Entradas etiquetadas como ‘cine’

Una sonda de la NASA volará a través de la atmósfera del Sol

Sunshine, de Danny Boyle, es una de las películas de ciencia ficción más interesantes que he podido ver en lo que llevamos de siglo. Según parece, sus resultados en taquilla fueron más bien discretos, algo que no me corresponde analizar a mí sino a mis compañeros Carles y Juan Carlos.

Por lo que compete a este blog, puedo decir que Boyle y Alex Garland, autor de la historia, hicieron un trabajo concienzudo basándose en una asesoría científica amplia y experta, con participación de la NASA y del físico británico y estrella mediática Brian Cox, e incluso montando a los actores en vuelos de simulación de microgravedad. Y si no todo en la película es científicamente realista, no se trata de errores, sino de licencias creativas que se tomaron siendo plenamente conscientes de que se estaban apartando de la ciencia rigurosa.

Ilustración de la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Ilustración de la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Sí, hubo científicos que escribieron criticando negativamente la película. A quienes nos dedicamos a esto nos gusta desentrañar cuánto hay de ciencia real y cuánto de vengayá en las películas del género. Pero una cosa es aprovechar estas licencias argumentales como herramienta de divulgación, y otra basarse en ellas para descalificar una película como si se hubiera cometido una especie de afrenta. Toda época ha tenido sus inquisidores.

Toda peli de ciencia ficción encuentra su eficacia sabiendo hasta dónde estirar la ciencia; y si hay que romperla para ir un poco más allá porque la historia lo pide, pues se rompe y no pasa nada: la ciencia no es una religión, y la ficción es ficción porque es ficción. Incluso una joya tan elogiada como 2001: Una odisea del espacio se basa en una idea hoy indefendible por criterios científicos, la existencia de inteligencias extraterrestres casi supremas, ese rollo que en Prometheus llamaban “los ingenieros”. Y qué decir de toda película basada en los viajes en el tiempo.

Para quienes no la hayan visto, les resumo el argumento de Sunshine en una frase y sin spoilers: el Sol se está apagando debido a un accidente natural que en la película no se menciona, pero que sí se explica científicamente en el guión original (para los curiosos, una colisión con una Q-ball), y una nave tripulada debe viajar hasta allí para reactivarlo mediante una megaexplosión nuclear, después del fracaso de una misión anterior que desapareció sin dejar rastro.

El acierto de Sunshine, en mi opinión, está en desarrollar la quiebra psicológica de los personajes amenazados por un monstruo tan poderoso como inusual: el Sol, normalmente un elemento benéfico e imprescindible para la vida. Darle al Sol el papel del malo es un hallazgo comparable al de poner al asesino en el cuerpo de un niño; ignoro a quién se le ocurrió esto por primera vez, pero Chicho Ibáñez Serrador lo hizo magistralmente en Quién puede matar a un niño. Una película que, por cierto, también exploraba sabiamente el terror a pleno sol. En Sunshine los personajes se defienden contra un enemigo que puede liquidarlos o enloquecerlos hasta que se liquiden unos a otros, y al que jamás podrán matar ni vencer.

Comparación a escala del tamaño aparente del Sol desde la Tierra (derecha) y desde la órbita de la Parker Solar Probe (izquierda). Imagen de Wikipedia.

Comparación a escala del tamaño aparente del Sol desde la Tierra (derecha) y desde la órbita de la Parker Solar Probe (izquierda). Imagen de Wikipedia.

Me ha venido el recuerdo de Sunshine con ocasión de una rueda de prensa celebrada esta semana en la que la NASA ha presentado una misión que lanzará en 2018, y que se acercará al Sol como jamás lo ha hecho antes ningún artefacto de fabricación humana. Faltando el elemento humano, la Parker Solar Probe (bautizada en homenaje al astrofísico Eugene Parker, descubridor del viento solar y que, en contra de la costumbre en estos casos, aún vive) enfrentará sus circuitos a los mismos peligros que amenazaban a la tripulación del Icarus II en la película.

Parker se acercará a unos seis millones de kilómetros del Sol. Puede que esto no parezca demasiado si consideramos que nuestra estrella tiene un diámetro de 1,4 millones de kilómetros, pero la cosa cambia si tenemos en cuenta que Mercurio se encuentra a 58 millones de kilómetros del Sol, casi diez veces más lejos de lo que la sonda se aproximará. De hecho, Parker volará atravesando la corona, la parte exterior de la atmósfera solar. El gráfico de la derecha muestra el tamaño aparente del Sol desde la Tierra, comparado con el que verá la sonda.

Trayectoria orbital prevista para la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Trayectoria orbital prevista para la Parker Solar Probe. Imagen de NASA.

Para soportar una temperatura de 1.377 ºC, con una intensidad solar 520 veces superior a la que existe en la Tierra, Parker esconderá sus instrumentos detrás de una sombrilla de 11,5 centímetros de grosor fabricada con carbono reforzado con fibra de carbono, el mismo material que protegía a los shuttles de la NASA durante la reentrada en la atmósfera. Eso sí, energía solar no le faltará.

La misión se lanzará el 31 de julio de 2018, pero durante seis años se dedicará a sobrevolar Venus. Deberemos esperar hasta el 19 de diciembre de 2024 para su primera aproximación al Sol. Parker conseguirá además otro récord, el del objeto de fabricación humana más rápido de la historia: durante su recorrido alrededor del Sol, su velocidad alcanzará los 700.000 km/h.

Star Wars, psicopatología en una galaxia muy, muy lejana

Imagino que hay que tener el sesgo mental de quien dedica la mayor parte de su tiempo a las cosas de la ciencia para apreciar esta paradoja: ¿cómo una saga de películas empeñada en desgranar una tan meticulosa coherencia argumental puede caer al mismo tiempo en una tan monstruosa incoherencia con la realidad?

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Kylo Ren en Star Wars Episodio VII. Imagen de 20th Century Fox.

Ya, ya. Que sí, que todos conocemos el propósito declarado de George Lucas desde el comienzo de la serie en ignorar deliberadamente y por completo las leyes científicas. Pero veámoslo de este modo: no son “las leyes científicas”. Es simplemente la realidad; pero como la del espacio es una realidad que no experimentamos a diario, lo etiquetamos como “las leyes científicas” y lo dejamos aparte, como una preocupación de empollones puntillosos.

Dicho de otro modo: imaginemos que, en una película, una persona cae al vacío desde el piso 65 y queda ilesa, sacudiéndose el polvo de la camisa al levantarse del suelo. No lo admitiríamos ni en una de James Bond. Nadie piensa en leyes científicas, sino en un simple absurdo argumental. Pero lo que está en juego es la gravedad, la misma que en Star Wars sí nos parece lícito saltarse a la torera constantemente sin que nadie se mese los cabellos.

Y sabiendo todo esto, no dejamos de mirar y remirar la ciencia o la anticiencia de la saga, con mucho más de lo segundo que de lo primero. En una entrevista publicada hace unos años por la Agencia Sinc y firmada por Marta Palomo, el escritor, editor y profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya Miquel Barceló ponía como ejemplo la secuencia del Halcón Milenario en el campo de asteroides en El imperio contraataca, que contiene 14 errores científicos en menos de dos minutos.

