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los que también son de letras

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La Tierra, como nunca antes la han visto y escuchado

Hay pocas palabras que añadir al vídeo que hoy les traigo. Si acaso, detallarles a quién debemos esta obra.

Lo que van a ver es un vídeo de grabaciones tomadas desde la Estación Espacial Internacional (ISS, en inglés) por los miembros de la expedición número 52, que subió al ganso espacial en un cohete Soyuz el pasado 28 de julio. En concreto, las imágenes fueron capturadas entre agosto y octubre por el comandante Randy Bresnik, de la NASA, y los ingenieros de vuelo Sergey Ryazanskiy de la agencia rusa Roscosmos y Paolo Nespoli de la Agencia Europea del Espacio (ESA).

Imagen de la costa sureste de España (abajo a la izquierda) y norte de Marruecos y Argelia desde la Estación Espacial Internacional. Imagen de NASA.

Imagen de la mitad sur de España (abajo a la izquierda) y norte de África desde la Estación Espacial Internacional. Imagen de NASA.

Con el extenso material captado por los astronautas, el equipo de comunicación del Centro Espacial Johnson de la NASA creó un montaje de unos cuatro minutos que ya de por sí es estremecedor, pero que lo es mucho más gracias a la elección del fondo musical: la versión del clásico The sound of silence de Simon & Garfunkel que hace un par de años catapultó a las listas de éxitos a la banda de heavy metal de Chicago Disturbed.

La versión es excelente, pero si manejan el inglés les aconsejo vivamente que no se pierdan la letra de la canción, si no la conocían o no se habían fijado en ella. Pueden encontrar el texto aquí. Las crónicas que circulan no aclaran de forma inequívoca cuál fue la inspiración de Paul Simon cuando la compuso a comienzos de los 60, o si había una referencia oculta tras aquellos versos. Pero está claro que la canción habla de la incomunicación entre los seres humanos, de los errores de la humanidad y de lo perdidos que estamos a la hora de seleccionar nuestros ídolos. Todo ello pensado, escuchado y observado mientras contemplamos el paso por nuestro gran y maltrecho hogar común a 400 kilómetros de altura adquiere un significado especialmente demoledor.

El vídeo se cierra con una cita de los astronautas: “compartiendo la incomparable belleza silenciosa de nuestro planeta con todos nuestros compañeros de viaje en esta nuestra nave Tierra”.

Tuve un compañero periodista que aborrecía la palabra “hermoso” por cursi. Y probablemente tenía razón. Pero cuando uno rastrea el diccionario de sinónimos y encuentra cosas como bello, bonito, lindo, agraciado, precioso y majo, pues qué quieren que les diga: hermoso. Entre un amanecer y un anochecer recorremos un lugar increíblemente hermoso, una joya del universo que a vuelo de satélite parece relajante y apacible, pero donde al mismo tiempo se están cometiendo miles de actos atroces.

Si el vídeo les pone la piel de gallina, esto también puede explicarlo la ciencia. Otro día si acaso se lo cuento.

Así se forja un Ig Nobel: las ovejas reconocen a Obama y Emma Watson

Hace cosa de un par de meses contaba aquí el palmarés de este año de los premios Ig Nobel, entregados cada año por la web Improbable Research a investigaciones publicadas que “primero hacen reír y luego hacen pensar”.

Acaba de publicarse un estudio que está pidiendo a gritos un premio en una próxima edición: las ovejas aprenden rápidamente a identificar a personajes como Barack Obama o la actriz Emma Watson (Hermione en Harry Potter), con un grado de acierto que se queda ligeramente por debajo del de nosotros los humanos. Que, dicho sea de paso, y con la excepción de los pastores, difícilmente somos capaces de diferenciar a una oveja de otra oveja.

Tres investigadoras del Departamento de Fisiología, Desarrollo y Neurociencias de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) entrenaron a un grupo de ovejas de la raza galesa de montaña para reconocer fotos de Obama, Watson, el también actor Jake Gyllenhaal y la presentadora británica Fiona Bruce. En el dispositivo utilizado por las científicas, en primer lugar se mostraba a las ovejas una pantalla con la foto del personaje, junto a otra pantalla en negro. Cada vez que el animal escogía la imagen, recibía comida como recompensa.

Después del aprendizaje, las ovejas regresaban al recinto a hacer el test. En este caso se les volvían a presentar los rostros de los mismos personajes, pero en la otra pantalla se mostraba la cara de otra persona del mismo género y etnia. En el 80% de las ocasiones, las ovejas elegían la foto del personaje famoso. Ensayos similares realizados en humanos con imágenes de caras desconocidas –las ovejas no leen el New York Times ni van al cine– han dado tasas de reconocimiento del 90%.

Experimento de reconocimiento facial. Imagen de Knolle et al., Royal Society Open Science.

Experimento de reconocimiento facial. Imagen de Knolle et al., Royal Society Open Science.

Pero esperen, que aún hay más. Para comprobar si las ovejas en realidad reconocían a las personas o simplemente habían aprendido a distinguir una imagen concreta, a continuación las investigadoras repitieron la prueba, pero en este caso cambiando las fotos presentadas a los animales durante el entrenamiento por otras de los mismos personajes con la cara girada en un ángulo. Incluso en este caso, acertaron en el 66% de las ocasiones. En humanos, la tasa de acierto en esta prueba es del 76%, solo diez puntos por encima de las ovejas. Cuando las investigadoras hicieron el ensayo de reconocimiento con fotos de los cuidadores de las ovejas en el recinto de la Universidad, los animales acertaban en 7 de cada 10 ocasiones sin ningún entrenamiento previo.

Vean un resumen del experimento en este vídeo:

Por algún motivo, los humanos tendemos a pensar en las ovejas como animales estultos o simplones. Probablemente sea por nuestros criterios antropocéntricos: los animales que más se nos parecen tienden a percibirse como más a nuestra altura, y esos ojos de algunos herbívoros con sus pupilas horizontales nos resultan extraños y poco familiares. Confieso que creo haber empleado alguna vez la metáfora de la mirada ovina para describir a una persona con un aspecto poco avispado. Sin embargo, varias investigaciones anteriores han revelado que las ovejas son notablemente listas a la hora de reconocer no solo a sus semejantes, sino también caras humanas y objetos.

El nuevo estudio muestra por primera vez que también son capaces de interpretar los rasgos de un rostro humano cuando se presenta en una perspectiva diferente a la que han aprendido; esta capacidad de extrapolar una imagen de dos dimensiones a tres “anteriormente solo se había demostrado en los humanos”, escriben la neurocientífica Jennifer Morton y sus colaboradoras en su estudio, publicado en la revista Royal Society Open Science. Las autoras concluyen que la capacidad de las ovejas de reconocer caras es comparable a la de los humanos y otros primates.

