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¿Qué dice realmente la ciencia sobre los cierres de fronteras contra la COVID-19?

Uno de los asuntos más discutidos desde el comienzo de la pandemia de COVID-19 es el cierre de las fronteras, lo que incluye también el de los aeropuertos. Parecería intuitivo pensar que, ante la expansión de un virus, una reacción lógica sería aplicar de forma inmediata esta medida, incluso antes que cualquier otra.

De hecho, muchos países reaccionaron así, y ello a pesar de que las actuaciones recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) de acuerdo a su protocolo de declaración de la Emergencia Sanitaria Internacional (PHEIC), el máximo nivel oficial de alerta, desaconsejaban esta medida. Pero como ya he contado aquí, según han subrayado los directores de algunas de las principales revistas médicas del mundo, los gobiernos no han escuchado a la ciencia.

La intuición es un mecanismo mental muy útil en ciertos casos. Podría hablarse de cómo evolutivamente nos sirve para evitar innumerables peligros y blablablá. Pero también nos lleva a errores. Uno de los más evidentes: de ser por la intuición, aún seguiríamos pensando que es el Sol el que gira en torno a la Tierra. Por suerte, los humanos inventamos algo mucho más poderoso que la intuición: la ciencia. La ciencia sirve para cosas como describir la física cuántica, donde todo funciona de forma contraria a la intuición. Por desgracia, creer lo que descubre la ciencia en contra de la intuición es algo que no todos los seres humanos están dispuestos a aceptar.

Y aunque la intuición nos lleve por el camino de creer que cerrar las fronteras es un modo genial de parar una epidemia, después de un año de estudios observacionales (con datos reales) y modelos epidemológicos (herramientas predictivas, apoyadas y mejoradas con las observaciones empíricas), la conclusión es que no es tan genial, y que es mucho menos útil que otras restricciones internas en cada territorio. Por resumir las conclusiones de un reciente reportaje en Nature que repasaba estos estudios, las restricciones de fronteras consiguieron algo al comienzo de la pandemia, pero después han servido de muy poco.

Control de viajeros en Barajas. Imagen de Chema Moya / EFE / 20Minutos.es.

Control de viajeros en Barajas. Imagen de Chema Moya / EFE / 20Minutos.es.

Al comienzo de la pandemia, el 31 de marzo de 2020, un estudio de la Universidad de Yale publicado en PNAS cuestionaba la eficacia de los cierres fronterizos. Después de analizar la dinámica inicial de exportación de los contagios desde su epicentro inicial conocido en China, donde rápidamente se aplicaron cierres, los autores concluían: Nuestros resultados muestran que estas medidas probablemente frenaron el ritmo de exportación desde la China continental a otros países, pero que son insuficientes para contener la expansión global de la COVID-19“.

El motivo: con la transmisión asintomática, que ha sido el gran desencadenante de esta pandemia, cuando se creía que aún era algo restringido a China en realidad el virus ya estaba extendido por el mundo. Y una vez extendido por el mundo, lo único que consigue el cierre de los aeropuertos es retrasar el ascenso del pico de contagios, pero no reducir los contagios.

Así, los investigadores calculan que el 13 de enero de 2020, antes del cierre de Wuhan (23 de enero), cuando aún solo se habían reportado casos en China y Tailandia (publiqué el primer artículo sobre el “nuevo coronavirus chino 2019-nCoV” en este blog el 24 de enero de 2020, cuando había 846 casos confirmados en todo el mundo, 830 de ellos en China, y 26 muertes; por entonces el Medical Research Council de Reino Unido estimaba que los casos reales podían llegar a los 4.000), la probabilidad de que cada día al menos un contagiado hubiera volado ya a otros países sin ser detectado era mayor del 95%, y que para el 15 de febrero ya habían volado al exterior casi 800 contagiados. Los cierres impuestos en China pudieron frenar la exportación de casos en torno a un 80%. En resumen, la conclusión es que, una vez que el virus ha traspasado una frontera, cerrarla ya no logra nada en términos absolutos; solo consigue como máximo un crecimiento más lento, pero no menor, de los contagios.

El estudio temprano de Yale ha mantenido su vigencia a lo largo del tiempo. Porque en efecto, y a pesar de que muchos países reaccionaron cerrando sus fronteras en contra de las recomendaciones de la OMS, estos cierres no lograron evitar que el virus esté presente hoy en todo el mundo. Según el reportaje de Nature, escrito ya con la perspectiva de muchos meses de pandemia y muchos más estudios, “los modelos han mostrado que los cierres estrictos de fronteras podrían haber ayudado a limitar la transmisión del virus en los primeros días de la pandemia. Pero una vez que el virus comenzó a extenderse en otros países, los cierres de fronteras sirvieron de poco“.

El mensaje de este reportaje se basa en gran medida en una revisión, por entonces aún no publicada (hoy ya sí, en BMJ Global Health), que repasaba 29 estudios previos, incluido el de Yale. Y que llegaba a la misma conclusión: “Las medidas relativas a los viajes, especialmente las implantadas en Wuhan, tuvieron un papel clave en la dinámica de la transmisión temprana de la pandemia de COVID-19. Sin embargo, la efectividad de estas medidas fue de corta duración“.

