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Agua en Marte: ¿gran hallazgo o campaña publicitaria?

No pretendo restar importancia a la presencia de agua líquida en Marte. La demostración fehaciente de que en nuestro vecino planetario existe agua líquida de forma estable y constante, y en cantidad suficiente para sostener (y haber sostenido durante largo tiempo) la vida será una noticia de inmenso calado científico. Cuando llegue. Si llega. Porque aún no lo ha hecho.

Marcas negras que representarían presuntas corrientes de salmuera líquida en Marte. La imagen es un modelo digital con falso color, creado a partir de las fotografías de la sonda MRO. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

Marcas negras que representarían presuntas corrientes de salmuera líquida en Marte. La imagen es un modelo digital con falso color, creado a partir de las fotografías de la sonda MRO. Imagen de NASA/JPL/University of Arizona.

El anuncio hecho público ayer por la NASA, presentado al mismo tiempo por un equipo de investigadores en el Congreso Europeo de Ciencias Planetarias y publicado simultáneamente en la revista Nature Geoscience, ha encontrado hueco preeminente en los medios generalistas de todo el mundo. Lo cual es en sí mismo una buena noticia para la ciencia. O lo sería, si la misma tónica se mantuviera para otras informaciones que, como esta, no son esencialmente –y perdónenme el anglicismo– lo que por allí suelen llamar game-changing breakthroughs.

Permitan que me explique. El nuevo hallazgo, tal como ha sido comentado, se resume así:

  • Hay agua en Marte.
  • Esta agua forma corrientes líquidas estacionales.
  • Es la primera confirmación de agua líquida en la superficie del planeta.
  • Estas condiciones hacen a Marte más habitable.

En primer lugar debe subrayarse que la presencia de agua en Marte es un clásico. De hecho, y para el ser humano, podríamos decir que el agua en Marte ha existido para nosotros durante la mayor parte de nuestra historia; durante siglos se asumió que los casquetes polares observables con los telescopios estaban formados por hielo (lo que es parcialmente cierto). Solo tras refutarse la presunta teoría de los canales descrita por el astrónomo Percival Lowell en 1908, y al comprenderse que Marte era un lugar extremadamente gélido y árido, surgió la duda.

Una duda que se resolvió en 1963, hace ya más de medio siglo. Aquel año, tres astrónomos del Jet Propulsion Laboratory y de la Institución Carnegie publicaron en la revista Astrophysical Journal la confirmación de que en Marte existía vapor de agua. Es decir, agua.

Con el paso de los años se fue descubriendo que Marte posee rocas resultantes de la acción del agua y accidentes geográficos debidos a la erosión y sedimentación fluvial. La idea de que en Marte existieron, y aún podrían existir, acuíferos activos, data de los años 70. Por otra parte, la confirmación de la presencia de hielo llegó gradualmente por varias vías, hasta que la sonda Phoenix aportó la demostración definitiva in situ en 2008. Por si faltara algo, Phoenix incluso vio nevar en Marte.

En resumen, el agua en Marte se ha descubierto ya en innumerables ocasiones. Es cierto que la fase en que se halle esta agua no es en absoluto irrelevante para la presencia de vida; pero si hay agua, y a pesar de que las condiciones climáticas y atmosféricas de Marte no son precisamente amables (en aquella débil atmósfera el agua hierve a temperatura muy baja), es razonable pensar que al menos en ciertos lugares, por ejemplo bajo el suelo, y en ciertos emplazamientos y estaciones del año, pueda atravesar en algún momento una fase líquida.

En cuanto al segundo punto, el nuevo anuncio versa sobre un hallazgo que en realidad se produjo en 2011. Aquel año la revista Science publicaba un estudio que descubría, gracias a las imágenes en alta resolución tomadas por la sonda Mars Reconnaisance Orbiter (MRO), la presencia de unas marcas en ciertas pendientes marcianas semejantes a signos de torrenteras, que surgían en las estaciones más templadas y desaparecían en las más frías. Y dentro de la estricta prudencia obligada en los estudios científicos, los investigadores ya sugerían la presencia de salmueras líquidas como causas de estas marcas, prácticamente descartando otras hipótesis.

Naturalmente, hacía falta una demostración. Pero lo que tenemos ahora no lo es; es solo un indicio más. Según escriben los investigadores en su nuevo estudio, sus datos “apoyan fuertemente la hipótesis” de las salmueras líquidas. Analizando los espectros (firmas luminosas de los compuestos químicos de las marcas) en las imágenes tomadas por la MRO, los científicos han descubierto la presencia de sales hidratadas. Es una comprobación indirecta, pero no hay una demostración inequívoca; ya hemos visto el hielo en Marte, pero seguimos sin ver el agua. A diferencia del estudio de 2011, el actual no ha merecido publicarse en revistas de primera fila como Nature o Science, sino en Nature Geoscience; una revista de butaca preferente, pero que no deja de ser de segunda fila.

Por último, está la cuestión relativa a la vida. Los propios investigadores reconocen que el origen del agua asociada a las sales sea posiblemente el vapor atmosférico. Y aunque destacan que este fenómeno de absorción de agua (técnicamente, delicuescencia) presta refugio a ciertos microbios en el desierto chileno de Atacama, reconocen que muy difícilmente este mecanismo sería suficiente para sostener algún tipo de vida en Marte; al fin y al cabo, los microbios de Atacama han llegado hasta allí procedentes de una masa de biodiversidad enormemente extensa, tanto temporal como geográficamente. El de Atacama es uno de los nichos ecológicos más hostiles de la Tierra, y ha sido colonizado por especialización evolutiva a partir de una amplísima fuente de organismos vivos que han ocupado una enorme variedad de hábitats más permisivos. Si las escasas y ocasionales salmueras de Marte son lo más habitable que ha existido allí durante millones de años, y en ausencia de un freático subterráneo extenso y abundante que las alimente, pensar que aquello haya podido sostener comunidades microbianas viables a largo plazo es casi un absurdo biológico. Y plantear otra cosa es sencillamente engatusar.

Dicho todo esto, ¿por qué tanto bombo y platillo? Aunque en cierto telediario de ámbito nacional se ha afirmado hoy que el anuncio de la NASA “ha sorprendido a la comunidad científica”, no es así; la información estaba disponible, embargada, en la web de Nature desde casi una semana antes. Muchos periodistas de ciencia la conocíamos con antelación, juzgando que su nivel de impacto era inferior al del estudio de 2011, que en su momento no copó titulares en la prensa. De hecho, hoy los sorprendidos hemos sido nosotros al comprobar cómo se ha sobredimensionado el alcance de la noticia.

La clave está en la rueda de prensa de la NASA. Fue el anuncio de esta convocatoria, junto con el astuto uso de la palabra “misterio”, el que engordó el interés por una noticia que finalmente pareció decepcionar a los asistentes que abarrotaban el auditorio James Webb en Washington. Tal vez los periodistas presentes esperaban alguna nueva revelación de mayor impacto no incluida en la información embargada.

La pregunta es: ¿por qué la NASA decide organizar semejante convocatoria en una ocasión como esta, para anunciar un simple indicio de apoyo a un descubrimiento realizado hace cuatro años?

La agencia estadounidense posee una poderosa maquinaria de márketing, y sus directivos conocen la influencia de su poder divulgativo en los medios de todo el mundo. Hoy las malas lenguas comentan la curiosa coincidencia de la rueda de prensa con el estreno de la película de Ridley Scott The Martian, que ha contado con el patrocinio de la NASA. El pasado verano el autor de la novela, Andy Weir, relataba a Wired que la agencia estaba entusiasmada con la historia porque la veía como “una oportunidad para reenganchar al público a los viajes espaciales”. Wired añadía que “para una misión a Marte, la agencia necesitaría entre 80.000 y 100.000 millones de dólares en los próximos 20 años, algo que hasta ahora el Congreso se ha negado a aprobar”. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Martin Shkreli, el ser inhumano

En general, el que suscribe no es muy dado a suscribir. Pero hoy no puedo evitar sumarme a la oleada de repulsa que ha provocado en todo el mundo la información publicada por el New York Times sobre Martin Shkreli, un tipo que ha pasado meteóricamente de ser un desconocido para el público en general, en el que me incluyo, a convertirse en un personaje aborrecido por el público en general, en el que también me incluyo.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

Martin Shkreli, durante una entrevista para la cadena CNBC.

El mérito de Shkreli para figurar en el principal diario del planeta Tierra y con ello merecer el desprecio colectivo consiste en dedicarse a la especulación financiera; algo que no sería notoriamente novedoso de no ser porque los bienes con los que especula son fármacos. En esta ocasión, el pasado agosto Shkreli adquirió para su compañía, Turing Pharmaceuticals, los derechos de un medicamento llamado Daraprim (genérico: pirimetamina), empleado para tratar la toxoplasmosis. Seguidamente, Shkreli decidió aumentar el precio del fármaco en más de un 5.500%, de 13,50 dólares la tableta a 750 dólares.

En realidad, la maniobra de Shkreli no resulta sorprendente si se tiene en cuenta el historial previo del personaje. Según informa el NYT, Shkreli destacó anteriormente desde su compañía de hedge funds MSMB Capital cuando fue acusado de manipular los dictámenes de la Agencia de Alimentos y Fármacos de EE. UU. (FDA) en beneficio propio, tratando de bloquear la aprobación de medicamentos a cuyas empresas propietarias le interesaba hundir. Más tarde fundó Retrophin, una farmacéutica en la que inició su práctica de comprar medicamentos olvidados para disparar sus precios. Shkreli fue despedido de esta empresa bajo la acusación de emplear fondos de la compañía para pagar a los inversores de sus hedge funds. Este es su currículum a sus 32 añitos.

