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Archivo de la categoría ‘Sudán del Sur’

El otro lado de la guerra en Sudán del Sur

Por Pablo Tosco desde Awerial, Oxfam Intermón.

Por culpa del conflicto, miles de personas han abandonado sus hogares. (Mackenzie Knowles-Coursin/Oxfam)

Por culpa del conflicto, miles de personas han abandonado sus hogares. (Mackenzie Knowles-Coursin/Oxfam)

En la parte posterior de una postal de Mingkaman de Sudán del Sur se podrían escribir tres titulares que conmueven y desgarran: desde el país más joven y con su guerra antigua. Desde un país rico (en recurso como el petróleo) y con los niveles de pobreza más altos. Desde un país donde sus gentes lo atraviesan desde hace años como refugiados en sus propias tierras.

Del otro lado del río Nilo, Bor. Otra ciudad sur-sudanesa que llora a sus muertos inocentes víctima de un conflicto entre hermanos. De este lado, Mingkaman: una planicie extensa junto al río que ya aloja a más de 90.000 personas desplazadas.

En este mar de improvisados refugios en forma de iglú construidos con esqueletos de ramas y cubiertos por lonas plásticas blancas, las familias se intentan recuperar del horror vivido.

Oxfam Intermón está construyendo fuentes de agua potable. (Petterik Wiggers/Hollandse Hoogte)

Oxfam Intermón está construyendo fuentes de agua potable. (Petterik Wiggers/Hollandse Hoogte)

Cruzaron el río como pudieron y con lo que alcanzaron a rescatar de sus casas. Hay quienes salvaron algo de ropa, otras morteros para moler cereales, una mosquitera, alguna cacerola, un bolso de plástico para protegerse de las lluvias, esas cosas de valor que por algún instinto es lo primero que pensaron en no dejar.

El sol cae cenital y el calor parte la tierra, a lo lejos cuatro mujeres delgadas, altas y cubiertas con telas coloridas se encuentran, se abrazan, recorren mutuamente con la mirada sus cuerpos solo para comprobar que están bien, que están vivas. Desde los enfrentamientos del otro lado del río no sabían nada las unas de las otras.

A lo lejos se escucha el bullicio de mucha gente. Entre los pocos arbustos, miles de personas hacen largas colas frente a pilas de sacos de cereales.

Si no se ayuda ahora habrá 7 millones de personas en riesgo a finales de año. (Pablo Tosco / Oxfam Intermón)

Si no se ayuda ahora habrá 7 millones de personas en riesgo a finales de año. (Pablo Tosco / Oxfam Intermón)

Oxfam Intermón, junto al PMA, comenzó esta semana el reparto de alimentos a 90.000 personas.

Estas familias, amenazadas por la escasez de alimentos, lo perdieron todo, no solo sus casas sino sus medios de vida, tierras para el cultivo y alimentación.

La temporada de lluvia se acerca y el conflicto no tiene vistas de resolverse.

A la explanada van ingresando camiones que descargan sacos de cereales. Lentejas y sorgo es la dieta para las próximas semanas, se habla del poder proteínico de la conjunción de los dos cereales pero al mirar los rostros se ve que eso no será suficiente.

Cada familia sentada espera su turno, se pondrán frente a los sacos y les explicarán cuanto le corresponde a cada una.

Ayer llegaron 500 personas huyendo entre balaceras, algunas escondidas entre los matorrales varios días con el agua hasta la cintura. Llegaron cruzando el Nilo en bote y se refugiaron debajo del primer árbol a muy pocos metros del río. Es un árbol frondoso de hojas pequeñitas que da mucha sombra y con raíces que salen de la tierra. Las raíces lucen brillantes, como si estuviesen lustradas, ahí reposaron miles de personas que recuperaron el aliento después de la huida.

El sol afloja un poco y el color del paisaje se torna anaranjado, la gente sale de sus tiendas, los niños arrastran juguetes improvisados con botellas de plástico y las mujeres comienzan a moler lentejas para la cena. El mar de tiendas se convierte en océano de fogatas para alojar cacerolas vacías que intentaran llenarse, miradas perdidas que buscaran nutrirse.

El viento anuncia aguaceros y el sonido de las bombas, que la guerra continúa. Vienen tiempos difíciles para estas familias que solo tienen una lona para atravesar esta realidad.

Sentadas frente al fuego esperando que esta pesadilla termine, siguen reescribiendo en el dorso de esa postal todas las promesas de justicia, libertad y prosperidad que hace dos años juraron defender quienes ahora hacen la guerra. Y esos escribas en medio del fuego cruzado siempre son las mismas personas inocentes, esas que cuentan sus muertos por balas y por hambre.

Nyan Hian Gatluak huyó del Estado de Jonglei con su madre y sus dos hijos y lleva un mes en el recinto de Naciones Unidas en Juba, la capital de Sudán del Sur. Su hija tiene malaria y no recibe atención médica. (Pablo Tosco / Oxfam Intermón)

Nyan Hian Gatluak huyó del Estado de Jonglei con su madre y sus dos hijos y lleva un mes en el recinto de Naciones Unidas en Juba, la capital de Sudán del Sur. Su hija tiene malaria y no recibe atención médica. (Pablo Tosco / Oxfam Intermón)

Tenemos que cubrir las heridas con tiritas usadas

Por Sarah Maynard, coordinadora del proyecto de MSF en Leer, Sudán del Sur.

Avión en la pista de aterrizaje de Leer. © Olga Overbeek

Avión en la pista de aterrizaje de Leer. © Olga Overbeek

En cuanto el avión tomó tierra, caminamos desde la pista de aterrizaje hasta el hospital, tal y como hemos hecho tantas y tantas veces. Normalmente hay decenas de niños jugando al fútbol bajo los árboles, mujeres recogiendo agua de la fuente y personas que van y vienen del mercado. Sin embargo, esta vez no había nadie en los alrededores. Toda la ciudad parecía desierta.

