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Maldita sea, al Ébola se le puede vencer

Por J. Mas Campos, coordinador de Emergencias de Médicos Sin Fronteras en Kivu Sur, República Democrática del Congo*

13:00 horas, escala en Bunia, salto a un Grand Caravan de doce pasajeros cuyo piloto es un mzungu[1] que habla kiswahili porque se crió en las afueras de Bukavu. No sé por qué recuerdo al escritor John Maxwell Coetzee, a los afrikaners, a Sudáfrica, si nunca estuve allí.

Tras dos semanas de Ébola, viajo a París a un curso de formación de emergencias, el más reputado de cuantos MSF Épicentre imparte: epidemiología, desnutrición, campañas de vacunación, cólera, etcétera. Creo que esto de las emergencias va a insuflarme nuevo coraje y agallas: realmente es ahí donde el trabajo de Médicos Sin Fronteras marca más la diferencia.

Antes de tomar las avionetas para salir de la Provincia Oriental, coordino la última reunión de la mañana y entrego mis particulares armas (el móvil y el ordenador, la pistola y la placa) a un veterano que aterriza para reemplazarme. Cierro con una despedida sincera (“ha sido un honor trabajar codo con codo con vosotros”) y una concesión a la galería, un chascarrillo popularizado aquí entre los nacidos en los 70: al estilo del capitán Furillo de Canción triste de Hill Street, a cuya voz mis compañeros asemejan la mía, termino con un “tengan cuidado ahí fuera”. Carcajadas entre los españoles que compartimos el universo de fetiches y referencias; los congoleños no entienden nada, pero nos citamos en los Kivus. Nos decimos adiós calurosamente sin tocarnos. Me regalan un sombrero en cuero de cowboy. Ahora sí que voy a ser todo un pintas.

La avioneta cabecea zarandeada entre las nubes por una súbita tormenta. Los cielos se han entenebrecido de repente y las lluvias se arremolinan alrededor de la nave azotando los cristales de la cabina con virulencia. La pareja de ancianos africanos que viaja a mis espaldas debe pensar que este mzungu está loco…y es que me he echado el sombrero sobre los ojos e intento proseguir mi cabezada.

Si no manifiesto síntomas (fiebre, vómitos, diarrea, etcétera) en los próximos 21 días, confirmaremos que no habré caído enfermo de Ébola. No hay necesidad de cuarentenas, cada vez sabemos más del enemigo, pero en el pasado, cuando existía el miedo a causa de su absoluto misterio, había muchas más cautelas. Miro por la ventanilla: bajo el mar embravecido de la borrasca, la luz del día se refleja en el horizonte al rebotar el resplandor solar contra la cúpula celeste. Tengo ganas de fumar, de echar una cerveza.

Este mes de septiembre he aprendido varias cosas sobre el Ébola, pero sólo una fundamental: se le puede vencer. Al Ébola se le puede vencer. He visto a un hombre de 78 años, un hombre que había perdido a la mitad de su familia por la malaventura de estas fiebres hemorrágicas, sobrevivir a la incubación y contagio: Papá Gaga, un pastor de una iglesia que se quejaba en la guardia de confirmados de “dolor de articulaciones”. También he presenciado en cambio cómo una joven de 19 años perecía de Ébola en la cama de al lado.

Es paradójico que salga de esta experiencia esperanzado. Pero es cierto: la supervivencia, la propia existencia, depende de uno, de tu sistema inmune, de la resistencia que plantes. Esa convicción me persuade nuevamente y me concilia con nuestra naturaleza valiente y cobarde. El destino es mitad carácter; la otra mitad, llamémosle hado, fortuna o azar, propone embustera el combate. Lo peor de este virus es que puede acabar con familias enteras, porque la transmisión es más fácil cuanto más estrecho sea el contacto entre humanos.