El de Shkreli no es un caso aislado, como también señala el NYT, sino que se enmarca en una reciente (y rentable) práctica de varias compañías de adquirir los derechos de medicamentos viejos y de bajo uso para multiplicar sus precios y convertirlos en fármacos de élite. En general suele tratarse de compuestos cuyas patentes ya han expirado, y por tanto existe la posibilidad de disponer de genéricos.

El problema es que la aprobación de un genérico requiere ensayos de comparación con el fármaco original, y tanto Shkreli como otros dedicados a este tipo de especulación aplican un estricto control a la distribución de sus medicamentos para impedir que las compañías de genéricos se hagan con las muestras necesarias. Y por otra parte, si el precio de venta de un fármaco de marca se dispara, los fabricantes de genéricos difícilmente van a encontrar un incentivo para mantener sus precios ajustados a un valor que ya no es el del mercado.

Tras saltar la noticia, Shkreli se ha defendido alegando que se trata de un fármaco de aplicación minoritaria, que incluso con la subida el precio se mantiene por debajo del de otros medicamentos similares, y que los afectados que no pudieran costeárselo lo recibirían gratis. Además, Shkreli afirmó que los beneficios se invertirán en la investigación de tratamientos alternativos contra la toxoplasmosis con menos efectos secundarios. Cabe destacar que Shkreli carece por completo de un historial en el campo de la I+D farmacéutica; su perfil no es el de alguien que crea, sino el de alguien que compra y vende lo que otros han creado.

Obviamente, las alegaciones no se sostienen. En lo que se refiere a la epidemiología de la toxoplasmosis, esta infección es el motivo por el que típicamente se recomienda a las mujeres embarazadas que eviten el contacto con los gatos. El Toxoplasma gondii es un parásito unicelular que en las personas sanas no suele provocar síntomas, pero que puede ser peligroso e incluso letal en pacientes inmunodeprimidos (incluyendo los afectados por VIH, trasplantados y enfermos de cáncer) y en la transmisión materno-fetal.

Quizá lo más curioso es que el toxoplasma es en realidad uno de los parásitos humanos más extendidos del mundo. Una revisión publicada en 2014 en la revista PLOS One estimaba que entre el 30 y el 50% de la población mundial lo posee, en la mayor parte de los casos de forma asintomática. En algunas regiones del planeta la prevalencia es de solo el 1%, pero en otras llega al 100%. Los datos sitúan la prevalencia en España en un 32% entre las mujeres en edad fértil. ¿Hay algún negocio potencialmente más rentable que el de vender algo que podría llegar a necesitar casi la mitad de la humanidad?

Asediado por las críticas, Shkreli –cuya cuenta de Twitter está protegida— ha decidido de momento suspender el aumento de precio, según una entrevista concedida a la cadena NBC en la que aseguró que el precio será “más accesible”, de modo que permita a su compañía obtener “un beneficio muy pequeño”. “Pienso que en la sociedad en la que vivimos hoy es fácil tratar de villanizar a las personas”, añadió Shkreli en un alarde de aleccionamiento moral. El NYT trató de recabar los comentarios de Shkreli, a lo que el especulador respondió en un email: “Creo que nuestra relación se ha terminado”.

Quizá es conveniente subrayar que las maniobras de Shkreli son perfectamente legales. Pero se le podría aplicar lo mismo que a ciertos implicados en delitos de corrupción cuando hacen frente a las cámaras con la siguiente aseveración: “Yo tengo la conciencia muy tranquila”. El error consiste en creer que la conciencia viene de serie en el ser humano, como las orejas. Es evidente que la rectificación de Shkreli obedece simplemente a una estrategia, y no a un arrebato de conciencia. No se puede tener tranquilo algo que sencillamente no se tiene.

 

La anti-vacunación se nutre de la ignorancia y es maltrato infantil

El movimiento antivacunas no es, como se está difundiendo hoy erróneamente en ciertos medios, un fenómeno reciente, ni nacido de una presunta filosofía de vida natural ligada al posmodernismo. A finales del siglo XVIII, cuando Edward Jenner ensayaba la primera vacuna contra la viruela inoculando a sus pacientes con extractos de las pústulas de la viruela vacuna, surgió una corriente crítica afirmando que los vacunados sufrirían boantropía, un teórico trastorno mental por el que la persona cree haberse convertido en una vaca o un buey. Según una crónica de la época, los críticos con la técnica de Jenner “alegaban que los inoculados desarrollarían apetitos bovinos, mugirían y caminarían a cuatro patas embistiendo a la gente con sus cuernos”.

Caricatura ridiculizando la vacunación de Edward Jenner en 1802. Imagen de Wikipedia.

Caricatura ridiculizando la vacunación de Edward Jenner en 1802. Imagen de Wikipedia.

Así pues, el movimiento antivacunas es tan antiguo como las mismas vacunas. Aunque otros antes que él ensayaron la inmunización, el concepto formal de Jenner era tan avanzado para la ciencia occidental que introdujo una verdadera revolución. Y las revoluciones científicas, según elaboró Thomas S. Kuhn, siempre chocan con una oposición reaccionaria dentro de su mismo ámbito; cuánto más fuera de él si existen motivos no confesables, como intereses a proteger o la simple ignorancia que lleva aparejada la desconfianza en el progreso científico.

En estos casos, lo habitual es que la defensa de una postura a priori conduzca a buscar el modo de apoyarla en algún tipo de prueba, como sucede a menudo con el cambio climático antropogénico. En el caso de los movimientos antivacunas, tradicionalmente se han basado en un estudio que pretendía vincular vacunas y autismo, y que fue retractado y ampliamente desacreditado. Su autor, el exmédico británico Andrew Wakefield, estaba en posesión de una patente de diagnóstico del síndrome de enterocolitis autística por él inventado, con la que esperaba facturar 43 millones de dólares, y recibía financiación de firmas legales litigantes contra los fabricantes de vacunas.

Tampoco es cierto, como se está sugiriendo hoy en algunos medios, que el movimiento tenga su origen en EE. UU. Hace unos meses publiqué aquí –y mi compañera Madre Reciente la ha vuelto a airear esta semana— la carta abierta publicada por el escritor Roald Dahl en 1988 en la que instaba a los padres a vacunar a sus hijos contra el sarampión, la enfermedad que se llevó a su hija Olivia en 1962, cuando aún no existía una inmunización. En su escrito, Dahl lamentaba que entonces el movimiento anti-vacunas era poderoso en Reino Unido, al contrario que en EE. UU., donde la vacunación era (y teóricamente, es) obligatoria.

De hecho, fue en Gran Bretaña donde la Ley de Vacunación de 1853 motivó el nacimiento el mismo año de la primera Liga Anti-Vacunación, que rápidamente caló en otros países, incluyendo EE. UU. La ley imponía la obligatoriedad de la inmunización antivariólica durante los primeros tres meses de vida del bebé, castigando el incumplimiento con multas o cárcel. Las protestas no se fundaban en razones científicas, o ni siquiera religiosas, sino que se encastraban en un terreno del que la mentalidad británica es tradicionalmente celosa, el de las libertades civiles. No olvidemos que, incluso en 2006, la aprobación de una ley que instauraba un DNI obligatorio fue tan contestada que debió ser retirada.

Un último mito a desbancar sobre los movimientos anti-vacunas es que se nutren preferentemente del estatus social más elevado. Una encuesta del Pew Research Center de EE. UU. publicada en enero de este año revelaba la falsedad de este supuesto. “Aunque algunos han ligado el movimiento anti-vacunas con los padres de mayores ingresos y educación, los datos de Pew Research muestran poca diferencia de opinión en relación a los ingresos o la educación”, concluía el informe de Pew.

Tal vez el mito venga alimentado por las posturas de algunas celebrities más o menos alineadas con el movimiento o con sus falsas proclamas, como la actriz y modelo de Playboy Jenny McCarthy, el cómico Jim Carrey, el magnate Donald Trump o la actriz Mayim Bialik (The Big Bang Theory). Todos ellos en algún momento han manifestado, con unos términos u otros, algo generalmente parecido a una corazonada sobre presuntos peligros asociados a la vacunación. Bialik, la única del grupo con conocimientos científicos (es doctora en neurociencias), se retractó recientemente asegurando que sus hijos están vacunados.

Dicho todo lo que no es el movimiento anti-vacunas, debería quedar claro lo que sí es: una peligrosa corriente reaccionaria que se nutre de la ignorancia, y que debe encontrar respuesta más allá de la repulsa pública por el caso del niño de Olot enfermo de difteria tras la decisión de sus padres de no vacunarlo. En lo que se refiere a los medios de comunicación, la respuesta está siendo variable, cuando no deficiente. Algunos medios están transmitiendo la falsa impresión de que existe una verdadera polémica en torno a las vacunas, es decir, un debate de posturas igualmente cualificadas.

No es el caso; cualquiera puede opinar sobre política o fútbol, pero un debate sobre asuntos científicos debe emprenderse con los datos contrastados en la mano, no con lo que a Donald Trump le da en la nariz o con lo que uno ha oído a un vecino. La comunidad científica especializada en pleno reconoce cuáles son los puntos débiles de las vacunas: son ineficaces en un porcentaje de entre el 1 y el 5% de los inmunizados, y pueden producir efectos secundarios. Pero los datos están aplastantemente a favor de la inmunización, que según la Organización Mundial de la Salud previene entre 2 y 3 millones de muertes al año. La contrapartida, por ejemplo en el caso de la triple bacteriana que incluye la difteria, es de uno de cada millón de pacientes con efectos adversos graves.

Un ejemplo práctico: la base de datos VAERS, que en EE. UU. recoge los efectos adversos reportados que coinciden en el tiempo con las vacunaciones (ojo, no necesariamente causados por ellas, ya que no se estudia caso a caso) recoge 29 muertes de bebés menores de un año en 2014, frente a más de diez millones de vacunaciones en esa franja de edad. Es decir, una posibilidad de muerte entre 345.000. En el mismo año hubo 990 muertes en accidente aéreo comercial en un total de unos 37,4 millones de vuelos; una posibilidad entre 38.000. Vacunarse es casi diez veces más seguro que viajar en avión.

