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Marmite, el residuo industrial que se convirtió en alimento de culto

Si no están seguros de haber probado alguna vez el Marmite, probablemente es que nunca lo han hecho. No es algo que se olvide con facilidad. Yo tuve la oportunidad de hacerlo este verano en Gran Bretaña, donde lo fabrican, y mi impresión fue la de estar saboreando una mezcla de ácido de batería y aceite de motor usado.

Marmite. Imagen de Wikipedia.

Marmite. Imagen de Wikipedia.

Claro está que jamás he probado estas dos sustancias, así que la descripción es completamente imaginaria. Pero el sabor del Marmite tiene algo en común con lo que uno puede atribuir al de los fluidos del motor de un coche, y es que no parece haber sido creado para consumo humano, salvo si acaso por prescripción médica, sino para otros fines, como encajar tapas de alcantarilla en su hueco o verterlo sobre las cabezas de los enemigos desde lo alto de la muralla de un castillo.

De hecho, algo hay de cierto en que no fue inventado para que entrara por boca humana, ya que en realidad el Marmite es literalmente un desecho: es el extracto de la levadura que queda como residuo después de la fermentación de la cerveza. En el siglo XIX un químico alemán llamado Justus von Liebig, considerado el padre de la industria de los fertilizantes, descubrió que no había por qué tirarlo, que podía comerse sin morir, y a comienzos del XX empezó a comercializarse en Reino Unido.

Lo curioso es que para los británicos y sus primos antípodas, australianos y neozelandeses, es más que un alimento popular: es casi un objeto de culto. En el mundo anglosajón el Marmite suele utilizarse como ejemplo de algo que se ama o se odia, ya que la marca ha utilizado esta idea como eslogan durante años. Pero quienes lo aman, lo aman a muerte. Los fabricantes han lanzado ediciones especiales del producto con ocasión de múltiples eventos, incluido el 60º aniversario del reinado de Isabel II, y los amantes del Marmite las adquieren con devoción.

En 2011, un terremoto en Nueva Zelanda causó el cierre de la fábrica de la versión local, y se desencadenó lo que vino a llamarse el Marmageddon: cundió el pánico, las muchedumbres invadieron los supermercados para hacerse con provisiones, proliferaron en internet las subastas de botes del producto, incluso usados, y el primer ministro tuvo que reconocer desconsolado que se vería obligado a consumir la marca australiana una vez que se acabaran sus existencias. Cuando la fábrica volvió a abrir, inicialmente se impuso un racionamiento de dos botes por persona y día.

Marmite surafricano. Imagen de James Cridland / Flickr / CC.

Marmite surafricano. Imagen de James Cridland / Flickr / CC.

El Marmite es también objeto de investigaciones. Recientemente la revista Annals of Improbable Research, cuyos responsables lo son también de los premios Ig Nobel que conté ayer, ha recopilado algunos de ellos. Por ejemplo, en 2008 un equipo de la Universidad de Cambridge estudió las transiciones de sólido a líquido en la pasta de Marmite, y este mismo año un grupo de científicos de la Universidad australiana de Wollongong ha demostrado la aptitud del Marmite para ser utilizado con impresoras 3D de productos comestibles.

Pero si están esperando a que les desvele las razones objetivas de esta Marmamanía, me temo que deberán seguir esperando, porque no las hay. Es cierto que al Marmite se le suelen suponer ciertas cualidades. Es fuerte en vitaminas; tan fuerte que por este motivo fue prohibido temporalmente en Dinamarca, y existen recomendaciones de máximo consumo diario por riesgo de daños al hígado.

Por lo demás, el amor al Marmite no tiene otra explicación más razonable que el amor a nuestra infancia. Generaciones de anglosajones lo han devorado untado en tostadas desde que eran pequeñitos, y quién no ama los sabores de su niñez, incluso si uno se alimentaba a base de ácido de batería y aceite de motor usado.

Por poderse, se puede tomar también con queso. Imagen de Wikipedia.

Por poderse, se puede tomar también con queso. Imagen de Wikipedia.

De hecho, los mecanismos por los que sentimos pasión o aversión hacia ciertos alimentos son una bonita materia de estudio científico, pero también una complicada. Este mes, la revista New Scientist tiraba por tierra un estudio de una compañía de pruebas de ADN que pretendía atribuir el amor o el odio por el Marmite a ciertas variantes de genes. Como bien señalaba la revista, un pequeño estudio de correlación no demuestra nada, y en cualquier caso es más probable que los padres amantes del Marmite lo sirvan a sus hijos, con quienes comparten genes, y que estos se aficionen a los sabores de su infancia.

Todo esto nos lleva de vuelta a uno de los estudios ganadores de los premios Ig Nobel de este año y que les conté ayer, el de los investigadores franceses que han examinado qué regiones del cerebro se activan cuando se les presenta queso a personas que lo aman o lo odian. Los científicos descubrieron que ciertos centros cerebrales implicados en la recompensa se desactivan tras la estimulación con este alimento en quienes lo aborrecen. ¿Para cuándo un estudio similar con el Marmite? De hecho, y como se comprueba en la foto adjunta, hay quien lo toma también con queso. Sería el experimento definitivo.

Gatos líquidos, sexo al revés y cómo no derramar el café al andar: Ig Nobel 2017

Lo prometido. Después de la influencia de sostener un cocodrilo en las apuestas en los juegos de azar, investigación merecedora del premio Ig Nobel 2017 de Economía, aquí les enumero el resto de los trabajos ganadores de esta edición. Pero como les dije, y siguiendo el espíritu de los premios que primero hacen reír, y luego hacen pensar, en cada uno de ellos les explico brevemente por qué, no por más sorprendentes, (casi) todos estos estudios dejan de tener su mayor o menor relevancia para la ciencia. Recuerden: (casi) todas estas investigaciones están publicadas en revistas científicas, algunas de gran impacto. No, a pesar de lo que lean por ahí, (casi siempre) no son absurdas.

Por cierto, las categorías no son las mismas todos los años; se designan en cada edición a medida de las investigaciones premiadas.

Ceremonia de entrega de los premios Ig Nobel 2017. Imagen de Improbable Research.

Ceremonia de entrega de los premios Ig Nobel 2017. Imagen de Improbable Research.

Ig Nobel de Física: ¿puede un gato ser sólido y líquido al mismo tiempo?

Comienzo con la excepción a la regla, que justifica los paréntesis en los párrafos anteriores. El estudio firmado por el físico francés Marc-Antoine Fardin no es realmente tal estudio, sino una broma para reólogos, los científicos que estudian la dinámica de los fluidos. Fardin publicó en 2014 un artículo en el Boletín de la Sociedad de Reología (no una revista científica, sino un boletín) que aplica los conceptos de esta ciencia a los gatos. Puro humor científico.

Ig Nobel de la Paz: tocar el didyeridú alivia la apnea y los ronquidos

Didyeridús. Imagen de Wikipedia.

Didyeridús. Imagen de Wikipedia.

Un grupo de investigadores de Suiza, Canadá, Holanda y EEUU ha ensayado el tratamiento más improbable contra la apnea del sueño y los ronquidos: tocar el didyeridú, una especie de enorme trompeta que es tradicional entre los aborígenes de Australia. Y según el estudio publicado en la revista British Medical Journal, el tratamiento es eficaz para los pacientes con síntomas moderados. Claro que habría que valorar si merece la pena: el régimen impuesto a los participantes en el ensayo fue tocar el didyeridú durante casi media hora al día, seis días a la semana durante cuatro meses.

Ig Nobel de Anatomía: ¿por qué los ancianos tienen orejas grandes?

