Archivo de mayo, 2021

¿Pudo el coronavirus de la COVID-19 haber sido creado por los humanos? 2. Las pruebas genéticas (I)

Decíamos ayer que las mejores evidencias sobre el origen del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 –si es natural o artificial, no si salió de la selva o de un laboratorio, que, como ya he explicado, es una cuestión diferente están en el propio virus, no en toda la feria mediática, la casuística correlacionista y el opinionismo gratuito que se ha montado alrededor. Por suerte, tenemos la ciencia; la existencia de los análisis forenses de ADN ha permitido exculpar a innumerables inocentes cuando todos decían «mira qué curioso que estuviera allí aquella noche», y condenar a innumerables culpables cuando todos decían «jamás haría daño a una mosca». Los genes hablan. Y también en el caso de un virus, porque su historia está en su genoma.

Pero prepárense, porque lo que sigue es largo; explicar cómo la ciencia nos muestra el origen natural del virus es algo prolijo, lo que sin duda ha contribuido a que muchos prefieran la explicación simple y corta: qué curioso que el virus surja en Wuhan, donde hay un laboratorio de coronavirus. Y punto pelota. Qué curioso que la lotería toque siempre a quien más lo necesita (hay muchos laboratorios en todo el mundo donde se trabaja con coronavirus, como hay muchas personas necesitadas del Euromillones).

Así que, y dado que en algunos momentos esta explicación quizá pueda tornarse un poco heavy metal (lo siento, pero no hay otro modo de explicar por qué los científicos creen en el origen natural del virus), será preferible repartirla en dos dosis, como la vacuna.

Imagen coloreada de microscopía electrónica que muestra el coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 (en azul) emergiendo de células en cultivo. Imagen de NIAID-RML / Dominio público.

Imagen coloreada de microscopía electrónica que muestra el coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19 (en azul) emergiendo de células en cultivo. Imagen de NIAID-RML / Dominio público.

Para abrir boca, comencemos por lo más sencillo. Ante la pregunta de si es posible inventar, diseñar y fabricar un virus para que haga exactamente lo que queremos que haga, la respuesta es que no. En el estado actual de la ciencia y la tecnología en 2021 no es posible hacer esto en el planeta Tierra. Es demasiado lo que aún se desconoce sobre la función de las secuencias reguladoras de los genes de los virus y su interacción con el funcionamiento de los genes celulares (recordemos que los virus son parásitos que necesitan emplear maquinaria celular). Incluso los sistemas de Inteligencia Artificial (IA) habrían diseñado un virus distinto al SARS-2: cuando se han aplicado estas herramientas se ha descubierto que el virus es subóptimo para lo que está haciendo en los humanos.

Dicho de otro modo, el comportamiento que el virus muestra en el mundo real era impredecible incluso por IA; por ejemplo, las reglas conocidas que alimentan los modelos matemáticos no predecían que el dominio de unión al receptor celular (RBD, en inglés) de la proteína Spike (S) del virus –la región de la espícula del virus que este usa para invadir las células– fuera a unirse al receptor celular humano, llamado ACE2 (enzima convertidora de angiotensina), con una afinidad varias veces mayor que la del SARS-1. Es más, y esto resulta chocante en extremo, el RBD del SARS-2 es prácticamente idéntico al de un coronavirus de pangolín, pero se une al receptor humano con más afinidad que al receptor del pangolín. En resumen, es imposible que este virus se haya diseñado para hacer lo que hace, dado que no hace lo que podría pensarse que haría, ni siquiera lo que podría pensar el sistema computacional más avanzado del planeta.

Un ejemplo lo tenemos en el virus de Lloviu (LLOV), un pariente cercano del ébola descubierto en una cueva asturiana. Dado que el lloviu aún no ha podido aislarse ni cultivarse, hasta ahora los investigadores solo han podido trabajar con sus secuencias genéticas y tratar de construir partes de él en cultivo para estudiar qué hace. El lloviu parece comportarse en las células humanas de forma similar al ébola, utilizando los mismos mecanismos, e incluso con mayor virulencia. ¿Significa esto que el lloviu mataría como el ébola? Nadie lo sabe. No ha habido fiebre hemorrágica en Asturias. Pero nadie lo sabrá hasta ver qué le hace el virus a una persona. No hay manera de saberlo de otro modo.

Pero frente a esto, hay dos cosas que sí pueden hacerse. Primero, es posible recrear de cero un virus existente, conociendo la secuencia de su genoma. Esto se ha hecho ya varias veces en distintos laboratorios con el virus de la COVID-19. Sin embargo, crear un genoma de 30.000 bases como el de un coronavirus no es algo trivial, sino muy laborioso y complejo.

El proceso consiste en dividir la secuencia total de ARN del virus en fragmentos cuyo ADN correspondiente complementario de doble cadena (ADNc) pueda sintetizarse por separado. A continuación se ligan estos distintos fragmentos en un sistema vivo que actúa como factoría, por ejemplo bacterias o levaduras, y la doble cadena total resultante de ADNc se introduce en un cultivo de células animales susceptibles. Estas células toman el ADNc, crean a partir de él un ARN igual al genoma del virus, y lo utilizan para producir las proteínas que forman las partículas virales, de modo que las células fabrican el virus completo.

Pero en el proceso hay trabas importantes. Una de las que se han encontrado, y que importa para el caso que nos ocupa, es que ciertos genes del virus son tóxicos para las células o tienen otros efectos indeseados, lo que en ocasiones puede obligar a buscar variaciones para circunvalar estos efectos; variaciones que dejan rastro en el genoma del virus y que son huellas de una intervención.

En concreto, hay ciertas secuencias de código genético que pueden activar receptores implicados en la respuesta inmunitaria. Hace unas semanas conté aquí que el sistema inmune no reacciona igual contra todo antígeno foráneo, por ejemplo un simple grano de polen o una bacteria letal, y que este reconocimiento de lo potencialmente peligroso se basa en unos receptores celulares llamados TLR (Toll-Like Receptors), que reconocen ciertos patrones moleculares comunes en los patógenos; algunas secuencias de código genético pueden activar los TLR, lo cual es importante en este caso, como veremos más abajo.

Es decir, que en un genoma manipulado existen huellas de dicha manipulación. Cuando se cortan y se pegan los fragmentos, esto se hace mediante unas tijeras moleculares llamadas enzimas de restricción, que reconocen determinadas secuencias específicas para cortar el ADN. Así, toda construcción genética puede identificarse como intervenida por el ser humano por la presencia de estas cicatrices en la secuencia final de los fragmentos de ADN que se han pegado.

Ahora bien, ¿es posible crear un genoma funcional de 30.000 bases sin esas secuencias diana de las enzimas de restricción que delatan la intervención humana? La respuesta es que sí, hoy es posible hacer esto. Existen ciertos sistemas, generalmente llamados seamless («sin costuras»), que permiten pegar los fragmentos para obtener una secuencia limpia sin cicatrices. Estos sistemas se emplean cuando se quiere evitar la posibilidad de que algún fragmento de ADN introducido por los experimentadores y que no forma parte de la secuencia original pueda interferir en el funcionamiento de los genes sintetizados y dar lugar a una construcción defectuosa o no funcional.

Pero estos sistemas se utilizan con mesura, dado que una secuencia genética sin absolutamente ningún sitio reconocible es una secuencia con la que es difícil trabajar. Lo habitual es prever la inclusión de determinados sitios de restricción para poder intervenir después en la secuencia. De hecho, en las construcciones genéticas es habitual introducir etiquetas, como pedazos insertados o mutaciones provocadas, para poder reconocer e identificar dichas construcciones. Las cuales, por otra parte, dejan detrás un inmenso rastro de materiales  y pasos intermedios que sería imposible ocultar, salvo haciendo desaparecer todo ello y dejando solo una construcción final del todo inútil, porque no se podría trabajar con ella.

En la secuencia del virus de la COVID-19 no aparece ninguna huella. Lo cual apunta a un origen puramente natural, si bien no lo demuestra por completo. Pero sigamos.

Si decimos que es posible reconstruir un virus conocido desde cero, también es posible modificar uno ya existente, incluso para hacerlo más peligroso. Estos experimentos se denominan Gain of Function (ganancia de función, GoF), y levantan polémica entre la comunidad científica. Quienes los hacen defienden que estos estudios sirven para conocer mejor el funcionamiento de los virus y prevenir futuras epidemias. Quienes los critican se remiten a las pruebas para alegar que la utilidad de estos experimentos para prevenir esta pandemia ha sido nula, y en esto no les falta razón.

Anteriormente se ha hecho GoF con diversos virus, incluyendo los coronavirus: Shi Zhengli, la conocida como Bat Woman del Instituto de Virología de Wuhan (WIV), y el experto en coronavirus Ralph Baric, de la Universidad de Carolina del Norte, crearon en 2015 un virus del SARS original (SARS-1) que llevaba su proteína S reemplazada por la de un coronavirus de murciélago llamado SHC014-CoV. El virus resultante era capaz de infectar células humanas in vitro.

La teoría alternativa más común que discrepa con el origen natural del virus de la COVID-19 sostiene que este fue creado también como un virus quimérico en un experimento GoF a partir de un virus del murciélago perteneciente a los llamados coronavirus relacionados con SARS (SARSr-CoV), particularmente el RaTG13, cuyo genoma es un 96% idéntico al del SARS-2, al que se le reemplazó su RBD original por otro más apropiado para infectar las células humanas.