Los padres que deciden no vacunar deben saber que su postura es profundamente antisocial. La plena eficacia de las vacunas se logra gracias a la llamada inmunidad de grupo o efecto rebaño: el 1-5% de los inmunizados que no llega a desarrollar la respuesta inmunogénica queda protegido por la reducción de la probabilidad de transmisión cuando los demás sí lo están; en cierto modo, los demás actúan de escudo. Esto es también importante en el caso de los niños que no pueden recibir vacunas por condiciones patológicas especiales. Los padres que impiden la vacunación de sus hijos no solo perjudican la inmunidad del grupo, sino que, aún más, pueden introducir un vector de contagio en las aulas de quienes sí contribuyen. Y sin que estos estén informados de ello.

En cuanto a esa presunta invasión de las libertades civiles de la que partió originalmente el movimiento antivacunas, es obvio que en este terreno la legislación debería adaptarse a la evolución de la sociedad, como lo ha hecho en tantas otras cuestiones. Hoy se obliga a los motoristas a llevar casco, a pesar de que su decisión de no hacerlo solo les perjudicaría a ellos mismos. Otros muchos comportamientos están regulados por la posibilidad, o la certeza, de que conlleven riesgos para otros. En esto se basan la obligatoriedad del cinturón de seguridad, o la prohibición de fumar en lugares públicos, o la necesidad de que los coches aprueben unas inspecciones periódicas, o las restricciones respecto al alcohol, o tantas otras normativas que afectan a la convivencia general.

Soy lo suficientemente viejo para haber vivido la época en que la violencia de los padres hacia sus hijos, o de un marido hacia su mujer, era algo que se dejaba a la discreción de cada uno. No me cabe ninguna duda de que mis nietos, si llego a tenerlos, verán leyes que generalicen la vacunación obligatoria. En el camino hacia ese futuro, otros países avanzan sus medidas con más o menos acierto. En EE. UU. la vacunación es teóricamente obligada; y aunque en la práctica depende de cada estado y las exenciones son muy laxas, todos los padres están obligados a entregar en el colegio de sus hijos un certificado en el que consten las vacunas recibidas. Australia ha aprobado una ley que impedirá el acceso a beneficios sociales a los padres que no vacunen a sus hijos, una medida muy discutible si perjudica solo a las familias con menores ingresos.

Hoy, el filólogo al que le cayó en suerte la cartera ministerial de Sanidad ha hablado del derecho de los niños a ser vacunados. Pero ningún derecho es tal si la ley no lo ampara ni castiga su violación. En una época en la que se discute si conviene multar a los adultos que fumen en el coche en presencia de menores, se ventila con tibieza el hecho de que los padres expongan a sus hijos al riesgo de contraer una gran variedad de enfermedades letales. La decisión de un adulto de no inmunizarse, por ejemplo cuando viaja a países de riesgo sanitario, puede ser un acto de libertad sobre el que fundar un debate sociológico (nunca científico). Pero impedir la vacunación de quien no puede defender su derecho a proteger su salud no es albedrío, sino sencillamente, maltrato infantil.

¿Qué necesidad hay de una bandera de la Tierra?

Ignoro por completo cuándo se inventó la primera bandera, si es que existió un momento histórico discernible para tal aportación. Pero no hay que ser un experto en vexilología –la disciplina académica que estudia las banderas– para imaginar que las primeras, tal cual hoy las entendemos, derivaron a partir de los estandartes militares, como la famosa águila romana o el dragón de los sármatas, el pueblo que pudo inspirar la leyenda del rey Arturo.

Y de ello se desprende algo innegable: si las banderas sirven para aglutinar a las masas en torno a un símbolo identificativo, siempre es a través de la diferencia o la oposición con otras masas, que antiguamente se congregaban en el extremo opuesto del campo de batalla. Es decir: una bandera no sirve solo para expresar lo que soy, sino también lo que no soy, y por eso llevan implícita la confrontación. No hay que ser un genio para encontrar la aplicación de esto en el país que pisamos. Y esta, ya lo dejo caer, es la razón por la cual este que suscribe no es aficionado a las banderas. A ninguna. Porque tampoco lo soy a sus significados. A ninguno. Y por si alguien discrepa de las connotaciones belicosas de las banderas, que piense en cuál ha sido tradicionalmente la bandera del “vamos a no hacernos daño”: la blanca. O sea, la no-bandera. La bandera de renuncia a la bandera.

Varias propuestas de banderas de la Tierra. Imágenes de Wikipedia.

Varias propuestas de banderas de la Tierra. Imágenes de Wikipedia.

Dado que las banderas siempre tienen este componente de “oye, mira lo que soy y que me diferencia de ti”, encuentro de lo más absurdo que se plantee la idea de crear una enseña del planeta Tierra. Lo que nos faltaba: preparar el símbolo diferenciador cuando aún no hay nadie de quien diferenciarnos; pero por si acaso algún día llegara a haberlo, ya tendríamos unos colores con los cuales dejarles claro que somos diferentes, ellos y nosotros, no vayan a pensar otra cosa. Así, incluso si vinieran en son de paz, desde el primer momento dispondríamos de un adecuado emblema que interponer entre ellos y nosotros.

Todo lo cual viene al caso de una nueva pretensión de establecer una bandera terrícola. No es la primera, ni será la última. Como se puede comprobar en la galería que dejo aquí, extraída directamente de ningún otro lugar que la Wikipedia, anteriormente se han lanzado varias propuestas, a cual más peculiar. El nuevo intento es obra de un estudiante de diseño del Beckmans College de Estocolmo (Suecia), que ideó la iniciativa como proyecto de graduación. Y desde luego, no sé si Oskar Pernefeldt, que así se llama el alumno, tendrá talento para el diseño; pero no cabe duda de que tiene un brillante futuro en el marketing viral, porque su idea se ha contagiado como la erisipela.

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Bienvenida al mundo, ciencia cubana

Cuando yo trabajaba en mi tesis doctoral, no era raro que científicos cubanos nos visitaran para estancias cortas o sabáticos; sobre todo en mi campo de investigación, la inmunología (aclaración: para los científicos, un año sabático tiene un significado diferente que para el resto de la humanidad; no es un período destinado a extraerse parsimoniosamente las pelusas del ombligo, sino a trabajar como siempre pero en otro laboratorio distinto del propio, preferiblemente en otro país).

Imagen de Bryan Ledgard / Flickr / CC.

Imagen de Bryan Ledgard / Flickr / CC.

Los investigadores cubanos demostraban excelente formación y avidez por trabajar, aprender, discutir y enseñar. Venían adornados por una fama de lograr meritorios resultados con medios deficientes e inadecuados, y además se veían obligados a completar su formación en condiciones penosas: recuerdo a una investigadora que se había visto obligada a dejar en La Habana a su marido, también científico, y a su niña de corta edad.

Según ella misma me contó, por razones descriptibles el régimen castrista no permitía de ninguna manera que dos investigadores casados trabajaran en el extranjero al mismo tiempo, por lo que ambos debían turnarse para sus sabáticos, condenando a la pequeña a la ausencia casi perpetua de uno de sus progenitores. Y lo que siempre me dejó patidifuso era que, a pesar de las cosas que dejó en La Habana, ella era castrista hasta el tejido esponjoso de la médula ósea; pero también es preciso mencionar que, justo al contrario que aquí, su salario le daba vueltas al del trabajador cubano medio.

El régimen cubano ha mantenido el empeño de apoyar intensamente las ciencias, al menos la biomedicina, la biotecnología y la geología, como manera de abastecer sus necesidades sanitarias, agrícolas, energéticas, minerales y alimentarias en una situación de autarquía y bloqueo. Y a lo largo de décadas la ciencia cubana ha aprovechado el acceso al fondo común de conocimiento, pero también ha desarrollado independientemente sus propias soluciones de espaldas a la corriente global liderada por EE. UU.; la versión académica de lo que por allí llaman “resolver”.

Los investigadores cubanos no han estado aislados de todo el resto del mundo; hasta el desplome del bloque soviético, disfrutaban del acceso a la potente ciencia rusa. Y como menciono más arriba, fluían hacia y desde Europa con relativa facilidad. Pero teniendo roto el cable de conexión con su ancestral enemigo que, casualmente, es la primera potencia científica del planeta y que, como tal, es el corazón que bombea gran parte de la ciencia que discurre por las venas del globo, esto les cerraba (y aún les cierra) el grifo del acceso a equipos, reactivos, ordenadores, internet y casi todo lo demás.

Con la nueva política de apertura promovida por ambas partes, los convenios han empezado a caer uno tras otro. Y entre ellos, ya han empezado a firmarse los que comunicarán definitivamente la ciencia cubana con la estadounidense y con sus potentes instituciones y publicaciones. El ejemplo previo lo tenemos en China, que en poco más de una década ha pasado de la ciencia de clausura a la presencia habitual en las mejores revistas como la norteamericana Science o la británica Nature.

El ejemplo de China ilustra a la perfección lo que no es un despegue científico, sino una apertura de su ciencia al mundo. La base de datos Medline, el mayor recurso mundial de publicaciones científicas sobre biomedicina y ciencias de la vida, registra 123.680 estudios publicados en 2014 desde China. En 2010, el país asiático aportó 66.589 estudios. En 2000, unos ridículos 8.108. Y en 1990 China aún no existía para la ciencia mundial, con 1.454 estudios registrados en Medline.

