Archivo de junio, 2021

No son (solo) las vacunas, es el verano: la humedad, el calor y el sol reducen los contagios de COVID-19

Desde el comienzo de la pandemia de COVID-19, una de las grandes preguntas ha sido esta: ¿será estacional, como la gripe y otras infecciones respiratorias? ¿Tendremos mayor riesgo de enfermar en invierno, y nos dará tregua el virus en verano?

Estas mismas preguntas nos las hacíamos en la primavera de 2020, como conté aquí. Aunque entonces había motivos para pensar que quizá el coronavirus SARS-CoV-2 pudiese mostrar un comportamiento estacional similar al de la gripe, en aquellos primeros meses de la pandemia lo único que teníamos eran algunos análisis de laboratorio sobre la sensibilidad del virus a los principales factores ambientales asociados a la estacionalidad –temperatura, humedad y radiación solar ultravioleta– y estudios observacionales que comparaban la expansión de la infección en regiones del mundo con distintos climas. Mientras, los epidemiólogos utilizaban estos datos para alimentar modelos matemáticos predictivos con los que se intentaba anticipar cuál sería la evolución de la pandemia con los cambios de estación.

A comienzos del verano pasado, la visión mayoritaria parecía inclinarse por la hipótesis que venía resumida en un estudio de la Universidad de Princeton publicado en Science en julio de 2020: aunque el verano podía tener un cierto efecto beneficioso, pesaba más el hecho de que la mayoría de la población aún era susceptible al virus, y por ello las medidas de prevención de la transmisión –mascarillas, distancias, etcétera– iban a ser más importantes de cara al control de la epidemia que el factor estacional.

Echando la vista atrás, puede decirse que esta previsión fue en general bastante acertada. Hubo un cierto descenso de los contagios en verano, pero fue entonces cuando se aplicaron las medidas de prevención que antes habían faltado. Al final del verano la incidencia subió de nuevo, pero por entonces en España no se quiso volver al confinamiento, e incluso en ciertas comunidades autónomas con mucho peso en las cifras totales del país ni siquiera se llegó a cerrar los lugares donde demostradamente existe más riesgo de contagio.

Una imagen de Torremolinos (Málaga). Daniel Pérez / Efe / 20Minutos.es.

Una imagen de Torremolinos (Málaga). Daniel Pérez / Efe / 20Minutos.es.

La conclusión de todo esto es que no es fácil deslindar el efecto estrictamente debido a la meteorología de otras muchas variables de confusión, lo que llevó a que aparecieran estudios no siempre coincidentes; lo que a su vez daba titulares en los medios que en un momento apoyaban la estacionalidad del virus y en otro la desmentían. Y por si esto no fuera ya lo suficientemente complicado, además parece existir un comportamiento episódico de los picos y valles de transmisión (las famosas “olas”) no necesariamente asociado a las medidas de restricción, y que es de esperar que los epidemiólogos estén estudiando ya para intentar explicar.

Pero un año después, el volumen de datos ya es mucho mayor, lo que permite afinar el análisis. Ahora, un nuevo estudio publicado en Nature por investigadores de las universidades de Yale y Columbia ha estimado la relación de la temperatura, la humedad y la radiación UV con la transmisión del virus –en concreto, con el número de reproducción R, o a cuántas personas contagia como media cada infectado–, día a día desde el 15 de marzo hasta el 31 de diciembre de 2020, y en 2.669 condados de un total de 3.006 que existen en EEUU; en los restantes no incluidos en el estudio hubo menos de 400 casos totales durante todo ese periodo.

Todo lo cual lo convierte probablemente en el estudio publicado más completo que se ha hecho sobre la relación entre la meteorología y la transmisión de la COVID-19. Además, y como en la amplia geografía de EEUU están representados los climas más diversos, podemos tomar esta muestra como aplicable a otras regiones del mundo, incluida la nuestra.

Y esta es la respuesta: sí, existe una influencia de la meteorología en la expansión del virus. No es apabullante, pero sí bastante significativa. En total, un 17,5% de la transmisión es atribuible a factores meteorológicos“, escriben los autores, señalando que las condiciones más favorables para nosotros, más desfavorables para el virus, son las temperaturas, humedades y radiaciones UV altas. En concreto, la que más influye es la humedad con un 9,35%, seguida por la radiación UV con un 4,44% y por último la temperatura con un 3,73%.

Sin embargo, dentro de estos valores medios hay también diferencias entre distintos climas: la meteorología influye más en la transmisión del virus en los condados del norte, de clima más frío, que en los del sur. “Nuestros resultados indican que el tiempo frío y seco y los bajos niveles de radiación ultravioleta están moderadamente asociados con una mayor transmisibilidad del SARS-CoV-2, y que la humedad juega el papel principal“, escriben los investigadores, y añaden: En igualdad de todo lo demás, podemos anticipar para los próximos años la mayor fracción atribuible [a la meteorología] durante los meses de tiempo más frío y seco y menor radiación UV“. En diciembre la fracción de la transmisión atribuible a la meteorología es máxima, del 20,8%.

Pero naturalmente, en los estudios de correlación estadística siempre existe el problema de las variables de confusión, mencionado más arriba; es decir, que existan otras variables ligadas que los investigadores han pasado por alto y que influyen en los resultados obtenidos. Un famoso ejemplo que comenté aquí fue el de la relación entre el consumo de Viagra y la mayor incidencia de melanomas, en el que los propios autores del estudio decían que quizá en realidad el aumento de este tipo de cáncer no se debía directamente a la Viagra, sino a factores del estilo de vida de una población de mayor renta, que es la que consume en mayor medida un fármaco caro.

En el estudio que nos ocupa, los autores han ajustado los resultados para un gran número de variables de confusión, incluyendo factores demográficos, socioeconómicos, ambientales como la contaminación del aire, de salud como la obesidad o el tabaquismo, e incluso la implantación y el cumplimiento de las medidas tomadas contra la pandemia en los diferentes condados y estados de EEUU.

Pero existe todavía una incertidumbre, y es hasta qué punto el diferente comportamiento social en unos lugares respecto a otros –regiones más cálidas o más frías– o incluso en una misma región en distintas estaciones –invierno frente a verano– puede influir en los resultados, o estar o no incluido en el análisis. Durante los meses más fríos del invierno la gente pasa más tiempo en interiores, lo que puede facilitar la transmisión del virus“, escriben.

