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Del globo aerostático al LHC: a la caza de las partículas elementales

Por Teresa Rodrigo (UC-CSIC)*

La física de partículas se centra en el estudio de lo muy pequeño. Pero resulta que cuanto más pequeños son los objetos que se quieren estudiar, más grandes y complejos son los instrumentos que debemos utilizar para verlos. Es el caso de los actuales aceleradores y detectores de partículas, como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), situado en el laboratorio europeo de Ginebra, el CERN. Pero antes de que existieran estos sofisticados artilugios, la comunidad científica recurrió a otro tipo de herramientas. De hecho, los globos aerostáticos fueron los primeros instrumentos científicos utilizados para la detección de partículas de altas energías.

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Globo aerostático de aire caliente. / Kropsoq.

La invención del globo aerostático no solo sirvió como una atracción y un medio de transporte, sino que posibilitó el inicio de toda una nueva rama del conocimiento científico.

En 1912, cien años después de las primeras experiencias en globo, Victor Hess se subió a uno de estos aparatos provisto de primitivos instrumentos de medida de radiación. Hess se elevó hasta una altitud de 5.300 metros y encontró que la tasa de radiación observada se multiplicaba con la altura. Concluyó que “la mejor explicación al resultado de estas observaciones es la suposición de que una radiación de mucha energía entra en nuestra atmósfera desde arriba”. Acababa de descubrir la existencia de los rayos cósmicos, hallazgo por el que recibiría el Premio Nobel en 1936.

Estas partículas de alta energía, principalmente protones, colisionan con los átomos de la atmósfera y producen toda una cascada de nuevas partículas capaces de atravesar la superficie terrestre.

El descubrimiento de los rayos cósmicos abrió una nueva ventana al estudio de la materia y permitió, entre otras cosas, el hallazgo en 1932 de la primera partícula de antimateria: el positrón, seguida de muchas más partículas desconocidas hasta entonces.

Hasta la llegada de los aceleradores de partículas en los años 50 del siglo XX, los rayos cósmicos constituyeron la mejor herramienta para el estudio de la materia y sus interacciones. Los aceleradores nos permiten acelerar y colisionar partículas y así reproducir en el laboratorio de forma controlada los fenómenos que ocurren en la naturaleza. Además, podemos recrear las condiciones en que se encontraba el universo en sus primeros instantes tras el Big Bang y estudiar su evolución hasta nuestros días.

En los últimos 60 años se ha conseguido elaborar una teoría cuántico-relativista, perfectamente confirmada por los experimentos, que explica toda la materia visible en el universo basándose en la existencia de doce partículas y sus correspondientes antipartículas elementales, conocidas como quarks y leptones. Por cierto, la materia visible solo constituye el 5% de la energía total del universo, el resto se compone de lo que llamamos materia y energía oscuras, que hoy es objeto clave de estudio.

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Interior del Gran Colisionador de Hadrones del CERN, en Ginebra. / CERN.

También sabemos cómo estas partículas elementales se relacionan entre sí, es decir, cuáles son las fuerzas que actúan en la naturaleza. Además de la fuerza gravitatoria, existen la fuerza electromagnética, la fuerte y la débil. Con ellas podemos explicar todos los fenómenos observados y todas ellas, salvo la gravedad hasta el momento, pueden explicarse de una forma común, basada en el intercambio de otro tipo de partículas que conocemos como bosones. Un tipo muy especial de bosón es el bosón de Higgs, descubierto en el LHC en 2012. Es el responsable de que la partículas adquieran masa y, por tanto, de que el universo sea tal y como hoy lo vemos.

Las preguntas que nos planteamos las científicas y científicos y que parecen en un principio triviales, como por ejemplo “¿de qué está hecha la materia?”, nos permiten no solo avanzar en el conocimiento más abstracto, sino también desarrollar tecnología punta, que a su vez repercute de manera directa en la mejora de las condiciones de vida cotidianas. Por ejemplo, los aceleradores de partículas se han convertido en un instrumento básico para el diagnóstico y tratamiento médico o la web (www), que fue desarrollada inicialmente para compartir información entre la comunidad científica, y actualmente es un instrumento fundamental de la era de la información.