Las cifras de Cuba son irrisorias: 465 estudios en 2014, 324 en 2010, 236 en 2000 y 89 en 1990. Pero teniendo en cuenta que la biotecnología es actualmente la segunda fuente de ingresos del país después del turismo, es fácil comprender que no se trata de impotencia científica, sino de otra cosa. La abundante y valiosa ciencia que se practica en Cuba es mayoritariamente aplicada; sus resultados son patentes más que publicaciones, y estas últimas son sobre todo de consumo interno. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la isla ya cuenta con unas 1.200 patentes internacionales y comercializa productos farmacéuticos y vacunas en más de 50 países, con más de 90 nuevos productos actualmente bajo prueba en más de 60 ensayos clínicos. De hecho, muchos de estos fármacos ya se han probado y exportado fuera de la órbita norteamericana, en Europa y Japón. Y todo esto, teniendo en cuenta que la primera tesis doctoral se leyó en la isla en 1973, según un artículo publicado esta semana en Science.

Una primera muestra de este nuevo clima de colaboración científica entre la isla y EE. UU. será CimaVax-EGF, una vacuna terapéutica contra el cáncer de pulmón desarrollada durante 25 años en el Centro de Inmunología Molecular (CIM) de La Habana y que en Cuba se administra gratuitamente desde 2011. Se trata de un medicamento de concepto muy simple, una proteína que inmuniza contra un factor de crecimiento empleado por las células cancerosas. Aunque no es una cura, los ensayos clínicos de fases II y III en Cuba han demostrado que puede prolongar unos meses la supervivencia de los pacientes. Y todo ello, según Wired, a un coste para el gobierno de un dólar la dosis.

Según informó Reuters el mes pasado, la visita a la isla del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, sirvió para firmar un convenio que llevará el CimaVax-EGF al Roswell Park Cancer Institute de Búfalo, uno de los centros de oncología clínica y científica más importantes de EE. UU. Allí los investigadores solicitarán los permisos para lanzar un ensayo clínico el próximo año, pero también tratarán de exprimir nuevas posibilidades del producto, como su aplicación a otros tipos de cáncer o su empleo como vacuna preventiva en lugar de terapéutica. El nuevo clima de cooperación entre EE. UU. y Cuba, entre recursos y talento, potencia y capacidad innovadora, promete una sinergia interesante y fructífera que dará un nuevo empujón a la ciencia mundial y del que todos nos beneficiaremos.

En resumen, la ciencia cubana es un filón por excavar, un cofre de tesoros dispuesto a abrirse por completo al mundo. A los científicos cubanos solo les hará falta ahora superar la misma barrera que anteriormente debieron saltar los investigadores chinos: aprender inglés. Y mientras tanto, tal vez a quien corresponda debería acuciarle la idea de que compartir el idioma en el que este tesoro está escrito es una oportunidad que cualquier país aspirante a potencia científica no debería desaprovechar.

Kenya o la lucha por la supervivencia

He tratado en este blog el desastre de los Alpes cincelando sus facetas relacionadas con la ciencia y la tecnología, que en otros medios se han encarado de forma confusa e incompleta sin las voces de los especialistas más relevantes, los que ya eran expertos en casos como el de Germanwings antes de que ocurriera el caso de Germanwings. Ahora, en estos días de vacaciones nos ha sacudido otra tragedia de similar coste en vidas humanas pero que no ha recibido una atención tan intensa por parte de los medios nacionales, ni la suficiente cobertura in situ, más allá del paracaidismo habitual cuando acaece una noticia de gran impacto en un continente siempre olvidado por la prensa hispanohablante.

La matanza de Garissa me ha causado especial dolor porque Kenya es mi lugar elegido en el mundo, el país al que llevo viajando más de 20 años y que ha ocupado y seguirá ocupando una buena parte de mis intereses, actividades, lecturas, escritos y novelas. Pero salvo constatar la conmoción que me ha producido esta nueva masacre terrorista, sumada a las que en Kenya ya habían dejado más de 200 muertos en el último par de años, no hay nada sobre el suceso que pueda encontrar hueco en un blog de ciencia. Simplemente, desde aquí, quiero enviar a los familiares mi pole sana.

Kenya –siempre con y griega, a pesar de la RAE; no tiene mucho sentido hacer una absurda adaptación ortográfica que deforma la pronunciación nativa: si nos atenemos a una transcripción fonética, deberíamos escribir “Keña”, o incluso “Kiña”, como decían los británicos que lo bautizaron– es un maravilloso país donde el terrorismo está cargando un impuesto sumado a las muertes de inocentes: cada nuevo tiro y cada nueva bomba son heridas de muerte en el sector turístico, del que depende la supervivencia de muchos kenyanos. Cada bala disparada rebota para cobrarse también las vidas de aquellos que pierden su medio de subsistencia con las cancelaciones de reservas y las advertencias consulares. Y claro está, los terroristas lo saben y lo buscan.

Si acaso, la única relación del atentado de Garissa con la ciencia es que estos actos de terrorismo vienen perpetrados precisamente por quienes más alejados están de la razón y el conocimiento, los que quieren devolvernos a eras oscuras en las que se mataba y se moría en nombre de las religiones. Pero aunque el del terrorismo es un azote reciente, no es la única amenaza que pesa sobre la industria turística kenyana y, por tanto, sobre su economía. Además de otras lacras como la violencia tribal y la corrupción, Kenya lleva décadas persiguiendo un compromiso entre conservación y desarrollo que no es fácil modelar.

Los visitantes extranjeros acuden a las sabanas en busca de los espacios químicamente puros y de la fauna que en ellos merodea en libertad. Pero mantener la virginidad de los paisajes y respetar los ciclos naturales de sus habitantes no humanos crea perpetuos confictos con los residentes humanos, cuyos derechos son tan ancestrales como los de cualquier otra especie allí presente desde hace generaciones. Las tribus que se dedican al pastoreo, como los maasais, alimentan y abrevan su ganado ilegalmente en parajes que caen dentro de las fronteras de los parques nacionales, mientras las autoridades silban y miran hacia otro lado. Alrededor de los espacios protegidos, sobre todo en la reserva de Masai Mara, proliferan los asentamientos irregulares atraídos por el brillo del dinero de los turistas, y con ellos llegan la basura y la degradación medioambiental. Las comunidades nativas con derechos de explotación turística sobre las fincas colindantes con los parques engrosan sus negocios al margen de la ley, inundando los ecosistemas de turistas ávidos de experiencia africana que están reduciendo cada vez más los espacios vitales de la fauna. Muchos expertos vaticinan para este siglo una Kenya sembrada y asfaltada, cuyas vastas manadas de herbívoros salvajes seguirán el mismo destino que los 65 millones de bisontes que solían rumiar su libertad en las praderas de Norteamérica.

El embrollo del conflicto entre humanos y animales salvajes se manifiesta a diario en las pequeñas granjas, o shambas, que pueblan las fértiles Tierras Altas del centro de Kenya. La fauna que sobrevive en esta región densamente poblada sabe que los dominios humanos son fuente de alimento, con sus tierras cultivadas, sus despensas y sus animales de cría. Cuando un elefante aprende que es sencillo y rentable devastar una plantación para alimentarse, volverá a hacerlo. Cuando un leopardo aprende que cazar gallinas encerradas es un juego de niños, volverá a hacerlo. Cuando un mono aprende que invadir un huerto es acceder a todo un supermercado de manjares, volverá a hacerlo.

Un babuino en la reserva nacional de Masai Mara, en Kenya. Imagen de Javier Yanes.

Un babuino en la reserva nacional de Masai Mara, en Kenya. Imagen de Javier Yanes.

El resultado es que a menudo estos animales acabarán abatidos, porque su agresividad aumenta cuando el contacto con los humanos les lleva a descubrir que esos seres en extraño equilibrio sobre sus patas traseras no son para tanto. Algunos de los leones que han matado y devorado seres humanos en Kenya tenían un pasado como animales de cine o de circo. En el caso de los monos, como los babuinos o los cercopitecos verdes, los más agresivos son los que conviven con la presencia humana, como ha podido comprobar quien haya visitado uno de esos safari parks europeos que se recorren en coche. En la naturaleza los monos no se comportan como hooligans, trepando a los coches para arrancar antenas o embellecedores; esto solo ocurre en aquellos lugares donde han aprendido que de los humanos pueden sacar provecho, como en el mirador de Baboon Cliff del Parque Nacional del Lago Nakuru o, en general, en los lodges de safari.

Hoy el diario digital kenyano The Star publica una curiosa noticia: en Kijabe, una población de las Tierras Altas a unos 50 kilómetros de Nairobi, las mujeres han optado por llevar pantalones para repeler los ataques de los monos. Según relata el reportero George Mugo, cuando los hombres abandonan la aldea por las mañanas los monos descienden para arrasar las cosechas, desafiando los intentos de las mujeres por espantarlos. Una de las afectadas declara: “Los primates se mueven en manadas de 200 atacando a las mujeres que llevan falda. Cuando ven a los hombres se marchan, pero el caso es diferente con las mujeres. Se limitan a quedarse ahí y a burlarse de nosotras incluso cuando tratamos de expulsarlos de nuestras granjas”.

También he tenido ocasión de comprobar que los monos distinguen entre humanos adultos y niños, y saben calibrar el riesgo en cada caso. En una ocasión, un mono verde atacó a uno de mis hijos para arrebatarle una galleta, y parecía evidente cuál de los dos era el asustado; el animal se comportaba como un auténtico bravucón, pero huyó corriendo en cuanto me acerqué. Hace un año, un estudio publicado en la revista PNAS revelaba que los elefantes reaccionan de distinto modo ante la voz humana según el nivel de riesgo que les inspira: se asustan ante una grabación en la que habla un adulto maasai, tribu con la que los elefantes sufren frecuentes encontronazos. En cambio, cuando se trata de una mujer o un niño de la misma tribu, o de un hombre de la etnia kamba, no parecen alarmados.

Kenya tiene una larga tradición de aunar lo mejor y lo peor, la vida y la muerte, la belleza y la podredumbre. Fue en aquella región del mundo donde el ser humano se impuso a su entorno y comenzó una aventura que le ha perpetuado a lo largo de los siglos. Doscientos mil años después, la lucha por la supervivencia aún forma parte del día a día.