Fuimos hacia lo que antes era la puerta de entrada. Durante unos minutos me quedé paralizada mirando la devastación que me rodeaba, en estado de shock total.

El grado de destrucción causado por el fuego era indescriptible. El almacén donde guardábamos las medicinas estaba calcinado. Hasta tal punto, que ya no era posible reconocerlo. Todo había sido arrasado y el tejado se había caído. Los congeladores y las neveras para guardar vacunas estaban totalmente destruidas.

El otro almacén, en el que guardábamos comida para los pacientes ingresados y para los niños desnutridos, también estaba quemado. Las estructuras prefabricadas en las que teníamos las oficinas también se encontraban carbonizadas. Los bloques que eran de ladrillos y de cemento estaban aún en pie, pero habían sido saqueados y estaban vacíos. En todo el hospital, ya no quedaba ni una sola cama.

Entramos a una de las salas de enfermería, y nos encontramos con todo el material  médico roto y esparcido por el suelo. Había papeles y medicinas por todas partes, todos los armarios estaban abiertos. En el suelo había varias cajas metálicas con los candados rotos.

Mesa de operaciones calcinada. © Michael Goldfarb/MSF

Mesa de operaciones calcinada. © Michael Goldfarb/MSF

La sala de urgencias había sido destrozada por las llamas. Las salas quirúrgicas, saqueadas y quemadas. También la mesa de operaciones. En la zona de esterilización, todo el instrumental quirúrgico estaba desparramado por el suelo.

El centro terapéutico para niños desnutridos también había sido pasto de las llamas. Antes, como es lógico, esa sala tenía un techo. Ahora ese techo ya no estaba en donde se supone debía estar, sino en el suelo y con un color distinto al que yo recordaba. Me imagino que por culpa del fuego.

No sabemos quienes son los responsables. De hecho, es imposible saberlo. Centenares de trabajadores de MSF resistieron casi hasta el último momento, pero cuando se vieron obligados a huir al bosque, el hospital estaba aún intacto. Eso fue el 28 de enero. Hoy ya llevan casi un mes refugiados junto a los pacientes, atendiéndoles con lo poco que les queda y tratando de mantenerles vivos y a salvo.

Cientos de miles de personas sin asistencia médica

El hospital en Leer, que abrió hace 25 años, era la única estructura de segundo nivel en la región, lo cual explica el duro golpe que esto supone para las casi 300.000 personas que viven en la zona. Sólo en 2013 se hicieron más de 68.000 consultas médicas, se operaron a unas 400 personas y se trataron a más de 2.100 niños desnutridos. Desde el 15 de diciembre pasado, cuando la violencia empezó en el país, hasta el 15 de enero de este año, cuando se tuvo que cerrar el hospital, se hicieron más de 4.000 consultas y casi 170 operaciones.  Pero lo peor es que, aunque la gente pudiera volver mañana a la ciudad, se encontrarían con que ya no tienen ningún tipo de asistencia sanitaria. No queda nada en el hospital que pueda utilizarse.

Estructuras de uralita completamente destruidas. © Michael Goldfarb/MSF

Estructuras de uralita completamente destruidas. © Michael Goldfarb/MSF

El de Leer era uno de los hospitales con más historia del país y había crecido mucho desde que MSF empezó a trabajar en él hace ya 25 años. Creo que podremos intentar recuperar algunos edificios, pero muchos otros están inservibles. En cualquier caso, hará falta mucho trabajo para que la gente vuelva a sentirse segura en este lugar. Viendo el grado de destrozo,  la verdad es que ahora mismo ni siquiera sé por donde podríamos empezar.

He podido hablar de forma esporádica con alguno de los 240 trabajadores que huyeron al bosque. Sé que algunos están más o menos bien, resistiendo, pero aún hay unos 150 a los que no hemos podido localizar. Me cuentan que se están quedando sin material médico para curar heridas, pero que ellos seguirán intentado asistir a todo el mundo. Dicen que la gente está cada vez está más enferma por beber agua sucia del río y por comer las plantas que encuentran ante la falta de comida.  Pero es que no tienen otra cosa que llevarse a la boca. Están viviendo en condiciones deplorables y cada vez son más vulnerables a contraer enfermedades y sufrir nuevos ataques.

Todos esos compañeros que están en el bosque tienen un mérito enorme y están dejándose hasta la última gota de sudor para ayudar a nuestros pacientes. Tienen a su cargo a decenas de enfermos graves cuya única esperanza para mantenerse con vida son ellos.  Sé que están haciendo todo lo que está en sus manos para tratar a los enfermos con los pocos suministros que les quedan. Es encomiable. Me han contado que han tenido que reutilizar tiritas y vendas para cubrir las heridas y que tienen miedo de que algunos pacientes necesiten amputaciones, pues sus heridas están muy infectadas y, lógicamente, el hecho de tener que ponerles vendas usadas no es lo que mejor les puede ir en estos momentos. Pero no les queda otra opción…..

Quirófano del hospital de Leer antes de sufrir el ataque. © Olga Overbeek

Quirófano del hospital de Leer antes de sufrir el ataque. © Olga Overbeek

Necesitamos llegar hasta ellos como sea, pero no sé cómo vamos a hacerlo. La situación es muy insegura y no pueden salir aún del bosque. Siguen teniendo miedo a ser atacados.

No está claro si podremos volver a trabajar aquí. Y en el caso de que podamos, tampoco sé cuándo podríamos estar de nuevo operativos. Tendremos que empezar de cero y nos costará mucho tiempo volver al punto en el que estábamos. La población de Leer y del estado de Unidad contaban con MSF para recibir asistencia médica. Sin embargo, la confianza, que es básica para poder llevar a cabo nuestro trabajo, se ha roto. Lo más triste de todo es que al final quien paga el precio más alto de esta violencia son todas estas personas que sufrirán, y probablemente morirán, porque se han quedado sin acceso a los cuidados médicos.