 

* Teresa Rodrigo es catedrática de Física de la Universidad de Cantabria, miembro del comité científico del CERN y actualmente directora del Instituto de Física de Cantabria (UC-CSIC). Además, es coautora del libro El bosón de Higgs de la colección del CSIC y Catarata ¿Qué sabemos de?

El texto es un extracto de la participación de Rodrigo en el programa Ciencia y Arte en el Museo del Prado, para el programa ‘La Aventura del Saber’ de TVE2, que realizan en colaboración la FECYT y el Museo del Prado. El vídeo se puede ver aquí.

El bosón de Higgs resucita la teoría del éter

MaherPor Martin Ian Maher*

En la antigua Grecia se consideraba que existían cuatro elementos terrestres: aire, agua, tierra y fuego. Había un quinto elemento, la materia de la que estaban hechas las estrellas. Este quinto elemento, quintaesencia o éter, era incorruptible y eterno. A lo largo de la historia aparece propuesto en varios sistemas filosóficos con distintas formas.

A finales del siglo XIX Maxwell propuso que la luz poseía una naturaleza ondulatoria. Una onda necesita un medio en el que propagarse, con una velocidad que depende de la naturaleza del medio. Dada la elevadísima velocidad con la que la luz se desplaza en el espacio, se postuló que este medio debía ser una sustancia de una densidad inapreciable y con un coeficiente de elasticidad enorme que permearía todo el universo. A esta sustancia se la denominó éter por su similitud con el concepto griego original.

Albert Einstein

Albert Einstein.

En 1887 Michelson y Morley intentaron probar la existencia de tan enigmática sustancia con el famoso experimento que lleva sus nombres. La prueba tuvo resultados negativos, y al no poder determinar ninguna propiedad física del éter, se llegó a la conclusión de que no existía. Triste fin para un concepto aceptado por muchos durante largo tiempo.

Unos años después Einstein propuso que no existen ni un tiempo ni un espacio absoluto, de lo que se dedujo que tampoco existiría el éter. A partir de aquí surgió lo que conocemos como teoría de la relatividad especial, que estableció una relación entre la masa y la energía y redefinió el espacio-tiempo.

La desaparición del éter permitió superar el problema de explicar la naturaleza de una sustancia intangible. Sin embargo, quedaban en el aire algunas cuestiones: si la luz posee una naturaleza ondulatoria, ¿en qué medio se propaga?

La respuesta a esta y otras preguntas estimuló la aparición de la mecánica cuántica en la que Einstein también tuvo una participación destacada.

Imagen del experimento CMS/CERN.

Imagen del experimento CMS/CERN.

En 1964 Peter Higgs desarrolló un mecanismo que dotaba de masa a las partículas dentro del modelo estándar de física de partículas. El campo de Higgs es un campo cuántico que abarca todo el universo y que dota a las partículas de masa, debido a la interacción del bosón de Higgs con las partículas elementales.

El 4 de julio de 2012 la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) anunció la observación de una nueva partícula cuyas características coincidían con el bosón de Higgs. Este descubrimiento lleva implícito la existencia del campo de Higgs. Dicho campo sería imponderable y se encontraría en todo el universo. Sus características recuerdan a las del éter que descartó Einstein a principios del siglo XX.

* Martin Ian Maher es ayudante de Investigación del CSIC y responsable de la Unidad de Microscopia Electrónica del Instituto Cajal CSIC.

¿Puede el LHC generar un agujero negro que se trague la Tierra?

Por Mar Gulis

William E. East y Frans Pretorius, investigadores de la Universidad de Princeton, reavivaron en 2013 la polémica sobre si el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), el mayor acelerador de partículas del mundo, podría crear un agujero negro. Sin embargo, su teoría no ha tenido mucho recorrido en la comunidad científica. Vamos a contar por qué.