Pero más allá de lo anecdótico, el estudio tiene un propósito relevante no solo en el campo del comportamiento animal. Morton y su grupo se dedican a estudiar la enfermedad de Huntington, un mal neurodegenerativo que va socavando las capacidades mentales de quienes lo sufren. Morton emplea las ovejas como modelo para estudiar esta dolencia. De hecho, algunos de los animales de este peculiar rebaño universitario llevan una mutación que produce la enfermedad, y la investigadora espera poder estudiar el deterioro cognitivo con el fin de mejorar los tratamientos. Primero reír, luego pensar; por favor, marchando un Ig Nobel.

Inteligencia Artificial sin supervisión humana: ¿qué puede salir mal?

El físico Stephen Hawking lleva unos años transmutado en profeta del apocalipsis, urgiéndonos a colonizar otros planetas para evitar nuestra pronta extinción, advirtiéndonos sobre los riesgos de contactar con especies alienígenas más avanzadas que nosotros, o alertándonos de que la Inteligencia Artificial (IA) puede aniquilarnos si su control se nos va de las manos.

En su última aparición pública, en una entrevista para la revista Wired, Hawking dice: “Temo que la IA reemplace por completo a los humanos. Si la gente diseña virus informáticos, alguien diseñará IA que mejore y se replique a sí misma. Esta será una nueva forma de vida que superará a los humanos”. Los temores de Hawking son compartidos por personajes como Elon Musk (SpaceX, Tesla), pero no por otros como Bill Gates (Microsoft) o Mark Zuckerberg (Facebook).

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge. Imagen de Lwp Kommunikáció / Flickr / CC.

Stephen Hawking en la Universidad de Cambridge. Imagen de Lwp Kommunikáció / Flickr / CC.

La referencia de Hawking a los virus informáticos es oportuna. Como he contado recientemente en otro medio, los primeros virus creados en los años 70 y a principios de los 80 en los laboratorios de investigación no eran agresivos, sino que eran herramientas experimentales destinadas a medir el tamaño de la red o a probar su capacidad de diseminación. O se trataba de simples bromas sin malicia. El primer virus nocivo, llamado Brain y creado por dos hermanos paquistaníes en 1986, era tan inocente que sus autores incluían su información de contacto para distribuir la cura. Brain era un virus justiciero, que tenía por objeto castigar a quienes piratearan el software desarrollado por los dos hermanos.

Pero cuando la computación viral escapó del laboratorio y llegó a los garajes, pronto comenzaron a aparecer los virus realmente tóxicos, algunos creados con ánimo de lucro, otros simplemente con ánimo de hacer daño por hacer daño. Una vez que los sistemas de IA se popularicen y se pongan al alcance de cualquier persona con más conocimientos informáticos que conciencia moral, es evidente que habrá quienes quieran utilizarlos con fines maliciosos.

Y cuando esto ocurra, puede ser difícil evitar desastres, dado que uno de los objetivos actuales de los investigadores es precisamente desarrollar sistemas de IA que puedan funcionar sin intervención humana.

Un ejemplo lo conté ayer a propósito de la aproximación de la realidad virtual a la real, y es importante insistir en cuál es la diferencia entre los rostros creados por NVIDIA que mostré ayer y las casi perfectas recreaciones digitales que hoy vemos en el cine de animación y los videojuegos. Como ejemplo, el Blog del Becario de esta casa contaba la historia de una pareja de artistas digitales japoneses que producen caracteres humanos hiperrealistas como Saya, una chica virtual. Pero los personajes que producen Teruyuki y Yuka Ishikawa, aunque lógicamente generados por ordenador, llevan detrás un largo trabajo de artesanía digital: según los Ishikawa, todas sus texturas son pintadas a mano, no clonadas de fotografías.

Por el contrario, en la creación de las celebrities virtuales de NVIDIA que traje ayer aquí no ha intervenido la mano de ningún artista: han sido generadas enteramente por las dos redes neuronales que componen la GAN, en un proceso sin supervisión humana.

La eliminación del factor humano ha sido la clave también en el desarrollo de AlphaGo Zero, la nueva máquina de DeepMind (Google) para jugar al juego tradicional chino Go. La generación anterior aprendía analizando miles de partidas de los mejores jugadores del mundo. Gracias a este aprendizaje, la anterior versión de AlphaGo consiguió vencer al campeón mundial, el chino Ke Jie. Ke describió la máquina de DeepMind como el “dios del Go”.

Juego del Go. Imagen de PublicDomainPictures.net.

Juego del Go. Imagen de PublicDomainPictures.net.

Pero para crear AlphaGo Zero, los investigadores de DeepMind han decidido prescindir de la enseñanza humana: simplemente le han suministrado las reglas básicas del juego, y han dejado que sea la propia máquina la que se enseñe a sí misma. Los resultados son escalofriantes: en solo tres días de aprendizaje, Zero ganó cien partidas de cien a AlphaGo Lee, una versión más antigua. En 21 días alcanzó el nivel de AlphaGo Master, la versión que venció a Ke. En 40 días, Zero se convirtió indiscutiblemente en el mejor jugador de Go del mundo y de la historia, acumulando un conocimiento superior a miles de años de práctica.

Los creadores de la red neuronal de Zero escribieron en la revista Nature que su capacidad es “sobrehumana”. El científico computacional Nick Hynes, que no participó en el trabajo, dijo a Gizmodo que Zero es “como una civilización alienígena inventando sus propias matemáticas”.

La lección aprendida del caso de Zero es que, al menos en ciertos campos, la IA progresa mucho más deprisa y con mayor eficacia cuando prescinde de la enseñanza de esos torpes seres orgánicos llamados humanos. Basándose en este principio, la nueva tecnología desarrollada por Google y llamada AutoML consiste en dejar que las redes neuronales las diseñen las propias redes neuronales; es decir, crear IA que a su vez crea mejores versiones de IA. Máquinas que diseñan máquinas. Como Skynet, pero sin robots.

¿Qué puede salir mal? Es cierto que numerosos expertos en computación y en IA califican a Hawking de alarmista, y sus opiniones de perniciosas para la imagen pública de la IA, y aclaran que los sistemas con capacidad de traernos el apocalipsis de la saga Terminator aún son solo cosas de la ciencia ficción. Al fin y al cabo, concluyen estos expertos, Hawking no es un especialista en IA.