Como otros periodistas de ciencia, yo también he escrito al menos un par de reportajes sobre la ciencia y anticiencia de Star Wars, aquí y aquí, además de comentar aquí el año pasado, con el estreno de El despertar de la Fuerza, cómo un intento de enredar el guión en una jerigonza científica a propósito de los cascos de los Stormtroopers había salido como tiro por la culata.

Y es que a pesar de todo, Star Wars nos encanta. En contra de lo que podría parecer, no solo la ciencia ficción sesuda y rigurosa inspira a los científicos, sino que también se dejan seducir por el universo de Lucas: en este artículo, la ingeniera de la NASA Holly Griffith contaba cómo fue la figura de la princesa Leia la que inspiró su elección profesional. Los profesores de ciencias, desde la enseñanza secundaria a la universidad, encuentran en sus episodios una manera amena y divulgativa de ilustrar principios científicos.

Pero cuando se habla de la ciencia de Star Wars, siempre se piensa en física e ingeniería. Y sin embargo, no solo físicos e ingenieros han recurrido a la saga en sus publicaciones profesionales. Con el triste adiós a Carrie Fisher y el estreno de la (magnífica, para mi gusto) Rogue One, he reunido esta pequeña lista de cinco estudios o artículos que tiran del material de Star Wars en un contexto más insospechado, el de la psicología y la psiquiatría.

1. Star Wars como mito: ¿una cuarta esperanza? (Psychoanalytic Review, 1987)

En 1987, con la primera trilogía de Star Wars ya completada y sin la segunda aún en el horizonte, los psicólogos Lucia Villela-Minnerly y Richard Markin publicaban un artículo en el que interpretaban la historia de Star Wars como una versión del mito de Edipo.

2. ¿Sufre Anakin Skywalker un trastorno límite de la personalidad? (Psychiatry Research, 2011)

Psiquiatras del Hospital de la Universidad de Toulouse (Francia) defienden que Anakin Skywalker/Darth Vader cumple seis de los nueve criterios de diagnóstico de trastorno límite de la personalidad. “Presenta impulsividad y dificultades para controlar su ira, alternando entre idealización y devaluación (de sus mentores Jedis). Con un miedo permanente a perder a su mujer, hace esfuerzos frenéticos para evitar su abandono y va tan lejos como para traicionar a sus antiguos compañeros Jedis”. Los autores sugieren que este ejemplo puede servir para explicar los síntomas de este trastorno, y que este rasgo de Anakin “puede en parte explicar el éxito comercial de estas películas entre los adolescentes”.

3. La ilusión de la introducción de Star Wars (i-Perception, 2015)

El psicólogo Arthur Shapiro, de la Universidad Americana de Washington (EEUU), ha creado una versión alternativa de la famosa Ilusión de la Torre Inclinada. Esta última, descubierta por investigadores de la Universidad McGill de Canadá y distinguida en 2007 con el premio a la mejor ilusión del año, consiste en que el ojo ve distinta inclinación en dos imágenes idénticas de la Torre de Pisa situadas lado a lado. Shapiro demuestra una ilusión óptica similar con los famosos textos volantes que aparecen al comienzo de todas las películas de Star Wars.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

Ilusión de la Torre Inclinada. Imagen de Kingdom, Yoonessi & Gheorghiu.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

La ilusión de la introducción de Star Wars. Imagen de Shapiro / i-Perception.

4. Psicopatología en una galaxia muy, muy lejana (Academic Psychiatry, 2015, artículos uno y dos)

En diciembre de 2015, los psiquiatras Susan Hatters-Friedman (Universidad de Auckland, Nueva Zelanda) y Ryan Hall (Universidad de Florida Central, EEUU) analizaban en dos artículos consecutivos lo que definían como “un vasto conjunto” de psicopatologías en los personajes de Star Wars, tanto en los buenos como en los malos. En el Lado Oscuro destacaban la presencia de “rasgos de personalidad límite y narcisista, psicopatía, trastorno por estrés postraumático, riesgo de violencia hacia la pareja, fases de desarrollo y, por supuesto, conflictos edípicos”. Pero los héroes también tienen lo suyo: “histrionismo, trastorno obsesivo-compulsivo y rasgos de personalidad dependiente, trastornos psiquiátricos perinatales, esquizofrenia prodrómica, seudodemencia, lesiones del lóbulo frontal, juego patológico e incluso fingimiento de enfermedad”.

5. ¿Puede Kylo Ren redimirse? Nuevas posibles lecciones de Star Wars Episodio VII (Academic Psychiatry, 2016)

Anthony Guerrero (Universidad de Hawái, EEUU) y Maria Jasmin Jamora (Fundación de la Piel y el Cáncer, Manila, Filipinas) se preguntan si en episodios sucesivos habrá posibilidad de redención para el villano Kylo Ren después de matar a su padre Han Solo, tal como Darth Vader logró redimirse en El retorno del Jedi. Los dos expertos reflexionan sobre el caso como ejemplo para psiquiatras y educadores a la hora de afrontar el tratamiento de personas que hayan caído en el Lado Oscuro, sobre todo aquellas que cometen actos de violencia contra su propia familia. Sin embargo, hay un problema: en el artículo, publicado el pasado agosto, los autores sugerían que un factor crucial para la redención de Kylo Ren podía ser su madre. Pero por desgracia, Leia ya no podrá estar presente en el Episodio IX.

Feliz cumpleaños, Roy Batty, víctima de la singularidad biológica

Es imperdonable que hasta ahora se me haya escapado la coincidencia entre el cumpleaños de Roy Batty (Nexus-6) y los de Stephen Hawking, David Bowie, Elvis Presley y Alfred Russell Wallace; teniendo en cuenta, como vínculo personal con esta fecha, que un servidor también cayó sobre el mundo un 8 de enero.

Roy Batty, lágrimas en la lluvia. Imagen de Warner Bros.

Roy Batty, lágrimas en la lluvia. Imagen de Warner Bros.

Todo fan de la que para muchos es la mejor película de Ridley Scott (eufemismo para enmascarar que lo es para mí, tal vez junto con Alien) sabe que el propio Rutger Hauer reescribió el texto que Roy Batty debía recitar en esa secuencia final como himno a su propia muerte. Al hacerlo simplificó un original demasiado pomposo y añadió la frase más conocida e inmortal de aquel discurso, la de las lágrimas en la lluvia. También de su cosecha son las referencias de jerga: ni los Rayos C ni la Puerta de Tannhauser corresponden a ningún concepto físico o astronómico real; y que yo sepa, tampoco el actor holandés ha explicado nunca en qué se inspiró para elegir esos términos (más allá de la ópera de Wagner).

Pero la Puerta de Tannhauser y el monólogo del replicante no solo se han convertido en iconos de la cultura pop repetidos después en otras películas, cómics y videojuegos. Los propios científicos, a menudo criados a los pechos de la ficción, han rendido sus propios homenajes personales. Curiosamente, la prédica de Batty aparece en un par de centenares de estudios académicos y tesis doctorales; en muchos casos como simple cita de inspiración.

