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Ningún alimento previene ni cura la gripe (ni otras enfermedades)

Ser científico de la alimentación o nutricionista en el siglo XXI es una heroicidad. Podríamos pensar que es al contrario, que la heroicidad era antes, cuando había mucho más territorio oscuro para la ciencia, y que el abundante conocimiento científico existente hoy facilita la tarea a estos profesionales respecto a cómo eran las cosas hace, digamos, medio siglo. Pero mirémoslo de este otro modo: cuando infinitas webs de moda, belleza y estilo cantan a coro que el ajo previene la gripe y el resfriado, ¿no es un héroe o una heroína quien tiene que asumir la penosa tarea de ir a contracorriente intentando chafar este bonito titular? ¿Y de seguir intentándolo aunque nunca lo consiga?

Hoy el conocimiento de la ciencia es mayor de lo que nunca ha sido, pero en muchos casos este saber significa no-saber-realmente (que no haya un resultado positivo no implica que pueda demostrarse un resultado negativo). Y cuando infinitas proclamas saludables sin fundamento se divulgan a través de infinitos medios digitales y anuncios publicitarios, ¿cómo pueden los nutricionistas competir con ello con las únicas armas de la ciencia, que a veces solo ofrecen incertidumbres? Es como tratar de evitar un terremoto calzando una mesa.

Imagen de Honolulu Media / Flickr / CC.

Imagen de Honolulu Media / Flickr / CC.

Esto surge a propósito de algo ocurrido esta semana: ha comenzado la campaña de vacunación contra la gripe, y en Twitter fue tendencia el hashtag de la enfermedad. Entre los muchos tuits de las entidades oficiales y los profesionales sanitarios, apareció uno curiosamente publicado por un mercado de una localidad española (ahora parece que hasta los mercados tienen community managers).

El tuit en cuestión se refería a la gripe, y decía: “si no quieres caer en sus redes te aconsejamos que consumas estos 10 alimentos”. Un enlace conducía a una página web titulada “los 10 alimentos que evitan la gripe”, los cuales, añadía, “debes consumir si quieres evitar caer enfermo esta temporada”.

No importa el nombre de la localidad o del mercado. No se trata del quién, sino del qué: combatir la desinformación con información. Y entre alguna que otra obviedad y afirmación correcta, la lista de marras contenía mucha desinformación, en forma de proclamas sobre las virtudes de los alimentos que resultarían tremendamente valiosas si estuvieran demostradas. Pero que, hasta donde se sabe, en su mayoría no lo están.

¿Es una cierta obsesión por la salud lo que lleva al intento de funcionalizar o nutraceuticalizar absolutamente todos los alimentos? Imagino que los nutricionistas tendrán una respuesta a esto, o al menos alguna teoría. Pero cuando en los telediarios aparece el reportaje sobre la feria gastronómica de turno, ya no se trata solo de mostrar manjares o de hablar de sabores y métodos de cocinado; ahora tienen que ir acompañados con una avalancha de proclamas saludables sobre lo beneficioso que es tal o cual alimento para tal o cual cosa. Quienes aparecen sosteniendo tales proclamas no suelen ser nutricionistas, médicos o biólogos, sino vendedores del producto en cuestión, restauradores o chefs. Y en muchos casos las proclamas solo alcanzan la categoría de rumores infundados, cuando no son mitos ya derribados.

Tomemos como ejemplo la lista de alimentos que supuestamente previenen o evitan la gripe. Las peras hidratan. Innegable, evidentemente. Tienen un 84% de agua. Pero como también las uvas, que tienen el mismo contenido en agua. Y aún más hidratan la lechuga (96%), la sandía (91%) o las fresas (91%). Pero también hidrata una hamburguesa del McDonald’s, en la que casi la mitad es agua (todo según datos del Departamento de Agricultura de EEUU, USDA). ¿Qué no hidrata? Eso sí, en cualquier caso hay que beber agua.

Imagen de pixabay.

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Pero más allá de las obviedades, la web añade que las peras, “según la medicina tradicional china, tienen afinidad con los pulmones e intestinos”. Dejando aparte que no se sabe muy bien qué significa eso de tener afinidad, todas las medicinas tradicionales, y la china también, sin duda reúnen un conocimiento ancestral sobre las virtudes de ciertos alimentos, sin que esto signifique que los organismos que contengan ciertos compuestos beneficiosos deban ser enteramente beneficiosos en su conjunto (mañana hablaremos con más detalle sobre esto).

