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Cuando despertamos, los dinosaurios ya no estaban allí

Ese es el problema: que cuando despertamos como especie, los dinosaurios ya habían desaparecido mucho tiempo atrás, a excepción de las aves. Lógico, pensarán algunos; de no haber sido por aquel asteroide que cayó hace 66 millones de años, nosotros no estaríamos aquí, y nuestro lugar lo ocuparía un dinosauroide inteligente, tal vez algo así como un Troodon sapiens muy parecido a los reptilianos de la serie V.

Pero ¿seguro?

¿Seguro que fue un asteroide?

¿Y seguro que no estaríamos aquí de no ser por aquella extinción masiva?

Representación de la muerte de dinosaurios por erupciones volcánicas. Imagen de Wikipedia.

Representación de la muerte de dinosaurios por erupciones volcánicas. Imagen de Wikipedia.

Averiguar lo ocurrido cuando no estábamos aquí para verlo es una de las tareas más complicadas de la ciencia. El de los dinosaurios no es el más peliagudo de estos casos de CSI planetario (este sería el origen de la vida en la Tierra) ni tampoco fue aquella la mayor extinción masiva de la historia, pero sí la que más cautiva la imaginación popular.

En cuanto a las dos preguntas, la segunda la dejaremos para otro día. Hoy quiero centrarme en la primera. Miren, reconozco que este asunto llega a ser un poco cansino. Si ustedes son aficionados a seguir las noticias sobre ciencia, en los últimos años habrán podido leer los siguientes titulares:

Un asteroide no mató a los dinosaurios (2009)

Una teoría grabada en piedra: un asteroide mató a los dinosaurios, después de todo (2010)

Nuevas dataciones ligan las erupciones volcánicas a la extinción de los dinosaurios (2014)

No, los volcanes no mataron a los dinosaurios (abril de 2016)

¿Qué mató realmente a los dinosaurios? (ambas cosas, asteroide y volcanes) (julio de 2016)

E incluso:

¿Fue el incendio de un vertido de petróleo lo que mató a los dinosaurios? (julio de 2016)

Pensarán ustedes que los científicos aún no tienen la menor idea sobre qué fue realmente lo que mató a los dinosaurios. Esto es cierto en el caso de algunos. Pero otros sí lo tienen perfectamente claro; solo que un bando y otro tienen muy claras explicaciones distintas.

Las dos teorías en conflicto (y lo de “conflicto” no es una exageración, como también repasé aquí) son el impacto de un asteroide o cometa hace 66 millones de años, y un episodio de vulcanismo masivo en la meseta del Decán (en la actual India) que duró 750.000 años. Los que defienden la primera opción aseguran que son mayoría, y probablemente es cierto. Pero cuando además afirman que los del bando contrario no tienen pruebas de lo que sustentan, están haciendo exactamente lo mismo que sus oponentes dicen de ellos.

Hace un par de meses escribí un reportaje sobre el estado actual de la cuestión, pero nada parece indicar que haya un consenso próximo. En líneas generales, podríamos decir que los partidarios del vulcanismo tienden a aceptar que ambas catástrofes tuvieron su parte de culpa, ya que el impacto del asteroide pudo provocar tal sacudida en el manto terrestre que intensificó las erupciones. En cambio, la postura predominante en el bando del asteroide es que los volcanes produjeron un bonito espectáculo de pirotecnia natural, pero nada más.

La última pieza hasta hoy de este complicado puzle ha llegado este mismo mes. Investigadores de las Universidades de Florida y Michigan (EEUU) han analizado el calentamiento del océano Antártico en un período de 3,5 millones de años antes y después de la llamada frontera K-Pg, el límite que marca la gran extinción en el registro geológico. Para ello han empleado una nueva técnica que analiza los isótopos de oxígeno de los fósiles de moluscos bivalvos atrapados en la roca.

La conclusión de los investigadores es que hubo dos picos de calentamiento diferentes, uno que se corresponde con las erupciones del Decán y otro que coincide con la caída del asteroide, y que ambos provocaron la extinción de especies distintas. En resumen, el estudio apoya la solución salomónica de que aquel fue un millón de años de increíble mala suerte.

Pero claro, el trabajo se refiere a las almejas, no a los dinosaurios. Aunque sus resultados pueden ser indicativos sobre las causas generales de la extinción masiva, no necesariamente son aplicables a un grupo concreto de reptiles terrestres.

Y en lo que se refiere a los dinosaurios, las cosas se han embrollado aún más con el hallazgo reciente de que la desaparición de estos animales no fue una operación relámpago, como debería haber sido si la única culpa recayera en el asteroide, sino que fue un declive lento a lo largo de millones de años.

En 2012, un estudio del Museo de Historia Natural de EEUU descubrió que algunos grupos de dinosaurios estaban sufriendo un lento declive en los últimos 12 millones de años antes de la gran extinción. Esta caída en cámara lenta afectaba a los grandes herbívoros, pero no a los pequeños, ni a los carnívoros como el T-rex. Pero tampoco a los herbívoros gigantescos como los saurópodos ni a todos los grupos por igual en diferentes regiones de la Tierra, lo que hacía sospechar algo, pero no aclaraba qué era ese algo.

En abril de este año, otro estudio insistía en la misma idea. En este caso, investigadores de las Universidades británicas de Bristol y Reading concluían que en los 50 millones de años anteriores al impacto hubo un declive que afectó a casi todos los grupos, pero más a los saurópodos. Los autores sugerían que esto los hizo más vulnerables a la extinción provocada por el asteroide. Pero ni una palabra concreta sobre las posibles causas de esta lenta decadencia.

Así que pregunté sobre ello al primer autor del estudio, Manabu Sakamoto. “No tenemos una idea clara de qué causó el declive gradual”, me dijo. “El Cretácico vio muchos cambios ambientales drásticos, incluyendo un cambio en el clima de un invernadero estable a un enfriamiento global, vulcanismo intenso, y ruptura de supercontinentes. Cualquier combinación de estos factores pudo contribuir a la desaparición de los dinosaurios”.

Por las mismas fechas se publicó otro estudio que parecía descartar el papel de los volcanes en la extinción, ya que según sus autores la alteración del CO2 atmosférico causada por las erupciones había sido neutralizada mucho antes de la caída del asteroide. Sus autores defienden el objeto espacial como única causa de la extinción, así que le pregunté a su autor principal, Michael Henehan, de la Universidad de Yale, cuál podía ser en su opinión la causa del declive descrito por Sakamoto y sus colaboradores.

Henehan subrayó que no pudieron ser los volcanes, ya que las erupciones comenzaron solo un millón de años antes de la extinción. “Estos patrones pueden ser más bien el resultado de la expansión de las plantas con flores por aquella época. Esto significaría nuevos tipos de vegetación a costa de los antiguos, y por tanto nuevos nichos ecológicos a rellenar por los herbívoros”.

Sin embargo, Henehan no parecía estar muy de acuerdo con que el declive dibujara un panorama más propenso a la extinción. Por ejemplo, apunta que los cocodrilos probablemente eran mucho menos diversos que los dinosaurios por entonces, y sin embargo pasaron el filtro de la extinción.

En resumen, entre asteroides, volcanes, enfriamientos, continentes que se rompen y plantas que aparecen y desaparecen, seguimos sin tener una idea demasiado clara sobre cuál fue exactamente el proceso que borró del mapa a todos los grandes dinosaurios, mientras que muchos otros contemporáneos suyos lograron sobrevivir y prosperar, incluidos nuestros antepasados directos.

Respecto a esto último, tradicionalmente se ha dicho que los mamíferos de entonces, pocos, pequeños y subterráneos, lograron sobreponerse a la catástrofe, salir a la superficie y encontrarse con todo un mundo por conquistar, ocupando los nichos que los dinosaurios habían dejado libres, proliferando, diversificándose y llegando a dominar la Tierra.

Pero ¿seguro?

Terremoto: España (ahora ya sí) tiene un sistema de alerta de tsunamis (y hay riesgo)

Para comenzar, aquí va un recordatorio que continuaré repitiendo todas las veces que haga falta: olvídense del señor Richter. Lo ocurrido la pasada madrugada en el mar de Alborán ha sido un terremoto DE MAGNITUD 6,3. Hasta ahí. No sigan. Punto. Final.

Efectos del terremoto en Melilla. Imagen de Francisco García Guerrero / EFE.

Efectos del terremoto en Melilla. Imagen de Francisco García Guerrero / EFE.

