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¿Tenéis gorilas en Alemania?

Por Jana Brandt (coordinadora de Médicos Sin Fronteras en Kalonge, República Democrática del Congo)

“¿Tenéis gorilas en Alemania?”, me pregunta Joseph, el conductor que me lleva desde Kigali, capital ruandesa, hacia la frontera con la República Democrática del Congo (RDC). Es la primera vez que me dirige la palabra después de dos horas de viaje y después de vanos intentos de mi parte de establecer una conversación con él. Pero es la pregunta que finalmente rompe el hielo entre nosotros. Sonrío. Me encanta encontrarme con estas perspectivas culturales tan diferentes.

A mi respuesta negativa reacciona con sorpresa. “¿Y aguacates, árboles de aguacate, tenéis?” Otra vez negativa por mi parte. Cuando encima también niego la existencia de yuca, de caña de azúcar, de plantaciones de té y de café, me mira con sorpresa por el retrovisor para enseguida empezar a reírse a carcajadas.Entonces, si no tenéis nada de esto, ¿qué tenéis?

Le explico, y añado que en Alemania tenemos las cuatro estaciones y que en invierno hace mucho frío y que hay mucha nieve. Ruanda es el contrario: ¡es increíble lo verde que es este país! Durante las casi 6 horas que dura el viaje hacia Bukavu, capital provincial de Kivu Sur, situada en la otra orilla del lago Kivu (que separa RDC y Ruanda), los paisajes son bellísimos. Cuando le digo a Joseph cuánto me impresionan los paisajes que veo pasar por la ventana del coche, me responde “Oui, c’est tranquille le Rwanda!”*

¿Tranquilo? Es verdad. Todo parece seguir un ritmo muy pausado y resulta fácil describir el paisaje como idílico. Pero no puedo evitar que me vengan a la mente las imágenes de uno de los mayores genocidios de la historia humana. En 1994, aproximadamente 800.000 personas, sobre todo de etnia Tutsi (lo que equivale a un 11% del total de la población y un 80% de los tutsis que vivían en el país en aquel entonces), perdieron la vida a manos de milicias de Hutus en tan sólo 100 días, mientras la comunidad internacional miraba paralizada sin actuar y, peor, en ocasiones negaba lo que estaba sucediendo. A causa de un contraataque del Frente Patriótico Ruandés (FPR, tutsi), más de un millón de Hutus huyeron del país hacia la RDC, que por aquel entonces aún se llamaba Zaire.

El genocidio ruandés y sus consecuencias políticas han tenido y tienen un fuerte impacto en la política congoleña hasta el día de hoy, y son una de las causas principales de la violencia que sacude al Congo desde hace ya décadas (ya os contaré más de esto en otro momento). El campo de refugiados para congoleños por el que pasamos en coche, establecido el pasado enero tras la huida de miles de personas a Ruanda a causa de una nueva escalada del conflicto, es muestra de la relación entrelazada, pero infinitamente complicada, entre estos dos países vecinos.

Al final resulta que a Joseph le encanta hablar. Después del cuestionario sobre Alemania, empieza a darme un curso intensivo de suahili, lengua hablada entre otros en Ruanda y en Congo (es uno de los idiomas oficiales del país) y que suma nada menos que 45 millones de hablantes.

Primera lección: “¡hakuna matata! (“ningún problema”). Probablemente las palabras más conocidas de este idioma en occidente gracias al Rey León. ¡Ignorante de mí, que no tenía ni idea de que no era una invención de Disney, sino que realmente significa algo! En seguida: ¡hakuna matoto, hakuna matata!” (“sin hijos, sin problemas”). Muy útil saberlo. Siguen más palabras y a partir de allí, Joseph me pregunta cada 15 minutos a ver si me acuerdo de todo. Obviamente, no lo consigo. Empiezo a sentir el cansancio después de casi ya 24 horas de viaje (Barcelona-Doha-Etebbe-Kigali) y mi cabeza ya no da para más.