Triste, real, metafóricamente angustiosa, la vil manera en la que el Ébola se prevale de quienes más te quieren para matarte. El último ‘sms’ antes de embarcar me informó de que tenemos cuatro positivos confirmados. Y yo me tengo que marchar. Pero me resisto, me revuelvo en el asiento tras el copiloto dentro de la cabina de la avioneta, que sigue surcando la tormenta, forcejeo en el aire con esos fantasmas personales, y sentencio: al Ébola se le puede vencer. Sonrío.

A París desde RDC me va a llevar dos días llegar. A veces este trabajo se entrevera en estos contrastes tan brutales: de la interdicción del contacto humano, la angustia asfixiante de la escafandra y el olor a cloro constante, a pasear por los empedrados de París por primera vez en 15 años.

Si alguien conoce bien la ciudad, por favor, sea tan amable de recomendarme un cálido restaurante donde no sirvan mal vino y las viandas no me cuesten un riñón. Claro que quién va a querer un riñón de un posible contacto de Ébola… Qué diablos, suerte tendré si en el curso de formación me dan la mano… (humor negro de emergencias, muy común, ya sé, me estoy tarando).

Voy a Europa en bancarrota, casi sin un céntimo, y en las últimas. Las tarjetas y el teléfono las despaché en valija urgente hacia Bukavu cuando, en el tránsito hacia la misión del Ébola, hice escala en Goma. Así que solamente traigo la envejecida ropa de terreno, algunas camisas arrugadas y una barba de varios días. Y un sombrero en cuero de cowboy.

La tormentita amaina y el sol escarda la lana de las nubes. Joder, sólo quería escribir cinco frases, y me embalo y acabo como siempre… Maldita sea, el condenado pendientito de Hauts-Plateaux me sigue mortificando como el primer día y no me deja dormir de este lado. Me incorporo, olfateo al piloto y al frente veo Entebbe, el aeropuerto de Kampala, Uganda. Aquí me quedé encallado hace un par de años por un tema de visado cuando debía volver a Dolo Ado (Etiopía).

Recuerdo que el pequeño hostal donde nos alojamos en aquella ocasión tenía algunas vistas nocturnas fabulosas de las colinas de Kampala. Como las luces que se contemplan desde ese restaurante italiano abierto a la bahía de colinas de Kigali. Esa va a ser la prioridad principal del día: tomar una cerveza de noche delante de un bonito panorama.

Ah… y encontrar una lavadora.

15 horas. Kampala.

Por la noche, escribo un correo a Barcelona proponiéndome de nuevo, a mi regreso de París, para continuar coordinando la emergencia del Ébola en caso de que no encuentren a nadie.

 

 * Pepe es, desde el pasado mes de julio, responsable del RUSK, equipo de “Réponse d’Urgence Sud Kivu” (Equipo de Respuesta de Emergencia en Kivu Sur), en República Democrática del Congo. Puedes leer también su primer post desde RDC, “Los demonios de mi personal bestiario”.

 Foto: Médicos de MSF se preparan para trata a pacientes con ébola en RDCongo, septiembre de 2012 (© Teresa Sancristóval/MSF).


[1] Término en África meridional, central y oriental para una persona de origen extranjero. Traducido literalmente, significa “alguien que deambula sin rumbo fijo” o “vagabundo sin rumbo”.

Los demonios de mi personal bestiario

Por J. Mas Campos, coordinador de Emergencias de Médicos Sin Fronteras en Kivu Sur, República Democrática del Congo*

Jueves, 11:00 horas. Vuelo en una minúscula avioneta de hélices de cuatro pasajeros (más pequeña aún que aquella de la que salté en paracaídas), dibujando el trayecto Isiro–Bunia, en la Provincia Oriental de la República Democrática del Congo (RDC). Una sabana verde y frondosa, como musgo bullente de vida, se extiende bajo nuestra ruta. Me acuerdo de El paciente inglés, pero ni aquí hay desierto ni yo soy muy paciente. Saco una libreta de hojas rayadas. Me prometo escribir poco.

Hace dos semanas regresé a RDC previo briefing** en Barcelona. Al vuelo me agarran no bien entro en la sede y me despachan a la emergencia de Ébola de la Provincia Oriental, ubicada fuera de mi hábitat natural: los Kivus, las armas. “Ve a formarte, chaval, que los ébolas van a abundar los próximos años y nos tenemos que experimentar”, me dicen los jefes.