Pero dejando aparte que una de las mentes más brillantes del mundo merece crédito y atención cuando opina sobre cualquier cosa que le dé la gana –faltaría más, si hasta se les pregunta a los futbolistas sobre política–, y que en realidad la especialidad de Hawking, y lo que ha hecho maravillosamente bien, es precisamente hacer predicciones teóricas a través de largas y complicadas cadenas de razonamientos lógicos con variables a veces desconocidas… Incluso dejando aparte todo esto, ¿quién es el que despacha los títulos de especialista en predecir el futuro?

Pronto no podremos distinguir la realidad virtual de la real

Observen estas fotos de caras. ¿Notan algo raro en ellas?

Imagen de NVIDIA.

Imagen de NVIDIA.

Parecen rostros de gente guapa, celebrities en la alfombra roja o en un photocall de alguna gala. Pero no lograrán reconocer a ni uno solo de ellos. Porque estas personas jamás han existido: son caras virtuales generadas por un sistema de Inteligencia Artificial (IA) desarrollado por NVIDIA, la compañía que tal vez haya fabricado la tarjeta gráfica del ordenador en el que estén leyendo este artículo.

Imagino que son perfectamente conscientes de cómo han evolucionado los gráficos por ordenador en unas pocas décadas. Pero no puedo resistir la tentación de ilustrarlo con este ejemplo. Así era Indiana Jones hace 35 años en el videojuego de la consola Atari Raiders of the Lost Ark, con el cual este que suscribe disfrutaba jugando en su infancia, y mucho:

Indiana Jones en el videojuego Raiders of the Lost Ark de Atari (1982). Imagen de Atari.

Indiana Jones en el videojuego Raiders of the Lost Ark de Atari (1982). Imagen de Atari.

Los autores del trabajo han empleado un tipo de algoritmo de IA creado en 2014 llamado Red Generativa Antagónica (GAN por las siglas de su nombre en inglés, Generative Adversarial Network), que emplea dos redes neuronales trabajando en equipo: una genera las caras, mientras que la otra las evalúa.

Las evaluaciones de la red discriminadora ayudan a la red generadora a ir aprendiendo a crear caras cada vez más realistas, mientras que el perfeccionamiento del trabajo de la red generadora ayuda a la red discriminadora a mejorar su capacidad de identificar los errores. Así, la GAN aprende de forma no supervisada, a partir de sus propias observaciones. En este caso, los investigadores de NVIDIA le suministraron a la GAN una base de datos de fotos de celebrities, y el sistema aprendió a crear las suyas propias.

Sistemas como esta GAN de NVIDIA están comenzando a saltar la barrera del llamado Uncanny Valley o Valle Inquietante, una expresión acuñada para la robótica y que describe el efecto de aquellas creaciones humanoides que se aproximan bastante a la realidad, pero sin llegar a confundirse con ella. En este caso, casi cuesta creer que los rostros creados por la GAN no correspondan a personas reales.

Pero el actual perfeccionamiento en la imitación de lo humano va más allá de unos rostros estáticos. WaveNet, una red neuronal creada por la compañía DeepMind, propiedad de Google, consigue la que según los expertos es hasta ahora la voz sintética más parecida a la humana. Juzguen ustedes (en este vídeo, WaveNet se compara con otros sistemas existentes):

Dicen que en la voz aún se nota un cierto tinte artificial. Tal vez sea cierto, pero personalmente creo que si escucháramos estas voces fuera de un contexto en el que se nos pida juzgar su autenticidad, nunca sospecharíamos que detrás de ellas no hay una laringe y una boca humanas.

También espectacular es el sistema desarrollado por la compañía canadiense Lyrebird. A partir de un solo minuto de grabación de audio, es capaz de recrear digitalmente la voz de cualquier persona. Como ejemplo, Lyrebird presenta la voz recreada de Donald Trump, pero cualquier usuario puede registrarse en su web y recrear digitalmente su propia voz.

En este camino de la virtualidad hacia el perfeccionamiento en la imitación de la realidad, la guinda la pone el sistema creado por un equipo de la Universidad de Washington (EEUU): a partir de un clip de audio con un discurso cualquiera, y otro fragmento de vídeo de alguien hablando, logra que el movimiento de los labios de la persona se sincronice con las frases grabadas. Es decir, construye un vídeo de alguien diciendo algo. Los investigadores utilizaron como ejemplo un discurso de Barack Obama:

El coautor del trabajo Steven Seitz aclaraba que su red neuronal no puede conseguir que una persona aparezca diciendo algo que nunca dijo, ya que debe utilizar como material de partida un clip de audio real con la voz de la persona en cuestión. “Simplemente tomamos palabras reales que alguien dijo y las transformamos en un vídeo realista de ese individuo”.

Claro que para eso está el sistema de Lyrebird, que sí puede lograr que cualquiera diga algo que jamás dijo. El sistema de la Universidad de Washington podría entonces transformar ese clip de audio ficticio en un vídeo tan falso como realista.

Todos estos desarrollos nos conducen hacia un escenario en el que pronto la realidad real y la realidad virtual solo estarán separadas por una barrera: una pantalla. Es decir, dado que los robots antropomórficos realistas aún distan mucho tiempo en el futuro, todavía podremos estar seguros de que lo tangible, todo aquello que podemos tocar, es real. Pero con respecto a cualquier cosa que se nos muestre a través de una pantalla, en unos pocos años será difícil distinguir si todo, todo, es real o no. Y en la era de la postverdad, la superación del Valle Inquietante nos lleva hacia un lugar aún más inquietante.

Ríe y el mundo reirá contigo: adiós, Chiquito, rey de las paragoges

La obra a la que el grandísimo Chiquito de la Calzada puso punto y final la pasada noche debería ofrecer ahora un modelo de estudio a los investigadores dedicados a responder a todas esas preguntas científicas sobre el humor: ¿qué nos hace reír? ¿Por qué nos reímos? ¿Qué función tiene la risa?

Chiquito de la Calzada. Imagen de GTRES vía 20minutos.es.

Chiquito de la Calzada. Imagen de GTRES vía 20minutos.es.

Si hay un solo español que jamás haya citado o imitado a Chiquito, que levante la mano. Los científicos suelen apuntar que el humor y la risa tienen un claro componente cultural. Por curiosidad, me ha dado por rebuscar un poco en internet referencias sobre Chiquito; pero no en español, las cuales pueden encontrarse a millones, sino en inglés.