El RBD del SARS-2 tiene una peculiaridad: el sitio de corte por furina, que mencioné ayer. Este es un pequeño fragmento cuya parte central tiene la secuencia de aminoácidos PRRA (prolina-arginina-arginina-alanina; los aminoácidos son los eslabones de las cadenas de proteínas en las que se traduce la secuencia de ADN o ARN de un gen), y que sirve como diana para una enzima celular llamada furina. Cuando la furina reconoce este PRRA situado entre las dos partes del RBD, corta por ahí; este corte facilita la infección de la célula por el virus, de modo que la presencia del PRRA se asocia a una mayor infectividad del virus.

Aunque el sitio de corte por furina está presente en numerosos virus, no lo está en el SARS-1, ni en el RaTG13, ni en los coronavirus del pangolín –uno de los cuales tiene un RBD prácticamente idéntico al del SARS-2–. Así que los defensores de la teoría de la manipulación genética alegan que al RaTG13 se le insertó un RBD con un PRRA para hacerlo más infectivo en humanos, en un experimento GoF.

Es innegable que esto podría hacerse, y podría haberse hecho. Pero hay dos problemas: el primero, volviendo a lo dicho más arriba, es que nadie podría haber previsto que esto sería un GoF; para hacer un GoF se habría hecho algo diferente. El segundo, y más importante, es que un RaTG13 con un RBD artificial insertado no es un SARS-2.

En cuanto a lo primero, si alguien pensara en crear un virus específicamente dirigido contra los humanos, ¿por qué iba a partir de la base de un virus de murciélago y no de un coronavirus humano como el SARS-1? Este ha sido, de hecho, el que se ha empleado en los experimentos GoF como los de Shi y Baric, porque no se podía haber previsto que un virus más parecido al RaTG13 (murciélago) que al SARS-1 (humano) sería más virulento que el SARS-1 en los humanos. Y sin embargo, los científicos coinciden en que el vínculo evolutivo del SARS-2 es más estrecho con el RaTG13 que con el SARS-1. Obviamente, motivo por el cual los defensores de esta teoría han elegido el RaTG13; este es un argumento ex post, como cuando se explican las supuestas profecías de Nostradamus de modo que profeticen lo que ya ha ocurrido.

Es más, si no podía profetizarse el uso de un RaTG13 para construir un virus humano pandémico, menos aún podía preverse qué tipo de RBD diseñar para aumentar su infectividad en humanos; el más parecido que se conoce, el del pangolín citado más arriba, no se describió hasta 2020, es decir, ya durante la pandemia de COVID-19. Y antes de este hallazgo era imposible saber cuál sería la secuencia de un RBD optimizado para humanos; tanto que es más óptimo para estos que para los propios pangolines. Pero era imposible saber esto.

En segundo lugar, los defensores de la teoría de la manipulación genética pretenden presentar la idea de que un RaTG13 con un RBD del pangolín con un sitio PRRA añadido es un SARS-CoV-2. Pero esto no es cierto. La secuencia del RaTG13 y la del SARS-CoV-2 están separadas por más de mil diferencias adicionales repartidas por todo el genoma. Y nadie, ni siquiera los defensores de esta teoría, podría concebir que estas más de mil mutaciones hayan sido introducidas deliberadamente una a una. No solo por la descomunal tarea que esto supondría; sino además porque, ¿para qué? A riesgo de repetirme una vez más: nadie podía haber previsto lo que estas más de mil mutaciones harían con el funcionamiento del virus.

La cuestión principal es que nada de lo anterior es necesario, porque existen mecanismos perfectamente naturales para explicar todo esto. Los virus mutan por sí solos de forma constante, e intercambian pedazos de su genoma entre sí; aunque popularmente se oiga hablar de la variante india, la británica o la brasileña, lo que a algunos puede crearles la impresión de que hay cuatro o cinco formas del virus circulando por ahí, lo cierto es que ya se han publicado más de un millón de secuencias del SARS-CoV-2.

Existen infinidad de pequeñas variaciones entre los virus aislados de unas personas y de otras; el virus va mutando, y está sometido a prueba y error: algunas variaciones no hacen nada o incluso perjudican su expansión. Pero de vez en cuando surgen algunas que pueden aumentar su infectividad, como estamos viendo con algunas de las variantes citadas. Nadie supone que la variante británica o la india, mejor adaptadas a los humanos que la original de Wuhan, sean producto de una manipulación genética. ¿Por qué, entonces, cuesta tanto aceptar que el mismo mecanismo natural tan normal, efectivo y frecuente ha sido el que simplemente ha originado el SARS-2 como una evolución humana derivada del RaTG13?

Así, la presencia del PRRA en el RBD del SARS-2 es perfectamente explicable por mecanismos naturales. Como dato adicional, la inserción de este segmento en la secuencia genética del RBD de la proteína S provoca un cambio de fase de lectura (para no complicarlo, ver explicación más abajo), lo que también difícilmente podría haberse concebido en un virus de diseño, ya que el efecto habría sido impredecible.

Aún más: no solo todo esto es perfectamente explicable por mecanismos naturales, sino que la proclama de que el PRRA es óptimo para la infección y raro en los coronavirus es del todo falsa. En primer lugar, y como ha señalado Kristian Andersen, especialista en genómica de patógenos del Scripps, el PRRA es subóptimo para el corte por furina, por lo que en un virus de diseño se habrían elegido otras secuencias conocidas más óptimas, las cuales sí se han empleado en experimentos con coronavirus. De hecho, el virus está encontrando soluciones mejores: a lo largo de su evolución natural va adaptándose, y resulta que tanto la variante india como la británica han cambiado la P (prolina) del PRRA por una R (arginina), RRRA. Y sabemos que estas variantes infectan mejor. ¿Qué torpe diseñador de virus iba a elegir insertar un sitio PRRA, poco eficaz según las evidencias experimentales, tanto que el propio virus lo está cambiando por otro más efectivo?

En segundo lugar, los sitios de furina son de hecho muy comunes en los coronavirus y han surgido múltiples veces de forma independiente en la evolución de estos; algunos virus muestran sitios frustrados, prueba del ensayo y error de la evolución. También estos sitios aparecen en betacoronavirus, los más próximos al SARS-2, como el MERS humano y el coronavirus del resfriado HKU1.

Curiosamente, y aunque esto no es ni mucho menos más que una curiosidad semejante a las que invocan los defensores de esas teorías conspirativas, un coronavirus que lleva el mismo sitio exacto PRRA es el felino, y resulta que el SARS-2 es muy bueno infectando a los gatos, lo que implica que en este animal podrían encontrarse ambos virus, una situación que favorecería una posible recombinación. Pero fuera de esto y sobre todo, el RaTG13 que se conoce fue descubierto en 2013. Nadie sabe si una variante 2020 del RaTG13 podría llevar un sitio PRRA. Conocemos solo una ínfima parte de los virus presentes en la naturaleza. Asegurar que no existe un virus que haya podido recombinar con el RaTG13 para prestarle un sitio PRRA es mucho más atrevido que afirmar que no existe en todo el universo un planeta similar a la Tierra, porque los primeros sí los hemos encontrado, pero de los segundos aún no conocemos ni uno solo.

(Continuará)

¿Pudo el coronavirus de la COVID-19 haber sido creado por los humanos? 1. El ruido y la confusión

En esta pequeña serie en la que estamos actualizando los datos sobre el origen del coronavirus SARS-CoV-2 de la COVID-19, hoy llegamos a la que ayer definíamos como hipótesis 3: que el virus haya escapado de un laboratorio –presumiblemente, el Instituto de Virología de Wuhan (WIV) u otro laboratorio de esta ciudad– tras haber sido creado artificialmente.

Esta es sin duda la favorita del conspiracionismo, pero también intriga a muchos ciudadanos que no son naturalmente dados a creer en lo contrario de lo que dice la comunidad científica, pero que se sienten confusos ante la mezcla de datos, rumores y bulos que se abre paso no solo a través de las redes sociales, sino por desgracia también a veces de los grandes medios y de opinadores de gran tribuna que creen saber más de lo que saben o desconocen la calidad de las fuentes que citan.

Instituto de Virología de Wuhan. Imagen de Ureem2805 / Wikipedia.

Un ejemplo de esto último ha ocurrido en los días pasados, cuando un famoso opinador, cuyo nombre prefiero omitir –porque esto no es un ataque a dicha persona, sino un análisis–, revolvía el patio conspiranoico aludiendo a un artículo publicado por un antiguamente reputado periodista de ciencia, Nicholas Wade, en el que este apoyaba un origen artificial para el virus del SARS-2.

La anterior trayectoria de Wade –quien por otra parte no es un científico profesional, ni lo ha sido nunca– es muy respetable, en medios tan prestigiosos como Nature, Science o el diario The New York Times. Pero es demasiado frecuente en el mundo de la ciencia cómo ciertos personajes, antaño alabados, posteriormente y por razones que solo ellos sabrán se han deslizado estrepitosamente por el tobogán hacia la piscina de bolas de la pseudociencia (en este artículo conté algunos de los casos más célebres, incluido el del Nobel y codescubridor del virus del sida Luc Montagnier).

Wade ya apuntaba maneras polémicas antes de su salto definitivo: la publicación en 2014 de A Troublesome Inheritance: Genes, Race and Human History, un libro en el que defendía la existencia de diferencias mentales e intelectuales entre las distintas razas, determinadas por los genes y amplificadas por la educación. El libro de Wade, cuyos postulados son abiertamente contrarios a la ciencia actual, fue duramente criticado por la comunidad científica; 139 expertos profesionales firmaron una carta abierta de rechazo en el diario NYT, incluyendo varios cuyos trabajos Wade citaba como argumentos a favor de sus tesis y que acusaron al autor de haber tergiversado sus conclusiones. Los firmantes calificaban las proclamas de Wade como «especulativas y espurias», y el libro en su conjunto como «profundamente erróneo, falaz y peligroso». En otros círculos menos públicos, algunos han tachado el libro de Wade simplemente como un panfleto racista. Por cierto, elogiado por algún think tank ultraconservador de EEUU.

