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Ayala, ¿más conocido ahora por las denuncias de acoso sexual que por su ciencia?

El gran científico de origen español Francisco José Ayala ha sido obligado a abandonar su puesto en la Universidad de California, y su nombre ha sido borrado de programas, edificios y becas (es un prominente mecenas de la institución), después de que una minuciosa investigación interna haya considerado fundadas las denuncias de acoso sexual de cuatro colaboradoras suyas.

No vengo aquí a juzgar el comportamiento de Ayala o lo justificado de las denuncias, ya que como es obvio desconozco por completo ambas cuestiones. No voy a unirme a ese frívolo juego tan popular de morder la carnaza sin saber antes a fondo de qué está hecha. Entrevisté a Ayala un par de veces o tres por teléfono hace ya muchos años, y como es lógico me dejó la impresión esperada, la de un brillante pensador cercano y amable, con un gran amor por la ciencia y una notable capacidad divulgadora.

He conocido al Ayala científico, no al Ayala persona. Si bajo esa fachada se escondía alguien que aprovechaba su doble condición de hombre y poderoso para someter a una humillación silenciosa a otras personas por su doble condición de mujeres y subordinadas, merecería el mismo desprecio que cualquier otro tipo con el mismo perfil, ya sea el jefe de un taller de costura o un premio Nobel. Simplemente pensando en lo que yo sentiría si algo semejante le ocurriera a una mujer que amo, puedo aproximarme un poco a lo que sentiría ella, pero sabiendo que lo que sentiría yo solo sería una fracción de lo que sentiría ella.

Francisco J. Ayala. Imagen de Xiao Dai / Wikipedia.

Francisco J. Ayala. Imagen de Xiao Dai / Wikipedia.

Pero si por el contrario, como ha asegurado al diario El Mundo su colaborador Camilo José Cela Conde (hijo del escritor), a Ayala le han acusado por “decirle a una mujer que es guapa y elegante” y por saludar besando en las mejillas (un gesto que, es cierto, en EEUU se considera raro, y totalmente inapropiado en el ámbito profesional), el asunto cambiaría radicalmente.

Esto último no es necesariamente inconcebible. Recuerdo que, durante mis años de tesis doctoral, supe de un compañero que se había marchado a EEUU con un postdoc y que había sido tildado de acosador por una colaboradora por haber colocado en su despacho una estatuilla de la Venus de Milo. Claro, él procedía de un laboratorio cuyo director tenía un condón femenino pegado a la ventana, y que en las cenas de grupo solía contar sus aventuras juveniles en una comuna hippie donde un chico negro le practicó una penetración anal.

Recuerdo haber leído hace unos años un divertido blog de una chica estadounidense (siento no recordar algún dato más concreto para rebuscarlo y poner aquí un enlace) que residía en España y trabajaba como auxiliar de conversación de inglés en un colegio. Comentando las diferencias culturales entre EEUU y España, algo le había llamado enormemente la atención, y es que en las paredes del colegio colgaban, decía ella, imágenes de mujeres desnudas. Eran fotos de cuadros como la maja desnuda de Goya o la Venus del espejo de Velázquez. Decía sentirse incomodada por aquellas imágenes, que en su país jamás estarían expuestas a la vista de los niños.

El propio Ayala ha difundido una declaración en estos términos:

Lamento profundamente que lo que yo siempre he considerado como los buenos modales de un caballero europeo –saludar a las mujeres afectuosamente, con un beso en ambas mejillas, halagarlas sobre su belleza– haya hecho sentir incómodas a colegas a las que respeto. Nunca fue mi intención. No quiero someterlas a ellas, a mi familia o a esta institución a un largo proceso de investigaciones, audiencias, apelaciones y demandas. Tengo mucho respeto por ellas, y mucho trabajo por hacer. Continuaré mi investigación con vigor renovado y agradezco su apoyo a mis colegas de todo el mundo.

Por su parte, en el diario The New York Times la abogada de tres de las denunciantes, Micha Liberty, alegaba que “hay una gran diferencia entre los modales de caballero y el acoso sexual en el trabajo. No estaríamos aquí si estuviéramos hablando de modales y galantería”. Liberty añadía que se trataba de “comentarios inapropiados y otro tipo de conductas”, incluyendo tocamientos no deseados, y que entre algunas personas circulaban comentarios como “no te quedes a solas con él” o “no subas en el ascensor con él”.

En el bando contrario, el diario señalaba que “algunos de los colegas del Dr. Ayala han expresado su consternación ante las alegaciones presentadas contra él”. La astrofísica Virginia Trimble ha declarado: “es un buen ser humano. No sé decirlo de otra manera”. Trimble le ha enviado un email a Ayala con el asunto “no me creo una palabra”. El matemático Donald Saari ha calificado el asunto de “perturbador”. “Contradice todo lo que sé sobre el Dr. Ayala”, ha dicho. En la revista Science la colaboradora de Ayala Kristen Monroe, politóloga de la misma universidad, apunta: “Estoy impactada y sorprendida por los cargos contra el profesor Ayala, ya que nada en nuestra interacción durante más de 20 años ha sugerido que trate a las mujeres de otro modo que con respeto y cortesía”.