El médico inglés James Heathcote aborda en la revista British Medical Journal una de las más curiosas peculiaridades anatómicas del ser humano: las orejas no dejan de crecer desde que nacemos hasta que morimos. En realidad Heathcote no es ni mucho menos el primero en fijarse en ello. Esta peculiaridad ya se había estudiado científicamente al menos desde los años 50, y hace 10 años un estudio exhaustivo investigó el crecimiento de las orejas a lo largo de la vida de casi 1.500 voluntarios. Los resultados fueron sorprendentes: las orejas crecen más en los hombres que en las mujeres, sobre todo en los primeros 10 años de vida, pero no aumentan de tamaño uniformemente. Los investigadores proponían el tamaño de la oreja como un parámetro a tener en cuenta a la hora de estimar la edad de un cadáver en los análisis forenses.

Ig Nobel de Biología: el insecto con pene femenino y vagina masculina

Órganos sexuales del macho y la hembra de Neotrogla. Imagen de Yoshizawa et al., Current Biology.

Órganos sexuales del macho y la hembra de Neotrogla. Imagen de Yoshizawa et al., Current Biology.

En la naturaleza se han encontrado rarezas genitales de todo tipo, pero nunca antes una como la de Neotrogla, un pequeño insecto que vive en las cuevas de Brasil alimentándonse del guano de los murciélagos. En el mundo de estas criaturas, es la hembra la que posee un órgano parecido a un pene que introduce en una abertura en el cuerpo del macho. Aunque se conocen otros casos de animales con los papeles cambiados, sólo la hembra del Neotrogla posee un auténtico pene con todas las de la ley, pero en vez de expulsar, succiona; tanto el esperma del macho como los nutrientes de su fluido seminal. Y lo hace hasta 70 horas seguidas, el tiempo que puede durar una cópula en estos bichos. Los científicos piensan que es una adaptación a la escasez de recursos nutritivos en las cuevas, donde las hembras compiten por los machos.

Ig Nobel de Dinámica de Fluidos: el café se derrama menos caminando hacia atrás

Postura de garra. Imagen de Jiwon Han, Achievements in the Life Sciences.

Postura de garra. Imagen de Jiwon Han, Achievements in the Life Sciences.

El coreano Jiwon Han sabe mirar las cosas al revés que los demás. ¿Quién no ha caminado con sumo cuidado llevando una taza de café en la mano para terminar derramando una parte? El accidente se debe a las ondas que se forman en la taza al caminar, y que chocan con las paredes. Han se preguntó si el movimiento armónico sería diferente caminando hacia atrás, y creó un modelo matemático aplicando las ecuaciones de Euler-Lagrange. Y según los resultados, sí, el método es eficaz. Pero para evitar colisiones con el mobiliario o con otros humanos, Han recomienda una alternativa que también funciona, y es caminar hacia delante agarrando la taza con los cinco dedos por la parte superior, lo que llama la “postura de garra”. Nótese que Han elaboró este trabajo cuando aún era estudiante de instituto.

Ig Nobel de Nutrición: dieta de sangre humana cuando escasea el pollo

Cráneo del murciélago vampiro Diphylla ecaudata. Imagen de Wikipedia.

Cráneo del murciélago vampiro Diphylla ecaudata. Imagen de Wikipedia.

Existen tres especies de murciélagos vampiros, es decir, que se alimentan exclusivamente de sangre. Mientras que dos de ellas son poco selectivas con sus presas, se pensaba que la especie Diphylla ecaudata bebía únicamente sangre de pájaros. Un estudio descubre que no es así: gracias a las técnicas de biología molecular, ya no es necesario perseguir a los animales para observarlos en el momento de alimentarse. Basta recoger sus heces y comprobar el ADN que contienen. Los investigadores descubrieron que el guano del ecaudata contenía ADN de pollo, pero también humano, y sospechan que estos murciélagos cambian su dieta en tiempos de escasez. Y advierten: la destrucción de los recursos llevará a estos animales cada vez más a buscar la abundante sangre humana, dejando a cambio un regalo indeseable, el virus de la rabia.

Ig Nobel de Medicina: la firma cerebral del odio al queso

Hoy en día, las técnicas de imagen cerebral se aplican a todo. Se ha escaneado el cerebro de personas mientras realizan todo tipo de actividades, incluyendo el sexo. Los aparatos de Resonancia Magnética Funcional por Imagen (fMRI, en inglés) permiten descubrir qué áreas del cerebro se nos activan cuando hacemos cualquier cosa, y estos estudios sirven a los neurocientíficos para identificar la implicación de las regiones cerebrales en distintas funciones. Un grupo de investigadores ha estudiado por este método la aversión a la comida. A la hora de elegir un alimento concreto, descubrieron que el queso se ama tanto como se odia: al parecer, hay un mayor porcentaje de personas que odian el queso que otros alimentos. Los autores del estudio han identificado regiones del cerebro implicadas en esta aversión al queso.

Ig Nobel de Cognición: los gemelos no se distinguen entre ellos

Yo sé que soy yo. Pero si tuviera un clon, ¿sabría distinguirme de él en una prueba visual? Al parecer no, según los resultados de un estudio. Los investigadores descubren que muchos gemelos idénticos tienen serios problemas para distinguirse en fotografías. A quienes no tenemos gemelo tal vez nos sorprenda o al contrario, nos resulte obvio. Tanto como la siguiente afirmación de los investigadores: “especulamos que en gemelos monocigóticos la representación visual de la propia cara solapa con la del co-gemelo”. Los autores añaden que, para distinguirse de su gemelo, estas personas tienen que confiar mucho más que el resto de los humanos en “procesos de integración multisensorial en los que se basa el sentido del propio yo”.

Ig Nobel de Obstetricia: el Babypod

Imagen de Babypod.

Imagen de Babypod.

El premio en la infrecuente categoría de obstetricia ha agraciado a un equipo íntegramente español, por mostrar que los fetos en desarrollo reaccionan de forma más notoria a la música cuando suena directamente dentro de la vagina, y no a través de la pared abdominal. Nace así el Babypod, un altavoz cuyo uso resulta evidente a partir de lo anterior. No cabe duda de que a todos nos gusta más escuchar la música en nuestra propia habitación que desde la casa del vecino. El problema puede surgir cuando la música del vecino nos resulta odiosa. Y dado que los fetos aún no pueden elegir una playlist de acuerdo a sus propios gustos, el peligro del Babypod es que, dependiendo de los gustos musicales de la madre, pueda resultar tan nocivo para el bebé como los altavoces aquellos de la prisión de Guantánamo.

¿Para qué sirve sostener un cocodrilo mientras se juega a las tragaperras?

Posiblemente algunos de ustedes, que están leyendo estas líneas, habrán colegido que la pregunta que titula este artículo debe de esconder algún tipo de sentido metafórico pretendidamente profundo. Pues nada de eso: parafraseando a Hemingway cuando explicaba el significado de El viejo y el mar, el cocodrilo es el cocodrilo y la tragaperras es la tragaperras.

O sea: el significado es literal. Y esta pregunta es exactamente la que han respondido Matthew Rockloff y Nancy Greer, investigadores de la Universidad de Queensland Central (Australia). Aunque en realidad la respondieron allá por 2010; si su estudio vuelve a ser pertinente ahora es porque ha ganado un premio. Pero tampoco se trata de una distinción convencional. Síganme, que se lo explico.

Imagen de Javier Yanes.

Imagen de Javier Yanes.

En 2010, Rockloff y Greer estudiaban qué papel desempeñan las emociones en los juegos de azar para las personas en posible riesgo de ludopatía; es decir, cómo la excitación generada por el juego puede influir a la hora de apostar. Como ven, un tema muy relevante y de indudable impacto social. Pero para sus experimentos de campo con voluntarios, los dos investigadores necesitaban introducir un método para controlar la variable emocional, una forma de provocar la excitación en el jugador, pero ajena al propio juego para poder medir su efecto en relación con los controles.