Esto, obviamente, se aparta del tema de hoy, pero sirve como información extra para situar en su justa órbita la figura actual de Wade como voz científicamente autorizada. Y sirve, además, como antecedente para introducir esta valoración personal sobre el citado artículo de Wade relativo al origen del virus del SARS-2: desde el comienzo de esta pandemia, es difícil encontrar otro artículo tan sesgado y engañoso. Para quien quiera leer en su lugar un artículo de un autor escéptico con el origen natural del virus, pero con un tratamiento equilibrado y honesto –cuyas objeciones son rebatibles–, recomiendo en su lugar este largo y bien trabajado artículo del escritor Nicholson Baker en el New York Magazine.

Básicamente, el artículo de Wade podría resumirse de este modo: el autor ha creído a priori en el origen artificial del virus, y a posteriori busca argumentos que justifiquen su prejuicio (esto es el ABC de la anticiencia). Para ello, afirma que todo lo descubierto no demuestra inequívocamente el origen natural del virus, lo cual es cierto. Pero retuerce los datos para afirmar, por ejemplo, que el origen de los anteriores coronavirus del SARS-1 y el MERS se estableció en solo unos pocos meses, lo cual es falso, como ya expliqué aquí.

Además se permite el lujo de descalificar como «opiniones» estudios profundos y rigurosos sobre la genómica del virus, amparándose en el hecho de que se publicaron a través de una vía que no exigía la revisión por pares –lo cual puede atribuirse no solo al formato, sino también a la urgencia del momento–, presentando en cambio conjeturas con las que rellena los huecos como si tuvieran un mayor valor probatorio, incluso otorgando una mayor solvencia y credibilidad a ciertas fuentes extravagantes que a los científicos expertos.

Por ejemplo, Wade se apoya en un larguísimo estudio colgado en una web de prepublicaciones por Steven Carl Quay, quien en su web se autodefine como «mundialmente famoso científico, autor y empresario», un médico y emprendedor que trabaja en medicamentos contra el cáncer de mama, no en nada relacionado con virus. El estudio es un análisis bayesiano –un método estadístico que estima probabilidades de distintos parámetros y refina sus estimaciones a medida que avanza el análisis– del cual el autor concluye, según reza su impublicable título, «más allá de una duda razonable que el SARS-CoV-2 no es una zoonosis natural, sino derivada de un laboratorio».

Lo que hace Quay es ir aplicando diferentes observaciones para reducir la probabilidad de que el origen del virus sea natural. Los dos puntos clave de su análisis son la falta de diversidad del virus y la presencia del llamado sitio de corte por furina, un segmento del genoma del virus que no aparece en el SARS-1 ni en el virus conocido más parecido al SARS-2, un coronavirus de murciélago llamado RaTG13.

Ambos argumentos son rebatibles, lo que derriba todo el análisis y por tanto aborta esa reducción progresiva de la probabilidad de un origen natural que defiende el autor. Con respecto a la escasa diversidad del virus, es perfectamente compatible con un origen natural en el que el salto a los humanos se haya producido una única vez o unas pocas; de hecho, creo que nadie asume otra cosa. Y en cuanto al sitio de furina, aquí entramos ya en harina, y perdón por el pareado.

Hace algo más de un año, en los primeros tiempos de la pandemia, ya expliqué aquí por qué es difícil explicar los motivos por los que la inmensa mayoría de los científicos relevantes expertos se inclinan a favor de la hipótesis de un virus cien por cien natural, ya fuese contraído en la naturaleza o escapado por accidente de un laboratorio. Y por qué incluso los pocos más escépticos –siempre dentro de los científicos expertos relevantes– miden mucho sus palabras a la hora de expresar su escepticismo.

Y la razón está en lo que sigue a partir de ahora: biología molecular. No hay manera de explicarlo sin entrar en una materia que a muchos les resultará inatractivamente compleja y de la que no querrán saber nada. Pero esta es la razón, y no hay otra; la hipótesis del virus natural no se basa en especulaciones de barra (o ahora más bien de mesa) sobre si mira qué curioso que el WIV esté en Wuhan, o si algún trabajador del centro tosió o no tosió, o si los laboratorios tenían el nivel de bioseguridad suficiente, o si los murciélagos están cerca o lejos de Wuhan, o si las autoridades chinas esto, o si el mercado nosequé, o si la línea 2 del metro tal. Se basan en ciencia, y esta ciencia está en el propio genoma del virus. Si tienen la bondad de seguirme, mañana intentaré explicarlo de la mejor forma que me sea posible.

Pero conviene hacer una advertencia previa. Y es que, como he dicho, cuando Wade dice que todo esto que viene a continuación no demuestra de forma taxativa y sin fisuras un origen natural del virus, tiene razón. Es una trampa argumental, porque la ciencia no funciona demostrando, sino refutando, algo que Wade sin duda sabe (es el ABC de la ciencia), pero calla. Por lo tanto, el enfoque en este caso no debe ser si el estudio del genoma del virus demuestra su origen natural, dado que esto es imposible, sino si lo refuta. Y no, no lo hace, como veremos mañana.

Si el coronavirus es natural, ¿podría haber escapado de un laboratorio?

Decíamos ayer que en las últimas semanas ha vuelto a reavivarse un cierto debate popular sobre el origen del coronavirus SARS-2 causante de la COVID-19. Así que, una vez más, conviene volver sobre ello para separar los hechos, sus interpretaciones y los rumores o bulos. No a todos les importa mucho esta distinción, y cada cual es libre de creer lo que le apetezca. Pero ante el aluvión de informaciones y opiniones, quienes de verdad quieran separar los datos de todo lo demás pueden sentirse algo confundidos entre todo el ruido mediático.

Empecemos definiendo los términos: cuando se discute sobre si el virus salió de la selva o de un laboratorio, en realidad no se trata de dos hipótesis, sino de por lo menos tres (hay alguna más y estas a su vez tienen variaciones, pero dejémoslo así):

Hipótesis 1: El virus infectó a alguien en la naturaleza. La adaptación a los humanos resultante en la cepa original se produjo en un animal intermediario o en los propios humanos.

Hipótesis 2: Una persona resultó infectada por un virus recogido de la naturaleza, presente en alguna muestra o animal, o cultivado ex profeso en un laboratorio, o por un virus derivado por sí mismo en el laboratorio de otro recogido en la naturaleza.

Hipótesis 3: Una persona resultó infectada por un virus genéticamente modificado en un laboratorio para hacerlo más infectivo en humanos.

A menudo, en los medios, en artículos de opinadores y entre el público la 2 y la 3 se confunden, pero es esencial diferenciar. Son muchos los científicos que exigen investigar más a fondo si el virus pudo escapar de un laboratorio, pero la inmensa mayoría se refieren a la hipótesis 2, e incluso los científicos relevantes expertos que contemplan la posibilidad de la 3 se muestran muy cautos a la hora de valorar esta opción, aunque no así algunas otras fuentes no expertas.

Ilustración del coronavirus SARS-CoV-2. Imagen de CDC/ Alissa Eckert, MS; Dan Higgins, MAM / Wikipedia.

Ilustración del coronavirus SARS-CoV-2. Imagen de CDC/ Alissa Eckert, MS; Dan Higgins, MAM / Wikipedia.

En cuanto a la hipótesis 2, los investigadores necesitan trabajar con los virus. De otro modo no sabríamos cómo funcionan, y no tendríamos fármacos ni vacunas. Incluso con las máximas medidas de seguridad –que, si es cierto lo que apuntan algunas informaciones, podrían haber fallado en el Instituto de Virología de Wuhan (WIV)–, no sería la primera vez que ocurre un accidente; hay varios ejemplos históricos bien documentados, como el que dio origen a las últimas infecciones de viruela cuando la enfermedad ya estaba erradicada. Si este fuera el caso, sería una desgracia, quizás una negligencia que ha causado millones de muertes en todo el mundo, y que debería esclarecerse no solo para que quien correspondiera asumiese sus responsabilidades, sino también para que no volviese a repetirse.

El problema es que no hay pruebas de que esto sucediese, y es imposible tenerlas de que no sucedió. Shi Zhengli, la viróloga conocida popularmente como Bat Woman, que dirige las investigaciones con coronavirus de murciélagos en el WIV, ha jurado por su vida que el virus no salió de su laboratorio, pero evidentemente un juramento no es una prueba, y la hipótesis 2 solo podría confirmarse, nunca refutarse.

Pero siendo así, ¿por qué la gran mayoría de los científicos apoyan la hipótesis 1 frente a la 2? Es una simple cuestión de probabilidades; en ausencia de pruebas concluyentes, un científico no debe descartar ninguna hipótesis, pero debería inclinarse hacia la más probable si una de las dos lo es.

Las zoonosis, saltos de patógenos de animales a humanos, ocurren constantemente. La inmensa mayoría no provocan epidemias y los casos pasan inadvertidos para el público, pero la mayoría de los patógenos humanos emergentes son zoonóticos. Los murciélagos albergan miles de coronavirus distintos, y lo mismo ocurre con otros animales. Recientemente hemos sabido que ocho pacientes hospitalizados con neumonía en Malasia entre 2017 y 2018 estaban infectados por un coronavirus de perro. Antes de esta pandemia, en 2018, un pequeño estudio serológico en la provincia china de Yunnan encontró que casi un 3% de las personas testadas que vivían en las cercanías de alguna cueva poseían anticuerpos contra coronavirus de murciélagos, lo que indica que en algún momento han sido infectadas por virus presentes en estos animales.

