Ciencias mixtas Ciencias mixtas

Los secretos de las ciencias para
los que también son de letras

Entradas etiquetadas como ‘fármacos’

Por qué no comemos el moho, si tiene penicilina (los errores de la quimiofobia)

Cuando al pan le crece moho, lo tiramos. No comemos pan mohoso porque, además de su aspecto francamente nauseabundo, sabemos que puede ser dañino para nosotros. Pero paradójicamente, el moho produce el fármaco más valioso de toda la historia de la medicina, el principal responsable de que vivamos muchos más años que nuestros tatarabuelos y de que nuestros hijos, en la inmensa mayoría de los casos, puedan llegar a adultos.

No, no es ninguno de los remedios de la medicina tradicional china, sino la penicilina; que, por otra parte, el médico nos receta en pastillas fabricadas industrialmente por una compañía farmacéutica, en lugar de prescribirnos que preparemos un bocadillo y esperemos seis meses para comérnoslo.

Pan mohoso. Imagen de Henry Mühlpfordt / Wikipedia.

Pan mohoso. Imagen de Henry Mühlpfordt / Wikipedia.

¿Cómo pueden entenderse todos estos sinsentidos? Es decir, si –como todo el mundo sabe– lo bueno y sano es lo natural, todo lo natural y nada más que lo natural, ¿cómo puede hacernos daño comer un organismo que produce algo tan beneficioso? ¿Deberíamos comernos el pan mohoso en lugar de tirarlo? ¿Penicilina gratis? ¿Y cómo puede ser natural, ya no digamos bueno, algo que se toma en pastillas, si –como todo el mundo sabe– las compañías farmacéuticas y sus sicarios, los médicos, viven de vendernos química para hacernos enfermar y que así consumamos más química?

No, no es una caricatura. En el planeta Tierra del siglo XXI hay infinidad de seres humanos que piensan de este modo. No hay más que encender el televisor en un canal al azar (no importa cuándo, todos estarán en el intermedio) para escuchar, en casi cualquier anuncio de productos de alimentación o incluso de cuidado personal, una invariable coletilla: “sin conservantes”; ignorando que los conservantes no estropean los alimentos ni los hacen tóxicos, sino que al contrario, los preservan en su estado óptimo y aumentan la seguridad alimentaria, por lo que los hacen más sanos. Y por lo que, como también conté aquí, una corriente entre los científicos de la alimentación está comenzando a oponerse a esta tonta moda. Pero cuando tantas marcas se han lanzado en plancha a firmar sus anuncios con la coletilla, es porque saben que mejora sus opciones de venta, lo cual es suficiente evidencia para calcular que el conocimiento informado no es lo más viral hoy en día.

Ayer me ocupé de desmontar el peligroso bulo de que el consumo de ciertas frutas y hortalizas basta para mantenerse a salvo de la gripe, difundido en internet por los (más bien poco, al parecer) responsables de un mercado español. Como ya expliqué, teniendo en cuenta que cada año esta enfermedad causa posiblemente más de medio millón de muertes en todo el mundo, y que se ceba sobre todo en los más débiles, es un problema que permite cero frivolidades; especialmente cuando estas se presentan con el caradurismo de aprovechar el tirón de una campaña de vacunación en la que una legión de profesionales comprometen su esfuerzo en el empeño de salvar vidas.

Evidentemente y aunque no fuera de forma explícita, deliberada o no, lo publicado por el mercado apelaba a la quimiofobia y al pensamiento New Age, a la idea errónea de que existen dos mundos separados, el natural y el químico, e incluso a aquella cumbre del pensamiento plano e intoxicado coronada por esa suma sacerdotisa de las pseudociencias llamada Gwyneth Paltrow: “nada que sea natural puede ser malo para ti”.

Creo que, en todo este batiburrillo de superstición y desinformación, el ejemplo de la penicilina y algún otro son útiles para derramar algo de luz ante los pasos de quien aún esté dispuesto a reconducirse hacia la senda del argumento racional y el conocimiento científico, porque estos casos ilustran perfectamente todos los puntos en los que el pensamiento quimiófobo anda tan desnortado.

Para comenzar, aquello de la gran botica de la madre naturaleza, tan sabia ella, es una idea muy bonita, pero sin ningún fundamento. Eso sí, entronca bastante con la idea del diseño inteligente defendida por los creacionistas bíblicos (concretamente con lo que en el mundo creacionista se conoce como “creación especial”): si la naturaleza hubiera sido creada al servicio del ser humano tal cual es en su forma actual, sería un detalle casi obligado que el responsable de todo ello hubiera provisto entre sus recursos los medios para curarnos de nuestros males.