Vista del lago Kivu desde el lado congoleño (© Jana Brandt).

Vista del lago Kivu desde el lado congoleño (© Jana Brandt).

Cuando finalmente llegamos a la frontera con RDC, Joseph para el coche en la orilla del lago Kivu y me ordena bajar del vehículo y sacar una foto del puente que hace de frontera entre Ruanda y Congo. Sigo, cómo no, sus órdenes.

En la frontera me espera un coche de Médicos Sin Fronteras (MSF) para la última etapa del trayecto hacía Bukavu, que ya sólo dura media hora. Pero antes, sello de salida de Ruanda por parte de un oficial poco motivado y sello de entrada de su contraparte congoleña, no mucho más motivada.

Cuando el conductor de MSF me dice su nombre, Mohamed, me sorprendo de nuevo. ¿Mohamed? ¿Un nombre musulmán en un país con un total de 96% de cristianos? “Hay una pequeña comunidad musulmana en Bukavu”, me explica él. Una comunidad que forma parte del 1,2% de musulmanes en el país. Y efectivamente, nada más entrar Bukavu, pasamos por una mezquita.

Me doy cuenta de lo poco que sé del país que va a ser mi casa durante los próximos 9 meses y lo mucho que me queda por aprender. No es sólo mi primera vez en el Congo, sino también en África en general, así que la estancia aquí va a ser todo un reto para mí. Un reto al que me encanta enfrentarme, pero un reto que también me da mucho respeto. “Karibu a Bukavu”*, me dice Mohamed, mientras bajamos del coche delante de la oficina de MSF.

Ya verás”, me tranquiliza, “¡hakuna matata!

(Continuará)

+++

* “Sí, Ruanda es tranquilo”.
* “Bienvenida a Bukavu”.

Memorias del RUSK. Parte IV: rechinar de dientes.

Por J. Mas Campos, coordinador de emergencias de MSF en Kivu Sur, República Democrática del Congo

Ya en febrero habíamos comenzado a seguir las evoluciones endémicas del cólera en el eje lacustre del Lago Tanganika. Durante un par de meses le pisamos los talones. La primera vez que asomó y mató se nos había escapado por los pelos. El cólera puede matarte en 24 horas si no lo tratas. Vital es desplegarse de forma inmediata.

Pero esta vez, en abril, por fin pillamos la epidemia en un brote que, sin preaviso, se llevó consigo a 4 personas lejos de los hospitales. Nos medimos contra él en Kamanyola, de media 25 pacientes internados (muy lejos de las cifras de Haití, esto es una cosa chica), y tras llegar el RUSK, afortunadamente, ni una muerte más siquiera en la comunidad reportada.

Cuando abril todavía se deshojaba en el calendario, un equipo reducido del RUSK llevamos a cabo una misión de evaluación rápida de un posible brote de meningitis, con posible confusión de malaria, en una zona remota de los Kivus, Lulingu, sometida a un “embargo” de facto por el gobierno provincial al ser cuna de los sediciosos y rebeldes Raïa Mutomboki, una región por otra parte carente de control estatal y comercialmente hundida.

Intervención de emergencia de MSF en Minova y Kalungu para atender a los desplazados por el conflicto (Kivu Sur, abril de 2012)  © Juan Carlos Tomasi.

Intervención de emergencia de MSF en Minova y Kalungu para atender a los desplazados por el conflicto (Kivu Sur, abril de 2012) © Juan Carlos Tomasi.