Otro de los estudios incluidos en esta revisión, publicado en The Lancet Public Health en diciembre, calculaba que para el mes de mayo, y sin ninguna reducción del tráfico internacional, en 102 de 136 países algo más de un 10% de los contagios tendría su origen en los viajeros internacionales. Pero para septiembre, y una vez más suponiendo el mismo volumen de viajeros anterior a la pandemia, este porcentaje habría descendido en todos los países, hasta menos del 1% en 21 de ellos. Es decir, una vez que el virus ya ha entrado, la contribución a los contagios de los viajeros que llegan infectados es cada vez menor hasta hacerse prácticamente irrelevante frente a la transmisión interna en el propio país.

En el reportaje de Nature el epidemiólogo Mark Jit, de la London School of Hygiene & Tropical Medicine y director del estudio de The Lancet, concluye que las restricciones de viaje en fases avanzadas de la pandemia no están justificadas por la ciencia, salvo en regiones que están prácticamente libres del virus. El epidemiólogo Steven Hoffman, de la York University de Toronto (Canadá) añade que es muy probable que los cierres de fronteras “estén causando más mal que bien“, ya que los trastornos que provocan a todos los niveles no se justifican por el escaso beneficio que se obtiene.

En resumen y de acuerdo a la ciencia actual –que, como siempre insisto, es la actual, no la última palabra al respecto, pero es la que hoy tenemos–, centrar la discusión en las fronteras y los aeropuertos es una cortina de humo que impide ver las que, también de acuerdo a la ciencia, son las medidas verdaderamente eficaces para contener la pandemia, aquellas que se aplican a nivel local (cerrar los establecimientos no esenciales, sobre todo los de alto riesgo como la hostelería, cerrar los centros de trabajo y educativos, y prohibir las grandes reuniones y los eventos públicos). Y en cuanto a las fronteras y aeropuertos, cierres no, controles sí: testado, rastreo de contactos y cuarentena.

Este es un lugar donde es más fácil el contagio, y esta simple medida lo reduciría (y no, no es la mascarilla)

Visto en un telediario: un joven emerge de la sala de llegadas de un aeropuerto, con una mascarilla sobre su nariz y boca. Su novia o esposa corre a su encuentro. El tipo alza su mano, se baja la mascarilla justo por debajo del labio inferior, y se funde en un intercambio de fluidos con la mujer.

Está claro que de poco ha servido que las autoridades sanitarias se desgañiten a gritar que las mascarillas NO GARANTIZAN LA PROTECCIÓN DEL CONTAGIO A QUIEN LAS LLEVA Y QUE SOLO DEBEN LLEVARLAS QUIENES YA ESTÉN CONTAGIADOS PARA PROTEGER A LOS DEMÁS, y que algunos nos hayamos preocupado de explicarlo largo y tendido, con datos y estudios, sin la restricción de los 30 segundos de un informativo de televisión o radio.

Pero quizá, con el tiempo, esta novedad que vivimos ahora termine consolidándose en un nuevo código de etiqueta social, por el cual consideremos ciudadanos informados, responsables y solidarios a aquellos que sufren una enfermedad transmisible por el aire, sea el nuevo coronavirus, la gripe u otra, y llevan una mascarilla para no contagiar a otros, y en cambio consideremos lo contrario a aquellos que no están contagiados pero que llevan una mascarilla que no les garantiza seguridad y que además posiblemente esté privando de esa exigua protección a aquellos para quienes toda precaución es poca, como personas con problemas de salud y personal sanitario.

Que cada uno se retrate: los del “sálvese quien pueda” son siempre los malos de la película. Va por los que han robado cientos o miles de mascarillas en los hospitales: que piensen un momento en los niños de la planta de oncología. Y si les afecta lo más mínimo eso de ser los malos, que las devuelvan.

En el caso del tipo del telediario, si realmente la mascarilla que llevaba hubiera demostrado la razón de su uso, es decir, si el sujeto en cuestión hubiera estado expuesto a un entorno de dispersión del virus y su mascarilla estuviera contaminada en su parte exterior, pensar que puede hacer cruz y raya con el virus para darle un beso en la boca a su mujer con la mascarilla arrugada por debajo de los labios de ambos… en fin, dejémoslo ahí.

Esta es sin duda una de las lecciones que dejará la actual epidemia del coronavirus SARS-CoV2, causante de la enfermedad COVID-19: cuáles son los mitos, qué medidas son ineficaces. Mientras las alcachofas de los informativos sacaban a relucir la indignación de algunos viajeros porque no les han tomado la temperatura al llegar a un aeropuerto español, la decisión de nuestras autoridades de no aplicar esta medida cosmética, alarmista y de más que dudosa utilidad es digna de aplauso: tenemos la suerte de contar al frente de esta crisis con el epidemiólogo Fernando Simón, un experto de gran talla profesional que se guía por criterios científicos, y no por el cine de catástrofes.