Pocos discutirían que Blade Runner reúne una amplia gama de argumentos para configurar una obra maestra extrañamente abierta, viva y palpitante; no hay muchos casos más en los que se hayan presentado tantas versiones alternativas y se haya debatido tanto sobre el significado de algunos de sus argumentos, hasta tal punto que incluso la identidad del principal personaje –Rick Deckard– está en entredicho; y esto es especialmente relevante porque determina hasta qué punto el héroe acaba villanizado en la misma medida en la que el villano resulta finalmente heroico.

Pero dado que este es un blog de ciencia, desde el punto de vista científico se podría decir que Blade Runner forma parte de un motivo argumental en el que Scott ha dado lo mejor de su carrera, no siempre regular. Suele decirse que la reflexión sobre la inteligencia artificial forma un hilo conductor en parte de la filmografía de Scott, incluyendo Blade Runner, Alien o Prometheus. Pero desde el punto de vista de un biólogo, esta cuestión tendría un enfoque alternativo: no es la inteligencia artificial; es la inteligencia que surge de forma natural como consecuencia del desarrollo de la biología sintética y la biónica.

Tanto en Blade Runner como en Alien y Prometheus se ha alcanzado el nivel tecnológico necesario para crear seres vivos sintéticos que no son robots, dado que tienen al menos una parte esencial biológica o biónica. De hecho, en Blade Runner son tan indistinguibles de los humanos reales que se requiere un dispositivo de análisis psico-fisiológico llamado Voight-Kampff para descubrir su verdadera naturaleza.

En biología estamos aún muy lejos de alcanzar semejantes cotas de desarrollo, pero podríamos adivinar que existen dos líneas de investigación destinadas a confluir en un punto intermedio. Por un lado, la biología sintética trata de construir seres elementales a partir de los bloques fundamentales de la vida, tales como macromoléculas u orgánulos. Una vez conseguida la célula, el siguiente hito sería el tejido, después el órgano, el sistema y el ser completo. Esta sería una línea de progreso de abajo arriba, que busca construir la complejidad desde lo simple. Pero en el extremo contrario existe otra dirección de arriba abajo que pretende reemplazar nuestra biología original por componentes biónicos o biológicos sintéticos; es decir, órganos o miembros creados por procedimientos artificiales, ya sea a partir de componentes vivos, de materia inerte o de una mezcla de ambos.

Los futuristas como Ray Kurzweil teorizan sobre el concepto de singularidad tecnológica, un posible momento futuro en el que la inteligencia artificial escapará a nuestro control al ser capaz de crear un circuito propio y retroalimentado de creación y mejora sin intervención humana. De la misma manera podríamos plantear la posibilidad de una singularidad biológica: sería el momento en el que los enfoques arriba-abajo y abajo-arriba de la biología sintética llegarían a encontrarse. Es decir, cuando un ser creado artificialmente fuera indistinguible de otro de origen natural profundamente modificado por procedimientos de ingeniería biológica.

Este es, en cierto modo, el dilema que plantea Blade Runner sobre el significado de nuestra humanidad: una vez alcanzada esa singularidad biológica, se borra la frontera entre lo que es realmente un ser humano y lo que no lo es. En una civilización que domina la biología sintética, los Nexus-6 son tan humanos como nosotros; Roy Batty es una víctima, y Deckard es el villano que se aprovecha de esa victimización. La misma situación se ha repetido históricamente cuando se trata de los otros: diferentes razas, procedencias, culturas o capacidades físicas o mentales. No cabe duda de que aún está muy lejano el día en que llegue esta singularidad biológica. Pero no está mal que vayamos pensando en ello.

Les dejo con la secuencia. Y frente a los puristas de las versiones originales, casi la mitad de este homenaje debería ir al gran Constantino Romero.

El verdadero Jurassic World: ¿Chris Pratt pilotando la moto entre pavos?

¿Se imaginan a Chris Pratt cabalgando briosamente en su moto entre un grupo de pavos? ¿O acariciándole el pico a un furioso pavo embozalado? Así serían Jurassic World y el resto de la saga de Parque Jurásico si se ciñeran a la realidad del conocimiento actual sobre los velocirraptores. De acuerdo, no eran pavos, pero sí algo mucho más parecido a ellos que a los monstruos retratados en el cine.

Recreación artística del 'Zhenyuanlong suni'. Imagen de Chuang Zhao.

Recreación artística del ‘Zhenyuanlong suni’. Imagen de Chuang Zhao.

Cuando Michael Crichton escribió la primera novela de Parque Jurásico, allá hacia 1989, tomó como referencia un libro que por entonces era novísimo y actual, Predatory dinosaurs of the world: a complete illustrated guide (1988), de Gregory Scott Paul, investigador independiente e ilustrador de dinosaurios. En su libro, Paul agrupaba la aún confusa familia de los dromeosaurios bajo el género común Velociraptor, descrito en 1924. El autor mencionaba que en Mongolia se había hallado un fósil de tamaño algo mayor que el Velociraptor antirrhopus, una especie conocida desde 1969 que medía más de un metro de altura y casi 3,5 metros de largo, la mayoría correspondiente a la cola.

Al parecer, este nuevo ejemplar mongol pudo ser la inspiración de Crichton para describir sus velocirraptores de casi dos metros. De hecho, en el libro se explicaba que el ámbar del que se clonaban estos animales procedía de Mongolia. Así, en su época el libro era probablemente bastante fiel a la realidad del momento desde el punto de vista paleontológico, al menos en lo que se refiere a los velocirraptores.

El problema se resume en una frase que ya he citado varias veces en este blog, y que pertenece al escritor, biólogo, conservacionista y polisabio Stewart Brand: la ciencia es la única noticia. Aunque la mayor parte del público permanezca ajeno a ello, la ciencia está aportando nuevos hallazgos todos los días, a todas horas. Los descubrimientos científicos son acumulativos, pero también refutativos. Por lo tanto, la ciencia del año que viene no solo será más extensa y profunda que la de este, sino que también habrá tachado parte de lo escrito antes para enmendarlo.

Este es el motivo por el que, por discreción y para no resultar descortés, siempre me aparto de las conversaciones entre padres y madres allá a la que surge la primera queja sobre la compra de libros de texto y sus precios. Quejas que a menudo provienen de alguien que sostiene en la mano su iPhone último modelo de 500 euros o más, y cuyo hijo luce la camiseta del año en curso de su equipo de fútbol a 70 pavos la pieza. Por supuesto que como escritor defiendo la compra legal de libros. Pero es que además, y hablo exclusivamente de lo referente a ciencia, un libro de texto de ciencia nace con vocación de efímero, de obsoleto; en muchos casos, probablemente ya lo está cuando sale de imprenta.

Por citar solo dos ejemplos de las últimas semanas, los libros de texto del año que viene ya no podrán hablar de Plutón como inexplorado, ni podrán dejar de incluir su foto. Y tampoco podrán continuar asegurando, como desde hace décadas, que el cerebro está desconectado del circuito linfático y por tanto del sistema inmunitario general, algo que hasta ahora era un dogma de la biología; un reciente estudio revolucionario ha demostrado que no es así. Los libros de texto de cuando estudié biología, a principios de los 90, son ahora curiosos documentos históricos infestados de errores y vaguedades.

