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Los secretos de las ciencias para
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Por qué no comemos el moho, si tiene penicilina (los errores de la quimiofobia)

Cuando al pan le crece moho, lo tiramos. No comemos pan mohoso porque, además de su aspecto francamente nauseabundo, sabemos que puede ser dañino para nosotros. Pero paradójicamente, el moho produce el fármaco más valioso de toda la historia de la medicina, el principal responsable de que vivamos muchos más años que nuestros tatarabuelos y de que nuestros hijos, en la inmensa mayoría de los casos, puedan llegar a adultos.

No, no es ninguno de los remedios de la medicina tradicional china, sino la penicilina; que, por otra parte, el médico nos receta en pastillas fabricadas industrialmente por una compañía farmacéutica, en lugar de prescribirnos que preparemos un bocadillo y esperemos seis meses para comérnoslo.

Pan mohoso. Imagen de Henry Mühlpfordt / Wikipedia.

Pan mohoso. Imagen de Henry Mühlpfordt / Wikipedia.

¿Cómo pueden entenderse todos estos sinsentidos? Es decir, si –como todo el mundo sabe– lo bueno y sano es lo natural, todo lo natural y nada más que lo natural, ¿cómo puede hacernos daño comer un organismo que produce algo tan beneficioso? ¿Deberíamos comernos el pan mohoso en lugar de tirarlo? ¿Penicilina gratis? ¿Y cómo puede ser natural, ya no digamos bueno, algo que se toma en pastillas, si –como todo el mundo sabe– las compañías farmacéuticas y sus sicarios, los médicos, viven de vendernos química para hacernos enfermar y que así consumamos más química?

No, no es una caricatura. En el planeta Tierra del siglo XXI hay infinidad de seres humanos que piensan de este modo. No hay más que encender el televisor en un canal al azar (no importa cuándo, todos estarán en el intermedio) para escuchar, en casi cualquier anuncio de productos de alimentación o incluso de cuidado personal, una invariable coletilla: “sin conservantes”; ignorando que los conservantes no estropean los alimentos ni los hacen tóxicos, sino que al contrario, los preservan en su estado óptimo y aumentan la seguridad alimentaria, por lo que los hacen más sanos. Y por lo que, como también conté aquí, una corriente entre los científicos de la alimentación está comenzando a oponerse a esta tonta moda. Pero cuando tantas marcas se han lanzado en plancha a firmar sus anuncios con la coletilla, es porque saben que mejora sus opciones de venta, lo cual es suficiente evidencia para calcular que el conocimiento informado no es lo más viral hoy en día.

Ayer me ocupé de desmontar el peligroso bulo de que el consumo de ciertas frutas y hortalizas basta para mantenerse a salvo de la gripe, difundido en internet por los (más bien poco, al parecer) responsables de un mercado español. Como ya expliqué, teniendo en cuenta que cada año esta enfermedad causa posiblemente más de medio millón de muertes en todo el mundo, y que se ceba sobre todo en los más débiles, es un problema que permite cero frivolidades; especialmente cuando estas se presentan con el caradurismo de aprovechar el tirón de una campaña de vacunación en la que una legión de profesionales comprometen su esfuerzo en el empeño de salvar vidas.

Evidentemente y aunque no fuera de forma explícita, deliberada o no, lo publicado por el mercado apelaba a la quimiofobia y al pensamiento New Age, a la idea errónea de que existen dos mundos separados, el natural y el químico, e incluso a aquella cumbre del pensamiento plano e intoxicado coronada por esa suma sacerdotisa de las pseudociencias llamada Gwyneth Paltrow: “nada que sea natural puede ser malo para ti”.

Creo que, en todo este batiburrillo de superstición y desinformación, el ejemplo de la penicilina y algún otro son útiles para derramar algo de luz ante los pasos de quien aún esté dispuesto a reconducirse hacia la senda del argumento racional y el conocimiento científico, porque estos casos ilustran perfectamente todos los puntos en los que el pensamiento quimiófobo anda tan desnortado.

