Sobre mascarillas: por qué antes no, ahora sí, para qué sirven y en qué medida

Es natural que buena parte del público se sienta confuso ante las recomendaciones de las autoridades sobre el uso de mascarillas, que han dado un giro desde el inicio del brote del SARS-CoV-2 causante de la COVID-19: antes se aconsejaba a la población general no utilizarlas, ahora se recomienda usarlas en espacios cerrados, y en Madrid son obligatorias en el transporte público. A los bien intencionados les parecerá que esto es un sindiós, y tienen motivos para ello. Pero en realidad se entiende fácilmente, y espero con estos párrafos solventar sus dudas.

Primero, unas breves preguntas y respuestas:

¿Por qué antes no y ahora sí? ¿Es que se han equivocado?

Sí, se han equivocado.

¿Quién se ha equivocado?

Los científicos se han equivocado.

¿Se ha equivocado el gobierno?

Obviamente, sí, se ha equivocado el gobierno; se han equivocado todos los gobiernos que han seguido las recomendaciones científicas, dado que las recomendaciones científicas estaban equivocadas. Y todos los que hemos seguido dichas recomendaciones también nos hemos equivocado.

Pero ¿cómo, la ciencia no es infalible? ¿No lo sabe todo? ¿No nos están diciendo que confiemos en los científicos porque ellos tienen la sabiduría omnisciente, el conocimiento absoluto e inmanente de la única verdad?

No, no y no. Y mil veces no. La ciencia se equivoca. Continuamente. Y rectifica. Las que ni se equivocan ni rectifican son la política y la religión. Los videntes también aciertan siempre, o eso dicen después.

Y ¿en qué se han equivocado los científicos?

Esto nos lleva a la explicación larga. Pero se resume en dos palabras: transmisión asintomática.

Como ya conté aquí al comienzo de esta crisis, es necesario recalcar esto: las mascarillas que más protegen son las que llevan quienes ya están infectados. Protegen del contagio al resto de la población, ya que reducen la liberación al exterior de las gotitas expulsadas con la tos o el estornudo, así como la propagación del virus a través de las manos; estas son las principales vías de contagio. Pero ni siquiera en estos casos la protección es total (demos por supuesto la posible transmisión por los aerosoles de la respiración, aunque sigue siendo controvertida y probablemente muy minoritaria).

Esto ya se sabía antes de la presente pandemia. Como explicaré más abajo con estudios que ya he contado aquí antes y otros nuevos que han surgido a raíz de la covid, la protección que ofrecen las mascarillas contra el contagio a las personas no infectadas es solo parcial, relativa o escasa. Se sabía antes, y en esto nada ha cambiado. Es decir, las mascarillas no son una garantía contra el contagio, al menos mientras no vayan acompañadas por otras medidas como el distanciamiento social. Véase el siguiente ejemplo de lo contrario:

Imagen del acto de cierre del hospital de IFEMA el pasado 1 de mayo. Imagen de Naranjo / Efe / 20Minutos.es.

Imagen del acto de cierre del hospital de IFEMA el pasado 1 de mayo. Imagen de Naranjo / Efe / 20Minutos.es.

Y ahora, he aquí lo nuevo, la clave que ha cambiado las recomendaciones de los organismos sanitarios y de las autoridades que las siguen. Generalmente, en las infecciones víricas suele existir un grupo de contagiados asintomáticos, personas que contraen el virus pero no padecen la enfermedad. Ocurre incluso con la gripe. Pero suele tratarse de algo anecdótico. En las anteriores epidemias de otros virus este nunca ha sido un factor relevante, ya que, de existir este perfil, era extremadamente minoritario, y estas personas no solían transmitir la enfermedad a otras.

Por entonces, las autoridades que seguían las recomendaciones de los organismos sanitarios y de la comunidad científica canalizaban a sus ciudadanos el mensaje acorde a la ciencia del momento: el uso de mascarillas no era aconsejable para la población general, dado que los potenciales transmisores estarían bajo control, y de todos modos la mascarilla no es una protección eficaz para los no contagiados. Pero ya muchas personas las utilizaban por miedo, incluso cuando los expertos advertían de que su utilidad era escasa. Quienes hicieron acopio de ellas en aquel momento estaban privando de estos elementos a los más expuestos, el personal sanitario, para quien toda precaución es poca; sobre todo cuando trabajan cara a cara con pacientes que en muchas situaciones no llevan mascarilla.

