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Cuando el arsénico se usaba para decorar los hogares

Por M. Teresa Telleria (CSIC)*

En el siglo XIX se puso de moda el color verde intenso que proporcionaban algunos pigmentos elaborados a base de arsénico y cobre. Primero fue el verde Scheele (arsenito cúprico), sintetizado por el químico sueco Karl W. Scheele en 1775, y después, en 1814, el verde Scheweinfurt (acetoarsenito de cobre), también conocido como verde París, verde Veronese, verde Viena y, sobre todo, como verde esmeralda. Su fabricación, sencilla y barata, lo hizo asequible a todos los bolsillos y su uso trascendió al del mundo del arte. Pasó así de los paisajes de Joseph Turner y la obra de Edouard Manet a la manufactura de papeles pintados, envoltorios, tapicerías, cortinas, vestidos, juguetes e incluso a los alimentos. Todo se vistió de verde esmeralda, un verde que en su fórmula llevaba más de un 40% de arsénico. Tal fue la magnitud de su uso, que llegó a estimarse en varios millones de km2 la superficie de pared en los hogares británicos que, allá por 1860, estaba recubierta por papeles pintados con verde Scheweinfurt.

Detalle de papel pintado, según diseño de William Morris, hacia 1880. Denisbin/Flickr.

El arsénico nunca ha gozado, y con razón, de buena fama y, poco a poco, diferentes casos de indisposición, enfermedad y alguna que otra muerte comenzaron a ser atribuidos a las paredes empapeladas con trazos de este temible elemento; el peligro se había filtrado en los hogares europeos de la mano de su decoración. No tardó el químico alemán Leopold Gmelin en percatarse de que las habitaciones así decoradas, máxime si eran húmedas y mal ventiladas, despedían un olor desagradable que definió como “olor a ratón”. Gmelin atribuyó este tufo a un componente volátil del arsénico, que llamó “alkorsin”. En noviembre de 1839, el científico remitió una carta al Karlsruher Zeitung dando cuenta del hecho. No fue casual el medio utilizado para hacer circular la noticia, ya que lejos de elegir una publicación científica optó por un periódico y, además, en su edición dominical.

Los hongos hacen su entrada en esta historia de la mano de Bartolomeo Gosio, médico y microbiólogo italiano que entre 1899 y 1944, fue director de los laboratorios científicos de la Direzione di Sanità en Roma. Conocía Gosio algunas teorías previas sobre el posible origen de los gases volátiles del arsénico; teorías que postulaban la capacidad de determinados microorganismos para volatilizar los compuestos de arsénico. Sobre esta base, Gosio propuso la siguiente hipótesis: la humedad y temperatura de las estancias favorecían el crecimiento de hongos y bacterias en las paredes forradas con papeles pintados; en su crecimiento, estos organismos producían hidrógeno que, al reaccionar con el arsénico del pigmento, lo transformaban en trihidruro de arsénico (AsH3), también conocido como arsano o arsina, un gas incoloro, inflamable, reductor y altamente tóxico que despide un ligero olor a ajo.

Hongo Scopulariopsis brevicaulis. J. Scott/EOL.

Gosio se encargó de demostrar que, en estos menesteres, era particularmente activo un hongo que identificó, en principio, como Penicillium brevicaule y que hoy conocemos como Scopulariopsis brevicaulis. Para llegar a esta conclusión diseñó el siguiente experimento: en un sótano colocó distintos medios de cultivo expuestos al aire que contenían patata y diferentes compuestos de arsénico, incluidos los pigmentos; hizo crecer en ellos las especies de hongos y bacterias que pretendía testar y quedó a la espera de que estas prosperaran y produjeran el buscado material volátil. Él lo detectaría gracias a su característico olor a ajo. El ensayo resultó un éxito; el cultivo de Scopulariopsis brevicaulis emanaba este particular olor, lo que claramente demostraba, en opinión de Gosio, la presencia del arsénico volatilizado.

