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Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona, Sonrisas de Bombay y Arquitectura sin Fronteras.

Entradas etiquetadas como ‘salud materna’

Septicemia: martes

por Veronica Ades (Sudán del Sur, Médicos Sin Fronteras)*

Martes. Era mi primer día de trabajo en el proyecto de MSF en Aweil, en Sudán del Sur. La ginecóloga a la que había venido a sustituir aún no se había marchado y aquel día se estaba encargando del trabajo hospitalario, mientras yo recibía de distintas personas mis preceptivos ‘briefings’, las reuniones con los miembros del equipo que tenemos nada más llegar a una nueva misión. El coordinador de la misión nos cuenta a Katie (la matrona que llegó conmigo) y a mí una versión abreviada de los últimos 200 años de la historia sudanesa. Justo cuando estamos terminando, recibimos un mensaje del operador de radio: nos necesitan en la maternidad.

Cuando llegamos al quirófano, la paciente ya está anestesiada y la ginecóloga saliente está intentando que tenga un parto vaginal. El embarazo ha llegado a término pero el bebé está muerto. En realidad, la paciente, de 18 años, lleva cuatro días de parto. Dado que no pudo expulsar al bebé de forma natural, nos imaginamos que ahora la extracción será difícil.

Lo intentamos con la ventosa Kiwi, que me parece muy adecuada para partos normales, porque es fácil de usar y no ejerce demasiada presión sobre la cabeza del bebé. Si aplicas demasiada fuerza, la ventosa se suelta sola: es como un control de seguridad, y si te ocurre varias veces, es señal de que tienes que practicar una cesárea. Pero en este caso, el bebé ha muerto. Y la Kiwi no deja de soltarse.

A continuación lo intentamos con el fórceps, una tenaza metálica que se coloca a ambos lados de la cabeza del bebé para guiarla hacia abajo. Pero la cabeza está tan encajada en la pelvis que ni siquiera lo podemos colocar, a pesar de que ambas lo intentamos varias veces.

A continuación probamos con la ventosa más fuerte de que disponemos, que tiene una copa de succión grande de silicona y un mecanismo de succión manual externo. Parece ejercer más fuerza que la Kiwi. Tiramos y tiramos. Avanzamos lentamente. Mi compañera tira de la copa de succión mientras yo sujeto hacia atrás la pelvis de la paciente para evitar que se caiga de la mesa: usa toda su fuerza y, por fin, logramos extraer al bebé.

Al haber estado la paciente tanto tiempo de parto, existe el riesgo de que tenga necrosis tisular y se forme una fístula obstétrica. Tiene el útero anormalmente desplazado hacia arriba dentro del abdomen, cerca del ombligo. Probablemente la causa sea que la mayor parte del bebé estaba colocado sobre la vagina, y no en el útero o la cérvix, y el tejido inferior está distendido. La examinamos con un espéculo y el cérvix tiene una apariencia relativamente normal, aunque agrandado y distendido. La paciente no sangra. Hemos terminado.

La anestesista comenta que la paciente ya presentaba septicemia cuando fue ingresada. Esto significa que, debido al prolongado parto, había desarrollado ya una infección uterina que se había extendido al flujo sanguíneo, causando cambios fisiológicos como hipotensión y una elevada frecuencia cardíaca, signos de una infección generalizada. Durante el procedimiento, la anestesista había tenido que suministrar dopamina a la paciente para mejorar su tensión arterial. Todavía no está fuera de peligro: necesitará antibióticos potentes, buenos cuidados y mucha suerte.

La enviamos a planta y comprobamos repetidamente su estado a lo largo del día. Se está estabilizando. Tiene fiebre, pero le estamos dando antibióticos y paracetamol. Está débil, pero puede hablar y está bien atendida por su familia.

Al día siguiente, su estado es regular…

 

(Continúa mañana)

 

* Veronica Ades, de Nueva York, es ginecóloga. Esta es su primera misión con Médicos Sin Fronteras.

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Foto: Quirófano en el Hospital Civil de Aweil, en el que MSF trabaja junto con el Ministerio de Salud para reducir la mortalidad materno-infantil. Mayo de 2012, Sudán del Sur (© Takuro Matsumoto /MSF).

Médicos somalíes: Dr. Abdi Rahman Osoble

por Abdi Rahman Osoble (Somalia)

Soy el doctor Abdi Rahan Osoble, y también trabajo en el hospital de Guri El, en Somalia, al que Médicos Sin Fronteras respalda. Mi jornada comienza habitualmente con una ronda por la maternidad. Compruebo cuántas pacientes van a ser dadas de alta y cuántas fueron ingresadas la noche anterior.

Estamos en guardia las 24 horas del día, y estamos a tope de trabajo. Asistimos unos 130 partos al mes, de los cuales 115 sin complicaciones.

En ciertos grupos de edad, algunas complicaciones son más comunes. Entre las chicas más jóvenes, vemos habitualmente partos obstruidos: ocurre cuando, básicamente, el niño es demasiado grande y la pelvis de la madre demasiado pequeña, por lo que el parto no puede hacerse de manera natural y debe practicarse una cesárea. Un parto obstruido puede provocar hemorragias que pueden matar a la madre si no es atendida rápidamente por personal médico.