En los últimos días, investigadores chinos han alertado en la revista Science de la muy preocupante expansión de las gripes aviares H5, sobre todo de la H5N8. Recordemos que la H5N1 ha tenido en humanos una letalidad del 60%. Hasta ahora hemos tenido la fortuna de que estos virus aún no se han adaptado a un fácil contagio entre humanos, pero las nuevas cepas virulentas de gripe han sido desde hace años las principales candidatas a provocar una pandemia que empequeñecería lo que hemos conocido con la COVID-19.

¿Por qué, entonces, podría haber surgido una gran pandemia como esta entre tantos otros casos que se resuelven por sí solos sin causar catástrofes de tal magnitud como la que estamos viviendo ahora? Creo que a estas alturas ya está en la mente del público que está en la naturaleza de los seres vivos (y los virus lo son, al menos desde este punto de vista) evolucionar, y los virus lo hacen con mucha facilidad, ya que además de las variaciones en su secuencia genética cuentan con mecanismos como la recombinación entre virus relacionados, en la cual está el origen de muchas nuevas cepas de gripe.

Por ejemplo, nadie piensa que la variante británica, la brasileña o la india del SARS-2 hayan surgido de un laboratorio; cuando aparece un linaje con una mayor infectividad, es una mejora –para el virus– que ha surgido a lo largo de su evolución. Del mismo modo, la variante básica de Wuhan podría ser también una mejora de otro virus natural aún no conocido, o una recombinación entre dos virus. Lo cierto es que vivimos peligrosamente en nuestra relación con los virus, y que una vez entre millones pueda ocurrir algo como lo que estamos viviendo ahora es no solo perfectamente factible, sino más probable que cualquiera de las alternativas.

Resumiendo lo dicho hasta aquí, y ciñéndonos a la idea de que el virus del SARS-2 sea de origen cien por cien natural, ¿es posible que escapara de un laboratorio? La respuesta es que sí, lo es. Pero si una sospecha es suficiente para reclamar más investigaciones, como han hecho numerosos científicos a través de varios artículos (este reciente en Science, este en PNAS, o esta carta abierta firmada por una veintena larga de científicos), en cambio no lo es para abandonarse a un pensamiento sesgado olvidando que la hipótesis más factible, por ser la más probable, es la zoonosis natural: millones de personas viviendo en ambientes con presencia de animales portadores de virus potencialmente zoonóticos, normalmente sin ningún tipo de precaución o ni siquiera ser conscientes de este riesgo, frente a un puñado de profesionales preparados trabajando con un virus en un laboratorio con medidas de seguridad, incluso si en el WIV estas no fueron todo lo estrictas que deberían haber sido.

Pero parece obvio que la idea que más ha cundido y preocupa al público no es que un virus natural haya podido escapar de un laboratorio, sino que se trate de un virus modificado genéticamente. Mañana seguiremos con la hipótesis 3.

No sabemos de dónde salió el coronavirus, y quizá nunca lo sepamos

Los libros de historia del futuro hablarán sobre el origen del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la pandemia de COVID-19 de 2019-202?, la mayor catástrofe epidémica infecciosa desde la de la gripe de 1918. Pero ¿qué contarán esos libros?

Es posible que cuenten que jamás llegamos a conocer el origen del virus. Lo raro sería lo contrario: aunque se sabe que la gran mayoría de los patógenos emergentes son de origen zoonótico (saltan azarosamente desde animales a humanos), en la mayor parte de los casos se desconoce cómo, cuándo, dónde y desde qué especie se produjo esta invasión. Ciertas voces mal informadas, o deliberadamente sesgadas, o ambas cosas, suelen comparar el caso actual con el del SARS-1 en 2002 y el del MERS en 2012, cuyos orígenes sí son conocidos (al menos el del SARS-1, no exactamente el del MERS, como voy a explicar).

Pero si se citan estos dos casos concretos es precisamente porque las excepciones a la regla son minoritarias. En el primero, el coronavirus del Síndrome Respiratorio Agudo Grave, hoy llamado SARS-1, el clúster inicial de pacientes estaba bien localizado en Guangdong, China; casi la mitad de los afectados eran vendedores de comida o de animales en un mercado concreto. Los primeros test encontraron el virus en las civetas que se vendían en el mercado. En el caso del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio, los primeros infectados eran tratantes de camellos; poco después se descubrieron anticuerpos contra el virus en el 100% de los camellos testados.

Pero cuidado: quienes de esto concluyen que el origen del SARS-1 y el MERS se zanjó en unos meses, o están mal informados, o están mintiendo. Encontrar en una especie diferente a la humana el mismo virus que se está propagando entre los humanos no prueba que dicha especie sea el origen de la zoonosis; puede ser que el salto se haya producido en sentido contrario.

Solo analizando la evolución de los genomas del virus a lo largo del tiempo, trazando mapas genéticos cronológicos y encontrando los «eslabones perdidos» anteriores en el tiempo y coherentes en el espacio puede esclarecerse el origen real de un virus; es una combinación de investigación científica y trabajo detectivesco hasta llegar a delinear un modelo sin fisuras, inequívocamente plausible (del plausible inglés, dado que su traducción española no es del todo equivalente).

Y en el caso del SARS-1 esto no fue cuestión de meses. Sino de 15 años. Quince años de investigaciones, hasta que se encontraron en un murciélago todos los bloques genéticos que, junto con los mapas evolutivos, dibujaban un recorrido claro del virus desde estos animales a los humanos. En cuanto al virus del MERS, se encontró en murciélagos, y en algunos de estos animales se hallaron coronavirus relacionados. Pero lo cierto es que aún no se ha localizado la especie concreta en la que pudo surgir el virus humano ni se ha podido determinar con exactitud cuándo se produjo la zoonosis.

Mercado de Huanan, en Wuhan. Imagen de Skoleopgave1 / Wikipedia.

Mercado de Huanan, en Wuhan. Imagen de Skoleopgave1 / Wikipedia.

En el caso del SARS-2, causante de la COVID-19, se encontró un primer clúster en el mercado de Huanan, en Wuhan. Pero posteriormente se describieron casos anteriores a este primer clúster que no tenían ninguna relación con el mercado, e incluso existen posibles indicios, no suficientemente contrastados, de que el virus pudo estar presente en otros lugares del mundo antes que en Wuhan. Se encontró el virus en muestras ambientales del mercado de Huanan, lo cual era esperable, pero no así en ninguno de los animales allí testados. El virus se ha encontrado en numerosos gatos de Wuhan; pero según lo ya dicho, esto no prueba nada, como tampoco el hecho de que el virus infecte fácilmente a otras especies como hurones, visones o hámsters. Se han encontrado virus estrechamente emparentados en murciélagos; pero no todos los bloques genéticos que expliquen su camino evolutivo hasta los humanos. Todo esto es, por el momento, un puzle imposible de resolver. No existe un modelo plausible. Quizá se acabe llegando a él, o quizá no.

Hasta aquí, lo anterior nos lleva a dos ideas. Primera, quienes encuentran escandalosamente sospechoso que casi en un año y medio aún no se haya descubierto el origen del virus no saben de qué están hablando. O si saben de qué están hablando, no están contando la verdad. Segunda, y por supuesto dando por descontada la opacidad de las fuentes oficiales chinas y las innegables trabas que han puesto en el camino de los investigadores empeñados en desvelar el origen del virus, lo que el público parece desconocer es que la mayor parte de la información científica publicada sobre el origen del virus, sobre todo en los primeros momentos, procede de científicos chinos. Y estos datos, como vemos, no demuestran sin fisuras un origen azaroso del brote, como se supone que le interesaría presentar a la oficialidad china.

Es más, cuando el director del Centro de Control de Enfermedades de China, Gao Fu, anunció públicamente en mayo de 2020 que las muestras tomadas de animales de Huanan habían sido todas negativas, y que el mercado actuó como sede de un evento inicial de supercontagio, pero que no fue el foco original del virus, realmente desperdició una ocasión inmejorable para declarar justo todo lo contrario: que se había encontrado el virus en animales del mercado, que por tanto el foco inicial fue el mercado, origen natural, caso cerrado.

Pero si ya es científicamente difícil determinar el origen de un virus, aún lo es más cuando ya es imposible despolitizar lo extremadamente politizado. Por supuesto que las investigaciones deben continuar durante los años que sea preciso. Los científicos deben pronunciarse claramente a favor de la necesidad de impulsar estas investigaciones, como ya están haciendo. Los políticos y los organismos deben apoyar y financiar estas investigaciones, como algunos están haciendo, otros no tanto.

El problema es que a estas alturas es imposible desvincular lo que debería ser puramente un empeño científico de sus motivaciones políticas. Cuando los científicos piden públicamente más investigaciones para esclarecer el origen del virus, lo único que están dejando de manifiesto es que aún no hay pruebas para demostrar al cien por cien una zoonosis natural y azarosa ni para descartar al cien por cien la intervención de un laboratorio. Y que deben seguir buscándose. Esta es hasta ahora la única intersección que puede extraerse de las distintas visiones de los científicos.

Sin embargo, ningún científico experto con experiencia relevante en este campo, repito, ninguno, afirma que el virus escapó de un laboratorio. Todos admiten que no existen pruebas para descatarlo por completo, porque no existen. Algunos sospechan que pudo ser así. Y unos pocos lo dicen. Varios de estos últimos, algunos de ellos científicos muy reputados, han declarado que en respuesta a sus artículos, ya sean estudios científicos o piezas de opinión en los medios, han recibido solo llamadas de periodistas de medios ultraconservadores, a quienes en muchos casos les han negado la entrevista porque, claramente, no habían entendido nada. Algunos científicos que sí defienden abiertamente la hipótesis de la zoonosis natural han declarado haber recibido ataques verbales en las redes sociales e incluso amenazas de agresión sexual, como es el caso de Angela Rasmussen.

