toxoplasma gondii está presente en casi la mitad de la población mundial y es asintomática en personas sanas, pero puede ser letal para los trasplantados, los enfermos de cáncer y los afectados por VIH. La transmisión materno-fetal del toxoplasma es el motivo por el que se recomienda precaución a las mujeres embarazadas en el contacto con los gatos.

Este ser inhumano, que recibió el apodo de Pharma Bro, trató después de justificarse alegando que era un fármaco minoritario, y que quienes realmente necesitaran el medicamento lo recibirían gratis. Naturalmente, la reacción de Shkreli, motivada solo por la ola de indignación que levantó su maniobra, no convenció a nadie. De hecho, después anunció que rectificaría su decisión, cosa que no hizo.

Si el caso del Daraprim habla de sus valores éticos, otras anécdotas sobre él han retratado su personalidad en general. Como conté aquí, Shkreli donó 2.700 dólares a la campaña del demócrata Bernie Sanders para la carrera hacia la Casa Blanca (repito, 2.700 dólares; hablamos de un tipo que gastó dos millones de dólares en comprar la única copia de un álbum de un grupo de rap llamado Wu Tang Clan). Cuando Sanders a su vez destinó esas migajas a instituciones de ayuda a los enfermos de sida y a la comunidad LGBT, Shkreli se puso tan furioso que, según dijo él mismo en Twitter, había pegado un puñetazo a la pared y se había roto la muñeca… pero alguien descubrió que la presunta radiografía de su muñeca no era suya, sino que la había sacado de la web clínica Medscape.

La maniobra de Shkreli no es la primera en este sentido; por desgracia, la práctica de comprar los derechos de medicamentos de patente caducada para elevar sus precios es un negocio rentable al que varias compañías se han apuntado, aunque no de forma tan salvaje y agresiva como Shkreli. El problema de fondo es que esta práctica es legal en EEUU. Y aunque Europa está protegida contra esta especulación brutal, las consecuencias pueden ser gravosas en todo el mundo, ya que estas situaciones favorecen el contrabando, el mercado negro y la falsificación.

En el caso de Shkreli, tampoco es su primera hazaña. Con anterioridad había fundado una compañía de hedge funds del sector farmacéutico en la que fue acusado de tratar de manipular los dictámenes de la agencia de fármacos de EEUU (la FDA) para sus propios intereses. Después de aquello, creó otra farmacéutica, Retrophin, en la que inició su práctica de comprar y subir precios, y de la que fue finalmente despedido por llevarse 11 millones de dólares de la caja para pagar a los inversores de sus fondos.

El pasado enero Shkreli compareció en el Congreso de EEUU, donde se comportó como un crío imbécil, sin responder a las preguntas y riéndose en la cara de sus interrogadores. Uno de ellos, el congresista Elijah Cummings, tuvo que decirle: “esto no es gracioso, hay gente muriendo”.

Por fin, esta semana hemos sabido que Shkreli irá a juicio el 26 de junio de 2017, acusado del fraude de Retrophin. Y también hemos sabido que, al salir del juzgado de Brooklyn después de la vista en la que se fijó la fecha del juicio, Shkreli preguntó: “¿Puedo jugar ya a Pokémon GO?”.

La mejor arma para vencer a Shkreli: la ciencia

Para evitar confusiones que se han vertido por ahí, es necesaria una aclaración a propósito del affaire Shkreli (capítulos anteriores aquí y aquí): la vertiginosa escalada de precio del Daraprim solo afecta a Estados Unidos. La compañía del estadounidense Shkreli, Turing Pharmaceuticals, que curiosamente (o tal vez no) tiene su sede en Suiza, adquirió los derechos de comercialización del fármaco únicamente para aquel país.

AJC ajcann.wordpress.com / Flickr / CC.

‘Toxoplasma gondii’, el mejor (¿único?) amigo de Martin Shkreli. Imagen de
AJC ajcann.wordpress.com / Flickr / CC.

La razón es evidente: en la mayoría de los países europeos, dentro y fuera de la Unión, los precios de los medicamentos están regulados, al menos los financiados por el sistema público de salud. En Europa los derechos del Daraprim permanecen en manos de la compañía que lo desarrolló en 1953 y que lo ha vendido desde entonces, hoy llamada GlaxoSmithKline, y el precio de venta de la caja de 30 comprimidos es de 4,9 euros (en EE. UU. ahora este envase costaría casi 20.000 euros).

