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Patinando entre cañas mágicas de bambú

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

De repente, tras uno de los mil recodos en este camino lleno de barro, llegamos a un bosque formado sólo por bambú. No doy crédito a mis ojos. ¡Y tan alto! Ahora sé de dónde sacaron sus cuentos los hermanos Grimm (¿acaso pasaron por aquí?, me pregunto). Es mágico, no encuentro otro calificativo para describirlo.

El camino desciende de forma abrupta. El barrizal es cada vez más resbaladizo. Es como barro espeso y negruzco transformado en hielo. Me deslizo de bambú en bambú mientras admiro la fuerza de estas altísimas maravillas de la naturaleza que crecen a una velocidad vertiginosa.

Un par de horas más tarde salimos a un camino con hierba más alta que yo. Ya no tengo ni idea de donde estoy exactamente. ¡La intensa lluvia, con gotas que me parecen diez veces más gordas de lo normal, no ayuda! Creo que puedo oír el sonido de mis calcetines resbalando dentro de mis botas, llenas de agua turbia, y pienso en la terrible peste que saldrá de ahí cuando me las quite.

Por fin Lubumba, una pequeña aldea en Itombwe Forest, nuestra meta.

Mis deseos parecen haber sido escuchados: deja de llover casi en el mismo momento en que entramos en la aldea. Decidimos acampar alrededor del centro de salud: a un lado las tiendas donde dormiremos, y al otro las tiendas para las consultas médicas. Decido dormir en la choza que me han preparado (léase: han sacado a las vacas para hacerme sitio…).

La noche cae rápidamente. Nos sentamos todos dentro de mi choza, en torno a la ‘babulla’, un pequeño hornillo de carbón tradicional, secando nuestra ropa y comiendo nuestro famoso arroz con judías, mientras nos dejamos llevar por sueños de mejor comida y de “haute cuisine” en un restaurante de cinco estrellas, en el que degustamos un sabroso cóctel de gambas y saboreamos una copa de Beaujolais a temperatura perfecta.

Me deslizo dentro del saco de dormir y casi antes de que mi cabeza toque la almohada, que me he improvisado con ropa seca, me apago como una vela en una tormenta tropical.

En medio de la noche, me despierto de repente. ¿Son moscas despertándome a estas horribles horas de la noche o es algo más? Lo sé. Mi cabeza se llena de flashes de un buen amigo mío, Philippe Havet. Fue mi jefe de Misión el año pasado aquí en Congo. Cuando estuvo con nosotros en Hauts-Plateaux, en octubre de 2010, contrajo malaria y tifus. Tuvimos que evacuarle de inmediato en helicóptero al hospital de Bukavu.

Philippe era un hombre con un corazón enorme y siempre dispuesto a ir allí donde hubiese gente necesitada. Su sentido del humor era contagioso y todo el personal, sin excepciones, le quería mucho. Me entristece profundamente darme cuenta de nuevo que ya no está entre nosotros. Fue asesinado en Mogadiscio mientras trabajaba para MSF no hace mucho**. Te echo de menos, “mon petit grand homme”. ¡Descansa en paz hermano!

Me doy cuenta de que mi trabajo para MSF no está exento de peligros. Esta organización trabaja mucho en zonas de conflicto y siempre hay riesgos, incluso cuando se imponen unas muy estrictas normas de seguridad.

Me doy cuenta de que cada vez hay menos respeto por los trabajadores humanitarios, es como si nuestro espacio operacional fuese menguando. En octubre del año pasado, dos de mis colegas, Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, fueron secuestradas en Kenia. “¡Ánimo a las dos!”, pienso. ¿Qué le depara el futuro al mundo humanitario? Ya casi no podemos hacer nuestro trabajo. Hay que hacer algo y rápido. No por mí ni por MSF siquiera, sino por las personas a las que atendemos, la gente que lo necesita. ¡Ellos son quienes más sufren!

Salgo del “Hotel Lubumba”, casi doblándome para no darme de nuevo con la cabeza como cuando entré. A la derecha, en una cerca de bambú, unas botas de agua se cuecen al primer sol de la mañana.

Ya hay toda una muchedumbre sentada a la entrada del pequeño recinto improvisado para la clínica móvil. Vienen de lejos. Entre ellos, la mujer que trajeron ayer noche dos hombres en camilla, tras caminar durante dos días, igual que nosotros. Sus rostros parecen cansados pero felices: ¡MSF ha llegado! ¡Por fin!

El bosque de Itombwe Forest es una región totalmente olvidada por otras organizaciones. El sistema de salud se derrumbó hace tiempo, si es que alguna vez existió. Tenemos trabajo que hacer… ¡y mucho!