El acceso, complicado a causa de un entramado de rutas de barro inundadas, nos obliga a volar hasta allá en avioneta y luego desplazarnos en moto. En los poblados objetivo de nuestra evaluación, se percibe de antemano una extraña atmósfera malsana, como de malformación necrosada, una gravedad un tanto oscura. Nos entrevistamos con las gentes del lugar: cuentan que, desde hace dos meses, algo está matando a los niños, y no comprenden cuál puede ser la causa…

Nuestra misión dura dos días: en esos dos días nos cruzamos con 2 duelos y un cortejo funerario, mueren en el hospital 5 niños (10 en toda la semana, más los que no nos queremos imaginar lejos de las estructuras sanitarias), visitamos 4 camposantos y cementerios que refugian, cada uno, unas docenas de tumbas recientes: la tierra está fresca, removida, las ofrendas florales todavía desprenden fragancia o luchan contra su ineludible sino, descomponiéndose lentamente. El último de ellos, Tchonka, alberga en su seno más de 60 nichos, dos tercios de ellos anfitriones de cuerpos diminutos… vuelve esa sensación de malformación lóbrega, de estar ante algo más grande que uno mismo. De que las flores fúnebres guardan escondida en su belleza un escalofriante secreto: nada es inmarcesible.

Existen sospechas de que podría ser una peste de meningitis, o una plaga de malaria… otros dicen que es la “sorcellerie”, lo que llaman la brujería o hechicería, y los ancianos murmuran que muchas familias están abandonando la aldea con la esperanza de salvar a sus críos del diablo, de hurtárselos al infierno. El equipo médico examina pacientes, hace pruebas, investiga historias médicas y se sumerge en la epidemiología de los años precedentes.

Los niños siguen marchitándose, cayendo como hojas del otoño. La guadaña, en este caso, no es finalmente la meningitis, sino la dichosa malaria, complicada con anemia. Es ella quien está segando la vida de niños a puñados cada semana. La malaria sigue siendo, parece, la enfermedad más mortífera en el mundo año tras año. Nunca antes en todos estos meses de RUSK estuve tan convencido de la necesidad de intervenir a toda costa, a cualquier precio, como hasta ahora.

Los que me conocen saben que jamás utilizo la expresión “salvar vidas” cuando hablo de mi trabajo. Es demasiado grande para un tipo como yo. Sin embargo, en esta ocasión… en esta ocasión estoy convencido de que tenemos que ser nosotros quienes actuemos, de que no hay nadie más que nada pueda hacer para evitar la mortalidad, salvo MSF. Y nunca antes había detestado tanto el bloqueo institucional que estamos sufriendo: tengo verdaderas ganas de matar a alguien… Cada día que la burocracia administrativa o la política gubernamental nos retrasan, ésta no es una exageración ni licencia poética, otro niño se marchita, otra hoja barre el otoño. En cuanto la ‘intelligentsia’ ministerial comprenda el dramatismo de la situación y acepte que MSF les eche una mano, el RUSK nos desplegaremos de inmediato*. El RUSK, yo mismo, no hacemos política, a duras penas sabemos hablar: somos implementadores, trabajamos con las manos, un poco al estilo de los herreros y artesanos.

Intervención de emergencia de MSF en Minova y Kalungu para atender a los desplazados por el conflicto (Kivu Sur, abril de 2012) © Juan Carlos Tomasi.

Intervención de emergencia de MSF en Minova y Kalungu para atender a los desplazados por el conflicto (Kivu Sur, abril de 2012) © Juan Carlos Tomasi.

El RUSK ha sido una escuela, de vida, de profesión, y de muerte. Digamos que cuando llegué a su seno, en esto de las emergencias tocaba de oído. Ahora creo que, en ocasiones, mal que bien, puedo arrancarle alguna melodía a algún que otro instrumento de cuerda, percusión o viento.

Pero todo, claro, viene con pleito. Después de estos 10 meses, en los que el RUSK ha sido toda mi vida, no puedo sin embargo desadherirme de ese sentimiento de haber perdido algo en este tiempo, quizá memoria, pureza, idealismo, arraigo… creo que avillané un poco mi relación con este trabajo, convirtiéndome poco a poco en mercenario. Perdiendo u olvidando en el camino varias otras facetas del tipo que yo era. Quizá también haya envilecido en cierto grado la relación con una parte de mí mismo, secuestrándola, amordazándola… No sé.