En un artículo anterior, con ocasión del seísmo de Ossa de Montiel (Albacete) en febrero de 2015, ya expliqué algo sobre las diferentes maneras de medir los seísmos, pero quédense con esta idea esencial: la escala de Richter (también llamada Magnitud Local o ML) es, en palabras del Servicio Geológico de EEUU (USGS), “un método anticuado que ya no se utiliza”. Y aunque se utilizara, no tiene grados; la manera correcta sería “magnitud X en la escala de Richter” (incluso hablar de escala es inapropiado, dado que no existe un máximo). El terremoto de Alhucemas (esta es la ubicación de referencia que toma el USGS en su información sobre el temblor) ha sido de magnitud de momento (MW) 6,3; o simplemente, de magnitud 6,3. Fácil, ¿no?

Ahora bien, la pregunta es: ¿qué diferencia hay? Y la respuesta es: depende. Hasta un cierto nivel, la escala ML de Richter y la de magnitud de momento MW son equivalentes. La escala de Richter dejó de utilizarse porque para temblores mayores de 6,5 subestima la energía liberada por el seísmo, en mayor medida cuanto más fuerte. Es decir, que en cierto modo se satura por encima de 6,5. A una magnitud de 6,3 estamos cerca del límite; pero aunque en este caso el error no fuera considerable, el hecho es que la información oficial del Instituto Geográfico Nacional sobre este último terremoto se ha medido, y por tanto facilitado a los medios, en la escala de magnitud de momento MW, y es así como debe publicarse y decirse.

Otra cosa es la intensidad. Este es un parámetro que corresponde a cómo lo sentimos y qué tipo de daños provoca; es decir, que no tiene un valor absoluto para cada seísmo, sino que varía en función del lugar. Como es lógico, en general es mayor cuanto más cerca del epicentro, aunque también influyen otros factores. En nuestro caso, la intensidad se mide por la Escala Macrosísmica Europea 1998, o EMS-98, que comienza en I (no sentido) y asciende hasta XII (completamente devastador). El de anoche alcanzó una intensidad máxima de V (fuerte) en Melilla, IV (ampliamente observado) sobre todo en localidades costeras de Málaga y Granada, y descendió hacia el norte hasta una intensidad de II (apenas sentido) en lugares tan alejados como Madrid.

Respecto a la causa del terremoto, es la misma de ocasiones anteriores, responsable también de los grandes seísmos de las últimas décadas en Turquía o Italia: vivimos sobre un pequeño anillo de fuego, la confluencia entre las placas tectónicas Euroasiática y Africana, que viene del Atlántico, pasa por el estrecho de Gibraltar y recorre el Mediterráneo. Los mayores seísmos registrados con instrumentos en esta confluencia fueron el de la isla griega de Citera en 1903, de magnitud 8,2, y el de Rodas en 1926, con 7,8. Por suerte, en la Península Ibérica nos hemos librado hasta ahora de los temblores más violentos, exceptuando el terremoto de Lisboa de 1755, al que se le calcula una magnitud de 8,0.

Esquema de las placas tectónicas terrestres. Imagen de Wikipedia.

Esquema de las placas tectónicas terrestres. Imagen de Wikipedia.

En el caso de Lisboa, a las sacudidas de la tierra se unió un segundo azote catastrófico, un tsunami que arrasó la ciudad y las localidades costeras. Y no ha sido el único caso en el que un terremoto en nuestra zona de riesgo ha levantado olas devastadoras. De hecho, el seísmo más letal documentado en la historia de Europa, el de 1908 en la ciudad siciliana de Messina, unió a su magnitud de 7,2 un tsunami con olas de 12 metros que multiplicó la destrucción. El 91% de las estructuras de la ciudad se desplomaron, cobrándose un coste en vidas de entre 60.000 y 120.000.

Y dado que no estamos a salvo de un riesgo semejante en el futuro, es un buen momento para recuperar un comunicado que el Ilustre Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) publicaba el pasado 17 de septiembre: “en España no tenemos un sistema de alerta de tsunamis como existe en el Pacífico”, decía el ICOG. Los geólogos recuerdan que ya hemos sufrido anteriormente esta amenaza: “el terremoto de Lisboa de 1755 originó un maremoto que causó más de mil muertos en las costas de Huelva y Cádiz”. Y terminan: “tras el terremoto de Lorca, en mayo de 2011, el Colegio de Geólogos implementó un decálogo para la prevención del riesgo sísmico en España, donde, entre otras medidas, se proponía actualizar la norma sismorresistente en España. Aún no se ha hecho nada”.

Esperemos que no llegue el día en que la venda tenga que ponerse sobre una herida ya abierta.

Actualización (30/01/2016): España ya sí cuenta con un sistema de alerta de tsunamis, plenamente operativo desde el 1 de enero de 2015. Más información aquí.

Pasen y vean la belleza de la lava del Kilauea

Uno de los espectáculos visuales que todo ojo humano debería contemplar al menos una vez en la vida es un volcán en erupción. Y tal vez el mejor lugar del mundo para hacerlo es la Isla Grande de Hawái. Primero, porque el entorno para disfrutar de su contemplación está libre de peligro, no solo por la propia dinámica del volcán, sino también porque está situado en un país que dispone de los estándares y los medios adecuados para garantizar la seguridad de los visitantes (tal vez demasiado; uno desearía poder acercarse un poquito más).

Erupción del volcán Kilauea (Hawái) en 2009. Imagen de Javier Yanes.

Erupción del volcán Kilauea (Hawái) en 2009. Imagen de Javier Yanes.

Segundo, porque el entorno del entorno también merece la pena. En España existe en general una idea muy equivocada sobre lo que es Hawái. Dado que la mayor parte de las referencias que vemos por aquí retratan la capital del Estado, Honolulu, suele cuajar la idea de que, desde el punto de vista turístico, Hawái es Benidorm (no pretendo ofender a nadie, pero es una opción que no es la mía). No es así: Honolulu puede ser algo parecido a Benidorm, pero el resto del archipiélago es la Polinesia estadounidense; parajes remotos y relativamente intactos con un desarrollo turístico comparativamente discreto y amable, pero con los estándares de vida de la primera potencia mundial.

De hecho, es sorprendente que algunas islas aún ni siquiera cuenten con un anillo completo de comunicación por carretera. Hasta hace pocos años, la ruta Saddle Road, que une las dos principales ciudades de la Isla Grande (Hilo y Kailua Kona) recorriendo el canalillo entre los pechos volcánicos del Mauna Kea y el Mauna Loa, era considerada la más peligrosa del Estado por su trazado y conservación.

Así se ve la Tierra centrada en Hawái. Imagen de Google Earth.

Así se ve la Tierra centrada en Hawái. Imagen de Google Earth.

Una vez hecha la promoción turística, la ciencia: Hawái es una rareza volcánica, ya que se encuentra en mitad de ninguna parte, no solo desde el punto de vista geográfico (en calidad de prueba, adjunto imagen de cómo se ve el planeta ¿Tierra? si más o menos lo centramos en el archipiélago), sino también geológico. La mayoría de las regiones volcánicas activas del planeta se encuentran en fronteras entre placas tectónicas, como el Anillo de Fuego del Pacífico. Sin embargo, Hawái se sitúa en mitad de la placa del Pacífico, en un emplazamiento que debería ser geológicamente tranquilo.

Y sin embargo, Hawái existe precisamente por los volcanes; en el afán por explicarlo, el llamado punto caliente de Hawái se ha convertido en uno de los fenómenos volcánicos más estudiados del planeta. Y el hecho de que aún se continúe investigando demuestra que aún no se comprende del todo por qué Hawái existe. La hipótesis tradicionalmente más aceptada –en este caso, “tradicionalmente” se remonta solo a los años 70 del siglo pasado– es una pluma mantélica, una fuga de material desde el contacto entre el manto y el núcleo terrestre, que trepa en vertical a través de las profundidades hasta abrirse camino a través de la corteza por un mecanismo de convección (el mismo proceso por el que el agua bulle al calentarla). Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que el mecanismo real puede ser aún más complejo y que el origen podría estar ubicado lejos del archipiélago y en una zona menos profunda.

Sea como sea, Hawái tiene volcanes. Muchos; extintos, dormidos y activos. Entre estos últimos, el Kilauea, en el sureste de la Isla Grande, lleva en erupción continua desde el 3 de enero de 1983, y no parece que tenga intención de cansarse. El Kilauea es un volcán en escudo, llamados así por expulsar lava muy fluida que se dispersa sin construir el típico cono elevado. El comienzo de la actual erupción sí formó un cono de 700 metros llamado Puʻu ʻŌʻō, pero poco después la lava comenzó a fluir mansamente a través de tubos subterráneos de varios kilómetros que la conducían mayoritariamente hasta el océano, desatando una electrizante tormenta de fuego, luz, sonido y vapor. En 2014 la lava encontró una vía de escape hacia el noreste y comenzó a fluir con más intensidad tierra adentro, hacia la localidad de Pahoa. El río ardiente llegó a traspasar los límites del pueblo, amenazando las viviendas.