Sudán del Sur: El día que nos fuimos de Bentiu

Por Jean- Pierre Amigo, coordinador de emergencia de Médicos Sin Fronteras

El hecho de que MSF se haya visto obligada a evacuar varios de sus hospitales en diversas ocasiones a lo largo de los últimos meses es solo un efecto más de la violencia que asuela Sudán del Sur desde el pasado diciembre. Jean- Pierre Amigo, coordinador de uno de los equipos de emergencia de Médicos Sin Fronteras (MSF), relata cómo vivió la forzada marcha del equipo que trabajaba en Bentiu, capital del estado de Unidad.

En Bentiu, un pequeño pueblecito en el estado de Unidad, la situación era muy tensa desde hacía semanas. En el recinto de Naciones Unidas se refugiaban unas 8.000 personas que habían huido de sus casas, presas del pánico y por miedo a ser atacadas.

El ambiente era tenso; ni tan siquiera los niños jugaban y eso siempre es una mala señal. Nadie sonreía y tal era la desconfianza entre la gente que en cuanto se les acercaba alguien dejaban de hablar. Los diferentes grupos étnicos no se mezclaban y sentían miedo los unos de los otros.

Pusimos en marcha una clínica dentro de la zona de protección de civiles que hay dentro del campamento de la ONU al tiempo que otro de nuestro equipos continuaba su trabajo habitual en el hospital estatal de Bentiu. Antes del conflicto, habíamos estado llevando a cabo un programa de VIH/sida y de tuberculosis en dicho centro, pero en cuanto se desató la crisis decidimos transferir parte del equipo sanitario al bloque quirúrgico, donde estuvieron ocupándose de los heridos durante varias semanas.

La Inseguridad en Sudán del Sur ha obligado a decenas de miles de personas a huir de sus hogares. MSF recorrió la carretera entre Bentiu y Leer para distribuir alimentos a entre 10.000-15.000 personas que huían de los combates.  © Jean-Pierre Amigo/MSF

La Inseguridad en Sudán del Sur ha obligado a decenas de miles de personas a huir de sus hogares. MSF recorrió la carretera entre Bentiu y Leer para distribuir alimentos a entre 10.000-15.000 personas que huían de los combates. © Jean-Pierre Amigo/MSF

El conflicto se había extendido por todas partes. Aunque los enfrentamientos se producían lo suficientemente lejos de nosotros como para que no oyéramos los disparos, cada día nos traían numerosos heridos de bala. Por aquellas fechas, la mayoría de los heridos que lograba llegar hasta el hospital eran personas que habían participado directamente en los combates. Por desgracia, en luchas como éstas, los civiles heridos raramente consiguen llegar a tiempo a las estructuras de salud.

Cuando escuchamos decir que las fuerzas de seguridad se estaban acercando a Bentiu, supimos que con toda probabilidad la ciudad se iba a convertir en un campo de batalla. Reinaba el pánico y la gente empezó a marcharse de la ciudad. Los enfrentamientos se producían cada vez más cerca y resultaba peligroso circular por las calles. El 8 de enero, tras muchas dudas y después de intentar aguantar hasta el último momento, decidimos evacuar.

Cuando sabes que ya no puedes hacer nada y que tienes que dejar a los pacientes y marcharte, comienzas a sentir una mezcla de vergüenza e impotencia. Es una situación muy difícil. Dejamos suministros suficientes como para que al menos pudiesen seguir sus tratamientos, aunque no pudiesen acceder a ningún servicio de salud (una especie de ‘kit de emergencia’ que contenía todo lo que pudieran necesitar). Dos días después de marcharnos, supimos que el hospital estaba totalmente vacío y que todos los pacientes habían tenido que huir.

Un médico de MSF atiende a una mujer en la clínica que Médicos Sin Fronteras en el campamento de desplazados instalado en la Misión de la ONU para Sudán del Sur (UNMISS) en Juba. © Phil Moore

Un médico de MSF atiende a una mujer en la clínica que Médicos Sin Fronteras en el campamento de desplazados instalado en la Misión de la ONU para Sudán del Sur (UNMISS) en Juba. © Phil Moore

Evacuamos en coche rumbo a Leer, otra ciudad que está 130 kilómetros al sur de Bentiu. Por el camino, vimos a mucha gente abandonando la ciudad. La mayoría iba en la misma dirección que  nosotros, aunque a pie muchos tardarían varios días en llegar. Hacía mucho calor, apenas si hay pueblos por el camino y las distancias son muy largas. No hay un solo árbol que te proporcione un poco de sombra y cobijo. Las personas tenían que dormir en el bosque o a los lados de la carretera, por supuesto al aire libre y sin refugio. No teníamos la menor duda de que un viaje tan agotador sería difícil o incluso imposible de soportar para muchos.

El día después, y durante cada jornada a lo largo de los siete días siguientes, regresamos a la carretera que une ambas localidades y distribuimos alimentos energéticos a las entre 10.000 y 15.000 personas con las que cruzábamos por el camino. Más tarde, en Leer, encontramos a gente que nos lo agradecía y nos decía que no hubieran podido llegar hasta aquí sin la comida que les dimos.

De regreso, subíamos a nuestros vehículos a aquellas personas que necesitaban atención médica, dando prioridad a los heridos de bala, a las mujeres en estado avanzado de gestación y a las personas con mordeduras de serpiente. También llevamos a personas discapacitadas por la polio, amputadas de conflictos anteriores, invidentes y a muchos otros más.

