Archivo de diciembre, 2019

Un deseo para 2020: salvar el clima con progreso, no con la vuelta a las cavernas

No es ningún secreto que el problema del cambio climático se ha visto largamente enturbiado por intereses ajenos a la ciencia. Del lado del negacionismo, es evidente que durante años los intereses económicos y sus ideologías políticas asociadas han tratado de negar la realidad mostrada por la ciencia.

Pero no todos los mensajes equívocos o engañosos sobre el cambio climático llegan del bando del negacionismo. También del lado del activismo existen grupos que se amparan en una supuesta defensa del consenso científico sobre el clima para promover ideas que, o bien no se ajustan a esa realidad científica, o bien simplemente responden a una agenda particular no científica. Entre las primeras, el caso típico es la exageración del impacto de la ganadería; entre las segundas, la que motiva estos párrafos y que paso a explicar más abajo.

Esta brecha entre ecologismo y ecología no es una novedad: no todos los grupos ambientalistas han reconocido y defendido en todo momento lo que la ciencia dice. Muchos de ellos hoy continúan empeñándose en negar la avalancha de pruebas acumuladas sobre la inocuidad de los cultivos transgénicos, y siguen resistiéndose también a admitir que la energía nuclear pueda tener cabida en un mix de producción energética más compatible con la salud del clima terrestre. Con todo, hay que decir también que son muchos los científicos ecólogos que militan y trabajan en organizaciones ecologistas, y que tratan de hacer penetrar la ciencia en un universo a menudo permeado por pseudociencias e ideologías contrarias al progreso.

Y dada esta infiltración de las ideologías en el discurso sobre el clima, no es raro que ciertos grupos hayan aprovechado la COP25 de Chile recientemente celebrada en Madrid para difundir toda clase de mensajes ajenos a la ciencia y ni siquiera relacionados lo más mínimo con el clima. Al fin y al cabo, las COP climáticas no son congresos científicos, sino foros de negociación política.

Pero en estos tiempos en que a la amenaza del problema en sí se suma la confusión causada por ciertos mensajes erróneos o interesados, es esencial no perder de vista el único faro que puede guiarnos a través de esta crisis climática: escuchar a los científicos. La tan amada como odiada Greta Thunberg ha hecho de ello su lema. Y solo por ello, con independencia de las críticas razonables, su discurso ya merece más consideración que otras voces a las que se les da un micrófono sin que se entienda muy bien qué pueden aportar.

Imagen de Dcpeopleandeventsof2017 / Wikipedia.

Imagen de Dcpeopleandeventsof2017 / Wikipedia.

Escuchar a los científicos no solamente es obligado por cuanto son ellos quienes tienen la herramienta para medir el estado del clima terrestre. Sino también porque son ellos quienes pueden aportar las mejores soluciones. El progreso científico y tecnológico nos ha traído las energías renovables y los sistemas de producción energética cada vez más limpios y eficientes. Ha conseguido que las emisiones directas de la ganadería se hayan reducido un 11,3% desde 1961, mientras que la producción de carne para consumo se ha duplicado con creces, según datos de la FAO para EEUU.

En contra de esta postura, hay quienes promueven acciones contra el cambio climático que quieren obligarnos a renunciar a los niveles de progreso y avance que la ciencia y la tecnología nos han proporcionado. Por ejemplo, y llego al ejemplo que quería traer aquí hoy: pretenden que dejemos de volar, o que nos avergoncemos y nos sintamos como criminales climáticos cuando lo hacemos.

Este movimiento anti-aviación está cobrando una fuerza preocupante. Existen plataformas organizadas y muy activas que perturban el funcionamiento normal de los aeropuertos, perjudicando a los sufridos viajeros, y que promueven ideas como la de freír a impuestos a la aviación comercial hasta que se convierta, como lo fue en sus orígenes, en un lujo solo accesible para los más pudientes. Y todo lo que fomenta la desigualdad es reaccionario y contrario al progreso.

Los activistas anti-aviación han manifestado que sus proclamas no van dirigidas contra quienes volamos una vez al año por vacaciones, sino contra quienes lo hacen regularmente y con mucha frecuencia por motivos de trabajo. Pero si se les supone la buena fe de quien no pretende engañar a los que les escuchan, entonces no queda más remedio que atribuirles la torpeza de quien se engaña a sí mismo: si alguien como un servidor puede coger un vuelo en sus vacaciones a un precio que un escritor y periodista pueda pagar, es gracias a que muchos otros vuelan mucho, sosteniendo una alta oferta que abarata los pasajes, obligando a las aerolíneas a competir. Reducir la oferta de vuelos y aumentar los impuestos nos devolverá a la época en que volar era el privilegio de unos pocos.

No es discutible que el transporte aéreo es uno de los grandes emisores de gases de efecto invernadero (GEI) responsables del cambio climático. Pero menos de lo que algunos creen. Pongamos las cifras en claro: los aviones generan el 2,4% de las emisiones globales de GEI, una cifra que crecerá en las próximas décadas incluso por encima de las previsiones de la ONU, según un estudio reciente. Pero que sigue siendo menor que las emisiones de otras fuentes, incluso algunas que han pasado ignoradas: como conté ayer, las emisiones debidas a las tecnologías digitales sumarán en 2020 el 3,5% del total global.

Que esta idea cale bien:

(Pausa valorativa)

El sector global de la aviación emite menos GEI que las tecnologías digitales, cuya mayor fuente de emisiones son los teléfonos móviles.

Así que, obviamente, es de suponer que quienes pretenden bloquear los aeropuertos antes habrán renunciado al uso del teléfono móvil, sobre todo teniendo en cuenta que para 2040 las tecnologías digitales crecerán hasta copar el 14% de las emisiones globales.

El avión es uno de los grandes inventos de la historia de la humanidad. Nos ha abierto la grandeza del mundo de un modo que nuestros ancestros no podían ni soñar. Somos afortunados de vivir en esta época y poder disfrutar de este nivel de progreso. Y algunos no estamos dispuestos a que nos cierren el mundo para devolvernos a otros tiempos ya superados, a la reclusión en la caverna de la tribu, la pequeñez y la ignorancia.

Pero no, del mismo modo que la solución contra las emisiones de las tecnologías digitales no es volver al tamtam y las señales de humo, tampoco la solución contra las emisiones de la aviación es regresar a las cuádrigas. La respuesta está, una vez más, en la ciencia y la tecnología, que trabajan para mejorar la eficiencia energética y reducir la huella ambiental. Los últimos modelos de aviones han mejorado la eficiencia en un 15% respecto a las versiones anteriores; una aeronave actual emite un 80% menos de CO2 que los primeros reactores de pasajeros. Científicos e ingenieros continúan trabajando en el diseño de nuevos aviones menos contaminantes. Hoy más que nunca, seguimos necesitando más ciencia y más tecnología.

Un nuevo modelo de avión más eficiente, en desarrollo por la aerolínea holandesa KLM. Imagen de KLM.

Un nuevo modelo de avión más eficiente, en desarrollo por la aerolínea holandesa KLM. Imagen de KLM.