Recuerden que la mayor parte de nuestros pacientes vienen de muy lejos y tienen que caminar muchas horas, a veces incluso días, antes de llegar a nuestro hospital. Muchas mujeres acaban pariendo en sus casas en zona rural, y si hay complicaciones pueden sangrar demasiado y morir.

A veces empujan demasiado sin que el niño llegue a salir, y sufren ruptura de útero. Otras mujeres están demasiado débiles como para realizar este esfuerzo, lo cual las pone en peligro tanto a ellas como a sus bebés. Todas estas mujeres, si no llegan a tiempo al hospital, pueden morir. Oímos de casos como estos muy a menudo.

También hemos visto casos en los que la familia de la mujer niega su permiso para que le practiquemos una cesárea. Se niegan a firmar el formulario de consentimiento, y no podemos hacerlo. Pero a pesar de todos estos problemas, ayudamos a mucha gente aquí. Y me gustaría darle las gracias a todas las personas que nos ayudan a salvar a estos pacientes que no tienen ningún otro sitio al que acudir para recibir atención médica.

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Foto: Traslado de un paciente en camilla en el hospital de Guri Elm Somalia. Octubre de 2011 (© MSF/Peter Casaer).

 

(Más testimonios desde Somalia en próximos posts).

Foto2: Aviso prohibiendo la entrada de armas en el hospital de Guri El, Somalia. Octubre de 2011 (© MSF/Peter Casaer).

La primera referencia del día

por Niklas Bergstrand (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

Como os decía, cruzamos un puente… Varias personas se bañan en las azules aguas del río, se limpian los dientes y lavan la ropa. En la distancia, pequeñas chozas de adobe con techo de paja puntúan el paisaje.

Cuando llegamos al otro lado, la radio crepita y el operador pide a Paul que se dirija urgentemente al centro de salud Jimi Bagbo. Paul aprieta el acelerador y se mete a toda velocidad en una sucio y estrecho camino que corta la verde exhuberancia que nos rodea, haciendo todo lo posible por sortear los baches.

Al llegar al centro de salud, vemos a una mujer que aprieta a un niño contra el pecho. Los ojos de la mujer están muy abiertos, con una mezcla de miedo y confusión. El niño respira muy rápido y pesadamente. Tiene malaria severa y anemia, y necesita ser ingresado en el hospital con urgencia. Suben a la ambulancia, la puerta cierra y salimos de inmediato para un trayecto de una hora de baches hasta el centro de referencia Gondama.

“Me gusta mucho mi trabajo, e gusta conducir”, me explica Paul tras dejar al niño y a su preocupada madre en la sala de urgencias del hospital. “Estas ambulancias suponen un gran beneficio para la comunidad, porque la gente puede llegar gratuitamente al hospital cuando están enfermos. Si no hubiera ambulancias, ¿cómo podrían permitirse el dinero que cuesta el transporte?”.

Durante la guerra civil en Sierra Leona, Paul fue testigo de más atrocidades de las que quiere recordar. Se acuerda de las bandas de niños drogados que eran utilizados como máquinas de matar y que entraban arrasando en aldeas y ciudades. Aunque a lo largo de los años también ha compartido buenos momentos con sus colegas de trabajo, y ha ayudado a salvar innumerables vidas de mujeres y niños.

“Durante la guerra, toda esta carretera estaba plagada de controles”, me cuenta mientras volvemos a Sumbuya. “Era habitual encontrarse muchos cadáveres a lo largo de la carretera entre Bo y Freetown. Cada vez que tenía que cogerla, no era capaz de dormir la noche anterior. Había ataques y mataban a mucha gente”.

Médicos Sin Fronteras trabajó en Sierra Leona durante la guerra civil, en numerosas localidades a lo largo del país. La guerra duró once años y se llevó más de 50.000 vidas, muchas de ellas de civiles inocentes. Las actividades de MSF iban desde la cirugía de guerra, hasta la asistencia primaria de salud para personas que no podían pagarse la atención médica.

Hoy, MSF se centra en la atención obstétrica y en el tratamiento de niños con desnutrición y malaria tanto en Bo como en sus alrededores. Cada mes, los equipos atienden a más de 700 niños y asisten un centenar de partos.

“Ese pueblo que ves ahí fue incendiado durante la guerra”, recuerda Paul señalándome un grupo de chozas y edificios en la distancia. “El hospital local que está un poco más adelante también fue incendiado, y MSF ayudó a reconstruirlo”.

Las caras sonrientes de los escolares, los animados corrillos en los puestos callejeros y el tranquilo devenir de la vida que observo me hacen difícil imaginar que todo eso ocurrió hace no mucho más de diez años.

“Ahora estamos mejor. Puedes ir a cualquier sitio, la gente es amistosa –cuenta Paul–. Cuando tengo el día libre, en los fines de semana, me gusta ver el fútbol. Soy forofo del Manchester United.”

A medida que las sombras se alargan y que el día se acerca a su fin, Paul me deja en el recinto de MSF. Le espera un último viaje, tiene que ir a buscar a otro paciente antes de acabar su turno, otro niño con malaria severa cuyo futuro sería incierto sin la ayuda de Paul y del resto del equipo de MSF en Bo.

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Foto 1: Cruzando el puente de camino al centro de salud Jimi Bagbo (© Niklas Bergstrand).

Foto 2: Paul lleva urgentemente al hospital de Gondama a un niño con malaria severa y anemia, y a su madre (© Niklas Bergstrand).