En Leer, nuestro departamento de consultas externas estaba saturado. Hay muy pocos centros de salud en Sudán del Sur que sigan siendo operativos, así que la presión se ha incrementado sobre los pocos que todavía funcionan.

Médicos Sin Fronteras trabaja en el país desde hace 25 años. En los últimos dos meses ha realizado más de cien mil consultas (40% a niños menores de 5 años) y tratado casi 1.400 personas con heridas de guerra

Médicos Sin Fronteras trabaja en el país desde hace 25 años. En los últimos dos meses ha realizado más de cien mil consultas (40% a niños menores de 5 años) y tratado casi 1.400 personas con heridas de guerra

Es importante que MSF pueda seguir trabajando en Sudán del Sur. Somos una de las pocas organizaciones que consiguen llegar a lugares de difícil acceso, donde las personas carecen de asistencia. Eso es algo que hemos logrado gracias a nuestra independencia, a nuestra neutralidad y al hecho de que llevamos mucho tiempo trabajando en esta zona (en algunos lugares más de veinte años). La gente nos conoce y confía en nosotros. Y, lamentablemente, en muchos casos dependen de nuestra ayuda para poder seguir vivos.

Ahora, debido al saqueo y destrucción sistemáticos que ha sufrido las ciudades, tiendas y mercados, y con la época de escasez que viene asociada a la estación de lluvias, nos necesitan más que nunca.

Un equipo de MSF ha regresado hace escasos días a Bentiu para reanudar sus programas médicos. Hoy, más necesarios que nunca. Debido al deterioro de la situación de seguridad en el estado de Unidad, el equipo local de MSF en Leer se vio obligado a huir al bosque el pasado 30 de enero con varias docenas de pacientes gravemente enfermos. El hospital de MSF en Leer, el único hospital que todavía funcionaba en el estado de Unity, ahora está vacío sin personal y sin pacientes. MSF espera poder regresar a Leer tan pronto como lo permita la situación de seguridad.

En busca de la seguridad perdida

Por Clara Tarrero, responsable de comunicación de MSF para Sudán del Sur.

Campo de desplazados Tongping, en Juba. © Jake Simkin/MSF

Campo de desplazados Tongping, en Juba. © Jake Simkin/MSF

Para llegar desde nuestras oficinas hasta la base que la Misión de la ONU tiene al lado del aeropuerto de Juba, en Sudán del Sur, hay que atravesar unas cuantas de las polvorientas y agujereadas calles de la capital. Las instalaciones son como una pequeña ciudad y en su interior hay mucho tráfico de coches de organizaciones internacionales que suben y bajan personal. A los lados están las barracas en las que viven los militares y donde se apilan containers llenos de arena sucia. Una vez dentro, llegamos hasta una valla junto a la que se encuentran apostados varios oficiales y que sirve de puerta de entrada al improvisado campo que todo el mundo conoce como “Tongping camp”. La gente empezó a llegar a este lugar a partir del 15 de diciembre, cuando se iniciaron los enfrentamientos en Juba entre los partidarios del presidente Salva Kirr y los del ex vicepresidente Rier Machar.

Más de 35,000 personas, según estimaciones de la ONU, se agolpan en este parking buscando la protección que les han robado. El sol abrasa, y a falta de un techo o un árbol donde refugiarse, todas estas personas, que han huido con lo puesto, han clavado cuatro palos y se han hecho un cobijo a base de telas. Los más afortunados tienen una sombrilla. Los hombres se sientan alrededor de la chicha, una pipa grande y metálica que comparten, y ven pasar las horas entre conversación y conversación. El olor perfumado de este tabaco se mezcla con un hedor bastante insoportable que proviene del camión cisterna que vacía las pocas letrinas que hay. Los niños merodean y juegan ajenos a la gravedad de su situación mientras sus madres preparan algo para comer o cuelgan la colada en la verja que separa este descampado del mundo exterior.  Desde fuera, la vida en el campo parece replicar  la de un pueblo, se siente una aparente normalidad: ya se han montado pequeñas tiendas donde se venden tarjetas para recargar el teléfono, azúcar, jabón para limpiar e incluso hay un pequeño mercado donde comprar comida. Los habitantes de este campo son Nuer, la segunda etnia más numerosa del país, y a la que pertenece ex vicepresidente Machar.  Se sienten amenazados por la etnia Dinka, a la que pertenece el presidente y que es la mayoritaria en Sudán del Sur. Y es que, lo que empezó como un conflicto político, ha ido tomando cada vez más una dimensión étnica.

Caminar por estas calles mirando lo que ocurre alrededor me hace sentir extraña, incluso incómoda, pues al fin y al cabo esto no es un espectáculo que admirar y esta gente sufre demasiado. Pero cuando preguntas si hay algún voluntario que quiera contar su  historia muchos están dispuestos,  seguramente con la esperanza de que sirva para que alguien les ayude.  Es el caso de  Nefisa John, originaria de Bentiu, capital del Estado septentrional de Unidad, a la que la crisis le pilló en Juba. Vino aquí hace un mes con su madre, su tía y sus tres hijos. El cuarto nació hace unas semanas en el campo. Su marido está en Wau, en el estado de Western Bahr el Ghazal, luchando junto a la oposición. Nefisa está sentada en la zona de espera de la clínica de MSF esperando a ver a un médico, no se encuentra bien y su bebe tiene fiebre. “Somos demasiada gente, muchos nos estamos poniendo enfermos y es difícil conseguir comida”, me cuenta. Para tener algo que comer vende una verdura que se llama kisra en el mercado del campo y a cambio recibe porridge (avena hervida), que reparte entre sus niños. Ha recibido una sartén, platos, cucharas, vasos, una esterilla para dormir y  una manta para toda la familia. “Por la noche hace frío”, me dice. “Y una manta no es suficiente para todos”. “Tuvimos que salir corriendo de nuestra casa. Volvimos hace unos días a ver si podíamos recuperar algunas cosas, pero nos lo han robado todo”, prosigue. “Al igual que nosotros, muchas otras personas están también sufriendo. Son muchos los que están muriendo. Me gustaría que me llevaran a algún lugar donde sentirnos seguros. Si volvemos a nuestra casa, tengo claro que nos matarán”.