Para comenzar, aquello de la gran botica de la madre naturaleza, tan sabia ella, es una idea muy bonita, pero sin ningún fundamento. Eso sí, entronca bastante con la idea del diseño inteligente defendida por los creacionistas bíblicos (concretamente con lo que en el mundo creacionista se conoce como “creación especial”): si la naturaleza hubiera sido creada al servicio del ser humano tal cual es en su forma actual, sería un detalle casi obligado que el responsable de todo ello hubiera provisto entre sus recursos los medios para curarnos de nuestros males.

Al menos, quien siga pensando así en el siglo XXI debería saber que ni siquiera Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII entendía ya la naturaleza de esta manera (era aristotélico, y por tanto creía en una noción primitiva de evolución). Hoy sabemos de sobra que solo somos una parte más de la naturaleza, que no es sabia ni tonta. Solo es química, toda ella. Y en consecuencia, hace lo que hace la química: reaccionar.

Cuando se ponen en contacto unos compuestos químicos con otros, suelen reaccionar. Como la Tierra es un ecosistema cerrado, los nutrientes que necesitamos y otros compuestos que pueden beneficiarnos se encuentran en otros organismos. Pero también otros compuestos que nos matan. Para la naturaleza, la diferencia entre ambos casos es solo una reacción química distinta, como mejorar la fosforilación oxidativa de la mitocondria o detenerla. Incluso una misma sustancia puede beneficiarnos o matarnos dependiendo de la dosis. El mejor ejemplo: el agua. Sí, también se puede morir por beber demasiada agua.

De ello se deduce que realmente no existen plantas medicinales, sino plantas con ciertos compuestos químicos medicinales. Dado que la naturaleza no ha sido diseñada, los compuestos beneficiosos o perjudiciales para nosotros no están organizados en dos equipos distintos de plantas, las buenas y las malas. Lo cual implica que cualquier alimento natural que consumimos habitualmente podría contener también toxinas dañinas para nosotros.

Y de hecho, ocurre. El caso más conocido es la amigdalina, un compuesto presente en miles de plantas pero sobre todo en las pepitas de manzanas y peras, las almendras amargas y los huesos de melocotones, cerezas, ciruelas, albaricoques, nectarinas y otras frutas. Tras su ingestión, o también cuando entra en contacto con las enzimas de la pulpa, la amigdalina se transforma nada menos que en cianuro. Y mientras que las semillas de manzanas y peras son pequeñas, por lo que haría falta comer cientos para notar algún efecto, en cambio unos pocos huesos de fruta pueden ser letales.

Un hueso de melocotón abierto. La amigdalina está en la semilla. Imagen de An.ha / Wikipedia.

Un hueso de melocotón abierto. La amigdalina está en la semilla. Imagen de An.ha / Wikipedia.

Un estudio de 2013 calculó que 30 huesos de albaricoque o 50 almendras amargas son letales para un adulto. Pero el año pasado un británico fue internado de urgencia tras ingerir solo tres huesos de cereza, y un estadounidense siguió el mismo camino tras comprar en una boutique de alimentos naturales una bolsa de semillas secas de albaricoque y comerse unas 40, antes de leer en el dorso que no debían consumirse más de dos o tres al día por riesgo de envenenamiento agudo. Eso sí, el producto estaba etiquetado como superalimento orgánico.

Otra toxina es la solanina, presente en patatas, tomates o berenjenas. Las cantidades que llevan no suelen ser nocivas, pero sí pueden serlo en piezas estropeadas, sobre todo en las patatas que empiezan a volverse verdes. Este es también el motivo por el que conviene cortar los brotes (ojos), ya que son sitios metabólicamente activos donde también se produce la toxina. Aunque el envenenamiento por solanina no suele ser mortal, hay casos documentados de intoxicaciones masivas en colegios por haber aprovechado una partida de patatas del año anterior que debería haberse desechado.

Las patatas podridas contienen solanina. Imagen de pixabay.

Las patatas podridas contienen solanina. Imagen de pixabay.

