Archivo de octubre, 2021

No, la Tierra no va a volcar sobre su eje

Ateniéndonos a lo publicado en varios medios hace unos días, cualquiera podría creer que, si pensábamos que con el relativo respiro que nos está dando la pandemia habíamos pasado lo peor que podíamos esperar, ahora estaríamos amenazados por la posibilidad de que de repente la Tierra se dé la vuelta como el Poseidón aquel de la película, lo que sin duda nos llevaría al apocalipsis final del que tantos tuiteros llevan tiempo advirtiéndonos.

El origen de la historia es un estudio publicado en Nature Communications que aporta pruebas a favor de un desplazamiento de los polos geográficos de la Tierra hace 84 millones de años, durante el Cretácico, antes de la extinción de los dinosaurios.

Primero, conviene aclarar de qué estamos hablando, y para ello nada mejor que aclarar de qué no estamos hablando. Quienes tengan por costumbre seguir la actualidad científica probablemente habrán oído hablar de la inversión de los polos magnéticos terrestres, cuando el campo magnético se da la vuelta y el norte magnético pasa a ser el sur y viceversa. Esto ha ocurrido en la historia de la Tierra, y sucede en el Sol cada 11 años, en el máximo del ciclo solar. Pues bien, esto no es de lo que se trata.

Quienes tengan interés general por las cosas de los planetas y sus circunstancias quizá también hayan oído hablar del movimiento de precesión terrestre. En el colegio estudiábamos la rotación y la traslación. La precesión ya es para nota: consiste en el movimiento circular que describe el eje de rotación de la Tierra. O más exactamente, el movimiento circular lo describe uno cualquiera de los puntos del eje de rotación, de modo que lo que describe el eje es un cono (mejor dicho, dos conos unidos). Este movimiento completa una vuelta cada 25.776 años. La mejor manera de entenderlo es observar el giro de una peonza, que aparte de rotar suele bambolearse de manera que su eje también gira. Pues bien, tampoco aquí estamos hablando de la precesión.

El desplazamiento polar, o True Polar Wander (TPW), es cuando el eje de rotación se mueve con respecto a la superficie terrestre, de manera que los polos geográficos –los dos lugares donde el eje de rotación y la superficie se intersecan– cambian de lugar. Pero en este caso, una imagen vale más que mil palabras, aunque sea tan fea como esta:

Desplazamiento polar. Imagen de Victor C. Tsai / Wikipedia.

Desplazamiento polar. Imagen de Victor C. Tsai / Wikipedia.

¿Y por qué iba a ocurrir esto? Los objetos astronómicos grandes como la Tierra tienden a adoptar una forma esférica, y la rotación se produce por el eje en el que toda esa masa encuentra una mayor simetría, con las estructuras más densas en torno al Ecuador. Pero esta simetría nunca es perfecta, y la Tierra tampoco es una masa estática. Así, con el tiempo puede ocurrir que llegue un momento en que se produzca una corrección de la posición del eje de rotación para equilibrar mejor la masa del planeta. Esto ocurre mediante un desplazamiento de toda la masa sólida exterior del planeta, la corteza y el manto, sobre el núcleo.

Los desplazamientos polares se producen habitualmente a pequeña escala, lo que hoy puede detectarse en las mediciones por satélite. Pero en el pasado de la Tierra han ocurrido TPW de mayor magnitud. Debe entenderse que este no es un fenómeno discutido; ocurre en otros planetas, y se ha documentado en escalas de cientos de millones de años en la historia terrestre. Así que no se trata del descubrimiento de un fenómeno raro y único, sino de una aparente solución a una larga discusión entre los geofísicos sobre si ocurrió un TPW hace 84 millones de años.

El nuevo estudio, dirigido por el geofísico Joseph Kirschvink, de Caltech y el Earth-Life Science Institute del Instituto de Tecnología de Tokio, aporta pruebas a favor de la existencia de ese TPW, refutando la idea previa de que el eje terrestre ha permanecido prácticamente estable en los últimos 100 millones de años. Las partículas magnéticas atrapadas en las rocas antiguas sirven para estudiar cómo los polos geográficos se han movido, ya que la dirección del campo magnético depende de las corrientes de metal en el núcleo terrestre, las cuales a su vez se mueven alrededor del eje de rotación. Los investigadores han descubierto que el desplazamiento neto del eje hace 84 millones de años fue de 12 grados, como resultado final de un viaje de ida y vuelta durante cinco millones de años en el cual el eje recorrió un total de 25 grados.