Ambos físicos se apoyaban en la tesis de que la colisión de dos partículas que viajan muy rápido (concentrando energía en un punto concreto) puede generar un agujero negro. Desde esta premisa su hipótesis era que el LHC tendría la capacidad para producirlos, debido a que sus experimentos consisten básicamente en provocar estas colisiones.

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Interior del Gran Colisionador de hadrones (LHC), ubicado en el CERN de Ginebra / CERN.

Para quienes no estén familiarizados con el LHC, aquí va una breve explicación. Situado en la frontera franco-suiza, cerca de Ginebra, el LHC –donde se está confirmando la existencia del famoso bosón de Higgs– es un gigantesco anillo de 27 kilómetros de circunferencia y ubicado a 100 metros de profundidad. Por su interior circulan billones de protones en los dos sentidos. Estas partículas subatómicas son aceleradas a velocidades vertiginosas, concretamente a un 99,999999% de la velocidad de la luz, para que choquen entre sí millones de veces por segundo. En esta especie de gran tubería hay, además, unos complejos detectores que registran los resultados de las colisiones para su posterior análisis. Cada uno de esos choques produce cientos de partículas –entre ellas la que podría ser el bosón de Higgs– cuyo estudio puede mejorar nuestro conocimiento de la naturaleza y el universo.

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Traza hipotética del bosón de Higgs que produciría una colisión en el LHC / Wikipedia

Como decíamos, el artículo de East y Pretorius, publicado en el diario Physical Review Letters en 2013, apuntaba a una hipotética peligrosidad de las colisiones realizadas en el LHC. Aunque tuvo una aceptación minoritaria, el estudio levantó cierta polémica. El físico teórico del CSIC Alberto Casas, que ha participado en más de una ocasión en los experimentos del Gran Colisionador, sostiene que la comunidad científica tenía pruebas de que no existía el más mínimo riesgo.

“Todas las teorías indicaban que era prácticamente imposible producir un agujero negro, solamente algunas muy exóticas decían lo contrario”, explica. E incluso esas teorías decían que, de producirse, el agujero se desintegraría inmediatamente. Aun así, Casas añade que los más escépticos podrían argumentar: “¿Y si las teorías están equivocadas y se produce un agujero negro que no se desintegra, empieza a chupar materia y al final se traga toda la Tierra?”

Él niega que esto sea posible. Aunque en el LHC se consiguen colisiones muy energéticas, no son las únicas. La Tierra, tal y como recuerda Casas, recibe cada día unas 10.000 colisiones por segundo tan energéticas como las del LHC o más y existe desde hace 5.000 millones de años. Los rayos cósmicos –partículas de tipos diversos que provienen del espacio exterior– son un ejemplo. Aunque la mayor parte tienen una energía mucho menor que la alcanzada en el LHC, algunos la igualan o incluso la superan.

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Simulación de una radiación cósmica causada por el impacto de una partícula proveniente del espacio exterior / Wikipedia.

En realidad, desde su nacimiento, la Tierra habría recibido impactos 100.000 veces superiores a los ocasionados por el LHC y ha sobrevivido. Más allá de la Tierra, hay otros muchos objetos más grandes que nuestro planeta que reciben impactos y ahí siguen, como es el caso del Sol. Resulta que cada segundo en el universo visible tienen lugar colisiones equivalentes a 30 billones de experimentos en el LHC y no hay ninguna señal de catástrofes. Hasta el momento, estas colisiones nunca han producido un agujero negro que se haya tragado la Tierra, los planetas o las estrellas.

Por cierto, actualmente el LHC se encuentra sometido a tareas de mantenimiento, pero a partir de 2015 volverán a provocarse colisiones en su interior. El reto seguirá siendo detectar el bosón de Higgs y otras partículas entre los millones de choques para entender por qué las cosas tienen masa, de qué está hecho el vacío y otras leyes básicas de la Naturaleza.

 

Si quieres más ciencia para llevar sobre el LHC y los agujeros negros, consulta el libro El LHC y la frontera de la física (CSIC-Catarata), de Alberto Casas, y El bosón de Higgs (CSIC-Catarata), de Alberto Casas y Teresa Rodrigo.