Introduzco esta precisión porque, a raíz del caso de Shkreli, he escuchado un cierto debate que llega incluso a cuestionar los fundamentos del actual sistema en su conjunto. No pretendo entrar en esta polémica, que no incumbe a este blog, sino explicar que es innecesaria (cuando no absurda; un accidente de aviación puede ser motivo para revisar los procedimientos y sistemas de seguridad de los aparatos, pero nadie se plantearía acabar con el tráfico aéreo para salvaguardar la vida de los pasajeros).

El motivo es que la maniobra de Shkreli puede neutralizarse perfectamente siguiendo las reglas del juego con las que contamos actualmente. Concretamente, con una que alguien como Shkreli debería manejar con soltura: la competencia. Ayer, la compañía californiana Imprimis Pharmaceuticals anunció que se dispone a comercializar una formulación de pirimetamina, el principio activo del Daraprim, a menos de un dólar la píldora.

La competencia directa será probablemente el mejor antídoto contra la codicia de Shkreli, pero es importante señalar que actualmente existen también otros medicamentos eficaces y baratos contra la toxoplasmosis, incluyendo el antiparasitario atovaquona y los antibióticos minociclina, espiramicina y clindamicina.

Pero el verdadero bottom line de este artículo es la ciencia. Y es que sin necesidad de ejecuciones en la plaza pública ni de asaltos armados a las farmacéuticas, la ciencia nos ofrece la posibilidad de evitar que cualquier soplagaitas trate de vender productos que salvan la vida de la gente como si fueran bolsos de Gucci o el soma de Un mundo feliz.

Casualmente, el pasado agosto y antes de que el escándalo de Shkreli saltara a las pantallas, un equipo de investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Indiana (EE. UU.) publicó un estudio en la revista Antimicrobial Agents and Chemotherapy que en su momento no suscitó especial interés, pero al que seguro muchos ahora prestarán mayor atención. Los científicos han descubierto que el guanabenz, un compuesto empleado contra la hipertensión (nombre comercial en EE. UU.: Wytensin), es eficaz para tratar la toxoplasmosis, la enfermedad a la que va dirigida el medicamento de Shkreli.

Los resultados del estudio muestran que el guanabenz no solo es efectivo contra la fase replicativa del parásito Toxoplasma gondii, el causante de la enfermedad, sino que además también actúa contra los quistes latentes que este patógeno forma en el cerebro de los pacientes y que consiguen evadir tanto la respuesta inmunitaria como el ataque de otros fármacos. Estos quistes son los que mantienen la infección crónica pero inofensiva (en principio, pero esta es otra historia) en una gran parte de la población, y los que se activan aprovechando la debilidad del sistema inmunitario, como ocurre en los enfermos de sida o en los trasplantados que reciben medicación inmunosupresora. Los investigadores comprobaron la eficacia del compuesto en ratones crónicamente infectados con el parásito.

La buena noticia es que en EE. UU., el país afectado por las barrabasadas de Shkreli, el guanabenz ya está aprobado por la Agencia de Fármacos (FDA) para tratar la hipertensión, por lo que no será preciso esperar a que se complete una larga ronda de ensayos clínicos. En un caso así solo debe aprobarse una nueva indicación para el medicamento, lo que resulta mucho más rápido y sencillo.

El guanabenz no se comercializa en España, pero tal vez acabemos viéndolo por aquí, ya que los investigadores han comprobado que también es eficaz contra la malaria. Y dado que el arsenal contra esta enfermedad tiende a diversificarse para evitar la aparición de resistencias, el guanabenz podría sumar una opción más en el mercado global.

Actualización: la empresa que comercializaba el Wytensin en EE. UU. era Wyeth, cerrada después de ser adquirida en 2009 por Pfizer. El Wytensin ya no se fabrica. Según la web de la FDA, la compañía Ani Pharmaceuticals tiene la aprobación para fabricar guanabenz (actualizada en septiembre de 2015), pero el producto no figura en la web de esta empresa, por lo que es bastante posible que ahora no exista en EE. UU. un proveedor de este producto en grado clínico (sí para uso en laboratorio).

Shkreli, el ser inhumano, continúa siéndolo

El hecho de que hoy se celebre el Día Internacional del Cáncer de Mama me sirve como excusa para recordar el caso de Martin Shkreli –el especulador– y el Daraprim –su más reciente especulación–. Resumo: Shkreli adquirió los derechos de este medicamento contra la toxoplasmosis para seguidamente multiplicar su precio por más de 50, impidiendo así el acceso a tratamiento a millones de afectados por este parásito que se ceba sobre todo en los inmunodeprimidos, como los trasplantados o los enfermos de VIH.