Al menos, quien siga pensando así en el siglo XXI debería saber que ni siquiera Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII entendía ya la naturaleza de esta manera (era aristotélico, y por tanto creía en una noción primitiva de evolución). Hoy sabemos de sobra que solo somos una parte más de la naturaleza, que no es sabia ni tonta. Solo es química, toda ella. Y en consecuencia, hace lo que hace la química: reaccionar.

Cuando se ponen en contacto unos compuestos químicos con otros, suelen reaccionar. Como la Tierra es un ecosistema cerrado, los nutrientes que necesitamos y otros compuestos que pueden beneficiarnos se encuentran en otros organismos. Pero también otros compuestos que nos matan. Para la naturaleza, la diferencia entre ambos casos es solo una reacción química distinta, como mejorar la fosforilación oxidativa de la mitocondria o detenerla. Incluso una misma sustancia puede beneficiarnos o matarnos dependiendo de la dosis. El mejor ejemplo: el agua. Sí, también se puede morir por beber demasiada agua.

De ello se deduce que realmente no existen plantas medicinales, sino plantas con ciertos compuestos químicos medicinales. Dado que la naturaleza no ha sido diseñada, los compuestos beneficiosos o perjudiciales para nosotros no están organizados en dos equipos distintos de plantas, las buenas y las malas. Lo cual implica que cualquier alimento natural que consumimos habitualmente podría contener también toxinas dañinas para nosotros.

Y de hecho, ocurre. El caso más conocido es la amigdalina, un compuesto presente en miles de plantas pero sobre todo en las pepitas de manzanas y peras, las almendras amargas y los huesos de melocotones, cerezas, ciruelas, albaricoques, nectarinas y otras frutas. Tras su ingestión, o también cuando entra en contacto con las enzimas de la pulpa, la amigdalina se transforma nada menos que en cianuro. Y mientras que las semillas de manzanas y peras son pequeñas, por lo que haría falta comer cientos para notar algún efecto, en cambio unos pocos huesos de fruta pueden ser letales.

Un hueso de melocotón abierto. La amigdalina está en la semilla. Imagen de An.ha / Wikipedia.

Un hueso de melocotón abierto. La amigdalina está en la semilla. Imagen de An.ha / Wikipedia.

Un estudio de 2013 calculó que 30 huesos de albaricoque o 50 almendras amargas son letales para un adulto. Pero el año pasado un británico fue internado de urgencia tras ingerir solo tres huesos de cereza, y un estadounidense siguió el mismo camino tras comprar en una boutique de alimentos naturales una bolsa de semillas secas de albaricoque y comerse unas 40, antes de leer en el dorso que no debían consumirse más de dos o tres al día por riesgo de envenenamiento agudo. Eso sí, el producto estaba etiquetado como superalimento orgánico.

Otra toxina es la solanina, presente en patatas, tomates o berenjenas. Las cantidades que llevan no suelen ser nocivas, pero sí pueden serlo en piezas estropeadas, sobre todo en las patatas que empiezan a volverse verdes. Este es también el motivo por el que conviene cortar los brotes (ojos), ya que son sitios metabólicamente activos donde también se produce la toxina. Aunque el envenenamiento por solanina no suele ser mortal, hay casos documentados de intoxicaciones masivas en colegios por haber aprovechado una partida de patatas del año anterior que debería haberse desechado.

Las patatas podridas contienen solanina. Imagen de pixabay.

Las patatas podridas contienen solanina. Imagen de pixabay.

También puede suceder lo contrario, y es que una especie no comestible contenga un compuesto beneficioso. Así llegamos a la penicilina. Por supuesto que comer pan mohoso no es en absoluto una buena idea, aunque según los expertos los típicos mohos blancos o verdeazulados no son los peores, sino los marrones o negros, que suelen contener toxinas peligrosas. Pero la diferencia entre un moho inofensivo o beneficioso y otro dañino es tan escasa como la que separa al Penicillium camemberti y el Penicillium roqueforti, que los comemos en el queso, del Penicillium chrysogenum (antes notatum), que produce penicilina, y de otras especies que producen micotoxinas como la patulina, típica de los mohos en las manzanas podridas.