Foto 3: Hospital de MSF en Gondama (© Niklas Bergstrand).

La ambulancia de Paul

por Niklas Bergstrand (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

No hace mucho que ha amanecido, y sin embargo es como si el mundo entero estuviera ya despierto. Las gallinas cloquean, las cabras balan, los niños cantan de camino a la escuela, y el tráfico matutino ya petardea en una nube de polvo amarillo. Detrás de los muros del recinto de MSF, la flotilla de 4×4 blancos reluce  en la brillante luz del sol.

Un hombre con gorra azul está ocupado llenando el depósito de uno de los coches. Se llama Paul Sefoi, y lleva casi 15 años trabajando con MSF en Sierra Leona. Es uno de los varios conductores de las ambulancias con las que trasladamos a los pacientes en estado crítico desde los centros de salud rurales al Centro de Referencia Gondama de MSF, un hospital de 220 camas situado a las afueras de Bo, la segunda ciudad más importante del país.

Gracias a este sistema de referencias a la maternidad del hospital, hemos conseguido que la cifra de muertes maternas en el distrito de Bo se reduzca en más de la mitad respecto a la media nacional.

 “Cuando llevas a una mujer embarazada en el coche, tienes que conducir con mucho cuidado. La última vez que traje a una, dio a luz en el coche”, me cuenta Paul mientras circulamos hacia Sumbuya, un puesto de salud rural cerca de los límites del distrito. “La señora  sangraba mucho, pero al final tanto ella como el niño se pusieron bien”.

Sierra Leona tiene algunos de los peores indicadores de salud en el mundo. Aquí la gente sigue muriendo de enfermedades que son fácilmente prevenibles y tratables. Uno de los principales problemas de salud es la malaria, que es endémica en Sierra Leona, y que mata a más de 20 personas cada día en este país.

 Y muchas de las mujeres embarazadas que llegan a nuestro hospital están en estado crítico. A veces, las parteras tradicionales les han dado dosis de hierbas tradicionales tan grandes que, por su potencia, provocan contracciones en el útero.

 Cruzamos un puente…

(Continuará)

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Foto: Paul Sefoi, conductor de ambulancias de MSF (© Niklas Bergstrand)

 

De “a tiempo” o “demasiado tarde”

Por Patricia Lledó (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

El sistema de clínicas, criterios de complicación y traslados a tiempo con ambulancia al hospital ha logrado disminuir la mortalidad materna en este distrito de Sierra Leona en el que trabajamos. Es increíble lo que pueden hacer un “a tiempo” y un “demasiado tarde”… Pese a todo, aún recibimos  muchos “demasiado-tardes”, porque las pacientes tardan en tomar la decisión de acudir a la clínica y/o paren en casa, y a veces no viven cerca de la clínica o carecen de transporte.

Entra una paciente con parto obstruido. Lleva empujando desde la noche anterior y el bebé no sale. La examino a ella y escucho el latido del feto, muy lento. Decido hacer un parto instrumental con ventosa (por supuesto aquí sin esas cosas como anestesia epidural), y saco al bebé volando y llamo al pediatra para que me eche una mano con la resucitación del recién nacido. 20 minutos más tarde tenemos que admitir que ha sido un “demasiado tarde” para el bebé. Lo arropamos en un refajo de telas de colores.

Pero la madre está bien, un “a tiempo” para ella, teniendo en cuenta que el parto obstruido mata a entre un 10 y un 20% de las 1.000 mujeres que mueren cada día en el mundo por causas relacionadas con el embarazo y el posparto. Por no hablar de que puede causar fístulas de difícil arreglo en la madre, abocándola a perder orina el resto de su vida sin control.

Salgo a tomar un poco el aire (¡qué calor, no hay forma de encontrar una sombra para fumar un cigarillo tranquila!) justo para ver llegar la siguiente ambulancia. Hemorragia posparto. Hala, a correr todos. Sangre, vías intravenosas, mucha más sangre, drogas para contraer el útero, algún que otro trocito de placenta que hay que sacar y… ufff, “un a tiempo”. La hemorragia es la principal causa de mortalidad materna en estos países. ¡Ya llevamos dos puntos contra las estadísticas hoy!

Reviso a unos gemelitos, cuya madre murió hace cuatro días de una complicación relacionada con la hipertensión del embarazo llamada eclampsia. Llegó inconsciente, logró dar a luz a los gemelos y, pese a todas las drogas posibles, nunca despertó para verlos. Van ganando peso, estamos enseñando a la abuela cómo preparar la fórmula de leche artificial para recién nacidos. Ya queda poco y podrán irse a casa, a la casa sin madre… un “demasiado tarde”.

Así pasa el día, mezclando “demasiado tarde” con “a tiempo”, siempre salpicado por algún llanto o grito de dolor de las madres de las otras 150 camas pediátricas que tiene el hospital. Pero sazonado con alguna risa y mirada picarona de los niños que no están tan graves y pululan por el hospital.

Hoy no ha habido ningún “demasiado tarde” para ninguna madre, un buen día sin duda. Ya se ha hecho de noche y huele distinto, igual llueve pronto.

