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El CNI, por dentro

Por Óscar Sánchez-Rey (República Centroafricana, MSF)

 Como ya os contaba en uno de los posts anteriores, a la gran mayoría de los pacientes desnutridos, más o menos al 80%, los tratamos de forma ambulatoria. Así pueden permanecer en su casa durante todo el proceso.

Pero la desnutrición es una enfermedad compleja, que en ocasiones se asocia con otras enfermedades como la malaria o los insidiosos parásitos intestinales. Eso hace que el 20% de pacientes restantes estén demasiado débiles e inestables como para que pueden continuar el tratamiento en su casa. En ese caso, es necesario hospitalizarles. En una emergencia nutricional, construimos un hospital sólo para tratar la desnutrición, y a ese hospital lo llamamos CNI, Centro Nutricional Intensivo.

Nuestro CNI, que parece un hospital de campaña, es una estructura temporal. La desnutrición es una urgencia, de naturaleza transitoria (aunque a veces dure años), así que, una vez se acaba, quitamos el centro. La organización de un CNI no es sencilla. Por un lado requiere una clasificación de los pacientes según su gravedad y los cuidados de enfermería necesarios.

Tenemos hasta una unidad de cuidados intensivos. No penséis en maquinas que pitan y pacientes conectados a respiradores: es sólo una unidad donde hacemos transfusiones de sangre, ponemos tratamiento intravenoso y alimentamos a los niños con leche terapéutica cada 3 horas, noche y día. También es necesaria una importante organización logística. Tenemos que suministrar agua limpia, crear zonas de desechos y de lavado, cocinar comida para los pacientes y familiares, y proporcionar luz para poder trabajar por la noche.

En el CNI de Boda, los niños permanecen ingresados una media de 20 días. Nos da tiempo a conocerlos, a conocer sus historias personales y a que ellos nos conozcan a nosotros. A muchos, el primer día, la imagen de un médico blanco les produce pavor. En pocos días se van acostumbrando a nosotros y nosotros a ellos.

A pesar de lo dramático en demasiadas ocasiones de sus historias personales, de las dificultades por las que pasan tanto pacientes como familiares y de las enfermedades que padecen, en algunos casos incurables, la atmosfera es de optimismo. Reina la distensión y el buen humor. Os aseguro que una visita al CNI, una charla con los familiares, con los trabajadores de centro y un rato de juegos y de risas con los más pequeños arregla el peor de los días. Cualquier dificultad del trabajo o cualquier momento de desánimo desaparecen inmediatamente.

Nuestra tasa de curación es muy alta. Casi todos los niños acaban regresando a su casa sin ninguna secuela del traumático proceso. A muchos los seguimos viendo cuando salimos a los centros periféricos. Pero lamentablemente no a todos. A veces la desnutrición se mezcla con enfermedades más complejas como el sida o la tuberculosis, o a veces ni siquiera podemos saber qué enfermedad  hay detrás del cuadro nutricional.

Y es esto, sin duda, lo más duro de este trabajo. La muerte es algo a lo que todos los que trabajamos en sanidad nos enfrentamos diariamente. En eso no hay diferencia en ninguna parte del mundo. Lo aceptamos y punto. Pero aquí, instrumentos básicos de la medicina moderna como una simple radiografía o una analítica básica de sangre son algo de ciencia ficción.

Es doloroso, terriblemente frustrante, tener pacientes a los que hemos tratado con todo lo que tenemos, y que se nos mueren sin llegar a saber exactamente por qué. La medicina no cura siempre, pero al menos todos deberíamos tener el derecho de saber por qué se muere nuestra gente.

En esta entrega os he dejado unas fotos del Centro: una vista general, donde podéis ver las estructuras temporales, otra de dos médicos pasando la visita diaria y otra dos de algunos de los pacientes.

Desde Boda,

Óscar

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Fotos:  © Óscar Sánchez-Rey