Por contra, algunos científicos que se muestran más críticos con quienes dan casi por cierta la hipótesis de la zoonosis natural declaran haber recibido acusaciones de conspiranoia o de pertenencia a QAnon (una teoría de la conspiración ultraderechista surgida en EEUU). Que yo sepa, ninguno de esos científicos relevantes ha defendido claramente el escape del virus de un laboratorio; solo piden más investigaciones, por lo que es injusto acusarles de conspiracionismo. En cambio, sí son bastante numerosas las intervenciones de autoproclamados expertos, sin experiencia relevante alguna, o de opinadores profesionales que apoyan ya sea de forma más velada o más directa la hipótesis de que el virus escapó de un laboratorio, hipótesis sin la menor prueba. Estos sí puede decirse, lo crean ellos o no, les guste o no, que con la ciencia actual en la mano están rozando el conspiracionismo, la desinformación y el bulo.

En fin, la cuestión sobre el origen del virus de la COVID-19 es uno de esos guadianas de la pandemia que aparecen y desaparecen periódicamente, sobre todo con la ocasional publicación de algún artículo al cual, y a cuyos autores, fuentes no expertas a veces les otorgan más relevancia de la que realmente tienen. Mañana hablaremos de alguno de estos casos recientes.

¿Es la suspensión de patentes la solución al «vacunas para todos»? Una historia para pensar: el incidente Cutter

Cuando mi hijo pequeño me preguntó por qué hay que trabajar para conseguir dinero, y por qué hay que usar dinero para comprar cosas, me pilló. No es que no conozca los fundamentos básicos de la economía, creo que como cualquier ciudadano medio. Pero tratándose de algo en lo que no soy un experto, estoy seguro de que patino a la hora de intentar explicarlo, sobre todo a un niño que a tales efectos es un extraterrestre recién llegado a un mundo que aún no entiende.

Creo que esto mismo es lo que está ocurriendo generalmente con la discusión sobre la suspensión de las patentes de las vacunas de COVID-19. Es un debate a medio gas, porque la gente tiene otras preocupaciones más urgentes, como saber cuándo les va a tocar el turno de vacunación a ellos. Pero observo que, cuando se pregunta en la calle, predomina esta idea simple y errónea: deben suspenderse las patentes, ya que no puede ser que las avariciosas farmacéuticas estén quedándose para ellas un secreto que debe liberarse para toda la humanidad, porque salva vidas.

En primer lugar, es importante aclarar que las patentes no protegen un secreto, sino una propiedad. Un secreto lo protege una caja fuerte. Ejemplo: la famosa fórmula de la Coca-Cola.

Vacuna de AstraZeneca. Imagen de Arne Müseler / arne-mueseler.com / CC-BY-SA-3.0 / https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/de/deed.de via Wikipedia.

Vacuna de AstraZeneca. Imagen de Arne Müseler / arne-mueseler.com / CC-BY-SA-3.0 / https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/de/deed.de via Wikipedia.

Cuando se patenta algo, se explica con todo detalle qué es lo que se está patentando. La patente sirve para certificar ante el mundo que alguien es el propietario de esa tecnología, y que por lo tanto otros no pueden fabricarla ni venderla sin el permiso del propietario. Pero dado que las patentes son públicas, cualquiera puede leerlas, copiar esa tecnología, fabricarla y venderla; a lo que el propietario de la patente responderá con una demanda, como ocurre en todo el mundo todos los días. Por lo tanto, si uno no quiere que los demás sepan cómo está hecho lo que uno fabrica, la mejor opción es no patentarlo, y protegerlo mediante secreto. Este es el motivo por el que la actual fórmula de la Coca-Cola no está patentada, sino que, según cuenta la leyenda, se guarda en una caja fuerte bajo estrictas medidas de seguridad.

Así, ¿cómo funcionan un secreto y una patente de cara a su comercialización? Para lo primero, es muy sencillo: si alguien descubre el secreto, es libre de copiarlo, fabricarlo y venderlo sin que la compañía originalmente propietaria pueda hacer nada al respecto, ya que no existe ninguna patente que proteja esa propiedad. Pero si uno quiere copiar, fabricar y vender una tecnología patentada, debe obtener una licencia, un permiso –lógicamente, bajo pago– del propietario de la patente.

Las vacunas de la COVID-19 no son un secreto, porque están patentadas. Tanto las tecnologías en las que se basan como sus ingredientes y procesos son de sobra conocidos por los expertos, porque se remontan a décadas de investigación y avance científico de miles de investigadores en todo el mundo. Es un error hablar del «descubrimiento» de una vacuna, porque no se encuentran como, por ejemplo, un nuevo antibiótico natural, sino que se diseñan de acuerdo a procedimientos ya conocidos, se fabrican y se prueban. Una vacuna es un invento, no un descubrimiento.

Esto implica que, cuando una compañía fabrica una nueva vacuna, debe pagar a los propietarios originales las licencias de todas aquellas tecnologías patentadas en las que se basa su producto. Ninguna de las vacunas de COVID-19 es tecnología totalmente nueva; las más novedosas son las de ARN (Pfizer y Moderna), pero la tecnología que utilizan fue inventada en los años 90 por Katalin Karikó y Drew Weissman.

Y por lo tanto, esto también implica que ninguna de las compañías que están produciendo vacunas de COVID-19 puede presumir de que lo han hecho ellas solas: por ejemplo, un estudio ha estimado que entre el 97% y el 99% de la creación de la vacuna de AstraZeneca ha estado financiada con fondos públicos. Pfizer llegó a decir que no había recibido «ni un solo dólar» de fondos públicos, lo cual, como se encargaron de rebatir los investigadores Katerini Storeng y Antoine de Bengy Puyvallée, es falso, ya que BioNTech (la fuente de la tecnología original) ha recibido 375 millones de euros del gobierno alemán y 100 millones de la UE. Las instituciones públicas que han aportado fondos a las vacunas se han asegurado sus contrapartidas: la vacuna de Pfizer es más barata en Europa, mientras que en EEUU el enorme caudal de fondos que Donald Trump aportó al desarrollo de las vacunas a través de la llamada operación Warp Speed aseguró el suministro prioritario a los estadounidenses.

Pero por lo demás, y cumpliendo con todo lo que las obligaciones legales les imponen, incluyendo las licencias de la tecnología que utilicen, las compañías que fabrican y venden las vacunas tienen el mismo derecho a lucrarse de esa venta que quien fabrica y vende barras de pan. Si los panaderos no pudiesen obtener rendimiento de su negocio, nadie haría pan. Si se impide que las compañías que han desarrollado las vacunas obtengan beneficio de ellas, para la próxima pandemia no habrá nadie que haga vacunas.

Salvo, claro, que alguna administración pública decida costear ella sola todo el trabajo. De hecho, algunas instituciones públicas también están creando vacunas: la Sputnik rusa es un ejemplo, y en España el CSIC; la financiación infinitesimal de las vacunas del CSIC con respecto a las de las grandes farmas explica su lentitud. Pero en cualquier caso, estas vacunas tampoco son gratis. También los investigadores del sistema público patentan y reciben royalties por sus inventos.

Para que las vacunas lleguen en grandes cantidades a toda la humanidad, incluyendo a los países más pobres, de modo que los ciudadanos no tengan que pagarlas directamente, hay dos problemas. Uno es el volumen de producción, y otro es el coste. Con respecto a lo primero, siempre es posible que las compañías propietarias de las vacunas licencien su fabricación a otras empresas en distintos países con un estricto control y seguimiento del producto fabricado, cosa que ya se está haciendo. Pero naturalmente, esto no reduce el problema del coste; de hecho, puede aumentarlo, ya que se añade un intermediario más al proceso, la empresa fabricante.

Así pues, plan B: suspender temporalmente las patentes, de modo que cualquiera pueda fabricar las vacunas por su cuenta y riesgo, sin ninguna obligación hacia la compañía propietaria, y al coste y precio que a cada uno de esos fabricantes le apetezca o pueda asumir.

Esta es una idea atractiva a primera vista. Pero peligrosa. Y para explicarlo, nada mejor que la historia del incidente Cutter.

Los que no vivimos aquello no podemos imaginar el terror que hasta los años 50 causaba la polio. Cuando aparecían brotes de polio se cerraba todo, los cines, las piscinas, las playas; lo mismo que hemos vivido con la COVID-19, con las diferencias de que entonces no se sabía con certeza cómo se transmitía el virus, y que sus víctimas eran los niños: la polio los mataba o los dejaba paralíticos de por vida. El pánico que vivimos al comienzo de la COVID-19 parecería una broma si los más afectados por esta pandemia hubiesen sido los niños.

Jonas Salk, el creador de la primera vacuna de virus inactivado contra la polio en 1952, decidió no patentarla y renunció a todo beneficio económico para que su invención pudiese llegar a toda la humanidad. Salk era un tipo admirable, una de las figuras más grandes de la historia de la ciencia.

Los primeros casi dos millones de vacunas de Salk fueron fabricados por dos grandes farmacéuticas, Eli Lilly y Parke-Davis. Pero después otras tres compañías comenzaron a fabricarla; obviamente, con la licencia correspondiente del gobierno de EEUU, que como todos los gobiernos debe autorizar la fabricación y venta de este o cualquier otro producto. Pero esas licencias eran puro papeleo administrativo: se tramitaron en dos horas y media.