En resumen, y frente a los nostálgicos que anhelan devolvernos a las cavernas, a ponernos plumas en la cabeza y a ofrecer sacrificios a los dioses que viven en los árboles del bosque sagrado, aquí hay uno, como muchos otros en muchos otros lugares, que cree firmemente en más ciencia, más tecnología, más innovación y más progreso como pilares de la lucha contra el cambio climático. La barbarie, el temor y la ignorancia no nos han llevado a ninguna parte. Ha sido la audacia del ingenio humano la que nos ha sacado de muchas antes, y la única que puede sacarnos también de esta.

Los móviles, la amenaza creciente para el clima de la que nadie habla

Nunca se ha visto en nuestro país tal volumen de información sobre el cambio climático como durante la pasada COP25 de Chile celebrada en Madrid. Y es bueno que fuera así, dado que en nuestra época nos ha tocado enfrentarnos con un problema tan urgente que ya no es posible pasar la pelota a las generaciones venideras, como llevaba demasiado tiempo haciéndose.

Sin embargo, no todas las informaciones publicadas durante esos días estaban bien enfocadas. Se insistió demasiado en temas como la contaminación plástica, la reforestación o las medidas personales que cada uno puede adoptar desde su pequeña parcela. Pero como ya he contado aquí y según los estudios científicos, ni la contaminación plástica tiene mucho que ver con el cambio climático, ni la reforestación o las conductas personales pueden aportar gran cosa en la lucha contra el cambio climático.

Por supuesto que todo esfuerzo es bueno para promover e inculcar modos de vida más compatibles con la salud de la biosfera. Pero la regla de oro que nunca debe perderse de vista en la lucha contra el cambio climático es escuchar a los científicos, como repite la activista Greta Thunberg. Y los científicos dicen que el cambio climático y la contaminación plástica son dos problemas diferentes, pero el que nos está llevando hoy al desastre es el primero, por lo que incluso expertos en conservación y biología marina están recomendando aligerar el tono del discurso sobre la contaminación plástica para no distraer del objetivo más urgente (y para que se comprenda que las medidas pregonadas por ciertas industrias de cara a la reducción del plástico en realidad no tienen efecto sobre el cambio climático).

Durante la COP25 se insistió también en las principales fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Tampoco siempre con el foco bien puesto: el transporte, la industria y la producción de energía son los mayores contribuyentes de emisiones, pero no tanto la ganadería, cuyos efectos se han exagerado.

A un nivel actual casi similar al de la ganadería, pero en peligroso crecimiento, existe una importante fuente de emisiones de la que nadie habla, a pesar de que los científicos, a quienes se debe escuchar, nos están advirtiendo. Para adivinar cuál es no hay más que mirar a nuestro alrededor en cualquier lugar en el que nos encontremos: ¿qué es aquello que todos utilizamos, sin lo cual parece que ya no podemos vivir, cuyo uso no hace sino crecer, y que requiere una demanda de energía constante e intensa?

Evidentemente, el título de más arriba es un puro spoiler. La respuesta: el teléfono móvil. Y de forma más general, el universo digital, las tecnologías de la información y las comunicaciones.

 

Imagen de rawpixel.com.

Imagen de rawpixel.com.

Los móviles no tienen chimenea. Pero pensar que por ello no están contribuyendo a agravar el cambio climático es autoengañarse, porque sí las tienen las industrias responsables de los propios dispositivos y de su funcionamiento: las que extraen las materias primas, las que los fabrican, las centrales energéticas que cargan nuestros aparatos y mantienen operativas todas las infraestructuras, redes y centros de datos. Y cuando cada vez son más los usuarios de las tecnologías digitales, y cuando la industria seduce a los consumidores con un chorreo constante de nuevos modelos para que desechen su viejo móvil cada dos años, los científicos están alertando de que el problema va a crecer de forma alarmante en las próximas décadas.

El problema no ha sorprendido de repente a los científicos. De hecho, hace ya años que se publican estudios valorando el impacto de estas tecnologías sobre el clima. Como ejemplo, en 2011 un estudio europeo ya analizaba la huella global de carbono de las comunicaciones móviles. Los autores estimaban, solo para la telefonía móvil, unas emisiones de 86 millones de toneladas equivalentes de CO2 en 2007 (MtCO2e), y pronosticaban un aumento del triple para 2020, hasta 235 MtCO2e.

Para comprender el significado de las cifras, hay que ponerlas en perspectiva. Traduzcámoslo a vuelos de avión, y tomemos como ejemplo el cálculo publicado por la revista de la BBC Science Focus: un Boeing 747, en un vuelo de Londres a Edimburgo (530 kilómetros), produce unas 33 toneladas de CO2. Así que, de acuerdo al estudio mencionado, las emisiones debidas a la telefonía móvil previstas para 2020 en todo el mundo equivalen a más de 7 millones de vuelos; o, también según los cálculos de Science Focus, a casi 2.400 millones de viajes en coche desde Londres a Edimburgo.

En 2018, un estudio de la Universidad McMaster de Canadá estimaba que, en el 2020 que estamos a punto de estrenar, las tecnologías digitales serán responsables del 3,5% de las emisiones globales antropogénicas de GEI –como comparación, las emisiones directas de la ganadería suponen un 5%, según la FAO–, y que para 2040 crecerán hasta representar el 14%, la mitad de toda la contribución actual del sector global del transporte.

El estudio apunta que el principal causante de estas emisiones de las tecnologías digitales son los teléfonos móviles, muy por encima de los ordenadores de sobremesa, portátiles y pantallas. Las emisiones debidas a los móviles estimadas para 2020 se cifran en 125 MtCO2e, una cifra menor que la prevista por el estudio de 2011, pero que todavía equivale a casi 3.800.000 vuelos nacionales de un Jumbo.

Una gran parte de este peso medioambiental de los teléfonos móviles recae en esa desenfrenada carrera por cambiar de dispositivo cada dos años. Según el estudio de McMaster, el 85% de las emisiones debidas a los móviles se producen en la fabricación; la producción de un teléfono nuevo emite tantos GEI como diez años de uso. Un reciente estudio de la Oficina Medioambiental Europea calculaba que prolongar la vida útil de los smartphones durante un solo año ahorraría tantas emisiones como retirar dos millones de coches de las carreteras cada año, y que cada terminal debería utilizarse durante más de dos siglos para compensar las emisiones generadas en su fabricación.

Pero esto no implica que todo se arregle con conservar cada terminal durante más tiempo, dado que su uso también tiene un alto coste ambiental. Según calculaba el investigador experto en GEI y huella de carbono Mike Berners-Lee –hermano del creador de la World Wide Web– en su libro How Bad are Bananas? The Carbon Footprint of Everything, usar un móvil durante dos minutos al día produce al año 47 kilos de CO2, o 1,25 toneladas si se utiliza una hora al día; calculen para un uso más habitual de varias horas al día. Según el estudio canadiense, en 2020 las redes y centros de datos que nos permitirán llamar, whatsappear, tuitear e instagramear generarán 764 MtCO2e, el equivalente a más de 23 millones de vuelos nacionales de un Jumbo, o más de 7.700 millones de viajes en coche.