En alguna otra ocasión he traído aquí vídeos amateurs de la lava del Kilauea, pero nada comparable a disfrutar del impecable trabajo de un profesional. El realizador hawaiano Lance Page ha producido The Fire Within (El fuego interior), esta pieza sobrecogedora de poco más de seis minutos en la que ha capturado toda la belleza y la fiereza del Kilauea. En su página de Vimeo, el autor explica:

Esta película de seis minutos y medio es mi mejor intento de capturar lo que sentía al contemplar la roca fundida quemando lentamente una densa selva húmeda, o al atisbar dentro de un lago de lava de 200 metros de ancho en el cráter de la cumbre del Kilauea. Nunca he estado en otro lugar del planeta que requiriese tanto respeto y conciencia del entorno natural a mi alrededor. Su inesperada belleza y el inquietante sentido del peligro eran una lección de humildad que pone las cosas en perspectiva. El Kilauea realmente me cambió la vida.

Kilauea – The Fire Within from Page Films on Vimeo.

Pasen y vean los tiburones que viven en un volcán submarino

Todo el que ha tenido la oportunidad de contemplar una erupción volcánica en directo, incluso una de las tranquilas, sabe que no hay espectáculo más sobrecogedor en la Tierra. Uno adquiere conciencia de repente sobre ciertas cosas en las que normalmente no se piensa, como el hecho de vivir en la fina costra habitable de una enorme masa de magma y la frágil estabilidad de la que dependemos y que casi siempre se mantiene en equilibrio de una forma casi milagrosa. Y también, como (ex)científico, de lo poco que conocemos sobre aquellos lugares adonde los instrumentos de los que disponemos aún llegan con extrema dificultad, o no llegan.

Erupción del volcán submarino Kavachi el 14 de mayo de 2000. Imagen de NOAA.

Erupción del volcán submarino Kavachi el 14 de mayo de 2000. Imagen de NOAA.

Entre esos lugares casi desconocidos por inhóspitos se encuentran los volcanes submarinos, como el Kavachi, situado en el Pacífico sur al este de Papúa Nueva Guinea, en las islas Salomón. En este breve instante en que nos ha tocado vivir (no a nosotros en particular, sino a la especie humana en general), allí estamos asistiendo al nacimiento de una isla. Según los datos del Programa Global de Vulcanismo del Museo Nacional de Historia Natural de la Institución Smithsonian (EE. UU.), la cumbre del Kavachi se encuentra ya a solo 20 metros por debajo del nivel del mar. Es un volcán activo con erupciones frecuentes, por lo que cualquier día sus depósitos de material romperán la superficie marina y tendremos una nueva isla en el mapa, aunque de momento no es previsible que sea un lugar muy hospitalario. Tal vez en un futuro lejano el Kavachi pueda emular al Mauna Kea, en Hawái, que con sus 10.203 metros es la montaña más alta del mundo, aunque no se le reconozca el título porque solo 4.207 emergen sobre el nivel del mar.

Hasta que eso ocurra, los submarinistas han tratado de explorar el interior de su caldera, pero no ha sido posible. Según el oceanógrafo Brennan Phillips, de la Universidad de Rhode Island (EE. UU.), “los buceadores que se han acercado al borde exterior del volcán han tenido que retroceder por lo caliente que estaba o porque el agua ácida les estaba quemando la piel”. Phillips participa en una expedición financiada por National Geographic para estudiar los volcanes submarinos. Con el fin de acceder al interior del Kavachi, Phillips y sus colaboradores sumergieron cámaras robóticas aprovechando que no había signos externos de una erupción violenta; aunque tanto las burbujas de metano y dióxido de carbono como los colores del agua, revelando la presencia de hierro y azufre, avisan de que es solo una tregua.

Lo que Phillips y su equipo descubrieron en las imágenes grabadas nunca antes se había observado: grandes animales marinos viviendo en un entorno que se creía inhabitable para estas especies. Medusas, pargos, una primitiva raya llamada Hexatrygon bickelli, y dos especies de tiburones, sedoso (Carcharhinus falciformis) y martillo común (Sphyrna lewini).

Los investigadores no tienen la menor idea de qué es lo que buscan, o lo que encuentran, estas especies en un entorno hostil de agua caliente, ácida y saturada de gases venenosos, pero los tiburones parecen moverse allí con total comodidad. Ambas especies son bastante comunes; el martillo es un animal preferentemente costero y de aguas cálidas y templadas, mientras que el sedoso es un tiburón pelágico que habita toda la franja tropical y se interna hasta el Mediterráneo. Por el momento, se ignora qué clase de adaptaciones les llevan a las aguas del Kavachi. Aunque no sería la primera vez, ni la última, que los animales frecuentan aquellos entornos donde el ser humano no suele llegar, por la sencilla razón de que el ser humano no suele llegar.

El equipo de Phillips ha hecho otro descubrimiento singular en las mismas aguas. A unos 20 kilómetros de distancia del Kavachi y a 937 metros de profundidad, las cámaras de National Geographic filmaron un tiburón inusual de extraño aspecto. Phillips envió las imágenes a algunos ictiólogos expertos, y estos identificaron la especie: tiburón dormilón del Pacífico (Somniosus pacificus). Lo peculiar del hallazgo es que esta especie, que hasta ahora solo ha sido filmada tres veces, habita en las frías aguas boreales del Pacífico, y jamás se había encontrado tan al sur. En estas latitudes sería más probable descubrir a un primo suyo, el dormilón antártico o meridional (Somniosus antarcticus), pero según los expertos ambas especies se diferencian en rasgos como el color o la longitud de sus agallas.

Es tan poco lo que se conoce sobre los tiburones dormilones que tal vez este descubrimiento obligue a redefinir la clasificación del género. Mientras, Phillips ha declarado que pretende dedicar años a estudiar lo que esconde el Kavachi, su geología y su biología; seguro que sus hallazgos volverán a sorprendernos.

La extinción de los dinosaurios, un debate a garrotazos

Quizá existan científicos que se levanten de la cama cada mañana movidos por el ánimo de transformar el mundo. Alguno habrá. Y tal vez existan otros tan inflados por su propia suficiencia que rueden por el mundo aplastando egos más débiles. Alguno habrá. Con esto quiero decir que, clichés aparte, los científicos son personas normales como cualesquiera otras, adornadas por sus mismas virtudes y envilecidas por sus mismos defectos.

Pero la ciencia tiene sus reglas y sus convenciones, y de un debate científico siempre se espera que se mantenga ajeno al trazo grueso, el garrotazo y el exabrupto hoy tan típicos en otros foros de discusión, como la política o el fútbol. En la discusión científica prima el guante de seda; no solo por un elemental respeto a la eminencia del contrario, sino porque, de acuerdo a las normas del juego, uno podría estar finalmente equivocado, al contrario que en la política y en el fútbol. En resumen: si alguien, como un periodista, tratase de arrojar a dos científicos al ring esperando una pelea, lo más probable sería que ni siquiera llegaran a ocuparlo, enredados en el empeño de cederse mutuamente el paso. Y eso, aunque interiormente se estén ciscando en toda la parentela del oponente, como cualquier persona normal.

Ilustración de un asteroide estrellándose contra la Tierra. Imagen de NASA.

Ilustración de un asteroide estrellándose contra la Tierra. Imagen de NASA.

Pero siempre hay excepciones. Hoy voy a contar una de ellas que, lamentablemente, deja a una de las partes severamente afeada. El caso al que me refiero es el debate sobre la causa de la extinción de los dinosaurios. O para ser más precisos, la extinción del 75% de la fauna del Cretácico en la transición del Mesozoico al Cenozoico, hace 66 millones de años. Como ayer expliqué, la causa más aceptada por la comunidad científica y más conocida por el público es el impacto de un asteroide o un cometa que abrió un enorme cráter en la península de Yucatán. Pero frente a esta hipótesis, una corriente minoritaria de científicos defiende que la llamada Extinción K-T se debió a una gigantesca y prolongada erupción volcánica en la actual India que creó las formaciones conocidas como Traps del Decán.