Lo solucionaron a la australiana: ¿qué tal darles a sostener un cocodrilo? Así que Rockloff y Greer se desplazaron a la granja de cocodrilos de agua salada de Koorana, en Coowonga, y allí abordaron a los turistas en un total de 100 visitas guiadas.

A la mitad de los participantes les invitaron a jugar a una simulación de máquina tragaperras en un ordenador portátil antes de su visita a la granja. A la otra mitad, inmediatamente después de la visita, cuya última actividad consiste en ofrecer a los turistas un cocodrilo de un metro para que lo sostengan mientras se hacen una foto. Por otra parte, los investigadores registraron diversos datos sobre los voluntarios, sus estados de ánimo y la existencia o no de problemas previos con el juego.

Tras el experimento, los dos científicos descubrieron que la excitación de sostener el cocodrilo aumentaba la cantidad de las apuestas en las personas en riesgo de ludopatía sin frecuentes emociones negativas. Por el contrario, los voluntarios con problemas con el juego y abundantes emociones negativas apostaban menos después de sujetar el reptil. “Los resultados sugieren que la excitación puede intensificar el juego en los jugadores de riesgo, pero solo si este estado emocional no se percibe como negativo”, escribían Rockloff y Greer en su estudio.

Pero si aún continúan estupefactos ante el inusual método elegido por los investigadores, y siguen preguntándose con juicioso criterio por qué no se fueron a un casino, como parecería lógico, la respuesta es que precisamente trataban de evitar esto último. El ambiente del casino, alegan Rockloff y Greer, tiene un elemento intrínsecamente excitante, al estar concebido como un lugar de entretenimiento.

El objetivo del estudio era poner a prueba la influencia de las emociones en una situación más cotidiana, fuera del entorno de los grandes centros de juego; algo más parecido a echar monedas en la tragaperras de un bar. Y es precisamente este tipo de situación la que suele ser problemática para muchos adictos al juego.

Así que ya lo ven: una investigación en apariencia rocambolesca tiene un trasfondo serio y valioso. Y son todas estas cualidades las que han hecho a Rockloff y Greer merecedores de uno de los premios Ig Nobel 2017, entregados la semana pasada en la Universidad de Harvard por los editores de la web Improbable Research, como cada año desde 1991.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Los investigadores Nancy Greer y Matthew Rockloff, pertrechados con ocasión de la ceremonia de los premios Ig Nobel. Imagen de CQUniversity.

Si han oído alguna vez hablar de estos premios, tal vez hayan leído que son una parodia de los Nobel. No estoy muy de acuerdo con esta descripción. La parodia es imitación burlesca, según el diccionario, y que se sepa los Ig Nobel no son un remedo de nada, sino una iniciativa cien por cien original. Ni mucho menos pretenden burlarse de nadie. En la era de las redes sociales ya hay suficiente graciosismo por el mundo.

La intención de los Ig Nobel y de su fundador, Marc Abrahams, no es premiar imbecilidades ni ocurrencias graciosas. Los premios, cuyo nombre es un juego de palabras que en inglés significa “innoble”, distinguen cada año investigaciones legítimas, válidas y publicadas, pero inusualmente extrañas, imaginativas o aberrantes. Como dice Abrahams, “investigaciones que primero hacen reír y luego hacen pensar”. Y que, dicho sea de paso, entroncan formidablemente con la veterana y muy honorable tradición de la ciencia punk.

Mañana les contaré algo más sobre otras de las investigaciones premiadas este año.

Esta es la última imagen de Saturno tomada por Cassini

No es una imagen espectacular; para asombrarnos, ya tenemos los miles de fotografías tomadas por Cassini durante su larga misión en Saturno. Pero esta que traigo hoy aquí tiene el valor histórico de ser la última capturada por la cámara de la sonda de la NASA que ayer terminó sus 20 años de travesía espacial con una zambullida a muerte en la atmósfera del planeta anillado.

La imagen muestra el acercamiento de Cassini hacia la región de la atmósfera donde quedaría desintegrada. Lo que se observa, según explica la NASA, es la cara nocturna del planeta iluminada por el reflejo de la luz del Sol en los anillos, a 634.000 kilómetros de distancia. La fotografía original es en blanco y negro, pero los responsables de la misión le han aplicado filtros para obtener un color natural, tal como veríamos la escena con nuestros propios ojos.

Última imagen de Saturno tomada por la sonda Cassini, el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Última imagen de Saturno tomada por la sonda Cassini, el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Este otro montaje, tomado al mismo tiempo que la fotografía anterior, muestra imágenes térmicas en infrarrojos, como los visores nocturnos, de las nubes de Saturno. La marca blanca muestra el lugar por el que Cassini penetraría en la atmósfera de Saturno hacia su destrucción.

Imagen térmica de infrarrojos de Saturno tomada por Cassini el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Imagen térmica de infrarrojos de Saturno tomada por Cassini el 14 de septiembre de 2017. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Finalmente, les dejo este souvenir de Saturno preparado por la NASA, un vídeo de animación que resume la misión de Cassini y su Grand Finale.

Adiós, Cassini

Hoy brillará un meteorito en el cielo de Saturno. Aproximadamente a las 13:54, la sonda Cassini de la NASA comenzará a adentrarse en la atmósfera del planeta anillado a 113.000 kilómetros por hora. Un minuto más tarde, el vínculo de comunicación entre el aparato y el control de la misión en la Tierra se perderá definitivamente, después de que la sonda haya enviado sus últimos y valiosos datos.

En ese momento, Cassini se hallará a unos 1.500 kilómetros sobre las nubes de Saturno, la altura a la cual la presión atmosférica es equivalente a la del nivel del mar en nuestro planeta. Entonces el rozamiento atmosférico empezará a incinerar y desintegrar las piezas de la sonda. Un par de minutos después, Cassini ya solo será un recuerdo, aunque sus últimos datos tardarán casi una hora y media más en llegar hasta las antenas terrestres.

Una de las últimas imágenes de Saturno enviadas por Cassini el día antes de su final. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Una de las últimas imágenes de Saturno enviadas por Cassini el día antes de su final. Imagen de NASA/JPL-Caltech/Space Science Institute.

Imagino que sobre todo los científicos, y los que alguna vez lo hemos sido, podremos comprender la sensación de vacío y el nudo en la garganta de los responsables de la misión después de un momento como este. Por supuesto, los datos de Cassini, como los de cualquier otra gran misión espacial, continuarán dando mucho trabajo a los científicos durante los años venideros. Pero ya no será lo mismo para quienes la vieron tomar forma primero en el papel, después convertirse en un objeto real, luego despegar hacia el espacio profundo, y desde entonces le han dedicado todo su trabajo durante décadas.

En una de las muchas notas de prensa que han circulado estos días sobre Cassini, la científica del Instituto de Ciencias Planetarias de Tucson (EEUU) Candy Hansen recordaba que comenzó a trabajar con Cassini en 1990, cuando aún era solo un proyecto, siete años antes de su lanzamiento al espacio. Han pasado 27 años, casi toda una vida profesional, y Hansen decía sentir que hoy perderá a un viejo amigo.

He estado revisando algunos datos y, si la información no me falla, Cassini será hasta el momento de su destrucción la sonda aún activa más longeva en el espacio profundo, exceptuando las dos Voyager, lanzadas en 1977 y que continúan operando desde los confines del Sistema Solar. Alguna de las Pioneer de la NASA es aún más antigua, pero no se ha intentado contactar con ellas desde hace años y se desconoce si siguen funcionando.