El circo de Cervantes frente a la ciencia de Ricardo III

Cuánto daño ha hecho el CSI, solía lamentarse un amigo de formación también científica. Él era devoto de la serie, que por otra parte presenta un bien sostenido sustrato de ciencia. Pero las exigencias del guión, que incluyen la resolución de (casi) todos los crímenes en los 45 minutos que dura un episodio –imagino que los policías de verdad también tendrán algo que decir al respecto–, obligan a acelerar los tiempos de las pruebas experimentales de una manera ridículamente irreal. Quienes esperaban, en la rueda de prensa sobre el proyecto Cervantes celebrada esta semana, que una investigación iniciada en enero iba a presentarse en marzo con conclusiones, estudios de ADN y todo, tal vez hayan visto mucho de CSI, pero no tanto de ciencia real.

La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y el antropólogo Francisco Etxeberria, director del proyecto Cervantes, presentan los resultados de la investigación en Madrid el pasado 18 de marzo. Imagen de EFE / Sergio Barrenechea.

La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y el antropólogo Francisco Etxeberria, director del proyecto Cervantes, presentan los resultados de la investigación en Madrid el pasado 18 de marzo. Imagen de EFE / Sergio Barrenechea.

No culpo a mis compañeros de Cultura, sino a sus jefes. Sencillamente, ellos no debían estar allí. Como veterano del periodismo y de la ciencia, hace años comprendí la idea que los directores de los medios de comunicación suelen tener sobre lo que debe ser una sección de ciencia: algo que cualquier lector pueda saltarse olímpicamente y aun así permanecer debidamente informado. No estoy exagerando: en un medio para el que trabajé, las pocas ocasiones en que los mandamases consideraban que alguna noticia científica era una parte imprescindible de la actualidad informativa –como la puesta en marcha del LHC o su descubrimiento del bosón de Higgs–, la noticia se sacaba de la sección y se llevaba a portada, para mantener el principio de que cualquier lector podía utilizar la sección de ciencia para envolver el pescado y aun así permanecer debidamente informado.

Para sostener la tesis que vengo a traer, voy a comparar el caso de Cervantes con otro parecido, el del rey Ricardo III de Inglaterra. En 2012, un nutrido equipo de investigadores, bajo el mando de la Universidad de Leicester, comenzó a rastrear el subsuelo de un aparcamiento de aquella localidad británica en busca de los restos perdidos de Ricardo III, el que en la obra de Shakespeare ofrecía su reino por un caballo. Lo último que se supo del monarca fue que nadie atendió su súplica y que por ello murió en combate, siendo su cadáver enterrado en un monasterio franciscano. Aquel edificio desapareció largo tiempo atrás, y en su lugar se puso un aparcamiento. De ahí el inusual lugar de la búsqueda.

No fue hasta más de un año después que los investigadores anunciaron el hallazgo confirmado de los restos del rey, y este es casi un plazo récord (nota: allí estaba chupado; encontraron solo un esqueleto, y entero). Otro año después, todos los resultados se publicaban en la revista Nature Communications. El proyecto, en el que participaron algunos de los mejores investigadores europeos de todas las disciplinas involucradas, desde la historiografía a la química de isótopos, cuenta con una página web bien estructurada e informativa. Los resultados del mismo fueron difundidos y comentados en todas las webs internacionales de ciencia y en las secciones de ciencia de todos los medios digitales.

Pasemos al caso de Cervantes. Mi primera pregunta es por qué un proyecto de tamaña relevancia mundial discurre bajo la batuta de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, a la que la Wikipedia define como “una de las entidades de mayor significación en el campo de las Ciencias Naturales y Antropológicas del País Vasco”. Con todo mi respeto hacia esta noble y antigua institución, de cuyos méritos no dudo, me atrevo a citar la existencia de alguna alternativa: por ejemplo, en España contamos desde hace ya algunos años con un organismo, bastante ignorado por el público, conocido como Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que reúne algunos de los mejores centros científicos en todas las disciplinas imaginables, desde la historiografía a la química de isótopos.

Gloria González-Fortes es una genetista gallega que ha participado en el proyecto de Ricardo III durante su estancia en la Universidad de York, ocupando un rutilante segundo puesto en la lista de firmantes del estudio en el que se publicaron los resultados. Durante una conversación con ella motivada por un reportaje que he escrito para otro medio, ambos nos lamentábamos comparando el penoso circo de Cervantes con la ciencia de Ricardo III. “En Inglaterra, en general, hay más interés por temas de ciencia”, me comentaba Gloria. “En otro país, el de Cervantes sería un proyecto estrella. En Leicester están montando un museo, y hubo polémica entre Leicester y York porque ambas querían llevarse los restos. Aquí hay menos interés, y las autoridades tampoco lo hacen atractivo para el público”, añadía.

Y una muestra, causa o consecuencia de todo esto, es el hecho de que España tampoco disponga de infraestructuras suficientes para abordar de principio a fin un proyecto como el de Cervantes. “En España faltan laboratorios potentes para tratar la parte molecular de la arqueología, que suele hacerse en colaboración con grupos como los de Leipzig o Copenhague, y eso a pesar del patrimonio arqueológico que tenemos”. “Sería bueno que no dependiéramos siempre del extranjero, que no sea una total dependencia en la que solo aportamos las muestras”, opinaba Gloria.

En el fondo de todo esto, yace enterrado un concepto decimonónico de la arqueología. “Aquí es una especialización de historia, mientras que en Inglaterra tiene muchas materias de biología molécular, isótopos, ADN, como una herramienta más en la investigación arqueológica. Aquí hay una tradición más de letras en estudios arqueológicos”, valoraba Gloria. Lo que me devuelve a, y explica, el revuelo en la rueda de prensa de esta semana cuando los periodistas de Cultura esperaban, supongo, una verdad científica. Parece que entre la gente se entiende el concepto de verdad científica como absoluta e incontestable. Pero verdad científica es, de por sí, un oxímoron. Las verdades de verdad podrán ser políticas, judiciales o religiosas. Si queremos llamar verdad científica a algo, será una verdad que pueda falsarse al día siguiente. Eso es el método científico.

Decimonónico ha sido también el tratamiento del proyecto Cervantes de cara al público. Un empeño de tal trascendencia no parece contar con una página web que informe sobre sus objetivos, planificación, financiación, participantes y resultados. Uno debe emprender oscuras búsquedas en la web del Ayuntamiento de Madrid para encontrar alguna información al respecto. Una página, destacada esta semana, está dedicada a contarnos lo que la alcaldesa tenía que opinar sobre la cuestión. Mucho más enterrada está la única página, hasta donde he podido saber, en la que se detalla la composición del equipo investigador a propósito del inicio de la segunda fase del proyecto el pasado 23 de enero; página que viene titulada erróneamente como “Ayuntamiento de Madrid – La Noche en blanco: dispositivo policial, sanitario y de movilidad”. Y en cuanto a los planes previstos y su financiación, lo único que sabemos es que la alcaldesa dijo que, tranquilos, “habrá dinero”. Como a un niño se le promete la paga para el fin de semana.

Quizá algún lector esté descubriendo la conclusión de que el objetivo de este post es arremeter contra el Ayuntamiento de Madrid y el partido que lo gobierna. Error. Tal conclusión sería precisamente una muestra más de lo que vengo a vilipendiar. Quien haya leído unos cuantos posts de este blog ya estará advertido de que la política me importa tres rábanos. En Reino Unido, potencia científica envidiable, sería inconcebible que el asunto de Ricardo III se convirtiera en materia de rabietas partisanas, o que existiera la mínima discusión sobre la necesidad o no de financiar un proyecto así. Aquí, las soflamas a favor o en contra de la financiación del proyecto Cervantes han ardido en internet, tanto por parte de los columnistas como del público en general, y normalmente motivadas por su apoyo o no al partido político que gobierna la capital.

Por no hablar, o mira, sí, de las manifestaciones hostiles a la ciencia por parte de determinados personajes públicos. Francisco Rico, académico de la RAE, atacó el proyecto hablando de los ejemplares de El Quijote que se podrían haber comprado con el presupuesto invertido en la búsqueda de los restos de Cervantes, y declaró que “el cadáver es el excremento del cuerpo”. Me pregunto si al señor Rico le agradaría que, cuando su vida llegue a un fin que espero muy lejano, sus propios restos sean tratados como tal.

Pero las de Rico no han sido, ni mucho menos, las únicas manifestaciones en esta línea. En las redes sociales y en los comentarios a las noticias en los medios he encontrado incontables descalificaciones del proyecto bajo el denominador común del insoportable gasto –más o menos lo que cuestan cuatro metros de ferrocarril de alta velocidad, o sea, de lado a lado del salón– y concluyendo con distintas variaciones de una sentencia lapidaria: “dejad que los muertos descansen en paz”. Y durante la menstruación no hay que lavarse la cabeza. Y masturbarse te deja ciego. Caspa, superstición, caverna y cuentos de viejas. El mismo aire viciado de siempre, la llengua al cul, Basora, César, Kubala, Moreno i Manchón. El eterno hámster español corriendo en su propia rueda y creyendo que así avanza kilómetros. Pan y fútbol.

Epílogo: en junio, Gloria vuelve a marcharse fuera, a la Universidad de Ferrara, en Italia. Tratándose de ciencia, en ningún sitio como lejos de casa.