Ayer repasé que estas dos teorías nacieron casi de forma simultánea, a finales de la década de 1970, y que se confrontaron por primera vez en un congreso en Ottawa (Canadá) en mayo de 1981. La hipótesis del asteroide era la criatura de los Alvarez, Luis Walter y Walter, padre e hijo, descendientes de un emigrante asturiano a EE. UU. e investigadores de la Universidad de California en Berkeley; mientras que Dewey McLean, de Virginia Tech, llevaba bajo el brazo su teoría del vulcanismo.

De aquella reunión científica comenzó a surgir la hipótesis del asteroide como la vencedora. Pero por desgracia, esta primacía no resultó de un sereno y razonado debate científico, de esos de guante de seda. En la web donde desarrolla su teoría del vulcanismo en el Decán, McLean expone en primera persona cómo transcurrió aquel 19 de mayo de 1981 en la reunión K-TEC II (siglas en inglés de Cambio Medioambiental Cretácico-Terciario II) en Ottawa, así como los acontecimientos posteriores que, dice, casi destruyeron su carrera y su salud.

Luis Alvarez, ganador del Nobel, autor de la teoría de que un gigantesco asteroide se estrelló contra la Tierra hace 65 millones de años provocando una extinción masiva que borró gran parte de la vida terrestre, incluyendo a los dinosaurios, me lanzó enrojecido una mirada asesina a través de las mesas que nos separaban. Él y su equipo del impacto de Berkeley habían abierto la reunión K-TEC II presentando pruebas a favor de su teoría, y ya antes de la primera pausa de café estaba surgiendo el conflicto. La prueba primaria para la teoría del impacto de Alvarez era el enriquecimiento del elemento iridio en los estratos geológicos del límite Cretácico-Terciario (K-T). Algunos objetos extraterrestres son ricos en iridio, y Alvarez alegaba que el iridio en el límite K-T era una prueba del impacto. Yo no estaba de acuerdo. Argumenté que el iridio K-T probablemente se había liberado a la superficie terrestre por el vulcanismo.

McLean pasa después a relatar cómo Alvarez se iba mostrando molesto a medida que él exponía su teoría de que la extinción K-T, así como el iridio, se debían al vulcanismo que originó las Traps del Decán. Según McLean, Alvarez se jugaba mucho con su teoría, ya que la NASA la había escogido como justificación de un programa destinado a vigilar los objetos espaciales, en un momento en que la administración de Ronald Reagan aplicaba drásticos recortes a los presupuestos de la agencia para invertirlos en la defensa espacial, lo que se conoció como Star Wars.

Mientras discutía cómo el vulcanismo en las Traps del Decán probablemente liberó el iridio K-T a la superficie terrestre, Alvarez inclinó su elevada talla sobre la mesa hacia mí, su cara enrojecida y sus ojos como los de una rapaz fijados en su presa –yo. Estaba obviamente molesto con mi atribución del pico del iridio K-T –la base de su teoría del impacto– al vulcanismo en las Traps del Decán.

Dale Russell, el convocante de la reunión K-TEC II, abrió una pausa para café. Los otros 23 participantes se dirigieron hacia la cafetera. Alvarez se dirigió hacia mí.

“Dewey, quiero hablar contigo”, dijo Luis Alvarez, dirigiéndome hacia un rincón a través de la amplia sala, lejos de los otros científicos. Nos miramos el uno al otro brevemente.

“¿Planeas oponerte públicamente a nuestro asteroide?”, dijo Alvarez.

“Dr. Alvarez, llevo mucho tiempo trabajando en K-T”, dije. “Publiqué mi teoría del efecto invernadero dos años antes de que usted publicara su teoría del asteroide”.

“Déjame prevenirte”, dijo. “Buford Price trató de oponerse a mí, y cuando terminé con él, la comunidad científica ya no presta atención a Buford Price”. (Yo nunca había oído hablar de un tal Buford Price antes del comentario de Alvarez).

“Dr. Alvarez, hice el primer trabajo mostrando que el efecto invernadero puede causar extinciones globales”, dije. “Hoy nos enfrentamos a un posible efecto invernadero. Tengo la obligación de continuar mi trabajo…”

“Estás avisado”, dijo, girándose bruscamente y alejándose, con largas zancadas y sin mirar atrás, hacia donde los otros científicos estaban tomando café.

McLean prosigue:

Aquella tarde, otro miembro del [equipo del] impacto de Alvarez, Walter Alvarez, hijo del Nobel Luis Alvarez, me dijo, “Dewey, cuéntalos, 24 están con nosotros. Estás solo. Si sigues oponiéndote a nosotros, acabarás siendo el científico más aislado del planeta”.

Los Alvarez, estaba claro, tratarían con dureza a cualquiera cuya investigación se interpusiera en el camino de sus objetivos, hasta el punto de intimidarlos hacia el silencio.

Dewey McLean. Imagen de Virginia Tech.

Dewey McLean. Imagen de Virginia Tech.

McLean pasa a narrar cómo Alvarez hizo realidad su amenaza. En otra reunión científica posterior se dedicó a difamarlo ante el resto de sus colegas, como supo el propio afectado de labios de esos mismos científicos. Más tarde, continúa McLean, los efectos de la campaña llegaron al departamento de Ciencias Geológicas de Virginia Tech, donde él trabajaba. El responsable del departamento, un petrólogo llamado David Wones que había apoyado el trabajo de McLean, se volvió en su contra cuando supo que se había ganado la enemistad de un poderoso premio Nobel. Wones pasó de escribir: “Dewey es uno de los pensadores creativos y originales del departamento… Si está en lo cierto en su análisis de las extinciones fósiles, el departamento habrá acogido a una de las principales figuras de nuestro tiempo”, a asegurar que McLean no tenía futuro allí y que debería reubicarse a otro lugar. De un amigo de la oficina del decano le llegó el rumor de que alguien podía “resultar despedido” a causa del debate científico K-T, y McLean era el único en el campus que investigaba sobre ello.

Según McLean, el estrés debido al acoso que sufrió comenzó a minar su salud en 1984. “Nunca me he recuperado física ni psicológicamente de aquella dura experiencia”, escribe. A medida que la teoría de Alvarez ganaba adeptos, McLean se iba quedando solo, tal como su oponente le había advertido. Entre los causantes de su derrumbe profesional y personal, además de Alvarez, McLean cita a dos prominentes paleobiólogos que apoyaban la hipótesis del asteroide y que fueron los responsables de volver a Wones en su contra: David Raup, y nada menos que Stephen Jay Gould, una de las figuras más importantes de la biología evolutiva del siglo XX por sus teorías científicas y sus libros de divulgación. La prensa compró rápidamente la excitante teoría del impacto, e incluso revistas como Science o Nature se situaron del lado de la hipótesis extraterrestre. McLean ha documentado todo el proceso con escritos y cartas que está reuniendo en un libro sobre la historia del debate K-T.

Siempre que conocemos una versión de una historia, surge la necesidad de escuchar a la parte contraria. Pero en este caso existen suficientes datos de otras fuentes como para prestar credibilidad a la narración de McLean; él y Buford Price no fueron los únicos que sufrieron las consecuencias de oponerse científicamente a Alvarez. El nieto del médico asturiano, originalmente físico teórico, había ganado el Nobel de Física en 1968 por su trabajo en las interacciones de las partículas subatómicas. Pero antes de eso había participado en el Proyecto Manhattan destinado a la fabricación de la bomba atómica y liderado por Julius Robert Oppenheimer. En su libro Lawrence and Oppenheimer, Nuel Pharr Davis escribió cómo Alvarez contribuyó a la caída en desgracia de Oppenheimer:

Uno de los líderes del mundillo atómico dijo que estaba conmocionado por una pista que captó en 1954 sobre la manera en que la furia y la frustración habían afectado a la mente de Alvarez. “Recuerdo una conversación traumática que tuve con Alvarez. Fue antes de las Audiencias (las audiencias de Oppenheimer). Quiero dejar claro que no estoy citando sus palabras sino tratando de reconstruir su razonamiento. Lo que parecía estar contándome era: Oppenheimer y yo a menudo tenemos los mismos datos sobre una cuestión y llegamos a decisiones opuestas –él a una, yo a otra. Oppenheimer tiene una gran inteligencia. No puede estar analizando e interpretando los datos erróneamente. Yo tengo una gran inteligencia. No puedo estar equivocándome. Así que lo de Oppenheimer debe de ser falta de sinceridad, mala fe –¿quizá traición?”

En otra ocasión, Alvarez envió una carta a Robert Jastrow, que en 1984 dirigía el Instituto Goddard de la NASA y que se estaba significando como oponente a la teoría del asteroide. En su misiva, Alvarez escribía:

Así que Dewey ya es una persona olvidada en este campo, o cuando se le recuerda, es solo para unas buenas risas en el cóctel de clausura de la reunión sin Dewey… Me apena decirte que te veo recorriendo el camino de Dewey McLean.