También puede suceder lo contrario, y es que una especie no comestible contenga un compuesto beneficioso. Así llegamos a la penicilina. Por supuesto que comer pan mohoso no es en absoluto una buena idea, aunque según los expertos los típicos mohos blancos o verdeazulados no son los peores, sino los marrones o negros, que suelen contener toxinas peligrosas. Pero la diferencia entre un moho inofensivo o beneficioso y otro dañino es tan escasa como la que separa al Penicillium camemberti y el Penicillium roqueforti, que los comemos en el queso, del Penicillium chrysogenum (antes notatum), que produce penicilina, y de otras especies que producen micotoxinas como la patulina, típica de los mohos en las manzanas podridas.

Así pues, ¿cómo podemos asegurarnos de quedarnos con lo bueno apartando lo malo? La respuesta: aislando los compuestos que nos interesan de los alimentos naturales. Y así nace la farmacología. Pero después, con el progreso de la ciencia, se encuentra la manera de fabricar muchos de estos compuestos a voluntad y en masa sin necesidad de procesar penosamente inmensas cantidades de productos naturales para después tirar todo lo que sobra. Aún más, se encuentra incluso el modo de mejorar estos compuestos de origen natural para acentuar sus propiedades beneficiosas y reducir sus efectos adversos.

Y así tenemos no ya la penicilina, sino un amplio repertorio de antibióticos para distintos usos. Y tenemos la morfina, originalmente extraída de la adormidera. Y la aspirina, o ácido acetilsalicílico, obtenida mediante una reacción que mejora las propiedades de un compuesto extraído del sauce y empleado como remedio durante milenios. Y el paracetamol, encontrado como un producto del propio cuerpo humano, en la orina de pacientes que habían tomado otro medicamento.

Mohos 'Penicillium commune' (oscuro) y 'Penicillium chrysogenum' (claro). Imagen de Convallaria majalis / Wikipedia.

Mohos ‘Penicillium commune’ (oscuro) y ‘Penicillium chrysogenum’ (claro). Imagen de Convallaria majalis / Wikipedia.

Hoy hemos avanzado un paso más, o muchos pasos más. Conocemos la estructura química de los compuestos y de las moléculas con las que interaccionan en el organismo, y gracias a ello pueden diseñarse nuevos fármacos perfeccionados y optimizados como se diseña un coche de carreras, un mueble de Ikea o un nuevo modelo de smartphone. Y esto es, en definitiva, lo que muchos llaman química; la capacidad del ser humano de mejorar las propiedades de las sustancias naturales.

Pero mientras avanzamos nuevos pasos, lamentablemente al mismo tiempo estamos retrocediendo otros. Como ya conté aquí, la moda del “sin conservantes” ha llevado a muchos fabricantes de alimentos a eliminar los nitratos. Pero como estos compuestos son necesarios para evitar que la bacteria Clostridium botulinum crezca en los alimentos y los consumidores mueran de botulismo, los añaden en forma de jugo de apio, un producto natural que les permite pegar en sus productos la etiqueta “sin conservantes”. Los nitratos son exactamente los mismos; con la diferencia de que la cantidad de nitrato purificado es la necesaria y exacta para evitar la contaminación, mientras que en el zumo de apio es variable, lo que pone en riesgo la seguridad de los alimentos.

Esta es verdaderamente la gran paradoja de la naturaleza. No el moho, la manzana o la patata, sino los seres humanos; una especie que renuncia voluntariamente al progreso que tanto le ha costado conseguir… hasta que la química tiene que acudir al rescate para salvarle la vida.

Un mundo sin antibióticos: era el pasado, pero puede ser también el futuro

Ayer les contaba la historia del ruso Andrei Suchilin y la fascitis necrosante, una enfermedad rara pero no insólita: cada año se detectan en el mundo entre 4 y 10 casos por cada millón de habitantes, según las regiones. Si hacen la cuenta a la escala de la población mundial, comprobarán que esto supone decenas de miles de casos. Datos más concretos hablan de hasta 10.000 casos al año en EEUU, un país donde obviamente las condiciones higiénicas y sanitarias son mejores que en muchos otros. Pero lo más preocupante es que no solo esta terrible enfermedad, sino las infecciones bacterianas en general, podrían convertirse en una amenaza aún mayor debido a un fenómeno cada vez más preocupante.