La ciencia del tiempo en ‘El Ministerio del Tiempo’

No veo mucha televisión –exceptuando cine, pero eso no es televisión–, y por tanto la mayoría de las series de las que todo el mundo habla me resultan desconocidas. Pero de vez en cuando, algún argumento me llama la atención por lo inusual y no puedo resistirme a la curiosidad de comprobar cómo los guionistas han desarrollado la idea. Me ha ocurrido con El Ministerio del Tiempo, serie de Televisión Española creada por los hermanos guionistas Pablo y Javier Olivares (el primero, según he sabido, tristemente fallecido antes de verla estrenada) que está cosechando abundantes elogios, a los que me sumo.

emdtNo voy a hablar aquí del trabajo de los actores, la ambientación, el vestuario o los efectos digitales, todo ello digno de aplauso pero fuera del alcance de este blog. Lo que me interesa comentar es el concepto del tiempo que se plantea en la serie y cómo se maneja de forma diferente que en otras fantasías sobre viajes temporales, lo que, ignoro si de forma deliberada o no por los creadores de la serie, entronca con una teoría filosófica minoritaria pero muy jugosa.

La idea más común en las fantasías de desplazamientos temporales es aquella en la que el viajero tiene un control omnisciente: puede fijar su destino en el dial o la pantalla de una máquina y aparecer en el momento del tiempo que le interesa. El ejemplo más conocido es el de la obra que encabeza este subgénero en la literatura, La máquina del tiempo de Herbert George Wells (1895). El autor británico introducía en su novela el concepto del tiempo como una cuarta dimensión, una visión que realmente no inventó –ya aparecía, por ejemplo, en la mecánica de Lagrange– pero en la que se anticipó a Minkowski y a Einstein.

La máquina de Wells era una especie de coche en la cuarta dimensión, que permitía desplazarse en el tiempo como lo hacemos cada día en los tres ejes del espacio. Así, el viajero es capaz de romper por completo la linealidad cronológica y moverse a voluntad a lo largo del eje temporal, como quien rebobina una cinta o la hace avanzar, por lo que puede regresar a su momento de origen sin que se note su ausencia. Tras sus varios viajes por el tiempo, en los que ocupa un largo período, el protagonista vuelve a su laboratorio tres horas después del momento de su partida.

La misma idea aparece en el que es probablemente el ejemplo más popular en el cine, Regreso al futuro. Marty McFly y Doc Brown pueden fijar el destino del viaje en el reloj digital del cuadro de mandos del DeLorean, y el coche les lleva al momento deseado. Justo cuando Marty escapa a 1955, Doc cae abatido por los terroristas libios a los que el científico ha robado el plutonio para alimentar el condensador de fluzo. Después de su larga estancia en 1955, Marty regresa a 1985 diez minutos antes de su marcha al pasado, a tiempo para llegar a ver cómo Doc es tiroteado de nuevo.

Son muchas más las novelas y películas que aplican este modelo de viaje temporal, según el cual es posible moverse en el tiempo adelante y atrás sin límites, y ajustar el momento de regreso de manera que la ausencia del viajero en su época original sea tan breve e inadvertida como él desee. En cambio, un planteamiento diferente es de la película de Shane Carruth Primer (2004), que comenté aquí el año pasado.

En Primer, alabada por la calidad de su ciencia-ficción y convertida en película de culto, la máquina del tiempo –la caja— funciona invirtiendo el curso normal del reloj. Es decir, que cuando uno de los personajes entra en la caja y espera allí seis horas, emerge de ella seis horas antes del momento en el que entró. Los viajeros no surfean a voluntad por las épocas como en La máquina del tiempo o Regreso al futuro, sino que siempre retroceden el mismo tiempo que esperan dentro de la caja; como consecuencia, durante ese período –en el ejemplo, seis horas– conviven dos versiones distintas del mismo personaje, la que sale de la caja y la que entrará en ella después.

Algunos de los protagonistas de 'El Ministerio del Tiempo'. Imagen de rtve.es.

Algunos de los protagonistas de ‘El Ministerio del Tiempo’. Imagen de rtve.es.

Esta idea de que el tiempo discurre de forma natural durante el viaje (en Primer, hacia atrás), a diferencia de la idea de Wells, nos acerca al concepto en el que se basa El Ministerio del Tiempo. La premisa de la serie, tan brillante como atractiva, es así: durante siglos, el gobierno español ha mantenido en secreto un edificio cuyos sótanos esconden una red de pasillos flanqueados por infinidad de puertas. Cada una de ellas conduce a un momento histórico previo al actual en un lugar concreto. Por ejemplo, una puede llevar a un rincón de Sevilla en el siglo XVI, y otra a unos grandes almacenes de Madrid en 1981.

A través de estos túneles del tiempo, los responsables del Ministerio han creado una red de agentes en cada uno de esos lugares y épocas. El objetivo de los funcionarios del tiempo es asegurarse de que la historia transcurra como dicen los libros. Si, como sucedía en el segundo episodio, Lope de Vega corre el riesgo de morir en el desastre de la Armada Invencible, el agente de la época se pone en contacto con el Ministerio del Tiempo en la actualidad para que envíe a un comando de agentes destinados a enderezar la situación.

No voy a criticar las licencias que la serie se permite más allá de la coherencia particular de la ficción, como el hecho de que los funcionarios en épocas pasadas puedan utilizar teléfonos móviles, ordenadores portátiles e internet para comunicarse con sus compañeros del siglo XXI. No hay que preguntarse dónde cargan las baterías en el siglo XVI; la serie no deja la sensación de que este recurso sea un Deus Ex Machina, sino que es más bien una norma del juego, y en todo caso es divertido ver a un soldado de los Tercios de Flandes hablando por un smartphone (e impagable el “¡Dispongo, vive Dios!” del incomparable Miguel Rellán cuando Rodolfo Sancho le pregunta en el siglo XVI si dispone de un ordenador portátil).

En cambio, son otras preguntas las que pueden surgir a propósito del esquema temporal de la serie. Por ejemplo, ¿por qué todas las peticiones de ayuda se envían al Ministerio del Tiempo del año actual? Podemos suponer que, puestos a elegir, es mejor solicitar la ayuda a quienes cuentan con los medios del siglo XXI que a los que viven en, digamos, 1800. Pero entonces, ¿por qué no pedirlo a los funcionarios del Ministerio en 2050, o en 2100?

La respuesta la da Jaime Blanch en su papel de máximo responsable del Ministerio: no se puede viajar al futuro. Las puertas se van abriendo hacia el pasado a medida que el reloj avanza. “El tiempo es el que es y el que fue”, dice. Y esta frase recuerda poderosamente a una teoría filosófica del tiempo llamada Universo de Bloque Creciente, propuesta por C. D. Broad en 1923 y según la cual el pasado y el presente existen, pero el futuro no. En contraste con el presentismo, que afirma que solo existe el presente, o el eternalismo, que postula la existencia de pasado, presente y futuro, el bloque creciente encaja más con nuestra visión intuitiva. Podemos pensar en el tallo de una planta que crece desde la punta (el meristema); el espacio-tiempo va creciendo de la misma manera y aumentando de tamaño con ello.

En la serie, el pasado existe tanto como el presente, y al mismo tiempo. Los viajeros se ausentan de 2014 tanto como permanecen en otra época, y en ambas situaciones el reloj discurre en paralelo: en una escena, un funcionario de 2014 dice que a esa hora los buques de la Armada están “a punto de zarpar” en 1588. Cuando hablan por teléfono desde una época a otra, lo hacen como si simplemente estuvieran en lugares distintos, y no en marcos temporales diferentes. En otra secuencia, los protagonistas de otras épocas desplazados a 2014 discuten sobre si sus seres queridos siguen vivos o han muerto, pero pueden volver a verlos cruzando la puerta adecuada. Los diversos momentos históricos se presentan como si solo fueran localizaciones geográficas distintas en las que el tiempo transcurre a la par. Y los agentes del pasado disponen de la tecnología de ahora porque ahora es ahora; solo tendrán acceso a la del futuro cuando el bloque creciente llegue al futuro.

Y todo esto, repito, no es un absurdo dentro de los parámetros de la ficción, sino un hallazgo que encaja con un esquema teórico y que hereda sus mismas objeciones: los críticos de este modelo alegan que es imposible saber si el ahora es ahora, dado que, dicen, Sócrates piensa lo mismo, pero nosotros sabemos que él pertenece al pasado, lo que disocia los conceptos del presente y el borde creciente del universo y, por tanto, invalida el esquema. Desde el punto de vista científico es aún más complicado, ya que la relatividad de Einstein impide la simultaneidad, por lo que es imposible objetivar el ahora.

Para solventar el modelo, algunos estudiosos proponen que el pasado y el presente existen, pero no exactamente del mismo modo. El pasado es una especie de foto congelada donde el tiempo no fluye. Esto no sucede en El Ministerio del Tiempo, pero sí existe una diferencia ontológica entre el presente y el pasado; por eso los agentes del pasado siempre se comunican con el presente, y utilizan la tecnología del presente, que irá cambiando a medida que el foco móvil del presente se vaya desplazando mientras el espacio-tiempo crece. Ellos, los que conocen el presente y no forman parte de ese borde creciente, saben que son el pasado.

Por si fuera poco, con este modelo El Ministerio del Tiempo consigue un planteamiento en el que todo lo anterior, en realidad, le importa un bledo al espectador, porque el esquema no solo tiene la ventaja de que permite introducir la tensión de la acción en tiempo real como recurso narrativo, lo que es clave para enganchar a la audiencia, sino que además resulta perfectamente intuitivo y manejable para no perderse en embrollos temporales. Es más; la teoría del bloque creciente ofrece incluso una solución al famoso y típico problema de los viajes en el tiempo: las paradojas. ¿Cómo? Eso, mañana.

Continuará…

Diez razones para creer que Mars One era posible, y una para creer que ya no lo es

Siempre he creído que Mars One podía hacer lo que asegura que quiere hacer, siendo consciente de que soy uno de los escasos satélites del planeta Ciencia que así lo creen. Tanto lo he creído que, de hecho, escribí una novela sobre el proyecto de Mars One antes de que existiera nada llamado Mars One ni su proyecto. Si bien, como es de esperar en una novela, en la mía no todo acaba funcionando según lo esperado; al contrario de lo que suele decirse sobre la necesidad de que la ficción tenga un sentido del que la realidad carece, mi escuela es más bien la de la ficción como exploración de las posibilidades que la realidad suele dejar pasar de largo.