Como era de esperar, apenas hay referencias a Chiquito en inglés. Naturalmente, la que hoy es la noticia del día en nuestro país ni asoma en los medios anglófonos. Pero aun así, se encuentran algunas menciones curiosas. El Urban Dictionary recoge una definición de “fistro” que traduzco del inglés:

Es una palabra aparentemente sin significado, creada por el humorista español Chiquito de la Calzada, que se convirtió en parte del lenguaje colectivo y recurrente en la jerga de los chistes españoles. Es una palabra graciosa de por sí y puede reemplazarse por cualquier significado. Es especialmente graciosa cuando sustituye a palabras sexuales o para insultar a alguien de una manera graciosa y amistosa:

That woman is naked you can see all his [sic] down fistro (esa mujer está desnuda y se le ve el fistro de abajo)

That man is touching his sexual fistro (ese hombre está tocando su fistro sexual)

I dont believe your tales you are such a fistro (no me creo tus historias, eres un fistro)

También es curiosa la mención a Chiquito de la Calzada en el libro English Phonetics and Phonology for Spanish Speakers, de Brian Leonard Mott, filólogo británico del Departamento de Filología Inglesa y Alemana de la Universidad de Barcelona. En su libro, Mott describe la paragoge, una figura de dicción que consiste en añadir un sonido al final de la palabra. El filólogo explica que es un fenómeno raro en inglés, cuyo ejemplo más conocido es el nombre de la ciudad de Bristol, donde la “l” final surgió como una paragoge añadida a la denominación original de la localidad, Bristou, “el sitio del puente”.

En una nota a pie de página, Mott apunta: “es interesante también que hay un humorista andaluz, Chiquito de la Calzada, que usa eles intrusivas al final de palabras con sílabas abiertas, como cómo(l) y mío(l)“. Estoy seguro de que a Mott, viviendo en Barcelona y siendo experto en cultura lingüística española, también se le habrá escapado algún que otro “pecadorrr”.

Pero además del factor cultural, la risa tiene también un componente genético evolutivo. Es curioso que los seres humanos nacemos llorando. Los bebés no comienzan a reír hasta que cumplen entre dos y seis meses de vida. Algunos científicos teorizan que existen dos tipos de risa, clasificándolas como Duchenne y no-Duchenne, por el neurólogo francés Guillaume Duchenne, que en el siglo XIX distinguió dos clases de sonrisas.

La sonrisa de Duchenne contrae los músculos cigomáticos mayores, los de las mejillas que elevan las comisuras labiales, pero también los músculos orbiculares de los párpados, los que suben las mejillas y dibujan patas de gallo junto a los ojos. La sonrisa de Duchenne es la que sonríe también con los ojos, y que socialmente interpretamos como una sonrisa sincera. Algunos científicos suponen que este tipo de sonrisa está genéticamente programado en nuestras células.

Por el contrario, la sonrisa no-Duchenne solo actúa en la boca. Se dice que posiblemente esta sonrisa la aprendemos culturalmente, ya que la utilizamos como gesto de cortesía. En el mundo anglosajón se la conoce a veces como sonrisa Pan Am, ya que supuestamente las azafatas de la extinta línea aérea estadounidense estaban obligadas a sonreír cada vez que intercambiaban miradas con un pasajero. No necesariamente es una sonrisa falsa, pero las sonrisas falsas sí son sonrisas no-Duchenne. Más recientemente, el uso del botox en inyecciones alrededor de los ojos para borrar las patas de gallo puede paralizar los músculos oculares, motivo por el cual algunas personas que siguen estos tratamientos pierden la sonrisa Duchenne y parecen sonreír en falso.

Según los expertos, la risa es una respuesta próxima al reflejo, a caballo entre la fisiología y la conducta, y el humor es un proceso emocional más complejo. El humor nos sirve para reforzar vínculos sociales, liberar tensiones o incluso como indicador de aptitud (fitness en sentido evolutivo) para la selección sexual, una forma de selección natural. Incluso el humor limpio, el de reírse con, y el malicioso, reírse de, tienen sus propias firmas cerebrales.

En sentido evolutivo, algunos científicos apuntan que la risa pudo surgir como una preadaptación, un mecanismo fisiológico en busca de una función, y que poco a poco fuimos elaborándola a través de la evolución biológica y cultural para darle esa función.

Y dado que el humor actúa como un pegamento social, la risa es contagiosa. Los estudios dicen que nos reímos más en compañía que solos ante los mismos estímulos, y que por tanto las risas del público que asiste en directo a un programa de televisión no son fingidas; simplemente, ellos se ríen más porque son más para reírse.

Los primates tenemos un peculiar elemento llamado neuronas espejo, que se activan tanto cuando ejecutamos una acción como cuando vemos a otro ejecutarla, y que nos sirven para imitar y aprender. Y según descubrió la neurocientífica Sophie Scott, del University College London, algunas de estas neuronas espejo son responsables del contagio de la risa: procesan la señal auditiva cuando oímos a otros reír y activan los músculos de la cara para que nos unamos a la fiesta. Como dice Scott, “ríe y el mundo entero reíra contigo”.

O al menos, la parte del mundo a quienes una paragoge añadida al final de una expresión tan cotidiana como “no puedo” nos hace tanta gracia. Aunque ni nosotros ni la ciencia sepamos explicar por qué.

¿Y si en todo el mundo fuera la misma hora, y Navidad siempre fuera lunes?

Durante 61 años, los empleados de Kodak veían en los calendarios de su empresa una fecha distinta de la oficial. George Eastman, el fundador de la compañía, era un entusiasta del llamado Calendario Fijo Internacional (CFI), una idea propuesta por el economista británico Moses Bruine Cotsworth en 1902.

La idea de Cotsworth era sencilla: 13 meses de 28 días cada uno, divididos en cuatro semanas. El mes adicional, llamado Sol, se insertaría entre junio y julio. En total, 364 días. Para llegar a los 365 del año solar, nuestro actual 31 de diciembre –el día después del 28 de diciembre en el CFI– sería una fiesta llamada Día del Año; sin número, mes ni día de la semana, entre el sábado 28 de diciembre y el domingo 1 de enero. El día 1 de cada mes siempre sería un domingo, todos los meses de todos los años. Navidad, o el cumpleaños de cada cual, siempre caería en el mismo día de la semana.

Imagen de pixabay.com/CC.

Imagen de pixabay.com/CC.

Los años bisiestos seguirían la misma periodicidad que en nuestro calendario gregoriano actual. Pero para no descabalar las fechas, el día adicional, 29 de junio, no tendría día de la semana –lo mismo que el Día del Año–: caería entre el sábado 28 de junio y el domingo 1 de Sol.

La idea de un calendario perpetuo y unificado es en realidad anterior a Cotsworth, pero fue la propuesta del británico la que logró popularizarla y ganarle muchos seguidores. Sin embargo, nunca ha llegado a adoptarse en ningún lugar del mundo; excepto en Kodak, que empleó este calendario de 1928 a 1989.