Pero además de su veteranía, Cassini ha sido una misión favorita de muchos por otros motivos. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gusta Saturno? Desde pequeños, cuando empezamos a aprender que hay otros mundos por ahí fuera, el planeta de los anillos es el más reconocible, el más dibujado, el que nadie confunde con ningún otro.

Y en adelante, gran parte de lo que sabemos y sabremos sobre Saturno deberemos agradecérselo a Cassini. Desde su llegada a su objetivo en 2004, la sonda ha enviado a sus cuidadores terrestres una inmensa cantidad de datos sobre Saturno, sus anillos y sus lunas. Ha descubierto mares de metano y etano en Titán, y un probable océano bajo el hielo de Encélado que podría ser apto para la vida. En sus últimas semanas, ha completado su brillante carrera con una última aproximación a Titán y un total de 22 órbitas enhebrándose en el hueco entre Saturno y sus anillos, una proeza técnica inédita hasta ahora.

Pero además hay otro poderoso motivo que ha prestado un carácter especial a esta misión, y que hoy debemos recordar de nuevo: su otra mitad. Originalmente la misión tuvo un segundo componente, la sonda Huygens de la Agencia Europea del Espacio (ESA). Ambas viajaron juntas hasta 2005, cuando la fase europea se separó de su media naranja americana para aterrizar en Titán, la mayor de las lunas de Saturno.

Huygens fue un completo y rotundo éxito; en mi modesta opinión personal y con permiso de Rosetta, el más espectacular en la historia espacial europea. La imagen de la superficie de Titán enviada por Huygens a Cassini y de ahí a la Tierra es la fotografía más lejana de la superficie de otro mundo que hemos tenido nunca, y que tendremos probablemente durante muchos años más. No me he resistido a publicarla aquí varias veces, y tampoco me resisto hoy.

Imagen de la superficie de Titán tomada por la sonda Huygens. ESA/NASA/JPL/University of Arizona.

Imagen de la superficie de Titán tomada por la sonda Huygens. ESA/NASA/JPL/University of Arizona.

Aunque Huygens dio su misión por concluida solo unos 90 minutos después de su asombrosa conquista de Titán, 12 años después y con ocasión del final definitivo de la misión es obligado rememorar de nuevo la hazaña del aterrizaje más lejano jamás logrado por un artefacto construido por el ser humano.

El final de Cassini puede seguirse ahora en directo en la web de la NASA.

El ébola puede esconderse en el semen durante dos años

Hace unos días conté que un oscuro tipo de virus, cuyos efectos reales en el ser humano aún son inciertos, podría convertirse en un protagonista de la investigación en los próximos años, ya que un estudio lo revela como el principal invasor vírico desconocido de nuestro organismo.

Popularmente la palabra virus se asocia con enfermedad, y es lógico que así sea; al fin y al cabo su nombre procede del latín veneno, y se denominaron así por sus efectos antes de saberse qué eran realmente.

Pero aquí hay un biólogo que opina que la designación de un tipo de programas informáticos como virus, en analogía con los biológicos, es engañosa, ya que lleva a una idea equivocada. Los virus informáticos son maliciosos, creados ex profeso para hacer daño, corromper otros programas y sistemas. Hay una intencionalidad destructiva en su acción, y este propósito que sus creadores les otorgan es su única razón de ser.

Reconstrucción del virus del ébola. Imagen de Wikipedia.

Reconstrucción del virus del ébola. Imagen de Wikipedia.

Por el contrario, y dejando claro que en la naturaleza no existe una finalidad, si pudiera hablarse de un “objetivo” de los virus biológicos este no sería destruir, sino simplemente perdurar. Un virus es un parásito, y la lógica bio-lógica de un parásito es utilizar a su anfitrión para perpetuarse; matar es solo un efecto secundario, pero uno generalmente perjudicial para el propio parásito si muere con su hospedador antes de poder infectar a otro.

Esta es la razón de que los virus extremadamente y rápidamente letales tengan unas perspectivas de perpetuación bajas. Los expertos en bioterrorismo no suelen considerarlos una principal amenaza, y en contra de lo que cuentan todas y cada una de las películas del género, si alguna vez la humanidad se extingue debido a un virus, no será por uno de estos.

En biología existe un tradicional y entretenido debate sobre si los virus pueden considerarse seres vivos. Por supuesto, todo depende de la definición de ser vivo, que algunos biólogos simplemente consideran entre innecesaria e inaplicable. Respecto a los virus, la objeción más común para llamarlos seres vivos es que carecen de metabolismo. Otros reparos, como el hecho de que no pueden reproducirse de forma autónoma, dejarían también fuera del club de los seres vivos a muchos otros parásitos celulares.

Pero respecto al metabolismo, hay distintas formas de verlo. Dado que en realidad nadie sabe qué fue antes, si huevo o gallina, virus o célula anfitriona, nadie puede descartar que los virus nacieran como entidades vivas completas para después prescindir de la carga de un metabolismo propio que les lleva a consumir energía y por tanto les pone en riesgo de morir de hambre. Según esta idea, los virus no solo serían seres vivos; serían de hecho las formas de vida más sofisticadas y perfeccionadas que existen, aquellas que se las han ingeniado para prescindir de todo lo que no es necesario llevar encima.

Todo esto que he contado tiene un propósito, y es explicar que los virus no existen para fastidiarnos. Simplemente, existen porque han logrado existir. Desde el punto de vista de un virus, sus hospedadores no somos más que maquinaria de repuesto para utilizar por el camino. Pero dado que tradicionalmente los hemos estudiado por su condición de patógenos infecciosos, muchas de las cosas que pueden hacer probablemente se nos hayan escapado.

Y como consecuencia, cuando nos topamos con alguna de esas cosas inesperadas que pueden hacer, nos preguntamos: ¿por qué? ¿Por qué algunos virus nos infectan sin provocarnos ningún síntoma aparente? La respuesta está en el argumento anterior: un virus que logra instalarse en la mayor parte de la población y perdurar a lo largo de toda la vida del individuo sin causarle ningún daño es un triunfador de la evolución. Un ejemplo podría ser el TTV que comenté el otro día. Y otro ejemplo, aunque tal vez con una estrategia alternativa, podría ser ahora el ébola.

Pero el ébola sí mata, dirán ustedes. Cierto, pero nos mata a nosotros; no a otras especies. Olvidemos nuestro punto de vista antropocéntrico y aprendamos a pensar como un virus, si se me permite la incongruencia. Los virus tienen lo que se conoce como reservorios, especies en las que habitan indefinidamente sin causarles ningún daño. En el caso del ébola, son los murciélagos; nosotros somos solo un accidente en su camino, así que el virus no pierde nada matándonos.

Así, la infección del ébola es crónica y aparentemente asintomática en los murciélagos, mientras que es aguda y a menudo letal en los humanos. O así lo creíamos hasta ahora, cuando un nuevo estudio viene a plantearnos nuevos porqués. Un equipo de investigadores de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU) ha descubierto que el semen de algunos supervivientes a la enfermedad del ébola sigue conteniendo ARN del virus (el soporte de su material genético) hasta dos años después de la infección.

Hasta ahora, y para evitar un posible contagio por vía sexual debido a posibles restos del virus en el esperma, las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS) dictadas en 2016 aconsejaban a los hombres que han sobrevivido a la infección no mantener relaciones sexuales sin preservativo durante 12 meses después de la enfermedad, o hasta que los análisis de su semen hayan resultado negativos para el ARN del virus al menos dos veces.

Los autores del estudio, publicado en la revista Open Forum Infectious Diseases, examinaron el semen de 149 hombres en Monrovia, la capital de Liberia, uno de los países afectados por el brote de 2014. De este grupo, 13 dieron resultado positivo de ARN del ébola, y 11 de ellos habían pasado la infección hace ya dos años. Aún más preocupante, algunos de estos voluntarios ya habían obtenido un resultado negativo en análisis anteriores.

