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Y otro timo más que tampoco se irá: el Índice de Masa Corporal

El índice de masa corporal (IMC) es un numerito que pretende determinar si una persona está gorda, no en el sentido estético, sino en el clínico (=enferma), valorando parámetros que no tienen ninguna relación directa con la enfermedad; algo así como si los meteorólogos no estimaran cuánta lluvia ha caído por la cantidad de agua recogida en un pluviómetro, sino según lo mojados que paseen los gatos por la calle.

Imagen de pixabay.com/dominio público.

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Si el IMC ya despertaba sospechas no es solo por el hecho de tratarse de una regla heurística convertida en teoría científica sin pruebas reales a su favor. Por no extenderme, resumo que “heurístico” en este caso se aplica a una estimación simple y razonable que suple nuestra falta de conocimiento sobre un problema complejo; y “teoría científica” no significa lo mismo que “teoría” en el lenguaje popular, sino que hace referencia a un cuerpo de conocimiento ampliamente avalado por las pruebas, como la teoría de la relatividad o la de la evolución.

Pero es que además, y aunque el índice fue un invento del belga Adolphe Quetelet en el siglo XIX –la época de la obsesión por la antropometría, como la frenología, que pretendía evaluar la inteligencia o los impulsos criminales por la forma y el tamaño del cráneo–, quien la introdujo en la ciencia moderna del siglo XX fue nada menos que Ancel Keys.

¿Y quién demonios era Ancel Keys?, se preguntarán ustedes. Ancel Keys, además de sobrino del Hombre Lobo Lon Chaney, fue el fisiólogo estadounidense que ha mantenido a varias generaciones de terrícolas privados de comer grasas saturadas y colesterol bajo la amenaza de morir de infarto. Keys dirigió el Estudio de Siete Países, una amplia investigación epidemiológica en los años 60 de cuyas conclusiones nacieron las recomendaciones nutricionales esenciales vigentes hasta ayer mismo: las grasas insaturadas son buenas, el colesterol y las grasas saturadas son malas.

La historia de este culebrón ya ha sido tratada en capítulos anteriores de este blog (ver aquí, aquí y aquí). A modo de resumen: desde los años 70 y tras el Estudio de Siete Países, otras investigaciones posteriores trataron de confirmar la relación entre grasas saturadas y colesterol con la enfermedad coronaria, llegando a resultados débiles, contradictorios o negativos.

Las no-pruebas del vínculo establecido por Keys fueron acumulándose y acumulándose, hasta que la realidad no pudo ocultarse durante más tiempo y ha comenzado a imponerse, refutando el dogma nutricional de Keys, quien incluso en los años 90 se vio obligado a reconocer por escrito que “muchos experimentos controlados han demostrado que el colesterol de la dieta tiene un efecto limitado en humanos. Añadir colesterol a una dieta libre de colesterol aumenta el nivel en sangre en humanos, pero cuando se añade a una dieta sin restricciones, su efecto es mínimo”. Las nuevas recomendaciones nutricionales de EEUU han absuelto ya a las grasas saturadas y al colesterol, aunque es previsible que esta ciencia tarde años en transmitirse a la calle, si es que llega a hacerlo.

Hoy Keys permanece como una de las figuras más respetadas de la historia de la ciencia nutricional, incluso por muchos de sus críticos; aquellos que le acusan de haber escogido a dedo los datos del Estudio de Siete Países para favorecer una hipótesis a la que no parecía dispuesto a renunciar de ninguna manera. Cuando en los años 70 el fisiólogo y nutricionista británico John Yudkin atribuyó al azúcar, y no a las grasas saturadas, la culpa de la enfermedad coronaria, Keys reaccionó incluso con ataques personales, según relató Yudkin en su libro Pure, White and Deadly (Puro, blanco y letal; el título no aludía a Keys, sino al azúcar). Hoy la hipótesis de Yudkin está siendo reivindicada en la misma medida en que la de Keys está siendo refutada.

En 1972, Keys rescató la fórmula definida por Quetelet y la llamó Índice de Masa Corporal. El propio fisiólogo reconocía en su artículo original que el IMC no era “completamente satisfactorio”, y advertía contra el riesgo de emplearlo como indicador de salud a cualquier edad: “La caracterización de las personas en términos de porcentaje de peso deseable ha resultado en atribuir al sobrepeso algunas tendencias a la mala salud y a la muerte que en realidad están únicamente relacionadas con la edad”, escribían Keys y sus colaboradores.

Y sin embargo, el IMC se ha convertido en una especie de mantra determinante del estado de salud y de enfermedad, algo que de ninguna manera se desprende de la lectura del estudio original de Keys. Hoy existen incluso calculadoras del IMC online, y las clínicas de adelgazamiento lo explotan extensamente en su publicidad, ofreciendo una primera consulta gratuita en la que se informará al paciente de su IMC como manera de certificarle científicamente que está gordo, y por tanto enfermo, como anzuelo para engancharle a un programa completo.

Por supuesto, allá cada cual con su cuerpo. Quien no se encuentre a gusto con su físico y desee aligerarlo por los motivos que le parezcan, tiene a su disposición una amplia oferta de opciones, incluyendo los centros especializados. El matiz es el uso que estos negocios puedan hacer del IMC como herramienta de márketing.

Un estudio publicado por investigadores de la Universidad de California en el International Journal of Obesity, del grupo Nature, ha analizado la salud cardiometabólica de más de 40.000 personas basándose en un amplio panel de indicadores reales de salud, de los que se miden en los chequeos médicos, y los ha comparado con sus IMC. Y la conclusión es apabullante: hay 54 millones de estadounidenses que están perfectamente sanos, a pesar de que sus IMC los clasifican como sujetos con sobrepeso u obesidad. Casi una de cada dos personas con sobrepeso según su IMC tiene unos parámetros de salud perfectos. Por el contrario, un 30% con un IMC normal tienen una salud cardiometabólica deficiente.

“Concentrarse en el IMC ignora a los individuos obesos o con sobrepeso que están cardiometabólicamente sanos: casi la mitad de los individuos con sobrepeso, el 29% de los obesos, y el 16% de los individuos con obesidad de tipo 2 o 3 [los niveles más altos]”, escriben los autores. Y añaden: “Para estos individuos, que un facultativo les prescriba una pérdida de peso podría ser un desperdicio de tiempo, esfuerzo del paciente y recursos”. Y siguen: “Concentrarse en el IMC como indicador de salud puede también contribuir y exacerbar la estigmatización del peso, un problema particularmente preocupante dado que los facultativos demuestran un alto nivel de sesgo anti-gordura”. Toma ya.

Sumando los datos, los investigadores concluyen que el IMC clasifica erróneamente la salud de nada menos que 74.936.678 personas en EEUU, cerca de la cuarta parte de la población del país. Con todo ello, advierten contra el uso del IMC como discriminador por parte de los reguladores, las compañías aseguradoras y las empresas. En un artículo publicado esta semana en la web de la Universidad de California en Los Ángeles, la directora del estudio, A. Janet Tomiyama, califica el IMC de “falacia”, equiparando su fiabilidad a “lanzar una moneda al aire” y cargando contra “nuestra obsesión cultural por el peso” y la estigmatización de muchas personas por esta causa.

Tomiyama termina: “Claramente, el IMC debe desaparecer. Esperemos que nuestro análisis sea el último clavo en el ataúd de esta medida fallida”.