Esto ha cambiado radicalmente con los nuevos descubrimientos sobre el virus de la covid. El 31 de enero se publicó en los medios el caso de una mujer china que al parecer había transmitido el virus a otros colegas de trabajo en Alemania sin padecer síntomas. La noticia encendió las alarmas en la comunidad científica, pero unos días después se pinchaba el globo: los autores del estudio no habían hablado personalmente con la mujer. Y resultó que esta sí padecía síntomas por entonces, pero no lo había contado a nadie.

La posible transmisión asintomática del virus quedó en suspenso, hasta que volvió a saltar con un nuevo estudio procedente de China publicado varias semanas después, el 21 de febrero. En este caso no parecía haber dudas, pero los autores se mostraban prudentes: “El mecanismo por el cual los portadores asintomáticos podrían adquirir y transmitir el coronavirus que causa la COVID-19 necesita más investigaciones”. Pero advertían: “Si los hallazgos descritos en este estudio de presunta transmisión por un portador asintomático se repiten en otros estudios, la prevención de la infección de COVID-19 puede resultar difícil”.

Las palabras de los investigadores chinos resultaron proféticas, porque, en efecto, los resultados se repitieron después en otros estudios. Pero como todo en la ciencia, ha sido un proceso lento y laborioso llegar a la firme conclusión de que no solo los portadores asintomáticos estaban transmitiendo el virus, sino que además representaban un enorme porcentaje de los contagiados, incluso una gran mayoría. La transmisión asintomática fue confirmándose a lo largo del mes de marzo. El análisis de los datos del crucero Diamond Princess fue un factor esencial para confirmar la existencia de una gran proporción de contagiados sanos, pero otra cuestión era establecer si podían transmitir el virus; incluso a comienzos de abril todavía se discutía hasta qué punto este podía ser un factor importante en la propagación de la epidemia.

Hoy ya nadie lo duda: de forma inesperada, al contrario de lo que ocurre con las gripes, estacionales y endémicas, con el ébola y con anteriores coronavirus como los del SARS y el MERS, la transmisión asintomática no solo existe en el virus de la covid, sino que ha sido la principal responsable de que la epidemia se convirtiera en pandemia. Como advirtieron los investigadores chinos, esto hizo que el virus circulara por el mundo de forma incontrolable, mientras las empresas de venta de escáneres de temperatura a distancia hacían su agosto explotando el miedo del público y el deseo de ver que se tomaban medidas como esa, que se ha revelado totalmente ineficaz (hay una avalancha de pruebas científicas sobre la inutilidad de los controles de temperatura: aquí, aquí, aquí, aquí, aquí… Hay quienes han llegado a llamarlo “política placebo”).

Dado que las investigaciones han descubierto que los contagiados sanos suponen una fracción importante del total, e incluso probablemente el grueso de quienes están propagando la infección, ahora se entiende quién debe llevar mascarilla: todo el mundo. Porque todos somos posibles focos de contagio y la mascarilla protege a los demás de nosotros, más que a nosotros de los demás.

En definitiva, cuando ahora las autoridades están diciéndole a usted que utilice una mascarilla, e incluso obligándole a ello, no es por su propia seguridad. El objetivo principal no es evitar que usted se contagie, sino evitar que usted, sin saber que lleva el virus, pueda contagiar a otras personas. Es una medida de salud pública, no de protección personal.

Así, las tornas han cambiado por completo: antes la responsabilidad social pedía prescindir de las mascarillas porque no eran una garantía de evitar el contagio y privábamos de ellas a quienes más las necesitaban; hoy la responsabilidad social pide llevar mascarilla para que no contagiemos a otros. Quienes ahora no utilizan mascarilla en lugares cerrados porque piensan que no tienen riesgo de enfermar gravemente, o quienes llevan mascarillas con válvula, que están diseñadas para filtrar el aire que tomamos pero NO el que exhalamos, deben saber que son un peligro de contagio para los demás, y que pueden ser la causa de la muerte de otras personas.

Lo anterior resume el mensaje esencial. A continuación, y ya para los más interesados en los entresijos de la cuestión, cuento lo que dicen los estudios respecto a la protección que ofrecen las mascarillas. En primer lugar, rescato lo que escribí aquí el 31 de enero, en tiempos en que aún no se conocía la transmisión asintomática del coronavirus, pero aquellos estudios siguen siendo válidos:

Por su parte, algunos ensayos clínicos en situaciones reales sugieren que en ciertos casos concretos el uso de las mascarillas puede ser ventajoso. En 2008, un estudio clínico dirigido por la experta en bioseguridad de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia) Raina MacIntyre descubrió una mayor protección frente al contagio de gripe dentro de una misma familia entre quienes utilizaban mascarillas que en el caso contrario, curiosamente sin encontrar diferencias significativas entre las quirúrgicas y las N95.