“Parece claro que en algunos supervivientes pueden quedar restos del virus en el tracto genital masculino durante largos períodos de tiempo, lo que tiene posibles implicaciones importantes para la transmisión”, ha dicho el primer autor del estudio, William Fischer.

Lo cierto es que estas implicaciones aún son una incógnita. Se conocen casos de transmisión sexual del ébola al poco tiempo de terminar la fase aguda, pero los investigadores ignoran si la detección de ARN dos años después de la infección puede corresponderse o no con la presencia de virus activo capaz de transmitir la enfermedad. En cualquier caso, tal vez este nuevo hallazgo podría invitar a una revisión de las directrices de la OMS como medida de precaución.

Todo lo cual nos lleva de vuelta al punto de vista del virus. Según Fischer, esta persistencia del ARN, que en algunos casos parece intermitente, “sugiere que necesitamos cambiar nuestra manera de pensar sobre el ébola, ya que ahora no es solo una enfermedad aguda, sino también una con posibles efectos a largo plazo”. De hecho, los autores del estudio descubrieron que la presencia del ARN a largo plazo parece estar asociada a problemas de visión.

Por el momento, la conclusión de todo ello no es una respuesta, sino varias preguntas: ¿por qué? ¿Por qué hace esto el ébola en nosotros? ¿Es una estrategia de supervivencia? ¿Ha aprendido el virus a hacerse un reservorio en algunos de sus huéspedes accidentales? ¿Cómo logra cronificarse sin los estragos de la fase aguda? Solo aprendiendo a pensar como un virus lograremos obtener las respuestas.

Así es como se ve un eclipse solar… desde la Luna

Adivina adivinanza: ¿cómo se ve un eclipse solar desde la Luna?

Dicen algunos que el eclipse solar del pasado 21 de agosto fue el más observado de la historia. Es difícil probar esta afirmación, pero es de suponer que nunca tantos ojos se habrán vuelto hacia el cielo como cuando un eclipse haya favorecido especialmente a alguna de las regiones más densamente pobladas del planeta, como por ejemplo el subcontinente indio.

Pero algo sí es probable, y es que este último haya sido el más observado científicamente, al haber agraciado con su espectáculo de totalidad a la primera potencia científica del mundo. Desde varios meses antes, todo organismo científico de EEUU con competencias en la materia nos estuvo asaeteando a las partes implicadas con andanadas de correos electrónicos informándonos de toda clase de actividades, reuniones, experimentos, viajes, distribuciones masivas de gafas y otros eventos, hasta un extremo ya ligeramente machacón; sobre todo para quienes no teníamos ninguna posibilidad de desplazarnos hasta allí.

Por mi parte, tuve la fortuna desde el punto de vista personal, pero el infortunio desde el profesional, de hallarme aquella tarde bajo un hosco muletón de nubes que arropaba por completo el cielo escocés, así que no pude presenciar ni ese diminuto mordisco al disco que podía observarse desde allí.

Pero a lo que íbamos. Si conocen el mecanismo básico de un eclipse de sol y han pensado un poco, imaginarán que el juego del escondite solar tiene un aspecto muy diferente desde la Luna. Dado que es ella la que nos oculta la luz, lo que cae sobre la Tierra es su sombra. Por tanto, desde nuestro satélite podríamos apreciar la sombra circular de la Luna moviéndose por la superficie terrestre.

Pero mejor que explicarlo es verlo: así es como lo fotografió la sonda de la NASA Lunar Reconaissance Orbiter (LRO). Este vídeo de la imagen tomada por la LRO varía la exposición de la foto para que pueda apreciarse con más facilidad la sombra de la Luna sobre el territorio continental de EEUU. En ese momento, la sombra lunar se movía sobre la Tierra a una velocidad de 670 metros por segundo, unos 2.400 km/h.

Imagen del eclipse solar del 21 de agosto de 2017 visto desde la Luna por la sonda LRO. Imagen de NASA/GSFC/Arizona State University.

Imagen del eclipse solar del 21 de agosto de 2017 visto desde la Luna por la sonda LRO. Imagen de NASA/GSFC/Arizona State University.

Si lo piensan, este efecto es exactamente el mismo que observamos desde la Tierra durante un eclipse lunar: en este caso es la sombra de nuestro planeta la que cae sobre la Luna. Pero dada la enorme diferencia de tamaño entre nuestro mundo y su satélite, toda la faz de la Luna queda bajo la sombra terrestre; allí el eclipse solar es total desde cualquier lugar en la cara visible.

De hecho, dado que el tamaño aparente de la Tierra desde la Luna es mucho mayor que el del Sol, sería de esperar que el disco solar desapareciera sin dejar rastro bajo la esfera terrestre. Sin embargo, no es así. Curiosamente, el pequeño Sol va ocultándose detrás de la gran Tierra hasta que parece que va a esfumarse por completo, pero entonces se produce una especie de milagro natural: de pronto, la Tierra queda rodeada por un fino anillo rojizo, como muestra esta imagen creada por la NASA (la animación completa está disponible aquí).

Simulación de un eclipse lunar visto desde la Luna. Imagen de NASA's Scientific Visualization Studio.

Simulación de un eclipse lunar visto desde la Luna. Imagen de NASA’s Scientific Visualization Studio.

El anillo rojo no es luz solar directa; es evidente que el disco solar no rebosa por detrás del terrestre. Es la atmósfera de la Tierra encendida por el Sol, y para comprender la razón del color rojizo no hay más que contemplar un amanecer o un atardecer, ya que de eso precisamente se trata: ese filo carmesí marca todos los lugares de nuestro planeta donde en ese momento el Sol está saliendo o poniéndose.

Y obviamente, ese tenue resplandor rojo está bañando la faz de la Luna en ese instante, motivo por el cual durante un eclipse lunar los terrícolas vemos nuestro satélite de ese color; es el brillo de nuestros miles de auroras y ocasos reflejado sobre la cara de la Luna.

El 99% de los microbios que viven en nosotros son desconocidos para la ciencia

La ciencia tiene algo de carrera hacia el horizonte: cuanto más corremos, más parece alejarse, ya que cada nueva respuesta levanta una cantidad ingente de preguntas. Lo importante es el nuevo territorio que descubrimos por el camino, aunque sirva también para hacernos notar todo lo que nos queda aún delante por conocer.

Uno de esos territorios entre los más desconocidos es el de los microbios, los verdaderos reyes de la naturaleza, los seres más abundantes del planeta, los que estaban aquí mucho antes que nosotros, seguirán cuando nosotros ya no estemos, y en el camino se han adueñado de todos los hábitats terrestres, incluso aquellos en los que cualquier otro ser vivo moriría cocido, asado, asfixiado, irradiado o congelado.

Incluso nuestro propio cuerpo: si contamos por número de células, somos tanto o más microbios de lo que somos nosotros mismos. Hasta hace poco solía pensarse que el organismo humano tenía diez veces más células microbianas que propias. En 2016 un estudio corrigió la estimación, calculando que ambas cifras están más próximas, unos 38 billones de bacterias frente a 30 billones de células humanas en una persona media de 70 kilos.

Bacterias Pseudomonas aeruginosa al microscopio eléctronico. Imagen de Wikipedia.

Bacterias Pseudomonas aeruginosa al microscopio eléctronico. Imagen de Wikipedia.