Escala de tamaño del velocirraptor. Imagen de Matt Martyniuk / Wikipedia.

Escala de tamaño del velocirraptor. Imagen de Matt Martyniuk / Wikipedia.

Lo mismo ha sucedido con la paleontología desde que Crichton escribió su primer Parque y Spielberg filmó la primera versión. El Velociraptor antirrhopus, una especie norteamericana, fue reclasificado como Deinonychus antirrhopus, o deinonico. El nuevo fósil de Mongolia fue asignado a una nueva especie, Achillobator giganticus. Y el género Velociraptor quedó restringido a dos especies, V. mongoliensis y V. osmolskae, ambas del tamaño de un pavo, que difícilmente podrían haberle hecho más daño a un ser humano que arrancarle algún dedo.

Sin embargo, los responsables de las últimas entregas de la saga decidieron mantener la denominación de velocirraptores para animales que obviamente no lo son. Actualizar la imagen de estos dinosaurios era impensable, ya que el resultado habría sido ridículo. Y cambiarles el nombre habría supuesto perder el gancho entre el público de lo que ya era toda una marca de la serie, los “raptores”. Así que escudándose en la licencia de la ficción, lo dejaron como estaba, aun a sabiendas de que era incorrecto.

Por otra parte está el asunto de las plumas. Aunque Gregory Paul fue de hecho uno de los paleoartistas pioneros en dibujar a los dinosaurios no aviares con plumas, siguiendo las teorías sobre anatomía comparada que circulaban entre los expertos, hasta la década de 1990 no se encontraron los primeros fósiles bien conservados que demostraron esta hipótesis. Incluso entonces aún se pensaba que el plumaje era tal vez escaso, disperso y primitivo, más similar al pelo que a las plumas de las actuales aves.

Esta idea también ha ido cambiando en años recientes a medida que se han hallado nuevos fósiles. El último aparece publicado hoy en la revista Scientific Reports, del grupo Nature. Se trata de un nuevo dromeosaurio descubierto en la provincia de Liaoning, al noreste de China, por científicos de la Academia China de Ciencias Geológicas y la Universidad de Edimburgo (Reino Unido). La especie ha recibido el nombre de Zhenyuanlong suni, que al parecer significa algo así como “el dragón de Zhenyuan Sun”, en honor a la persona que descubrió el fósil.

El Zhenyuanlong (dejémoslo en zeñualón, si ustedes me lo permiten), que vivió en el Cretácico hace 125 millones de años, era un animal de tamaño parecido al velocirraptor, de metro y medio de largo incluyendo la cola. Lo que lo hace especialmente valioso es que se trata del dinosaurio más grande encontrado hasta ahora que conserva unas alas similares a las de los pájaros, con plumas bien desarrolladas. Sus alas, probablemente demasiado cortas para volar, muestran una estructura muy compleja con varias capas de plumas largas con quilla, como las de las aves actuales.

La mayoría de los dromeosaurios hallados hasta ahora en China eran más pequeños y con miembros delanteros largos y bien emplumados. El más parecido al zeñualón que se conocía, el Tianyuraptor, era de mayor tamaño y brazos cortos, pero sin plumas. Por lo tanto, el zeñualón es una especie de eslabón perdido en el que los científicos se basan para sugerir que las plumas y sus estructuras complejas eran más comunes de lo que hasta ahora se creía en estos dinosaurios, y que podrían encontrarse extendidas por toda su familia.

Y dado que el zeñualón es un pariente próximo del velocirraptor, esta es la conclusión del coautor del estudio Steve Brusatte: “Este nuevo dinosaurio es uno de los primos más cercanos del velocirraptor, pero su aspecto es totalmente el de un pájaro. Es un dinosaurio con enormes alas hechas de plumas con quilla, como un águila o un buitre. Las películas se equivocaron; este es el aspecto que tendría también el velocirraptor”.

La hipótesis de Brusatte no es simple especulación. Tratándose de especies tan relacionadas, la lógica invita a pensar que compartieran rasgos tan básicos. En una ocasión el paleontólogo del Museo de Historia Natural de EE. UU. Mark Norell, uno de los principales descubridores de los dinosaurios emplumados (y quien puso nombre al Achillobator), dijo lo siguiente sobre la posibilidad de que los tiranosaurios, los famosos T. rex, tuvieran también plumas: “Tenemos tantas pruebas de que el T. rex tuviera plumas, al menos durante alguna etapa de su vida, como de que los australopitecos como Lucy tuvieran pelo”.

Así pues, nuestra representación de los dinosaurios va a continuar cambiando, aunque esto rompa la imagen ya mítica de los velocirraptores o de los tiranosaurios. A este último aún no es habitual verlo retratado con plumas, pero su imagen ha cambiado mucho desde aquellas ilustraciones de principios del siglo XX en las que aparecía erguido y apoyándose en su cola. Y a ver qué les parece esta recreación que les dejo aquí, realizada por el ilustrador Matt Martyniuk basándose en un estudio de 2009 de modelación de dinosaurios en 3D. ¿A que no es el tiranosaurio que están acostumbrados a imaginar (y no olviden fijarse en las alitas)?

Recreación del tiranosaurio rex por Matt Martyniuk. Imagen de Wikipedia.

Recreación del tiranosaurio rex por Matt Martyniuk. Imagen de Wikipedia.

‘Jurassic World’, sangre nueva para una ciencia que se renueva

Sé del caso de algún paleontólogo que lloró viendo Parque Jurásico, la primera. Y no de pena, sino de emoción. No me sorprende; la ciencia excita un fuerte componente pasional en muchos de quienes la seguimos y la practicamos (en mi caso, pretérito perfecto), como amamos la música u otros aman el fútbol. Un paleontólogo es un biólogo que llegó tarde, y es natural que algunos arrastren una indisimulada frustración por no llegar jamás a ver, escuchar, sentir y tocar los seres a los que dedican su vida, y de los cuales hasta hace unos años no les quedaba más que polvo y hueso.

Cartel de la película 'Jurassic World'. Imagen de Javier Yanes.

Cartel de la película ‘Jurassic World’. Imagen de Javier Yanes.

Hoy estamos ya tan acostumbrados al CGI, los gráficos digitales, que cada vez es más difícil para los artistas de la imagen conseguir efectos visuales que lleguen a impresionarnos (y añado, tal vez no estaría de más compensar esta saturación con un cierto regreso al barro y la madera). Pero en 1993, cualquier sala de cine que proyectara la primera película de la saga era el paraíso de toda mosca en busca de boca.

Parque Jurásico logró algo que nada ni nadie había logrado hasta entonces, de un modo que nada ni nadie había logrado hasta entonces. Bastaba con colocar allí a unos cuantos actores y con arroparlo todo en una música envolvente para que la película grabara una muesca imborrable en la memoria de todos quienes por entonces la vimos en el cine; y con esa última secuencia de Alan Grant (Sam Neill) contemplando el vuelo de los pelícanos sobre el océano, un plano resumen de condensada e inmensa grandeza evolutiva.