Con todos estos datos, se entiende que el problema no es menor y que no puede seguir ignorándose. Pero para algunos, la primera pregunta que les asaltará será precisamente esa: ¿por qué lo ignoraba? ¿Por qué nadie me ha contado esto?

Bueno, dado que los científicos sí están hablando de esto, la pregunta habría que trasladársela a quienes no están hablando de esto. Cuesta pensar en un sector con influencia pública al que hoy pueda interesarle recomendar un menor uso de los móviles y la tecnología, ya que la tendencia es precisamente la contraria. Y en cuanto a los grupos activistas, ¿qué sería hoy de cualquier activismo sin el inmenso poder de difusión, coordinación y convocatoria de los teléfonos móviles y las redes sociales?

Claro que, si estamos de acuerdo en que la respuesta a todo lo anterior no debería ser apagar los móviles, ni convertirlos de nuevo, como lo fueron en su día, en un lujo solo para los más pudientes, ¿no parece lógico aplicar el mismo criterio a otras fuentes emisoras de GEI? Mañana, más sobre esto.

Los estudios ultraprocesados pueden dañar la salud informativa

Si yo les dijera aquí que una causa de mortalidad concreta duplicó su número de víctimas en todo el mundo en solo un año, de modo que en 2015 hubo un 100% más de muertes por ese motivo que el año anterior, ¿se sentirían alarmados? ¿Necesitarían con urgencia conocer cuál es esa amenaza mortal emergente y qué pueden hacer para prevenirla?

Pues si la respuesta es sí, aquí están los datos: en 2015 murieron en todo el mundo 6 personas por ataques de tiburón. Justo el doble que el año anterior.

Claro que, así contado, se entiende de otra manera. Y no es por el hecho de que los ataques de tiburón sean infrecuentes porque solo son un riesgo en aguas tropicales, como erróneamente se cree a veces. De hecho, el responsable del mayor número de ataques no provocados, el archifamoso y temido tiburón blanco, es un merodeador habitual de nuestras costas; el mayor ejemplar jamás descrito en los papeles científicos –aunque su longitud real se ha cuestionado– se capturó en aguas de Mallorca.

No, no es que los tiburones sean inofensivos (aunque, por desgracia, sí cada vez más escasos). Pero con los datos reales en la mano, y dado que raro es quien no se da algún chapuzón en el mar a lo largo del año, se comprende rápidamente que el riesgo real de morir entre los dientes de un escualo es ínfimo. Por eso son precisamente los científicos que estudian los tiburones quienes se encargan de recoger y divulgar estas estadísticas, para mostrarnos que los selfis matan a más gente que los tiburones, y para tratar de borrar de nuestras mentes ese –de acuerdo a los datos– injustificado temor a estos animales.

El mensaje de lo anterior es que una cosa son los datos y, otra, la manera de interpretarlos y presentarlos. Lo segundo, más que lo primero, es lo que tiene el poder de crear en el público un efecto profundo y duradero. Y estas interpretaciones y presentaciones pueden venir revestidas de intereses por quien los interpreta y presenta.

Vayamos ahora a otro ejemplo que nos acerca más al objetivo de hoy. Recordarán que hace cuatro años la Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó una bomba que abrió periódicos y titulares. El titular-resumen con el que el público se quedó fue este: comer carne roja o carne procesada provoca cáncer.

Turrones. Imagen de Lablascovegmenu / Flickr / CC.

Turrones. Imagen de Lablascovegmenu / Flickr / CC.

Entonces ya expliqué aquí que, con todo el respeto que pueda merecer la OMS, la manera de interpretar y presentar aquellos datos a los medios y al público fue más propia de un Cuarto Milenio que de un organismo con el respeto que pueda merecer la OMS. Que aquella afirmación destacada en la nota de prensa de que “los expertos concluyeron que cada porción de 50 gramos de carne procesada consumida diariamente aumenta el riesgo de cáncer colorrectal en un 18%” creaba un alarmismo completamente injustificado al arrinconar la letra pequeña de que “para un individuo, el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal por su consumo de carne procesada sigue siendo pequeño”. El año pasado, y volviendo sobre el tema, conté también aquí lo que suponía este riesgo. Cito de entonces:

Pongámoslo en números para que se entienda mejor; números que publicaron varias entidades de lucha contra el cáncer y que transmitían un mensaje infinitamente más claro que la inmensamente torpe nota de prensa de la OMS: según la Sociedad contra el Cáncer de EEUU, el riesgo de una persona cualquiera de sufrir cáncer de colon es del 5%; si come carne, el riesgo aumenta a menos del 6%. Por su parte, la Unión Internacional de Control del Cáncer comparó las cifras con las del tabaco: fumar multiplica el riesgo de cáncer por 20, o lo aumenta en un 1.900%; comer carne multiplica el riesgo de cáncer por 1,18, o lo aumenta en un 18%. Creo que estas cifras dan una idea bastante clara de la magnitud del problemón que supone comer carne.

En resumen: cuando un riesgo absoluto es ínfimo, un aumento porcentual grande de un riesgo ínfimo continúa representando un riesgo ínfimo en términos absolutos, pero presentar y destacar solo el aumento relativo del riesgo crea la falsa impresión de que estamos en peligro mortal. Ante las acusaciones de alarmismo que le llegaron a la OMS, este venerable organismo se defendió acusando a los medios de “quedarse solo con el titular”. Y mira tú, esto sí es original: matar al mensajero. No se le había ocurrido a nadie.

Y así llegamos finalmente al ejemplo concreto que quería traer hoy aquí, muy relacionado con el anterior y con las fechas de polvorones, turrones y mazapanes en las que entramos hoy de lleno. Hace unos días, la revista JAMA Internal Medicine publicó un amplio estudio clínico observacional franco-brasileño que vinculaba el consumo de lo que ahora se llama alimentos ultraprocesados (UPF, en inglés) con el riesgo de desarrollar diabetes de tipo 2. “Una mayor proporción de UPF en la dieta se asocia con un mayor riesgo de diabetes de tipo 2”, concluían los investigadores, subrayando que sus resultados “aportan pruebas para apoyar los esfuerzos de las autoridades de salud pública de recomendar una limitación en el consumo de UPF”.

Una noticia publicada por Reuters a propósito del trabajo mencionaba algunos datos bajo una introducción que no dejaba ninguna duda sobre la tesis del artículo: “Consumir muchos de estos alimentos se ha vinculado largamente a un aumento del riesgo en una amplia variedad de problemas de salud, incluyendo enfermedades del corazón, hipertensión, colesterol elevado, obesidad y ciertos cánceres”.

Es decir, algo así como informar sobre las estadísticas de ataques de tiburón que mencionaba más arriba y comenzar el artículo explicando que, como bien se sabe, estos terribles animales, con su feroz impulso depredador y sus poderosos mordiscos de dientes afilados como cuchillas, han provocado largamente infinidad de muertes entre los humanos. Lo cual es innegablemente cierto. De hecho, más demostradamente cierto que lo anterior.