Estos son los hechos y tengo poco más que añadir, salvo que si algo parece meridianamente claro es que el caso de Ayala no es ni remotamente cercano al de Harvey Weinstein (el productor de cine que motivó la campaña #MeToo), ni tampoco al de James Watson (más sobre Watson abajo). Mi impresión personal perfectamente opinable es que tal vez un hombre de 84 años no ha sabido adaptarse a un cambio cultural necesario: el de considerar machistas ciertos comportamientos diferenciales hacia hombres y mujeres que en su época de crianza eran de uso común, como entonces también lo eran ciertos comportamientos diferenciales hacia personas con distintos colores de piel.

Pero si traigo hoy el caso de Ayala es porque me interesa destacar dos aspectos relacionados al hilo del asunto. El primero de ellos lo planteo en forma de pregunta: ¿cuántos sabían quién es Francisco J. Ayala antes de este episodio?

Ayala forma parte de una escuela y una generación de biólogos evolutivos que reactualizaron las teorías de Charles Darwin a las nuevas disciplinas, enfoques y herramientas científicas nacidas en el siglo XX, como la genética molecular y la biología de poblaciones. Sus contribuciones han sido muy destacadas en campos como la evolución comparada en humanos y otros primates o la determinación de distancias evolutivas, además de haber investigado también el proceso evolutivo de enfermedades como la malaria. Es uno de los biólogos evolutivos más admirados y prestigiosos del mundo y toda una institución en su campo, exasesor del entonces presidente Bill Clinton y expresidente de la Asociación de EEUU para el Avance de la Ciencia, la primera institución científica del mundo, editora de la revista Science. Si Ayala no tiene un Nobel, es sencillamente porque no existe el Nobel de Biología.

Y a pesar de todo ello, Ayala es probablemente un desconocido para el ciudadano medio español. En este país tan carcomido por los nacionalismos de una y otra bandera, el hecho de que Ayala se nacionalizara estadounidense le ha dejado fuera de una popularidad científica detentada en su lugar por otros (nótese el verbo). Pero Ayala solo hizo lo lógico y natural: emigró de un país pobre en ciencia (entonces más que ahora) a la primera potencia científica del mundo, comprobó lo bien que se investiga allí y lo bien que se vive de investigar allí, y se quedó. A España vienen los futbolistas.

Lo irónico de todo el asunto es que muchos habrán conocido a Ayala no como el gran científico que lleva siendo durante gran parte de sus 84 años, sino como el acosador sexual que parece ser ahora. Desde luego, si realmente lo es, merece que su nombre quede unido indisolublemente a esta mancha. Pero ojalá hubiera sido tan conocido aquí antes, cuando solo era uno de los mejores biólogos evolutivos del mundo.

El segundo aspecto está relacionado con lo anterior, y es que, con independencia de que Ayala sea realmente un acosador sexual o no, tanto en ciencia como en cualquier otro aspecto de la creación humana debemos aprender a separar a la persona de su obra. Tenemos una estúpida tendencia a dar por hecho que el autor de una obra admirable debe ser por fuerza una persona admirable, y en infinidad de casos no es así. Como ejemplos, rescato algo que escribí aquí hace unos meses, con una profusión de enlaces para que quien quiera pueda acudir a las fuentes:

Quien piense que no es posible admirar la creación sin admirar a su creador, debería abstenerse de disfrutar de las obras de los antisemitas Degas, Renoir o T. S. Eliot, los racistas Lovecraft y Patricia Highsmith, el fascista Céline, los pedófilos Gauguin y Flaubert, el machista Picasso, el maltratador y homófobo Norman Mailer, el incestuoso Byron o incluso la madre negligente y cruel Enid Blyton (autora de Los cinco). Y por supuesto, jamás escuchar a Wagner, el antisemita favorito de Hitler. Esto, solo por citar algunos casos; con demasiada frecuencia, una gran obra no esconde detrás a una gran persona.

No pretendo comparar a Ayala con los personajes mencionados, algo que –de acuerdo a lo publicado– sería profundamente injusto incluso desde la postura más extrema. Lo que propugno es que, incluso en los casos demostradamente más deleznables, debemos distinguir al autor de su obra. Puede aprovecharse aquello de valioso, si es que lo hubo, que pudiera haber aportado a la psquiatría infantil el médico nazi Hans Asperger sin necesidad de recordar ni mucho menos homenajear su nombre.

Tal vez el ejemplo científico que mejor ha plasmado este conflicto sea el de James Watson, cuya contribución sí ha sido tan esencial –el descubrimiento de la estructura del ADN– como lamentables han sido sus declaraciones y actitudes racistas y misóginas. Así de acertadamente lo exponía en 2014 el genetista británico Adam Rutherford en el diario The Guardian:

“Nadie quiere admitir que existo”, dice Watson. No es eso. Es más bien que nadie está interesado en sus visiones racistas y sexistas. Watson, junto con Crick, siempre será el descubridor de la doble hélice, a mi juicio la revolución científica del siglo XX. Este es nuestro reto: celebrar la ciencia cuando es grande, y a los científicos cuando lo merecen. Y cuando resultan ser unos fanáticos horribles, seamos honestos también con ello. Resulta que, igual que el ADN, la gente es conflictiva, complicada y a veces llena de errores espantosos.