Solo dos semanas después, en California se informó de cinco niños que habían quedado paralíticos tras recibir la vacuna de la polio. A todos ellos se les había administrado la vacuna de un mismo fabricante, Cutter Laboratories. De inmediato se ordenó la suspensión de las vacunaciones con Cutter. Pero ya era tarde: se habían pinchado 380.000 dosis, la mayoría a niños de seis y siete años. Cuarenta mil niños enfermaron gravemente; 51 quedaron paralíticos. Y cinco murieron.

Se encontró que dos lotes de la vacuna fabricada por Cutter, un total de 120.000 dosis, contenían virus vivo. No hubo detrás de esta historia ninguna de esas conspiraciones de la malvada industria farmacéutica que ganan titulares y alimentan el odio de algunos. Todo se hizo como se debía y de acuerdo al protocolo de Salk, pero la presencia de ciertos residuos celulares en la mezcla hizo que la inactivación del virus no funcionara bien. Además de las víctimas directas, esto originó un brote de polio que contagió a 113 contactos de los niños afectados, y que mató a otros cinco. Un lote de la compañía Wyeth también salió defectuoso.

Conviene aclarar que ninguna de las vacunas de COVID-19 que se están usando en España contiene virus completo (sí algunas de las chinas), por lo que no podrían causar la enfermedad que intentan evitar. Pero una vacuna defectuosa podría provocar otros problemas impredecibles. Y si tuviéramos que elegir entre una vacuna de marca Pfizer, Moderna, AstraZeneca o Janssen, la misma que se ha testado en ensayos clínicos rigurosamente revisados y publicados, y que ya han recibido millones de personas, o una vacuna tipo Pfizer/Moderna/AstraZeneca/Janssen pero genérica, de marca blanca, siguiendo la receta original pero sin otra garantía que un permiso administrativo, y para la cual no va a emprenderse un nuevo ensayo clínico, por mi parte no tendría la menor duda.

Quizá, incluso, en los países ricos podríamos contar con la vigilancia suficiente para ofrecernos garantías, aunque la historia del incidente Cutter sirva como aviso de que no siempre es así. Pero la suspensión de patentes implicaría que las compañías creadoras de las vacunas no tendrían ningún control sobre esas genéricas; todo quedaría en manos de las autorizaciones de los gobiernos. En los países pobres los trámites administrativos a veces siguen otros estándares, por decirlo de algún modo, y funcionan a base del movimiento de papeles que no son precisamente formularios.

Si para nosotros preferiríamos vacunas originales de marca a otras genéricas de origen dudoso, ¿es ético condenar a los países pobres a tener acceso solo a estas últimas? No nos engañemos: cuando desde los países ricos se presiona para que se suspendan las patentes, no hay nada de altruismo en esto. Es la manera más fácil y barata de quitarse de encima un problema, el de los países pobres.

Dado que difícilmente la COVID-19 va a conseguir solucionar un problema endémico de muchos países pobres, en los que hay dinero de sobra pero se queda en el bolsillo de unos pocos y no va a emplearse para comprar vacunas para la población, la solución altruista es otra: donaciones, como ya se está haciendo. Que los países ricos compren vacunas en exceso, las mismas que están administrando a sus ciudadanos, y las regalen a los países pobres. Esas vacunas las pagaremos los ciudadanos de los países ricos a través de nuestros impuestos. Y bien pagadas estarán.

Las medidas más drásticas contra la pandemia son mejores para la salud, la economía y las libertades, según un análisis científico

Solo algunas voces públicas, de las que llegan a la gente, han dicho a lo largo de esta pandemia que esto es una carrera de largo recorrido, y que por lo tanto las medidas deben tomarse poniendo la vista en los próximos años, no en las próximas semanas ni en las próximas elecciones. Los científicos llevan repitiendo este mensaje desde hace un año. Pero nadie les ha escuchado. Ni los políticos, ni los medios, ni la gente.

Por ello, las autoridades toman decisiones caprichosas, arbitrarias y cortoplacistas, como se han encargado de denunciar diversos científicos incluso a través de editoriales en varias de las principales revistas médicas del mundo. Son muchos los motivos por los que esta pandemia pasará a la historia. Pero desde el punto de vista del mundo de la ciencia, pasará como un momento histórico en el que los gobernantes tuvieron la oportunidad de basar sus políticas en el conocimiento científico, y la desperdiciaron. El alejamiento entre política y ciencia nunca antes había sido tan evidente, ni tan peligroso. En España, quienes decidirán ahora qué medidas se toman contra la pandemia y cuáles no son los jueces, lo cual añade una capa más de pintura al cuadro surrealista en el que estamos viviendo.

Pero como la aldea gala de Astérix, en el mundo ha habido un pequeño y selecto puñado de excepciones, países que se han resistido a la invasión del populismo dominante: Australia, Islandia, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur, entre otros pocos, han optado por estrategias de eliminación, no de mitigación como el resto; el objetivo de sus gobernantes no ha sido aplanar la curva para no saturar el sistema sanitario, sino erradicar el virus. No ha sido mantener contentos a algunos, los que van a votar en las próximas elecciones, mientras se deja morir a otros, los que no van a votar en las próximas elecciones.

Carnaval en marzo de 2021 en Sídney (Australia). Imagen de Bruce Baker from Sydney, Australia / Wikipedia.

Carnaval en marzo de 2021 en Sídney (Australia). Imagen de Bruce Baker from Sydney, Australia / Wikipedia.

Por supuesto, la estrategia de eliminación es muy arriesgada, dado que hoy no es posible erradicar el virus mientras continúe circulando por el mundo. A priori, parecería que la estrategia de eliminación, consistente en tomar medidas enormemente drásticas a todos los niveles, en la práctica cerrar la sociedad y el país a cal y canto, va a ser beneficiosa desde el punto de vista de la salud, ya que va a salvar más vidas. Pero que, en cambio, va a ser desastrosa en todos los demás aspectos, arruinando la economía y condenando a sus ciudadanos a vivir prácticamente en un estado de excepción bajo un régimen totalitario. Y que, claro, esto va a enfadar a la gente.

Resulta que no. A los países citados no les va nada mal. No solo sus cifras de muertes durante la pandemia son ridículas, sino que la economía funciona mejor que en el resto y su nivel de libertades también es mayor. Líderes como la neozelandesa Jacinda Ardern gozan de una enorme popularidad; en las elecciones de octubre de 2020, después de meses de pandemia, Ardern consiguió una mayoría absoluta como nunca antes ningún primer ministro de Nueva Zelanda había obtenido. Evidentemente, los criterios de los electores no parecen los mismos en todas partes: en la hoja de servicios de Ardern figuran 26 muertes por coronavirus en todo el país durante toda la pandemia.

Pero paremos un momento: la salud, sí, pero la economía y las libertades, no es posible. ¿Cómo va a ser que allí donde se cierra todo la economía funcione mejor y las libertades de las personas resulten menos agredidas?

Pues así es, amigos. O al menos esto es lo que presenta un equipo de expertos en salud pública, epidemiología, política y economía de Reino Unido, Francia, Suiza y España en un comentario publicado en The Lancet.

Los autores han comparado el grupo de países que han optado por la estrategia de eliminación (los mencionados más arriba) con el resto de los países de la OCDE que han seguido estrategias de mitigación, entre ellos España y el resto de la UE. Y han comparado ambos grupos a lo largo del tiempo, en todo 2020 y lo que llevamos de 2021, en función de tres parámetros: las muertes por la pandemia por millón de habitantes, la evolución semanal del PIB con respecto a 2019, y las restricciones en la libertad de la población, esto último según un indicador desarrollado anteriormente por la Universidad de Oxford.

Como puede verse en estos tres gráficos, según el estudio los países que han optado por la estrategia de la eliminación salen favorecidos en los tres aspectos. Sus cifras de muertes son la envidia del resto del mundo: Japón, 10.328 fallecimientos en un país de 125 millones de habitantes; Corea del Sur, 1.833; Australia, 910; Islandia, 29; y Nueva Zelanda, solo esas 26 muertes entre 5 millones de habitantes. La Comunidad de Madrid, con algo más de población que Nueva Zelanda, 6 millones largos, acumula casi 15.000 muertes.

Evolución de la mortalidad por COVID-19, cambios en el PIB respecto a 2019 y restricción de las libertades en los países de la OCDE con estrategias de eliminación del virus (rojo) frente a los países con estrategias de mitigación (azul). Imagen de Oliu-Barton et al, The Lancet 2021.

Evolución de la mortalidad por COVID-19, cambios en el PIB respecto a 2019 y restricción de las libertades en los países de la OCDE con estrategias de eliminación del virus (rojo) frente a los países con estrategias de mitigación (azul). Imagen de Oliu-Barton et al, The Lancet 2021.

Pero además, como se ve en la línea roja del segundo gráfico, estos países no han sufrido más en su economía que aquellos que han optado por medidas mucho más blandas. Casi en todo momento se han mantenido por encima del resto en su evolución del PIB. Y en el último tramo, en 2021, despegan claramente por encima del resto. «El crecimiento del PIB regresó a niveles pre-pandemia a comienzos de 2021 en los cinco países que optaron por la eliminación, mientras que el crecimiento todavía es negativo para los otros 32 países de la OCDE«, escriben los autores.

Esto resultará difícil de creer para muchos, pero ahí estan los datos. Según los autores, la razón de que estos países que han adoptado medidas mucho más drásticas que el resto estén progresando mejor económicamente es que precisamente esas medidas les permiten volver a la normalidad mucho más rápida y fácilmente, abriendo sus economías sin asumir la terrible carga de mortalidad de otros lugares donde se ha intentado hacer vida normal como si no ocurriera nada; difícilmente puede llamarse valentía abrirlo todo cuando el virus está circulando libremente, a menos que consideremos valentía mantener contentos a los vivos mientras se sigue enterrando a los muertos.