Claro que si añadiéramos los virus, que este estudio no incluía, las cifras volverían a volcarse masivamente a favor de nuestros pequeños huéspedes. Durante una gripe nuestro cuerpo puede verse invadido por cien billones de virus. Un estudio descubrió que cada persona sana alberga en su cuerpo una media de cinco tipos de virus que pueden hacernos enfermar, pero además llevamos dentro otros muchos que son inofensivos para nosotros, incluyendo los que no infectan a nuestras propias células, sino a esos 38 billones de bacterias. El número de ceros casi llega a marear.

La inmensa mayoría de todos estos microbios (incluyo a los virus, aunque para muchos científicos no son realmente seres vivos) son desconocidos para la ciencia. Tradicionalmente los científicos solo podían llegar a conocer los microbios que podían cultivarse en el laboratorio, y estos son solo una pequeñísima proporción, incluyendo los que requieren medios de cultivo con ingredientes tan exóticos como la sangre. Los virus, además, necesitan células en las que vivir.

Con todo esto, no sorprende que un estudio de 2016 cifrara en un 99,999% la proporción de tipos de microbios que aún no se conocen, de un total estimado de un billón de especies en la Tierra. Y esto contando bacterias, protozoos y hongos, pero sin incluir los virus.

Más recientemente, los investigadores comenzaron a ser capaces de tomar muestras complejas, por ejemplo agua del océano, y pescar la diversidad de microbios presente en ellas a través de su ADN. Es algo así como una versión genética de hacer una foto a una muchedumbre, pero el resultado es más o menos igual de frustrante: un montón de caras, o fragmentos de ADN, pertenecientes a un montón de personas, o microbios, de los que no se sabe absolutamente nada y a los que es imposible identificar.

Esta pesca de ADN en masa es la que ha aplicado ahora un equipo de investigadores de la Universidad de Stanford (EEUU) a otro peculiar océano, el que circula por nuestras venas. En realidad el propósito inicial de los científicos no era pescar microbios; su intención era examinar el ADN libre que circula por la sangre de los pacientes trasplantados para ver si podían correlacionar la cantidad de ADN del donante con el rechazo del órgano. Este estudio suele hacerse mediante una biopsia molesta e invasiva, y los investigadores trataban de comprobar si podía sustituirse por un simple análisis de sangre: si hay mucho ADN del órgano trasplantado en la sangre, significa que el cuerpo del paciente lo está destruyendo.

Pero en esta pesca masiva de ADN en el río de la sangre, los investigadores encontraron también algo que ya esperaban: innumerables trocitos de genes de microbios. Lo que no esperaban tanto era la proporción de estos microbios que son unos completos desconocidos para la ciencia: un 99%. Solo uno de cada cien de estos microbios es algo cuyos genes ya figuran en las bases de datos, según el estudio publicado en PNAS.

Lo que sí han podido hacer los científicos es comparar estos misteriosos microbios con otros que ya se conocen, y así han llegado a la conclusión de que la mayoría de las bacterias pertenecen a un grupo llamado proteobacterias. Lo cual tampoco es mucho decir, ya que se trata de un grupo inmenso que incluye bacterias tan diversas como las que causan diarreas, cólera, peste o úlceras, o las que viven en las plantas para chupar el nitrógeno de la atmósfera.

En cuanto a los virus, el resultado es más sorprendente, porque la mayoría de los detectados pertenecen a un grupo que no se descubrió hasta 1997, conocido como Torque Teno Virus (TTV) o Virus Transmitidos por Transfusión. Hasta ahora se conocían dos grupos, uno que vive en animales y otro que infecta a las personas, pero sobre este último no está del todo claro hasta qué punto son peligrosos para nosotros. Se sabe que es muy común en las personas sin síntomas aparentes, pero también que aparece en enfermedades hepáticas, sobre todo en pacientes trasplantados, y posiblemente en otras patologías.

Los TTV descubiertos por los investigadores de Stanford son totalmente nuevos, distintos a los ya conocidos en humanos y animales. Lo cual implica que no se sabe absolutamente nada sobre lo que podrían hacernos. Pero los resultados del estudio sugieren que un grupo de virus hasta ahora minoritario y casi desconocido tiene en realidad un protagonismo en nuestro cuerpo mucho mayor de lo que nadie sospechaba. Y teniendo en cuenta que están presentes hasta en más del 90% de los adultos y que se transmiten por transfusión sanguínea, ¿hace falta algo más para llegar a la conclusión de que nos conviene bastante saber más sobre los TTV?

Los controles de seguridad antiterrorista fallan más de lo que creemos

Durante un viaje hacia el norte, con rebote en la punta boreal de Escocia, nos llegaba la noticia del terrible atentado de Barcelona. Pero a lo largo de nuestro camino observábamos cómo esta nueva forma de terrorismo religioso ya ha dejado su huella física en otros lugares que lo han padecido.

En París, Londres y otras ciudades los principales espacios peatonales están protegidos por pesadas barreras o bloques, y la entrada a todo enclave de importancia turística pasa ahora por un control de seguridad con arcos, rayos X y revisión de mochilas. Todo el espacio entre las cuatro patas de la Torre Eiffel, por donde antes se podía pasear libremente, está ahora vallado y es accesible por un único paso. En los parques al pie de la torre, solo los patos tienen ya acceso ilimitado. El pasadizo bajo la cascada, donde imagino que sería fácil esconder una bomba, está vedado al público por una verja cerrada con una gruesa cadena. En unos pocos años, los candados de París han cambiado de significado.

Escaneo de equipaje por rayos X. Imagen de Wikipedia.

Escaneo de equipaje por rayos X. Imagen de Wikipedia.

Todo lo anterior, aunque deje un regusto amargo, es inevitable y necesario, y es de esperar que cumpla su función; al menos como disuasión. Y probablemente así lo espera la mayoría: nos llamó la atención el contraste entre el abarrotado parque de Disneyland, todo él protegido por controles de seguridad, y la semivacía ciudad de París, donde siempre hay oportunidades para cualquiera de esos fanáticos religiosos descerebrados.

Y pese a todo, es fácil descubrir que los controles no son tan eficaces como esperamos. En uno de ellos, una de nosotros recordó de repente que llevaba en el bolso unas tijeras, las típicas de costura de toda la vida, con puntas afiladas; exactamente iguales que las dibujadas y tachadas en el cartel que aparecía pegado en la pared. Ella ya esperaba perder sus tijeras. Pero para nuestra sorpresa, el bolso pasó el escáner y la revisión manual sin que los agentes descubrieran una peligrosa arma blanca.

¿Falla la tecnología de detección de amenazas? ¿Falla el entrenamiento de los agentes? No lo sé. Pero casualmente, ya de vuelta, me topo con un estudio recién publicado que llega a una inquietante conclusión: en un control de seguridad, no hay diferencias significativas entre la detección de un arma o una bomba escondida por parte de un agente entrenado y de una persona de la calle sin ninguna formación específica. “La probabilidad de que un agente de policía identifique a alguien que lleve escondida un arma o una bomba es solo ligeramente superior a la probabilidad por azar”, dicen los autores, psicólogos de la Universidad Estatal de Iowa (EEUU).

La conclusión se basa en tres experimentos que los autores han llevado a cabo para analizar la capacidad de los agentes de detectar que una persona oculta un arma o una bomba a través de su comportamiento, lo que se conoce como comunicación no verbal. Los agentes están normalmente entrenados para identificar las conductas reveladoras, pero el estudio demuestra que algo falla estrepitosamente en el sistema.

En el primer experimento, los agentes y un grupo de control de estudiantes universitarios debían ver un vídeo de un hombre entrando a un palacio de justicia y decidir si ocultaba un arma o no, enumerando los indicadores que les llevaban a esa conclusión. En general los participantes acertaban cuando el hombre no llevaba un arma, no tanto cuando sí la llevaba, pero sin diferencias apreciables entre la tasa de acierto de los policías y los estudiantes.