En cuatro días, pasamos 1.100 consultas médicas. Trabajamos duro y nos sentimos satisfechos, como la propia población. Incluso asistimos el parto de una hermosa niña. Los rostros de estas personas estarán grabados en mi mente para siempre, sus sonrisas, su sentimiento de alivio, la esperanza que se refleja en sus ojos, ardiendo por saber cuándo regresaremos…

Para mí esta será la última vez. Ya ha llegado la hora de que alguien tome el relevo. Alguien con una visión fresca y nuevas ideas sobre cómo puede MSF prestar una mejor asistencia aquí. Pronto seguiré mi andadura en otra misión: Yemen. Un entorno diferente con retos distintos y ya estoy más que listo para ello…

Hasta la próxima.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux

** Philippe Havet y Adrias Karel, trabajadores internacionales de MSF, fueron asesinados en un tiroteo en las oficinas de MSF en Mogadiscio, Somalia, en diciembre de 2011.

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Fotos: todas © Ferry Schippers

Foto1: El bosque de cañas mágicas de bambú.

Foto2: Centro de salud en Lubumba donde MSF establece la clínica móvil.

Foto3: “El hotel Lubumba”.

Foto4: Vista de Lubumba, con botas secándose al sol.

Foto5: Niña nacida en el parto asistido durante la clínica móvil en Lubumba.

Foto6: Ferry Schippers y el resto del equipo de la clínica móvil de MSF.

¡Nos están esperando!

Por Ferry Schippers (MSF, República Democrática del Congo)*

Caminamos en dirección a Musonjo: una larga fila de porteadores atravesando lentamente una paleta de diferentes gamas de verde, con movimientos serpenteantes, reduciendo con cada pequeño pero decidido paso la distancia a nuestra meta de hoy.

Cada paso, sin importar la dificultad que conlleve, me acerca a la meta, y ese es un pensamiento que siempre me hace sonreír.

Pienso en los invasores alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, que detuvieron su avance justo antes de llegar a estas montañas, conformándose con ocupar y controlar el Lago Tanganyika, y el más pequeño Lago Kivu. ¿Quién querría adentrarse en estas enormes montañas? ¿Y para qué?

El de hoy será un día de buen ejercicio, para relajar mis músculos un poco, sin cuestas empinadas, como si de un paseo en una tarde de domingo se tratase…

En el extremo noroeste ya puedo distinguir Rubuga, nuestro destino de hoy, una pequeña aldea con sólo un par de casas, un centro de salud y una iglesia. Mañana habrá un relevo de porteadores: el objetivo es hacer que tantas aldeas como sea posible participen en esta tarea, con el fin de que todos nos repartamos el trabajo a partes iguales. La noticia de nuestra llegada ya ha corrido, así que no tenemos problemas para encontrar nuevos porteadores para mañana por la mañana.

Incluso antes de entrar en el pueblo, ya nos reciben el pastor y la enfermera responsables del centro de salud, y naturalmente todo un tropel de niños, curiosos como siempre ante la presencia de este extraño hombre blanco.

La iglesia parece un buen sitio para pasar la noche, pero el pastor insiste en que durmamos en su casa, que ya ha evacuado justo antes de nuestra llegada. Ya han seleccionado la gallina que van a sacrificar para la cena y, antes incluso de que llegue a la casa, ya están calentando agua en un par de ollas para que pueda darme una “ducha”. Qué más podría pedir…

La esposa del pastor ha preparado en la casa adyacente a la suya una pequeña habitación donde poder ducharme. La sala de estar está llena de familiares sentados alrededor de una hoguera; tanto la sala como el cuarto donde me voy a duchar están llenos de humo porque no hay chimenea. Así que vuelvo a marcarme otro récord, dándome la ducha más rápida de la historia: entro conteniendo la respiración, corro hacia el cuarto habilitado para la ducha, me desvisto, me tiro agua por encima, me enjabono, vuelvo a tirarme agua por encima, me visto y salgo corriendo a respirar algo de aire puro.

Todavía me pregunto cómo pueden estar ahí sentados, comer, dormir, etc… En aquel preciso instante, decido dejar de fumar.

Toda la aldea se ha reunido en torno a la casa. Todavía es de día y los tejados ya humean. La última parte de nuestro viaje empieza justo después de dar apretones de manos grandes y pequeñas, viejas y jóvenes.

Ahora estamos de nuevo subiendo en cuesta, escalando la montaña que separa Hauts- Plateaux del bosque de Itombwe, y me hace feliz poder ver ambos al mismo tiempo cuando llegamos a la cumbre.

El tiempo parece estar cambiando. Algunas nubes parecen estar colgando de lado, como si tuviesen miedo de pasar sobre la montaña. Desgraciadamente, cuelgan del lado hacia el que nos dirigimos… Nuestro bien merecido descanso se ve interrumpido sin miramientos por las primeras gotas de agua. Es hora de moverse.

Lluvia… ¿qué es la lluvia aparte de unas gotas de agua que caen sobre nosotros y nos empapan la ropa? El cuerpo humano consiste de un mínimo del 70 % de agua, así que ¿qué son un par de gotas más? Adelante se ha dicho. ¡Nos están esperando!

 

(Continuará)

* Ferry Schippers es coordinador de proyecto de MSF en Hauts-Plateaux.

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Fotos: Clínica móvil hacia Lubumba, en el bosque de Itombwe (Hauts-Plateaux, República Democrática del Congo). © Ferry Schippers.