Con el reciente cambio de hora, del cual ya hablé aquí, volvieron a surgir las eternas discusiones sobre los horarios. Pero sobre todo ello hay una conclusión clara: la biología, nuestra faceta como seres vivos, entiende perfectamente el discurrir del tiempo y qué debe hacer en cada momento; la normativa, nuestra faceta como seres sociales, después de miles de años de civilización aún no ha encontrado una manera de medir el tiempo que sea sencilla, comprensible, infalible, universal y cien por cien compatible con nuestros ritmos biológicos.

He aquí una idea: el astrofísico Richard Conn Henry y el economista Steve H. Hanke, ambos de la Universidad Johns Hopkins en EEUU, son los autores de una versión del calendario perpetuo que varía ligeramente respecto a la de Cotsworth: marzo, junio, septiembre y diciembre tendrían 31 días, mientras que el resto de los meses tendrían 30. Así, cada trimestre tendría 91 días, con dos meses de 30 días seguidos por otro de 31. Siempre los mismos días de cada año en los mismos días de la semana; Navidad y Año Nuevo, siempre en lunes. Y adiós a los bisiestos: en su lugar, Henry y Hanke proponen hacer el ajuste necesario con una semana extra al final de diciembre cada cinco o seis años, los años que en nuestro calendario actual comienzan o terminan en jueves.

Pero la propuesta de Henry y Hanke no acaba aquí: los dos profesores abogan además por demoler los husos horarios y adoptar la misma hora en todos los lugares del planeta. Cuando fueran las 09:23, serían las 09:23 en cualquier rincón de la Tierra. Este sistema se utiliza actualmente en la aviación, donde los pilotos se ciñen al Tiempo Universal Coordinado (UTC) o Zulu para evitar confusiones al cruzar los husos horarios.

Un horario universal sería más conveniente para todos aquellos cuyas ocupaciones les obligan a viajar con frecuencia o a manejar distintos horarios. Una misma hora en todo el mundo facilitaría la sincronización de cualquier tipo de actividad entre distintas ubicaciones del planeta. Según Henry y Hanke, su sistema permitiría una “planificación racional de las actividades anuales, desde la escuela a las vacaciones del trabajo”.

A algunos les parecerá una idea maravillosa; a otros les resultará abominable, sobre todo a aquellos que quedarían condenados a que su cumpleaños siempre caiga en lunes. Pero algo parece claro: nuestro actual calendario, el gregoriano, y nuestros complicados sistemas de husos horarios y cambios de hora son el resultado de un proceso histórico que ha ido colocando parches en un sistema imperfecto, nacido del conflicto entre la naturaleza inexacta y la necesidad de una cronología exacta, de la amalgama entre los calendarios lunares y solares, e influido por condicionantes religiosos.

Si hoy pudiéramos borrar toda la página y comenzar de nuevo, es probable que adoptáramos un calendario y un horario como los que proponen Henry y Hanke. No solamente por una cuestión práctica de facilidad, sino por algo más importante: hoy sabemos que luchar contra los ritmos que nos impone nuestra biología es difícil, pero que además generalmente es perjudicial para nuestra salud.

Con un tiempo universal, tendríamos la dificultad de saber qué horario deberíamos seguir en cada lugar del planeta, ya que en algunos países se entraría a trabajar a las 09:00 horas, mientras que en otros sería a las 17:00 o a las 22:00. Pero superando esta pequeña dificultad de adaptación, probablemente lograríamos que fuera el reloj el que se adaptara a nuestros ciclos, y no al contrario como ocurre ahora; liberados de la tiranía de las manecillas, es más probable que los ciclos de sueño, trabajo y descanso se ciñeran al ritmo natural de los días y las noches.

Pero por supuesto, es imposible comenzar de nuevo. Salvo, tal vez, en otro planeta.

Así seríamos hoy si fuéramos neandertales

Juguemos a la historia-ficción: ¿qué habría ocurrido si nosotros, los que nos autodenominamos Homo sapiens, nos hubiéramos extinguido, y en nuestro lugar hubieran prosperado quienes realmente se extinguieron, los neandertales?

Naturalmente, no tenemos la menor idea, y lo que sigue no es otra cosa que un ejercicio de imaginación sin más pretensiones. Para empezar, los científicos aún no se han puesto de acuerdo en muchas de las características que definían a esta especie, como tampoco en qué fue lo que la llevó a la extinción.

Sobre esto último, tradicionalmente se ha supuesto que nosotros teníamos alguna ventaja adaptativa de la que ellos carecían, y/o que el cambio climático tuvo algo que ver, y/o que nuestra mayor población y expansión los fue reduciendo hasta eliminarlos.

Esta semana se ha publicado un interesante estudio en Nature Communications que no dirime la intervención de los dos primeros factores, las ventajas adaptativas y el cambio climático, pero que sí llega a la interesante conclusión de que en todo caso ambos habrían sido irrelevantes.

Los investigadores han creado un modelo matemático para simular la dinámica de las poblaciones de sapiens y neandertales dejando fuera estos dos factores. Tras correr el modelo cientos de miles de veces, cambiando los valores de diversas variables para dejar el margen necesario a las muchas incertidumbres sobre el pasado y sobre los propios neandertales, en la inmensa mayoría de los casos el resultado terminaba siendo el mismo: ellos se extinguían, nosotros prosperábamos, simplemente porque éramos más.

“Sugerimos que, aunque la selección y los factores ambientales pueden o no haber jugado un papel en la dinámica entre especies de neandertales y humanos modernos, el eventual reemplazo de los neandertales lo determinó la repetida migración de humanos modernos desde África hacia Eurasia”, escriben los investigadores.

Pero ¿y si no hubiera sido así? Demos marcha atrás al reloj unos miles de años e imaginemos que los hoy llamados humanos modernos desaparecieron, y que en su lugar sobrevivimos nosotros, los neandertales.

Lo primero que necesitamos es desprendernos de un tópico erróneo. Apostaría el caballo que no tengo a que, cuando el titular de este artículo llegue a Twitter, provocará algún que otro comentario equiparando los neandertales a salvajes brutos sin el menor atisbo de inteligencia, y probablemente asociando esta categoría al nombre de algún político. Nunca falta.

Pero no: hoy los científicos tienden a pensar que los neandertales eran similares en inteligencia a sus coetáneos antepasados nuestros, los humanos modernos del Paleolítico, antiguamente conocidos como Hombres de Cromañón o cromañones por el hallazgo de sus restos en la cueva francesa de Cro-Magnon.