Es más, añaden que en interiores la temperatura suele estar controlada en verano y en invierno, pero en cambio no la humedad, que suele ser la misma en lugares cerrados que en el exterior, lo que podría explicar que se observe una mayor influencia aparente de la humedad en comparación con la temperatura. Pero hasta qué punto una parte de los efectos descritos podría deberse no directamente a la meteorología, sino a las cosas distintas que hacemos en verano y en invierno, parece algo muy difícil de estimar.

Por último, otra variable que se escapa es la influencia estacional no en el propio virus, sino en nuestro sistema inmunitario. Como ya he contado aquí, esta es todavía una caja negra para la ciencia. Aunque la estacionalidad de gripes y catarros es bien conocida, el análisis de 68 enfermedades infecciosas comunes ha mostrado que todas ellas tienen algún patrón estacional, diferentes unos de otros, pero aún no se sabe por qué ni cómo funciona. Los autores apuntan que durante los meses del invierno, “ya sea en interiores o exteriores, la gente está expuesta a menos radiación UV del sol, que modula el sistema inmune“. Pero todavía es imposible saber, y va a ser muy difícil saberlo, hasta qué punto algo de la estacionalidad de la epidemia se debe a cómo varía nuestra inmunidad a lo largo del año.

Pero si hay una conclusión de todo lo anterior con la que deberíamos quedarnos, es esta: en los medios y en la mente del público se está dando por hecho que el actual descenso de los contagios se debe exclusivamente a la vacunación. Y que ya estamos a salvo de nuevas futuras “olas” como las que hemos vivido. El estudio citado, que por otra parte reafirma con mucha mayor solidez lo que otros anteriores ya habían mostrado, es que una parte de este descenso se lo debemos al verano. Y que, por lo tanto, no estamos ni mucho menos a salvo de que los contagios vuelvan a subir cuando llegue el otoño; de hecho, ya debería saberse que las vacunas están diseñadas para evitar la enfermedad, no el contagio (aunque los datos sugieren que sí lo reduce). Así que no deberíamos perder de vista esta última advertencia que cierra el estudio: En los meses de invierno se necesitan intervenciones de salud pública más extensivas para mitigar el aumento en la transmisibilidad del SARS-CoV-2“.

España, entre los países con más confianza en las vacunas de COVID-19

Aunque pueda parecer sorprendente, España es, de entre una muestra de 15 países de renta alta, uno de los que tiene mayor confianza en las vacunas de COVID-19: un 78% de la población dice confiar en ellas, lo cual nos deja por debajo de Reino Unido (87%), Israel (83%) e Italia (81%), pero por delante de Dinamarca (74%), Suecia (74%), Noruega (72%), Canadá (71%), Singapur (70%), Alemania (63%), EEUU (62%), Australia (59%), Francia (56%), Japón (47%) y Corea del Sur (47%). Todo ello según un nuevo informe del Imperial College London.

Informes como este tienen un valor añadido a los publicados por organismos nacionales, ya que de una encuesta de este tipo en una sola población uno puede obtener resultados muy dispares dependiendo de cómo se formulen las preguntas; pero una comparación entre varios países con un método único y consistente nos da una verdadera idea de cómo estamos.

Un ejemplo de cómo los resultados varían según el contenido de la pregunta: según este informe, en EEUU hay un 38% de la población que no confía en las vacunas de COVID-19. Pero también hace unos días, un estudio de la Universidad de Texas A&M revelaba que el 22% de la población encuestada se identifica como “antivacunas”. Esto quiere decir, si asumimos que los resultados de ambos estudios son comparables, que un 16% de los estadounidenses, aproximadamente uno de cada seis, no se define como antivacunas, pero rechaza las vacunas de COVID-19.

Es decir, algo que todos hemos escuchado alguna vez: “yo no soy antivacunas, PERO…”. Es el mismo tipo de discurso que se oye a menudo con relación a otras etiquetas. Por ejemplo, “yo no soy racista, pero…”. A muchas personas les repugna identificarse con ciertas etiquetas, aunque para otras personas esas actitudes o planteamientos claramente correspondan a alguien que encaja en dichas etiquetas.

Vacunación de COVID-19 en EEUU. Imagen de U.S. Secretary of Defense / Wikipedia.

Vacunación de COVID-19 en EEUU. Imagen de U.S. Secretary of Defense / Wikipedia.

Pero sí, puede decirse que existen aquí dos grupos taxonómicos diferentes. El primero es el de los que se autocalifican como “antivacunas”. Curiosamente, el estudio dice que ese 22% de la población no solo se define como tal, sino que además abraza esta etiqueta como “una forma de identidad social”. Es decir, que no es una simple opinión, sino una pertenencia, una militancia. Estudios anteriores a la pandemia han mostrado que estas personas suelen ser muy activas consumiendo y publicando contenidos relacionados con la antivacunación en las redes sociales, y que a menudo también creen en teorías conspiranoicas, hasta el punto de que muchas de estas personas viven prácticamente en una versión ficticia de la realidad (terraplanismo, etcétera).

Un artículo reciente de la psicóloga social Sophia Moskalenko, de la Universidad Estatal de Georgia, presentaba datos mostrando que entre los seguidores de la corriente QAnon –el movimiento que estuvo detrás del asalto al Capitolio, con millones de seguidores en EEUU y que abandera la conspiranoia y la antivacunación– son frecuentes los diagnósticos de trastorno mental, incluyendo trastorno bipolar, depresión, ansiedad y adicciones; el 68% de los arrestados tras el asalto al Capitolio tenía un diagnóstico mental previo.

Durante la pandemia, en las revistas científicas se han publicado innumerables artículos comentando el sentimiento antivacunas y las posibles vías para mitigarlo. Pero muchos expertos se muestran escépticos respecto a la posibilidad de que este tipo de perfil, el que se autodefine como antivacunas y orgulloso de ello, sea en absoluto susceptible de cambiar de opinión. Si por algo se distinguen estas personas es porque no basan sus creencias en la razón ni en las pruebas, y por lo tanto la razón y las pruebas no sirven para convencerlas.