Yo, en mi sola mismidad, soy benevolente a la hora de evaluar el rigor de las películas de sustrato científico que no juegan con la ignorancia de la gente, y que consiguen decorar las paredes de las habitaciones de los niños y llenar los bancos de las facultades; aportan más a la popularización de la ciencia que la mayoría de quienes critican sus posibles inexactitudes y licencias argumentales. Lo cual no quita que sea conveniente hacer notar las pequeñas vacaciones científicas que eventualmente pueda tomarse el guión de una película, pero solo con fines didácticos; nunca para actuar como martillo de herejes.

Por todo lo anterior, no me voy a quedar corto con Jurassic World: esta nueva maravilla insufla nueva sangre de dinosaurio a una saga que tal vez esté agotando el factor sorpresa –y, como el resto del cine de acción de hoy, saturando nuestros receptores de imagen digital–, pero a la que podrían quedarle recursos narrativos para alguna secuela más, a poco que los guionistas continúen asesorándose sobre el enorme desarrollo que la paleontología está alcanzando desde que se abrió a eso tan difícil de pronunciar, la multidisciplinariedad.

En Jurassic World me sorprendió favorablemente que el personaje de Gray (Ty Simpkins), el niño cienciófilo, insinuara la posibilidad de que en el futuro lleguen a secuenciarse fragmentos de material genético extraídos de restos de tejido blando hallados en los fósiles. Los expertos no suelen atreverse a especular algo así, pero estoy seguro de que este objetivo está en la mente de muchos desde que se logró obtener secuencias parciales de proteínas de algunos fósiles de dinosaurios.

Esto último ha sido posible precisamente gracias a esa interdisciplinariedad. Hace unos meses, con motivo de la búsqueda de los restos de Cervantes en Madrid, escribí sobre las diferencias entre este proyecto y el de Ricardo III en Inglaterra. La genetista Gloria González-Fortes, que participó en este último durante su estancia en la Universidad de York, se lamentaba de que en España la interdisciplinariedad no ha llegado a la arqueología en el mismo grado que en otros países. En la paleontología, la biología molecular, la química y la física están aportando nueva vida a una ciencia que no se ha quedado anclada en el martillo y el pincel, sino que hoy utiliza sincrotrones, espectrómetros de masas y modelos bioinformáticos avanzados.

Hace unos días expliqué en otro medio cuánto de lo que proponen Parque Jurásico o Jurassic World sería posible hoy, y es más de lo que muchos pensarían. Pero si la espectrometría de masas ya ha logrado secuenciar parcialmente el colágeno de un dinosaurio, ¿quién se atrevería a poner límites a lo que podríamos llegar a conseguir dentro de unas pocas décadas?

Pasen y vean cómo se aman las tortugas, y a qué dinosaurio doblan en el cine

El apareamiento de dos tortugas es algo que no se ve todos los días. Resumiendo, es tal como cualquiera se imagina, algo así como apoyar un táper boca abajo inclinado sobre otro y esperar que el equilibrio se mantenga. Dado que esto no ocurre, es fácil figurarse el esfuerzo del tortugo, sobre todo cuando la tortuga no deja de caminar. Así que no sabemos si las expresiones vocales del macho son gemidos de placer, gruñidos de disgusto o jadeos de esfuerzo; pero nos basta con comprobar que un animal habitualmente silencioso como la tortuga se convierte en el Barry White de los reptiles a la hora del acto sexual, porque esto es algo también inesperadamente pasmoso. Aquí, el vídeo. Y atención, imprescindible seguirlo hasta el final, que es feliz (al menos para el macho).

Aunque el vídeo de por sí merece un visionado, en realidad no lo traigo hoy aquí por simple diversión o por fetichismo de la pornografía con armadura. Si la banda sonora de este acto amatorio resulta curiosa, no lo es menos que este repertorio vocal (no el de este vídeo, pero sí el de una ocasión similar) se haya utilizado para poner voz a los velocirraptores furiosos de Parque Jurásico.

Aunque en la tercera película de la saga el becario de Alan Grant (Sam Neill) fabrica un molde de una cámara de resonancia de estos animales para imitar sus sonidos, lo cierto es que se trata de otra licencia de la ficción: según los expertos, no tenemos la menor idea de qué ruidos hacían los dinosaurios. Las vocalizaciones de los vertebrados suelen depender en gran medida de tejidos blandos que no dejan huella fósil, por lo que, a falta de un Parque Jurásico real, solo podemos especular.

Esto fue lo que hicieron los técnicos de sonido de la saga. Dado que debían crear numerosos ruidos de dinosaurios de la nada, lo que hicieron fue grabar diferentes sonidos de animales y objetos y después mezclarlos a conveniencia, un trabajo tan convincente e impecable que le valió un óscar a Gary Rydstrom.

Según revela Rydstrom en la web Vulture, los rugidos del tiranosaurio se crearon a partir de su propio perro, un pequeño Jack Russell terrier, y de un bebé elefante. En la secuencia con los velocirraptores persiguiendo a los niños en la cocina, la respiración de los animales corresponde realmente a un caballo, los silbidos se tomaron prestados de los gansos, y la tortuga en plena cópula aparece cuando el dinosaurio comienza a rugir, en el segundo 14 de este vídeo:

En junio, los dinosaurios volverán a las pantallas con Jurassic World. Entonces tendremos ocasión de comprobar qué novedades nos aporta la última recreación de estos dragones reales con los que el ser humano ha fantaseado durante siglos.

“A mi madre, Hedy Lamarr, le decían que tenía que haber nacido chico”

Hedy Lamarr, en la década de 1930. Imagen de Wikipedia.

Hedy Lamarr, en la década de 1930. Imagen de Wikipedia.

Hace hoy una semana, el 9 de noviembre, la actriz Hedy Lamarr cumplía 100 años. Pero ella no pudo estar presente en la celebración de su centésimo aniversario; falleció hace 14 años. De Hedy se dijo que fue la mujer más bella del mundo en la época más rutilante del cine, anterior a Ava Gardner y Marilyn Monroe. Era la pura esencia del glamour, en una constelación donde las estrellas de Hollywood no se fotografiaban haciendo la compra con vaqueros rotos, camisetas horteras y deportivas sucias. Pero si hoy vengo a escribir sobre ella es porque, además, Hedy Lamarr ejerció una actividad extracurricular que la distinguió de la diva al uso: fue la inventora de un sistema de comunicaciones del que derivarían los actuales conceptos de encriptación empleados en el Wi-Fi o el Bluetooth.

El viernes 7 de noviembre, dos días antes de su centenario, la actriz por fin recibió su esperado y merecido homenaje en Viena, su ciudad natal. Ese día su hijo Anthony Loder, que ha batallado durante años por rescatar la memoria de su madre, enterraba la urna con las cenizas de Hedy en una tumba de honor en el cementerio central de la capital austríaca, donde reposan los restos de otras celebridades del país. Con motivo de la ceremonia, el concejal de cultura del Ayuntamiento de Viena, Andreas Mailath-Pokorny, dijo en una nota de prensa: “Hedy Lamarr dejó una carrera interpretativa sin parangón en Hollywood. Pero aún más, también inventó una importante técnica de salto de frecuencias de comunicaciones desarrollada en colaboración, y que entregó gratis en la lucha contra la dictadura nazi”.