Probablemente nuestra inteligencia se ha desarrollado desde el Paleolítico, pero podemos imaginar que lo mismo habría ocurrido con los neandertales si hubieran sido ellos los triunfadores en la competición por la supervivencia. Así que aquí estaríamos nosotros, los neandertales, una especie pensante.

Por ello y como es natural, no nos llamaríamos a nosotros mismos neandertales, sino que reservaríamos este apelativo para nuestros antepasados cuyos restos se encontraron en el valle alemán de Neander. Nosotros nos llamaríamos, lógicamente, Homo sapiens. Y esta denominación nos diferenciaría de otra especie humana extinguida sobre la que aún tendríamos muchas incógnitas: los cromañones, que habríamos designado Homo cromagnonensis.

Nuestro aspecto físico sería distinto. El Museo Neanderthal, en Alemania, nos muestra cómo seríamos hoy:

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de Clemens Vasters / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Recreación de un neandertal en el Museo Neanderthal. Imagen de suchosch / Flickr / CC.

Seríamos físicamente más robustos, con miembros más cortos, tórax amplio, una fuerte mandíbula, mentón pequeño, cejas prominentes, nariz grande, frente huidiza y un cráneo de mayor tamaño. Existía una app para Android y iPhone, creada por el Museo Smithsonian de EEUU, que neandertalizaba el rostro a partir de una foto, pero por desgracia parece que ya no está disponible. En cualquier caso, podemos imaginar que nuestros cánones de belleza serían algo diferentes, y tal vez el número uno en la lista de los hombres más atractivos del mundo estaría invariablemente ocupado por alguien del estilo del actor Ron Perlman (El nombre de la rosa, Hellboy, Alien resurrección…):

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

Ron Perlman. Imagen de Wikipedia / Gage Skidmore.

O quizá alguien como Steven Tyler de Aerosmith:

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

Steven Tyler (Aerosmith). Imagen de Wikipedia.

En cuanto a las chicas, tal vez las proporciones faciales de Linda Hunt (NCIS: Los Angeles) nos parecerían cercanas a la perfección:

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

Linda Hunt en NCIS: Los Ángeles. Imagen de CBS.

La nariz de Rossy de Palma ya no sería, como suele decirse, picassiana, sino que sería el modelo más solicitado en las clínicas de rinoplastia:

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Rossy de Palma. Imagen de Wikipedia / Georges Biard.

Por supuesto, seríamos más fuertes, aunque según los expertos la mayor fortaleza física de los neandertales no se distribuía por igual en todo su cuerpo. Seríamos más potentes arrastrando y levantando pesos; probablemente no habríamos tenido que recurrir tanto al uso de animales de carga o, más modernamente, a las máquinas. Cualquier persona media sería capaz de levantar pesos similares a los que hoy soportan los atletas halterofílicos.

Al contrario que nosotros, los neandertales tenían espacio suficiente en sus anchas mandíbulas para acomodar todas sus piezas dentales, por lo que no sufriríamos con las muelas del juicio, y los problemas de dientes montados y descolocados serían más bien raros. En la sociedad neandertal, la de ortodoncista no sería una salida profesional muy recomendable.

Los neandertales estaban mejor adaptados que nosotros al clima de la Eurasia templada, aunque los científicos aún debaten por qué esta presunta adaptación al frío no se reflejaba en algunos rasgos como la nariz. Pero asumamos la hipótesis tradicional de la adaptación al frío: según esto, no usaríamos tanta ropa de abrigo, y tal vez nos habríamos expandido a las regiones más gélidas del planeta. Quizá nos encontraríamos más cómodos en la Antártida que en los trópicos.

Los ojos de los neandertales eran más grandes que los nuestros, y tal vez también la región de la corteza cerebral dedicada al procesamiento visual. Algunos científicos suponen que su visión en condiciones de poca luz era superior a la nuestra. Si fuéramos neandertales, no necesitaríamos tanta iluminación nocturna. Y esto, unido a la mayor resistencia al frío, sugiere que tal vez nos ahorraríamos un buen dinero en luz y calefacción.

Pero ¿cómo sería nuestra sociedad neandertal? Aquí es donde surgen los problemas. Ciertos expertos proponen que los neandertales eran menos gregarios que nosotros, y que vivían en grupos más pequeños y dispersos. Y se ha propuesto que precisamente este mayor gregarismo nuestro, de los Homo sapiens de la realidad real, fue uno de los factores clave de nuestro éxito: nos unió en grandes grupos para establecernos en asentamientos estables, nos permitió crear las ciudades e inventar la agricultura, y por tanto más tarde la industria, la mecanización, las tecnologías de la comunicación y la información, los transportes globales, y todo aquello en lo que hoy se basan nuestras sociedades.

Si fuéramos neandertales, tal vez viviríamos en pequeñas comunidades desconectadas, cazando y recolectando, pero sin haber desarrollado el conocimiento, la cultura (aún se debate en qué grado los neandertales tenían o no pensamiento simbólico), el orden social, la economía, la industria, la ciencia…

Lo cual pone de manifiesto que, incluso si su supervivencia se hubiera prolongado unos miles de años más, los neandertales lo habrían tenido difícil para sobrevivir en el mundo de los Homo sapiens de la edad contemporánea. Y así es como nuestro experimento mental se desploma.

Claro que tal vez este planeta hoy gozaría de mayor salud si lo hubieran colonizado los neandertales en lugar de nosotros. Eso sí, también nos habríamos perdido muchas cosas por las que merece la pena ser un Homo sapiens.

Unos aperitivos científicos para celebrar Halloween

Cada año, tal día como hoy, este blog suele vestirse simbólicamente de negro y naranja para celebrar una de las fechas más divertidas del calendario. Y que, en contra de la creencia mayoritaria y como expliqué profusamente hace 365 días, no es “una fiesta yanqui”. Como escribía hace unos días Regina Hansen, de la Universidad de Boston:

Muchas prácticas asociadas con Halloween tienen sus orígenes en la religión precristiana o pagana de los celtas, los habitantes originales de las islas británicas y de partes de Francia y España.

Como ya conté, los expertos apuntan que Halloween es una tradición de fusión cristiana-pagana-céltica-mesoamericana, de raíz europea y origen mitológico gallego, que se exportó a EEUU a través de Irlanda y que los reyes mundiales del márketing nos devolvieron convertida en un producto, pero conservando símbolos y espíritus que nosotros les vendimos antes a ellos, incluyendo el terror, los dulces y las calabazas.

Imagen de Pexels.com.

Imagen de Pexels.com.