Hago la última ronda antes de intentar “estirar la variz”, como decían mis compañeros en el hospital en el que trabajaba en Madrid antes de esta vida loca. Y además tengo hambre. Si es que las necesidades básicas son las mismas en todas partes del mundo, ya lo decía mi abuela…

Miro la sala llena de mosquiteras a media luz. Todas las pacientes parecen ir bien, algunas sonríen (pensarán “qué hace la blanca esta despierta”). Pues a ver qué trae el resto de la noche. Nuevas miradas seguro, y esperemos que ningún “demasiado tarde” y muchos “a tiempo”.

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Foto: Sala de Urgencias del Hospital de Refencia de Gondama, Sierra Leona (© Niklas Bergstrand/MSF)

De miradas y olores

Por Patricia Lledó (Médicos Sin Fronteras, Sierra Leona)

Qué calor. El generador se apagó a las 6.55 a.m. y a las 7 a.m., cuando suena mi despertador, ya estoy empapada en sudor… 5 minutos sin ventilador y mi precario metabolismo europeo no lo resiste. “De chiste, qué niñata que soy”, pienso, mientras me ducho en la penumbra.

Llego al hospital y entro en mi pequeña parcela y reino privado, 23 camas de maternidad con el quirófano al final del mismo edificio. Como siempre, lo primero que me asalta es el olor. Es curioso, nunca he sido melindrosa para los olores, sólo que los diferencio y los almaceno en mi memoria con cierta facilidad y alarmante similitud con el loco de “El perfume”.

He trabajado en muchos países, desde Guatemala hasta Pakistán, Somalia, Zimbabue, Liberia… Y los hospitales de cada sitio tienen su olor. Éste queda almacenado y etiquetado como “Sierra Leoniense”, que es donde me encuentro ahora. No es un mal olor, quizás un poco bochornoso y muy “humano”, mezclado con el olor a cloro que usamos para desinfectar. Aquí se nota más que en otros hospitales, ya que, por ser este uno de los países donde hay epidemias de fiebre hemorrágica, somos incluso más estrictos que de costumbre con las medidas de higiene.

Veamos… A la derecha: 10 camas. A la izquierda: 10 camas. Al fondo, una habitación con tres camas “VIP” para los casos muy graves, y la sala de partos con tres mesas de parto. Al fondo, el enfermero anestesista me saluda desde la puerta del quirófano, dispuesto al maratón del día. Qué animado el tío, no le cae ni una gota de sudor ni en los momentos más agitados.

Pero volvamos… pues si va de olores lo primero, lo segundo va de miradas. Éstas no son especialmente características de Sierra Leona, pero sí denominador común de muchos sitios en los que he estado. Soy ginecóloga, así que normalmente, los lugares en los que MSF trabaja con maternidad son los de mayor mortalidad materna, a veces aderezados con un poquito de conflicto armado, o con un poquito de hambrunas y demás penalidades.

El hospital en el que trabajo sólo acepta casos complicados de pediatría y maternidad. Médicos Sin Fronteras lleva en el país desde 1995 y en este hospital desde el 2003. Ayudamos  -formamos al personal y proporcionamos material y medicamentos- a clínicas de primera asistencia llamadas en inglés “Bemonc” (Basic Emergency Obstetric Care, Atención Básica Obstétrica de Emergencia), en las que se atienden partos normales. En cuanto una mujer tiene alguna complicación, es trasladada por una de nuestras ambulancias al hospital, formando así una red de referencia por todo el distrito. Esa es la razón por la que aquí apenas atendemos partos normales. Casi nunca se ven nacimientos con bebé y madre sana… a alguno de los dos les suele pasar algo “malo”, como dicen mis enfermeras.

Por eso, en mi pase de visita de la mañana, no es fácil arrancar sonrisas pero sí muchas miradas. Madres cuyo niño murió dentro del útero antes de nacer y fueron referidas para parir aquí y tratarlas de posibles infecciones; partos obstruidos que quizás hagan una fístula y quedan admitidos largo tiempo; infecciones de todo tipo, muchos tras abortos inseguros realizados con medios caseros… Vamos, un circo de calamidades. Y esas miradas… llenas de … no sé cómo definirlo bien… es una rara mezcla de dolor, con un halo de petición de auxilio pero sin perdida de dignidad, con entereza, un toque de resignación y un tanto de miedo, y una gota de duda y otra de esperanza.

Pienso mientras atiendo a la primera paciente que es fácil quedar inmune a estas miradas. “Hacen doler”, y mucho… Supongo que el reto está en seguir viéndolas, no girar la cabeza, responder a la mirada y absorber el dolor, y a cambio dar un hálito de esperanza, o una palabra de consuelo o una sonrisa si se puede. Respondo miradas, corrijo tratamientos y reviso signos vitales, charlo con las más animadas, cada una me fuerza a recordar por qué estoy aquí y por qué hago lo que hago. Todos tenemos nuestro motorcito privado para trabajar por estos lares.

(Continuará)

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Foto: Patricia Lledó impartiendo una formación a personal nacional en Sierra Leona (© MSF).

Todo un reto en Najaf

Por Shinjiro Murata (Médicos Sin Fronteras, Irak)*

Llegué a Najaf, en Irak, hace más de un año, en octubre de 2010, para empezar el proyecto de MSF en el hospital de distrito de Al Zahara. Najaf está situada a 160 kilómetros de Bagdad y es una de las ciudades santas de los chiíes. No ha sido tarea fácil, aunque la experiencia de trabajar en un país tan distinto ha sido todo un reto.