Así pues, ¿cómo podemos asegurarnos de quedarnos con lo bueno apartando lo malo? La respuesta: aislando los compuestos que nos interesan de los alimentos naturales. Y así nace la farmacología. Pero después, con el progreso de la ciencia, se encuentra la manera de fabricar muchos de estos compuestos a voluntad y en masa sin necesidad de procesar penosamente inmensas cantidades de productos naturales para después tirar todo lo que sobra. Aún más, se encuentra incluso el modo de mejorar estos compuestos de origen natural para acentuar sus propiedades beneficiosas y reducir sus efectos adversos.

Y así tenemos no ya la penicilina, sino un amplio repertorio de antibióticos para distintos usos. Y tenemos la morfina, originalmente extraída de la adormidera. Y la aspirina, o ácido acetilsalicílico, obtenida mediante una reacción que mejora las propiedades de un compuesto extraído del sauce y empleado como remedio durante milenios. Y el paracetamol, encontrado como un producto del propio cuerpo humano, en la orina de pacientes que habían tomado otro medicamento.

Mohos 'Penicillium commune' (oscuro) y 'Penicillium chrysogenum' (claro). Imagen de Convallaria majalis / Wikipedia.

Mohos ‘Penicillium commune’ (oscuro) y ‘Penicillium chrysogenum’ (claro). Imagen de Convallaria majalis / Wikipedia.

Hoy hemos avanzado un paso más, o muchos pasos más. Conocemos la estructura química de los compuestos y de las moléculas con las que interaccionan en el organismo, y gracias a ello pueden diseñarse nuevos fármacos perfeccionados y optimizados como se diseña un coche de carreras, un mueble de Ikea o un nuevo modelo de smartphone. Y esto es, en definitiva, lo que muchos llaman química; la capacidad del ser humano de mejorar las propiedades de las sustancias naturales.

Pero mientras avanzamos nuevos pasos, lamentablemente al mismo tiempo estamos retrocediendo otros. Como ya conté aquí, la moda del “sin conservantes” ha llevado a muchos fabricantes de alimentos a eliminar los nitratos. Pero como estos compuestos son necesarios para evitar que la bacteria Clostridium botulinum crezca en los alimentos y los consumidores mueran de botulismo, los añaden en forma de jugo de apio, un producto natural que les permite pegar en sus productos la etiqueta “sin conservantes”. Los nitratos son exactamente los mismos; con la diferencia de que la cantidad de nitrato purificado es la necesaria y exacta para evitar la contaminación, mientras que en el zumo de apio es variable, lo que pone en riesgo la seguridad de los alimentos.

Esta es verdaderamente la gran paradoja de la naturaleza. No el moho, la manzana o la patata, sino los seres humanos; una especie que renuncia voluntariamente al progreso que tanto le ha costado conseguir… hasta que la química tiene que acudir al rescate para salvarle la vida.

Mundo insólito: Martin Shkreli denuncia la subida de precio de un medicamento

Quienes de vez en cuando vengan a darse un paseo por este blog recordarán el nombre de Martin Shkreli, personaje del que me he ocupado aquí en varias ocasiones anteriores (episodios de la saga: uno, dos, tres y cuatro).

Les pongo en antecedentes. El estadounidense Martin Shkreli, de 33 años, es un tiburón financiero que se dedica a la especulación en el sector biomédico. Comenzó su carrera creando una compañía de fondos de inversión de alto riesgo con el fin de manipular el mercado farmacéutico. En junio de este año, Shkreli irá a juicio bajo la acusación de haber desfalcado 11 millones de dólares de su farmacéutica Retrophin para pagar a los inversores de sus fondos.

Martin Shkreli. Imagen de YouTube.

Martin Shkreli. Imagen de YouTube.

Después de aquello, Shkreli encontró su vocación en la vida: comprar los derechos de medicamentos minoritarios y disparar sus precios. Para un psicópata, un supervillano o simplemente un ser inhumano sin escrúpulos, es el negocio perfecto: hacer fortuna a costa de los afectados por enfermedades raras, colectivos pequeños que dependen de su medicación para seguir viviendo y que en países como EEUU carecen de toda defensa contra estos abusos.

Shkreli se convirtió en uno de los humanos más aborrecidos del planeta a finales del verano de 2015, cuando trascendió la noticia de que había comprado para su empresa Turing Pharmaceuticals los derechos en EEUU de un fármaco llamado Daraprim, solo para subir su precio en más de un 5.500%. El Daraprim (pirimetamina) es un antiparasitario empleado para tratar la toxoplasmosis, una infección muy extendida entre la población y que suele ser benigna, excepto para fetos en gestación y personas inmunodeprimidas.