En Twitter, el científico y divulgador Guillermo Peris se encargó de explicar someramente los datos. La diferencia entre los 166 casos de diabetes en el grupo de más ultraprocesados contra los 113 en el grupo de menos ultraprocesados, un 47% más, puede parecer alarmante si se presenta solo el aumento relativo. Pero cuando se considera el riesgo absoluto de padecer la enfermedad en el contexto de la población total de 100.000 personas, el aumento de enfermos en el grupo de más ultraprocesados es del 0,053%. El riesgo es bajo, y aunque el aumento es estadísticamente significativo con un mayor consumo de alimentos ultraprocesados, el efecto es pequeño.

Esta diferencia entre el tamaño de un efecto y su significación estadística es la que a menudo queda oscurecida y deformada cuando se ultraprocesan los estudios a través de los medios para presentarlos al público. Lo cierto es que todos los datos son necesarios para ver la realidad con los dos ojos, en todo su esplendor estereoscópico y tridimensional. El problema es que los estudios científicos deben presentar los datos crudos limitando el procesamiento a lo estrictamente necesario, mientras que el público necesita alimentarse de informaciones ultraprocesadas. Y este ultraprocesamiento, que a menudo no se regala, sino que se vende, puede dañar la salud informativa.

La primera médica de la historia no era quien creíamos: adiós, Merit Ptah; hola, Peseshet

Durante décadas ha existido un nombre que ha coronado con honor todas las listas de las científicas históricas: Merit Ptah, la mujer egipcia que supuestamente vivió en torno al año 2700 a. C., que fue madre de un sumo sacerdote, pero cuyos méritos estaban muy por encima de “ser madre de”: las referencias a ella como jefa o supervisora de médicos la han situado como la primera mujer con nombre conocido en el campo de las ciencias y quizá incluso el primer ser humano versado en estos conocimientos, ya que su antigüedad iguala la de Imhotep, arquitecto de la pirámide escalonada de Djoser, en Saqqara, y que suele pasar como el primer nombre propio de –lo que hoy llamamos– ciencia.

Pues bien, parece que no fue así. Y si hoy vengo aquí a rectificar esta historia, a raíz de lo revelado por un reciente estudio, es porque yo mismo he incluido anteriormente a Merit Ptah en una de esas listas de pioneras que a partir de ahora quedará en internet como información errónea. Es lo que tiene el avance de la investigación.

Esto es lo que publiqué en 2016 en mi lista de pioneras de la ciencia en BBVA OpenMind:

Varias referencias citan a la médica egipcia Merit Ptah como la primera mujer científica de cuyo nombre existe registro. Habría vivido en torno al año 2.700 a. C., lo que la situaría en la Dinastía II, en el Período Arcaico del Antiguo Egipto. Sin embargo, las referencias son confusas: algunas hablan de una presunta inscripción en una tumba del Valle de los Reyes, lo cual es un anacronismo, ya que este lugar no comenzó a utilizarse como necrópolis hasta el siglo XVI a. C., unos 1.200 años después. Es más plausible otra versión que la sitúa en la necrópolis de Saqqara, cercana a la antigua Menfis y que sí sirvió como lugar de enterramiento desde la Dinastía I.

Merit Ptah no era una excepción en su época; las mujeres practicaban la medicina en el antiguo Egipto, muchas de ellas en la especialidad de obstetricia. Tal vez el nombre de Merit Ptah se conservó porque su hijo fue sumo sacerdote y dejó referencia escrita a ella como “jefa de médicos”. Por las fechas, Merit Ptah rivaliza en antigüedad con Imhotep, el polímata que diseñó la pirámide escalonada de Saqqara y al que a menudo se considera el primer científico con nombre conocido. Este título símbólico podría reclamarse para Merit Ptah, cuyo nombre hoy designa un cráter de impacto en Venus.

Merit Ptah y su esposo Ramose, en la tumba TT55 del Valle de los Reyes. Imagen de Stzeman / Wikipedia.

Merit Ptah y su esposo Ramose, en la tumba TT55 del Valle de los Reyes. Imagen de Stzeman / Wikipedia.

En mi defensa, señoría, ya citaba entonces las inconsistencias en los datos de la versión manejada por las fuentes; fuentes a las que enlazaba y que, como siempre en este blog, son publicaciones científicas y académicas. Pero incluso las publicaciones científicas y académicas pueden verse aquejadas de ese mal de replicar informaciones previas que en realidad son erróneas. Y durante décadas, nadie puso en duda el origen de todas ellas. Pero, en realidad, ¿cuál era ese origen?

Este es el trabajo detectivesco que ha emprendido Jakub Kwiecinski, médico e historiador de la medicina de la Universidad de Colorado. Buceando en las referencias históricas, Kwiecinski encontró la primera mención a la historia de Merit Ptah en un libro publicado en 1938 por su colega la canadiense Kate Campbell Hurd-Mead, que fue también una destacada activista en el feminismo de su época.

Sin embargo, algo del trabajo de Hurd-Mead ya estaba bajo sospecha: a lo largo de los años, otros autores ya habían mostrado que algunos de los personajes glosados en su libro sobre las mujeres médicas de la historia eran controvertidos o en realidad jamás existieron.

Cuando Kwiecinski indagó en la información sobre Merit-Ptah publicada por Hurd-Mead, hizo notar el anacronismo de situar la inscripción relativa a aquella mujer en una tumba del Valle de los Reyes, ya que no sería hasta más de un milenio después cuando comenzó a utilizarse aquel lugar para los enterramientos. El investigador rastreó entonces todas las listas conocidas de sanadores del Imperio Antiguo de Egipto, así como los registros de mujeres administradoras de aquella época de las que existe constancia. Merit Ptah no aparecía en ninguna de ellas.

Pero curiosamente, sí existió una mujer cuya descripción coincide con la de Merit Ptah: en una falsa puerta de una tumba del Imperio Antiguo, descubierta en Giza unos años antes de cuando Hurd-Mead escribió su libro, se encontró una referencia a una mujer llamada Peseshet, madre del sumo sacerdote que presuntamente ocupaba la tumba. Y Peseshet aparecía allí descrita como “supervisora de mujeres sanadoras”. Sin embargo, aquella mujer vivió algo más tarde, en torno al 2400 a.C. Según Kwiecinski, la biblioteca personal de Hurd-Mead albergaba un libro que mencionaba aquel descubrimiento, aunque sin detallar el nombre de la mujer.

Y ¿qué hay de Merit Ptah? Este nombre se empleó en el antiguo Egipto, y de hecho así se llamaba la madre de otro sumo sacerdote, esposa de Ramose, un alto dignatario de Amenhotep III y Akenatón, mencionada en una inscripción en la tumba de su hijo, en el Valle de los Reyes, y que vivió en torno al 1350 a.C. Pero sin ningún indicio de que practicara la medicina de su época.