El caso es que, por el momento, esa alienación, ese extrañamiento o deriva respecto de quién eras, de tus asideros, de los tuyos, merece la pena: es en las emergencias donde realmente este trabajo cobra su plena vocación y naturaleza. Perdonen la cursilería, pero, realmente, la determinación de un grupo de profesionales, con nuestra rabia, nuestras miserias y nuestro desencanto a cuestas, juramentados en la persecución un objetivo común frente a la crudeza del terreno, significa algo: puede marcar la maldita diferencia.

Cuando la gente me dice, de vuelta a casa, “es increíble lo que hacéis, cuánto mérito tenéis”, a veces respondo: no somos héroes, sólo tipos enfurecidos, sólo tipos cabreados. Recios, furiosos, nos aferramos con fiereza a la rebelión contra la docilidad, contra el determinismo, el cólera o la malaria: como escribió Claudio Rodríguez, “se puede estar en derrota, pero nunca en doma”. Así pues, contraemos músculos, rechinamos dientes, y, tensándonos como un arco, nos aprestamos para la embestida.

Hasta la próxima.

 

*El RUSK comenzó la intervención contra la malaria en la zona de Salud de Lulingu, territorio de Shabunda, el 2 de mayo.

Si quieres leer otros posts de J. Mas Campos desde RDCongo, pincha aquí.

Memorias del RUSK. Parte II: truenos de pólvora y fuego.

Por J. Mas Campos, coordinador de emergencias de MSF en Kivu Sur, República Democrática del Congo

En esta misma cartografía de la violencia, Primero de Año entraría dentro de una antonomasia más truculenta: el contexto de Bunyakiri, convulso y enloquecido como un jabalí herido, jamás nos permitiría completar la vacunación sin mostrarnos, bufando, el hocico y sus colmillos.

El 31 de diciembre intercambiaron truenos de pólvora y fuego los Raïa Mutomboki (en swahili significa “la población en cólera[1]) contra las FARDC (Fuerzas Armadas de la RDC). El RUSK, inmersos en nuestra campaña, presenciamos cómo un joven llegaba al hospital ese mismo 31 de diciembre por la tarde, y descendía de la motocicleta que lo trasladaba, herido de plomo, exánime y sin esperanza. Tendido en el suelo, ya casi sin hálito, el chaval moría de bala poco a poco a la puerta del hospital, decantándosele la vida a chorros por el costado, mientras un coro de matriarcas dolientes le amortajaban con sus ropas ensangrentadas hasta cubrir su rostro exangüe.

Equipos de MSF prestan asistencia a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Equipos de MSF prestan asistencia a desplazados en Kalonge, Kivu Sur, en julio de 2012 (© Juan Carlos Tomasi).

Esa misma tarde, comenzaron a llegar noticias inquietantes de varios otros heridos. Se desconocía localización, gravedad y número. Tras entablar contactos de seguridad con los jefes consuetudinarios y comandantes de FARDC y Raïa, a través de los que acordamos con ambas partes los términos de respeto a la neutralidad del “convoy humanitario” y de evacuación de los más graves cualquiera que fuera su afiliación, uniforme o etnia, el RUSK nos preparamos a intervenir… por algo somos el equipo de emergencias.

El corredor humanitario se abrió el 2 de enero a las 7 de la mañana, único momento de serenidad y calma de todo el día… Al cabo de media hora y durante todo el resto de la jornada, la misión de evacuación de heridos transcurrió en unas circunstancias tan extremas de tensión entre las dos partes del conflicto, que si bien el corredor humanitario (las luces de intermitencia parpadeando constantemente durante nuestra singladura en cada flanco de los 4×4) y nuestra integridad fueron respetados (sin perjuicio de ser en ocasiones bienvenidos con algunas amenazas, gajes del oficio), la neutralidad del convoy no lo fue tanto. Por ninguna de las partes, soldados regulares y milicias anárquicas.