Pero antes de que esta tarde-noche el que suscribe se transmute en Roy Batty para celebrar la largamente esperada secuela de Blade Runner y soltarle a quien quiera escuchar aquello de “he visto cosas que vosotros no creeríais…”, aquí les dejo unos cuantos aperitivos de tono más o menos científico para abrir boca. Y para rematar la faena, unos minutos musicales con el punk clásico de los californianos Dead Kennedys y, desde Iowa, el psycho-surf-billy de los Surf Zombies. Feliz Halloween.

Una bola de luz flotando sobre Siberia

Según han explicado las autoridades rusas, este misterioso fenómeno observado esta semana en Rusia se debe a la burbuja de gas producida por un misil, iluminada por el sol que ya ha desaparecido bajo el horizonte del observador.

 

Secuenciado el genoma de la calabaza

Justo a tiempo para Halloween, un equipo de investigadores ha publicado el genoma de dos especies de calabaza, Cucurbita maxima y Cucurbita moschata. Estas hortalizas tienen grandes genomas distribuidos en 20 pares de cromosomas. Pero lo más curioso que han descubierto los científicos es que el genoma de la calabaza es en realidad dos subgenomas unidos, correspondientes a dos especies que se fusionaron hace entre 3 y 20 millones de años.

Sonidos siniestros del espacio

Aprovechando la celebración de Halloween, la NASA ha preparado una lista de reproducción con algunos inquietantes sonidos del espacio captados por varias sondas. Pero obviamente, como ya decían en Alien, en el espacio nadie puede oír tus gritos. En realidad se trata de emisiones electromagnéticas (por ejemplo, ondas de radio) captadas por diversos instrumentos y convertidas por los técnicos a frecuencias de sonidos audibles.

Así se crea la sangre para el cine

Atrás quedó la salsa de tomate. La sangre del cine hoy tiene bastante más química, y unos cuantos trucos para conseguir el efecto deseado.

¿No sabe de qué disfrazarse? Pregunte a la Inteligencia Artificial

A la investigadora Janelle Shane le gusta jugar con las redes neuronales y proponerles desafíos inusuales, como inventar nombres de bandas heavy o de nuevos colores. En esta ocasión Shane ha propuesto a su máquina inventar nuevos disfraces de Halloween, y el ordenador ha respondido con más de 5.000 ideas. Algunas son escasamente originales, como “Darth Vader”. Pero ¿qué me dicen de “la personificación antropomórfica del horror de la guerra”, de “bolsa de plástico llena de acondicionador de pelo”, de “pirata ninja robot zombi” o de “magnate sexy de conglomerado del acero de comienzos del siglo XX”? Ideas no les van a faltar.

Un alien en la playa

De vez en cuando el mar devuelve criaturas que parecen haber caído en el océano desde alguna nave alienígena. Es el caso de este ser que apareció en una playa de Texas tras el paso del huracán Harvey. Fue necesaria la ayuda de Kenneth Tighe, biólogo del Museo Smithsonian de Historia Natural, para identificar el animal como un Aplatophis chauliodus o anguila de colmillos.

Ahora va en serio: volvemos a la Luna, y esta vez para quedarnos

Si, como contaba ayer, en realidad todo y todos no somos sino personajes de una simulación, se diría que el posthumano del cual depende nuestra existencia debe de ser un hacker adolescente con una fértil imaginación y un peculiar sentido del humor: ¿quién iba a pensar que Trump nos llevaría de vuelta a la Luna?

Como ya he contado aquí en numerosas ocasiones, la NASA lleva unos cuantos años correteando como pollo sin cabeza en lo que respecta a la exploración humana del espacio. Quemó sus naves, los shuttles, sin tener aún un plan B, o teniendo uno que luego fue cancelado y sustituido por un plan C, cuyo propósito ha sido incierto. Durante años la NASA ha pegado las narices al escaparate marciano deseando lo que había dentro y haciéndose ilusiones con unos bonitos Power Points, pero siendo consciente de que no podía pagárselo.

Ahora, por fin, parece que comienza a haber un objetivo claro. Renunciar a Marte es doloroso, pero inevitable. Y al menos, siempre nos quedará la Luna. Este mes, la NASA insinuó que estaba preparada para olvidarse del planeta vecino y desplazar el foco hacia nuestro satélite, un objetivo más asequible y al alcance de las nuevas naves y cohetes actualmente en desarrollo. La agencia esperaba la respuesta de la nueva administración, y esta llegó primero en forma de un artículo firmado por el vicepresidente Mike Pence en The Wall Street Journal, donde anunciaba la restauración del National Space Council (NSC).

Concepto de hábitat lunar. Imagen de ULA/Bigelow Aerospace.

Concepto de hábitat lunar. Imagen de ULA/Bigelow Aerospace.

El NSC es un órgano del máximo nivel, que mete directamente la cabeza de la exploración espacial en la Oficina Ejecutiva del Presidente. Fue creado en 1989, pero en 1993 se desmanteló por disensiones internas debidas a la diferencia de criterios entre la NASA y los responsables políticos. Obama prometió resucitar el NSC, pero nunca llegó a hacerlo.

Según escribió Pence y ratificó en una conferencia con motivo de la primera reunión del nuevo NSC, astronautas estadounidenses volverán a pisar la Luna. Añadió que de este modo se asentarán los cimientos para futuras misiones “a Marte y más allá”.

Esto último ya cae en el folclore habitual en tales ocasiones. Pero en realidad el empujón de la administración Trump a la exploración espacial tripulada no es sorprendente. Como ya conté aquí, era previsible que el furor patriotero del nuevo presidente buscara llevar de nuevo estadounidenses al espacio como una manera de Make America Great Again, según su eslogan.

Entre los recortes presupuestarios y los titubeos de la NASA, en los últimos años EEUU se ha quedado mirando las estelas de los cohetes rusos y sintiendo en la nuca el aliento de China. El mensaje de Pence es recuperar el liderazgo espacial para su país, y no solo por una cuestión de sacar pecho: la fórmula actual del New Space deja buena parte del liderazgo en manos de las empresas, que tradicionalmente se limitaban a actuar como contratistas, para convertir el espacio en el nuevo filón comercial.

Una de estas nuevas compañías espaciales acaba también de apuntarse a la renovada carrera hacia la Luna. En colaboración con el fabricante de cohetes United Launch Alliance (ULA), Bigelow Aerospace ha anunciado que construirá un hábitat hinchable en la órbita terrestre para después enviarlo a la órbita lunar, y todo ello en 2022. La empresa del magnate hotelero Robert Bigelow ya ha demostrado que sus estructuras hinchables son una opción viable, versátil y asequible para establecer hábitats orbitales.