Así, concluye Kwiecinski en su estudio, publicado en Journal of the History of Medicine and Allied Sciences, Hurd-Mead hizo un extraño batiburrillo con los datos de estas dos mujeres. “Desafortunadamente, Hurd-Mead en su propio libro confundió accidentalmente el nombre de la antigua sanadora, la fecha en la que vivió y la ubicación de la tumba”, dice el investigador. “Y así, de un caso mal entendido de una auténtica sanadora egipcia, Peseshet, nació en tiempo más temprano la primera mujer médica, Merit Ptah”. Debe quedar claro que Kwiecinski no ha descubierto ni redescubierto a Peseshet, sino que ha atado los cabos para revelar que era de ella de quien partía la falsa historia de Merit Ptah.

Con todo, el historiador destaca cómo la historia de Merit Ptah ha sido “un símbolo muy real de la lucha feminista del siglo XX por traer a las mujeres de vuelta a los libros de historia, y por abrir la medicina y la STEM a las mujeres”. Pero advierte: casos como el de Merit Ptah, que podríamos asimilar a un ejemplo temprano de fake news, ocurren cuando a la ciencia se superponen factores ideológicos con su carga emocional. Nadie había puesto en duda la historia porque era deseable creerla. Y cuando la ideología se pone por delante del rigor, incluso cuando esa ideología es digna de apoyo, la ciencia desaparece.

A todo lo que menciona Kwiecinski hay que añadir además otro factor: más allá del efecto eco de internet, lo cierto es que incluso los académicos dieron por hecha la existencia de Merit Ptah. Como suelo escribir aquí, solo los estudios científicos son científicos; a un libro o un informe de un organismo, ya sea público o privado, por muy Naciones Unidas o Greenpeace que sea, no se le puede dar la misma validez que a un estudio científico, ya que no ha superado un filtro de revisión por pares. El problema surge cuando los académicos recogen el dato de Merit Ptah que ya circulaba previamente y lo incluyen en sus estudios; estos dan entonces a dicho dato un barniz de autenticidad, incluso si es falso, porque nadie realmente se ha preocupado de comprobar la veracidad de la fuente original.

Y por supuesto, quien dice libros o informes, dice blogs. Como este. Por eso les animo a que no crean lo que cuento aquí sin más, y que pinchen en los enlaces que siempre incluyo en estas páginas y que conducen a las fuentes originales, que esas sí son estudios científicos. Desconfíen siempre de quien quiera contárselo, pero no quiera llevarles a que lo vean con sus propios ojos.

Ojo con la distracción: plantar árboles no va a arreglar el clima

El pasado julio, un estudio en la revista Science dirigido por el Instituto Federal de Tecnología de Suiza en Zurich (ETH) calculaba que la biosfera actual podría soportar un aumento de más del 25% en superficie de bosques, respetando las áreas urbanas y las dedicadas a producción de alimentos, y que este incremento de la masa forestal podría absorber un 25% del carbono presente en la atmósfera, contrarrestando una gran parte del exceso de emisiones vertidas a la atmósfera durante la era industrial. “Nuestros resultados subrayan la oportunidad de mitigar el cambio climático mediante la restauración global de árboles, pero también la necesidad de acciones urgentes”, escribían Jean-François Bastin y sus colaboradores.

El estudio rebotó de un rincón a otro de la internet mediática. National Geographic titulaba: “¿Cómo borrar cien años de emisiones de carbono? Plantar árboles –montones de ellos”. Pero mientras, otros científicos arrugaban el ceño. Poco después, Science recibía varias cartas firmadas por distintos grupos de investigadores que respondían al estudio del ETH, cuestionando sus resultados.

“Creemos que esta conclusión es errónea a causa de una mala interpretación de los autores tanto del potencial de almacenamiento de carbono como de la respuesta del ciclo global de carbono a las emisiones antropogénicas”, escribían Pierre Friedlingstein y sus colaboradores. “La proclama de que la restauración global de árboles es nuestra solución más eficaz contra el cambio climático es simplemente incorrecta científicamente y peligrosamente engañosa”. Otros grupos de investigadores se manifestaban de forma similar.

También en las redes sociales, otros expertos criticaban el estudio: en Twitter el director de investigación del Centro de Investigación Internacional del Clima en Noruega, Glen Peters, escribía: “Podría llevar cientos de años añadir suficientes bosques maduros para eliminar lo que emitiremos en 20 años al ritmo actual de 40 gigatoneladas de CO2 al año”.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Los científicos que rebatían el estudio encabezado por Bastin argumentaban distintas razones. Entre las más importantes, que los autores del análisis original habían asumido incorrectamente que solo los árboles secuestran carbono y que el suelo carece de esta capacidad; pero, según apuntaban Joseph Veldman y sus colaboradores, el 86% del carbono almacenado en las sabanas tropicales y el 64% del capturado en los bosques boreales no está en los árboles, sino en el suelo.

Aún más llamativo: en ciertas zonas del planeta, dicen los expertos, plantar árboles no haría sino aumentar el CO2 vertido a la atmósfera. Este es el caso de las tundras heladas del norte donde existe una capa de suelo congelado, el permafrost. Este sustrato mantiene capturada una enorme cantidad de carbono. Cuando se descongela, los microbios presentes en el suelo comienzan a descomponer la materia orgánica, liberando metano y CO2 a la atmósfera. En estos lugares, plantar árboles calentaría el suelo y derretiría el permafrost, por lo que no haría sino agravar el problema.

Este es uno de los argumentos que llevó a dos científicos rusos, Sergey Zimov y su hijo Nikita, a crear el Parque del Pleistoceno, una reserva natural en Siberia en la que están restaurando el ecosistema de praderas de tundra que se cubrió de árboles cuando los grandes mamíferos herbívoros desaparecieron de allí. Los Zimov aspiran a añadir a su ecosistema una especie ya extinguida, el mamut. Si los actuales proyectos de crear un mamufante llegan a algún resultado, estos animales podrían contribuir a ese aclaramiento de las praderas árticas para mantener el permafrost.

Naturalmente, el proyecto de los Zimov tampoco va a arreglar el desastre climático, ni ellos aspiran a tal cosa. Es solo una muestra más de que los árboles no son la solución. Nadie duda de que la Tierra puede albergar más bosques ni de que esto puede brindar beneficios, ni de que, sobre todo, es esencial conservar los que aún tenemos. Los bosques, en especial los tropicales, cobijan una gran parte de la biodiversidad terrestre; y según el concepto de límites planetarios introducido en 2009, y que ofrece una serie de indicadores del estado de distintas amenazas medioambientales, la pérdida de biodiversidad es ya el que más ha traspasado con diferencia los límites seguros.