Luis Walter Alvarez en 1961. Imagen de Wikipedia.

Luis Walter Alvarez en 1961. Imagen de Wikipedia.

No faltaron las voces de denuncia contra las actitudes y maniobras de Alvarez. En 1988 el paleobotanista Leo Hickey le definió como “ruin, intolerante, terco, iracundo, viejo bastardo irascible”. El propio físico tampoco se molestaba en ocultar su carácter hosco y arrogante. En un artículo sobre el debate K-T publicado en 1988 en The New York Times, Alvarez respondía a las objeciones de los paleontólogos, que criticaban la teoría del impacto alegando que el registro fósil no mostraba una extinción súbita sino gradual. Y lo hacía así: “No me gusta hablar mal de los paleontólogos, pero realmente no son muy buenos científicos. Son más bien como coleccionistas de sellos”. En sus declaraciones al periodista Malcolm W. Browne, Alvarez tampoco desaprovechaba la ocasión de arremeter contra McLean: “Si el presidente de la Facultad me hubiese preguntado qué pensaba de Dewey McLean, le habría dicho que era un pelele. Pensaba que había sido expulsado del juego y había desaparecido, porque ya nadie le invita a conferencias”.

Lo cierto es que Alvarez no es probablemente el único censurable en lo que llegó a llamarse “el tiroteo en la frontera K-T”. Como repasaba un artículo sobre el debate publicado en Science el pasado diciembre con ocasión del hallazgo de nuevos datos a favor de la hipótesis del vulcanismo en el Decán, el tono de las críticas y manifestaciones de ambos bandos en disputa a menudo ha cambiado el guante de seda por el garrote. Y lo que es incluso peor: las declaraciones sugieren que los partidarios de cada bando están atrincherados en sus hipótesis respectivas que asumen como verdaderas, y para las que buscan desesperadamente confirmación, no contrastación. Es decir; no cuestionan sus hipótesis en busca de una verdad científica, sino que trabajan en posesión de ella. Y esta no es una buena manera de hacer ciencia.

Dewey McLean se jubiló en 1995. Por su parte, Luis Walter Alvarez falleció en septiembre de 1988 a causa de un cáncer. Nadie ha cuestionado jamás su genio científico. Pero, que yo haya podido encontrar, tampoco nadie ha alabado jamás su calidad humana. Ni siquiera sus partidarios. En el artículo de Science, el geólogo Paul Renne, de la Universidad de California en Berkeley, que defiende la teoría del impacto y ha firmado estudios con Walter Alvarez (hijo), reconocía: “Luis no era una persona amable. Muchos con visiones opuestas resultaron avasallados”. Los científicos son personas normales. A veces, por desgracia.

Los dinosaurios, entre la espada (el asteroide) y la pared (los volcanes)

Probablemente la mayoría del público informado sabe que un asteroide (o un cometa) fue el culpable de la extinción de los dinosaurios no aviares –recuerden: las aves también SON dinosaurios–. Y sin embargo, quienes menos convencidos están de ello son precisamente algunos científicos. La hipótesis de un objeto procedente del espacio que abrió el inmenso cráter de Chicxulub, en la península mexicana de Yucatán, es la más aceptada, pero no la única; dejando de lado otras ideas menos plausibles, su rival más pujante es la teoría del cambio climático causado por el vulcanismo.

Representación artística de la caída del asteroide que pudo causar la Extinción K-T. Imagen de NASA.

Representación artística de la caída del asteroide que pudo causar la Extinción K-T. Imagen de NASA.

De hecho, ambas teorías nacieron casi al mismo tiempo, enfrentándose por primera vez durante un congreso celebrado en Ottawa (Canadá) en mayo de 1981. El equipo de la Universidad de California en Berkeley liderado por Luis Walter Alvarez (de quien ya hablé aquí), nieto de un médico asturiano emigrado a América, presentó allí la llamada hipótesis extraterrestre, publicada el año anterior en la revista Science. Por su parte, el geobiólogo Dewey McLean, del Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia (Virginia Tech), había publicado en 1978, también en Science, que la extinción masiva al final del Mesozoico pudo deberse a una catastrófica reacción en cadena biológica originada por un aumento del efecto invernadero, propiciado a su vez por el vertido de enormes cantidades de dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera. Curiosamente, ya en 1978 McLean introducía en su estudio una advertencia visionaria: “Estas condiciones podrían duplicarse con la deforestación y la quema de combustibles fósiles causada por el hombre”.

En 1979, McLean comenzó a vincular su idea del cambio climático con un episodio de vulcanismo extremo que coincidió con el final del Mesozoico. Hace unos 66 millones de años, en la fecha estimada de la extinción masiva que dio carpetazo a la era de los dinosaurios para abrir el capítulo del Cenozoico, en el centro y oeste de lo que hoy es la India se había desatado una gigantesca inundación ardiente. En menos de un millón de años, un parpadeo en el reloj geológico, la Tierra vomitó lava basáltica como para dejar hasta hoy una extensión de medio millón de kilómetros cuadrados (más o menos el área de España) cubierta con una capa de roca de casi tres kilómetros de espesor. Actualmente esta formación se conoce como Traps del Decán, en la meseta del mismo nombre.

Representación artística de la Extinción K-T por las Traps del Decán. Imagen de National Science Foundation, Zina Deretsky.

Representación artística de la Extinción K-T por las Traps del Decán. Imagen de National Science Foundation, Zina Deretsky.

En enero de 1981, McLean presentaba su hipótesis del vulcanismo en el Decán en la reunión anual de la Asociación de EE. UU. para el Avance de la Ciencia, celebrada en Toronto (Canadá). Unos meses más tarde, en Ottawa, McLean y Alvarez confrontaban sus teorías por primera vez, inaugurando uno de los debates más vivos de la historia reciente de la ciencia que aún hoy prosigue (y que entonces no comenzó de modo precisamente amistoso, como contaré otro día).

Hoy la llamada extinción K-T (Cretácico-Terciario) o K-Pg (Cretácico-Paleógeno), que no solo acabó con la mayor parte de los dinosaurios sino con el 75% de las especies del Mesozoico, continúa siendo un activo campo de investigación. Aunque no fue la mayor extinción en masa de la historia del planeta, es quizá la más conocida debido a la popularidad de los dinosaurios, pero también porque impuso un borrón y cuenta nueva en la evolución biológica al que debemos el ascenso posterior de los mamíferos y, por tanto, nuestra existencia. Desde el primer debate de Alvarez y McLean se han aportado nuevos datos, como la asignación del impacto propuesto por el primero al cráter mexicano de Chicxulub, pero también las pruebas que relacionan otras extinciones históricas con la aparición de traps como las de Siberia, que hace unos 250 millones de años pudieron delimitar la transición entre el Paleozoico y el Mesozoico.

Recientemente han aparecido nuevas pruebas que por fin podrían zanjar la larga polémica. El pasado diciembre, un equipo de investigadores de la Universidad de Princeton (EE. UU.) y otras instituciones publicó en la revista Science una nueva datación fina de las Traps del Decán. Los científicos llegaron a determinar que los primeros brotes de lava en la India afloraron hace exactamente 66.288.000 años, y que entre el 80 y el 90% de todo el basalto de aquel evento surgió en los siguientes 750.000 años.

Las Traps del Decán cerca de la ciudad de Mahabaleshwar (India). Imagen de Mark Richards.

Las Traps del Decán cerca de la ciudad de Mahabaleshwar (India). Imagen de Mark Richards.

No se puede afinar más. Dado que el famoso asteroide (o cometa) de Chicxulub cayó más tarde, hace 66.040.000 años, y que las primeras extinciones parecen haber comenzado antes del impacto, el estudio de Science parecía inclinar el veredicto hacia el vulcanismo como el principal asesino de los dinosaurios. Entre las firmas del estudio se encuentra la de Gerta Keller, geóloga de la Universidad de Princeton que lleva décadas defendiendo la hipótesis del vulcanismo en el Decán fundada por McLean. Hace unos años, Keller decía a propósito del impacto del asteroide: “Estoy segura de que, al día siguiente, [los dinosaurios] tuvieron un dolor de cabeza”. Para la geóloga, “los nuevos resultados refuerzan significativamente el caso del vulcanismo como la causa primaria de la extinción masiva”.

