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La hipótesis de la abuela: el papel de la menopausia en la evolución humana

Antonio Rosas (CSIC)*

La especie humana cuenta entre sus muchas singularidades con una elevada capacidad reproductiva; y eso a pesar de que nuestro desarrollo individual es muy lento. Los humanos tenemos un largo periodo de crecimiento, con lo que pasan muchos años hasta llegar a la edad adulta. ¡Que se lo digan hoy a algunos padres! Por lo general, en las especies en las que las crías maduran muy despacio, como es el caso de los grandes simios, los intervalos entre nacimientos se alargan mucho, lo que en última instancia se traduce en una baja tasa de reproducción. En las especies cuyos miembros maduran más deprisa, las hembras quedan encintas más rápidamente, con intervalos entre nacimientos más reducidos.

Una simple comparación con nuestros primos evolutivos nos ilustra. Las hembras de los grandes simios (orangutanes, gorilas y chimpancés) comienzan su reproducción a una edad promedio de unos 13 años, mientras que los humanos en las sociedades de cazadores recolectores tienen su primer hijo alrededor de los 18-20 años (en las sociedades modernas esta edad se ha retrasado considerablemente). A su vez, la lactancia de los simios puede llegar hasta ocho largos años, de modo que una hembra no podrá concebir hasta pasado ese tiempo.  Es decir, vienen pocos bebés de chimpancé al mundo.

Según esta lógica, una baja natalidad tendría que ser aún más exagerada en el caso humano, con prolongados intervalos entre nacimientos. Sin embargo, la realidad es bien distinta. En promedio, el periodo de lactancia humana dura entre 2,5 y 3,5 años en sociedades preindustriales. Pasado este tiempo, la fisiología femenina permite reiniciar la ovulación y la mujer puede quedar encinta de nuevo. En las sociedades más avanzadas estos parámetros biológicos se están alterando muy rápidamente por diferentes efectos culturales, los avances médicos y asuntos económicos. Sea como fuere, las densidades de población humana pueden llegar a ser muy elevadas, a pesar de su largo periodo de crecimiento.

¿Qué ha ocurrido en la evolución humana para que se haya acortado tanto el intervalo entre nacimientos? Para dar respuesta a esta pregunta tendremos que dar un rodeo y acabar por entender el significado evolutivo de la menopausia ¡Cosas de la biología!

Los 13 de El Sidrón

Recreación de los 13 individuos neandertales del yacimiento de El Sidrón, en Asturias. © De la exposición ‘Los 13 de El Sidrón’/ Albert Álvarez Marsal

Una característica esencial del ciclo vital humano radica en una larga longevidad, lo que se traduce en que las mujeres presentan un largo periodo de vida tras el cese de su ciclo menstrual. Es decir, la vida femenina continúa durante décadas aun cuando ya no se producen óvulos (las células reproductoras). Esta peculiaridad humana representa una excepción en la naturaleza, tan solo compartida con algunas especies de ballenas. Prácticamente la totalidad de los vertebrados mueren poco después del cese de su función reproductora. Los grandes simios, por ejemplo, llegan a la edad senil en torno a los 40 años y apenas sobreviven a su periodo fértil. Las mujeres –y las hembras de orcas y calderones–, por el contrario, viven muchos años tras la menopausia.

Para los teóricos de la evolución este hecho exige una explicación, ya que los rasgos más característicos de las especies suelen ser adaptaciones resultado de la selección natural. ¿Por qué la longevidad humana ha evolucionado más allá del cese de la fertilidad femenina? Si la menopausia es una adaptación, ¿qué ventaja proporciona? Para explicar la supuesta ventaja selectiva de una duración inusual de la vida post reproductiva se ha formulado lo que se conoce como lahipótesis de la abuela.

Esta hipótesis propone que las hembras en edad post reproductiva (tras la menopausia, cuando ya no pueden tener más hijos) aún pueden fomentar su contribución genética a las generaciones futuras. ¿Cómo? Pues ayudando a la descendencia de sus hijos; es decir, a sus nietos, quienes portarán algunos de los genes de su abuela. La hipótesis de la abuela se fundamenta en el hecho de que con la edad y el deterioro fisiológico la reproducción de las mujeres se hace más costosa. Si en vez de reproducirse, esa energía se desvía en ayudar a los nietos, eso contribuye mejor a asegurar la pervivencia de sus genes. Como refuerzo, la ayuda a los familiares estrecha los lazos sociales y garantiza una mejora en la adquisición de recursos.