Pero cuando ciertas líneas aéreas han anunciado su propósito de contrarrestar sus emisiones plantando árboles; cuando recientemente grandes nombres como el emprendedor en serie Elon Musk o el CEO de Twitter, Jack Dorsey, han donado abultadas cantidades a la campaña #TeamTrees, promovida por un youtuber y que pretende plantar 20 millones de árboles desde el próximo 1 de enero; cuando la web de #TeamTrees afirma que “la restauración de bosques tiene el mayor potencial global de mitigación climática en comparación con todas las restantes soluciones naturales”, basándose en un estudio de 2017

Cuando ocurre todo esto, el principal efecto es que estos nombres y compañías consiguen visibilidad y vestir su imagen de verde. Pero en esta pequeña serie de artículos que vengo publicando aquí con motivo de la COP25 celebrada en Madrid, he tratado de destacar no lo que los expertos dicen que debe hacerse para mitigar el cambio climático, algo que ya está suficientemente claro, sino las distracciones: todo aquello que desde distintas fuentes externas al ámbito científico se está vendiendo al público, en muchos casos con la colaboración de los medios, como soluciones al cambio climático, y que según los expertos no lo son. Y cuanto mayores son las distracciones, más fuertes deben ser las voces para amplificar el mensaje de los científicos.

Por eso conviene aclarar que la afirmación de #TeamTrees puede ser equívoca, ya que las “restantes soluciones naturales” con las que aquel trabajo comparaba la reforestación eran cosas como restaurar las costas, mejorar las plantaciones de arroz o atajar los incendios. Es decir, algo así como defender que el ajo tiene el mayor potencial de mitigación de la septicemia en comparación con todos los restantes tratamientos naturales, siendo estos las flores de Bach, el reiki, la manipulación de los chakras o convencerse uno mismo de que en realidad no está enfermo, sino que son sus emociones.

Reducir el plástico, reciclar, usar coches eléctricos, comer menos carne o plantar árboles son todas ellas buenas medidas, pero ninguna de ellas ni todas en conjunto van a arreglar el clima. Los expertos no ponen en cuestión que deba potenciarse la capacidad de los ecosistemas de absorber carbono mediante una mejor gestión del uso de las tierras, y de hecho el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU ha insistido recientemente en esto.

Pero como decía alguien: “Sí, por supuesto que necesitamos plantar tantos árboles como podamos. Sí, por supuesto que necesitamos conservar los árboles existentes y restaurar la naturaleza. Pero no hay absolutamente ningún camino alternativo a detener nuestras emisiones de gases de efecto invernadero y dejar los combustibles fósiles en el suelo”.

Y quien decía esto era… sí, ella. Greta Thunberg. Y así se entiende que esta niña moleste tanto, cuando hay tantos señores importantes y sus importantes compañías contándonos las cosas tan importantes que hacen por el clima, para que tenga que venir una niña de 16 años a dar lecciones a nadie…

Esto es lo que puedes hacer tú contra el cambio climático, y lo poco que sirve

En estos días de la celebración de la COP25 en Madrid, no hay medio que no nos haya informado sobre qué podemos hacer cada uno de nosotros para contribuir a detener el avance de la crisis climática, si tal cosa es aún posible. Y dado que la pregunta “¿qué puedes hacer tú contra el cambio climático?” se ha repetido estos días hasta la saciedad, ¿qué necesidad hay de repetirla una vez más?

Pero hay una razón para traer de nuevo aquí esta cuestión. Y es que, a poco que uno sea una persona con una cierta mentalidad científica o tirando a racionalista, o simplemente un ciudadano curioso, quizá le interese saber cuál es el beneficio real de las distintas acciones que se nos proponen. Esto ya no se ha tratado con tanta frecuencia durante estos días. Y es aquí donde surgen las sorpresas.

Ese fue el trabajo que emprendieron en 2017 Seth Wynes y Kimberly Nicholas, investigadores de la Universidad de Lund (Suecia) especializados en sostenibilidad contra el cambio climático, y en especial en cómo los comportamientos personales, la educación y las políticas pueden ayudar a mitigar la emergencia climática en la que estamos inmersos.

Para su estudio, publicado en la revista Environmental Research Letters, Wynes y Nicholas examinaron los libros de texto de ciencias que se utilizan en los institutos de secundaria en Canadá, para recopilar las acciones que en ellos se recomiendan a los alumnos como medidas contra el cambio climático. A continuación, rastrearon los estudios publicados anteriormente para poner en cifras el ahorro de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que se logra con estas medidas y otras no mencionadas en los libros.

Imagen de pixabay.

Imagen de pixabay.

Y aquí, los resultados. Los investigadores identificaron seis medidas de alto impacto, es decir, considerablemente beneficiosas para el ahorro de emisiones que cada uno producimos:

  • Tener un hijo menos.
  • Vivir sin coche.
  • Evitar el transporte aéreo.
  • Reducir los efectos de la conducción, por ejemplo comprar un coche más eficiente.
  • Comprar energía verde.
  • Comer una dieta vegetal.

Sin embargo, Wynes y Nicholas advertían de que el impacto de comprar energía verde varía según los países, siendo mayor en aquellos en los que la generación de electricidad depende en mayor medida de los combustibles fósiles.

A las anteriores les siguen diez medidas de impacto moderado:

  • Aumentar la eficiencia de la calefacción y el aire acondicionado en el hogar.
  • Instalar paneles solares u otras fuentes de energía renovable en casa.
  • Utilizar el transporte público, la bicicleta o caminar.
  • Comprar productos energéticamente eficientes.
  • Conservar energía.
  • Comer menos carne.
  • Reducir el consumo.
  • Reutilizar.
  • Reciclar.
  • Comer productos locales.

Y por último, existen ocho medidas, algunas de ellas a menudo muy publicitadas, pero cuyo impacto real en el ahorro de emisiones es bajo:

  • Conservar agua.
  • Minimizar los residuos y comprar menos envoltorios.
  • Plantar un árbol.
  • Compostar.
  • Comprar reducciones de emisiones.
  • Cortar menos el césped.
  • Eliminar los viajes innecesarios.
  • Comprar alimentos ecológicos.

Aquí ya surgen algunas sorpresas respecto a dogmas que normalmente se dan por supuestos, pero que tienen más de mito que de realidad. Como conté aquí ayer, la biosfera padece un evidente problema de contaminación plástica, pero es un problema que solapa solo mínimamente con el cambio climático, por lo que puede decirse que en su gran mayoría es un problema diferente. Reducir el uso de plásticos sin duda rebajará la contaminación plástica, pero su impacto de cara al cambio climático es mínimo.

Otro tanto sucede con los tan cacareados alimentos ecológicos u orgánicos, un negocio floreciente que a menudo se apoya en proclamas sobre sus beneficios contra el cambio climático. Beneficios que no son tales: como diversos investigadores se han ocupado de mostrar rigurosamente, suele ocurrir que la producción de estos alimentos requiere una mayor ocupación de tierras que el producto convencional, ya que su rendimiento es menor, por lo que aumenta el consumo de recursos y reduce la capacidad de captura de carbono de los ecosistemas. Los investigadores insisten en que la clave no está en la producción ecológica, sino en mejorar la eficiencia y la sostenibilidad de la producción convencional.