El Ébola, tantas veces llevado a la gran pantalla, es una fiebre hemorrágica vírica que mata a entre el 30 y el 90% de los que la contraen. La tragedia: se desconoce todavía el reservorio original (¿monos? ¿murciélagos?), pero el mal se contagia por contacto entre humanos, en concreto a través de los fluidos corporales. En estas misiones está prohibido tocarse y hay que lavarse las manos con agua clorada de distintas soluciones docenas de veces al día: así se crea un estado de alerta que ayuda a establecer medidas higiénicas y de control básicas.

Es igualmente por eso por lo que hay que vestirse de cosmonauta en la antecámara del pabellón de tratamiento, y a la salida te pulverizan sistemáticamente antes de asegurarse de que estés “desinfectado”. Por eso llevamos doble guante, doble capa, por el acaso de si alguna se rajara y fatalmente hiciera contacto piel a piel con los pacientes. Miento a mi familia diciéndole que vuelvo a los Kivus para que no tengan miedo.

Paso varios días profesionalmente jodido, cuestionándome y sintiéndome completamente imbécil, inútil, sin sentido. El último día y medio en cambio es adrenalínico y me recobra de nuevo para la batalla: me percato de que sin querer he aprendido tanto que he encontrado cosas fascinantes. Creo que he vuelto a enamorarme de este trabajo.

Pero me pasa lo mismo que me ocurre siempre: marché de Etiopía antes de que explotase la emergencia de desplazados de Somalia, de Yemen cuando los houthis amenazaban con sus invasiones bárbaras, de Hauts Plateaux (RDC), lugar en el que había muchos casos de violencia sexual, cuando se suspendían temporalmente las clínicas móviles, y ahora me voy del Ébola justo cuando se han confirmado nuevos casos y la epidemia aún está lejos de extinguirse…

Cómo jode marcharse cuando las cosas se ponen  feas. Disculpen, ya saben, los demonios de mi personal bestiario.

(Continuará)

 

 * Pepe es, desde el pasado mes de julio, responsable del RUSK, equipo de “Réponse d’Urgence Sud Kivu” (Equipo de Respuesta de Emergencia en Kivu Sur), en República Democrática del Congo.

** Sesión informativa en la que el personal de MSF recibe información previa a su salida a terreno sobre contexto, funciones y el proyecto

 Foto: El equipo de emergencias de MSF en Uganda se prepara para entrar en la zona de aislamiento de pacientes de ébola en el hospital de Kagadi en la reciente epidemia de la fiebre hemorrágica (julio de 2012. © Agus Morales).

Planificación vs. realidad: de censos y embarazos

Por Amos Hercz (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras

Sobre el papel, la campaña de vacunación contra el sarampión estaba planificada al detalle, pero en la República Democrática del Congo, la vida real siempre se interpone. Esta región es conocida por los grandes desplazamientos de población ocurridos en el pasado reciente. Las estadísticas demográficas son a menudo incorrectas.

En algunos de los emplazamientos de vacunación, la población real podía hasta duplicar a la oficialmente censada, mientras que en otros nos encontrábamos con la mitad de la población esperada. Así que tenemos que estar preparados para adaptarnos continuamente.

La contraindicación más importante de la vacuna contra el sarampión es el embarazo: es peligroso para el feto. Sólo vacunamos hasta la edad de 15 años, pero nos preocupaba encontrarnos con chicas de ese grupo de edad que estuvieran embarazadas. Así que tuvimos que estudiar la forma de advertir esta contraindicación en la campaña de información que siempre precede a una vacunación.

Estas comunidades no cuentan con radio o periódicos, así que una campaña de “publicidad”, por lo general, consiste en un trabajador comunitario de salud con un megáfono en plena calle. Nuestro personal local estaba en contra de avisar de esta contraindicación, y de hecho tenían sus razones.