De haber recogido a determinados heridos (de uno y otro lado, todo dependía del protectorado o pedazo de tierra de nadie en la que nos halláramos), hubieran con toda certeza sido ejecutados en el camino, sin vacilar, a manos de la miríada de grupúsculos incontrolados, sea turbas violentas, sea soldados exaltados, que, armados con machetes, ametralladoras y fusiles de caza, nos detenían incesantemente en el curso de la ruta para inspeccionar la identidad de nuestros pacientes.

Logramos nuestro objetivo a pesar de sentirnos en ocasiones protagonistas de escenografías propias de sórdidas películas basadas en las macabras historias del África reciente, imágenes todas que torturan el imaginario colectivo. Afortunadamente, pudimos llegar al hospital con los heridos, y salir airosos para contarla.

(Continuará)

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[1] Un movimiento popular nacido para proteger a la comunidad autóctona congoleña contra las acciones y venganzas de los FDLR, los antiguos hutus de las milicias Interahamwe, en vista de que las Fuerzas Armadas Congolesas (FARDC) se veían incapaces de hacerlo por sí mismas. Los Raïa Mutomboki visten grisgris y talismanes, se dicen poseedores de una poción mágica que les confiere resistencia anti-balas, y desde hace unos meses han trocado los machetes y las lanzas por rifles de caza y metralletas automáticas. Son los jóvenes airados del Congo, que hartos de ser víctimas, tomaron la determinación de tomarse la justicia por su mano.

Una foto para Bembeleza

Por Agus Morales (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)*

“Hombres armados llegaron a nuestra aldea para quemar casas y matarnos. Tuve que huir. Mis nueve hijos vivían conmigo pero ahora no sé dónde están, no sé si están vivos o no”.

Estamos en el poblado de Minova, en la ribera congolesa del lago Kivu. Ndalinyichi Muhima, una viuda de 54 años, se refugia en un edificio en construcción que acoge a decenas de personas que, como ella, han huido de la violencia. “Vine aquí sola”, cuenta Muhima, que perdió a su marido hace tres años.

Esta vivienda fue la señal de alarma para que Médicos Sin Fronteras lanzara una intervención de emergencia en Minova y en la localidad vecina de Kalungu. Nuestro equipo detectó que una avalancha de desplazados propiciada por dos conflictos diferentes estaba llegando del norte y el noroeste. A veces esto no es fácil de comprobar, porque los desplazados se integran en los núcleos de población o son acogidos por los autóctonos.

En esta zona del Congo oriental aún hay ecos del genocidio ruandés. Diferentes comunidades sufren ataques de grupos armados en las provincias de Kivu, fronterizas con Ruanda. Las fuerzas congolesas luchan también contra organizaciones armadas rebeldes. El puzzle es complejo y no solo responde a la violencia étnica sino al control por los recursos naturales y el dominio territorial.

Cosidos al exuberante paisaje de Kivu encontramos, como parches, antiguos campos de desplazados que se han convertido en asentamientos y otros nuevos que recuerdan la permanencia del conflicto. Son cicatrices que se reabren. Shamamba Katone, de 69 años, calcula que ha tenido que huir de los combates unas ocho veces a lo largo de su vida. “Vas y luego vuelves; vas y luego vuelves… Y cuando has vuelto te das cuenta de que tu casa ha sido quemada”, lamenta este congolés, a quien le cuesta recordar un periodo de paz en la región.

Pero la tragedia humana no solo responde al machete y el kaláshnikov: la falta de comida y atención médica y enfermedades como la malaria golpean a un pueblo ya maltratado por la violencia. En Kalungu, MSF intenta aliviar el sufrimiento de los desplazados. “Apoyamos un centro de atención primaria, que incluye servicios de maternidad y consultas prenatales. Referimos los casos de urgencia al hospital de Kalungu”, resume Carlos Francisco, coordinador de emergencias en esta zona.