Pero a todo lo anterior hay que añadirle las cifras, y es aquí donde aparecen nuevas sorpresas. Porque cuando Wynes y Nicholas califican las seis primeras medidas como de alto impacto, no significa ni mucho menos que todas ellas sean igual de beneficiosas de cara al recorte de emisiones. De hecho, existe una de ellas que rompe la escala respecto a todas las demás y que ni siquiera aparece en ninguno de los libros de texto: tener un hijo menos ahorra al año casi 60 toneladas de equivalentes de CO2 (CO2e), mientras que la siguiente medida de alto impacto, vivir sin coche, solo evita 2,4 toneladas de CO2e, casi 25 veces menos. Estas son las cifras de toneladas de CO2e al año que ahorran algunas medidas:

  • Tener un hijo menos: 58,6.
  • Vivir sin coche: 2,4.
  • Evitar un vuelo trasatlántico: 1,6.
  • Comprar energía verde: 1,5.
  • Economizar combustible (cambiar a un coche más eficiente): 1,19.
  • Cambiar de un coche eléctrico a no tener coche: 1,15.
  • Comer una dieta vegetal: 0,8.
  • Hacer la colada con agua fría: 0,247.
  • Reciclar: 0,2125.
  • Secar la colada al aire (no utilizar secadora): 0,21.
  • Cambiar las bombillas convencionales por las de bajo consumo: 0,10.
Gráfico de ahorro de emisiones al año con distintas medidas. Imagen de Wynes y Nicholas, Environmental Research Letters., 2017.

Gráfico de ahorro de emisiones al año con distintas medidas. Imagen de Wynes y Nicholas, Environmental Research Letters., 2017.

¿No es una sorpresa saber que cambiar a un coche más eficiente en el uso de combustible ahorra más emisiones que tener un coche eléctrico?

¿O que una dieta exclusivamente vegetal, en la que tanto parece insistirse últimamente como si fuera la solución al cambio climático (aunque los científicos ya han dejado claro que no es así), en realidad solo ahorra la mitad de CO2 que evitar un solo vuelo trasatlántico al año, la tercera parte que vivir sin coche, una vez y media menos que tener un coche más eficiente y más de 70 veces menos que tener una familia más reducida?

¿Y qué hay de que todos nuestros esfuerzos por reciclar la basura de casa solo ahorren más de cinco veces menos que usar un coche más eficiente, o de que ese vuelo a Nueva York en Navidad, solo la ida, va a producir unas emisiones equivalentes a las de no reciclar absolutamente nada de nuestra basura durante más de siete años? ¿Y qué ocurrió con todos nuestros esfuerzos por utilizar solo bombillas de bajo consumo, creyendo que se trataba de una medida significativa contra el cambio climático, cuando el beneficio es ridículo?

Evidentemente, todo lo anterior no significa que no debamos reciclar, emplear bombillas eficientes o aplicar el resto de acciones en la medida de nuestras posibilidades. El plástico sirve de nuevo como ejemplo: aunque nuestro esfuerzo por evitar los envases y los plásticos de un solo uso apenas sirva de nada contra el cambio climático, estaremos contribuyendo a reducir la contaminación. En un mundo cada vez más acuciado por diversos problemas medioambientales, la adopción y la promoción de modelos de vida y sistemas económicos y políticos más sostenibles es una obligación no ya moral, sino simplemente práctica.

Pero datos como los de Wynes y Nicholas son inmensamente valiosos por varios motivos. Para ser ciudadanos informados. Porque ponen las cosas en su sitio. Para conocer el verdadero valor climático de nuestros actos. Para que cuando se nos dice “cada gesto cuenta”, sepamos realmente cuánto cuenta cada gesto. Para responder a esas campañas agresivas que pretenden culpabilizar a todo ciudadano de a pie por igual del desastre en el que estamos inmersos, mientras quienes proyectan esa culpabilización a menudo son más culpables que aquellos a quienes culpan. Y por último, pero no menos importante, para no caer en trampas; el cambio climático se combate recortando emisiones de GEI. Lo demás son distracciones. Como cuando el mago consigue que nos fijemos en su mano para desviar nuestra atención del lugar donde realmente está el truco, porque las distracciones rara vez son desinteresadas.

Ojo con la distracción: la contaminación plástica es un problema, no “el” problema

Dado que la COP25 ha elevado la cuestión medioambiental al primer plano de la actualidad, no resulta raro que en los medios se esté tratando el problema de la contaminación plástica. Pero cuando casi parece que se está hablando más sobre plástico que sobre emisiones, es importante subrayar lo obvio: la COP (siglas en inglés de Conferencia de las Partes) es una reunión sobre cambio climático, no un congreso sobre medio ambiente en general. Y aunque el plástico sea un problema, no es el problema.

Algunos expertos llegan a alertar de que, en general, cargar demasiado las tintas sobre el plástico está distrayendo de lo principal y permitiendo a los grandes emisores de gases de efecto invernadero (GEI) hacerse un lavado de cara ante el público mientras siguen sin recortar sus emisiones. Que sí es el problema.

Campaña de Greenpeace contra los plásticos en 2017. Imagen de Greenpeace.

Campaña de Greenpeace contra los plásticos en 2017. Imagen de Greenpeace.

Para ser justos, debe aclararse que el plástico no es inocente respecto al cambio climático. Al fin y al cabo, y dado que el 99% de los plásticos se obtienen del petróleo, esta industria mantiene la altísima demanda de combustibles fósiles. Además de esto, un informe reciente del Center for International Environmental Law (informe, no estudio científico) estimaba que el ciclo de vida completo del plástico produce 0,86 gigatoneladas de CO2 al año. Para hacernos una idea, el transporte emite 6,9 (un 14% del total) y la ganadería 2,3 (un 5% del total); si bien es esencial subrayar que estos dos últimos datos se refieren solo a las emisiones directas, mientras que el del plástico abarca todo el ciclo de vida, por lo que las cifras no son comparables.

Pero algo sí puede concluirse de ello, y es que centrar la atención en algo que durante todo su ciclo de vida produce ocho veces menos GEI que el humo que sale por los tubos de escape, pues sí, como dicen los investigadores Rick Stafford y Peter J. S. Jones, puede sonar un poco a distracción.

“Distracción” no significa que no haya que ocuparse del problema de los plásticos. Stafford y Jones son expertos en biología y conservación marina, respectivamente (y sin intereses en la industria del plástico, según su declaración), y es evidente que conocen de primera mano los daños que las redes o las bolsas provocan a la fauna de los océanos. “Las noticias medioambientales han estado dominadas por la cuestión de la contaminación plástica”, escribían hace unos meses. “Así que no es sorprendente que muchas personas piensen que los plásticos del océano son la amenaza medioambiental más grave del planeta. Pero este no es el caso”.

Por muy virales que resulten las fotos y vídeos de la contaminación plástica, arguyen los investigadores, “no hay estudios concluyentes al nivel de poblaciones de los efectos de la contaminación plástica. Los estudios sobre los efectos tóxicos, sobre todo para los humanos, a menudo se exageran. La investigación muestra, por ejemplo, que el plástico no es una amenaza tan grave para los océanos como el cambio climático o la sobrepesca”.

Por lo tanto y según Stafford y Jones, el plástico es “una amenaza relativamente menor” que desvía la atención hacia una “verdad conveniente”, ya que “las corporaciones y los gobiernos se centran en el plástico para presentarse como verdes”.