El súbito ascenso de Shkreli a la infamia universal y sus posteriores reacciones y declaraciones sirvieron para confirmar que no había ningún atisbo de incertidumbre o confusión sobre la calaña moral de Pharma Bro, como le han llamado por ahí. Pero naturalmente, el caso de este ser inhumano no es el único; otras compañías prosperan gracias a la especulación salvaje con el precio de los medicamentos en países como EEUU, donde no existe una regulación como la que nos protege a los europeos de semejantes tropelías.

Otra muestra de ello acaba de saltar a los medios este fin de semana. Una compañía llamada Mallinckrodt Pharmaceuticals ha llegado a un acuerdo con la Comisión Federal de Comercio de EEUU (FTC), en virtud del cual la empresa pagará 100 millones de dólares para evitar ir a juicio por prácticas monopolísticas.

Mallinckrodt no fue denunciada por comprar un medicamento llamado Acthar Gel contra una rara forma de epilepsia en los bebés y subir su precio desde 40 dólares el vial a 34.000 (sí, treinta y cuatro mil); esta inconcebible barrabasada es legal en EEUU. Pero además Mallinckrodt cometió el error de comprar también el único competidor de su fármaco, llamado Synacthen, para guardarlo en la caja fuerte y tirar la llave, lo que viola las leyes de libre competencia.

Lo curioso del caso es el nombre de quien chivó todo el asunto a la FTC: no fue otro sino Martin Shkreli. ¿Adivinan por qué? Naturalmente: Shkreli quería también comprar el Synachten, pero su oferta no resultó elegida por Novartis, la anterior propietaria del fármaco. Con la resolución del caso, y según el New York Post, Shkreli publicó en su Facebook: “¿Pensáis que lo sabéis todo sobre mí? Yo también he sido un delator contra los precios altos de los fármacos”.

Shkreli dijo también que frente a la maniobra de Mallinckrodt la subida del precio de su Daraprim había sido “modesta”. Y no podía ser de otra manera, porque este es el clásico argumento autojustificativo de quienes se sienten incómodos por el ínfimo residuo de Pepito Grillo que aún sobrevive en un remoto rincón de su mente: otros hacen lo mismo, pero aún peor. Lo hemos visto aquí muchas veces en los casos de corrupción política.

Según el acuerdo con la FTC, Mallinckrodt deberá licenciar el Synachten a un competidor; esperemos que el elegido no sea quien ya suponen. Curiosamente, tal vez haya tenido que llegar otro supervillano como Donald Trump para que podamos asistir a un cambio a mejor: en el discurso populista del nuevo presidente no podía faltar la acusación a las farmacéuticas de “asesinar e irse de rositas”, siguiendo el recurso demagógico de la falacia por sinécdoque. En su primera aparición pública después de la toma de posesión, Trump mostró su intención de regular el mercado farmacéutico en su país, lo que al menos podría traer algo beneficioso de su mandato.

Y por si se lo están preguntando, sí, Shkreli apoyó a Trump, a pesar de que el entonces candidato dijo de él que parecía “un niñato mimado” y que “debería estar avergonzado de sí mismo”. A Shkreli no pareció importarle el comentario. Está claro que el aprendiz quiere seguir los pasos de su Lord Sith: hace unos días hemos sabido que Twitter le ha suspendido la cuenta a Shkreli por acoso sexual a una periodista.

Martin Shkreli, el ser inhumano, será juzgado el año que viene

Hace algo menos de un año, como ya conté aquí, un tipo llamado Martin Shkreli saltó al muro de la infamia por adquirir para su compañía Turing Pharmaceuticals los derechos de un medicamento llamado Daraprim (pirimetamina) que se emplea para tratar la toxoplasmosis, con el fin de multiplicar por 55 su precio en EEUU de la noche a la mañana (de 13,5 dólares la píldora a 750). La barrabasada de Shkreli no afectaba a Europa, ya que aquí los derechos del Daraprim permanecen en manos de la compañía que lo creó, hoy llamada GlaxoSmithKline.

Martin Shkreli. Imagen de Twitter.

Martin Shkreli. Imagen de Twitter.