Nefisa John con su bebé de pocas semanas. © Jake Simkin/MSF

Nefisa John con su bebé de pocas semanas. © Jake Simkin/MSF

Nefisa espera su turno en la clínica de MSF en el campo, donde un médico noruego me cuenta que además de casos de sarampión, malaria e infecciones respiratorias,  reciben muchos heridos por quemaduras domésticas e incluso por peleas. La escasez de comida y el hacinamiento están provocando algunos altercados en el campo. Recibo una llamada de nuestra coordinadora de emergencias, que me dice que han entrado en nuestra casa en Malakal, en el estado del Alto Nilo. Cada día la crisis de Sudán del Sur nos depara una nueva sorpresa no muy alentadora: nuevos enfrentamientos, nuevos desplazados, nuevos casos de sarampión, nuevos heridos de guerra y miles de personas sin asistencia por la falta de personal sanitario y de hospitales que estén operativos.

Antes de esta crisis, el 80% de la asistencia médica y los servicios básicos ya los proporcionaban las organizaciones no gubernamentales. Y ahora, con la retirada de muchas organizaciones, la situación no ha hecho más que empeorar. Las medicinas no llegan hasta las clínicas rurales, no hay gasolina para que el generador funcione y los pocos sanitarios que había han huido. Para ilustrar esta situación me cuentan la historia de un bebe de dos meses a quien su padre llevó a una de estas clínicas. No había nadie para atenderle y le mandaron a una clínica privada donde le hicieron un mal diagnóstico, y le dieron la medicación equivocada. El niño empeoraba y el padre desesperado se desplazó al hospital de la zona. Cuando llegaron, el bebe ya había muerto.

Por suerte,  no todo son malas noticias, también hay motivos por los que alegrarse: nacen niños sanos en nuestras clínicas y cada día podemos operar a los heridos de guerra que llegan a nuestros hospitales. Ya de vuelta en Barcelona, me llega la noticia de que nuestro equipo evacuado hace unas semanas por la violencia en Malakal ha podido volver al hospital y seguir trabajando. Varios informes afirman que hay cerca de 50.000 personas desplazadas en varios puntos de la ciudad y Carlos, el coordinador del proyecto de MSF, me comenta que hay gente instalada incluso dentro del propio hospital. Aprovechando su regreso, le he pedido que nos cuente sus impresiones, que nos explique cuáles son las principales preocupaciones de las personas a las que atendemos, y que nos dé una pincelada de la situación que están pasando en aquel rincón del país miles de personas que, como Nefisa, viven con el miedo en el cuerpo mientras buscan desesperadamente la seguridad que han perdido.

Dar a luz en Sudán del Sur

Por Agus Morales y Anna Surinyach (Médicos Sin Fronteras, desde Sudán del Sur*)

“¿A qué problemas os enfrentáis durante el parto?”, pregunta Aisha Akello, matrona de Médicos Sin Fronteras.

“A veces vemos que sale un brazo y no sabemos qué hacer”, contesta una partera. “Si pasa algo así, lo mejor es no tocar a la embarazada y llevarla al hospital”.

Aisha está en permanente contacto con las parteras tradicionales de una zona rural de Sudán del Sur. Habla con ellas mientras en el suelo yace una muñeca de plástico que hace las veces de embarazada. Las parteras han acudido a un centro de atención primaria del estado de Ecuatoria Occidental para practicar con el modelo y discutir sobre los retos que suponen algunos partos, sobre todo los que se complican. Aquí el mundo tradicional de las parteras y el conocimiento obstétrico confluyen para evitar la muerte de más mujeres.

Madeleine James dio a luz a su primer hijo en casa con grandes dificultades. Ahora quiere parir en el hospital de MSF en Yambio (© Anna Surinyach)

Madeleine James dio a luz a su primer hijo en casa con grandes dificultades. Ahora quiere parir en el hospital de MSF en Yambio (© Anna Surinyach)

 “Si veis la cabeza y no hay tiempo, tenéis que llevar a cabo el parto”, dice la matrona, “pero si veis otras partes del cuerpo es mejor acudir a un centro médico”.

Sudán del Sur tiene la tasa de mortalidad materna más alta del mundo: 2.054 mujeres fallecen por cada 100.000 nacidos vivos, según la Organización Mundial de la Salud. La hemorragia es el motivo principal, a menudo debido al aislamiento de algunas de estas comunidades, que impide el acceso rápido a centros de salud en caso de complicaciones durante el parto.

Las duras condiciones de vida, la ausencia de planificación familiar, la coincidencia del embarazo con enfermedades como la malaria y la escasez de personal médico cualificado completan el cuadro de razones para la muerte de mujeres durante o después del parto.

En este contexto, la figura tradicional de las parteras es clave para salvar la vida de centenares de mujeres. Tienen consultas en las aldeas, van de casa en casa y conocen bien a la comunidad. Las embarazadas confían de forma casi ciega en las parteras; por eso la estrategia de MSF se centra en conectar con ellas.

“No podemos sentarnos y esperar en el hospital, tenemos que llegar a la comunidad, porque a menudo las embarazadas no vienen a nosotros. La costumbre es tener hijos en casa con la ayuda de parteras”, resume Michiko Kyokan, responsable médica del proyecto de MSF en Yambio.

MSF anima a las parteras, en primera instancia, a que lleven a las embarazadas a centros de atención primaria en caso de complicaciones durante el embarazo. El último nivel es el del hospital, preparado para efectuar cesáreas, pero donde también se reparten kits a las mujeres que tienen decidido parir en casa.

