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Entradas etiquetadas como ‘centro de tratamiento’

Madeleine le gana la batalla al cólera

Dónal Gorman/Comunicación de Médicos Sin Fronteras.

Madeleine y la doctora Catherine Deacon en el área de recuperación del Centro de Tratamiento de Cólera de MSF en Munuki, Juba, Sudán del Sur.  © Donal Gorman/MSF.
Madeleine y la doctora Catherine Deacon en el área de recuperación del Centro de Tratamiento de Cólera de MSF en Munuki, Juba, Sudán del Sur. © Donal Gorman/MSF.

Madeleine fue una de las primeras pacientes en ingresar ​​en el nuevo Centro de Tratamiento de Cólera (CTC) que Médicos Sin Fronteras ha instalado en Munuki, una de las áreas residenciales de Juba, la capital de Sudán del Sur. Fue trasladada en ambulancia desde un centro de salud del Gobierno el 14 de julio. Su estado de salud era tan delicado, que el personal de MSF tuvo que poner en marcha un plan de tratamiento que sólo se utiliza con los casos de cólera más graves. “Cuando Madeleine llegó era incapaz de bajarse de la ambulancia. Tuvimos que ayudarla a entrar en el centro. Estaba muy grave; su pulso era casi imperceptible”, explica la doctora Catherine Deacon. “Inmediatamente pusimos marcha un plan de tratamiento con el que le administramos líquidos intravenosos de una manera mucho más frecuente que la habitual; unos cinco litros de líquido en apenas dos horas. En poco tiempo Madeleine se empezó a recuperar y en apenas unas horas ya podía comer y beber”.

“La enfermedad comenzó el martes. Sentí un fuerte dolor mientras preparaba la comida y comencé a sentirme mal. Alrededor de las cinco o seis de la tarde, cuando ya estaba atardeciendo, empecé a tener que ir al baño cada dos por tres. También comencé a vomitar”, explica Madeleine mientras descansa bajo la sombra de una de las carpas de la zona de recuperación del centro.

“Después empecé a sentirme muy mal, así que mi marido y yo decidimos que teníamos que ir en busca de ayuda. Primero fuimos al centro de salud de Gurey, donde me pusieron un gotero intravenoso. Habíamos escuchado por la radio que MSF estaba gestionando un centro de tratamiento de cólera en Munuki, y como en Gurev apenas mejoraba, pedí que me metieran en una ambulancia y me trajeran aquí”, continúa Madeleine.

Madeleine, una vez recuperada, se despide del personal del CTC. © Donal Gorman/MSF.
Madeleine, una vez recuperada, se despide del personal del CTC. © Donal Gorman/MSF.

Hoy Madeleine está mucho mejor y por eso hemos decidido trasladarla al área de recuperación. Ha dejado de vomitar y de tener diarrea. Todos sus signos vitales son normales de nuevo y es capaz de comer y beber por sí misma. La hemos enviado a la zona de recuperación para poder observarla durante seis horas. Así, en el caso de que tuviera una recaída, podremos ingresarla de nuevo y tratarla con rapidez”, explica Deacon. “Antes de irse a casa, Madeleine recibirá una formación sobre el cólera y sobre la importancia de lavarse las manos. Además, se le entregará cloro y jabón, por lo que si necesita limpiar algo en su casa, podrá hacerlo de manera segura. Se le proporcionarán sales orales para combatir la deshidratación y se le aconsejara que al menor síntoma de recaída vuelva de inmediato al centro”, concluye Deacon. Al final del día, Madeleine recibe por fin el alta. “Estoy contenta por la atención y el tratamiento que he recibido aquí. Ahora me siento mejor. Me gustaría decirle a todos aquellos que están sufriendo de cólera que hay un centro de MSF en Munuki que proporciona atención sanitaria, apoyo y comida. Ahora estoy bien y vuelvo a ser muy feliz”, dice Madeleine mientras sale del CTC junto a su esposo Paul.

Médicos Sin Fronteras está respondiendo a un brote de cólera en Juba y atendiendo a los casos sospechosos en la región de Bor. Hasta el momento el Ministerio de Salud y la Organización Mundial de la Salud ha informado de que se han diagnosticado más de 1.244 casos y de que ya se han producido 39 muertes.

 

Lovell y la Princesa, una historia sin final feliz

Por Massimo Galeotti, enfermero de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Sierra Leona

Mariatu, Lovell, Mohammed, Fatmata, Issa, Princess… cuantos niños y niñas he visto morir. Estos son solo algunos de los nombres de tantos y tantos que tanto mis colegas como yo hemos atendido y tratado en vano de salvar en el centro de MSF para pacientes de Ébola en Kailahun, en Sierra Leona.