Así las cosas, una nueva investigación trata ahora de cerrar el círculo con una cierta voluntad salomónica, atando ambas hipótesis en un lazo. Por situarlo en el contexto de la controversia, este último estudio viene dirigido por el Departamento de Ciencias Planetarias y de la Tierra de la Universidad de California en Berkeley; es decir, el baluarte de Alvarez. De hecho, entre los firmantes se encuentra Walter Alvarez, hijo de Luis Walter Alvarez y coautor junto a su padre de la hipótesis del impacto publicada en Science en 1980.

El nuevo trabajo viene además a responder a una pregunta que durante años ha intrigado a los geólogos: ¿cómo es posible que en la misma época coincidieran una erupción volcánica de consecuencias planetarias y el impacto devastador de un objeto espacial? La respuesta, según el estudio publicado en The Geological Society of America Bulletin, es que ambos sucesos estuvieron ligados: aunque las erupciones en el Decán habían comenzado antes del impacto por el afloramiento de una pluma de magma, la colisión sacudió el manto terrestre superior de tal manera que avivó el vulcanismo en todo el planeta; el 70% del flujo de lava en el Decán, arguyen los autores, fue posterior a la caída del asteroide o cometa.

Según el modelo desarrollado por los autores, el impacto de Chicxulub pudo provocar un seísmo de magnitud 9 o mayor en todo el globo, y hay casos históricos de cómo terremotos tan potentes pueden provocar erupciones volcánicas. La caída del asteroide o cometa, concluyen los científicos, desató episodios de vulcanismo quizá en muchos lugares del planeta; en el Decán, donde estaba aflorando a la superficie una columna de material del manto, el empujón desencadenó una erupción como pocas veces se ha visto en la historia de la Tierra. Los investigadores apoyan sus conclusiones en otras pruebas, como la comprobación de que en las coladas del Decán hay un antes y un después del impacto, tanto en los patrones del flujo como en la composición de la lava.

Según el director del estudio, Mark Richards, “la belleza de esta teoría consiste en que es muy comprobable, porque predice que deberíamos tener el impacto y el comienzo de la extinción, y en los siguientes 100.000 años o así deberíamos tener esas erupciones masivas surgiendo, que es más o menos el tiempo que tardaría el magma en alcanzar la superficie”. Así, todos quedarían contentos: los partidarios de la hipótesis extraterrestre, porque el impacto del bólido sería el desencadenante; y los defensores del vulcanismo, porque este fenómeno amplificaría el efecto a escala global. ¿Hora de hacer las paces?

Pasen y vean cómo la tierra se lo traga todo a su paso

El terremoto de Nepal y la erupción del volcán chileno Cabulco nos recuerdan que los fenómenos naturales se abren paso sin avisar entre el hormigueo de los pequeños asuntos cotidianos que casi todos los días rellenan los contenidos informativos. Y que nuestra tecnología aún no basta para que podamos neutralizar su amenaza o incluso aprovecharla en nuestro beneficio: se ha publicado que la energía liberada por el terremoto de Nepal fue de unos 100 megatones (100 millones de toneladas de TNT), lo que equivale a unos 420 petajulios, que a su vez se traducen en casi 117 millones de megavatios hora.

Es decir, suficiente energía para abastecer de electricidad a toda Noruega durante un año (115.600.000 megavatios hora consumidos en 2008). Y según el geólogo indio Harsh Gupta, el seísmo solo liberó un 5% de la energía acumulada en la región. Si algún día fuéramos capaces de evitar la devastación ocasionada por estos fenómenos y lográramos convertirla en energía utilizable, podríamos llegar a considerarnos una verdadera civilización.

Pero por el momento, la diferencia entre un fenómeno natural y una catástrofe natural depende sobre todo de los estándares de vida de la población a la que le toca sufrirlo. Esto resulta evidente cuando las cifras de muertos superan el punto de los miles, o de los cientos de miles como en el tsunami de 2004, pero también en los casos contrarios: el volcán Kilauea, en la Isla Grande de Hawái, lleva en erupción desde enero de 1983. Aunque mantiene una actividad tranquila sin explosiones bruscas, es probable que sus ríos de lava hubieran provocado graves desgracias en otros países menos desarrollados, donde seguramente habrían arrasado barrios de infraviviendas construidos en los terrenos más inseguros.

Aún peor es cuando los desastres no son cien por cien naturales, sino que vienen favorecidos por la propia actividad humana. Hoy traigo aquí un vídeo que se grabó hace un mes en un lugar desconocido de Rusia, sin más información de contexto, y que muestra cómo un escalofriante deslizamiento de tierras se lo traga todo a su paso, torres eléctricas, árboles y carretera, mientras el cámara anónimo desprecia el riesgo de que un posible brusco acelerón del corrimiento le acabe sepultando.

El vídeo fue recogido por el geólogo Dave Petley en su blog especializado en deslizamientos en la web de la Unión Geofísica de EE. UU. (AGU). El estudio del vídeo y los detalles aportados por otros usuarios permitieron a Petley concluir que se trata de un deslizamiento provocado por el vertedero de una mina en la región centro-sur de Siberia y del que no se ha informado oficialmente.

Según Petley, el deslizamiento de este tipo de terrenos viene favorecido por el deshielo, que da una consistencia viscosa al terreno, y fue una suerte que en este caso ocurriera durante el día y en una zona sin casas. En otras ocasiones, deslizamientos de residuos mineros han causado enormes tragedias. En 1966 la localidad de Aberfan, en Gales (Reino Unido), se vio sorprendida por 107.000 metros cúbicos de escombro de una mina de carbón que se encontraban peligrosamente apilados en las laderas cercanas. El derrumbe se cobró 144 víctimas mortales, con el agravante de que 116 eran niños; la escuela primaria fue uno de los edificios devorados por el derrubio.

En otros casos, los deslizamientos no cuentan con la colaboración directa de la acción humana, pero muchos no pueden elegir otra opción sino vivir en lugares marcados por la amenaza del desastre: en 1999 los desprendimientos en el estado venezolano de Vargas, propiciados por las fuertes lluvias, borraron del mapa poblaciones enteras. Ni siquiera se pudo determinar el número de víctimas; aunque se estimó en decenas de miles, solo pudieron recuperarse unos mil cuerpos. Más recientemente, en 2011, las lluvias torrenciales en el estado brasileño de Río de Janeiro provocaron avalanchas de barro que acabaron con la vida de casi mil personas.

Dejo aquí otro vídeo que recoge varios corrimientos de tierras capturados en directo por las cámaras. Las secuencias invitan a imaginar el terror que pueden producir estos fenómenos; cuando la tierra se descompone, es difícil concebir algo más parecido al fin del mundo.

Cosas que nos enseña el terremoto de ayer (descanse en paz, señor Richter)

Al entrar hoy en la web del Instituto Geográfico Nacional en busca de información oficial sobre el terremoto de ayer, confiaba en encontrar en la página principal una nota de prensa a toda pantalla. Nada de eso; en su lugar, se me aparece la típica web ministerial diseñada para los de dentro, no para los de fuera.

Por esos avatares extraños de la vida, que en mi caso darían para llenar más de un folletín, en una época pasada trabajé durante una temporada en usabilidad de páginas web. Mis jefes de entonces, los que verdaderamente entendían del tema, insistían en que el diseño de una página web debe plantearse pensando qué buscará el usuario, y no el director general. Un magnífico ejemplo de usabilidad suelen ofrecerlo las webs de muchas agencias y organismos de EE. UU., orientadas al usuario y primando la difusión sobre la información corporativa, que no interesa a nadie (¿en cuántas webs de ayuntamientos españoles el primer enlace que se encuentra es “el alcalde”?). Esto es España; y tras uno de los terremotos más intensos de los últimos años, la página principal del IGN no incluye mención alguna, limitándose a presentarnos un bonito muestrario de enlaces ilustrados.

No pretendo hacer demasiada sangre con esto, pero un síntoma de lo que acabo de explicar suele descubrirse al pinchar en el enlace a las FAQ (preguntas frecuentes) de una web. Se supone que esta sección está concebida para dar respuesta a aquellas cuestiones que los visitantes de la web formulan más o menudo, o formularían en caso de formular alguna. Cuando uno pincha en las FAQ de la web del IGN, la primera pregunta con la que uno se topa es la siguiente: “¿Es lo mismo IGN que CNIG?”. ¡No! ¿En serio?

Por supuesto, y una vez se llega a la sección sobre sismología, ahí están todos los datos técnicos, tal como se espera de los profesionales cualificados que trabajan en el IGN. Pero una vez más, sin un comunicado que acerque la información al público. Hasta donde he podido saber, la única nota de prensa mencionada por los medios fue difundida por un órgano político, la Delegación del Gobierno en Castilla-La Mancha (nota de prensa que, por cierto, tampoco está disponible en internet).