El personal de la estación de ferrocarril de Wuhan controla en los monitores la temperatura de los viajeros. Imagen de China News Service / Wikipedia.

El personal de la estación de ferrocarril de Wuhan controla en los monitores la temperatura de los viajeros. Imagen de China News Service / Wikipedia.

Pero también debería servirnos para aprender qué medidas sí son eficaces. Y del mismo modo que sucesos como el 11-S o el atentado del vuelo 9525 de Germanwings sirvieron para introducir nuevos requisitos de seguridad destinados a evitar casos similares, sería de agradecer que esta epidemia también se tradujera en nuevas medidas largamente necesitadas.

Una de las principales, que no es ninguna novedad, es esta: higiene en aeropuertos y aviones. Estos son algunos de los lugares donde generalmente estamos más expuestos a contraer un contagio.

Antes de la actual crisis, en agosto de 2018, un estudio publicado en la revista BMC Infectious Diseases analizó y encontró la presencia de virus patógenos respiratorios en varias superficies de los aeropuertos: un perro de juguete en un parque de niños, los botones de la terminal de pago de la farmacia, los pasamanos de las escaleras, el cristal del control de pasaportes y las bandejas de los escáneres de rayos en las que ponemos las cosas que llevamos en los bolsillos.

Este fue el resultado: una de cada diez de esas superficies contenía algún virus patógeno, ya fuera gripe A, adenovirus, rinovirus o uno de los cuatro coronavirus humanos ya conocidos entonces, 229E, HKU1, NL63 y OC43. En concreto, la mayor contaminación se encontró en las bandejas de las máquinas de rayos: una de cada dos llevaba algún virus patógeno.

Una bandeja de plástico en el escáner de un aeropuerto. Imagen de Mattes / Wikipedia.

Una bandeja de plástico en el escáner de un aeropuerto. Imagen de Mattes / Wikipedia.

Hay que decir que el estudio analizó una muestra pequeña en un solo aeropuerto, el de Helsinki en Finlandia. Pero no hay motivos para pensar que una muestra mayor y en otras localizaciones, sobre todo aeropuertos con mucho más tráfico, fuera a presentar contaminaciones menores. Tampoco se trata de recomendar que paseemos por los aeropuertos con guantes de látex. Más bien se trataría de que los protocolos de limpieza de los aeropuertos –ojalá me equivoque, pero apostaría a que las bandejas de los rayos no se limpian jamás– trataran todas las superficies de uso de los pasajeros como potenciales fuentes de contaminación vírica y bacteriana y como potenciales propagadores de contagios.

Pero sí hay algo que podemos hacer cada uno de nosotros. Y es algo en lo que también las autoridades sanitarias están insistiendo hasta desgañitarse: EL LAVADO DE MANOS ES LA PRINCIPAL MEDIDA PARA EVITAR EL CONTAGIO.

Para ilustrar hasta qué punto el lavado de manos en los aeropuertos podría contener la expansión de brotes epidémicos, en lugar de tanta parafernalia de mascarillas, cámaras térmicas y termómetros sin contacto, un equipo de investigadores de cuatro países, con participación de la Universidad Politécnica de Madrid, ha creado un modelo matemático de simulación que analiza cómo una adecuada higiene de manos de los usuarios de los aeropuertos contribuiría a contener la expansión de epidemias.

Los resultados, publicados en la revista Risk Analysis, son demoledores: solo con que pudiera aumentarse el nivel de limpieza de las manos de los viajeros del 20% al 30%, los contagios se reducirían en un 24%. Y si este grado de limpieza creciera hasta el 60%, la reducción de los contagios sería del 69%. Incluso si la higiene de manos mejorara solo en los 10 principales aeropuertos del mundo, podría reducirse la expansión de un brote en un 37%.

Claramente, aquí hay un enorme potencial de mejora. Por nuestra parte, la de todos los usuarios, ser más limpios: los autores estiman, basándose en datos previos, que en cualquier momento solo el 20% de las personas presentes en un aeropuerto llevan las manos correctamente lavadas para prevenir contagios. Pero si se trata de exigir algo a nuestras autoridades, no estaría mal que se facilitara el lavado y la desinfección de manos en los aeropuertos colocando más instalaciones destinadas a ello sin necesidad de entrar en los servicios, junto con carteles y otros materiales informativos destacando la importancia de la higiene de manos como medida de salud pública.

Claro que se podría ir aún más allá: en un reciente artículo en The Conversation, dos expertos en salud pública proponen que quizá sería el momento de empezar a pensar en negar el embarque en los aviones a las personas que no estén vacunadas contra ciertas enfermedades transmisibles de posible contagio dentro de un cilindro de metal donde decenas o cientos de personas comparten el mismo aire y los mismos servicios durante horas. Los autores aseguran que, al menos en EEUU, este tipo de regulación no entraría en conflicto con los derechos constitucionales. Lo que parece claro es que tarde o temprano, y ojalá fuera temprano, llegará el momento de empezar a poner en práctica las lecciones aprendidas del coronavirus.