Otro estudio en 2009 encontró un contagio reducido cuando al uso de mascarillas se unía un frecuente lavado de manos, aunque los autores reconocían que el cumplimiento de las medidas por parte de los pacientes no fue estricto. Los resultados de otra investigación clínica dirigida también por MacIntyre concluyeron que las mascarillas podrían reducir el contagio dentro de una misma familia en los casos graves de pandemias, pero no pudo descartar que esta reducción se debiera no a la mascarilla en sí, sino al menor contacto de las manos con la cara.

Pero incluso teniendo en cuenta estos resultados positivos, la propia MacIntyre ha advertido de que también en ciertos casos el uso de mascarillas puede ser más perjudicial que no llevarlas. En 2019, un estudio dirigido por esta experta descubrió que “los patógenos respiratorios en la superficie exterior de las mascarillas médicas usadas pueden resultar en una autocontaminación”, en la línea de lo dicho antes sobre tocar el exterior de la mascarilla.

Ahora y a raíz de la pandemia del coronavirus, han surgido nuevos estudios y metaestudios (estudios que reúnen otros previos) sobre la eficacia de las mascarillas como elemento de protección frente al contagio. Obviamente, aún no pueden existir metaestudios específicos sobre el nuevo coronavirus, pero generalmente los estudios previos se refieren al virus de la gripe, de un tamaño similar.

El 3 de abril un estudio en Nature Medicine decía: “Nuestros resultados indican que las mascarillas quirúrgicas pueden reducir eficazmente la emisión de partículas del virus de la gripe al entorno en gotitas respiratorias, pero no en aerosoles”. Sí se observó reducción de coronavirus de resfriados en los aerosoles. En todos los casos se encontró que la expulsión de virus es baja tanto en gotitas como en aerosoles, y que el contagio suele requerir un contacto prolongado. Pero la mascarilla puede ayudar a que las personas infectadas no contagien su enfermedad a otras, como ya hemos dicho.

Un metaestudio internacional del 7 de abril dice: “Comparado con no usar mascarilla, no hubo ninguna reducción de casos de gripe con mascarillas en la población general ni en personal sanitario. No hubo diferencia entre mascarillas quirúrgicas y N95 [equivalente a FFP2]”. Los autores concluyen: “Hay pruebas insuficientes para ofrecer una recomendación sobre el uso de barreras faciales sin otras medidas. Encontramos pruebas insuficientes de diferencias entre mascarillas quirúrgicas y N95″. Lo cual, además de corroborar la poca eficacia de las mascarillas para la protección personal, se une a otro estudio citado más arriba para cuestionar seriamente la necesidad de comprar esas mascarillas más caras que nuestro cuñado dice que son mejores.

Por último, una revisión de estudios del 6 de abril, elaborada por científicos de la Universidad de East Anglia (Reino Unido), llega a las siguientes conclusiones: según los resultados de tres ensayos clínicos, “llevar mascarilla puede reducir muy ligeramente la posibilidad de desarrollar enfermedad respiratoria, en torno a un 6%”. En estudios observacionales en los que en un mismo hogar todas las personas que conviven llevan mascarilla, la posibilidad de contagio se reduce solo en un 19%. Los autores concluyen que probablemente el porcentaje real de protección que ofrecen las mascarillas en situaciones prácticas sea un valor intermedio entre el 6 y el 19%. O sea, en cualquier caso, no mucho.

Los mismos autores concluyen: “Llevar mascarilla puede proteger de forma muy ligera contra la infección primaria por un contacto comunitario casual, y puede proteger modestamente contra la infección en el hogar cuando tanto los infectados como los no infectados llevan mascarilla”. “Las pruebas no son suficientes para apoyar el uso extendido de las mascarillas como una medida de protección contra la COVID-19”.

En un artículo publicado en The Conversation, los autores de este estudio reconocen que todos estos datos pueden crear confusión entre el público, que ya no sabe si llevar mascarilla o no, de qué tipo ni cuándo o en qué lugares sí y en cuáles no. Y como resumen de todo ello, a la pregunta “¿qué debo hacer?”, responden: “El distanciamiento social y el frecuente lavado de manos continúan siendo la mejor manera de prevenir la propagación de virus entre las personas”.

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