Es más, y según contaba el psicólogo social Tomas Rozbroj, de la Universidad australiana de Monash, estas personas suelen considerarse a sí mismas pro-ciencia e instruidas en cuestiones de salud; se han construido una falsa imitación de la ciencia (esta es precisamente la definición de pseudociencia) en virtud de la cual son “los otros” los que siguen una falsa ciencia. Esto reafirma sus creencias, y por lo tanto son inasequibles a todo razonamiento o evidencia; cuanto más se les intenta convencer, más se atrincheran en su posición. Los propios autores del estudio de Texas señalaban que la simple información y divulgación de mensajes de salud pública no sirve con este grupo.

En esta tipología podríamos situar a algunos personajes populares de nuestro país que han levantado mucho revuelo durante la pandemia con sus declaraciones antivacunas, y sobre los que se ha hablado mucho. Pero en el fondo, la mayoría de lo que se ha hablado sobre ellos tiene tan poco fundamento científico como el que exhiben ellos en sus opiniones.

Me explico: sus opiniones hacen mucho daño, dicen algunos, porque sirven de (mal) ejemplo y condicionan a otros. Pero dado que no existe ningún estudio riguroso que muestre que esto es cierto, de igual modo puede defenderse justo lo contrario, de lo cual tampoco hay ninguna evidencia: que las manifestaciones de estas personas no tienen el menor impacto porque no condicionan a nadie, que solo las aplauden quienes ya piensan como ellos (véase QAnon más arriba), y que para el resto son un simple hazmerreír, cuando no una estrategia de autopromoción de estrellas en declive que añoran su antigua gloria. Y desde este punto de vista, puede decirse que dedicar más a esto (más discusión, más comentario, más titulares) es simplemente ignorar que no tiene la menor importancia.

En cambio, más interés tiene el segundo grupo taxonómico, el de “yo no soy antivacunas, pero…”; menos recalcitrantes, más tibios, y más influenciables por lo que ven a su alrededor o por cómo sopla el viento en cada momento. Esto no debería entenderse en sentido peyorativo; todos somos no expertos en muchas cosas, y es natural que en algo en lo que no somos expertos valoremos las opiniones de otros que creemos más cualificados que nosotros.

El problema es que en muchos casos tampoco sabemos quién está más cualificado que nosotros, y aquí es donde muchas de estas personas sí pueden guiarse por opiniones erróneas. Un ejemplo lo tenemos en la creencia en la fantasía de que el virus SARS-CoV-2 fue diseñado en un laboratorio. Antes esta creencia pertenecía al territorio QAnon; pero se ha extendido a medida que esta idea ha sido respaldada de forma más o menos clara por ciertos opinadores, columnistas y tertulianos no cualificados, aunque de gran influencia.

De hecho, una evidencia más del efecto de esos vientos sobre este grupo lo tenemos en la evolución de la confianza en las vacunas de la COVID-19 en España. Según el mismo tracker del Imperial College citado más arriba, el 1 de noviembre de 2020 España era el país de los 15 analizados donde había menos confianza en las vacunas (un 51%), seguido de cerca por Francia, pero ambos a mucha distancia del resto. Como se ve, en seis meses hemos pasado a ocupar el cuarto puesto de 15 en cuanto a confianza en las vacunas.

Y sin embargo, no ha habido ningún hito o descubrimiento científico en estos meses que justifique este aumento drástico de la confianza; las vacunas ya estaban exhaustiva y rigurosamente testadas y aprobadas en noviembre. Por lo tanto, este despegue de la confianza solo puede atribuirse a factores sociales: el clima social, lo que oímos, lo que se dice por ahí, lo que opinan los periodistas a los que seguimos…

Es decir, que este grupo de los digamos “tibios” sí es altamente susceptible a los mensajes. Y por lo tanto, es a ellos a quienes deberían dirigirse esos mensajes.

La cuestión es: ¿existen esos mensajes, o son los correctos? Al comienzo del plan de vacunación hubo alguna breve campaña institucional, la cual, por otra parte, no era en absoluto informativa o explicativa, sino que más bien se basaba en el argumento emocional o social, como si las autoridades considerasen que la población es demasiado ignorante o idiota como para basar su decisión de vacunarse en argumentos explicativos científicos o racionales.

Y, sin embargo, a esa misma población, a la cual las autoridades no le conceden el criterio suficiente para entender las bases racionales y científicas de la vacunación, en cambio sí la consideran con criterio suficiente para elegir a la carta cuál de las vacunas prefieren para la segunda dosis. ¿Cuál es el mensaje que las autoridades transmiten con esto? ¿Alguien cree que esto ayuda a apuntalar la confianza en las vacunas entre aquellos susceptibles a estos mensajes? O, incluso, ¿podría ser este mensaje más contraproducente que las declaraciones alucinatorias de alguna celebrity pasada de vueltas y de sustancias?

Por qué en 40 años no tenemos vacunas del sida, y sí de COVID-19 en unos meses

En junio de 1981 el boletín del Centro para el Control de Enfermedades de EEUU publicaba la descripción de cinco pacientes de Los Ángeles con neumonías graves, dos de ellas letales, causadas en hombres jóvenes y sanos por un hongo llamado Pneumocystis carinii (hoy P. jirovecii), que normalmente solo ataca a personas seriamente inmunodeprimidas. Aquella fue la primera publicación científica de casos de sida/VIH. Cuarenta años después, revistas como The Lancet o The New England Journal of Medicine están conmemorando este aniversario y repasando lo ocurrido y no ocurrido en estos cuatro decenios.

(Abro aquí un paréntesis para destacar algo que debería alimentar la cultura científica de quienes creen en teorías conspiranoicas sobre el origen del actual coronavirus de la COVID-19 porque “es un virus nuevo” que “ha surgido de repente” y “todavía no se sabe de dónde ha salido”.

Puede decirse que hoy, 40 años después de los primeros casos descritos de sida, el conocimiento sobre el origen del VIH sigue más o menos en el mismo punto en el que está ahora el del origen del SARS-CoV-2 desde el primer momento de la pandemia: en ambos casos se sabe cuáles son los probables ancestros del virus (una cepa concreta del SIV en un caso, RaTG13 en el otro) y sus huéspedes no humanos (primates no humanos, murciélagos). Se tardó 18 años (1999) desde los primeros casos descritos de sida en encontrar en chimpancés un virus suficientemente igual al VIH como para proponerlo como ancestro directo, pero aún no se considera probado que el virus saltara directamente de los chimpancés a los humanos. Cuarenta años después, se sigue investigando el origen del VIH.