Probablemente les asaltó una pregunta al leer el caso de Suchilin: si se trata de una infección bacteriana, ¿no puede curarse con antibióticos? En teoría, sí. Pero en su caso, el antibiótico oral que le prescribieron en el centro de salud canario al que acudió, y donde subestimaron el alcance de su infección, no pudo nada contra el caos que ya estaba extendido por su cuerpo. El día del viaje en el avión, la vida de Suchilin ya estaba sentenciada.

Según los expertos, la detección temprana de la fascitis necrosante es vital para la curación. El tratamiento urgente incluye extirpar los tejidos muertos y contaminados –lo que en muchos casos requiere amputaciones– y suministrar una mezcla de antibióticos en vena. Pero esto puede no ser suficiente: una revisión de 2015 sobre infecciones en entornos acuáticos encontró que la mayoría de las bacterias marinas son resistentes a muchos de los antibióticos disponibles. Pero el riesgo no solo acecha en el mar: en los últimos años se ha detectado un aumento de los casos de fascitis necrosante causados por una bacteria común de nuestra piel, el estafilococo; no un estafilococo cualquiera, sino uno llamado MRSA, o (en inglés) Staphylococcus aureus resistente al antibiótico meticilina.

Imagen al microscopio electrónico (coloreada) de estafilococos resistentes MRSA. Imagen de CDC / Wikipedia.

Imagen al microscopio electrónico (coloreada) de estafilococos resistentes MRSA. Imagen de CDC / Wikipedia.

El MRSA es una de las llamadas superbacterias, cepas bacterianas resistentes a los antibióticos. La capacidad de las bacterias para escapar a los antibióticos aparece de forma natural durante su evolución a causa de mutaciones aleatorias, pero se convierte en un rasgo predominante por la presión selectiva que ejerce la presencia de los antibióticos.

Un ejemplo de cómo funciona esta presión selectiva: si el mundo se inundara, la mayoría de la población humana moriría. Los humanos no criaríamos branquias, como en aquella de Kevin Costner, pero probablemente los bajau sobrevivirían. Estos nativos del sureste de Asia, llamados los “nómadas del mar”, dedican la mayor parte de su tiempo a la pesca submarina. Un estudio reciente descubría que ciertas adaptaciones genéticas resultan en un bazo más grande, que les proporciona una reserva extra de glóbulos rojos para aguantar la respiración durante tres minutos. Este rasgo, que pudo surgir por mutaciones aleatorias, se ha extendido entre los bajau debido a su modo de vida, pero es minoritario en la población humana en general. En un mundo inundado, la supervivencia de los bajau llevaría a que en unas pocas generaciones ellos fueran la población humana mayoritaria.

En el caso de las bacterias, el mar es el antibiótico; es el factor de presión que lleva al predominio de esas poblaciones resistentes. Esta presión comienza probablemente en la propia naturaleza: muchos antibióticos son de origen natural, y de hecho se han encontrado bacterias resistentes en poblaciones que nunca han tenido contacto con entornos humanos ni ambientes contaminados por nuestros productos.

Pero obviamente, la mayor parte de este efecto se debe a nuestro uso indiscriminado de los antibióticos: se prescriben sin medida, se venden sin prescripción en muchos países, se guardan y reutilizan, se tiran a la basura, y tradicionalmente se han despachado a los animales de granja como si fueran caramelos. Todo este inmenso caudal de antibióticos se vierte a las aguas, se infiltra en el suelo y se deposita en los vegetales que comemos, seleccionando bacterias resistentes en el suelo, en el agua, en los animales y en nuestros propios cuerpos.