Pero en concreto, la medicina tradicional china da un paso más añadiendo ciertas presuntas energías no mesurables, no detectables y probablemente inexistentes. Hasta donde se sabe, la medicina tradicional china es pseudociencia. Los estudios clínicos controlados no han podido demostrar sus beneficios, muchos de sus tratamientos son dañinos para el hígado, e incluso nada menos que el centro oficial de medicina integrativa y complementaria de los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU reconoce que “las pruebas científicas rigurosas de su eficacia son limitadas”. Bueno, hay quien dirá que es cuestión de fe. Pero ya se sabe: por cada persona que tiene fe, siempre hay otra que no la tiene, y que también tiene razón.

La mayoría de las proclamas de la lista de los diez alimentos contra la gripe se basan en su presunta capacidad de fortalecer el sistema inmune o en su supuesta acción antiséptica. Pero ¿hay algo de cierto en todo esto? Lo hay en el caso del tomillo: el timol, o 2-isopropil-5-metilfenol, es un compuesto de esta planta (y también de otras como el orégano o el clavo) que tradicionalmente se ha empleado como antiséptico, incluso en enjuagues bucales como el Listerine. En estudios de laboratorio, el timol ha mostrado acción antiinflamatoria y actividad contra bacterias, hongos y virus como el herpes o el norovirus (a veces llamado el virus de los cruceros), y existen ciertos indicios de que podría actuar contra el virus de la gripe.

Imagen de pixabay.

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Pero dicho todo esto, y antes de que corran a prepararse una infusión de tomillo, hay una advertencia que debería escribirse con mayúsculas: una cosa es que un compuesto aislado de una planta muestre una determinada actividad en estudios de laboratorio, en cultivos celulares o en ratones, y otra muy diferente que el consumo de esa planta en humanos produzca esos mismos o parecidos beneficios.

El camino de la biomedicina está sembrado de cadáveres de productos que eran muy prometedores entre las paredes del laboratorio, pero que fallaron estrepitosamente en el mundo real de los humanos. Y respecto al tomillo, no parece que haya datos clínicos suficientes como para avalar las posibles virtudes de su consumo. Tampoco parece haberlos respecto a las setas, otro alimento de la lista. Algunos estudios sugieren interesantes cualidades farmacológicas para algunas especies, pero aún no parece haber suficientes datos agregados (y los que hay no son espectaculares).

Hasta aquí, lo que puede salvarse. Respecto al resto de alimentos de la lista y los supuestos beneficios que los adornan, un caso curioso es el del kudzu o kuzu (Pueraria), una planta asiática que forma parte de esa nómina de hierbas curalotodo en todo sitio de internet dedicado al efecto. En este caso no puede decirse que falten datos: curiosamente, la principal base de estudios de biomedicina reúne más de 1.000 en los que aparece este alimento.

Para poder sacar una conclusión de toda esta avalancha de datos, el veredicto más consistente lo recoge un metaestudio (estudio de estudios) de 69 páginas publicado en 2014: en una lista de 15 presuntos efectos beneficiosos del kuzu para el organismo, todos ellos, los 15, solo logran alcanzar la calificación de “C”: “pruebas científicas confusas o conflictivas”.

En otras palabras: ninguna de las virtudes del kuzu ha sido demostrada por la ciencia. Es más, el Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York, uno de los centros mundiales líderes en la investigación del cáncer, advierte que el kuzu está fuertemente contraindicado en personas con ciertos tipos de cánceres de mama o que toman tamoxifeno o medicación contra la diabetes, además de ser potencialmente tóxico para el hígado.

Imagen de pixabay.

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Hay algo que conviene aclarar. En casos como el del kuzu, cuando se busca con ahínco un efecto y no puede demostrarse, cabe el recurso de pensar que algo hará, pero que el efecto es pequeño y los científicos no lo han detectado. Pero no funciona así: los estudios clínicos diferencian entre el tamaño de un efecto y su significación estadística.

Creo que se entiende bien con este ejemplo: imaginemos que medimos la duración de la luz diurna hoy y hacemos lo mismo mañana. Detectaremos que mañana el tiempo de luz solar disminuye un poco, solo unos minutos. Pero con una sola muestra no podemos descartar que se trate de una rara excepción. En cambio, si repetimos el experimento todos los días desde el 21 de junio hasta el 21 de diciembre y siempre encontramos que el día se reduce unos minutos, tendremos un efecto pequeño, pero estadísticamente significativo como para considerarlo real.