Por otra parte, en el caso del sida hoy se calcula que el virus apareció entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, que comenzó a infectar a los humanos en la década de 1920 en el antiguo Congo Belga, y que desde entonces provocó varios brotes que solo con el tiempo se han asignado a probables casos de sida; el más temprano del que hay confirmación empírica con muestras de sangre tuvo lugar en 1959 en el Congo. Hay constancia de que el VIH estaba presente en EEUU en los años 60, sospechas de que ya en los 50 y posibilidades de que en los 40 o incluso antes. Las revisiones científicas modernas de antiguos casos clínicos han encontrado numerosos probables casos de sida décadas antes de que la enfermedad fuera formalmente descrita.

¿Que hubo tres trabajadores del Instituto de Virología de Wuhan con posibles síntomas de COVID-19 en noviembre de 2019? ¿Un mes antes de que se reconociera formalmente la enfermedad? ¿Que esto es un indicio de que el virus salió de aquel laboratorio? ¿En serio? Para el sida, hay casos confirmados más de 20 años antes, y casos probables hasta medio siglo antes).

Entre lo ocurrido en estos 40 años de sida, lo más destacable es que hoy ya no es una enfermedad letal para quien tenga acceso a los tratamientos. En ese camino quedaron 35 millones de vidas. Y aún siguen y seguirán quedando las de aquellos que no tienen acceso a los tratamientos.

Y entre lo no ocurrido, naturalmente, destaca sobre lo demás el hecho de que aún no tenemos una vacuna. Pero ¿por qué con la COVID-19 hemos tenido varias en solo unos meses, y con el sida aún no tenemos ni una sola en 40 años?

Ilustración del virus VIH liberándose de una célula infectada. Imagen de Bette Korber at Los Alamos National Laboratory / Wikipedia.

Ilustración del virus VIH liberándose de una célula infectada. Imagen de Bette Korber at Los Alamos National Laboratory / Wikipedia.

No es que no se haya buscado. De hecho, ha sido el objeto de innumerables grupos de investigación en todo el mundo durante décadas; según recuerda en The Lancet el epidemiólogo Chris Beyrer, el esfuerzo científico contra el sida fue el mayor de la historia dedicado a una sola enfermedad hasta la COVID-19. El primer ensayo clínico de una vacuna comenzó en 1987; siete años después de la descripción de los primeros casos, pero solo tres años después de que se confirmara el agente viral del sida, y solo un año después de que el virus recibiera su nombre definitivo de VIH. Desde entonces se han emprendido al menos cinco grandes ensayos clínicos en fase 3 de vacunas del sida. Ninguno de ellos ha resultado hasta ahora en una vacuna funcional y segura.

La razón es sencilla, y es puramente técnica. Y es que si la COVID-19 es el sueño de todo creador de vacunas, el sida es la peor pesadilla.

Dejando aparte la gran tragedia que ha supuesto la COVID-19 para la humanidad, si hubiera sido posible escribir una carta a los Reyes Magos pidiendo, de entre todos los que podían llegarnos, un virus concreto para una pandemia, ese virus habría sido algo muy parecido al SARS-CoV-2: un virus que muta relativamente poco en comparación con otros como las gripes, de cadena única (la gripe lleva su genoma repartido en trozos, lo que facilita su recombinación), que en principio no se integra en el genoma (aunque puede ocurrir en algunos casos) y que además lleva una diana bien dibujada en todo el lomo: su proteína Spike (S), vital en la infección del virus y muy antigénica, capaz de disparar una fuerte respuesta de anticuerpos y otros componentes inmunitarios. La inmensa mayoría de las vacunas que hoy existen contra la COVID-19 no han necesitado más que esta única proteína S, suministrada al organismo de una u otra forma, para producir una respuesta inmune eficaz incluso contra variantes mutadas en esa misma proteína S.

En comparación, el VIH es la tormenta perfecta de los virus. De hecho, es curioso –bueno, en realidad no– que la conspiranoia no se haya centrado tanto en el VIH como virus de diseño, porque bien podría parecerlo; todo lo contrario que el virus de la COVID-19, un torpe invento subóptimo de la naturaleza que sería un cero en un examen de diseño de armas biológicas. El 99% de los infectados de COVID-19 se curan; con el VIH, sin tratamiento, nadie sobrevive.

Existen sobre todo dos razones principales que convierten al VIH, recordando la famosa cita de Alien, en un feroz hijo de puta. Primero, ataca al sistema inmune, precisamente el encargado de combatir los virus. Recordemos una vez más que una vacuna no es un EPI, no es una barrera. En general, las vacunas no suelen impedir la infección (algunas sí lo hacen, pero no es la norma), sino que impiden la replicación del virus una vez que ha entrado en el organismo y se encargan de aniquilar las células infectadas. Pero todo esto lo hace el sistema inmune. Y lo que hace el VIH es precisamente atacar el sistema inmune, y no una cualquiera de sus piezas, sino un hub del que depende todo, su principal centro de inteligencia, las células T helper CD4+. Si uno quisiera diseñar un virus para hackear el sistema inmune, este sería sin duda el mejor objetivo.

Pero hay algo más, y es que el VIH es un retrovirus, segunda razón. Al contrario que el SARS-2 y otros virus de ARN, que utilizan este intermediario desechable solo para producir sus proteínas, los retrovirus copian su información genética a un ADN que se hace un hueco en los propios cromosomas de la célula, se integra y se queda a vivir allí. Una vez que el VIH ha entrado en el organismo, ya forma parte de uno mismo. Incluso con un sistema inmune competente, deshacerse de un virus integrado en el genoma es muy improbable. De hecho, entre un 5 y un 8% del genoma humano está formado por pedazos de ADN que originalmente eran retrovirus, que infectaron a nuestros ancestros incluso mucho antes de la aparición del linaje humano, y allí se quedaron. Pero si además el virus neutraliza el sistema inmune, no hay salida posible.