Parteras tradicionales junto a personal de MSF en Sudán del Sur (© Anna Surinyach)

Parteras tradicionales junto a personal de MSF en Sudán del Sur (© Anna Surinyach)

“A veces la cabeza del bebé ya está saliendo y es imposible llevar a la madre al hospital”, razona Teresina Simon, una partera que vive en el distrito de Gangura, en el sur del país. “Normalmente me muevo por la zona e informo a las mujeres de que pueden ir al hospital”, amplía.

Pero Teresina tiene claro que en muchas ocasiones esto no es posible y que las parteras tienen que estar preparadas para asistir a las embarazadas. “Lo que me hizo ser partera fue mi primera hija, que estaba a punto de dar a luz. Yo estaba cocinando y empezó a decirme que tenía dolores. Cuando me acerqué a ella, la cabeza del bebé ya estaba saliendo”.

 

* Médicos Sin Fronteras trabaja en el hospital de Yambio, en el estado de Ecuatoria Occidental, desde 2008. La organización apoya la maternidad del centro y tiene un programa de prevención de transmisión del virus del VIH de madre a hijo, además de desarrollar actividades pediátricas y quirúrgicas. La presencia de MSF en la maternidad y la conexión con las parteras hicieron posible que en el hospital hubiera un total de 1.951 partos en 2012 y 1.254 en los primeros seis meses de este año.

El padre de María vuelve a sonreír

Por Cormac Donnelly (médico de Médicos Sin Fronteras en Bentiu, Sudán del Sur)

He venido con Elijah, uno de nuestros conductores, a recoger a una niña al hospital del Ministerio de Salud en Bentiu. La habíamos traído por la mañana para que le pusieran una transfusión de sangre. En nuestro centro de alimentación terapéutica no tenemos laboratorio, y las únicas pruebas que podemos hacer son las pruebas rápidas de glucosa en sangre, de malaria, de kala azar (una enfermedad parasitaria), de sífilis y de hemoglobina. Los bajos niveles de hemoglobina son muy comunes entre los niños en la clínica debido a la combinación de varios factores, como la mala nutrición, los repetidos episodios de malaria y las parasitosis intestinales, que provocan la pérdida crónica de sangre en el intestino.

En occidente, por lo general, un nivel de hemoglobina inferior a 8 en un niño es preocupante, pero aquí los pequeños están adaptados a las anemias crónicas y pueden tolerar niveles más bajos de hemoglobina. Sin embargo, a veces el nivel es demasiado bajo y el niño debe luchar, corto de aliento, contra un ritmo cardíaco rápido. De hecho, algunos sufren insuficiencia cardíaca porque el corazón se esfuerza demasiado para mantener los órganos del cuerpo en marcha.

Mary, de 4 años, había sido ingresada dos días antes con desnutrición severa. Al examinarla, noté la palidez debajo de su párpado inferior así que le hicimos la prueba de hemoglobina. Efectivamente el resultado era muy bajo: 3,5 (debe ser mayor de 10). Su ritmo cardiaco también era más rápido de lo normal. Había que hacerle una transfusión de sangre. Normalmente, la decisión sería más fácil de tomar, pero en el caso de un niño desnutrido, la transfusión puede ser muy arriesgada ya que sus cuerpos ya luchan para asumir las perfusiones de suero. Íbamos a tener que llevarla al hospital del Ministerio de Salud. El primer día que fuimos, el suministro de energía falló y no pudimos hacer las pruebas a los potenciales donantes, así que tuvimos que volver al día siguiente.

Aquí hay muy pocas cosas que salgan fácilmente y a la primera, pero cuando sí funcionan, puede ser gratificante. Al segundo día, tenemos luz, y los análisis confirman que Dak, el padre de Mary, es compatible. Ahora estamos aquí para recogerlos a ambos y llevarlos de nuevo al centro nutricional. Puedo ver Dak con una sonrisa radiante, de pie junto a su hija, que ya tiene mejor aspecto.

En los días siguientes, su estado sigue mejorando: está respondiendo bien a la leche terapéutica y, poco después, a una alimentación terapéutica más sólida. Atendida por enfermeras y médicos, va recuperando fuerzas. Veo a su padre casi todos los días: siempre me saluda, siempre sonriente. Me gustaría conocer su historia así que un día nos sentamos a charlar.

Dak me cuenta que tiene 52 años, aunque parece mucho mayor. Su ropa es vieja y gastada. Obviamente no tiene demasiadas pertenencias materiales; lo que sí tiene son emociones y ganas de compartirlas. Dak nació en un pueblo fuera de Bentiu, pero ahora vive cerca de la ciudad. Había estado casado antes, pero su primera esposa murió de kala azar. Dak trata de mantener a su familia como agricultor, su principal cultivo es el maíz. También tiene tres vacas que proporcionan una pequeña cantidad de leche. En ciertas épocas del año pesca en el río con redes o anzuelos.

Casarse con su segunda esposa le costó 40 vacas, el equivalente a tres años de ahorros. Ahora tienen cuatro hijos, de edades comprendidas entre los 2 y los 6. Su hijo mayor está en la escuela y parte de las ganancias de la cosecha del año pasado fueron para los gastos escolares, uniformes, lápices y un cuaderno de ejercicios. El resto de reservas de la cosecha del año pasado se agotó un mes atrás, así que ahora dependían de la caridad de la familia. “Sufrimos mucho porque no hay donde trabajar, dependemos de la familia”.

Faltan todavía tres meses para que la cosecha de este año esté lista. No me atrevo a preguntarle cómo piensa aguantar hasta entonces, si la nueva cosecha será capaz de alimentar a su familia y pagar la escuela. Sólo le pregunto qué espera del futuro. “Rezo por la paz Sudán del Sur, y en que esta nueva generación traiga algo bueno”.