En el hospital del pueblo, MSF paga las facturas de los pacientes: antes había ocho ingresados y ahora unos 40, lo cual revela que la gente no acude al hospital por falta de recursos. Nos guía en la visita el director del centro, Jean de la Croix; en seguida bromeamos porque se llama igual que el más conocido místico español, San Juan de la Cruz.

El doctor explica el caso de niños que han sufrido malaria o desnutrición y que gracias a la hospitalización han sobrevivido. Cuando caminamos por la maternidad, una madre que acaba de dar a luz pide una instantánea a nuestro fotógrafo, Juan Carlos Tomasi. Es una desplazada que huyó de los combates en Masisi (Kivu del Norte). “Mi hijo nació anoche, hace unas horas, y quiero una foto para enseñársela cuando sea grande”, pide Bembeleza Chiba.

El nacimiento coincide con el día del aniversario de la independencia del Congo (30 de junio). Prometemos enviar por correo electrónico la foto de este hijo de la medianoche que aún no tiene nombre. Decidimos que el intermediario será el director del hospital, porque esta es una bella misión que solo un poeta puede cumplir.

 

* Agus Morales es responsable de prensa en emergencias de MSF. En estos momentos se encuentra en República Democrática del Congo junto con el fotógrafo Juan Carlos Tomasi.

Foto: Bembeleza Chiba y su hijo, aún sin nombre, en el hospital de Kalungu (© Juan Carlos Tomasi).

Desasosiego

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Hace no mucho estaba en la reunión matutina con el equipo del hospital, cuando empezamos a escuchar lo que parecían personas cantando en la calle. La jefa de enfermeras, que es congoleña, se levantó y fue a mirar desde la puerta de la sala, que da a la calle. Se volvió desde el umbral y me hizo un gesto apremiante que me hizo comprender de inmediato que el día estaba a punto de cambiar.

Salí fuera, para encontrarme con unas 200 personas apiñadas alrededor de un coche de MSF. Algunos de ellos incluso se habían sentado encima, pero la mayor parte lo rodeaban, y podían verse muchísimas manos alzadas, y voces que sonaban ya, no a cantos, sino enfadadas.

Estando el responsable del proyecto de Mweso en una clínica móvil en las montañas de los alrededores, yo era la única responsable en ese momento de la seguridad en el hospital. El logista de agua y saneamiento también había salido, para construir letrinas y evitar un brote de cólera entre las 4.000 personas instaladas en un improvisado campo de desplazados a unos 45 minutos por carretera.

Resulta que un hombre había sido asesinado de un disparo la noche anterior. Nada que ver con MSF, claro, pero esta mañana, cuando nuestro vehículo abandonaba el complejo médico para comprar provisiones, fue detenido por la muchedumbre enfurecida que buscaba a los responsables. Teníamos que salir, porque era víspera de domingo y necesitábamos reponer el suministro de comida y leña para las cocinas del hospital.

Fue entonces cuando viví uno de los momentos más extraños y desasosegantes de mi estancia en Congo, por no decir de toda mi vida.

Mientras estábamos allí, el cerca de centenar de personas que había en el interior del centro médico (en su mayoría, personas que estaban esperando a las consultas y familiares de pacientes), echaron a correr inesperadamente. Un centenar de personas corriendo, de repente, huyendo de algo que quedaba fuera de mi campo visual. Resultó ser uno de los alborotadores, que había irrumpido en el hospital y estaba apedreando a la gente.

Pero todo lo que yo podía ver mientras seguía de pie a pleno sol, lo que vi durante un minuto que se me hizo eterno, eran hombres, mujeres y niños corriendo a mi alrededor, pasando a mi lado con la misma expresión de terror, y al mismo tiempo con una misma determinación. Comprendí que ya habían corrido así antes. Un millón de veces más. La gente ha tenido que correr, correr y correr, dejando atrás una aldea arrasada tras otra, un refugio improvisado tras otro, un campo de desplazados tras otro…

Foto superior: Campo de desplazados internos de Kahe, en Kivu Norte, que acoge a 18.000 personas. (© Michael Goldfarb/MSF).