Pero llegamos al último punto, el más conflictivo: ¿cómo puede ser que los ciudadanos sean más libres en los países donde se ha cerrado todo y se han repetido los confinamientos estrictos? La respuesta está también en el gráfico: en un primer momento, las medidas más restrictivas de estos países coartaron más la libertad de los ciudadanos. Pero una vez que consiguieron mantener el virus a raya, les ha bastado con repetir algún episodio breve de confinamiento y cierres estrictos para controlar los ocasionales brotes; durante el resto del tiempo, estos países viven sin ningún tipo de limitación a la actividad o la movilidad. Sin siquiera utilizar mascarillas. Como si el virus no existiera. Porque, de hecho, allí no existe.

Un ejemplo: en abril se detectaron DOS casos positivos de COVID-19 en la ciudad australiana de Perth, después de más de un año sin ningún contagio comunitario. La respuesta de las autoridades fue un confinamiento domiciliario estricto de tres días, con cierre total de todos los establecimientos. Tres días. Después de aquello, se volvió a la normalidad. La de verdad. La de antes; por supuesto, contando con un rastreo extensivo para descartar nuevos contagios, algo que aquí tampoco se hace. Mientras, otros llevamos más de un año con prohibiciones, y lo que nos queda. Es del todo natural que la gente esté harta de pandemia y de restricciones cuando estas se prolongan y se prolongan y se prolongan y se prolongan y se prolongan, durante meses o años.

«La eliminación se ha enfocado como una estrategia de solidaridad cívica que restaurará las libertades civiles más pronto; este enfoque en el propósito común a menudo se olvida en el debate político«, escriben los autores. «La acción nacional por sí sola es insuficiente, y se necesita un plan global claro para salir de la pandemia. Los países que optan por vivir con el virus probablemente serán una amenaza para otros países, especialmente aquellos que tienen menos acceso a las vacunas de COVID-19«.

El colegio aumenta el riesgo de COVID-19 en casa, pero las medidas pueden mitigarlo

Una de las grandes incógnitas científicas de esta pandemia es la relevancia que las escuelas pueden tener en la expansión del virus de la COVID-19. Nótese la palabra clave de esta frase: incógnitas «científicas«. Porque mientras las autoridades de aquí han actuado como si el virus no se transmitiera en los colegios –a pesar de que los brotes se cuenten uno tras otro–, en cambio los verdaderos expertos, los científicos, aún no lo saben. Por eso lo estudian.

Se ha publicado ahora en Science un estudio muy revelador al respecto, que ya a principios de marzo conocimos todavía como prepublicación en internet. Los autores, de la Universidad Johns Hopkins, han aprovechado los datos de una encuesta masiva en EEUU, en colaboración con Facebook y con la Universidad Carnegie Mellon, que rinde medio millón de respuestas a la semana. Desde noviembre, la encuesta incluye preguntas sobre la asistencia de los niños al colegio, desde Educación Infantil hasta Bachillerato (sus equivalentes en EEUU), lo que ha permitido estudiar la posible correlación entre la escolaridad presencial y la entrada del virus en los hogares.

Nótese que el objetivo de los investigadores no ha sido analizar el riesgo de contagio de los propios niños ni de los profesores, sino de las familias de los niños. Lo cual es muy certero, dado que está en la línea de lo defendido aquí: cuando se dice que la culpa de los contagios está en los hogares, esto es solo un abracadabra para confundir a la gente y conseguir que mire hacia otro lado, no a donde se está haciendo el truco. Por supuesto que el virus se contagia en casa. Pero no entra por el buzón ni volando por la ventana, sino que lo trae alguien que se ha contagiado en el colegio, el bar, el trabajo… Para reducir los contagios en los hogares hay que tomar medidas en otros lugares que no son los hogares.

Sí, el estudio es una mera correlación de datos, pero de las más exhaustivas que puedan hacerse: más de dos millones de respuestas en todos los estados de EEUU, recogidas en dos periodos desde noviembre a febrero. La diversidad entre los estados e incluso dentro de ellos con respecto a la modalidad de enseñanza adoptada en esos periodos –a distancia, semipresencial o presencial– y con respecto a las medidas anti-cóvid tomadas en los centros ha permitido a los investigadores obtener un panorama estadísticamente significativo de cómo estos factores se correlacionan con el riesgo de contagio en las familias.

Niños en un colegio de San Sebastián. Imagen de Juan Herrero / EFE / 20Minutos.es.

Niños en un colegio de San Sebastián. Imagen de Juan Herrero / EFE / 20Minutos.es.

Los resultados del estudio muestran que sí, la asistencia de los niños al colegio se asocia a un mayor riesgo de contagios en casa. Los datos, escriben los investigadores, «indican un aumento en el riesgo de padecer COVID-19 entre los encuestados que viven con un niño en escolaridad presencial«. Este aumento del riesgo se incrementa desde los cursos inferiores a los superiores: es más leve en las etapas de infantil y primaria, mientras que sube en los equivalentes a nuestra ESO y bachillerato; en este último, hasta un 50% más respecto al riesgo básico. La media general para todos los cursos está ligeramente por encima de un tercio más de riesgo.

Y ¿qué hay de esa idea genial de la escolaridad semipresencial, que consiste en robar parte del tiempo lectivo que los niños necesitan, pero exponiéndolos igualmente al contagio? En este caso, las gráficas parecen reflejar un aumento del riesgo algo menor, sobre todo en ESO y Bachillerato. Pero los autores aclaran que en esta modalidad semipresencial observaron una mayor adopción de medidas de mitigación. Y que, cuando se ajustan los resultados teniendo en cuenta este factor, «la escolaridad semipresencial no se asocia con un descenso del riesgo de padecer COVID-19 en comparación con la escolaridad presencial después de considerar las medidas de mitigación«.

Por suerte, no todo son malas noticias: «Las medidas de mitigación en los colegios se asocian con reducciones significativas del riesgo«, escriben los autores. En el estudio han reunido un total de 14 medidas adoptadas en las aulas: estudiantes con mascarilla, profesores con mascarilla, restringir la entrada a los centros, aumentar el espacio entre pupitres, no compartir materiales, crear burbujas de alumnos, menos niños por aula, chequeo diario de síntomas, un único profesor por grupo, suspender las actividades extraescolares, cerrar la cafetería, poner pantallas de plástico entre los pupitres, cerrar el patio y dar las clases en el exterior.

El resultado: las medidas que más se asocian con una reducción del riesgo son la mascarilla en los profesores –la más eficaz con diferencia–, seguida por el chequeo diario de síntomas y, en menor medida, la suspensión de las extraescolares y las burbujas de alumnos. El resto de las medidas tienen un impacto escaso o inapreciable. Hay una que curiosamente se asocia con un aumento claro del riesgo, y es instalar pantallas de plástico entre los pupitres.

Los autores pasan de puntillas por este último dato, probablemente porque cualquier explicación sería puramente especulativa. Pero aquí sí podemos especular: como recordábamos hace un par de días con respecto a los lugares cerrados y la ventilación, en interiores no hay distancia de seguridad; todas las personas están respirando el mismo aire, y el virus está en el aire. Si se colocan pantallas pensando que esto es suficiente y se olvidan otras medidas, no es raro que los contagios aumenten. Del mismo modo podría explicarse otro resultado del estudio: clausurar el patio también se corresponde con un aumento del riesgo, lo cual se entiende si esta medida encierra a los alumnos en el interior durante más tiempo e impide la ventilación de las aulas.

En resumen, concluyen los investigadores: «Encontramos apoyo a la idea de que la escolaridad presencial conlleva un aumento del riesgo de COVID-19 a los miembros del hogar; pero también evidencias de que medidas de mitigación comunes y de bajo coste pueden reducir este riesgo«.

Finalmente, y aunque el objetivo principal del estudio no era analizar el riesgo de contagio para los profesores, los datos han servido a los investigadores para apuntar un resultado más: los profesores que trabajan fuera de casa tienen un riesgo mayor de cóvid que los que trabajan en casa, lo cual no tiene nada de raro. Pero este riesgo es similar, no mayor, al de cualquier otro colectivo que trabaja fuera de casa en oficinas. Es decir: los resultados de este estudio no muestran un mayor riesgo en los profesores respecto a otros profesionales presenciales que justifique su vacunación prioritaria. La ciencia llega a veces demasiado tarde, pero llega.

Para terminar, los autores recuerdan que sus conclusiones están en línea con otros estudios previos. Es decir, no es la primera vez que la ciencia descubre una implicación de los colegios en la pandemia, a pesar de que los mensajes oficiales a menudo traten de ocultar o minimizar este hecho. Es cierto que el impacto de las escuelas en los contagios ha sido materia de discusión y que aún no es un asunto cerrado. Pero también que la única discusión que cuenta es la de los científicos expertos que hablan con estudios y datos sobre la mesa. Y que la actuación de las autoridades debería limitarse a seguir las recomendaciones científicas. Dado que este curso 2020-21 ya casi es historia, ¿se escuchará a la ciencia para el curso que viene?

Estas son las cuatro comunidades autónomas que figuran entre las 75 regiones del mundo con más contagios

A lo largo de esta pandemia el público se ha acostumbrado a oír hablar de la incidencia acumulada de casos de COVID-19 por 100.000 habitantes a 14 días, el indicador epidemiológico que habitualmente manejan las autoridades y los medios, y que nos da una idea de cómo evolucionan los contagios en nuestro país, nuestra comunidad autónoma o nuestra zona.