Esta confusión tan frecuente tuvo su clímax cuando muchos medios se lanzaron a titular que la carne es tan cancerígena como el tabaco. La clasificación de los agentes como cancerígenos o no se establece en función de lo demostrado (estadísticamente) que está el efecto, y no de su tamaño, que es infinitamente diferente en ambos casos: como ya expliqué aquí, el tabaco aumenta el riesgo de cáncer un 1.900%, mientras que la carne solo lo hace un 18%. Dado que el riesgo basal de cáncer de colon es de un 5%, esto significa que comer carne lo aumenta al 5,9%. Es decir, una persona que no come carne tiene un 5% de riesgo de cáncer de colon, y alguien que sí, un 5,9%. Y sin embargo, este diminuto efecto está tan estadísticamente comprobado como el enorme efecto del tabaco.

Volviendo a la lista de alimentos, lo anterior significa que, en el caso del kuzu, hasta ahora no ha podido demostrarse fehacientemente ni siquiera un pequeño efecto saludable. Algo similar ocurre con otro gran clásico, el ajo, al que se le atribuyen numerosas virtudes, también para el tratamiento o la prevención de gripes y catarros. Pero un metaestudio publicado en 2014 en la base de datos Cochrane, que es como la regla de oro de los metaestudios clínicos, concluía: “las pruebas de los ensayos clínicos son insuficientes respecto a los efectos del ajo en la prevención o el tratamiento del resfriado común”. Y por cierto, otro metaestudio tampoco lograba validar los también presuntos beneficios del ajo para el tratamiento de la hipertensión.

Pero para grandes clásicos contra gripes y resfriados, tenemos la vitamina C, y por ello las mandarinas figuran en la lista. Aquí son tres los mitos derribados. Primero, que para inflarse de vitamina C no hay nada como los cítricos. Lo cierto es que el kiwi, el brócoli, las coles de Bruselas, la guayaba, la papaya, la fresa, la grosella, el pimiento y otras frutas y hortalizas contienen más vitamina C que los cítricos.

El segundo mito es uno con el que muchos hemos crecido: que había que inflarse de vitaminas para estar más sano y fuerte. Pero las vitaminas no son nutrientes opcionales, sino esenciales, y por ello no se rigen por la regla del “cuanto más, mejor”. Cuando uno carece de vitamina C, enferma; no de catarro, sino de cosas como el escorbuto. Y cuando uno toma de más, el cuerpo se limita a expulsar la que le sobra. Si no lo hace, un exceso de vitaminas puede ser tóxico.

Imagen de pixabay.

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El tercer mito, cómo no, es la relación entre vitamina C y resfriados, una idea que fue promovida en 1970 nada menos que por el doblemente Nobel Linus Pauling. Pero como hemos dicho, la ciencia avanza incluso cuando retrocede, y de nuevo Cochrane viene a pinchar el globo: “El fracaso de los suplementos de vitamina C para reducir la incidencia de resfriados en la población general indica que la suplementación rutinaria de vitamina C no está justificada, aunque puede ser útil para las personas expuestas a breves periodos de intenso ejercicio físico”. Los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU añaden que “la vitamina C no afecta a la duración del resfriado ni a la gravedad de los síntomas”. De la gripe ya ni hablamos.

En resumen, y aunque ciertos alimentos indudablemente aportan más valores nutricionales, o más críticos, o en mayor cantidad, o de mejor calidad que otros, ningún alimento puede curar ni evitar la gripe ni ninguna otra enfermedad; solo la vacuna contra la gripe previene la gripe, y no en todos los casos.

Pero al fin y al cabo, ¿qué mal puede hacer? ¿Qué tiene de malo que una web recomiende inocentemente una serie de alimentos como salvaguarda contra la gripe, incluso aunque no cumplan lo que prometen?

Resulta que la gripe se cobra miles de vidas cada año, sobre todo de niños, personas ancianas, inmunocomprometidas o con enfermedades crónicas. El Centro para el Control de Enfermedades de EEUU (CDC) estima la cifra anual de muertes por gripe en todo el mundo entre 291.000 y 646.000. Pero lo que es imposible saber es cuántas de estos cientos de miles de personas habían leído en algún sitio que comiendo ajo, kuzu y mandarinas iban a salvarse de pasar la gripe ese año.