La propuesta de Bigelow ilustra también cuál será otra de las diferencias entre esta nueva carrera lunar y la de los años 60: esta vez es para quedarnos. Los hábitats de Bigelow proporcionarían una estación permanente en órbita, pero en paralelo ya existen otras ideas de las principales agencias espaciales del mundo, incluyendo la europea (ESA), destinadas a construir asentamientos en la Luna. En general estos planes contemplan colaboraciones entre distintas potencias. Por mucho que Trump y Pence se empeñen, la Luna ya no será cosa de un solo país: EEUU y Rusia cooperarán en el proyecto Deep Space Gateway para situar una estación en la órbita de la Luna, mientras que la ESA y China podrían compartir esfuerzos en la construcción de una base lunar.

Concepto de base lunar. Imagen de ESA.

Concepto de base lunar. Imagen de ESA.

Entonces, ¿nos olvidamos de Marte? Nada de eso. Elon Musk, el creador de SpaceX, continúa adelante con sus planes de enviar humanos al planeta vecino en 2024. Y aunque este plazo es sencillamente imposible de creer –el propio Musk lo definió como “aspiracional”–, parece claro que un astuto empresario de tan probada solvencia no va a embarcarse en una aventura marciana para cometer un suicidio financiero. Musk ha puesto ya demasiados huevos en esta cesta. Y el último es de avestruz: recientemente anunció el soporte destinado a hacer realidad su sueño de colonización marciana, un sistema de lanzamiento todo-en-uno que de momento responde al nombre de BFR, por Big Falcon Rocket o, también, Big Fucking Rocket.

¿Y si en realidad no somos reales, sino personajes de un videojuego?

Cuando Trump ganó las elecciones en EEUU y triunfó el Brexit, hubo muchos que se dijeron: esto no puede estar pasando. Pero entre estos, hay algunos para los que no es simplemente una frase hecha, sino que realmente creen que esto no pude estar pasando. O sea, que no es real. Que es una simulación. Que somos una simulación. O dicho de otro modo, un videojuego carísimo e increíblemente complejo. Y si añadimos todo lo que está ocurriendo últimamente por nuestros pagos, los defensores de esta hipótesis pueden frotarse las manos.

Mario Bros. Imagen de Nintendo.

Mario Bros. Imagen de Nintendo.

En efecto, como en Matrix. Tal vez ya hayan oído hablar de lo que corre en ciertos círculos como la hipótesis de la simulación. O si es la primera vez que leen sobre ello, puede que les parezca el mayor hallazgo intelectual de la historia de la humanidad, o todo lo contrario, una pura masturbación mental a la que no merece la pena dedicar ni medio segundo y que provoca risa con esa flojera del sonrojo. Incluso a lo largo de un mismo día, dependiendo de si pierden el autobús o se les queman las tostadas, puede que piensen ambas cosas indistintamente. A mí me ocurre.

Los antecedentes de esta loca idea son ilustres, desde la caverna de Platón a La vida es sueño de Calderón. Cuatro siglos antes de nuestra era, el filósofo chino Zhuang Zhou se enfrentaba a la imposibilidad de distinguir cuál era la verdadera realidad, si la que entendemos como real o la que experimentamos durante nuestros sueños, que nos parece igualmente real cuando estamos inmersos en ella. Bertrand Russell inventó una idea llamada Tierra de Cinco Minutos, según la cual el universo podría haberse creado hace cinco minutos y nosotros sin enterarnos, creyendo recordar un pasado que podría ser totalmente ficticio. En los años 70, el genial Philip K. Dick también planteó la posibilidad de que vivamos en una realidad programada por ordenador.

Pero el responsable de haberla liado definitivamente es Nick Bostrom, filósofo sueco de la Universidad de Oxford. En 2003 Bostrom publicó un trabajo en el que desarrollaba la hipótesis más o menos según la siguiente línea lógica: el desarrollo tecnológico es imparable y nos lleva a construir simulaciones informatizadas cada vez más complejas. En un futuro con una tecnología infinitamente superior a la actual, los posthumanos llegarán a ser capaces de crear simulaciones a cuyos personajes se les pueda dotar incluso de consciencia.

Estos posthumanos crearán simulaciones del pasado, de sus antepasados, de nosotros. Dado que en el futuro esto será un ejercicio tan corriente y extendido como lo son hoy nuestros videojuegos, se crearán millones de estas simulaciones; al fin y al cabo, ¿cuántas copias de juegos como Los Sims existen en el mundo? Y si existen millones de estas simulaciones y solo una única realidad, la probabilidad de que nosotros seamos reales, que vivamos en la “realidad base”, es ínfima: tenemos una posibilidad contra millones de no ser una simulación.

Todo esto, argumentaba Bostrom, siempre que la humanidad no se extinga antes de llegar al estado posthumano, y a no ser que por algún motivo nuestros futuros descendientes decidan no crear simulaciones. Resumiendo, Bostrom afirmaba que al menos una de estas tres proposiciones tiene que ser cierta: a) La humanidad queda aniquilada antes de alcanzar la fase posthumana. b) Los posthumanos no están interesados en construir simulaciones. c) Vivimos en una simulación.

El gusanillo de la simulación ha cautivado a un buen número de científicos y tecnólogos. Elon Musk, multimagnate tecnológico y en quien confiamos para que algún día nos lleve a Marte, está completamente convencido de que, en efecto, vivimos en una simulación. La idea ha llegado a cautivar tan obsesivamente a algunos que, según contaba la revista The New Yorker el año pasado, dos millonarios del Silicon Valley cuyos nombres no se revelaban habrían contratado a un equipo de científicos para tratar de “sacarnos de la simulación”.

Pero naturalmente, los filósofos se mueven en un plano diferente al de los científicos. Los científicos trabajan en la realidad, mientras que el deber de un filósofo es calzarse las botas, ponerse el casco y bajar al sótano para inspeccionar los cimientos de esa realidad. Por desgracia, suelen alegar Bostrom y otros, es prácticamente imposible que científicamente lleguemos a conocer la verdad. Demostrar que no vivimos en una simulación es por definición impracticable: cualquier indicio que pudiera aportarse podría formar parte de la simulación. En ciencia a menudo suele ser inviable demostrar un negativo.

Y en cuanto a probar que vivimos en una simulación, y por mucho que algunas de las mejores mentes del mundo se ocupen en tratar de sacarnos de ella… Admitámoslo: si realmente fuéramos una simulación, salir de ella parece algo tan factible como que, de repente, Mario abandone la pantalla y comience a saltar por encima de los champiñones de nuestra pizza.

Aquí les dejo un vídeo que lo explica muy certeramente. En inglés, pero con subtítulos. Que disfruten de su cena simulada.