En 1901, Gosio y su colega, el químico Pietro Biginelli, lo identificaron como dietilarsina. Treinta años después, Frederick Challenger y colaboradores lo identificaron definitivamente como trimetilarsina. Así quedó ya desvelada definitivamente la naturaleza química de este arsénico volatilizado que se conoce como “gas Gosio”, en honor a su descubridor. Bartolomeo Gosio siempre estuvo convencido de la toxicidad del gas que lleva su nombre y, aunque las pruebas realizadas para demostrarlo nunca fueron del todo concluyentes, la balanza acabó decantándose de su lado.

Las paredes de las estancias decoradas con llamativos tintes esmeralda y, por tanto, cargadas de acetoarsenito de cobre, un ambiente húmedo que favorecía el crecimiento de S. brevicaulis y el proceso de biometilación que este hongo era capaz de generar eran los elementos y circunstancias necesarios para que el gas hiciera acto de presencia. Los culpables de los envenenamientos ya estaban identificados: el verde Scheweinfurt y S. brevicaulis.

XYZ Buildings en la 6th Avenida de
Nueva York. Wally Gobetz/Flickr.

Pero en el relato de la funesta conjunción del verde esmeralda y S. brevicaulis quedaban aún algunos cabos sueltos. En un trabajo publicado en 1914 se plasmaban los resultados de un detallado estudio sobre varios microorganismos que volatilizaban el arsénico utilizando para ello diferentes sustratos. Su autor R. Huss, del Pharmaceutical Institute de Estocolmo, realizó además una serie de pruebas clínicas sobre el posible efecto que estos gases producían en ratones, conejos y cobayas. Tras el estudio, demostró la falta de efecto nocivo que tenían los gases sobre los animales e incluso sobre él mismo, que durante medio año había estado expuesto diariamente en el laboratorio a los nocivos vapores. Gracias a las conclusiones de este y otros estudios contemporáneos, la hipótesis del gas tóxico comenzó a desinflarse por la evidencia de los hechos. Que muchos de los compuestos de arsénico sean altamente tóxicos no quiere decir, necesariamente, que lo sean todas sus formas gaseosas. Hoy se sabe que la trimetilarsina es un genotóxico, pero también se sabe que su tasa de letalidad por inhalación es relativamente baja.

Casi un siglo después, una publicación de William R. Cullen y Ronald Bentley (2005) desmontó lo que ellos consideraron una leyenda urbana, la toxicidad del gas Gosio y la relación entre el verde esmeralda (acetatoarsenito de cobre), los hongos y las muertes por envenenamiento. En su opinión, estas bien pudieron estar más relacionadas con los desórdenes que origina lo que hoy se conoce como “síndrome del edificio enfermo”, un conjunto de afecciones de etiología desconocida como ronquera, erupciones cutáneas, náuseas o vértigos, que afecta a ocupantes de edificios no industriales, siendo los síntomas difícilmente objetivables mediante pruebas diagnósticas. De nuevo la mezcla de un mal sistema de ventilación, humedad y  la consecuente proliferación de hongos y bacterias podría ser un cóctel nocivo para la salud. En este caso también se quiso establecer, no sin controversia, una relación directa entre Stachybotrys chartarum y el mencionado síndrome. Un hongo volvía a ser el culpable, ahora sin el arsénico, y como en otro tiempo, también sin pruebas concluyentes.

María Teresa Telleria es investigadora del CSIC en el Real Jardín Botánico y autora del libro Donde habitan los dragones y de Los hongos, disponibles en la Editorial CSIC Los Libros de la Catarata.

‘Geomyces destructans’: el hongo que ha matado millones de murciélagos

Por Mar Gulis

Murciélago afectado por el síndrome de la nariz blanca. / Wikipedia

Murciélago afectado por el síndrome de la nariz blanca. / Wikipedia

Fue en 2006 cuando saltaron las alarmas. De forma repentina miles de murciélagos aparecieron muertos en diferentes puntos del estado de Nueva York. A simple vista, todos los ejemplares mostraban un mismo síntoma: unas manchas blancas en el hocico, las orejas y las membranas de sus alas. La comunidad científica se puso manos a la obra y concluyó que el causante de la epidemia era el hongo Geomyces destructans.