Superabuela

‘Superabuela’/Joly Navarro Rognoni, en Abueland, una plataforma con viñetas para reflexionar desde el humor sobre la conciliación y el valor de los cuidados que ejercen los abuelos y las abuelas

Por tanto, la hipótesis de la abuela trata de explicar cómo en circunstancias ecológicas donde los juveniles no pueden obtener sus alimentos de forma eficiente, el cuidado provisto por mujeres en periodo post fértil eleva la tasa de reproducción del grupo. Tal incremento se obtiene al favorecer en las hembras en período fértil el acortamiento del intervalo entre nacimientos. El papel de las abuelas permite a las mujeres jóvenes concentrarse en la cría de los aún lactantes y luego, tras el destete, traer al mundo nuevos hijos, despreocupándose en buena medida del cuidado de los ya creciditos. Volviendo al inicio del artículo, la hipótesis de la abuela ayuda explicar el éxito reproductivo humano a la vez que justifica la gran longevidad humana. Hembras más longevas ayudan a dejar más descendientes portadores de sus genes de modo que aumentan la longevidad de las posteriores generaciones. Así, una larga supervivencia post reproductiva es favorecida por la selección natural.

A una escala más cercana, en los últimos tiempos hemos presenciado cómo la contribución de los abuelos a la crianza de los hijos es manifiesta. Sobre ellos reposa, a veces con un claro sesgo abusivo, la carga de los nietos. Para colmo, en la última gran crisis económica a principios del siglo XXI la contribución de la pensión de los abuelos a la economía de los hijos se ha revelado como fundamental, siendo lógicamente los nietos los grandes beneficiarios. Queda demostrado que en todas las escalas: la evolutiva, la social y la económica, los abuelos y las abuelas son agentes esenciales de la biología y la cultura humana.

*Antonio Rosas es director del grupo de Paleoantropología del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC.

 

 

El origen del género Homo: ¿de dónde venimos?

JM Bermúdez de Castro

Por José María Bermúdez de Castro Risueño (CENIEH)*

En este mismo blog, Alberto Fernández Soto y Carlos Briones nos han ilustrado sobre el origen del universo y sobre el origen de la vida, respectivamente. Me toca terminar esta trilogía hablando sobre los seres humanos, la guinda final (por el momento) de los acontecimientos más importantes de una larga historia de 13.800 millones de años.

Durante las últimas cuatro décadas el estudio de la evolución humana ha dado pasos de gigante gracias al hallazgo de numerosos yacimientos, el uso de técnicas revolucionarias, los nuevos enfoques metodológicos y, sobre todo,la capacidad para abordar los problemas desde una perspectiva multi e interdisciplinar.

Figura 2. Este dibujo recrea una escena cotidiana de las sabanas africanas del Pleistoceno Inferior (hace unos dos millones de años), en las que nuestros ancestros daban buena cuenta de una presa. Las herramientas de piedra podían construirse en el mismo lugar, para después ser abandonadas. Dibujo realizado por Eduardo Saiz.

Este dibujo recrea una escena cotidiana de las sabanas africanas del Pleistoceno Inferior (hace unos dos millones de años), donde nuestros ancestros daban buena cuenta de una presa. Las herramientas de piedra podían construirse en el mismo lugar, para después ser abandonadas. Dibujo realizado por Eduardo Saiz.

Ese enfoque nos ha permitido establecer que el lapso temporal entre dos y tres millones de años antes del presente supuso un punto de inflexión en la historia evolutiva del linaje humano. El progresivo enfriamiento del planeta desde finales del Mioceno fue decisivo en ese cambio. Los bosques del continente africano fueron retrocediendo, dejando paso a zonas desérticas y extensas sabanas.

Nuestra condición de primate bípedo y trepador fue quedando atrás. No tardamos en disponer de un cuerpo cada vez mejor adaptado a la marcha, de mayor estatura y de proporciones muy similares a las que tenemos hoy en día.

Además, nuestra dieta tuvo que cambiar en detrimento de los alimentos vegetales. No fue un hecho traumático, porque las proteínas de origen animal ya formaban parte del menú de nuestro ancestro común con los chimpancés. Sin embargo, no podemos obviar que algunas especies de nuestra genealogía se quedaron por el camino. Otras, como las que se incluyen en el género Paranthropus, se adaptaron bien a la dieta vegetariana que ofrecen las sabanas.