* Cormac Donnelly, de Galway, Irlanda, trabaja en el proyecto de nutrición de MSF en Bentiu, en Sudán del Sur. Los nombres han sido cambiados para proteger el anonimato de los pacientes.

Yin A Mat Po?

Por Verónica Ades (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras en Sudán del Sur)

Cuando la mujer acudió a nosotros, no tenía ningún hijo vivo. Había estado embarazada dos veces, pero en ambos embarazos los bebés nacieron muertos. En su primer embarazo había estado de parto varios días, durante los cuales el bebé murió, aunque lo había expulsado vaginalmente. En el segundo, empujó y empujó, pero no logró dar a luz de forma natural. Se le realizó una cesárea, pero aún así el bebé falleció.

No puedo ni imaginarme lo que se siente. En Estados Unidos, de donde yo soy, dar a luz un bebé muerto en un embarazo a término es un hecho excepcional. En Sudán del Sur, por el contrario, es inusual que una mujer no haya perdido al menos un hijo en el parto o durante su infancia, por desnutrición, malaria, infecciones, por enfermedades no identificadas… He conocido mujeres que han dado a luz a siete hijos y han visto morir a tres, o que han dado a luz a cuatro, de los que solo sobrevive uno. De hecho, cuando nos llega una mujer, lo primero que le preguntamos es cuántos hijos ha tenido. La segunda pregunta es cuántos viven.

Tal vez aquí forme parte de la vida, pero sería difícil argumentar que estas mujeres sufren menos. No puedo realmente hablar por ellas ni saber qué sienten, si tienen expectativas diferentes a las nuestras o si procesan el duelo de una forma más eficaz. Pero desde mi punto de vista, el duelo es el duelo y, lo reconozcas o lo ocultes, está ahí y siempre lo estará. Lo único que cambia es cómo lo procesas.

He notado que aquí hay muchas enfermedades psicosomáticas. En vista de lo duras que son estas mujeres, sería de esperar que no se viesen demasiados problemas médicos no urgentes, que la gente acudiese al hospital solo por temas realmente serios. Pero aquí he visto bastantes casos de histeria, en los que las mujeres se desmayan, colapsadas hasta tal punto que ni siquiera responden a intentos de reanimación dolorosos, como el frotamiento del esternón. Cuando despiertan, siempre hay una complicada historia de fondo relacionada con los dramas familiares, las experiencias traumáticas y la tristeza.

Otras mujeres sufren “dolor corporal total” (término que aprendí en el Bronx): un dolor corporal generalizado sin origen aparente ni descripción precisa. A menudo reconocen estar experimentando, por un motivo u otro, una importante agitación emocional y suelen reconocer, cuando lo sugieres, que su dolor seguramente esté relacionado con esas emociones: muestran un grado de autoconocimiento que no esperaba encontrar. A menudo les receto paracetamol o ibuprofeno y, en función de la gravedad de las emociones, un sedante suave, y las dejo más o menos un día en el hospital para que reciban AMC (“atención, mimos y cariño”). De vez en cuando, todos necesitamos un buen descanso.

Así que creo que, de un modo u otro, las muertes de sus pequeños sí que afectan a estas mujeres. Son tremendamente estoicas. Nunca he visto aquí a una mujer que haya perdido a su bebé (y he visto a muchas ya) reaccionar con lágrimas, ni tan si quiera con una expresión facial que indique tristeza. Es realmente desconcertante. Yo seguramente estaría inconsolable y sonoramente emotiva. Pero supongo que aquí opera un factor cultural muy fuerte y no parece que las emociones se expresen en el rostro.

Volviendo a la mujer de la que os hablaba al principio, que había perdido anteriormente dos bebés, pudimos comprobar que tenía la pelvis fatal, y que ningún bebé podría salir por ahí con vida: necesitaba una cesárea. Aunque fuera ya la segunda, y supusiera además que en adelante no podrá tener partos naturales, significaba también que quizá por fin, alumbrara a un bebé vivo.

Durante la intervención, me alegré de haber tomado la decisión: la pelvis era diminuta, como les ocurre a muchas otras mujeres, y hasta me costaba trabajo introducir la mano para levantar la cabeza del bebé. Este lloró inmediatamente. Era niña. Pincé dos veces el cordón y se lo pasé al enfermero. La limpiamos, la examinamos y la envolvimos en una toalla. Katie, la matrona australiana, acercó a la niña a la cara de su madre para que la pudiera ver mientras terminábamos la cesárea. La expresión de la madre no cambió, pero por sus mejillas cayeron lágrimas al ver que la pequeña estaba sana.

Al finalizar la cirugía y mientras retirábamos las telas, probé mi escaso vocabulario dinka con la mujer.

 “Yin a pwal?”, le pregunto. (¿Estás bien?)

Asiente una vez. Sin expresión.

“Meth a pwal?” (¿Está bien la bebé?)

Asiente una vez. Sin expresión.

Le pido al enfermero que le pregunte si se siente feliz.

“Yin a mat po?”, traduce él.

Ella responde.

“Es feliz”. Sigue sin mostrar ninguna expresión.

La A veces me resulta difícil que mis pacientes tengan tan poca respuesta emocional. Me doy cuenta de que estoy acostumbrada a mi propia cultura, incluso a la cultura ugandesa, con la que tengo más experiencia. En ambas se sonríe mucho como acto reflejo. Cuando entablas contacto visual con alguien, el primer instinto es sonreír.