A pesar del orgullo con que el Ayuntamiento vienés exhibe la memoria de su figura, el camino para que los restos de la actriz al fin reposaran en su ciudad ha sido largo y tortuoso. Loder, fruto del tercer matrimonio de Hedy con el actor John Loder, llevó en 2000 las cenizas de su madre a Viena con la esperanza de que recibieran el tratamiento que merecían. Con ocasión del rodaje de un documental en 2006, el hijo de la actriz recorrió los lugares por donde pisó su madre y esparció la mitad de las cenizas en un bosque a las afueras de la ciudad. La petición de que el resto fuera enterrado en un memorial estaba cursada, pero el consistorio vienés pedía 10.000 euros por el coste de la lápida, algo que Loder no podía afrontar. Así, durante ocho años las cenizas de Hedy permanecieron arrinconadas, primero en una bolsa de plástico en las oficinas de la productora Mischief y después en poder de un amigo de la familia. Finalmente y con motivo del centenario, el Ayuntamiento cedió y aceptó costear los gastos.

Hedy Lamarr nació en Viena el 9 de noviembre de 1914 como Hedwig Eva Maria Kiesler, hija única de un banquero de Lemberg (Lviv, hoy en Ucrania) y de una pianista de Budapest, ambos judíos pero criados en el catolicismo. “Hedy Lamarr era una persona compleja y complicada”, comenta para Ciencias Mixtas Stephen Michael Shearer, biógrafo de la actriz y autor de Beautiful: The Life of Hedy Lamarr (Thomas Dunne/St. Martin’s Press-Macmillan, 2010). “Al final de la Belle Époque en 1914 y al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Hedy, como era conocida, era una niña encantadora, brillante y terriblemente mimada”, retrata Shearer.

Aquella niña, ya convertida en una bellísima mujer, comenzó su carrera interpretativa en Viena y Berlín a través del empresario y director de teatro y cine Max Reinhardt. Lamarr, por entonces aún Kiesler, pronto ascendería al estrellato, pero de la manera más polémica posible: en 1933 rodó a las órdenes del checo Gustav Machatý la película Ecstasy, en la que se desnudaba por completo. Aunque las tomas revelaban escasos detalles de su anatomía, el carácter abiertamente sexual de la trama dio pie a censuras y condenas, incluida la del Vaticano. Quizá lo más escandaloso para su época fue la secuencia que mostraba el rostro de la actriz durante un orgasmo, un efecto que, según cuenta la leyenda, el director logró clavándole un imperdible en el trasero fuera del encuadre.

Aquel año, Hedy Kiesler se casaba con el primero de una larga lista de maridos, el magnate austríaco del armamento Fritz Mandl, director de la fábrica de municiones Hirtenberger. A pesar de su origen judío, “Mandl fue considerado un ario honorario por los gobiernos fascistas de Europa en potente crecimiento en la década de 1930”, explica Shearer. El motivo de este dudoso honor fue que, antes de la Segunda Guerra Mundial, Mandl contribuyó de manera soslayada a engrosar el arsenal de Hitler y Mussolini. En cuanto a su relación matrimonial con Hedy, Mandl no fue precisamente un marido modelo. Según Shearer, la guapa actriz era para el magnate solo un bonito adorno que le gustaba exhibir, pero que vivía esclavizada bajo su dominio. Para Hedy fueron “años de vida a lo grande, socializando con muchos líderes de estado y oficiales de gobiernos prominentes y peligrosos; por ejemplo, con el dictador italiano Mussolini”, señala el biógrafo.

Hedy escapó de su marido y de su cómoda posición social para emigrar a EEUU y reanudar su carrera en Hollywood. En 1937 firmó un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer. Con su nuevo nombre de Hedy Lamarr y tras divorciarse de Mandl, “de inmediato se convirtió en una gran figura de la Edad Dorada de Hollywood, más por su deslumbrante belleza que por su talento interpretativo”, valora Shearer, para quien la actriz fue “la verdadera estrella emergente de los años 30″. “Su imagen era exótica, romántica, literalmente arrebatadora, y su nombre estaba en labios de todos en 1941, cuando EEUU entró en la Segunda Guerra Mundial”. Con la guerra, y con un compromiso nacido de su amor por su país de adopción y de la preocupación por su familia judía en Europa, Lamarr recorrió EEUU participando en cuestaciones de bonos de guerra. Según Shearer, en un solo día logró atraer 1,6 millones de dólares, más que cualquiera de las demás estrellas de Hollywood que participaron en tales campañas.

Hedy Lamarr y su tercer marido John Loder, en 1946. Imagen de Los Angeles Times / Wikipedia.

Hedy Lamarr y su tercer marido John Loder, en 1946. Imagen de Los Angeles Times / Wikipedia.

Pero Hedy, brillante e inquieta, no se conformaba con el papel de hermoso florero que la vida le había otorgado. La vida social de Hollywood la llevó a coincidir con un vecino llamado George Antheil, pianista y compositor de vanguardia que experimentaba con la mecanización de la música a través de artefactos automáticos, un concepto que había puesto en práctica en su obra Ballet Mécanique. Del encuentro entre Hedy y Antheil surgió la idea de aplicar el sistema de una pianola, que va accionando consecutivamente las teclas para interpretar una melodía, a un dispositivo de comunicaciones que fuera imposible de interceptar. Por entonces, en la Segunda Guerra Mundial, se empleaban torpedos dirigidos por radiocontrol, pero eran fácilmente inutilizados por el enemigo una vez que se descubría la frecuencia de la señal. La idea de Hedy y Antheil fue usar un rollo de papel perforado para que la frecuencia fuera variando entre 88 valores, como las 88 teclas de un piano. La secuencia de los saltos solo la conocería quien tuviera la clave, la melodía, lo que aseguraba el blindaje de la comunicación.

Hedy estaba entusiasmada con la idea. Según cuenta Loder a Ciencias Mixtas por teléfono desde Los Ángeles, “lo único que quería hacer era quedarse en casa e inventar”. El 11 de agosto de 1942, la patente de Antheil y Hedy se publicó en EE. UU. bajo el título Sistema de comunicación secreta. El trabajo de los dos inventores anticiparía los sistemas actuales como el Wi-Fi, que se basan en saltos de frecuencias. “Fue la idea seminal de las comunicaciones modernas”, valora Loder, que curiosamente se gana la vida homenajeando el trabajo de su madre, ya que regenta un negocio de telefonía móvil y redes en Los Ángeles.

Loder apunta que su madre nunca pretendió ganar dinero con su invención, que entregó a la marina estadounidense. “Viajó a Washington y ofreció sus servicios para desarrollar tecnologías para el gobierno, pero no la tomaron en serio, no entendieron la idea”. El hijo de la actriz y su biógrafo coinciden en que Hedy fue víctima de su belleza; por entonces, no era plausible que a la mujer más hermosa del mundo se le concediera la más mínima credibilidad en cuestiones de ciencia e ingeniería. Su importante contribución quedó arrumbada durante 20 años, hasta que la crisis de los misiles de Cuba sirvió como oportunidad para que finalmente encontrara una aplicación práctica.