Las bacterias resistentes pueden transmitirse por el contacto físico directo, por la contaminación de superficies y objetos o por el consumo de alimentos contaminados, pero además estos microbios poseen curiosos mecanismos para contagiarse esta resistencia entre ellas. Mediante ciertos procesos moleculares, una bacteria de esta población puede fabricar una copia del gen responsable de esta capacidad y pasarlo a otra bacteria de la misma especie o de otra distinta. Así, a menudo ocurre que el uso de los antibióticos selecciona bacterias resistentes de nuestra flora microbiana que de por sí no son peligrosas, pero que si entran en contacto con otras que sí lo son pueden convertirlas en superbacterias.

Las consecuencias de todo este panorama no son hipotéticas, sino muy reales: hoy se calcula que cada año fallecen en el mundo unas 700.000 personas por infecciones bacterianas que no remiten con ningún antibiótico disponible. Pero las previsiones son del todo alarmantes: los expertos calculan que hacia mediados de siglo la cifra podría ascender a unos 10 millones de muertes anuales. La Organización Mundial de la Salud alerta de que el peligro de las superbacterias no es una predicción apocalíptica, sino que hoy ya representa “una de las mayores amenazas a la salud global, la seguridad alimentaria y el desarrollo”.

Algunos expertos incluso llegan a insinuar que ya vivimos en una era post-antibióticos. Ante este escenario, hoy todas las autoridades sanitarias y las instituciones médicas con competencias en el asunto están inmersas en campañas para controlar el abuso de los antibióticos y su vertido al medio ambiente, además de restringir el uso de los más especializados solo para los casos en que falle todo lo demás.

Resistencia a antibióticos: a la izquierda, las bacterias no crecen alrededor de los discos de papel que contienen los fármacos. A la derecha, las bacterias resisten la acción de varios antibióticos. Imagen de Dr Graham Beards / Wikipedia.

Resistencia a antibióticos: a la izquierda, las bacterias no crecen alrededor de los discos de papel que contienen los fármacos. A la derecha, las bacterias resisten la acción de varios antibióticos. Imagen de Dr Graham Beards / Wikipedia.

Pero evidentemente, una gran parte de esta responsabilidad está en nuestras propias manos. Algunas medidas son obvias, como evitar la automedicación y utilizar los antibióticos solo bajo prescripción. Hay que repetirlo una y mil veces: muchas enfermedades contagiosas –como la gripe y los catarros– no están causadas por bacterias sino por virus, y contra estos los antibióticos tienen la misma utilidad que un plumero en un tiroteo.

En cambio, otras medidas no son tan obvias. Por ejemplo, la rápida acción de los antibióticos lleva a muchas personas a suspender el tratamiento antes de tiempo, cuando ya se encuentran bien. Grave error: este golpe débil a las bacterias ayuda a que proliferen aquellas que son moderadamente resistentes. Lo mismo ocurre cuando se guardan los antibióticos y se consumen ya caducados: en este caso la dosis que se toma es insuficiente, lo que produce el mismo efecto que un tratamiento incompleto. El sobrante no debe conservarse, sino llevarse a un punto de recogida de medicamentos.

Hoy lo hemos olvidado, pero antes de la penicilina infinidad de mujeres morían después de dar a luz por infecciones contraídas durante el parto. Fallecían más pacientes por infecciones postoperatorias que por la propia cirugía o la enfermedad que la motivaba. Cualquier ingreso en un hospital era como un cara o cruz contra la posibilidad de contraer alguna bacteria letal. Cualquier herida grave en una pierna o en un brazo era casi el preludio seguro de una gangrena y una amputación. Los niños morían de escarlatina, una enfermedad que hoy sigue presente pero que ya no preocupa; y que, por cierto, está causada por el mismo estreptococo responsable de muchos casos de fascitis necrosante.

Y por supuesto, está la fascitis necrosante. Esta temible pesadilla puede convertirse en algo mucho más frecuente si los antibióticos de primera línea no logran contener lo que comienza como una infección leve. De hecho, algunos estudios revelan que los casos se han disparado en las últimas décadas, aunque aún no está claro si se debe más a un aumento de las resistencias bacterianas o a que ahora se diagnostican más casos que antes pasaban inadvertidos. Pero depende de todos evitar que volvamos al pasado: si hoy asustan enfermedades como el cáncer o el alzhéimer, la perspectiva de vivir en un mundo sin antibióticos es infinitamente más aterradora.