Pero no solamente la incidencia acumulada es un indicador volátil que olvida todo lo que ya hemos dejado atrás; sino que, además, así como en los medios están siempre presentes las comparaciones entre comunidades autónomas o zonas, en cambio suele pasarse por alto la confrontación de los datos de España y sus regiones con los de otros países… salvo cuando los datos de esos otros países son peores que los nuestros. ¿Alguien ha oído hablar de la pandemia en Taiwán, Singapur o Nueva Zelanda? Los países que lo han hecho bien no son noticia. Pero este sesgo de la información en los medios puede llevarnos a la idea errónea de que nuestro país tiene algo que enseñar a otros que en este preciso momento puedan estar en una situación peor que la nuestra.

Para echar la vista atrás y poner nuestras cifras en un contexto internacional, una fuente esencial es el panel de datos que la Universidad Johns Hopkins (JHU) mantiene desde el comienzo de la pandemia y que, entre otras cifras, recoge el número total de casos acumulados. El primer dato para no olvidar es que España es uno de los países que presentan peores cifras acumuladas a lo largo de la pandemia. Seguimos ocupando el noveno lugar del mundo en contagios totales, con 3.504.799, por debajo de EEUU, India, Brasil, Francia, Turquía, Rusia, Reino Unido e Italia (todos los datos de este artículo son los mostrados por el panel de la JHU con fecha 29 de abril).

El panel de la JHU recoge además las 75 regiones del mundo con más contagios totales. Esta lista incluye las unidades administrativas por debajo del estado nacional; por ejemplo, Inglaterra se considera una región, porque pertenece a Reino Unido. En esta categoría entran los estados de federaciones, como EEUU, India o Brasil, o las comunidades autónomas, en el caso de España.

En este penoso ránking también figuramos (tabla al pie de estos párrafos). Cuatro comunidades autónomas se encuentran entre las 75 regiones del mundo con más contagios: Madrid, Cataluña, Andalucía y Comunidad Valenciana. De ellas, la primera es, por supuesto, Madrid, que ocupa el número 38 del mundo. En Europa, solo Inglaterra, Lombardía (Italia) y Renania del Norte-Westfalia (Alemania) superan a Madrid en número de contagios. Cataluña ocupa el puesto 45, Andalucía el 49 y la Comunidad Valenciana el 74, ya en el límite de la tabla.

La Gran Vía de Madrid el pasado noviembre. Imagen de Víctor Lerena / Efe / 20Minutos.es.

La Gran Vía de Madrid el pasado noviembre. Imagen de Víctor Lerena / Efe / 20Minutos.es.

Pero evidentemente, este no es un reparto igualmente justo para todos, ya que Inglaterra tiene 56 millones de habitantes, más que toda España, y algunos estados de India superan el centenar de millones. Por ello es interesante poner estos datos en su contexto de población. Con este fin he añadido a los datos que ofrece la JHU la población de cada región (todos los datos tomados de la Wikipedia, aunque no todos tienen el mismo nivel de actualización; por ejemplo, los de India son de 2011), el porcentaje de población contagiada según el dato anterior, y el puesto que ocuparía cada región de las 75 en cuanto al porcentaje de población contagiada (entiéndase que este análisis se refiere solo a las 75 regiones con más contagios totales; por supuesto, puede haber otras fuera de las 75 que tengan un mayor porcentaje de población contagiada que algunas de estas).

Y atendiendo a este dato, las posiciones de las cuatro comunidades españolas son aún peores. Una vez más, Madrid se lleva la palma: con su 10% de población ya contagiada, ocupa el primer puesto de Europa y el 18 del mundo, solo por detrás de estados de Brasil, EEUU y el Distrito Capital de Colombia. Las otras tres comunidades también empeoran su ránking en porcentaje de población contagiada: la Comunidad Valenciana es la segunda de España, en el puesto 35 del mundo, seguida por Cataluña en el 38 y Andalucía en el 47.

Reflexionemos un poco sobre esto: con la catástrofe que está provocando la actual oleada de contagios en India, lo cierto es que el estado con más porcentaje de población contagiada en aquel país ocupa el puesto 55, por debajo de las cuatro comunidades españolas (sobre si las cifras indias son más o menos fiables que las nuestras, habría que preguntar a sus responsables).

Si habláramos de nivel de mortalidad, en esto pueden influir la calidad, la capacidad y la cobertura del sistema sanitario. Pero si hablamos solo del nivel de contagios, esta es una consecuencia directa de la gestión de las medidas contra la pandemia por parte del estado y las comunidades autónomas. Frente a la propaganda, datos. Si acaso, aún podremos decir que nuestro sistema sanitario todavía es mejor que el indio.

Región País Casos totales Población Casos/hab. (%) Puesto %
1  Maharashtra India 4.473.394 112.374.333 3,98 60
2  England United Kingdom 3.854.733 56.286.961 6,85 45
3  California US 3.738.327 39.538.223 9,45 24
4  Texas US 2.886.638 29.183.290 9,89 20
5  Sao Paulo Brazil 2.873.238 45.919.049 6,26 49
6  Florida US 2.222.546 21.570.527 10,3 14
7  New York US 2.040.448 20.215.751 10,09 16
8  Kerala India 1.495.377 34.630.192 4,32 55
9  Karnataka India 1.439.822 61.130.704 2,36 64
10  Minas Gerais Brazil 1.342.892 21.168.791 6,34 48
11  Illinois US 1.328.349 12.822.739 10,36 13
12  Uttar Pradesh India 1.182.848 199.812.341 0,59 74
13  Pennsylvania US 1.144.777 13.011.844 8,8 28
14  Tamil Nadu India 1.130.167 72.147.030 1,57 67
15  Delhi India 1.098.051 26.454.000 4,15 58
16  Georgia US 1.097.279 10.725.274 10,23 15
17  Moscow Russia 1.086.934 20.000.000 5,43 51
18  Andhra Pradesh India 1.069.544 49.386.799 2,17 65
19  Ohio US 1.068.985 11.808.848 9,05 27
20  New Jersey US 993.123 9.294.493 10,69 9
21  North Carolina US 965.536 10.453.948 9,24 25
22  Rio Grande do Sul Brazil 962.667 11.422.973 8,43 31
23  Parana Brazil 938.546 11.433.957 8,21 32
24  Michigan US 928.407 10.077.331 9,21 26
25  Bahia Brazil 893.276 14.930.634 5,98 50
26  Santa Catarina Brazil 881.152 7.164.788 12,3 1
27  Arizona US 860.772 7.158.923 12,02 4
28  Tennessee US 845.380 6.916.897 12,22 2
29  Lima Peru 819.444 11.209.103 7,31 40
30  Lombardia Italy 800.100 10.103.969 7,92 33
31  West Bengal India 793.552 91.347.736 0,87 71
32  Capital District Colombia 779.447 7.412.566 10,52 11
33  Rio de Janeiro Brazil 733.764 17.264.943 4,25 56
34  Nordrhein-Westfalen Germany 730.086 17.912.134 4,08 59
35  Indiana US 717.564 6.785.528 10,57 10
36  Chhattisgarh India 697.902 29.436.231 2,37 63
37  Massachusetts US 686.243 6.892.503 9,96 19
38  Madrid Spain 678.022 6.779.888 10 18
39  Ceara Brazil 664.449 9.132.078 7,28 41
40  Wisconsin US 658.696 5.893.718 11,18 7
41  Virginia US 656.055 8.654.542 7,58 37
42  Ciudad de Mexico Mexico 638.536 9.209.944 6,93 44
43  Missouri US 590.175 6.160.281 9,58 23
44  Bayern Germany 589.479 13.124.737 4,49 54
45  Catalonia Spain 580.682 7.780.479 7,46 38
46  South Carolina US 576.639 5.124.712 11,25 6
47  Minnesota US 572.025 5.709.752 10,02 17
48  Rajasthan India 563.577 68.548.437 0,82 72
49  Andalusia Spain 548.238 8.464.411 6,48 47
50  Goias Brazil 546.895 7.018.354 7,79 34
51  Gujarat India 538.845 60.439.692 0,89 70
52  Madhya Pradesh India 538.165 72.626.809 0,74 73
53  Alabama US 527.083 5.030.053 10,48 12
54  Colorado US 506.405 5.773.714 8,77 29
55  Metropolitana Chile 492.120 7.036.792 6,99 43
56  Para Brazil 466.894 8.602.865 5,43 51
57  Antioquia Colombia 464.286 6.407.102 7,25 42
58  Ontario Canada 463.770 14.755.211 3,14 62
59  Haryana India 460.198 25.353.081 1,82 66
60  Louisiana US 457.326 4.661.468 9,81 22
61  Oklahoma US 447.642 3.963.516 11,29 5
62  Maryland US 445.493 6.045.680 7,37 39
63  Kentucky US 442.618 4.509.342 9,82 21
64  Bihar India 441.375 104.099.452 0,42 75
65  Baden-Wurttemberg Germany 439.465 11.111.496 3,96 61
66  Espirito Santo Brazil 432.525 4.018.650 10,76 8
67  Odisha India 428.515 41.974.218 1,02 69
68  Telangana India 427.960 35.193.978 1,22 68
69  Saint Petersburg Russia 414.299 5.384.342 7,69 36
70  Veneto Italy 410.176 4.852.453 8,45 30
71  Pernambuco Brazil 402.157 9.616.121 4,18 57
72  Washington US 400.149 7.705.281 5,19 53
73  Utah US 396.522 3.271.616 12,12 3
74  C. Valenciana Spain 390.245 5.057.353 7,72 35
75  Campania Italy 387.908 5.679.759 6,83 46

(Datos de casos totales de JHU. Datos de población de Wikipedia).