Por último, algunos de nuestros ancestros ocuparon un nuevo nicho ecológico que ya no hemos abandonado. La selección natural nos transformó en depredadores oportunistas, sin dejar de ser unos perfectos omnívoros. Gracias a ello hoy lo podemos contar.

Pero la vida de aquellos ancestros no debió ser nada sencilla. Todavía éramos buenas presas para los grandes carnívoros de las sabanas y nuestra comida se movía a gran velocidad. Los yacimientos arqueológicos africanos ofrecen claras evidencias del consumo de diferentes especies de vertebrados. No obstante, la mayoría de las presas no se dejaban atrapar con facilidad. La captura de los medianos y grandes mamíferos no fue posible sin cooperación, astucia y habilidad. Es muy probable que la gran explosión del cerebro humano, tanto en su tamaño como en su complejidad, esté relacionada con este hecho.

Así llegó la tecnología, cuya antigüedad podría superar los tres millones de años. Los chimpancés usan piedras para romper las cáscaras de los frutos secos y suponemos que todos nuestros antepasados tuvieron habilidades similares. Esta cultura primitiva se convirtió en tecnología en el momento en que fuimos capaces de transformar la materia prima para usarla con una función determinada. Tal vez un golpe casual dio origen al primer cuchillo de piedra. Pero lo importante es que esa innovación se extendió con relativa rapidez en los grupos humanos que poblaron las sabanas africanas hace entre tres y dos millones de años.

Los cambios anatómicos de la mano facilitaron el uso y la eficacia de los instrumentos de piedra. La denominada ‘pinza de precisión’ puede definirse de manera muy simple como la capacidad de los dedos índice y pulgar para manipular objetos. Entre otros cambios, el pulgar adquirió una masa muscular considerable, las falanges distales ampliaron su base para la inserción de potentes tendones y las terminaciones nerviosas proliferaron en las yemas de los dedos. Este es quizá el cambio anatómico menos llamativo de aquella época. Pero sin este cambio el cerebro no habría podido operar sobre la materia prima y hoy en día careceríamos de tecnología.

Recreación de un individuo de la especie Homo habilis, realizada por Elysabeth Daynès. Este ejemplar se exhibe en el Museo de la Evolución Humana de Burgos.

Recreación de un individuo de la especie Homo habilis, realizada por Elysabeth Daynès. Este ejemplar se exhibe en el Museo de la Evolución Humana de Burgos.

Los expertos debaten si el incremento de tamaño del cerebro, que pasó de los 400 a los 600 centímetros cúbicos en un tiempo relativamente breve, la pinza de precisión, la fabricación sistemática de herramientas, así como el mayor consumo de carne y la consiguiente reducción del aparato masticador (que requería menos tiempo y esfuerzo para preparar los alimentos en la boca antes de deglutirlos) son caracteres suficientes para establecer la línea roja que diferencia las especies del género Homo de otros géneros de la genealogía humana. No cabe duda de que tales caracteres fueron los detonantes de la ‘gran explosión evolutiva’ que originó un nuevo grupo de especies de esta genealogía.

No obstante, algunos especialistas han optado por ampliar esa lista de caracteres, añadiendo las modificaciones experimentadas en el modelo de crecimiento y desarrollo. Especies como Homo habilis y Homo rudolfensis tuvieron un modelo similar al de los australopitecos y no muy diferente al de los simios antropoideos. Sin embargo, el último millón y medio de años de nuestra evolución se ha caracterizado, sobre todo, por una progresiva prolongación del tiempo que tardamos en concluir el crecimiento y por cambios muy notables en el modelo de desarrollo. Ese modelo ha supuesto la inclusión de la niñez y la adolescencia, así como los cambios en la tasa y el ritmo de crecimiento y maduración del cerebro. Los humanos actuales somos el resultado provisional de esos cambios, que nos han permitido indagar sobre los orígenes del universo del que formamos parte, de la vida y de nosotros mismos.

 

* José María Bermúdez de Castro Risueño es profesor de investigación del CSIC (en excedencia) y presta sus servicios en el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) de Burgos. Junto con Alberto Fernández Soto y Carlos Briones Llorente, es autor del libro Orígenes. El universo, la vida, los humanos (Crítica).