En el segundo caso, los participantes presenciaban un vídeo de tres personas caminando a través de una multitud, y debían determinar si uno de ellos escondía una bomba en su mochila. Una vez más, no hubo diferencias entre agentes y controles. Ambos grupos tendían a detectar correctamente una amenaza, pero fallaban a la hora de precisar cuál de los tres hombres era el responsable.

Para el último experimento, se informaba a los participantes de que uno de los dos hombres de un vídeo ocultaba un explosivo o arma en su mochila, y ellos debían decidir cuál de ellos era. Una vez más, los policías no lo hicieron mejor que los estudiantes, pero se obtuvo un resultado aún más pasmoso: los agentes novatos acertaban más que los veteranos.

Control de seguridad en los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Imagen de Wikipedia.

Control de seguridad en los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Imagen de Wikipedia.

Los autores del estudio, publicado en la revista Law and Human Behavior, no cuestionan la habilidad de los agentes, como tampoco pretenden echar por tierra la validez de la comunicación no verbal para detectar posibles amenazas en los controles de seguridad. Pero sí creen que se está confiando en una serie de parámetros equivocados, escogidos sin una base científica real, y que por tanto se está entrenando a los policías sobre unos criterios que no funcionan.

“Esperamos que los agentes de policía hagan algo muy difícil y complejo sin darles las herramientas que necesitan para hacerlo”, dice Dawn Sweet, la primera autora del trabajo. “La formación que los agentes reciben no está basada en la investigación, sino en anécdotas y criterios cuya fiabilidad no conocemos. Hacen falta pruebas de que estos criterios funcionan, y carecemos de esas pruebas”.

Los autores sugieren que no existen criterios universalmente válidos de comportamiento, y que por tanto no se puede confiar únicamente en estas pistas de conducta que pueden variar según las situaciones. Sweet reconoce que nuestro cuerpo es incapaz de ocultar la verdad por completo durante largos períodos de tiempo y que por tanto es “un canal de comunicación extraordinariamente revelador”, pero la psicóloga y sus colaboradores sugieren que los controles incluyan también una interacción verbal estratégica con los sospechosos que ayude a entender la causa de sus comportamientos. Según los autores, una simple y breve entrevista que rompa la rutina prevista por el sospechoso puede descolocarle y obligarle a revelar más de lo que pretendía, ya sea verbalmente o no.

Para empeorar las cosas, este estudio no es el único que ha cuestionado la eficacia de los controles de seguridad. Los autores citan también un reciente informe de la Government Accountability Office de EEUU, la agencia de auditoría y evaluación del gobierno federal, según el cual 28 de los 36 indicadores de conducta empleados para la detección de amenazas en los controles de los aeropuertos son inservibles, o al menos no existe ninguna prueba científica válida de su efectividad.

Todavía hay quienes discuten si les gusta vivir en un mundo cada vez más intervenido por controles de seguridad. Pero hay algo en lo que probablemente todos estaremos de acuerdo: si es lo que hay, lo menos que podríamos esperar es poder sentirnos más seguros.

Jamás camines con un elefante

La semana pasada, un turista español falleció en el parque nacional de Chebera Churchura, en Etiopía, a causa del ataque de un elefante. Escuché la noticia por primera vez en la radio como un teletipo urgente. En ese momento los medios daban la información como un breve sin ningún tipo de detalles, así que esperé a la ampliación de la noticia en los días siguientes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Entre los árboles, en el Parque Nacional de Aberdare. Imagen de Javier Yanes.

Pero la ampliación no llegó, más allá del origen del fallecido y de la referencia a medios locales etíopes como este y este, según los cuales el turista se habría bajado del coche para fotografiar más de cerca a los animales, ignorando las advertencias de sus guías, y un elefante le habría embestido para después atraversarlo con un colmillo. Pero fíjense: ambos medios etíopes citan como fuente de la noticia al IBTimes, que en su artículo a su vez refiere al diario La Vanguardia y la agencia Europa Press. ¿Y adivinan en qué fuentes se basan ambos? Eso es, en “medios locales”. Así que hemos cerrado el círculo.

En resumen, y dado que al parecer ningún medio en España ha considerado la noticia lo suficientemente importante o interesante para verificar de forma independiente las circunstancias del fallecimiento (al menos que yo haya podido encontrar), la prudencia aconseja tomar los detalles como provisionales, sin que sea probable que dejen de serlo.

Debido a esto, quiero aclarar que lo escrito aquí no pretende referirse específicamente al caso de este turista español fallecido. Bastante dolor estarán padeciendo sus allegados como para además aguantar reprimendas. Y como sea que siempre tienen que surgir en Twitter los comentarios de algunos descerebrados que se consideran a sí mismos graciosos, debo explicar: no, el turista no estaba cazando elefantes, si la ubicación del suceso es correcta. En Etiopía la caza está permitida, pero en general en África esta actividad se restringe a los ranchos destinados a ello, fuera de los parques nacionales (excepto en países del sur como Suráfrica y Zimbabwe, donde la situación es más complicada).

Pero el suceso me interesa personalmente porque, como sabrán los seguidores habituales de este blog o los lectores de mis novelas, Kenya es mi gran pasión vital, un país al que llevo viajando 25 años, al que dedico también parte del tiempo que no paso allí, y sobre el cual, hasta hace solo unos meses, he mantenido en solitario la mayor guía online en castellano, Kenyalogy.com (que regresará, lo prometo). Durante años han sido muchos los que me han dicho que debería dejar todo esto y dedicarme a organizar safaris. Y quién sabe, puede que algún día les haga caso. ¿A alguien le apetece un safari científico-literario?

Aunque los españoles son poco dados a viajar al extranjero en comparación con otros europeos, y aunque quienes lo hacen no se dirigen mayoritariamente a África, nuestro puñado de locos africanistas es un puñado que ya va rebosando los dedos. Para el caso de Kenya, y aunque España ocupa solo el 19º puesto en el turismo que recibe, entre las naciones europeas hemos ascendido recientemente al sexto lugar, superando a Suecia; en 2016, 10.943 españoles viajaron a Kenya.

Y dado que estamos en verano, la estación de las vacaciones para la mayoría, y que miles de españoles viajarán próximamente a los destinos africanos de safaris (“viaje” en swahili), quiero aportar mi grano de arena para que todos ellos puedan volver sanos y salvos después de disfrutar de una experiencia que sin duda les dejará enfermos del mal de África, pero del mal bueno. Así que aquí van algunos consejos y datos.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

En primer lugar, y aunque lo que sigue se refiere a los animales, debe quedar claro que la mayoría de los sucesos que afectan a extranjeros se producen por causa de los humanos, y no de otros animales. Y no es por el terrorismo, una amenaza real pero estadísticamente improbable, sino por la delincuencia común. En África hay que viajar con sensibilidad social, pero también hay que evitar ponerse uno mismo en situaciones de riesgo, entre las cuales se incluyen muchas que serían perfectamente inocuas en nuestro propio país. Por ejemplo, caminar o conducir de noche, o fiarse de desconocidos demasiado amables que pretenden llevarte a lugares solitarios.

En lo que respecta a los animales, la norma es obvia: nunca acercarse a ellos a pie. En general, en los parques nacionales y reservas de Kenya está prohibido bajar del vehículo salvo en ciertas zonas designadas. Pero entre los turistas suele existir una idea equivocada respecto a qué especies son peligrosas y cuáles no. El mensaje es este: todos los animales salvajes son potencialmente peligrosos, pero entre los más realmente peligrosos se cuentan algunos que en la cultura occidental son percibidos como mansos y bonachones. Y no lo son en absoluto.