Martin Shkreli. Imagen de su Twitter.

Martin Shkreli. Imagen de su Twitter.

Ambas historias no tienen absolutamente ninguna relación, salvo por una lejana asociación de ideas de un servidor: los llamados “Días D” están concebidos para atraer la atención pública general sobre ciertos asuntos que muchos sufren silenciosamente durante todos los demás días del año, de manera que se mantenga un cierto nivel de interés popular de cara a sostener el apoyo a estas causas en todos los frentes. Puede que algunos periodistas de ciencia, como este que suscribe, no seamos especialmente afectos a subirnos a ese carro informativo, porque para hacerlo hoy ya están los demás; cuando se trata de temas relacionados con la ciencia, como el cáncer, el alzhéimer o el cambio climático, nosotros nos ocupamos de ellos regularmente sin necesidad de círculos en el calendario.

En cambio, el caso de Shkreli es en cierta medida el opuesto: cuando rompió la ola informativa sobre su artera maniobra, el planeta entero pareció revolverse furioso contra el tipo que ha recibido el apodo de Pharma Bro. La ola crecía a tsunami mientras Shkreli se escondía en su madriguera, cerrando al público su cuenta de Twitter. Pero la de Shkreli corría el peligro de ser una de esas noticias cerilla: prende con gran aparato y fogonazo estentóreo para después apagarse, que nadie vuelva a acordarse de ello, que el individuo en cuestión regrese a su vida, a su (llamémosle) actividad y a su Twitter, pelillos a la mar y aquí no ha pasado nada. Y mientras, el Daraprim, a 750 pavos americanos la píldora.

Izquierda, radiografía tuiteada por Shkreli, presuntamente de su muñeca. Derecha, imagen de la web Medscape.

Izquierda, radiografía tuiteada por Shkreli, presuntamente de su muñeca. Derecha, imagen de la web Medscape.

A este que suscribe no le da la gana. Y lo único que puedo aportar contra ello es recordarlo aquí: tras el escándalo, Shkreli prometió que rectificaría la escalada del precio, pero no lo ha hecho. Es más: superado el shock inicial, se diría que el sujeto ha aprovechado el tsunami para surfear sobre su cresta, acrecentando su popularidad y apareciendo en todos los medios como lo que él no sabe que es, un perfecto imbécil con la madurez de un embrión de mosca del vinagre.

Esto último puede ser, y de hecho lo es, un juicio de valor. Pero juzguen ustedes: en septiembre, Shkreli anunció una donación de 2.700 dólares a la campaña del socialdemócrata Bernie Sanders para su candidatura a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata. La respuesta de Sanders fue de lo más brillante: en lugar de rechazar la contribución, lo que hizo fue donarla a su vez a una ONG de Washington que se dedica a atender a enfermos de VIH y a la comunidad LGBT. Shkreli publicó ayer en su Twitter que estaba tan furioso con Sanders que “pegaría un puñetazo a la pared”, con una larga ristra de signos de admiracion. Poco después, el sujeto anunció que se había roto la muñeca y publicó una imagen de rayos X de su presunto miembro fracturado. Imagen que, según han descubierto algunos seguidores, es sospechosamente idéntica a otra que aparece en una web médica. ¿Es o no es?

Martin Shkreli, el ser inhumano

En general, el que suscribe no es muy dado a suscribir. Pero hoy no puedo evitar sumarme a la oleada de repulsa que ha provocado en todo el mundo la información publicada por el New York Times sobre Martin Shkreli, un tipo que ha pasado meteóricamente de ser un desconocido para el público en general, en el que me incluyo, a convertirse en un personaje aborrecido por el público en general, en el que también me incluyo.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

El mérito de Shkreli para figurar en el principal diario del planeta Tierra y con ello merecer el desprecio colectivo consiste en dedicarse a la especulación financiera; algo que no sería notoriamente novedoso de no ser porque los bienes con los que especula son fármacos. En esta ocasión, el pasado agosto Shkreli adquirió para su compañía, Turing Pharmaceuticals, los derechos de un medicamento llamado Daraprim (genérico: pirimetamina), empleado para tratar la toxoplasmosis. Seguidamente, Shkreli decidió aumentar el precio del fármaco en más de un 5.500%, de 13,50 dólares la tableta a 750 dólares.