Por si esto fuera poco, el VIH tiene además otras armas que lo convierten en un auténtico Terminator, una perfecta máquina de matar. Su variabilidad genética es increíble. Pensemos que todos los virus mutan constantemente. Incluso en uno de mutación lenta como el SARS-2, un nuevo estudio calcula que entre todos los viriones (partículas virales) presentes en una sola persona infectada se encuentran todas las posibles sustituciones de cada una de las bases o nucleótidos del genoma del virus; dicho de otro modo, y frente a la idea popular equivocada de que hay por ahí cuatro o cinco variantes del virus, cada paciente lleva dentro de sí al menos 30.000 variantes distintas.

Pues bien, el SARS-2 es un virus relativamente invariable en comparación con los de la gripe. Y resulta que una sola persona infectada con el VIH lleva en su interior más variantes del virus de las que circulan por todo el mundo en todas las personas infectadas de gripe a lo largo de toda una temporada. A mayor variabilidad, mayor evasión del sistema inmune; el VIH es un artista del disfraz, el virus de las mil caras.

Y aún hay más: de todos los virus conocidos, la proteína Env del VIH, la que utiliza para infectar (a grandes rasgos equivalente a la S del coronavirus), es la que más azúcares lleva cubriendo su estructura proteica. El virus utiliza estos azúcares para camuflar sus antígenos y así escapar al reconocimiento de los anticuerpos generados por el sistema inmune.

En resumen, todo esto hace del VIH un virus casi invacunable. Pero ni siquiera todos los fracasos anteriores han servido para disuadir a los científicos de continuar en esta lucha. Los ensayos de vacunas prosiguen probando nuevas estrategias sofisticadas, combinando antígenos capaces de generar anticuerpos ampliamente neutralizantes o que puedan actuar contra los azúcares de la cubierta, o bien buscando activar las células T funcionales que puedan acabar con las infectadas. Periódicamente estos experimentos nos ofrecen noticias esperanzadoras, aunque también nuevos fracasos; el historial de promesas que quedaron en nada invita a la la prudencia. Los investigadores confían en que el nuevo impulso a las tecnologías de vacunas propiciado por la pandemia de COVID-19 ayudará también a acelerar el paso hacia aquello por lo cual los Rodríguez brindaban hasta la cirrosis, la vacuna del sida.

¿Cuántas muertes por COVID-19 serán aceptables después de la pandemia?

La pregunta que titula este artículo podrá sorprender a algunos, que naturalmente saltarán con una respuesta: ninguna. Pero esto, ni es posible, ni es tampoco lo que los ciudadanos opinan cuando se les pregunta de otro modo más indirecto y sutil.

Antes de esta pandemia, había una causa de gran mortalidad anual ignorada por la mayor parte de la población. La gripe causa miles de muertes cada año: en España, 15.000 en la temporada 2017-18, 6.300 en la 2018-19 y 3.900 en la 2019-20. Recordemos que los accidentes de tráfico se cobran algo más de 1.000 víctimas mortales al año (en 2020 los confinamientos redujeron por primera vez esta cifra por debajo del millar). Las muertes por gripe son entre cuatro veces más –en un año bueno– y casi 15 veces más –en uno malo– que las de la carretera.

Estas muertes causadas por la gripe (para ser precisos, suele hablarse de “enfermedades similares a la gripe”) nunca han importado a nadie, entendiendo por “nadie” los medios y el público en general. Han pasado inadvertidas durante años y años. Por supuesto que preocupan a las autoridades sanitarias, los médicos y los científicos. Por supuesto también que cada muerte individual importa a los afectados por ella. Pero mientras que existe en la sociedad una gran preocupación por el cáncer o el alzhéimer, y hasta por la obesidad, en cambio generalmente la gripe se contempla como una molestia menor, un resfriadillo. Muchos de quienes así lo creen probablemente no sabrán, y quizá sea mejor así, que su familiar de edad avanzada y salud delicada no murió porque llegó su hora, sino porque tal vez ellos mismos le contagiaron la gripe que acabó con su vida.

Banco de Sangre del Hospital de Sant Pau, en Barcelona. Imagen de Jordi Play / Wikipedia.

Banco de Sangre del Hospital de Sant Pau, en Barcelona. Imagen de Jordi Play / Wikipedia.

Es así que, cuando al comienzo de la pandemia de COVID-19 algunos científicos –y quienes los escuchan– mantenían una actitud de prudente espera hasta poder determinar si la nueva enfermedad era comparable a la gripe o no, otros –y quienes no escuchan a los científicos– se escandalizaban y ridiculizaban a los primeros. Era simple ignorancia atrevida, porque estas personas no tenían la menor noticia sobre los miles de muertes que causa la gripe cada año. Finalmente resultó que la COVID-19 es más letal que la gripe, pero solo (porque algunos lo vaticinaban mucho peor) entre tres y cinco veces más, según un par de estudios que ya conté aquí.

Como se puede deducir de las cifras citadas, la mortalidad por gripe en cada temporada es muy variable, ya que depende de la agresividad de las cepas dominantes y del éxito de las campañas de vacunación. Pero quedándonos con una franja amplia, podemos decir que, promediando a lo largo de todo el año, cada día mueren de gripe en España entre 10 y 40 personas. Aunque en realidad y teniendo en cuenta que el pico de la temporada de gripe suele abarcar de diciembre a febrero, unos tres meses, durante este periodo mueren por gripe entre 40 y 170 personas al día, muertes a las que jamás se les dedica ni una sola línea en los medios generalistas, salvando el resumen final de la temporada de gripe que apenas ocupa algún titular efímero; jamás hemos visto a ningún medio destacar que ayer fallecieron de gripe 50, o 60, o 100 personas.

Ahora sí se entenderá la pregunta: una vez que podamos dar por terminada esta pandemia, seguirá enfermando y muriendo gente por COVID-19. Como he explicado aquí anteriormente, la idea difundida por las autoridades según la cual el umbral de la inmunidad grupal, si es que es posible alcanzarla, hará desaparecer la COVID-19 por arte de magia, es falsa (sería de esperar que a estas alturas los repuntes de contagios en Reino Unido hubieran servido ya para comprender que se ha difundido una idea equivocada sobre la inmunidad grupal; no parece ser así, a juzgar por los titulares: “¿¿¿Pero qué está pasando en Reino Unido???”. Como ya he explicado aquí, la epidemia solo llegará a su verdadero fin cuando la práctica totalidad de la población esté completamente inmunizada, por vacuna o contagio).