Mi experiencia anterior con MSF fue en África y, cuando empecé a trabajar en Najaf, me di cuenta de que tendría que acostumbrarme a ver las cosas desde una perspectiva diferente, y adaptarme a la realidad de un país que en su día gozó de un sistema de salud muy organizado, pero que, debido a décadas de conflicto y de sanciones internacionales, ha sufrido un deterioro galopante de la provisión de atención sanitaria.

Tras la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos en 2003, cerraron la mayoría de los centros de formación de Enfermería, tanto las escuelas como las facultades universitarias. Esto provocó un enorme vacío, que se tradujo en escasez de personal especializado y en carencias formativas: la mayor parte del personal de enfermería y médico de las estructuras de salud iraquíes carecen de la formación adecuada, y por supuesto tampoco están al tanto de los últimos avances técnicos y materiales.

Según el Ministerio de Salud iraquí, desde febrero de 2006, debido a la escalada de la violencia sectaria, más de un 70% del personal médico ha abandonado el país, y cientos de profesionales han perdido la vida. La insuficiente capacidad del sistema de salud para responder a las necesidades médicas de la población ha contribuido a un aumento sin precedentes de las tasas de mortalidad materna e infantil.

En 2007, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estimó que el ratio de mortalidad materna era de 300 por cada 100.000 nacidos vivos. Según el ultimo informe del Estado Mundial de la Infancia de UNICEF, Irak presenta un tasa de mortalidad neonatal del 64% mientras que sus países vecinos, Siria y Jordania, registran tasas del 7 y el 16%, respectivamente.

Como os decía, MSF ha establecido un programa médico para apoyar al principal hospital de referencia del Ministerio de Salud en Najaf, el hospital de distrito de Al Zahara, de obstetricia, ginecología y pediatría. Este hospital es uno de los más grandes de la región: tiene una capacidad de 340 camas, y atiende unos 1.950 partos al mes. Esto representa un 50% de los partos practicados en toda la gobernación de Najaf, que cuenta con una población total de 1,2 millones de habitantes. La mayor parte del tiempo está abarrotado de pacientes y la calidad de los servicios médicos a veces no es adecuada.

Según los datos médicos recogidos por nuestros equipos en el hospital durante 2010, aunque las tasas de mortalidad materna e infantil sean bajas, las tasas de mortalidad neonatal son notablemente altas. Casi el 70% de los recién nacidos ingresados en la unidad de cuidados intensivos fallecían, así como el 26% de los ingresados en la unidad esterilizada.

Lo que también resulta preocupante era que hasta un 37% de los partos se realizaban por cesárea, casi un 60% de los niños. Y casi la mitad de los bebés que habían fallecido en la unidad esterilizada eran prematuros. En nuestro afán por mejorar esta situación para los recién nacidos en el hospital, hemos organizado reuniones frecuentes con la dirección del hospital para trabajar todos juntos y cambiar esta situación. ¡Un gran reto!

Hemos trabajado mucho durante este año pasado para mejorar la calidad de los servicios médicos tanto en los departamentos de neonatología como de obstetricia de este enorme hospital. Los pediatras de MSF han impartido formaciones prácticas sobre la recepción del bebé, o su reanimación en la unidad pediátrica de cuidados intensivos. Los tocólogos y ginecólogos han implementado procedimientos operacionales estándar para la atención prenatal, partos, preparación y programación de cesáreas y anestesia. Y  enfermeros y logistas han abordado algunas cuestiones transversales importantes, como reforzar las medidas de control de infecciones, cubrir los vacíos en materia de suministros de material esencial y renovable, y mejorar el mantenimiento del hospital.

Para mí, trabajar para MSF en el hospital del distrito de Al Zahara ha sido una interesante experiencia. El trabajo de MSF aquí, principalmente dirigido a capacitar, formar y preparar al personal, no es la labor típica en nuestros proyectos. Aunque ha constituido todo un reto, pienso que el esfuerzo ha valido la pena.

Tras más de un año en Najaf, he visto que las necesidades médicas en el país siguen siendo importantes. Hasta que se restaure la paz en Irak, MSF tiene que seguir apoyando a estas mujeres embarazadas y a los niños recién nacidos, ya que, gracias a su naturaleza neutral, imparcial e independiente, es una de las pocas organizaciones médico-humanitarias internacionales que trabajan dentro del país.

 (*Desde octubre de 2010, Shinjiro Murata trabaja con MSF en la ciudad de Najaf, como coordinador de terreno. Su principal responsabilidad ha sido abrir este nuevo proyecto, cuyo objetivo es mejorar la atención obstétrica y perinatal en unos de los mayores hospitales de referencia en la región.)

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Fotos: Hospital de distrito de Al Zahara en Najaf (© MSF)

1.000 cada día

Por Kara Blackburn, matrona (Papúa Nueva Guinea, MSF)

Buin es un pequeño pueblo situado en el sur de la isla de Bougainville, en Papúa Nueva Guinea. Se trata sin duda de uno de los lugares más aislados y recónditos que he tenido la oportunidad de conocer, y en parte se debe a que sigue sufriendo las consecuencias del conflicto que asoló el país hace ya más de once años. Sea como fuere, a día de hoy los recursos y servicios de los que disfruta la población de la zona siguen siendo realmente escasos.