Es justo añadir que el IGN tuitea la información sísmica, pero sus tuits no están pensados para que los lea el terrícola medio. Juzguen ustedes: “SISMO 23/02/2015 16:16:31GMT lat=39.04 lon=-2.65 Depth=14km 5.4mL NE OSSA DE MONTIEL.AB CALCULO PROVISIONAL SIN INTERVENCION HUMANA”. Lo único claro es que en la elaboración de este tuit no ha habido intervención humana. El Instituto también publica información en su Facebook con un enlace directo a la página del terremoto, pero una vez más, la información no es útil ni digerible para la población ni para los medios.

En contraste, es de aplaudir que la web del Colegio Oficial de Geólogos (ICOG) sí dedique el espacio central de su página principal a la información, con una nota de prensa sobre el terremoto de Ossa de Montiel en cabeza. Pero ¿es lógico que sea un colegio profesional el único canal técnico oficial? ¿Deberían informar los Colegios de Médicos sobre brotes epidémicos, o acaso alguien, y no solo yo, echa de menos un responsable público humano con ojos, nariz, boca y conocimientos técnicos, que comparezca en situaciones de posible alerta y además se ocupe de divulgar información usable y comprensible?

Sismógrafo en el Observatorio Weston de Massachusetts (EE. UU.). Imagen de Z22 / Wikipedia.

Sismógrafo en el Observatorio Weston de Massachusetts (EE. UU.). Imagen de Z22 / Wikipedia.

Otra cosa que debería enseñarnos el caso de ayer es que tanto las fuentes como los medios deberíamos ser más pulcros a la hora de especificar cómo de fuerte ha sido un seísmo. Entramos aquí en el famoso territorio Richter, al que ya me referí en un post anterior sobre el uso de parámetros y magnitudes científicas en los medios de comunicación. Si uno repasa las informaciones publicadas, el ICOG habla de “magnitud local de 5,4” y de “intensidad entre 3 y 4 en la escala Mercalli”. El IGN cita una magnitud mbLg de 5,2. El Servicio Geológico de EE. UU. (United States Geological Survey, USGS), que vigila los temblores en todo el mundo, publica una magnitud de 5,0. Los medios se reparten entre “magnitud de 5,2” y “5,2 grados en la escala de Richter”. ¿Qué significa todo este embrollo? ¿Cómo demonios se miden los terremotos?

En una ocasión, hace años, expresé esta preocupación en la reunión de redacción de un diario en el que trabajaba. Los rostros opacos del resto de los allí reunidos me dieron a entender claramente que mi inquietud les parecía una nimiedad indigna de merecer la más mínima de sus molestias. Y sin embargo, si estamos de acuerdo en que el periodismo debe velar por la información rigurosa, es esencial que en cuestiones de ciencia también sepamos transmitir adecuadamente una información que se ajuste a parámetros válidos, rigurosos, estandarizados y, sobre todo, comparables.

Un ejemplo: ¿alguien sabe qué es un grado centígrado? Según la Wikipedia, “es la unidad termométrica cuyo 0 se ubica 0,01 grados por debajo del punto triple del agua y su intensidad calórica equivale a la del kelvin”. La cuestión es que lo realmente importante para la mayoría no es saberse la definición, sino el hecho de poder apreciar una magnitud en comparación con otras. Cuando el informador/a del tiempo dice que la temperatura en Tenerife es de 20 grados y en Burgos de -10, todo el mundo sabe interpretar esta información.

El problema con los terremotos es que existen diferentes maneras de medirlos. La magnitud es un parámetro intrínseco del seísmo, mientras que la intensidad a la que se refiere el ICOG se mide en términos de los daños que produce, por lo que es diferente según el lugar. Desde el punto de vista científico, lo que importa es la magnitud, un parámetro logarítmico en base 10; un seísmo de magnitud 5,0 tiene una amplitud diez veces superior a otro de magnitud 4,0, y libera 31 veces más energía.

Pero la complicación no acaba ahí: la magnitud puede medirse con distintas fórmulas. El dato del terremoto de Ossa de Montiel se ha expresado en magnitud mbLg. Sin embargo, y aquí vienen los matices, la culpa de la confusión no la tienen solamente algunos redactores mal informados. Conozco el caso de algún periodista meticuloso que ha preguntado al geólogo: “¿Esto es en la escala de Richter?”. Y el geólogo, un poco perezoso en su explicación, se ha limitado a responder: “Bueno… da lo mismo. Sí, sí, en la escala de Richter”.

El sismólogo Charles Richter (1900-1985), hacia 1970. Imagen de PD-USGOV / Wikipedia.

El sismólogo Charles Richter (1900-1985), hacia 1970. Imagen de PD-USGOV / Wikipedia.

El geólogo no miente; un terremoto de magnitud mbLg 4,0 es también de magnitud 4,0 en la escala de Richter, también llamada magnitud local o ML. Pero el geólogo no se ha tomado la molestia de explicarle al periodista que no se le ocurra compararlo con otros temblores más potentes, como el de 9,1 que en 2004 causó el tsunami en el Índico, porque en este caso estará metiendo la pata: las escalas de Richter y mbLg dejan de ser equivalentes a magnitudes elevadas (según distintas fuentes, por encima de 6,5 o incluso de 5,0). Y tampoco le ha advertido de que no lo compare con seísmos de otros países, porque en muchos de ellos la escala de Richter pasó a mejor vida hace años; según el USGS, “es un método obsoleto que ya no se utiliza”.

Pero incluso descontando la pereza del geólogo, el periodista machaca su propio error cuando añade de su cosecha y escribe “grados en la escala de Richter”, dado que la escala de Richter no tiene grados (ni siquiera es una verdadera escala, ya que no tiene máximo). Los grados son propios de la intensidad, no de la magnitud. Por todo esto, sería conveniente que quienes trabajamos en los medios diéramos ya eterno descanso al señor Charles Richter, eminente sismólogo y apasionado nudista, y nos ciñéramos a hablar de “terremoto de magnitud X”. Y una petición a los geólogos: por favor, no sean perezosos; tómense un minuto y expliquen.

Una última cosa: epi = arriba; hipo = abajo. El origen del terremoto en el subsuelo es el hipocentro. El epicentro es el punto correspondiente en la superficie. ¡No existe un epicentro a dos kilómetros de profundidad!

La Tierra oculta otro océano Pacífico en su interior

Un simple vistazo a cualquier dibujo o maqueta del Sistema Solar nos deja algo claro: no sabemos si la Tierra es un lugar privilegiado en el universo, pero no podemos negar que es diferente a sus vecinos planetarios. Y lo que más llama la atención a primera vista es el agua. Aunque ya expliqué aquí que, si la roca mojada fuera del tamaño de una pelota, en toda esa aparente masa de agua apenas podríamos hundir el bisel de la uña, no cabe duda de que este medio acuoso diferencia a nuestro planeta, hasta tal punto que sin él no viviríamos. Pero ¿de dónde viene toda esa agua? Geólogos y científicos planetarios se han formulado esta pregunta durante décadas, sin que hasta el momento se haya llegado a una conclusión definitiva.

El cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko fotografiado desde el módulo 'Phila' de la sonda 'Rosetta'. Imagen de ESA / Rosetta / Philae / CIVA.

El cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko fotografiado desde el módulo ‘Phila’ de la sonda ‘Rosetta’. Imagen de ESA / Rosetta / Philae / CIVA.

Dado que resultaría improbable que a la Tierra le hubiera tocado el Gordo de la humedad durante la formación del Sistema Solar, y que además esa agua no se hubiera volatilizado cuando el planeta era una naciente bola de fuego, los científicos especulan que los océanos podrían haber llegado posteriormente en cómodas dosis, a bordo de cometas y asteroides. Analizar esta posibilidad es precisamente uno de los objetivos de la misión Rosetta de la Agencia Europea del Espacio (ESA), que el pasado 12 de noviembre fue el centro de atención de los medios cuando su módulo Philae se posó sobre el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko; una proeza técnica que hoy le ha valido a Rosetta el premio de la revista Science al Breakthrough of the Year 2014, el avance científico más importante del año que termina.

Sin embargo, los resultados ya cosechados por Rosetta apuntan a que no fueron objetos como el cometa Chury los que llevaron el agua a la Tierra primitiva. El instrumento ROSINA de la sonda ha determinado que la composición del agua de Chury es significativamente diferente de la de los océanos terrestres desde el punto de vista isotópico. El agua siempre es H20, pero no todas las “H” son iguales. Algunos átomos de hidrógeno tienen un neutrón de más, lo que no afecta a su carga eléctrica, pero sí a su masa. Un neutrón de más es más peso, por lo que el agua formada por este tipo de hidrógeno, alias deuterio, se conoce como agua pesada.