Así que volvamos a la pregunta inicial: ¿cuántas muertes por COVID-19 serán aceptables en la era post-pandemia? ¿Aceptaremos un nivel de mortalidad similar al de la gripe, ya que este último nunca ha preocupado lo más mínimo a “nadie”, o será hora por fin de dar a las muertes por gripe la importancia que merecen y de concienciar a la sociedad de que las enfermedades infecciosas son una amenaza real, y que no puede hacerse la vista gorda ante miles de muertes al año por enfermedades evitables, ya sea gripe o COVID-19?

La pregunta de cuántas muertes serán aceptables motivaba precisamente un reportaje en Nature el mes pasado. Según su autora, Smriti Mallapaty, los científicos y las autoridades sanitarias están comenzando a discutir sobre cuál será el nivel de riesgo asumible. Y por supuesto, dado que este es un asunto opinable, no todos los expertos están de acuerdo. En países que han actuado de manera muy drástica contra la COVID-19, como Australia –910 muertes– o Nueva Zelanda –26 muertes–, y a los que les ha ido mucho mejor incluso económicamente –ya que han podido volver pronto a la normalidad–, este nivel será más exigente.

Pero dejando de lado un argumento citado en el reportaje que parece evidente, y es que ese nivel aceptable siempre deberá estar por debajo de lo que imponga una saturación a los sistemas de salud, hay dos posturas diferentes: una, esa cifra aceptable de muertes sería aquella similar a la asociada a la gripe, dado que la mortalidad por gripe no causa alarma social, por lo que parece tolerable para la sociedad; dos, debería aprovecharse la lección aprendida de esta pandemia para sensibilizar a la sociedad sobre el problema de la gripe y reducir drásticamente esta mortalidad que hasta ahora a nadie había importado.

Respecto a la segunda postura, en todo el mundo se ha señalado ya cómo las medidas adoptadas contra la COVID-19 han reducido también la mortalidad por gripe y otros virus respiratorios como el sincitial o los coronavirus del resfriado (que también pueden causar neumonías graves en pacientes de riesgo). Pero naturalmente, esto se ha conseguido con medidas que la población quiere quitarse de encima lo antes posible: cierres, confinamientos, limitaciones, mascarillas…

De hecho, las actitudes de la sociedad hacia estas medidas revelan que ya existe una tolerancia a un mayor nivel de riesgo. Al comienzo de la pandemia, en la primavera de 2020, en muchos países se adoptaron medidas muy drásticas con unos niveles de contagio que luego se repitieron en el otoño-invierno de 2020-21, pero a partir de esta segunda oleada ya las restricciones en ciertos países, por ejemplo el nuestro, fueron mucho menos exigentes; había una “fatiga cóvid”, y la población ya no deseaba nuevos confinamientos ni otras privaciones. Y esto tuvo su precio. En vidas. Pero el lanzamiento de cadáveres como arma política cesó cuando ambas trincheras ya tenían los suyos propios.

La cuestión es: ¿qué ocurrirá en el futuro? Aunque esta hipótesis aún no cuenta con suficiente aval científico, va pareciendo bastante sugerente que existe una cierta estacionalidad del virus, y que el descenso de los contagios en estos meses no se debe solo a las vacunaciones, sino también a la llegada del buen tiempo, con los factores meteorológicos que afectan a la infectividad viral (temperaturas altas, humedad, radiación UV) y los sociales (más vida al aire libre, menos en interiores), junto quizá con un posible comportamiento estacional de la inmunidad humana que ya comenté aquí el año pasado y que aún no se conoce bien.

Pero es posible que, sin una población inmunizada en su totalidad, los contagios vuelvan a repuntar en otoño, aunque muy probablemente a niveles mucho menores que los del otoño pasado: si desaparecen los posibles beneficios de la estacionalidad y el nivel de riesgo se reduce, por ejemplo, en un factor de 10 por la expansión de la inmunidad, pero a la vez se multiplica por 10 debido al aumento de la interacción social y la desaparición de las restricciones que aún quedan, se comprende que volveremos a la casilla de salida. Y surgirá de nuevo el titular: ¿¿¿Pero qué está pasando??? Y surgirá la pregunta: ¿qué hacemos? Y la respuesta será aún más complicada, porque entonces ya nadie querrá retroceder a lo de antes.

Sería de esperar que entonces se escuchara a la ciencia. Que se impusieran los criterios avalados por la ciencia: que la desinfección de superficies es entre inútil y nociva, que las mascarillas son útiles en interiores pero generalmente prescindibles al aire libre (¿acaso no habría una mejor predisposición a utilizarlas en interiores si se eliminara su inútil uso en exteriores?), que los contagios en exteriores son raros incluso en concentraciones de gente al aire libre y que en estos casos basta con mantener distancias (esto último está llegando ahora como sorpresa para muchos, cuando en realidad es lo que apuntaban los estudios científicos desde los primeros meses de la pandemia, como ya conté aquí).

Pero, por desgracia, esta no ha sido la tónica a lo largo de la pandemia, como las principales revistas científicas han lamentado. Una prueba más de cómo la pandemia ha agrandado la brecha entre ciencia y sociedad, y cómo las ideas pseudocientíficas se imponen sobre las científicas, es la creencia cada vez más extendida en la fantasía de que el virus fue modificado artificialmente en un laboratorio, una corriente que la revista Nature ha calificado de “tóxica” y que, dicen varios expertos, no solo no ayudará a esclarecer el origen del virus, sino que va a dificultarlo debido al enfrentamiento entre los bloques geopolíticos. La ciencia no puede parar esta caza de brujas, porque la ciencia no tiene aparatos de propaganda; es solo un método.