Un día nos llegaron noticias de que una mujer había fallecido al dar a luz a gemelos, así que nos pusimos en marcha con el fin de examinar a los bebés. Al llegar, nos encontramos con otra mujer que también estaba embarazada de gemelos. Le preguntamos cómo llevaba el embarazo, y cuando nos contó que ya había dado a luz en otra ocasión a un bebé que nació muerto, la trasladamos a nuestro hospital en Buin.

Llegado el momento, soportó un parto difícil y prolongado, pero los dos bebés, dos niños, vinieron al mundo sanos y salvos. Pero de repente, lo que debía ser un momento de alegría extraordinaria se convirtió en una emergencia médica. Nuestra joven madre, como tantas otras mujeres que dan a luz a gemelos, sufrió una hemorragia y en poco tiempo perdió más de un litro de sangre. Con suero y medicamentos intravenosos logramos controlar la hemorragia, previniendo así mayores complicaciones, pero no puedo dejar de pensar que, sin esta atención médica, habría perdido mucha más sangre y tal vez no habría sobrevivido.

En la mayoría de los países en desarrollo, el acceso a la atención médica es limitado y la mayoría de las mujeres no pueden tener la asistencia de emergencia que pueden necesitar durante el embarazo y en el parto. Aquel día en Bougainville salvamos la vida de una mujer, pero seguramente a pocos kilómetros de allí otra la perdió por no tener atención médica.

Lograr que todas las mujeres embarazadas tengan acceso a la atención médica de calidad puede que sea un sueño imposible de cumplir. MSF, como organización humanitaria que es, no puede proporcionar una solución global a la crisis de la mortalidad materna, ya que esa es una labor que deben cumplir los gobiernos y las agencias especializadas en el desarrollo a largo plazo: hablamos de cuestiones como los derechos de las mujeres, la educación de las niñas y la mejora de los sistemas de salud, que son de suprema importancia en la reducción de la mortalidad materna a largo plazo.

Y sin embargo, creo que con un poco de esfuerzo por parte de todos podríamos lograr grandes avances en todos estos campos. Reconozco que todo este tipo de estrategias de desarrollo que acabo de mencionar son verdaderamente cruciales, pero la realidad que en MSF vemos cada día es la que afecta a las miles de mujeres que siguen muriendo por no tener acceso a los servicios de salud adecuados. Y por ello, estoy convencida de que nuestro objetivo debe pasar por responder a esa necesidad inmediata.

He sigo testigo de primera mano de los inmensos retos que a los que se enfrentan las mujeres en lugares como Darfur, Madagascar, Sri Lanka y Papúa Nueva Guinea. Y ver el impacto directo que tiene este tipo de atención lamentablemente me lleva a preguntarme cuántas mujeres en el mundo no tienen posibilidades de tener algo tan simple como un parto atendido por profesionales.

En los países donde trabaja MSF, nuestra expectativa, por lo tanto, tiene que ser relativamente simple: tenemos que ser capaces de reducir el número de muertes que vemos en nuestras clínicas y hospitales, atendiendo las necesidades inmediatas de las mujeres embarazadas en situaciones de crisis. Los enfoques médicos que utilizamos han estado disponibles desde hace mucho tiempo, y está bastante claro, por nuestra experiencia de campo, que la muerte maternal puede evitarse.

El 15% de todas las mujeres embarazadas se enfrentan a complicaciones potencialmente mortales durante el parto… y eso ocurre tanto en Sidney como en Puerto Príncipe o en Mogadiscio. Pero las mujeres expuestas a conflictos armados, crisis médicas y desplazamientos de población son aún más vulnerables, y las complicaciones para aquellas que están viviendo en zonas de guerra, son probablemente mayores cuando las instituciones de salud se colapsan.

El enfoque tiene que estar en las causas principales —hemorragia, infección, aborto clandestino, hipertensión y parto obstruido—, responsables de la mortalidad materna en más del 80% de los casos. Y a día de hoy, en nuestras unidades de emergencia obstétrica, podemos proporcionar atención médica a estas complicaciones, en una amplia gama de entornos de alto riesgo. La atención médica y los recursos disponibles son los factores clave durantes estos tiempos de crisis.

Una y otra vez, vemos que tener acceso a la atención obstétrica de emergencia marcará la diferencia, sin importar donde se encuentren las mujeres embarazadas. Ya sea que estén huyendo del conflicto, sobreviviendo en un campo de refugiados o viviendo bajo una lona de plástico después de que su casa fuera destruida por un terremoto, todo lo que una mujer embarazada que experimenta complicaciones en el parto necesita, es personal médico experimentado, medicamentos y equipamiento médico. La unión de todo esto salvará su vida y la de su bebé, como ocurrió aquel día en Bougainville.

No puedo ni quiero quitarme de la cabeza un dato perturbador: en todo el mundo, cada día, 1.000 mujeres mueren durante el parto o por complicaciones relacionadas con el embarazo. Esta estadística sigue resultando abrumadoramente negativa, y más aún al saber que la gran mayoría de estas muertes pueden evitarse. Una mujer no debería enfrentarse a un futuro incierto sólo porque está embarazada. Debemos recordarnos todos los días que cada muerte durante el embarazo o el parto es una muerte inaceptable.