Me he ocupado de condensar aquí mis razones para creer que la empresa es viable:

  1. Recreación artística del proyecto Mars One. Imagen de mars-one.com.

    Recreación artística del proyecto Mars One. Imagen de mars-one.com.

    La colonización de Marte no presenta ningún problema teórico irresoluble (como sí existe, por ejemplo, para los viajes interestelares), sino solo retos tecnológicos. En cuanto a estos, no se requiere ningún avance científico revolucionario y genial, sino solo tecnología incremental.

  2. De hecho, de toda la tecnología necesaria para hacer realidad el proyecto, es más la que ya existe que la que aún falta por desarrollar. Es más: si se hubiera mantenido el nivel de inversión de los tiempos de la carrera espacial, toda la tecnología requerida ya estaría disponible.
  3. Los mayores retos tecnológicos que aún deben superarse conciernen a la biología de los colonizadores, y se resumen en una palabra: homeostasis. O en tres: respirar, comer y beber. Es imposible transportar alimentos y agua para dos años, pero Marte posee todos los elementos imprescindibles para la vida en cantidades suficientes, aunque en formas no inmediatamente aprovechables para nosotros. En Marte hay agua (y, por tanto, oxígeno e hidrógeno), carbono, nitrógeno, fósforo, azufre, cloro, calcio, magnesio, sodio, potasio, e incluso la mayoría de los oligoelementos biológicos como manganeso, hierro, níquel, cromo, cinc, cobre, bromo, molibdeno… Ahora que ya tenemos constancia de casi 2.000 planetas, Marte es, después de la Tierra, casi lo más parecido a un planeta habitable que podríamos soñar.
  4. Son pocos los nutrientes esenciales que deberían llevarse desde casa, y no supondrían un aumento gravoso de la carga útil. Esto permitiría concentrar el peso en los suministros precisos que no pueden derivarse in situ, como los medicamentos y los elementos iniciadores para crear un ecosistema autosostenible.
  5. Los desafíos tecnológicos adicionales, como la protección contra la radiación, la generación de energía, la transformación química de los elementos en compuestos aprovechables, o la creación de un ecosistema cerrado autosuficiente, son una vez más cuestión de desarrollo tecnológico. El uso y la explotación de los recursos marcianos para el sostenimiento de una colonia viable fue ampliamente estudiado y documentado por el ingeniero aeroespacial Robert Zubrin en su libro Alegato a Marte (The case for Mars). Y todo esto solo depende de…
  6. Dinero. La obtención de la tecnología necesaria es cuestión de dinero, y este es un recurso muy abundante en el planeta Tierra. Solo es necesario lograr que cambie de manos.
  7. Para conseguir esto último, la idea del reality show es idónea, y nadie mejor para ello que la holandesa Endemol, creadora del atroz pero astronómicamente rentable Gran Hermano. Como ya conté aquí, un artículo publicado en 2010 en la revista World Policy Journal revelaba que entre 2006 y 2008 el formato Gran Hermano generó en todo el mundo unos ingresos de 12.300 millones de dólares, una cifra que triplica el presupuesto de la NASA para exploración espacial en 2014. Mars One anuncia un presupuesto de 6.000 millones de dólares para enviar a los cuatro primeros colonos. Aunque sea el doble, o el triple.
  8. Quienes aseguran que el proyecto es inviable, lo que incluye a la comunidad científica en general y la mayoría de sus adláteres, inevitablemente evalúan el proyecto de Mars One tomando como regla de medida los de las agencias espaciales. Sin embargo, el concepto es radicalmente diferente; ya insinué algo de ello en un post anterior, pero el modelo para lograr algo como lo que propone Mars One debe ser completamente nuevo de principio a fin (más detalles en mi libro). Compararlo con la visión de la NASA es como analizar la viabilidad del transporte aéreo low cost tomando como patrón el sector de los jets de lujo. ¿Alguien habría creído a principios de los 90 del siglo pasado que hoy se podría comprar un billete de avión a Londres por seis euros?
  9. Supongamos que surgen problemas, lo cual es muy concebible. Si yo fuera Bas Lansdorp, el responsable de todo esto, me haría el siguiente cálculo: si los primeros colonos llegan a despegar sin que lo paralice una orden judicial (algo que podría suceder), una vez que hayan abandonado la atmósfera terrestre se acaban las jurisdicciones legales e incluso morales. Entonces Mars One deja de ser un proyecto de una organización privada para convertirse en una responsabilidad (o llámese marrón, si se quiere) que concierne a todas las potencias espaciales. Si la colonia resulta insostenible, nadie va a responder con un “así se pudran”. El de Lansdorp no es un salto sin red, aunque la red no la pagaría él, y quienes la pagarían aún no lo saben.
  10. Y al final, mi error al haberlo creído posible siempre sería menos memorable y comprometedor que el de quienes aseguraban que nunca podría hacerse. Un poco cínico, lo sé. Pero así ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia. Estaría tan dispuesto a comerme mis palabras físicamente y públicamente como a recordar que fui (casi) el único que creyó en ello.

La cuestión es que siempre lo he creído posible… hasta ahora.

Bas Lansdorp, cofundador y CEO de Mars One. Imagen de Joe Arrigo / Wikipedia / CC.

Bas Lansdorp, cofundador y CEO de Mars One. Imagen de Joe Arrigo / Wikipedia / CC.

Esta semana, la web del periódico británico Daily Mail informaba de que Mars One y Endemol han roto relaciones, al parecer debido a la imposibilidad de llegar a un acuerdo en los detalles del contrato. El diario conservador, que se ha destacado por su oposición al proyecto, aportaba fuentes de ambas partes, incluyendo al propio Lansdorp; aunque, hasta donde sé, ninguna de las dos compañías lo ha ratificado por otras vías. En su día, Mars One sí informó en su web del acuerdo con Endemol.

Si se confirma la noticia y el reality ya no es una realidad, tampoco creo que llegue a serlo el proyecto. Siempre según el Mail, Lansdorp señaló que la idea de que la mayor parte de la financiación de Mars One procedería del reality era un “gran malentendido”, y que el principal caudal de fondos será la inversión privada de capital riesgo. Curiosamente, de haber un malentendido, fue el propio responsable del proyecto quien lo ocasionó; en una conferencia de prensa celebrada hace dos años en Nueva York, Lansdorp hablaba de los ingresos televisivos en términos épicos y estratosféricos. Y no imagino qué socios privados estarían dispuestos a cubrir una inversión de extremo riesgo superior a los 6.000 millones de dólares.

El reality era, y es, clave. No se trata simplemente de un programa televisivo, sino de aprovechar el inmenso poder de la televisión e internet como plataformas de marketing alrededor de una experiencia humana jamás vista en la historia del planeta. La oportunidad es inigualable, y el potencial es casi infinito. No creo que actualmente nadie en España pueda dudar de que el uso inteligente de los medios audiovisuales es capaz incluso de llegar a romper un equilibrio político que ha permanecido inmutable durante décadas. Todos somos sus esclavos, sus presas o sus víctimas. Todos nos dejamos manipular, y a cambio acrecentamos su supremacía como máquina de hacer dinero. A quien discrepe de esta visión, o la califique de nihilista, le invito a recordar que ayer el asunto global que más interesó a la humanidad entera fue la apasionada discusión sobre si un vestido era blanco o azul. Es esa humanidad.

Tal vez alguien objete que el público es refractario a la imposición de intereses, y que casos como el del vestido surgen de forma espontánea. La cuestión es que dentro de una semana nadie se acordará del vestido, pero en cambio todo el mundo continuará bebiendo Coca-Cola, un refresco que nadie rechaza a pesar de ser comercializado por una compañía que guarda suficientes esqueletos en el armario como para igualar en reputación a Monsanto, la multinacional de cultivos transgénicos que probablemente representa el epítome de empresa aborrecida por muchos. Todo es cuestión de comunicación. En mi novela, la primera fotografía que confirma la presencia indiscutible de restos fósiles en Marte lleva el patrocinio de Coca-Cola, mostrado a través de un logotipo en la carrocería del robot que realiza el hallazgo. ¿Cuántas empresas rechazarían semejante publicidad? Pero ¿cuántas podrían pagarla?

Otra objeción podría ser que Mars One concita serios rechazos, tantos o más que adhesiones. Las actitudes frente al proyecto pueden agruparse en cuatro tendencias: los entusiastas, los detractores, los indiferentes y los que aún no lo conocen. Este último grupo va reduciéndose con cada nuevo paso de la iniciativa y su difusión pública. ¿Quién no ha oído hablar ya de los dos españoles que viajarán a Marte? En mi novela, el personaje que equivale a Lansdorp, Sam Waitiki, escogía astutamente a sus candidatos para asegurarse de cubrir todo el espectro global de culturas, etnias y civilizaciones, y seleccionaba su simbología e imagen de marca para representar la universalidad. En el caso real, los medios generalistas de todo el mundo han pregonado, perfilado y entrevistado a sus candidatos locales, generalmente con una visión (tal vez demasiado) acrítica sobre el proyecto.

A medida que aumenta el conocimiento público sobre Mars One, el cuarto grupo va menguando al tiempo que crecen los tres primeros. Y de estos, solo los indiferentes dejarán de contribuir a la campaña publicitaria de Mars One. En mi novela, Sam Waitiki procura ocuparse de que los indiferentes sean una minoría; prefiere el odio, porque el odio es rentable, y a los detractores los anzola con más argumentos para manifestarse pública y enérgicamente en contra del proyecto. Todos aquellos que critican su inviabilidad, o que vituperan la frivolidad que supone el gigantesco gasto en una quimera espacial muy alejada de los problemas de la Tierra, generan tráfico de internet, visitas a páginas web y, nuevamente, más publicidad; más dinero.

