Filomena ha pasado: ¿ahora qué hacemos con los árboles?

Por Mariano Sánchez García (CSIC)*

La borrasca Filomena ha pasado dejando un aspecto desolador en el arbolado de muchas ciudades. Pero hagamos virtud de este terrible acontecimiento –en el que los ciudadanos solo hemos podido ser mudos testigos y los árboles, meros sufridores– y tratemos de sacar alguna conclusión.

RJB

Árboles caídos en el Real Jardín Botánico. / Mariano Sánchez

¿Qué ha pasado? Como era previsible, los árboles perennifolios, los que no pierden la hoja en invierno, han cargado con un peso tan extraordinario sobre sus ramas y hojas que la madera de reacción –la zona ensanchada en la base de ramas y troncos– no ha sido capaz de soportar ese peso. Cada rama, conforme se iba cargando de nieve y llegaba a su límite de carga, iba desgarrándose hasta partirse. Así se fueron fracturando miles de ramas de pinos, encinas, cedros, aligustres, madroños, laureles, etc.; todas ellas especies perennes.

Sin embargo, también han caído ramas e incluso algunos árboles de especies caducifolias, lo cual es una rareza porque, si en verano fueron capaces de soportar el peso de las hojas, de varias tormentas y de las gotas de varias lluvias en sus hojas, deberían haber permanecido en el árbol sin caer.

Tenemos que aprender de estos hechos para mejorar. Por eso, vamos a esbozar unas ideas que pueden dotar a nuestro hábitat futuro de mejor calidad medioambiental y mayor sostenibilidad. Para lograr ese objetivo será necesaria una apuesta por el buen cultivo y la conservación de nuestros árboles en la que confluyan ciudadanía, personal técnico y clase política.

En primer lugar, debemos conservar el mayor número de árboles dañados. No se puede prescindir de ningún árbol ni rama: durante las próximas décadas los necesitamos a todos con sus hojas para mejorar nuestro aire, retener la mayor cantidad de contaminantes y, ya puestos, relajarnos con su belleza y su cambiante cromatismo estacional. Por eso es importante realizar una adecuada evaluación de riesgo con el personal técnico especializado en distintos ámbitos –ciencias biológicas, ingeniería agrícola, agrónoma, forestal, de montes, etc.– y, realizar los trabajos de arboricultura con podadores certificados y arbolistas.

En segundo lugar, hay que mejorar la biodiversidad urbana sin que suponga volcar la flora de otros países en el nuestro, pero tampoco sin despreciarla. Nuestros encinares y pinares con su flora asociada, como los de la Casa de Campo, la Dehesa de la Villa y otras zonas de Madrid que conservamos en la memoria, deben permanecer, pero no hay que olvidar que el cambio climático va a afectar precisamente a las plantas nativas. Como dijo Francis Hallé, las plantas que hoy llamamos nativas fueron alóctonas –originarias de otro lugar– en tiempos remotos. Lo que hay que hacer es investigar que las plantas de fuera que plantemos no sean invasoras ni puedan cruzarse genéticamente con las nativas –lo que podría dar lugar a híbridos que hicieran desaparecer a algunas de las especies autóctonas–.

Árboles caídos

Árboles caídos en la calle Fuencarral de Madrid. / EFE

En tercer lugar, se deben cambiar determinados parámetros de plantación:

  • Ciertas especies perennes, como los aligustres, no tienen cabida en algunas calles. Cuando les falta luz en su desarrollo, sus ramas crecen debilitadas y se parten fácilmente. Además, estos arbolitos no dejan pasar el sol al pavimento después de una helada, por lo que el hielo no se funde durante el día, las aceras se hacen más peligrosas y se producen caídas entre los transeúntes.
  • Tampoco se deben plantar árboles perennes en praderas; sobre todo pinos, por el tipo de copa que tienen en estado adulto. Estos grandes árboles compiten por el agua y los nutrientes con el césped y esto hace que no desarrollen raíces profundas. En algunos casos –imaginemos un pino de 23 metros con viento, oscilando–, la falta de una buena base supone un riesgo de vuelco enorme durante las tormentas. Y todo porque no se los plantó en un lugar similar al de su hábitat.
  • También es fundamental que, si el árbol que se planta es enorme como un plátano de paseo, tenga más espacio que si se planta un arbolito. Sin embargo, lo normal es encontrar alcorques –hoyos en los que se plantan los árboles– cada 4 metros, sea cual sea la especie cultivada. Podemos imaginar que, si vamos a la playa y el espacio asignado para poner la toalla y la sombrilla es el mismo para una persona sola, una pareja, una familia, un grupo de amigos o un colegio, habrá roces y problemas. Pues algo parecido pasa en las calles: los árboles grandes no caben, rozan con otros árboles, entran por las ventanas y ocultan farolas y semáforos. Sin embargo, la única solución que se aporta es la motosierra: aun sabiendo que mejoran nuestra vida, fuera ramas, hojas y estética. ¿No sería más fácil, económico, sostenible e inteligente distanciar los árboles?

En este sentido, por último, no deberíamos olvidar que la poda solo es necesaria como excepción, por seguridad, riesgo o cuando se buscan expresamente formas especiales, como las cabezas de gato.

¿Por qué cayeron las ramas o incluso el árbol entero de especies caducas? Por debilidad estructural propiciada por años y años de podas que generaron pudriciones e hicieron que no fueran capaces de soportar el peso de esa nieve que acumularon solo en la madera.

¿Qué les pasa en su morfología y estructura a los árboles, seres vivos longevos, que sus plantadores han decidido que cada X años han de amputarle las ramas hasta dejarlos a modo de candelabros o patas de araña? ¿Existe en la naturaleza algún ser vivo cuya evolución dependa tanto del ser humano como para que este le quite el 50% de su cuerpo por necesidad de algo? ¿No estamos más bien ante una práctica equivocada y atávica que debe desaparecer como en su momento desapareció el canibalismo? Si un árbol necesita poda sistemática es porque nos equivocamos al plantarlo en ese sitio, a esa distancia de otro árbol o de un edificio o porque sencillamente esa no era la especie adecuada para ese lugar.

De cara a lo que ocurra en futuras tormentas, si desde ahora aplicamos conocimientos de arboricultura, podremos hacer que los daños sean menores. Esos conocimientos se pueden resumir en estas pocas palabras: calidad frente a cantidad y cada especie en su lugar y con su espacio.

* Mariano Sánchez García es jefe de la Unidad de Jardinería y Arbolado del Real jardín Botánico del CSIC.

 

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Fran

    ¿Realmente el autor espera que haya personal técnico adecuado, con los salarios de becario que pagan los ayuntamientos y la precariedad laboral de los mismos? El país está completamente arruinado y los consistorios pagarán 2 pesetas a cualquiera que les haga el trabajo sucio, sean técnicos o simples curritos con brazos suficientemente fuertes para usarlos como si fuesen mulas y luego si te he visto no me acuerdo.

    26 enero 2021 | 13:10

  2. Dice ser rafael blanco almenta

    muy divulgativo y positivo el artículo. Hecho de menos referencia a lo más importante para un árbol: el suelo. Un suelo amplio y no sólo alcorque, un suelo bien estructurado física y bioticamente hablando. Gracias por esta hermosa aportación entendible por todos y para todos.

    27 enero 2021 | 17:00

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