Muchos llegaron al centro sin sus padres dado que, lo habitual era que éstos ya hubieran fallecido. De inmediato nos apegamos a ellos, les mimamos desde el primer momento y luego, demasiado a menudo, les acompañamos hasta que fallecen. Todavía hoy no sé cómo conseguimos soportar tanto sufrimiento y tanto dolor.

Lovell llegó desde una localidad a una hora de distancia en coche del centro de MSF, junto él venía Fatmata, a quién bautizamos con el nombre de‘Princesa’. Las ingresamos en la misma tienda, el chico tenía 7 años y la cría 9. Lovell estaba más grave. Al principio, el dolor, el miedo y la timidez hacían que se mostrara esquivo. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado a vencer el recelo y la timidez de los niños.

Massimo Galeotti, enfermero de Médicos Sin Fronteras. Fotografía de Sandra Smilley
Massimo Galeotti, enfermero de Médicos Sin Fronteras. Fotografía de Sandra Smilley

Cada vez que entraba en la tienda le enseñaba a decir mi nombre aunque sin éxito dado que para él resultaba muy difícil de pronunciar. En cambio, ‘Princesa’ lo intentaba pero siempre lo pronunciaba mal y se echaba a reír provocando también nuestras risas. Desgraciadamente, la debilidad y el intenso dolor impedían a Lovell unirse a nuestras risas.

Un día, Lovell me dijo: “Uncle, come please”. Uncle (tío en inglés) es un apelativo tan común y fácil de pronunciar que me ha gustado desde que llegué a Sierra Leona. Aproveché para contarle que cuando mi sobrino era pequeño, le enseñé a llamarme siempre por mi nombre y que no llamara ‘tío’ porque me sugería la idea de una persona no ‘demasiado’ joven. Conseguí que Matteo, mi sobrino, me llamara siempre Massimo.

Princesa era muy alta para su edad y siempre le gastaba bromas diciéndole que de mayor sería modelo. Se reía con los ojos cerrados porque la luz le lastimaba. “Eres tan bonita que pareces una princesa”, era la frase que más le gustaba.

El día en qué murió, Princesa me pidió que la llevara fuera de la tienda, que tenía demasiado calor dentro. La tumbé en una colchoneta en el corredor donde los pacientes buscan un poco de refugio al calor que hacen en las tiendas. Le di un analgésico para calmar el dolor y se quedó dormida. Una hora después volví a entrar en la zona aislamiento e inmediatamente corrí a ver como estaba. La encontré apoyada sobre un costado; agonizaba.

“El ‘tío’ está aquí Pricesa, a tu lado, todo va a ir bien, no te preocupes”. Mi temor era que se diera cuenta que se estaba muriendo y que no hubiera nadie junto a ella. Llamé a mi compañera Kate y nos quedamos para acompañarla, apretándole la mano y acariciándole la cabeza. La respiración se hizo más débil y comenzó a cerrar los ojos. Ya no era necesario seguir luchando por combatir el dolor, Princesa había muerto y con ella todos sus sueños de niña.

Lovell, que llegó estando más grave que Princesa, permanecía en su cama, débil pero vivo. Haciendo un gran esfuerzo abrió los ojos. “Hola Lovell, el tío está aquí, ¿necesitas algo?”, le dije. Con un ligero movimiento de cabeza me hizo saber que no. Pugnaba por levantar la mano, quería que le diese la mía. A estas alturas, la experiencia me ha enseñado a comprender cuáles son los momentos previos a la muerte.

Bromeaba sobre el hecho de que él, que no era mi sobrino, me podía llamar “tío” y mi verdadero sobrino no. Siempre sonreía cuando se lo decía. “Es imposible no amar a alguien cuyo nombre es Lovell ¿verdad?”, le decía porque sabía que era una frase que le encantaba. Esta vez, sin embargo, no hubo respuesta, su pequeño corazón dejó de latir antes de que pudiera responder.

Es una sensación extraña la que se experimenta cuando acariciamos las manos de un niño que está apunto de fallecer: en esos momentos que parecen durar una eternidad, sientes una energía interior muy fuerte que no comprendes de donde surge. Te sorprendes de no romper a llorar. Sabes que estás haciendo lo más justo para aquel niño y no piensas en otra cosa que no sea él.

Entonces, te despiertas de repente como de un hechizo, y te encuentras solo, en una tienda de un centro para pacientes de Ébola, junto al cuerpo de un niño de 7 años. Y regresan la rabia y las ganas de gritar y llorar.

Aunque el dolor experimentado ha sido tan grande, por una parte, me consuela haber tenido el honor de dar a Lovell, a Princesa y a otros niños una última caricia que espero les haya infundido algo de aliento y coraje cuando llegó el momento del miedo y la oscuridad.