El autismo, ¿una insospechada conexión entre el intestino y el cerebro?

La semana pasada comentaba aquí un campo científico emergente que está ganando momento y sentando un nuevo paradigma: la capacidad de la microbiota intestinal humana, las bacterias que viven en nuestras tripas, para influir sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. El puente que establece este eje intestino-cerebro aún necesita de mucha investigación para ofrecernos una imagen nítida, pero lo más plausible es que se trate de mecanismos neuroendocrinos.

Bacterias intestinales (E. coli) ampliadas 10.000 veces. Imagen de microscopía electrónica de USDA / Wikipedia.

Bacterias intestinales (E. coli) ampliadas 10.000 veces. Imagen de microscopía electrónica de USDA / Wikipedia.

Entre los desórdenes neurológicos que podrían esconder una relación insospechada con las bacterias intestinales, los expertos han propuesto la depresión, la ansiedad, el dolor crónico y los trastornos del espectro autista. En este último caso, ciertos experimentos han encontrado vínculos causales demostrados que apoyan la credibilidad de otros estudios epidemiológicos. Como insisto siempre, la asociación estadística de datos puede conducirnos a desastrosos errores si las correlaciones no vienen con unos buenos cimientos experimentales, como está sucediendo últimamente con recomendaciones dietéticas que se tambalean cuando las pruebas no las sostienen.

Ahora, un nuevo estudio aporta un cable más a este puente que parece tenderse entre el autismo y la microbiota. Pero no es un estudio muy al uso, como tampoco su autor es un científico al uso. John Rodakis estudió biología molecular, una formación que unió a su MBA en la Escuela de Negocios de Harvard para dedicarse a la inversión de capital riesgo en empresas tecnológicas y biomédicas, un terreno en el que parece moverse con enorme éxito. Hay otro dato fundamental en su biografía: Rodakis es padre de un niño con autismo.

Como otros padres en parecida situación económica y personal, Rodakis ha emprendido un mecenazgo para dedicar una parte de su fortuna a la investigación sobre el trastorno que afecta a su hijo. Pero con una diferencia que claramente denota su formación científica: en lugar de sumar su esfuerzo a la corriente, como suele ser habitual, su fundación N Of One “se centra en la investigación emergente sobre el autismo que no está recibiendo financiación adecuada en relación a su mérito científico, en especial la investigación que trata las observaciones de padres y médicos como pistas potenciales sobre cómo funciona el autismo”, en palabras de la propia institución.

Salvando casos particulares que incluso han merecido llevarse al cine (El aceite de la vida o Medidas extraordinarias), el mecenazgo en la investigación –de mayor tradición anglosajona– no suele fijarse en enfoques científicos alternativos, sino que habitualmente favorece a los investigadores líderes que representan el llamado mainstream (o corriente principal), o bien atiende sectores desasistidos por su impacto minoritario en la población general –como el de las enfermedades raras– pero sin abrir necesariamente abordajes nuevos. Como biólogo de formación, Rodakis tiene probablemente el criterio para apreciar que la posible conexión intestino-cerebro no es un fenómeno paranormal, sino que tiene un fundamento científico. Pero no es esta la única razón por la que está tanto preparado para evaluar este enfoque como interesado en financiarlo. Además, es su propia experiencia personal la que le guía.

Todo comenzó el día de Acción de Gracias de 2012, una festividad tradicional en EE. UU. Rodakis visitaba a unos parientes con su mujer y sus hijos cuando advirtió que los dos niños habían contraído amigdalitis, las típicas anginas. En el centro de urgencias, el médico de guardia les prescribió amoxicilina, un antibiótico comodín. La sorpresa llegó cuando el fármaco no solo curó la infección de los niños, sino que uno de ellos, diagnosticado con autismo moderado a grave, pareció mejorar de sus síntomas con el tratamiento.