En realidad, la maniobra de Shkreli no resulta sorprendente si se tiene en cuenta el historial previo del personaje. Según informa el NYT, Shkreli destacó anteriormente desde su compañía de hedge funds MSMB Capital cuando fue acusado de manipular los dictámenes de la Agencia de Alimentos y Fármacos de EE. UU. (FDA) en beneficio propio, tratando de bloquear la aprobación de medicamentos a cuyas empresas propietarias le interesaba hundir. Más tarde fundó Retrophin, una farmacéutica en la que inició su práctica de comprar medicamentos olvidados para disparar sus precios. Shkreli fue despedido de esta empresa bajo la acusación de emplear fondos de la compañía para pagar a los inversores de sus hedge funds. Este es su currículum a sus 32 añitos.

El de Shkreli no es un caso aislado, como también señala el NYT, sino que se enmarca en una reciente (y rentable) práctica de varias compañías de adquirir los derechos de medicamentos viejos y de bajo uso para multiplicar sus precios y convertirlos en fármacos de élite. En general suele tratarse de compuestos cuyas patentes ya han expirado, y por tanto existe la posibilidad de disponer de genéricos.

El problema es que la aprobación de un genérico requiere ensayos de comparación con el fármaco original, y tanto Shkreli como otros dedicados a este tipo de especulación aplican un estricto control a la distribución de sus medicamentos para impedir que las compañías de genéricos se hagan con las muestras necesarias. Y por otra parte, si el precio de venta de un fármaco de marca se dispara, los fabricantes de genéricos difícilmente van a encontrar un incentivo para mantener sus precios ajustados a un valor que ya no es el del mercado.

Tras saltar la noticia, Shkreli se ha defendido alegando que se trata de un fármaco de aplicación minoritaria, que incluso con la subida el precio se mantiene por debajo del de otros medicamentos similares, y que los afectados que no pudieran costeárselo lo recibirían gratis. Además, Shkreli afirmó que los beneficios se invertirán en la investigación de tratamientos alternativos contra la toxoplasmosis con menos efectos secundarios. Cabe destacar que Shkreli carece por completo de un historial en el campo de la I+D farmacéutica; su perfil no es el de alguien que crea, sino el de alguien que compra y vende lo que otros han creado.

Obviamente, las alegaciones no se sostienen. En lo que se refiere a la epidemiología de la toxoplasmosis, esta infección es el motivo por el que típicamente se recomienda a las mujeres embarazadas que eviten el contacto con los gatos. El Toxoplasma gondii es un parásito unicelular que en las personas sanas no suele provocar síntomas, pero que puede ser peligroso e incluso letal en pacientes inmunodeprimidos (incluyendo los afectados por VIH, trasplantados y enfermos de cáncer) y en la transmisión materno-fetal.

Quizá lo más curioso es que el toxoplasma es en realidad uno de los parásitos humanos más extendidos del mundo. Una revisión publicada en 2014 en la revista PLOS One estimaba que entre el 30 y el 50% de la población mundial lo posee, en la mayor parte de los casos de forma asintomática. En algunas regiones del planeta la prevalencia es de solo el 1%, pero en otras llega al 100%. Los datos sitúan la prevalencia en España en un 32% entre las mujeres en edad fértil. ¿Hay algún negocio potencialmente más rentable que el de vender algo que podría llegar a necesitar casi la mitad de la humanidad?

Asediado por las críticas, Shkreli –cuya cuenta de Twitter está protegida— ha decidido de momento suspender el aumento de precio, según una entrevista concedida a la cadena NBC en la que aseguró que el precio será “más accesible”, de modo que permita a su compañía obtener “un beneficio muy pequeño”. “Pienso que en la sociedad en la que vivimos hoy es fácil tratar de villanizar a las personas”, añadió Shkreli en un alarde de aleccionamiento moral. El NYT trató de recabar los comentarios de Shkreli, a lo que el especulador respondió en un email: “Creo que nuestra relación se ha terminado”.

Quizá es conveniente subrayar que las maniobras de Shkreli son perfectamente legales. Pero se le podría aplicar lo mismo que a ciertos implicados en delitos de corrupción cuando hacen frente a las cámaras con la siguiente aseveración: “Yo tengo la conciencia muy tranquila”. El error consiste en creer que la conciencia viene de serie en el ser humano, como las orejas. Es evidente que la rectificación de Shkreli obedece simplemente a una estrategia, y no a un arrebato de conciencia. No se puede tener tranquilo algo que sencillamente no se tiene.