Nos llevó casi una hora definir el mensaje. Si decíamos abiertamente que las chicas embarazadas no debían acudir, cualquiera que se quedara en casa sería “sospechosa” de estar encinta. Y una chica que estuviera embarazada pero no lo hubiera contado, seguramente se vería obligada a acudir a la vacunación de todas formas, por miedo a ponerse en evidencia. Y luego estaba la posibilidad de que chicas que no quisieran, simplemente, sufrir el pinchazo que supone la vacuna, adujeran estar embarazadas para no venir.

Finalmente, decidimos que el personal de registro preguntaría con el mayor tacto posible a todas las chicas en edad fértil que llegaran si había alguna posibilidad de que estuvieran embarazadas. De esta forma, cualquier chica que lo estuviera, podría simplemente seguir el circuito y pasar discretamente de largo por delante del vacunador en su camino hacia la salida.

Durante la campaña de vacunación, también llevamos a cabo la detección de casos de desnutrición, y la distribución de suplementos de vitamina A: la deficiencia de esta vitamina es causa de una gran parte de la mortalidad por sarampión, y aportar suplementos puede reducirla en hasta un 50%. Esta región es verde y fértil, por todas partes hay tierras cultivables. No hay hambruna, así que es doloroso encontrar niños con desnutrición.

Durante la campaña, me desplacé a todos los centros de salud local para ver a los pacientes que ya pudieran haber contraído el sarampión. MSF distribuye kits médicos al personal sanitario local con el fin de que ellos mismos puedan responder a estos casos. Mi trabajo consiste en comprobar que hacen buen uso de estos suministros, y en respaldarles con formación en protocolos y prácticas de tratamiento cuando es necesario.

Los protocolos que utilizamos han sido desarrollados por nuestros especialistas médicos. Donde es apropiado, se basan en las guías y recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), e incorporan los conocimientos que emanan de la larga experiencia de MSF en terreno. Son tan actualizados y sencillos como sea posible.

Este tipo de documentos (y los hay de muchos tipos, para logística, para manejo de casos, para vacunación, etc.) son realmente valiosos. MSF consume importantes recursos para generarlos y estandarizar y mejorar el trabajo en terreno. A menudo se critica a las ONG por gastos de corte administrativo: parte del mismo sin duda se dedica a la elaboración de estas guías profesionales. Sentado aquí, en el terreno, valoro cada céntimo que se ha gastado en ellos.

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Foto superior: Trabajador comunitario de MSF informando de la campaña de vacunación contra el sarampión en Lubumbashi, RDC (© Gwenn Dubourthoumieu)

Foto inferior: Medición del perímetro mesobraquial de un niño durante la campaña de vacunación en Congo, mediante un “brazalete MUAC”, para evaluar su estado de desnutrición (© Amos Hercz)

¿Quién se enconde en la niebla?

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Las carreteras polvorientas de color canela se están embarrando. Comienza la época de lluvias… En una bonita y brillante mañana, después de una larga noche de fuertes lluvias, dejé uno de los proyectos de MSF para dirigirme hacia otro.

El proyecto de MSF tiene su base en Kivu Sur, en el centro sanitario de Kalonge. Esta zona está rodeada por el Parque Nacional Kahuzi-Biega, donde hay actores armados de todos los bandos.

El marrón rojizo de las carreteras contrastaba con el maravilloso verde oscuro del Kahuzi-Biega. Me quedé absorta en la belleza de la naturaleza que nos rodeaba, intentando vislumbrar algún mono saltador o algún pájaro. Pero me despertaron los militares del ‘check point’…

Tuvimos que volver a la base, porque se había producido un tiroteo en la carretera algunos kilómetros más adelante. El ver a un grupo de militares del Ejército congoleño, las FARDC, corriendo para coger sus kalashnikovs hizo que se nos disparara la adrenalina, así que giramos 180 grados en menos de lo que canta un gallo

Más tarde, nos enteramos de que un grupo de la milicia ruandesas hutu, el FDLR, había atacado a una patrulla militar y robado un camión. Un militar resultó muerto.