En los años que siguieron a su patente, Hedy continuaría enfrascada en la invención aprovechando el tiempo que los rodajes le dejaban libre. Algunas de sus ideas fallidas, como un dispensador de pañuelos y una tableta de refresco de cola, fueron respaldadas por el magnate Howard Hughes; tal vez para ganarse sus favores, en opinión de Shearer. Pero después de la guerra, su carrera cinematográfica entró en declive. “La moda de las hermosas seductoras de pelo oscuro empezó a declinar, y el cambio en el papel de la mujer en el hogar y en el trabajo introdujo un nuevo concepto de feminidad”, reflexiona el biógrafo. Tampoco tuvo suerte en su vida personal, por la que desfilaron maridos que, según la propia actriz y en palabras de Shearer, solo querían casarse con Hedy Lamarr para ocupar el lugar en su cama. Entre fracaso y fracaso, su entrada en picado se acentuaba con la adicción a las pastillas, su obsesión por la cirugía estética y los escándalos de acusaciones de hurtos en comercios.

La actriz cayó en el olvido durante años, hasta que un creciente interés por su vida y su obra han rescatado y limpiado su memoria. Además de la completa biografía de Shearer, la vida de Hedy ha sido dibujada por Trina Robbins en Hedy Lamarr and a Secret Communication System, y su labor como inventora ha motivado el libro del ganador del premio Pulitzer Richard Rhodes Hedy’s Folly: The Life and Breakthrough Inventions of Hedy Lamarr. En los países de habla alemana, el 9 de noviembre se celebra el Día del Inventor, y en mayo de 2014 Hedy y Antheil ingresaron en el Inventors Hall of Fame de EE. UU. Loder, su hijo, prepara también un libro sobre la actriz y colabora en la producción de una película biográfica.

Hedy Lamarr falleció en Florida en 2000, tras toda una vida tratando de conciliar lo que los demás veían en ella con lo que ella veía en sí misma. Le tocó vivir en una época en que la belleza era un regalo envenenado para un genio inquieto con cuerpo de mujer. Ella misma ironizó en su cita más famosa: “Cualquier chica puede ser glamurosa. Todo lo que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida”. Su hijo resume el perfil de Hedy en dos palabras: “Era brillante, pero muy atribulada”. Loder, que hoy cuenta ya 70 años, evoca un recuerdo de niñez: “Su madre solía decirle: tú tendrías que haber nacido chico”. Según Shearer, “Hollywood le concedió el lujo del estrellato”. “Ella invirtió en su belleza y su glamour, hizo una carrera de ello, aceptó el juego, pero dijo que fue su maldición”, agrega el biógrafo. “Solo era una chica austríaca brillante pero siempre romántica, que añoraba el romanticismo y la belleza de su país nativo antes de que la Segunda Guerra Mundial lo destrozara”. Hoy, por fin, descansa allí.

Primer, la vuelta al tiempo en 77 minutos

Calificar Primer como película complicada es una broma. Las películas complicadas, como Origen o Memento, quedan reducidas a capítulos de Pocoyó en comparación con el endiablado destrozacerebros parido por el director, productor, guionista, montador, músico y actor –¡ah, y matemático!– Shane Carruth con los 7.000 dólares mejor aprovechados de la historia del cine. Debo advertir que este artículo contiene los llamados spoilers; quien no haya visto la película y planee hacerlo, sin embargo, puede seguir leyendo con toda tranquilidad, porque, en el caso de Primer, hay que verla cómo mínimo un par de veces para entenderla someramente, y eso si después de la primera vez uno tiene la precaución de armarse con explicaciones de la trama y esquemas como los que figuran más abajo.

Para quien no sepa de qué estoy hablando, Primer es un filme indie de presupuesto irrisorio realizado en 2004 por el californiano Shane Carruth (1972), matemático e ingeniero de software antes de dedicarse al cine (y por tanto, otro apóstol para la causa de las ciencias mixtas). La película dejó al jurado del festival de Sundance de 2004 con la boca tan abierta y el cerebro tan frito que no tuvieron otra sino concederle el Gran Premio, uno de los varios que ha pescado esta cinta, calificada por muchos –a los que me sumo– como la mejor ciencia-ficción desde 2001 (la película, no el año). En cuanto a su estructura narrativa, es un puzle audiovisual de mil piezas. El crítico de Esquire Mike D’Angelo escribió de ella: “todo el que ha visto Primer una sola vez y dice haberla entendido es un genio o un mentiroso”.

¿De qué va? Ah, sí. La película narra las vicisitudes de Aaron (el propio Carruth) y Abe (David Sullivan), una pareja de amigos que, como actividad extraescolar de su trabajo en una gran corporación, mantienen un laboratorio de garaje en el que investigan en ingeniería electrónica. Hartos de esta monotonía, deciden emprender un proyecto más ambicioso, construir una máquina que reduce el efecto de la gravedad sobre los objetos. El aparato funciona, pero con un efecto secundario imprevisible: el objeto introducido en la máquina se ve atrapado en un bucle temporal iterativo. Una vez que Aaron y Abe logran ajustar los momentos de encendido y apagado de la máquina en función del bucle temporal, ya está: han inventado el viaje en el tiempo. Después de dudar sobre publicar el hallazgo, deciden mantenerlo en secreto y utilizarlo para invertir en Bolsa conociendo de antemano la evolución de las cotizaciones. La historia se complica cuando ambos comienzan a actuar a espaldas del otro, aparecen nuevas copias de la máquina, y la relación entre ellos se deteriora de manera irremisible. Más o menos, hasta ahí puedo leer.

Desde el punto de vista cinematográfico, la película consigue mesmerizar al espectador por sus elecciones narrativas y estéticas, que se ciñen a un tono aséptico e implacable sin concesiones: la iluminación fluorescente, los colores planos y la sobreexposición confieren a toda la escenografía un inconfundible sabor (o falta de él) a laboratorio, a lo que contribuye la indumentaria de los personajes, siempre ataviados con su uniforme corporativo de camisa blanca y corbata de saldo. En cuanto a la narración, Carruth omite deliberadamente todo guiño al espectador. Los protagonistas se limitan a hablar entre sí como científicos reales que ya han pasado suficientes años de su vida machacándose las neuronas en la Universidad como para tener que molestarse en explicar a la pasmada audiencia de qué diantres están hablando o qué demonios está ocurriendo. Ellos se entienden, y basta. En los escasos 77 minutos de metraje no se pronuncia una sola vez la expresión “viajar en el tiempo” ni ninguna de sus variaciones.

Curiosamente, Carruth ha declarado en alguna entrevista que sus principales intereses eran desvelar cómo muchos hallazgos científicos son fruto de la casualidad (algo que ya he abordado aquí) y cómo la relación de amistad se ve enturbiada por las derivaciones del experimento. Sin embargo, como era de esperar, si Primer se ha convertido en película de culto no se debe a un análisis de tramas psicológicas que el cine ya ha abordado anteriormente siete millones de veces, sino a la suprema calidad de su ficción científica y a lo endemoniadamente enrevesado de su trama.