Foto inferior: Desplazados huyendo con sus pocas pertenencias hacia el campo de Dubie, provincia de Katanga (© Barry Gutwein)

Lecciones aprendidas en Mpati

Por Pavithra Natarajan (RDCongo, MSF)

Recuerdo bien el día en que llegué a República Democrática del Congo, en marzo pasado, cruzando desde Ruanda. No podía creerme que el taxista me dejara en la frontera con un “creo que veo el coche de MSF al otro lado”. Y hacia allí que me encaminé, cruzando a pie por el fango, de un país a otro, con mi enorme maleta a cuestas. Una situación surrealista.

A menudo me acuerdo de aquel día, en el que un paso tras otro me iban conduciendo a Congo. Desde entonces, he aprendido muchas lecciones, y de lo que os quiero hablar hoy es de la que aprendí durante una campaña de vacunación contra el sarampión que organizamos hace poco en Mpati.

Mpati es un nuevo campo de desplazados internos improvisado en las montañas. Aquella mañana nos levantamos a las 5.30 de la madrugada, y realizamos un viaje de dos horas en jeep por otra de esas carreteras de barro de las que os hablaba.

El sarampión es una de los mayores “asesinos” de África, sobre todo en los campos de refugiados y desplazados. Al final del día habíamos vacunado a 1.064 niños, a los que además dispensamos mebendazol, un fármaco contra los parásitos estomacales, muy frecuentes también en estos contextos, y vitamina A, para evitar que acaben sufriendo ceguera si, a pesar de ser vacunados, acaban enfermando de sarampión.

El caso es que, durante la vacunación, conseguimos encontrar a un hombre al que habíamos diagnosticado tuberculosis en el hospital de Mweso, pero que se marchó sin esperar a recibir tratamiento porque vivía en Mpati, y había oído que MSF estaba a punto de realizar una distribución de bienes de primera necesidad allí. Y al encontrarle en Mpati, de nuevo, se negó a volver con nosotros al hospital, porque seguía esperando a que se organizara aquella distribución.

Siendo un enfermo de tuberculosis, una enfermedad contagiosa, al negarse él a someterse a tratamiento, entraban en juego cuestiones relacionadas no sólo con su salud, sino también con la salud pública. Y pensando en estos intereses de la comunidad, me vi obligada a utilizar un truco quizás discutible, pero que era necesario: enfrente de la multitud de 50 niños y una decena de madres que le rodeaban, pedí a la enfermera congoleña con la que estaba que tradujera que si no venía con nosotros al hospital, podía acabar contagiando a los niños que estaban allí. Aquello fue determinante para que volviera con nosotros en el jeep.

Durante las tres horas y media de viaje que siguieron (mientras estábamos en Mpati llovió, así que las carreteras estaban hechas una auténtica sopa de barro), no podía evitar pensar, en primer lugar, en el impacto que nuestra presencia puede tener en un país, cuando distribuyes material de primera necesidad a los desplazados, pero provocas de forma indirecta que los pacientes se marchen del hospital para no perderse esa distribución, y te arriesgas a solucionar unos problemas pero crear otros de salud pública.

Pero sobre todo no podía quitarme de la cabeza cómo es vivir en un sitio como este, en el que una persona enferma se marcha del hospital y recorre andando casi 35 kilómetros, poniendo aún más en riesgo su salud, para conseguir una pieza de plástico para guarecerse de la lluvia, una cacerola, una pieza de jabón, un cuchillo y un balde.

(Foto 1: Campaña de vacunación contra el sarampión en Nyanzale, Kivu Norte – Sami Nafartche/MSF)

(Foto 2: Vista general de Kitchanga, en el distrito de Kivu Norte – François Dumont/MSF)