Rocas del Cretácico en los Apeninos italianos donde los investigadores han recogido muestras para estudiar el desplazamiento polar. Imagen de Ross Mitchell.

Rocas del Cretácico en los Apeninos italianos donde los investigadores han recogido muestras para estudiar el desplazamiento polar. Imagen de Ross Mitchell.

Cabe decir que Kirschvink es un científico tan destacado como a veces polémico. Suya es la expresión Snowball Earth (“Tierra bola de nieve”) que describe una supuesta congelación global del planeta hace unos 700 millones de años, antes de la gran explosión cámbrica de la vida en la Tierra. La hipótesis de la Snowball Earth también ha provocado grandes discusiones entre los científicos. Kirschvink fue el descubridor de los primeros magnetofósiles, partículas magnéticas presentes en las bacterias, y defendió que el meteorito marciano Alan Hills 84001 contenía restos de vida (fue aquel meteorito el que llevó al famoso discurso de Bill Clinton sobre el descubrimiento de vida marciana).

En sus investigaciones sobre el biomagnetismo, desde hace años Kirschvink mantiene una línea de investigación destinada a probar la existencia de un sentido magnético en los humanos, algo sobre lo que merecería la pena hablar con más detalle otro día. Recientemente el científico se ha visto envuelto en otra nueva polémica cuando se le ocurrió que era una buena idea perforar sin permiso junto a unos petroglifos sagrados para los nativos americanos de California.

Pero por hoy, no, la Tierra no va a volcar sobre su eje. Y dicho sea de paso, presentar un estudio sobre algo ocurrido hace 84 millones de años como si fuera algo que puede ocurrir mañana mismo es como presentar un estudio sobre el asteroide que extinguió a los dinosaurios no aviares (las aves también son dinosaurios) alertando de que, como ocurrió aquello, el mundo está en peligro de irse al carajo mañana mismo. Bastante tenemos ya como para bromitas.

Niños y adolescentes, las víctimas invisibles de la pandemia de COVID-19

No he llegado a tiempo para contar el número de veces que en un reportaje del telediario sobre el puente del Pilar se ha repetido la palabra “normalidad”. Todos los espectáculos abiertos, incluso con aforos normales. Ocupación hotelera máxima, lo normal en un puente. Barras y discotecas abiertas, pistas de baile para bailar normalmente. Ya se puede visitar a los pacientes en los hospitales como solía ser normal. Sí, es cierto, aún quedan las mascarillas como único residuo de esa época ya casi pasada. Pero, al fin y al cabo, en muchos espacios al aire libre ya podemos prescindir de ellas. En los locales de ocio generalmente no se usan, porque se consume. Y en los centros de trabajo, consta que… según. En resumen, normalidad. O casi.

Excepto para los niños y adolescentes.

Repasemos. Durante el confinamiento estricto de marzo y abril de 2020, los adultos podían salir de casa para tareas esenciales. Y cualquiera podía buscarse fácilmente una tarea esencial como excusa para salir de casa. Hasta los perros podían salir a sus paseos. Pero no los niños. Durante seis semanas estuvieron encerrados en casa las 24 horas, porque se les prohibió por completo pisar la calle.

Niños en un colegio de San Sebastián. Imagen de Juan Herrero / EFE / 20Minutos.es.

Niños en un colegio de San Sebastián. Imagen de Juan Herrero / EFE / 20Minutos.es.

Sin que apenas se haya hablado de esto en los medios, esta reclusión total de los menores ya se cobró un precio en su bienestar psicológico. El año pasado, un estudio de la Universidad Miguel Hernández de Alicante y de la Universidad de Estudios de Perugia (Italia) reveló que más del 85% de los niños habían sufrido cambios emocionales y de conducta a causa del confinamiento, incluyendo nerviosismo, soledad, irritabilidad y dificultades de concentración. En cambio en Italia, donde los niños sí podían salir a la calle, el impacto fue menor. En junio, otro estudio de la Universidad de Burgos publicado en Scientific Reports encontró también que durante el confinamiento “los niños y adolescentes sufrieron alteraciones emocionales y de conducta“.

Diversos expertos ya han alertado de que el mayor impacto de la pandemia en la salud mental lo están sufriendo los menores. Un estudio en Canadá sobre una población de 50.000 personas encontró que la población con mayores síntomas de ansiedad fue la más joven, a partir de 15 años; este estudio no incluyó menores de esta edad. Según las autoras, las psicólogas clínicas de la Universidad de Manitoba Renée El-Gabalawy y Jordana Sommer, la pandemia de COVID-19 probablemente afectará de forma desproporcionada a las generaciones más jóvenes en sus efectos mentales sostenidos“.