La maniobra de Shkreli tenía como fin simplemente especular con un medicamento vital para los más débiles: la infección por el Toxoplasma gondii está presente en casi la mitad de la población mundial y es asintomática en personas sanas, pero puede ser letal para los trasplantados, los enfermos de cáncer y los afectados por VIH. La transmisión materno-fetal del toxoplasma es el motivo por el que se recomienda precaución a las mujeres embarazadas en el contacto con los gatos.

Este ser inhumano, que recibió el apodo de Pharma Bro, trató después de justificarse alegando que era un fármaco minoritario, y que quienes realmente necesitaran el medicamento lo recibirían gratis. Naturalmente, la reacción de Shkreli, motivada solo por la ola de indignación que levantó su maniobra, no convenció a nadie. De hecho, después anunció que rectificaría su decisión, cosa que no hizo.

Si el caso del Daraprim habla de sus valores éticos, otras anécdotas sobre él han retratado su personalidad en general. Como conté aquí, Shkreli donó 2.700 dólares a la campaña del demócrata Bernie Sanders para la carrera hacia la Casa Blanca (repito, 2.700 dólares; hablamos de un tipo que gastó dos millones de dólares en comprar la única copia de un álbum de un grupo de rap llamado Wu Tang Clan). Cuando Sanders a su vez destinó esas migajas a instituciones de ayuda a los enfermos de sida y a la comunidad LGBT, Shkreli se puso tan furioso que, según dijo él mismo en Twitter, había pegado un puñetazo a la pared y se había roto la muñeca… pero alguien descubrió que la presunta radiografía de su muñeca no era suya, sino que la había sacado de la web clínica Medscape.

La maniobra de Shkreli no es la primera en este sentido; por desgracia, la práctica de comprar los derechos de medicamentos de patente caducada para elevar sus precios es un negocio rentable al que varias compañías se han apuntado, aunque no de forma tan salvaje y agresiva como Shkreli. El problema de fondo es que esta práctica es legal en EEUU. Y aunque Europa está protegida contra esta especulación brutal, las consecuencias pueden ser gravosas en todo el mundo, ya que estas situaciones favorecen el contrabando, el mercado negro y la falsificación.

En el caso de Shkreli, tampoco es su primera hazaña. Con anterioridad había fundado una compañía de hedge funds del sector farmacéutico en la que fue acusado de tratar de manipular los dictámenes de la agencia de fármacos de EEUU (la FDA) para sus propios intereses. Después de aquello, creó otra farmacéutica, Retrophin, en la que inició su práctica de comprar y subir precios, y de la que fue finalmente despedido por llevarse 11 millones de dólares de la caja para pagar a los inversores de sus fondos.

El pasado enero Shkreli compareció en el Congreso de EEUU, donde se comportó como un crío imbécil, sin responder a las preguntas y riéndose en la cara de sus interrogadores. Uno de ellos, el congresista Elijah Cummings, tuvo que decirle: “esto no es gracioso, hay gente muriendo”.

Por fin, esta semana hemos sabido que Shkreli irá a juicio el 26 de junio de 2017, acusado del fraude de Retrophin. Y también hemos sabido que, al salir del juzgado de Brooklyn después de la vista en la que se fijó la fecha del juicio, Shkreli preguntó: “¿Puedo jugar ya a Pokémon GO?”.

Martin Shkreli, el ser inhumano

En general, el que suscribe no es muy dado a suscribir. Pero hoy no puedo evitar sumarme a la oleada de repulsa que ha provocado en todo el mundo la información publicada por el New York Times sobre Martin Shkreli, un tipo que ha pasado meteóricamente de ser un desconocido para el público en general, en el que me incluyo, a convertirse en un personaje aborrecido por el público en general, en el que también me incluyo.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

El mérito de Shkreli para figurar en el principal diario del planeta Tierra y con ello merecer el desprecio colectivo consiste en dedicarse a la especulación financiera; algo que no sería notoriamente novedoso de no ser porque los bienes con los que especula son fármacos. En esta ocasión, el pasado agosto Shkreli adquirió para su compañía, Turing Pharmaceuticals, los derechos de un medicamento llamado Daraprim (genérico: pirimetamina), empleado para tratar la toxoplasmosis. Seguidamente, Shkreli decidió aumentar el precio del fármaco en más de un 5.500%, de 13,50 dólares la tableta a 750 dólares.