Así pues, la idea es sencilla: los océanos de la Tierra tienen una proporción determinada de deuterio frente a hidrógeno, o ratio D/H. Para saber si un tipo concreto de objeto espacial pudo contribuir a la formación de los océanos terrestres, se mide su D/H y se comprueba si coincide con el terrestre. Se sabe que hay una coincidencia en el caso de los asteroides del cinturón principal situado entre Marte y Júpiter. Pero dado que estos cuerpos no suelen transportar grandes cantidades de agua, los científicos suelen inclinarse más bien por las esponjas del espacio, los cometas.

En el caso de Chury, se ha descubierto que este cometa posee un ratio D/H que triplica el terrestre, como describieron los científicos de Rosetta la semana pasada en la revista Science. Esto no descarta que el agua de la Tierra pudiera proceder en parte de cometas; de hecho, otro de estos cuerpos, el 103P/Hartley 2, sí presenta un ratio compatible con el terrestre. Pero lo que sí se puede afirmar, en palabras de Kathrin Altwegg, investigadora principal de ROSINA, es que el hallazgo “rebate la idea de que los cometas de la familia Júpiter [como Chury] contienen solamente agua similar a la de los océanos terrestres”. Altwegg añade que sus resultados “añaden peso a los modelos que ponen más énfasis en los asteroides como el principal mecanismo de transporte de los océanos de la Tierra”.

Pero en medio de este debate sobre el origen del agua terrestre, una interesante hipótesis acaba de abrirse camino esta semana desde el Congreso de Otoño de la Unión Geofísica de EE. UU., que concluye mañana en San Francisco. Allí, los investigadores de la Universidad Estatal de Ohio Wendy Panero y Jeffrey Pigott han defendido que el origen del agua terrestre es, posiblemente y en gran parte, la propia Tierra. Nuestro planeta, según Panero y Piggott, oculta en su interior una cantidad de agua equivalente al océano Pacífico, y esta circula hacia la superficie y regresa al interior de un modo similar a como la corteza terrestre se recicla creándose y destruyéndose en los bordes de las placas tectónicas.

Relieve del fondo Atlántico. La cicatriz roja es la Dorsal Atlántica, una franja donde la corteza terrestre se crea separando progresivamente las costas de América de las de África y Europa. Imagen de NOAA / Rapture 2018 / Wikipedia.

Relieve del fondo Atlántico. La cicatriz roja es la Dorsal Atlántica, una franja donde la corteza terrestre se crea separando progresivamente las costas de América de las de África y Europa. Imagen de NOAA / Rapture 2018 / Wikipedia.

Los dos científicos se dedican a estudiar la composición del manto terrestre simulando sus infernales condiciones de presión y temperatura en el laboratorio. Recientemente hablé aquí de la bridgmanita, el mineral más abundante de la Tierra que solo se encuentra en el manto interno, a más de 65o kilómetros de la superficie, y cuyo nombre procede del padre de los experimentos de física a alta presión, el estadounidense Percy Williams Bridgman. Los trabajos de este físico fueron la base para la creación de la celda de yunque de diamante, un aparato que permite comprimir muestras microscópicas a millones de atmósferas.

Panero y Pigott han empleado este aparato para simular los minerales del manto y comprobar, con ayuda de modelos de simulación informatizada, si estas rocas pueden contener una cantidad apreciable de hidrógeno atrapada en su interior. De ser así, este podría reaccionar con el oxígeno presente en los minerales y formar agua. En otras palabras, los investigadores han estudiado si el manto terrestre contiene agua descompuesta que pueda recomponerse y circular hacia la superficie.

Los científicos han descubierto que la bridgmanita apenas contiene hidrógeno. Sin embargo este elemento sí está presente de forma notable en la ringwoodita, otro mineral que abunda en la zona de transición entre el manto superior y el inferior, así como en el granate, presente en el manto inferior. Según Panero y Pigott, estos minerales actúan como almacenes de agua en las profundidades de la Tierra, conteniendo una reserva equivalente a la mitad de todos los océanos, o similar al Pacífico. Esta agua, proponen los científicos, circula a través de la zona de transición entre el manto superior y el inferior, y asciende a la superficie junto con las rocas gracias a las corrientes de convección del manto, que no solo serían responsables de la tectónica de placas, sino también de regular la cantidad de agua de los océanos.

¿Cuál es el mineral más abundante de la Tierra?

Parece una pregunta del Trivial, pero la respuesta no es trivial. Es el mineral más abundante de la Tierra, ocupando alrededor de un 38% del volumen de esta roca mojada. Y, sin embargo, nadie lo ha tenido jamás en sus manos. Hasta tal punto es esquivo que hasta ahora ni siquiera tenía nombre oficial. Por fin lo tiene, gracias a un estudio publicado esta semana en la revista Science: presentamos la bridgmanita, mineral nombrado en honor del estadounidense Percy Williams Bridgman (1882-1961), Nobel en 1946 por sus experimentos de física a alta presión.

Una rebanada fina del meteorito Tenham L6 donde se muestra la localización de la bridgmanita. Tschauner et al., Science.

Una rebanada fina del meteorito Tenham L6 donde se muestra la localización de la bridgmanita. Tschauner et al., Science.

El motivo de que la bridgmanita hasta ahora no tuviera denominación formal es que el organismo encargado de aprobar los nombres de los minerales, la Asociación Mineralógica Internacional, requiere que para aceptar a un nuevo miembro en la familia se caracterice en detalle un espécimen hallado en la naturaleza. Y el motivo de que esto no haya podido hacerse antes con la bridgmanita es que este mineral no se encuentra precisamente al alcance de la mano: solo se encuentra en el manto inferior de la Tierra, entre 650 y 2.600 kilómetros por debajo de nuestros pies. Como es fácil imaginar, no es sencillo que materiales situados a esta profundidad lleguen hasta nosotros, con la excepción de los diamantes. Pero ya se sabe: un diamante es para siempre. La bridgmanita, no. Y al pasar de las monstruosas presiones del manto interno a la atmosférica de la superficie, su estructura se pierde.

Hace más de un siglo, Bridgman inventó una prensa capaz de lograr presiones de hasta 100.000 atmósferas, un avance revolucionario para su época. Durante el resto de su vida, el físico trató de emplear su ingenio para fabricar diamantes, con nulo éxito. Pero los geólogos pronto aplicaron su invención para simular las condiciones del interior de la Tierra, lo que catapultó el progreso de las geociencias. Desde los años 60 del siglo pasado, los estudios teóricos y experimentales comenzaron a proponer que el manto profundo terrestre está formado esencialmente por un silicato de magnesio-hierro –(Mg,Fe)SiO3– de alta densidad con una estructura cristalina determinada que se conoce como perovskita. Este mineral podría representar hasta un 93% del volumen del manto inferior.

El mineral, conocido informalmente como perovskita silicato, se ha simulado en el laboratorio, pero no existe en la superficie terrestre con su estructura intacta. La única fuente accesible de este material son los meteoritos procedentes del cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, donde los choques a alta velocidad someten a estos cuerpos a presiones y temperaturas similares a las del interior de la Tierra, y donde la estructura puede estabilizarse y quedar congelada con el rápido paso a condiciones más suaves. Pero los intentos anteriores que habían logrado identificar minúsculas vetas de bridgmanita en meteoritos por microscopía electrónica fracasaron cuando los procedimientos de análisis destruyeron la estructura sin lograr caracterizarla con la suficiente precisión.

Por fin, un equipo de investigadores de EE. UU. ha conseguido analizar la estructura de la bridgmanita presente en un fragmento de un meteorito llamado Tenham L6 que cayó en Australia en 1879 y del que, por cierto, cualquiera que lo desee puede hacerse con un pedazo por el módico precio de 600 dólares, unos 480 euros. Gracias a una técnica de rayos X que no daña la estructura del mineral, los científicos han logrado describirlo detalladamente.

Según el estudio encabezado por Oliver Tschauner, de la Universidad de Nevada, “el descubrimiento concluye medio siglo de esfuerzos por encontrar, identificar y caracterizar un espécimen natural de este importante mineral”. En un comentario adjunto al estudio, el geólogo Thomas Sharp, de la Universidad Estatal de Arizona, escribe: “Nuevas investigaciones de los efectos del choque en meteoritos y rocas terrestres proporcionarán muchos más ejemplos naturales de minerales del interior profundo de la Tierra o de otros cuerpos planetarios”.