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Fotos: Hospital de MSF en Tari, en la provincia de Southern Highlands (Papúa Nueva Guinea), donde la organización trabaja desde 2008 (© MSF).

 

 

 

 

Camas hasta en el último rincón

Por Brigitte Breuillac (Costa de Marfil, Médicos Sin Fronteras)

El hospital de Abobo Sur, en Abidján, se ha transformado. Esta estructura, que se parecía a una clínica de 20 camas antes de que Abiyán fuera presa de la violencia en los últimos meses, está ahora abarrotada de pacientes. Nuestro equipo ha utilizado hasta el último rincón para colocar camas. Hasta los “halls” de entrada se han convertido en habitaciones y se han montado dos tiendas en el patio. La capacidad es ahora de 130 camas.

El director del hospital describe con humor la hiperactividad que caracteriza al centro. “¡Es como una epidemia de trabajo!”, bromea. Efectivamente, el personal lleva trabajando sin parar desde el 28 de febrero, cuando un equipo internacional de MSF y ocho voluntarios nacionales reabrieron el hospital. Ahora que los enfrentamientos han terminado en este barrio del norte de la ciudad, ya hay 250 personas trabajando aquí.

El servicio de obstetricia nunca está vacío. Sophie, la comadrona francesa que supervisa la unidad, dice que es como estar en otro planeta. En su país, está acostumbrada a asistir cinco partos al día, pero aquí son más de 40 las mujeres que dan a luz en una sola jornada. “Sí, claro, ¡aquí ‘se hacen’ muchos bebés!”, dice riendo otra comadrona del hospital, marfileña. La presión es tal que las madres jóvenes y sin complicaciones son dadas de alta a las tres horas de tener el bebé, dejando su cama libre para otra parturienta.

El quirófano también hierve con una actividad febril. El régimen de Laurent Gbagbo fue derrocado el 11 de abril. Hasta ese momento, que marcó el punto álgido de los enfrentamientos, este hospital atendió a más de 100 heridos de bala cada día. Aunque vuelve a reinar la calma en casi todos los barrios de Abiyán, a estas alturas siguen llegando unos 3 o 4 heridos de bala al día.

Muchos hombres armados merodeando por las calles supone muchos “accidentes”. Una mañana, una pequeña de apenas dos años estaba jugando delante de su casa cuando fue alcanzada por una bala en el tórax. Otra bala le rozó la cabeza. Hay muchas más urgencias quirúrgicas típicas también, como cesáreas y peritonitis.

Afortunadamente, ya no faltan medicamentos ni material médico. Resultaba muy difícil transportar suministros hacia Abiyán finales de marzo y principios de abril: el hospital se encontraba en la línea del frente, los empleados no podían salir y los suministros quedaron bloqueados.

Los inventarios se redujeron a niveles peligrosos y hubo que improvisar: en lugar de desechar los guantes después de cada procedimiento, el personal los lavaba con jabón y cloro para poder reutilizarlos.

No se rindieron. Trabajaban con guardias de 48 horas, dormían en el hospital y comían allí, esto último gracias a Patricia, una chica que llegó en febrero para ofrecerse a echar una mano, y que se encargaba de ir al mercado a buscar provisiones, arriesgando la vida cada vez.

“El equipo estaba muy motivado”, recuerda el doctor Chibu Okanta, coordinador médico de MSF. Y todo el mundo hacía de todo: “los médicos limpiaban las camas, los enfermeros hacían también de celadores”.

Y todo en condiciones de gran estrés ya que las balas silbaban por todas partes y los tanques iban y venían al otro lado del muro del hospital. Y en medio de todo ello, había que explicar a los combatientes que debían dejar sus armas en la puerta cuando traían a heridos.

Aunque ahora la presión se ha relajado, el equipo todavía no tiene mucho tiempo para respirar. La vida diaria se ha reanudado y los pacientes abarrotan el hospital. Tras permanecer escondidos en casa durante días, e incluso semanas, ya se atreven a buscar atención médica. Esto se traduce en largas colas en la puerta del hospital…

Los pacientes empiezan a formarse a las 5 de la mañana, cuando las consultas no empiezan hasta las 7:30. Vemos a entre 350 y 400 pacientes cada día, entre ellos como os decía muchas mujeres embarazadas y niños con malaria severa, a veces complicada con anemia. Algunos llegan al hospital cuando ya es demasiado tarde y mueren aquí.

(Continuará)

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Foto superior: Servicio de pediatría, instalado parcialmente bajo tiendas de campaña en el hospital Abobo Sur de MSF, Abiyán.

Foto central: Pizarra de intervenciones en el servicio quirúrgico del hospital de Abobo Sur, Abiyán.

Foto inferior: Largas colas desde la madrugada para la consulta en el hospital de Abobo Sur, Abiyan.

Todas: © Brigitte Breuillac

MSQ: Médicos Sin Quirófano

Por Rocío Raya (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Inauguramos en este blog una serie de posts sobre República Democrática del Congo, y me han encargado el primer capítulo, que escribo a mi vuelta de este país en el que acabo de pasar seis meses, trabajando como enfermera en el proyecto de MSF en Kalonge.