Al mismo tiempo, sirve para tranquilizar conciencias: para estos investigadores, las medidas de reducción del uso de plásticos en el hogar y en la vida cotidiana son “la clásica respuesta neoliberal”; es decir, una manera de no reducir el sobreconsumo –raíz del problema–, sino simplemente reencauzarlo hacia lo que otros expertos han llamado un “materialismo verde”.

Greta Thunberg es el dedo, pero hay que mirar a la Luna: dos elogios y dos críticas

Como defensor de la ciencia por sí misma y de su valor para la sociedad, y por tanto como persona que apoya y difunde el consenso científico sobre la realidad del cambio climático antropogénico, se supone que aquí debería aclamar y elogiar a la joven activista sueca Greta Thunberg. Se supone, porque si uno atiende a los medios, a la calle y a las redes sociales, parece que solo hay dos equipos a los que apuntarse: el de la preocupación por la crisis climática, pro-Greta, y el del negacionismo de la crisis climática, anti-Greta.

Pues bien, aquí va una tercera opción. Vaya por delante que esto solo trata sobre la labor pública de Greta y lo que representa de cara a la lucha contra el cambio climático.

Greta Thunberg, ayer en Lisboa. Imagen de Manuel de Almeida / EFE.

Greta Thunberg, ayer en Lisboa. Imagen de Manuel de Almeida / EFE.

Hay dos aspectos muy elogiables en el discurso de Greta:

1. Su defensa de la ciencia

Greta Thunberg ha hecho de la frase “Unite Behind the Science” su lema. Una cría de 16 años ha conseguido plantarse en medio de grandes foros, delante de los políticos que rigen los destinos de grandes naciones, y les ha conminado a escuchar a los científicos. ¿De quién más se puede decir esto?

Durante años, décadas o siglos, se nos ha tratado de convencer de que la tecnocracia es contraria a la democracia. Esta idea ha funcionado cuando al mismo tiempo se ha logrado implantar la sospecha de que los técnicos, los científicos, albergan intereses diferentes o discrepantes con los del pueblo, y que por lo tanto este debe defenderse de la intromisión de aquellos en el gobierno de la sociedad. Esto ha sido siempre una gran falacia, pero hoy es una gran falacia insostenible por más tiempo. El cambio climático, uno de los mayores problemas de nuestra era, ha llegado a calar como tal en la sociedad gracias a la voz de la ciencia. Y son también los científicos quienes deben guiar a los políticos hacia las soluciones, estos detrás de aquellos.

2. Su defensa del ser humano

En sus intervenciones, la activista ha destacado su preocupación por el futuro de la humanidad en el contexto del cambio climático. A Greta se la ha llegado a calificar de heroína posmoderna, pero en claros aspectos no lo es. El primero de estos aspectos es ese firme anclaje de su discurso en la realidad científica.

El segundo es su defensa del ser humano. El pensamiento posmoderno está fuertemente enraizado en la misantropía y el desprecio hacia la humanidad, y esto está presente hasta el empacho en buena parte del folclore que rodea a la protesta contra el cambio climático. No parece ser el caso de Greta: ella culpa a las generaciones que la han precedido del deterioro de la salud terrestre (lo cual es innegablemente cierto). Pero su discurso se engarza siempre en torno a la preocupación por el bienestar de las próximas generaciones, y por tanto es una postura claramente humanista: la conservación de la biosfera no es un objetivo superior al bien de la humanidad, sino también necesario para este.

Hasta aquí, los elogios. Ahora, las críticas:

1. No haciendo no se consigue

Es muy cuestionable que el ejemplo de una niña que deja de cumplir con sus obligaciones y responsabilidades para protestar sea el modelo que va a arreglar los problemas acuciantes. Greta saltó a la fama por sus huelgas, que después han arrastrado a miles de escolares en todo el mundo. Sin embargo, y como ya escribí aquí, aunque una gran manifestación consigue el objetivo de la visibilidad, si algo requiere la lucha contra el cambio climático es precisamente mucho trabajo. En el fondo, Greta no ha hecho nada. Y no haciendo nada, ha logrado infinitamente más notoriedad y visibilidad que otras innumerables personas dedicadas en cuerpo y alma a la lucha contra el cambio climático. Lo cual transmite un mensaje equivocado.

Si bien, todo hay que decirlo, quizá esto no sea achacable en exclusiva a Greta, sino sobre todo a quienes han hecho de ella lo que es. Que no, que son sus padres; ellos proponen, pero quien dispone es la sociedad. Y es la sociedad la que está prestando mayor atención a quienes dicen que a quienes hacen.

2. Hay que separar las opciones personales de los hechos científicos

Como cualquier ser humano, famoso o no, Greta es libre de elegir las opciones personales que más le plazcan. El problema (aparte de que exagerar la nota con la coherencia solo pone la alfombra roja a los encontradores de incoherencias, que siempre las hay) surge cuando dichas opciones personales pueden confundirse con los hechos, ya que quien las sostiene dice hablar en nombre de la ciencia. Un ejemplo: si lo que se publica es cierto, Greta es vegana, y tanto ella como muchos de sus seguidores defienden esta opción como solución de peso en la lucha contra el cambio climático.

Ya lo he explicado aquí con más detalle, pero hay que volver sobre ello todas las veces que sea necesario. El dato de que la ganadería produce un 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), frente a un 14% del transporte, es falso; apareció en un informe de la ONU cuyos autores rectificaron después para publicar los datos correctos: en emisiones directas, el transporte aporta un 14% y la ganadería un 5%.

Sin embargo, ciertos movimientos ideológicos continúan propagando los datos erróneos, a pesar de que otros estudios tampoco los sostienen. Uno de ellos cifraba en un 2,6% la reducción de emisiones de GEI que se lograría suprimiendo la ganadería en EEUU. Otro trabajo que he mencionado en un reciente reportaje estimaba que cambiar a una dieta vegetal ahorra al año cuatro veces más emisiones que reciclar los residuos, pero solo la mitad que evitar un único vuelo trasatlántico y la tercera parte que prescindir del coche. La agencia medioambiental de EEUU ha estimado las emisiones debidas a la ganadería en torno a un 4%.

En resumen, por supuesto que prescindir de la ganadería y del consumo de carne reduciría las emisiones de GEI, pero los estudios indican que no tanto como a veces se pretende, y que por tanto sería un beneficio, pero no la solución. Si es behind science, lo es siempre, y no solo cuando la ciencia dice lo que a uno le interesa. Quienes aprovechan la lucha contra la crisis climática para promocionar sus ideologías particulares solo están promocionando sus ideologías particulares, no la lucha contra la crisis climática.

Como resumen, el caso de Greta es ejemplo modélico del viejo adagio: cuando un dedo señala a la Luna, el tonto mira el dedo. En favor de la activista hay que decir que ella insiste en que sus manifestaciones no son sus opiniones, sino las conclusiones de los resultados científicos, y por lo tanto no se le puede negar el esfuerzo en intentar que quienes la escuchan miren a la Luna y no al dedo. Pero al mismo tiempo, es un dedo que ha optado voluntariamente por acaparar tal protagonismo que puede llegar a ocultar la visión de la Luna.