¿Quién se esconde realmente detrás de la jungla de este parque? ¿Monos y pájaros o grupos armados de rebeldes a la espera de su próximo objetivo?

El escenario de seguridad cambia cada día en la República Democrática del Congo. Tras la aparente tranquilidad de la rutina diaria, siempre hay un miedo subyacente a que estalle algún conflicto. La felicidad está tan cerca de la tristeza…

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Fotos: Haut Plateaux, RDC (© Stella Evangelidou)

Por un poco de combustible (I parte)

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

Hace unos meses un simple accidente de camión provocó cerca de 250 muertos y unos 50 heridos graves en el pueblo de Sange.

El camión maniobraba por un lateral de la carretera cuando se estrelló. Transportaba gasóleo. Los vecinos de la zona se acercaron para recoger el combustible que se salía del tanque, ¡regalo de Dios! Dos horas después se produjo una explosión, y la gente que se había reunido allí quedó atrapada por el fuego. Muchos murieron en el acto, otros resultaron heridos.

MSF intervino de inmediato para atender las necesidades médicas y psicológicas de los pacientes hospitalizados. Les atendimos en los hospitales de Sange y Panzi. El programa de salud mental que puse en marcha acompañaba a la atención médica, para así responder a las reacciones psicológicas que los pacientes pudieran experimentar en los dos meses siguientes al accidente.

En este primer periodo, los principales objetivos eran reducir el estado de estrés durante la fase aguda, y prevenir problemas post-traumáticos a largo plazo entre las víctimas directas e indirectas del incendio.

Nuestras actividades psicológicas estaban dirigidas a atender las necesidades de los pacientes hospitalizados, pero también de sus familiares y cuidadores, y del equipo médico que trabajó largas horas para brindarles una atención de calidad.

Cuando entré en la habitación en la que esperaban los familiares de los heridos, una niña pequeña, G., se me acercó. Me enseñó una foto: era de su padre, hospitalizado en la sala de tratamiento. Tenía todo el cuerpo quemado y el rostro desfigurado. Murió unos días después. La foto y el sufrimiento del duelo…

La pequeña D., de 8 años, cogió los lápices de colores y comenzó a escribir una carta multicolor. Sufrió quemaduras en el accidente, y su madre también. Es la única paciente pediátrica en la sala de tratamiento. “Vivo en mi pequeño mundo… pero está bien.  Aquí me conocen “. “De mayor, quiero ser médico”, escribe.

Abro el cuaderno azul en el que registramos a todos los pacientes que pasan consulta psicológica. Las páginas me recuerdan el olor a carne quemada. Cierro el cuaderno. Cierro los ojos y respiro profundamente. Fue la pobreza lo que provocó esta gran tragedia. ¿Por qué siempre las mayores catástrofes golpean a las personas más vulnerables?

 (Continuará)

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Fotos: El camión accidentado en Sange y pacientes atendidos por MSF (© Stella Evangelidou).

Un día cualquiera en Chifunzi

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

El trabajo comienza a las 7:30 con una reunión donde nos ponemos al día de las actividades del proyecto y de la situación general de la región. Al final de la reunión, nos montamos en el coche de MSF rumbo al hospital. Entre las 13:30 hasta las 14:30 volvemos a la base para comer. Después, o bien volvemos al hospital para continuar, o nos quedamos en la oficina de la base para completar informes y diseñar los planes de acción. Oficialmente, el trabajo se termina a las 17:30.

Un día típico de trabajo en una misión de MSF es, en general, “atípico”… Debido a las necesidades de los pacientes en el hospital, algunos días nos saltamos la hora de comer y trabajamos hasta pasadas las 17:30. Las necesidades de los pacientes siempre encabezan la lista diaria de prioridades.

Por razones de seguridad, tenemos que volver a la base antes de las 18:00, llevar puesta nuestra identificación de MSF y tener siempre las radios encendidas.