Diversos expertos han apuntado ya las medidas que sí deberían mantenerse una vez que esta crisis se haya aplacado, no solo para reducir al mínimo las futuras muertes por COVID-19, sino también por otras infecciones respiratorias. Ventilar. Controlar la calidad del aire mediante la medición de los niveles de CO2. Quedarnos en casa si tenemos síntomas de gripe o cóvid, evitando todo contacto con otras personas. Y si existe la obligación inevitable de salir de casa cuando tenemos estos síntomas, utilizar mascarilla para no contagiar a otros, ya que esta siempre ha sido y continuará siendo la principal utilidad de las mascarillas.

Como ya se preveía, lo que nos está sacando de esto es la ciencia, esa increíble invención del ser humano que es capaz de crear vacunas en solo unos meses. ¿Por qué ni siquiera esto es suficiente para convencer a todos de que la ciencia debería imponerse a los lastres que no han hecho absolutamente nada por nosotros, la inercia de la sociedad, la pseudociencia y los negacionismos, pero también un abuso estéril y hasta perjudicial del llamado principio de precaución?

¿Pudo el coronavirus de la COVID-19 haber sido creado por los humanos? 2. Las pruebas genéticas (y II)

(Continúa de ayer)

Tampoco hay que invocar ningún oscuro experimento para explicar otra de las peculiaridades del virus, que en concreto se refiere al PRRA. Ayer dejé caer un concepto, la fase de lectura. Cuando tenemos una secuencia genética, por ejemplo CCTCGGCGGGCA, lo que hace la maquinaria celular para traducirla a una proteína es dividirla en tripletes, grupos de 3 bases: CCT CGG CGG GCA. Según el código genético, cada uno de estos tripletes o codones se traduce en un aminoácido, y así CCT = prolina (P), CGG = arginina (R), GCA = alanina (A). Si se introduce una base de más en algún lugar, por ejemplo CCT A CGG CGG GCA, cambia la estructura de los tripletes, que ahora quedarían así: CCT ACG GCG GGC A, y por lo tanto cambiaría la traducción a aminoácidos, que ahora ya no sería PRRA, sino PTAG, siendo T treonina y G glicina; cambia la proteína resultante.

Ocurre que el código genético es degenerado (este es el término que se utiliza): hay 64 codones posibles, pero solo 20 aminoácidos, por lo que varios codones distintos pueden traducirse a un mismo aminoácido; por ejemplo, la arginina (R) puede venir codificada por seis codones diferentes: CGA, CGC, CGT, CGG, AGA y AGG. Pero no todos los seres vivos utilizan con la misma frecuencia cualquiera de estos codones para codificar la arginina; algunas especies usan preferentemente alguno de ellos, mientras que otras suelen emplear otros distintos.

Un modelo impreso en 3D de la proteína Spike del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19. Imagen de NIH / Dominio público.

Un modelo impreso en 3D de la proteína Spike del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19. Imagen de NIH / Dominio público.

Pues bien, a este respecto, el argumento de los defensores del virus manipulado es este: el uso del codón CGG para codificar arginina, que se encuentra dos veces en el PRRA, es “desconocido entre los betacoronavirus”, decía el artículo del controvertido periodista –no científico, como dicen por ahí voces mal informadas– Nicholas Wade que cité recientemente. Por lo tanto, dicen, esto demuestra que ha sido introducido deliberadamente. Y añaden, además, que esto prueba que el virus fue creado utilizando células humanas o ratones humanizados (ratones transgénicos que poseen el receptor ACE2 humano), dado que el CGG sí es de uso habitual en los humanos.

Pero una vez más, estamos ante un intento de retorcer la realidad para que diga lo que nos apetezca. En primer lugar, decir que el CGG es “desconocido” entre los betacoronavirus es… ¿cómo decirlo? Ah, sí: mentira. Está presente en todos los coronavirus, siempre con frecuencias bajas, entre el 2 y el 7%.

Y por cierto, ¿alguien se ha dado cuenta de lo sospechosamente extraño que resulta que el gen de la proteína S del SARS-2 acumule más de la quinta parte de todos los codones de arginina AGG del genoma del virus? O ya puestos, ¿que el uso del codón CGG esté absolutamente disparado respecto a todos los demás coronavirus humanos en el gen de la proteína de membrana del coronavirus del resfriado OC43? ¿O lo mismo para el codón UCA en el coronavirus del resfriado 229E? ¿O que el codón de terminación del gen de la nucleoproteína del MERS sea diferente al de todos los demás coronavirus humanos? ¿O que el gen E del 229E sea el único de todos los coronavirus humanos que utiliza el codón CAC para histidina? Todo esto es rigurosamente cierto. Pero nada de ello es real. Son solo despistes, disfrazados de jerga técnica.

Hay que decir que el CGG es generalmente poco habitual en los virus, y hay al menos una posible razón para ello. Hablábamos ayer de los receptores TLR, que reconocen patrones de patogenia en los antígenos. Resulta que el CGG se une al TLR9, lo cual quiere decir que ese triplete es una señal de alarma para el sistema inmune, así que es normal que los virus tiendan a no utilizarlo. Pero el CGG no es más “desconocido” en el SARS-2 que en otros coronavirus o betacoronavirus, en todos los cuales es más “desconocido” (frecuencia relativa en el SARS-2 del 0,2) que en los humanos (1,21), pero también que en los perros (0,48), gatos (1,19), cerdos (1,94), caballos (1,08), vacas (1,32) y, cómo no, murciélagos (1,18).

Como ya se puede sospechar de esto último, afirmar que el uso del CGG en el SARS-2 revela una adaptación a los humanos es una pura pamplina. La idea de que los coronavirus tienden a utilizar los mismos codones que sus hospedadores fue la que en un primer momento de la pandemia hizo saltar el bulo de que las serpientes eran los probables huéspedes intermedios del SARS-2, porque los autores de un estudio habían encontrado que estos animales eran los que tenían un uso de codones más parecido al del SARS-2.

Hipótesis gratuita, y pronto refutada: un estudio posterior de investigadores de la Universidad de Michigan, que comparó el uso de codones del SARS-2, el SARS-1 y el MERS con más 10.000 especies animales, determinó que no hay ninguna relación entre el uso de codones de un virus y de su especie hospedadora, por lo que la aparición de un codón más frecuente en humanos y raro en los virus no indica absolutamente nada sobre la especie en la que ha evolucionado o a la que infecta dicho virus.