También desde Canadá, de la Universidad de Calgary, llegó el pasado agosto un metaanálisis global sobre la prevalencia de síntomas de depresión y ansiedad durante la pandemia. Reuniendo 29 estudios previos con una población total de casi 81.000 menores, las autoras llegan a la conclusión de que el 20% ha sufrido síntomas clínicos de ansiedad y el 25% de depresión, cifras que duplican las anteriores a la pandemia. El metaanálisis descubre también que los más afectados han sido los adolescentes de mayor edad y sobre todo las chicas. Según escriben tres de las autoras del estudio, los niños y adolescentes “han emergido como las víctimas invisibles de esta crisis global“.

Podríamos continuar mencionando otra revisión según la cual “en comparación con los adultos, esta pandemia puede aumentar las consecuencias adversas en la salud mental de niños y adolescentes”, u otra que alerta de la alta vulnerabilidad de los menores a los efectos mentales de la pandemia, o bien otra más, u otra, o esta colección de estudios, o este nuevo informe de Unicef según el cual “los niños y jóvenes podrían padecer el impacto de la COVID-19 en su salud mental y bienestar durante años“. Pero creo que la idea ya está suficientemente clara, y está lo suficientemente respaldada por los estudios.

Y con las reservas hoteleras a tope, las discotecas y las pistas de baile abiertas, y los carajillos en barra, ¿se les ha concedido también a los niños el derecho a disfrutar de esa normalidad certificada por los telediarios? ¿Tienen en cuenta las autoridades que son los menores quienes más necesitan desesperadamente esa vuelta a la normalidad?

Con la proximidad del comienzo del nuevo curso, se estuvo hablando en los medios de una inminente retirada de las mascarillas en los patios, recreos y otros espacios y actividades al aire libre en los colegios. A pesar de que los menores de 12 años aún no están vacunados, y frente a todos los temores y precauciones sobre el desastre epidémico que podía suponer la vuelta a las aulas (de lo que también se alertó en este blog), lo cierto es que no ha sido así. Los brotes de contagios originados en los colegios han sido casi anecdóticos. Y en más de un año y medio de pandemia no se han encontrado pruebas de que el contacto físico casual, sobre todo al aire libre como ocurre en los recreos de los colegios, sea una vía predominante de contagios.

En la Comunidad de Madrid ya ha salido la nueva orden que modifica el uso de las mascarillas en los colegios. El resultado: se retiran las mascarillas solo en la práctica de deportes al aire libre. Se mantienen las mascarillas en los recreos; según la Comunidad de Madrid, “en cualquier espacio al aire libre del centro educativo en el que se dé agrupación de personas o posibilidades de aglomeración (recreos, eventos, etc.)“.

Y en cambio, añade la orden, no será exigible la obligación del uso de mascarillas a los docentes y al personal de administración y servicios en espacios de trabajo del centro educativo en que no haya alumnos“.

Dado que tuve que leerlo dos veces para creerme lo que estaba leyendo, voy a escribirlo también dos veces por si no soy el único al que le cuesta creerlo:

No será exigible la obligación del uso de mascarillas a los docentes y al personal de administración y servicios en espacios de trabajo del centro educativo en que no haya alumnos“.

Es decir, y salvo que lo esté entendiendo rematadamente mal, los profesores y demás personal de los colegios, al contrario que el resto de los ciudadanos, pueden quitarse la mascarilla en recintos interiores de su centro de trabajo.

Porque, como todo el mundo sabe, todas las salas de profesores y oficinas de administración de los colegios cuentan con sistemas de presión negativa para que el aire solo entre, y no salga. Porque, como todo el mundo sabe, los aerosoles que se expulsan en la sala de profesores se quedan en la sala de profesores. Y porque, como todo el mundo sabe, no existe absolutamente ningún docente ni otro personal de colegios que haya rechazado la vacuna.

En resumen, normalidad, excepto para los más olvidados y perjudicados, los niños y adolescentes. Por mi parte, puedo decir que algunos de los niños que esperaban con ilusión poder prescindir de la mascarilla en el recreo y recuperar ese espacio de relación en condiciones de normalidad, como se les está permitiendo a los adultos en casi todos los ámbitos de su vida, han recibido esta noticia como un nuevo mazazo. Por si no tuviesen suficiente con el mazo de la pandemia, sufren además el de las autoridades que, al parecer, deben de seguir otra ciencia diferente a la que se publica en las revistas científicas.