Al parecer, Lansdorp declaró al Mail Online que en lugar del reality se producirá un documental. Me sorprendería que este fuera el final de la historia. Porque de ser así, no me sorprendería que este fuera el final de toda la historia.

7+1 mitos sobre los científicos que hay que desmontar

Me ha divertido mucho comprobar que los periodistas somos todos muy parecidos, aunque geográficamente seamos antípodas los unos de los otros. En una página de internet, el investigador australiano Colin Cook cuenta cómo un equipo de televisión que grababa en su laboratorio le indicó que quería filmar “soluciones de varios colores en recipientes vistosos de cristal”. A lo que su compatriota el genetista Jeffrey Craig responde que, en una ocasión, tanto se hartó de que le solicitaran lo mismo que recurrió a mezclar el contenido de varias latas de refresco para que los chicos de la prensa se quedaran contentos.

Batas y matraces con líquidos de colores, ¡perfecto, eso es un laboratorio! Imagen de pixabay.com (dominio público).

Batas y matraces con líquidos de colores, ¡perfecto, eso es un laboratorio! Imagen de pixabay.com (dominio público).

El motivo por el que me divierte, y que justifica la similitud a la que me refiero, es que yo he vivido exactamente la misma situación, pero no desde el lado del periodista, sino del científico. Cuando trabajaba en mi tesis en el Centro Nacional de Biotecnología, creo recordar que fue con ocasión de la visita de algún personaje –no me atrevería a asegurar si era Esperanza Aguirre en su avatar de ministra de Educación y Ciencia–, un equipo de televisión invadió nuestro laboratorio para grabar unas tomas de recurso. Y lo que pidieron fue exactamente lo mismo: líquidos de colores y que, a ser posible, hicieran humo (¡¿?!). Ah. Y que nos pusiéramos la bata.

Tal vez sean casos como estos los que, aquí como en Australia, contribuyan a que el roce entre científicos y periodistas ande siempre más bien escaso de lubricante. Habiendo estado en los dos extremos del micrófono, he conocido la suspicacia y la displicencia de los científicos hacia los periodistas, y también me ha tocado sufrirlo como periodista. Mi caso particular más extremo fue el de una investigadora del CSIC, cuya identidad obviamente omito, a la que llamé por teléfono para consultarla sobre su trabajo y, antes incluso de saludar, me espetó lo siguiente (aún conservo la grabación):

A ver, yo te cuento. El problema que hay a la hora de difundir ciencia es que de lo que yo os diga a lo que vosotros escribáis hay diferencia, y entonces me preocupa un poco lo que podáis poner o que le deis un toque sensacionalista.

¡Sensacionalista! Acusar a un periodista de tal cosa sin conocerle de nada es como abrir una conversación con un médico tildándolo de matasanos, o con un detective tratándolo de huelebraguetas. Evidentemente, nunca escribí sobre el trabajo de aquella señora.

Sin embargo, y en mi práctica habitual de repartir a dos bandas, es cierto que algunas prácticas periodísticas no ayudan precisamente a rebajar las fricciones de esta relación. Incluso dejando fuera el tratamiento de las noticias que tanto desagradaba a la investigadora (es cierto que hay tratamientos sensacionalistas, pero también que algunos científicos ven sensacionalismo en titulares como “dormir ayuda al cerebro a tirar de la cadena”, tan alejado del que ellos preferirían: “el sueño se asocia a un incremento significativo del flujo convectivo entre el fluido intersticial y el líquido cefalorraquídeo para la eliminación de metabolitos potencialmente neurotóxicos”), el periodismo puede llegar a fabricar una versión propia e inexacta de los científicos y de su labor, más inspirada en los clichés que en la realidad. Un ejemplo es el que abre este artículo: el Quimicefa y la bata.

Y precisamente de clichés y mitos vengo hoy a hablar aquí. Los comentarios de Cook y Craig surgen a propósito de un artículo publicado por el segundo y por la investigadora Marguerite Evans-Galea en The Conversation, un medio de origen australiano que precisamente representa lo mejor que periodistas y científicos pueden hacer juntos cuando hay voluntad de entendimiento mutuo. Craig y Evans-Galea dedican su artículo a desmontar siete mitos populares sobre los científicos. Con algunas diferencias entre la situación australiana y la española, llama la atención lo extendidos que están algunos de estos falsos conceptos incluso en un país perteneciente a una cultura, la anglosajona, con mayor tradición científica que la nuestra. Aquí resumo los mitos señalados en el artículo, con un breve comentario sobre su aplicación a nuestro país:

1) El salario de los investigadores lo pagan sus centros de investigacion.

Bien, comenzamos precisamente con un ejemplo de diferencia entre Australia y España. El modelo anglosajón tiene más tradición de mecenazgo, y es muy frecuente que los investigadores reciban su sueldo de financiadores ajenos a su instituto. En España, en cambio, hay una mayor tradición de investigadores funcionarios, tanto en el CSIC como en las universidades, si bien es cierto que el modelo tiende a precarizarse. A menos que un proyecto incluya específicamente financiación para becas o contratos, lo habitual es que la paga de los becarios proceda de fuera de su instituto, aunque a menudo tanto este como los fondos sean públicos.

2) Los investigadores cobran por publicar en una revista científica.

Esto es común a todos los países, y marca una diferencia entre periodistas y científicos: a los primeros se les paga por escribir, mientras que los segundos a menudo deben hacer un desembolso para ver sus resultados publicados. Esto se debe a que muchas revistas científicas no incluyen publicidad; su negocio está en las suscripciones y en la tarifa que cargan a los investigadores. No todas las revistas cobran por publicar, pero las que lo hacen pueden cargar por encima de los 1.000 euros, y aún más si se elige la opción open access. El acceso abierto es a menudo como esa campaña de los hoteles que insta a no echar las toallas a lavar por motivos ecológicos: bajo un fin presuntamente noble se esconde un jugoso negocio que ahorra enormes costes de lavandería. El acceso abierto, concebido como un instrumento para que la ciencia se comparta, a los editores de las revistas les pone los ojos de dólar como en los dibujos animados: si quieres que tu artículo esté accesible públicamente y tenga mayor difusión, perfecto; pero amigo, te va costar caro. Con todo esto, el de las revistas académicas es un gigantesco negocio, con ingresos de cientos o incluso miles de millones de euros y márgenes que superan el 30 y hasta el 40%.

3) A los investigadores se les paga para que trabajen muchas horas.

En la ciencia no se pagan horas extras, pero haberlas, haylas, y muchas. El trabajo sin horarios de los científicos nace del puro espíritu vocacional, pero también, y hablando de mi experiencia directa en la biología, de protocolos experimentales infernales que a veces obligan a trabajar durante 15 o 20 horas seguidas. Las células en cultivo no saben que hoy es domingo. Supongo que otras disciplinas tienen sus propios condicionamientos; por ejemplo, los astrofísicos no pueden pedirle al exoplaneta que se espere al lunes para transitar frente a su estrella. Y a todo ello se añade que hay que escribir y entregar los proyectos antes de que se cierre el plazo.

4) La investigación de calidad siempre encuentra financiación.

Si no la encuentra ni en Australia… Craig y Evans-Galea aportan el trágico dato de que en 2014 el gobierno australiano solo financió el 15% de los proyectos presentados. Se agradecerían datos sobre España si alguien los tiene a mano.

5) Los investigadores tienen cubiertos los gastos de suscripción a revistas y sociedades.

Igual que lo dicho para las becas, un investigador puede considerarse afortunado si su financiación le cubre otros gastos necesarios para su trabajo científico, pero ajenos a él.

6) Los investigadores están formados para manejar presupuestos y para escribir.

Este mito es muy bueno. Algunas carreras de ingeniería incluyen asignaturas de economía (al menos en mis tiempos) asumiendo que los ingenieros deberán gestionar presupuestos y gastos. Los científicos deben ocuparse de esto mismo sin haber recibido ninguna formación específica para ello. Y al contrario que los ingenieros, los investigadores no pueden solucionar los errores de estimación haciendo modificados, por lo que deben ser maestros de la optimización. Del mismo modo, gran parte del trabajo de un científico consiste en escribir: proyectos, estudios, revisiones, comunicaciones a congresos… Sin embargo, las facultades de ciencias tampoco ofrecen formación en comunicación, algo que además mejoraría la capacidad divulgadora de los investigadores. Naturalmente, Craig y Evans-Galea no mencionan algo que para ellos no es un problema: los científicos españoles deben escribir una buena parte de su producción en inglés.

7) Los investigadores tienen una carrera para toda la vida.

(Risas). No creo que en España nadie tenga la tentación de creer en este mito. Australia tiene 13 premios Nobel de ciencia. Nosotros, solo uno (más un coeficiente de Severo Ochoa), y él mismo ya dijo en su día que investigar en España es llorar.

Los científicos perfectos, en la serie 'The Big Bang Theory'. Imagen de CBS.

Los científicos perfectos, en la serie ‘The Big Bang Theory’. Imagen de CBS.

7+1) A los siete mitos de Craig y Evans-Galea añado uno más de mi propia cosecha. Aunque como fácilmente puede comprenderse, el mío no solamente incluye algo de frivolidad y sarcasmo, sino que realmente es una condensación de varios mitos. A saber, el investigador es un tipo (o tipa) tirando a feo, friki y mal vestido, a quien no le importa cobrar poco porque no tiene vida fuera del laboratorio ni le importan en absoluto las posesiones materiales, dotado de una inteligencia privilegiada pero con nulas habilidades sociales, cuya aparente misantropía se compensa por su ferviente deseo de salvar a la humanidad. En fin. En otro comentario al artículo de los australianos, John Pickard escribe: “Si algo de mi investigación hará del mundo un lugar mejor, no estoy seguro; pero me sacó de la calle”.