La base de MSF está situada al final de la aldea de Chifunzi, a un kilómetro del hospital central. Es una zona cercada con bambú donde se encuentran la casa MSF para los siete expatriados que estamos aquí, y la oficina. No hay ni agua corriente ni red eléctrica, pero gracias al equipo logístico contamos con un generador, un sistema de energía solar y letrinas. Y os diré que no hay nada más relajante al final del día que una ducha con un cubo de agua…

A menudo he ido a trabajar andando junto con mi colega Théophile, un psicólogo congoleño. Es un camino embarrado que lleva al hospital atravesando el centro del pueblo. Solemos llamar la atención de los vecinos. “Mzungu1, dame galletas”. Eran niños en edad escolar jugando con los ladrillos de barro con los que se está construyendo la nueva escuela.

Uno de esos días, nos detuvimos a comprar una botella pequeña de agua, que nos costó 800 francos congoleños, unos 70 céntimos de euro, casi más caro que en mi país, Grecia. Los soldados del gobierno andaban cerca de la aldea. Su presencia me recordó que estábamos en una zona donde la seguridad no puede darse por sentada.

Le pedí a Théophile que me comprara un paquete de cigarrillos por el camino. Si lo hiciera yo misma, no tardaría en haber habladurías en el pueblo. Es muy raro ver mujeres fumando en Congo, excepto las expatriadas que no pueden superar su adicción

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(1) Mzungu: “hombre blanco” 

Foto superior: Vista de Kalonge (© Stella Evangelidou)

Foto inferior: Mercado de Kalonge en un día de lluvia, visto desde el interior de un coche de MSF (© Stella Evangelidou)

Una psicóloga en el bosque congoleño

Por Stella Evangelidou (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)

¿Quién dijo que los psicólogos sólo trabajan en clínicas psiquiátricas, hospitales, universidades o en sus despachos esperando a pacientes a los que cobrar bien caro…? MSF ha integrado el apoyo psicosocial y los cuidados de salud mental en su programa médico como componentes inseparables de una atención de calidad.

Me presento: soy psicóloga de apoyo técnico en Kivu Sur, en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Empecé esta misión, inicialmente de tres meses, con la idea de reforzar la parte psicológica del programa de violencia sexual desarrollado en Kalonge. Sin embargo, este periodo de tiempo se amplió, ya que son muchas las necesidades en cuanto a salud mental de los pacientes de los proyectos médicos que MSF ha emprendido en toda la provincia. Por ejemplo, tuvimos que responder a las traumáticas consecuencias de un desgraciado accidente en Sange, del que os hablaré en próximos posts.

La psicología es una disciplina terapéutica preventiva y curativa, que siempre va “aderezada” con las creencias culturales. En el marco de la labor humanitaria, la psicología tiene un enfoque psicosocial. De esta manera, hablamos más de “seres sociales” y no tanto de “individuos”. El contexto social está fuertemente relacionado con el bienestar psicológico. La familia ampliada y la comunidad son factores sociales que dan forma a la configuración psicológica de una persona.

En RDC, la mayoría de los psicólogos asocian la disciplina de la psicología con las creencias religiosas y la ayuda socio-económica. Es un proceso más externo que interno: la ayuda se encuentra fuera de uno mismo: son el “Dios proveerá” y el “alguna organización humanitaria nos dará algo de comida para hoy”.

Como psicóloga expatriada que trabaja en Congo, el mayor desafío al que me he enfrentado ha sido el colaborar con los psicólogos congoleños, animarles a trabajar en la línea de inculcar la resiliencia en los pacientes. ¿Cuáles son los factores mentales, sociales, morales y espirituales que pueden ayudarles a hacer frente a una experiencia traumática? ¿Cómo podemos ayudar a los pacientes a ayudarse a sí mismos?

En definitiva, es el pasar a “Dios nos ayudará si personalmente nos esforzamos por superar las dificultades” o al “una organización humanitaria nos dará algo de comida para hoy, ¿pero qué pasará mañana?

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Foto superior: Las colinas de Kalonge, RDC (© Stella Evangelidou)

Foto inferior: Sesión de formación en salud mental del personal congoleño, en Haut-Plateaux (© Stella Evangelidou)