Tengo los recuerdos muy frescos aún. Recuerdo por ejemplo la mañana en que me senté en la arena para decir adiós a la inmensidad del lago Tanganika. Y también la sala de espera del aeropuerto de Bujumbura, en Burundi, viendo pasar las horas y deseando que llegara el momento de estar en casa… tras un periplo por los cinco aeropuertos de rigor. Es precisamente en este aeropuerto donde escribí algunas de las cosas que quería compartir con vosotros.

Un día cualquiera, más o menos un mes antes de irme, volvíamos de la periferia después de hacer la supervisión de uno de los centros de salud. Con nosotros traíamos a una mamá que estaba a punto de dar a luz, y como el parto se presentaba complicado y no queríamos arriesgarnos a que pasara nada, valoramos la situación y decidimos trasladarla al hospital. El que acabara dando a luz dentro del coche (que es un todoterreno en el que llevamos una maleta para las urgencias y que nada tiene que ver con una ambulancia) me pareció algo así como emocionante, un poco arriesgado, y finalmente emotivo.

Pero lo que nos pasó apenas unos días después, eso sí que fue algo digno de contar, al menos a mí me lo parece: todavía no tengo la experiencia que tienen algunos de mis compañeros de MSF, gente que está acostumbrada a practicar cirugía de guerra, o a hacer toda clase de intervenciones quirúrgicas en lugares recónditos donde los medios escasean.

Como cada día, llegamos al centro de salud temprano por la mañana para comenzar nuestras actividades diarias. Esta vez, Hervé, que es el médico del equipo, nos acompañaba para trabajar en varios aspectos que servirían para mejorar la maternidad. Recuerdo que en aquel momento pensé que no estaba nada mal tener un médico a tu lado de vez en cuando… ¡sobre todo porque, en una zona que cuenta con más de 100.000 habitantes, sólo hay tres médicos….y los tres están en el hospital!

Nada más llegar, nos pidieron que pasáramos a ver a una mamá que acababa de llegar a la maternidad. Como es habitual, en los centros de salud siempre hay algún caso un poco complicado que tenemos que referir al hospital, pero Hervé nos dijo que aquella mujer estaba a punto de parir, así que había que atenderla en ese mismo momento.

Como muchas mujeres africanas, la mamá tenía muchos antecedentes en su contra por haber sufrido demasiados embarazos, demasiadas cesáreas y demasiados abortos, y no podría soportar un traslado al hospital porque su útero, cicatrizado y cansado después de siete embarazos, tenía muchas posibilidades de romperse… lo que conllevaría la muerte inmediata del niño y por supuesto de ella.

Así que como se suele decir allá en mi casa, nos liamos la manta a la cabeza y empezamos a montar un quirófano improvisado para realizar una cesárea de urgencia, en una habitación con una camilla de partos, una estantería, y una pequeña ventana que dejaba pasar, la verdad, muy poca luz.

Reunimos material del centro, le añadimos el que llevábamos en nuestra maleta de urgencias, y en cinco minutos estábamos listos. Hervé de cirujano, Christophe de enfermero instrumentista, y yo con la anestesia. La otra enfermera, Colette, circulando para arriba y para abajo, y la matrona esperando su bebé, que como era de prever necesitó ser reanimado después de sacarle tan bruscamente de su bañerita caliente…

Hubo un momento de tensión, por la condiciones en las que nos encontrábamos y por la gravedad de la situación, pero cuando el pequeño comenzó a llorar, todos respiramos. Y cuando poco después la mamá empezó a despertarse y, aunque dolorida, a buscar a su bebé sin comprender muy bien de qué manera había llegado a sus brazos, todos sonreímos.

Al cabo de unas horas nos fuimos hacia el hospital. La mamá y el bebé recibieron todos los antibióticos del mundo y todos los cuidados necesarios para evitar una infección… ¡y se recuperaron sin problemas!

Como es tradición después de estos casos, se nos concedió el honor de ponerle el nombre oficial al bebé (el nombre tradicional se lo pondrían sus padres). Dado que el bebé que nació en el coche se llamó Sheria, como el conductor, pensamos que el bebé de la cesárea de urgencia debería llamarse Hervé, como el médico sin quirófano que le había salvado la vida. Sin embargo, al final lo pensamos de nuevo entre todos y decidimos llamarle Bahati, que en swahili quiere decir “suerte”. No es el primer niño nacido en uno de nuestros proyectos que se llama así…

Ahora que lo veo todo en la distancia, creo no hay nombre mejor en el mundo para este niño. No estoy ni contenta ni triste por haber vuelto, tampoco indiferente, pero sí estoy completamente convencida de que después de haber pasado seis meses en Congo, y de haber comenzado a balancearme entre las dificultades y las maravillas de este país, algún día regresaré. Hay demasiadas necesidades a la vuelta de la esquina como para darles la espalda, como para olvidar, como para hacerlas invisibles… y también hay demasiadas cosas bellas como para no echarlas de menos.

Termino este post, pero mi compañera Stella Evangelidou, técnico de salud mental, va a tomar el relevo en unos días para seguir contándoos de Kalonge y de los muchos desafíos a que nos enfrentamos en la República Democrática del Congo.

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Foto 1: Centro de salud en la periferia (Kalonge, RDCongo).

Foto 2: El atasco de los todoterrenos de MSF en las embarradas carreteras de Kalonge es habitual.

Foto 3: Madre y su bebé, centro de salud de MSF en Kalonge.

Todas: © Rocío Raya.