Todo el mundo teme a un león o un cocodrilo, pero siempre hay quienes intentan acercarse a hipopótamos o elefantes basándose en una imagen errónea de gigantes pacíficos. Suelo decir que las películas de Parque Jurásico han hecho mucho daño presentando a los dinosaurios herbívoros como pacíficos e inofensivos, y a los carnívoros como bestias siempre sedientas de sangre. En realidad muchos animales herbívoros son poderosos y temperamentales, capaces de infligir mucho daño. En un país donde los toros de lidia están a diario en la discusión pública, esto debería conocerse mejor que en cualquier otro lugar.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Imagen de Javier Yanes.

Circula en innumerables listas de internet y artículos periodísticos la idea de que el hipopótamo es el gran animal que más muertes humanas causa al año en África. En una ocasión investigué esta proclama sin encontrar ninguna fuente estadística fiable que la respaldara. Mi conclusión fue que seguramente es falso, ya que en los datos parciales publicados en revistas académicas o recogidos por entidades que trabajan en la naturaleza africana, los cocodrilos siempre aparecen en primer lugar. Por ejemplo, este gráfico de la Fundación Bill Gates presenta cifras aproximadas derivadas de varias fuentes: los cocodrilos causan unas 1.000 muertes al año, por 500 de los hipopótamos y 100 de los elefantes, igualados con los leones.

En el caso de los cocodrilos, su récord de víctimas se debe en parte a una circunstancia tan curiosa como trágica. Cuando hay inundaciones en España u otro país europeo, la gente puede perder sus casas o sus negocios. Cuando ocurre en África, la gente puede perder sus casas o sus negocios, y además sus vidas en las fauces de un cocodrilo. Las crecidas o inundaciones llevan los cocodrilos hasta los pueblos y poblados.

Pero sí, los hipopótamos son muy peligrosos. La mayoría de los accidentes graves se producen en tierra, por encontronazos fortuitos por la noche, cuando estos animales salen del agua y merodean por las praderas para alimentarse de los pastos. En los alojamientos de safari cercanos a ríos o lagos, siempre se advierte de que es muy peligroso acercarse a las orillas de noche. Los hipopótamos embisten y tienen colmillos como estacas, con una longitud suficiente como para atravesar la pierna o incluso el cuerpo de una persona.

Dibujo © Ana González 2000.

Dibujo © Ana González 2000.

En cuanto a los elefantes, son los protagonistas de muchos casos de conflictos entre humanos y fauna. El elefante africano necesita grandes espacios; no resiste bien la cautividad. Antiguamente recorrían largas rutas migratorias, que hoy han quedado cortadas por los asentamientos, la agricultura y las infraestructuras. Pero los elefantes son exploradores y necesitan mucho alimento. En lugares como el Parque Nacional de Aberdare, una reserva selvática y montañosa rodeada de tierras altas fértiles de uso agrícola, ha sido necesario vallar el recinto protegido para evitar las continuas incursiones de los elefantes en los cultivos. Otros parques cercanos a ciudades, como Nairobi o Nakuru, evitan la presencia de elefantes para evitar el problema.

Comúnmente se piensa que los elefantes tienen una gran memoria, y esta es una idea avalada por la ciencia. Aprenden dónde pueden conseguir alimento, y regresan. Incluso aprenden dónde pueden conseguir alcohol, y regresan; comparten con nosotros el vicio de emborracharse. En Kenya, los elefantes de Aberdares tienen fama de mal genio. Durante la guerra del Mau Mau que condujo a la independencia del país, en los años 50, los guerrilleros se ocultaban en las selvas profundas de esta sierra, donde los aviones ingleses de la RAF los acosaban lanzando bombas. Por allí se cuenta que los elefantes se volvieron locos a causa de los bombardeos, y que este es el origen de su carácter agresivo.

Es una leyenda indemostrable, pero lo cierto es que los elefantes de Aberdares, un parque montañoso con  bosques densos y con tráfico escaso, están menos acostumbrados que sus primos de las sabanas a cruzarse con moles de metal sobre cuatro ruedas, y tal vez por ello tienden más a reaccionar a esos encuentros con exhibiciones intimidatorias, agitando la cabeza, barritando, levantando la trompa y desplegando las orejas.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

Una mente inteligente y con una gran memoria. Imagen de Javier Yanes.

De hecho, no es raro que todo elefante con suficiente experiencia de la vida y con su gran memoria pueda recordar algún encontronazo con esos monstruos brillantes que avanzan sobre patas redondas. Científicos como Joyce Poole, una de las mayores expertas del mundo en elefantes, sugieren que estos animales pueden sufrir trastorno de estrés postraumático. Se dice que los elefantes identifican a los humanos como su peor enemigo, pero no hay motivos para pensar que puedan relacionar a las personas con los coches: dentro del vehículo somos parte de un gran y temible animal, mientras que fuera de él somos seres frágiles y escuálidos que no tenemos medio trompazo.

Personalmente he vivido algunos de esos encuentros. En casos así, lo adecuado es esperar pacientemente. Somos intrusos en su casa. La mayor parte de las veces es una fanfarronada; solo quieren asustar y dejar claro quién manda. Si se obstinan en ocupar la pista por donde tenemos que pasar, hay un truco que suele funcionar: pisar el acelerador en punto muerto. Deben de interpretar el sonido del motor como el rugido de una bestia con la que es mejor no enfrentarse, y en general se apartan. Pero si amenazan con cargar, es preferible meter la marcha atrás y retirarse.

Y desde luego, jamás se me ocurriría bajar del coche. En una ocasión, pinchamos una rueda justo cuando acabábamos de dejar atrás a un viejo macho solitario con malas pulgas. No fue en Aberdares, sino en Samburu, una reserva de sabana, pero aquello ocurrió junto al río, donde la cobertura vegetal es más densa, la visibilidad es menor y no hay rutas de escape. Bajamos con cautela para empezar a preparar el cambio de neumático, pero entonces vimos que el elefante aparecía entre los árboles para acercarse a curiosear, y no nos quedó otro remedio que correr a buscar refugio dentro del coche. El animal pegaba la cara a las ventanillas para inspeccionar y entender qué estaba pasando allí. Tuvimos que esperar durante horas a que se cansara de nosotros para poder cambiar la rueda y regresar al camp, ya de noche cerrada.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Elefante joven dándose un baño en el río Ewaso Ngiro, Reserva de Samburu. Imagen de Javier Yanes.

Por último, un comentario sobre los guías. Aunque yo prefiero viajar por libre, la mayoría de los visitantes utilizan tours organizados. Hay un detalle sobre la información del suceso de Etiopía que no me cuadra. La noticia dice que el fallecido bajó del coche para acercarse a los elefantes, y que los guías trataron de ahuyentarlos con disparos al aire. Ignoro si en Etiopía las cosas funcionarán de otra manera. Pero al menos en Kenya, quienes van armados son los rangers, los guardas de los parques. Los rangers escoltan los safaris a pie, pero no van a bordo de los vehículos turísticos.

En cualquier caso, mi último consejo es este: no pongan su vida en manos de los guías. Son profesionales, mejores o peores, que velarán por su seguridad dentro de lo que les compete y resulta razonable. Pero son guías turísticos; no son héroes, ni tienen por qué serlo. Aunque solo con las propinas reúnen un sueldo que ya quisieran la mayoría de los kenianos, no les pagan para jugarse la vida por los turistas, sobre todo los que no respetan las advertencias. Incluso teniendo cerca a un ranger armado, las mejores garantías de seguridad contra los ataques de los animales no son las balas, sino la prudencia, la sensatez y el sentido común.

No se jueguen la vida por un selfie; si algo sobra en la foto de un animal africano, somos usted y yo. Y los selfies causan más muertes que los ataques de tiburón. Que pasen unas felices vacaciones.