Es más: si, otra vez, ese torpe diseñador de virus, que se ha preocupado de utilizar un sistema seamless para no dejar huellas en el genoma, en cambio se hubiese equivocado garrafalmente al poner ahí un codón que no debería estar, resulta que el virus tenía otra idea. Porque si ese codón erróneo supuestamente introducido por un humano le restara eficacia al virus, este se habría encargado de eliminarlo a lo largo de su año y medio de evolución en millones y millones de seres humanos. Pero resulta que no lo ha hecho: según Andersen, el primer codón de arginina se conserva en el 99,87% de los genomas virales secuenciados, y el segundo en el 99,84%. Así que, sí, hay una razón para que esos codones de arginina estén ahí, y es que el propio virus los ha elegido.

Todavía hay dos argumentos más en contra de la posibilidad de que el virus se haya forzado a adaptarse a la especie humana a través de pases en cultivos celulares o de la infección de ratones ACE2-humanizados. Primero, el RBD del SARS-2 tiene una O-glicosilación (azúcar unido al átomo de oxígeno de los aminoácidos serina o treonina) que está implicada en su infectividad porque dificulta el reconocimiento del sitio por parte del sistema inmune. Como explica el ingeniero de virus Christian Stevens, de la Facultad de Medicina Icahn del Hospital Mount Sinai de Nueva York, es imposible que esta modificación aparezca sin la presión selectiva de un sistema inmune humano competente. Es decir, que ha surgido en la adaptación del virus a los humanos en un organismo completo; no ha podido aparecer en un cultivo celular ni en un ratón humanizado. Por lo tanto, o el WIV hizo experimentos infectando a humanos con el virus, o es que simplemente los humanos se infectaron de forma natural.

Segundo, como también cita Stevens, el virólogo computacional Trevor Bedford, del Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson y la Universidad de Washington, se ha ocupado de estudiar cómo se ha producido la evolución del virus y qué tipo de mutaciones han aparecido en él. Para ello se compara el número de mutaciones que no tienen ningún efecto –no cambian el aminoácido codificado– con las que sí lo tienen. Las mutaciones se producen al azar; pero mientras que las segundas tenderán a fijarse en el genoma del virus o a desaparecer en función de que aporten una ventaja o lo contrario, en cambio las primeras –llamadas mutaciones silenciosas o sinónimas– se acumulan a una tasa constante, ya que no tienen efecto alguno sobre la funcionalidad del virus.

Así, las mutaciones sinónimas sirven como línea de base para saber cómo se ha producido la evolución del virus: si los cambios no sinónimos son mucho mayores, se habla de selección darwiniana; el virus ha tenido que introducir muchas variaciones en sus proteínas para adaptarse. Esto ocurriría si al virus se le fuerza deliberadamente a infectar a una nueva especie, mediante cultivos celulares o infección de animales humanizados. Por el contrario, si los cambios no sinónimos son pocos, se habla de selección purificadora; el virus ya estaba bien adaptado a su hospedador, y lo más probable es que cualquier cambio lo empeore.

Según el análisis de Bedford, comparando el SARS-2 con los virus relacionados y con su ancestro más probable calculado computacionalmente, el 14,3% de las mutaciones del nuevo virus son no sinónimas. En el caso del RaTG13 –recordemos, un coronavirus de murciélago que es el virus más próximo al SARS-2, y que las teorías conspirativas proponen como el virus a partir del cual se creó el SARS-2–, el porcentaje de mutaciones no sinónimas es del 14,2%. Conclusión: tanto el RaTG13 como el SARS-2 han seguido el mismo camino evolutivo de selección purificadora. Por lo tanto, no se forzó la adaptación del SARS-2 a una nueva especie; el virus ya estaba bien adaptado a infectar a los humanos en la naturaleza.

Aquí terminamos. Resumiendo todo lo contado ayer y hoy, no, no existe nada en el virus que sugiera una manipulación. No hay nada incompatible con un origen natural, como el de absolutamente todos los virus que antes han infectado a la humanidad. Quien pretenda defender lo contrario deberá presentar alguna prueba concluyente. Pero estas no se encuentran en el propio genoma del virus. Con las pruebas genéticas en la mano, afirmar que el coronavirus SARS-CoV-2 ha sido artificialmente creado/modificado en el laboratorio es pseudociencia, y quienes lo afirman deben saber que están dando crédito a la pseudociencia.

Finalmente, y al revisar todo lo anterior para corregir alguna errata, me he quedado con una extraña sensación: dejando fuera toda la perorata técnica, que espero al menos resulte de interés a quien quiera saber algo más de biología básica, me parece ahora que es un esfuerzo casi excesivo para explicar, simplemente, que lo normal es normal. Que un eclipse no es el aviso del fin del mundo, sino solo algo similar a cuando alguien se pone delante de la tele y no nos deja ver. Que esa mancha en la foto es un curioso efecto óptico, y no el fantasma del inquilino anterior que murió después de hacer la ouija. En fin, Ockham; cultura científica, nivel Bachillerato.

Hoy no sabemos si la primera persona que contrajo el virus lo hizo en una granja, en una cueva o en un laboratorio. Quizá nunca lo sepamos. Quienes sí hemos trabajado en laboratorios sabemos que son lugares casi como cualquier otro. Que hay personas muy pulcras y cuidadosas con su trabajo, y otras que son un poquito cerdas. Que hay tubos al fondo del congelador de -80 que ya ni se sabe qué son, porque la etiqueta ya no se ve y quien las puso ahí terminó la tesis y se marchó a la Universidad de Michigan, y al final alguien las acaba tirando de cualquier modo porque necesita el espacio. Que vuelves un día del cuarto caliente al laboratorio con el Geiger encendido y empieza a pitar cuando lo pones en el bench, porque alguien derramó fósforo y no se dio cuenta, o no se acordó de limpiarlo y no dijo nada para evitar una bronca.

¿Alguien pudo contaminarse trabajando con una muestra, o se deshizo de ella inadecuadamente? Quién sabe. Estas cosas pasan, porque el trabajo en un laboratorio real no es como en las películas, sino como cualquier otro trabajo de la vida real.

Y en la vida real, nos guste o no, lo supiéramos o no, la naturaleza está llena de virus y produce virus nuevos constantemente. Es lo que tiene la evolución. O la vida en general.