En realidad, la maniobra de Shkreli no resulta sorprendente si se tiene en cuenta el historial previo del personaje. Según informa el NYT, Shkreli destacó anteriormente desde su compañía de hedge funds MSMB Capital cuando fue acusado de manipular los dictámenes de la Agencia de Alimentos y Fármacos de EE. UU. (FDA) en beneficio propio, tratando de bloquear la aprobación de medicamentos a cuyas empresas propietarias le interesaba hundir. Más tarde fundó Retrophin, una farmacéutica en la que inició su práctica de comprar medicamentos olvidados para disparar sus precios. Shkreli fue despedido de esta empresa bajo la acusación de emplear fondos de la compañía para pagar a los inversores de sus hedge funds. Este es su currículum a sus 32 añitos.

El de Shkreli no es un caso aislado, como también señala el NYT, sino que se enmarca en una reciente (y rentable) práctica de varias compañías de adquirir los derechos de medicamentos viejos y de bajo uso para multiplicar sus precios y convertirlos en fármacos de élite. En general suele tratarse de compuestos cuyas patentes ya han expirado, y por tanto existe la posibilidad de disponer de genéricos.

El problema es que la aprobación de un genérico requiere ensayos de comparación con el fármaco original, y tanto Shkreli como otros dedicados a este tipo de especulación aplican un estricto control a la distribución de sus medicamentos para impedir que las compañías de genéricos se hagan con las muestras necesarias. Y por otra parte, si el precio de venta de un fármaco de marca se dispara, los fabricantes de genéricos difícilmente van a encontrar un incentivo para mantener sus precios ajustados a un valor que ya no es el del mercado.

Tras saltar la noticia, Shkreli se ha defendido alegando que se trata de un fármaco de aplicación minoritaria, que incluso con la subida el precio se mantiene por debajo del de otros medicamentos similares, y que los afectados que no pudieran costeárselo lo recibirían gratis. Además, Shkreli afirmó que los beneficios se invertirán en la investigación de tratamientos alternativos contra la toxoplasmosis con menos efectos secundarios. Cabe destacar que Shkreli carece por completo de un historial en el campo de la I+D farmacéutica; su perfil no es el de alguien que crea, sino el de alguien que compra y vende lo que otros han creado.

Obviamente, las alegaciones no se sostienen. En lo que se refiere a la epidemiología de la toxoplasmosis, esta infección es el motivo por el que típicamente se recomienda a las mujeres embarazadas que eviten el contacto con los gatos. El Toxoplasma gondii es un parásito unicelular que en las personas sanas no suele provocar síntomas, pero que puede ser peligroso e incluso letal en pacientes inmunodeprimidos (incluyendo los afectados por VIH, trasplantados y enfermos de cáncer) y en la transmisión materno-fetal.

Quizá lo más curioso es que el toxoplasma es en realidad uno de los parásitos humanos más extendidos del mundo. Una revisión publicada en 2014 en la revista PLOS One estimaba que entre el 30 y el 50% de la población mundial lo posee, en la mayor parte de los casos de forma asintomática. En algunas regiones del planeta la prevalencia es de solo el 1%, pero en otras llega al 100%. Los datos sitúan la prevalencia en España en un 32% entre las mujeres en edad fértil. ¿Hay algún negocio potencialmente más rentable que el de vender algo que podría llegar a necesitar casi la mitad de la humanidad?

Asediado por las críticas, Shkreli –cuya cuenta de Twitter está protegida— ha decidido de momento suspender el aumento de precio, según una entrevista concedida a la cadena NBC en la que aseguró que el precio será “más accesible”, de modo que permita a su compañía obtener “un beneficio muy pequeño”. “Pienso que en la sociedad en la que vivimos hoy es fácil tratar de villanizar a las personas”, añadió Shkreli en un alarde de aleccionamiento moral. El NYT trató de recabar los comentarios de Shkreli, a lo que el especulador respondió en un email: “Creo que nuestra relación se ha terminado”.

Quizá es conveniente subrayar que las maniobras de Shkreli son perfectamente legales. Pero se le podría aplicar lo mismo que a ciertos implicados en delitos de corrupción cuando hacen frente a las cámaras con la siguiente aseveración: “Yo tengo la conciencia muy tranquila”. El error consiste en creer que la conciencia viene de serie en el ser humano, como las orejas. Es evidente que la rectificación de Shkreli obedece simplemente a una estrategia, y no a un arrebato de conciencia. No se puede tener tranquilo algo que sencillamente no se tiene.