“Comenzó a establecer contacto visual, que antes evitaba; su habla, que estaba seriamente retrasada, empezó a mejorar marcadamente; era menos rígido en su insistencia de costumbres y rutinas”, escribe Rodakis en su estudio, publicado en la revista Microbial Ecology in Health and Disease y de libre acceso. El autor añade que el niño se mostraba más activo y que incluso comenzó a montar en un triciclo que sus padres le habían regalado seis meses antes y al que hasta entonces no había prestado atención.

Lazo de la campaña de concienciación sobre el autismo y el asperger. Imagen de Wikipedia.

Lazo de la campaña de concienciación sobre el autismo y el asperger. Imagen de Wikipedia.

Los progresos del niño también sorprendieron a los médicos, que no estaban informados de la circunstancia del antibiótico. Para sistematizar y confrontar los datos, Rodakis utilizó un software con el que registraba y evaluaba 20 parámetros del autismo. “Confío en que las mejoras que vimos eran reales, significativas y sin precedentes”, resume. “Animaría a cualquier padre/madre que crea que está observando un fenómeno similar a que tome notas detalladas y cuidadosas y a que obtenga tanta documentación en vídeo como le sea posible, porque esa información puede ser útil en el futuro”, añade.

A continuación, Rodakis investigó si había más casos descritos como el suyo, y descubrió que otros padres compartían sus observaciones (aunque en ciertos casos, por el contrario, los antibióticos parecían agravar los síntomas). Encontró también un único estudio previo, publicado en 2000 a partir de un ensayo realizado en un hospital de Chicago, en el que otro antibiótico –vancomicina– también mejoró los síntomas de autismo. Por último, el autor indagó en el campo emergente de la conexión intestino-cerebro y encontró que otros estudios sugerían una relación entre la microbiota intestinal y algunas condiciones cognitivas y funcionales del cerebro, entre ellas el autismo.

Con todo ello Rodakis, que como inversor profesional parece ser un tipo de soluciones concretas, tomó varias medidas. Primera, crear su fundación N of One, una expresión empleada en inglés para designar un ensayo clínico con un solo paciente. Segunda, reunir un equipo científico multidisciplinar para investigar la conexión microbiota-autismo desde distintos enfoques. Tercera, organizar y patrocinar el Primer Simposio Internacional del Microbioma en la Salud y la Enfermedad con Especial Atención al Autismo, que se celebró en junio de 2014 en Arkansas. Y cuarta, reunir las presentaciones del simposio y un artículo relatando su propio caso en un número especial sobre microbioma y autismo de la revista Microbial Ecology in Health and Disease. Se trata de una publicación revisada por pares, aunque minoritaria y con un índice de impacto histórico muy bajo; pero por su planteamiento y desarrollo formal, quizá el artículo de Rodakis no habría encajado en muchas de las revistas más habituales.

Naturalmente, Rodakis admite que aún es pronto para definir el peso real del microbioma en el desarrollo y evolución del autismo, y que este vínculo no será aplicable a todos los casos. Tratándose de un amplio espectro de trastornos, tal vez apuntar a una única causa común sería como intentar hacer lo mismo con el cáncer. Al autismo se le atribuye un componente genético; la última prueba ha llegado también esta semana en la revista Nature, en la forma de un gen llamado CTNND2 que parece estar involucrado en casos de autismo familiar. Además, los estudios neurológicos han mostrado que existe una huella del autismo en el cableado neuronal, sugiriendo que cualquier tratamiento farmacológico siempre estaría limitado por factores estructurales.

Tampoco Rodakis pretende que los antibióticos sean una opción terapéutica aceptable, ni siquiera para los casos susceptibles. Pero como buen biólogo, sabe que el hecho de comprobar un efecto importa más que el hecho de que el efecto sea favorable o contraproducente: si hay un efecto, es que existe una interacción, y esta siempre puede manipularse para orientarla hacia el resultado deseado. Ahora, argumenta Rodakis, se trata de emplear los antibióticos como herramientas de investigación para ayudar a definir el mecanismo de esa interacción. Y una vez comprendido este mecanismo, si es que existe y si es que llega a comprenderse, tal vez se abra un nuevo campo de batalla en el tratamiento y la prevención del autismo.