En cuanto a su ciencia, Primer acierta en primer lugar, anzolando así a científicos y escépticos, al derribar la ley fundamental contra los viajes en el tiempo, algo sobre lo que modestamente he escrito en el pasado antes de saber que Stephen Hawking había dicho lo mismo: el hecho de que nunca hayamos recibido a ningun visitante del futuro es la prueba de que los viajes en el tiempo jamás serán realidad. Incluso, en un alarde juguetón, me permití formular una versión periodística de esta ley, que explica por qué los natalicios de personajes célebres son las únicas noticias de alcance que jamás aparecen en la prensa diaria (el mundo sería diferente si en su día algún periódico hubiese publicado: “Nace Adolf Hitler”). Pero por supuesto, esta ley tiene una salvedad evidente que personalmente me he guardado de revelar en alguna discusión con amigos: esto es así, SALVO QUE…

Salvo, claro está, que exista un momento límite para los viajes hacia atrás en el tiempo, un punto cero hacia antes del cual no sea posible viajar, y que ese punto cero aún no haya llegado. La opción más evidente es que ese punto cero sea el de la construcción y/o activación de la primera máquina capaz de abrir esa ventana temporal. La propuesta no solo es irrebatible con las pruebas actuales, sino que resulta más congruente pensar en el viaje en el tiempo limitado a la presencia de una máquina que imaginar, como en el relato clásico de H. G. Wells y en otros muchos experimentos de ficción, que el aparato es capaz de aparecer en una época en la que no existía previamente.

El segundo acierto de Carruth es proponer que la máquina, o la caja, como se refieren a ella los protagonistas, no es un AVE capaz de viajar a toda velocidad por los raíles del tiempo, sino que simplemente es una especie de jaula de Faraday temporal en cuyo interior, según lo explicado sobre el bucle, el reloj corre a velocidad natural rebotando entre dos momentos. En otras palabras: para retroceder seis horas, es necesario esperar seis horas dentro de la caja. Para facilitar la comprensión del mecanismo, he aquí el diagrama que explica con claridad cristalina el funcionamiento del viaje en el tiempo de la película:

Funcionamiento del viaje temporal en 'Primer'. Tom-B/MJL.

Funcionamiento del viaje temporal en ‘Primer’. Tom-B/MJL.

El esquema deja claro que Carruth no rehúye ese espinoso tabú que otras ficciones sobre travesías temporales evitan, la coexistencia de dos versiones diferentes de la misma persona. De hecho, Primer se lanza de cabeza a ello: cada vez que un personaje se introduce en la caja, surge una iteración de sí mismo y se inaugura una nueva cronología alternativa. Durante la película llegan a convivir hasta siete clones del mismo personaje evolucionando a lo largo de nueve cronologías simultáneas, según el siguiente diagrama elaborado por un fan de la película, se supone que con la ayuda de varias cajas de aspirinas, y en absoluto cristalino, sino inimaginablemente complejo (aquí un enlace a la versión en alta resolución):

Las nueve cronologías alternativas en 'Primer'.

Las nueve cronologías alternativas en ‘Primer’.

Claro que también existe esta otra versión:

primer-timeline-funny-1-620

Así, los personajes se sienten embridados por la obligación de no violar la consistencia de la causalidad, pero son conscientes de que se ha roto la simetría temporal cuando una misma llamada al móvil de Aaron es recibida por dos versiones distintas del personaje en cronologías paralelas. En uno de los escasos detalles técnicos explicados en la película, esto se debe a que el sistema de telefonía móvil detiene su búsqueda una vez que ha encontrado el número solicitado por primera vez. A medida que la lógica temporal se va diluyendo, los personajes llegan a experimentar con múltiples repeticiones de la misma situación, una fiesta en la que irrumpe un hombre armado.

Sin embargo, ninguno de estos sucesos plantea una verdadera paradoja temporal al estilo de “¿qué ocurriría si viajas al pasado y matas a tu abuelo?”, algo clásico en este subgénero. De hecho, las paradojas en Primer quedan soslayadas y, si existen, solo sugeridas. Dobles de Aaron y Abe llegan a secuestrar a versiones previas de sí mismos de las cuales depende su propia existencia, pero en ningún momento se explicita que esto les impida acudir a su cita con las cajas en el momento debido (si bien es cierto que estas versiones previas podrían elegir no propiciar la creación de dobles que les han agredido). La paradoja más fuertemente insinuada afecta a un tercer personaje llamado Granger, el único que viaja en el tiempo además de Abe y Aaron, y a cuyo doble los dos protagonistas encuentran en estado comatoso, presumiblemente por haber abandonado la máquina de forma prematura. Sin embargo, no se explica cómo ni por qué Granger ha conocido la existencia de las cajas y las ha empleado. Dado que Aaron y Abe pretendían solicitar el patrocinio financiero de este personaje, se puede deducir que en algún momento futuro le informarían de todo ello, pero esto no llega a suceder, tal vez porque el accidente sufrido por Granger les retrae de involucrarlo, aunque esto se deja plenamente abierto a la interpretación del espectador.

Con todo, sí existe una paradoja nunca abordada en la película, y que afecta al propio mecanismo de funcionamiento de las cajas. Imaginemos que, cuando Abe y Aaron activan las máquinas a las 12 del mediodía y se marchan, nos quedamos a observar cómo sus dobles emergen y abandonan el local. Si entonces abriéramos las cajas, ¿qué encontraríamos? Nada, puesto que los dobles ya no están allí. Si encontráramos a Abe y Aaron en su interior, las máquinas generarían más de un doble por viaje, lo que no es posible (tantos como veces abriéramos la caja y expulsáramos a su ocupante). Y sin embargo, cuando a las 6 de la tarde Abe y Aaron se introducen en las máquinas y recorren el tiempo a la inversa, se supone que ambos permanecen dentro de las cajas durante las seis horas de regreso hasta el mediodía. De hecho, en la película se afirma que las cajas son de un solo uso para una franja temporal concreta, ya que durante ese viaje están ocupadas. Siendo así, la paradoja consiste en que, si abrimos una caja en cualquier momento entre el mediodía y las 6 de la tarde, el personaje debe estar dentro, pero al mismo tiempo no estará. ¿Les suena? Por si los atractivos de la película no bastaran, Carruth ha logrado además, ignoro si de forma deliberada o casual, una maravillosa paradoja con reminiscencias del gato de Schrödinger y que recuerda poderosamente a una interpretación minoritaria de la mecánica cuántica llamada Formalismo de Vector de Dos Estados. En la que, si acaso, ya entraremos otro día.

En resumen: aunque se pierdan, no se la pierdan.

(Nota: Primer no aborda la otra modalidad de viaje en el tiempo, hacia delante. Este caso no resulta tan intrigante desde el punto de vista teórico quizá por ser más factible, por el conocido principio relativístico según el cual el tiempo discurre más lentamente dentro de una nave que se desplaza a gran velocidad. Un ejemplo brillante de ello fue la versión clásica de El planeta de los simios (1968). Por lo demás, si obviamos el efecto del envejecimiento y entendemos el viaje en el tiempo hacia delante como la superación de un período temporal determinado en condiciones que reduzcan la percepción de su duración para el sujeto, lo cierto es que esto podemos hacerlo hasta dormidos.)