Este organismo ataca a los murciélagos cuando se encuentran en fase de hibernación. Una vez infectados, la muerte les sobreviene por un cambio de comportamiento, cuando durante el invierno abandonan sus invernáculos en pleno día, tan desorientados y bajos de reservas que caen muertos en medio del frío paisaje. El denominado síndrome de la nariz blanca (white-nose syndrome) ya ha causado la muerte a millones de estos mamíferos voladores en Massachussetts, Vermont, Virginia y Pensylvania. Su exterminio ha acarreado cuantiosas pérdidas económicas, pues los murciélagos, al comerse los insectos de los cultivos y contribuir a la polinización de las plantas, cumplen un papel esencial para la agricultura y el medio ambiente.

Muestra microscópica de tejido de murciélago con hifas del hongo Geomyces destructans. / Wikipedia

Muestra microscópica de tejido de murciélago con hifas del hongo Geomyces destructans. / Wikipedia

Aunque la distribución del hongo estaba en principio restringida al este de EEUU, en 2009 un grupo de investigadores detectó su presencia en Francia y un año después se confirmaba la existencia de Geomyces destructans en Alemania, Suiza y Hungría. Sin embargo, hasta el momento los murciélagos europeos no se han visto afectados. La comunidad científica baraja diferentes hipótesis para explicar un fenómeno que la investigadora del CSIC M. Teresa Tellería narra en su libro Los hongos  (CSIC-Catarata). Una posible explicación es que las cepas europeas del hongo patógeno sean genéticamente distintas a las americanas.

Más allá de este episodio, los lectores curiosos deben saber que Geomyces destructans es solo una más de las 100.000 especies de hongos conocidas. Entre ellos hay parásitos, especies beneficiosas para los ecosistemas, hongos alucinógenos, setas mortales y auténticas delicias gastronómicas. De todos ellos habla Tellería en su libro.

Armillaria, un hongo más grande que 800 campos de fútbol

Por Mar Gulis

Ni las secuoyas, esos árboles enormes y milenarios que habitan los bosques californianos, ni las inmensas ballenas azules. El ser vivo conocido más grande y más longevo del mundo se llama Armillaria ostoyae. O al menos así lo cree una parte de la comunidad científica. ¿Qué es este organismo y cómo se descubrió? Hablamos de un hongo parásito que fructifica en la base de los árboles. Su micelio –la parte subterránea que le permite absorber los nutrientes a través de una especie de hilos llamados rizomorfos– penetra por la raíz del árbol, tapona sus vasos y lo mata, así que donde crece crea unas grandes superficies de árboles muertos.

Armillaria ostoyae es una de las 100.000 especies de hongos conocidas.

Armillaria ostoyae es una de las 100.000 especies de hongos conocidas. Wikipedia.

Esto es lo que sucedió a finales de los años 90 en los bosques de Oregón. Científicos estadounidenses detectaron la presencia de Armillaria ostoyae, comenzaron a investigar el fenómeno y pronto concluyeron que este hongo era el causante de la devastación. Pero ¿cuántos ejemplares estaban provocando el desastre?

Los investigadores recogieron innumerables muestras de trocitos de micelio. Después de realizar un análisis molecular -¡oh, sorpresa! – comprobaron que no se trataba de diferentes ejemplares de una misma especie, tal y como creyeron en un primer momento. Los trozos de micelio eran clónicos, genéticamente idénticos. ¿La conclusión? Esas muestras formaban parte de una única Armillaria ostoyae de tamaño descomunal cuyo micelio se habría extendido a lo largo de 890 hectáreas.

La sorpresa no se quedó ahí. Como los científicos sabían aproximadamente cuánto crece un micelio al año, al medir su extensión pudieron calcular también la edad de este ejemplar: ¡2.400 años! Por eso se cree que Armillaria ostoyae es el ser vivo más grande y quizá también el más longevo del mundo. El secreto de su supervivencia estaría en sus rizomorfos, tan resistentes que son capaces incluso de soportar el fuego.

 

Si quieres más ciencia para llevar sobre Armillaria y otras especies del reino Fungi consulta el libro Los hongos de la micóloga del CSIC María Teresa Tellería.