Aquí me resulta más difícil conectar. Las personas entablan contacto visual, pero no mueven ni un solo músculo de la cara ni sienten obligación alguna de reconocer la comunicación. Intento comprenderlo. El personal local con el que trabajo ha sido muy cálido y amigable, con sonrisas y apretones de manos. A veces los extraños responden al contacto visual con una sonrisa, pero no es frecuente. No cabe duda de que, culturalmente, no se espera que sonrías. Pero lo más sorprendente es cuando ocurre con una paciente a la que acabas de operar, con la que has logrado un resultado muy feliz y deseado. No están obligadas a sonreír, pero me resulta muy difícil comprender que se pueda reprimir una sonrisa en un momento como este. Me he acostumbrado a no esperarlo y a no preocuparme por ello, pero me resulta fascinante.

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Fotografía: En el  Hospital Civil de Aweil, MSF trabaja en colaboración con el Ministerio de Salud para tratar de reducir la mortalidad materna e infantil, el tratamiento de la desnutrición y responder a las emergencias. © Takuro Matsumoto / MSF

Septicemia: jueves

Por Veronica Ades (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)*

Jueves. A lo largo del día compruebo repetidamente el estado de la paciente, que cada vez parece estar peor. Su frecuencia cardíaca se dispara por encima de 150 y su respiración es extremadamente rápida: da bocanadas con cada breve aliento, a pesar de que la saturación con el oxígeno suplementario es buena.

Me doy cuenta de que, probablemente, va a morir. Comienzo a preparar a la familia para que se hagan a la idea. Les digo, con la ayuda de un enfermero que habla dinka, que vamos a hacer todo lo posible, pero que probablemente se va a morir. Lo entienden. Su padre dice: “ahora está en manos de Dios”.

Los padres se sientan en la cama, sosteniendo cada uno una de sus manos. La observan con atención. Desde que la ingresamos, han estado pendientes de ella en todo momento. Cuando les pedimos que cuidaran la jeringa para la sonda nasogástrica, la envolvieron con cuidado y la guardaron en un rincón, bajo una manta, para que no se perdiera. Nos ayudaron a comprobar la orina, o la saturación de oxígeno, y a ajustar los tubos. Su ternura es estoica.

Hasta este momento no he procesado lo injusto de la situación. Esta paciente tiene 18 años. Iba a tener su primer hijo. Y eso la ha matado.

Es difícil mirarla. Aunque está inconsciente, parece tan incómoda… su respiración es tan laboriosa, tan torturada. Vuelve a subirle la fiebre y le cambio los antibióticos. Ahora que tiene los pulmones secos, le administro un poco de suero de rehidratación por vía intravenosa. Es lo único que tengo.

Cada vez que me acerco a la cama, compruebo sus constantes vitales y su saturación de oxígeno, y me alejo. No sé qué más hacer. Finalmente, dejo de comprobarle las constantes y simplemente la miro desde el cabecero de la cama. Se está muriendo y no hay nada que podamos hacer.

Esa noche estoy en quirófano hasta tarde: las dos de la madrugada. Luego, me paso a verla. Sigue viva, sigue luchando por respirar. Su familia ni siquiera parece dormir. Están sentados en la cama, sujetándole las manos, viéndola morir dolorosamente.

A la mañana siguiente, viernes, me comunican que falleció a las cuatro de la madrugada. Ni ella ni su familia se encuentran ya en la planta.

En Sudán del Sur, las mujeres tienen muchos hijos y poco acceso a atención sanitaria. La mayoría da a luz en sus casas y, cuando las cosas se tuercen, el centro de salud más próximo queda muy lejos. Un estudio reciente de una zona remota próxima encontró que el centro de salud más cercano para esa población estaba a seis horas de camino. Así que, cuando el bebé no sale, las mujeres no pueden más que esperar y sufrir. Esperan durante días, porque levantarse y salir en busca de ayuda es un martirio y aún así, no es probable que sirviese de gran cosa.

Y así es como pueden llegar a transcurrir cuatro días y un bebé muere dentro de una vagina. Para cuando logran llegar hasta alguien que sí puede ayudarlas, están tan enfermas a veces ya no hay nada que hacer. Lo intentamos de todos modos y a menudo se produce el milagro y se salvan: son las mujeres que morirían si no estuviésemos aquí. Luego están las que siguen muriendo, demasiadas.

* Veronica Ades, de Nueva York, es ginecóloga. Esta es su primera misión con Médicos Sin Fronteras.

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Foto: Hospital Civil de Aweil, en el que MSF trabaja junto con el Ministerio de Salud para reducir la mortalidad materno-infantil. Mayo de 2012, Sudán del Sur (© Takuro Matsumoto /MSF).

 

Septicemia: miércoles

Por Veronica Ades (ginecóloga de Médicos Sin Fronteras, Sudán del Sur)*

Miércoles. Estamos tratando la infección y suministrándole a la paciente líquidos por vía intravenosa, pero su saturación de oxígeno en sangre es del 91% (debería ser del 95% o superior). Esto, junto a la hipotensión y la taquicardia (frecuencia cardíaca elevada), me hace sospechar que se está descompensando. Le ponemos un flujo continuo de oxígeno suplementario.

Pido la opinión de la anestesista, que me da una ampolla de dopamina, junto a una bolsa de suero corriente, y me explica cómo administrarla. Vamos a aumentar artificialmente la tensión de la paciente para mantener la función de los órganos hasta que mejore su estado. La enfermera cuenta diligentemente el número de gotas por minuto, para controlar escrupulosamente la dosis de dopamina. Al poco, su tensión mejora. Después de comer reevaluaremos la situación y quizá reduciremos paulatinamente la dosis.

Esa misma tarde su aspecto ha empeorado. Tiene el abdomen hinchado y se queja de dolor abdominal. Tiene la respiración acelerada y parece incómoda. Su saturación de oxígeno empeora. Es muy probable que la septicemia esté causando una disfunción pulmonar llamada ‘síndrome de distrés respiratorio agudo’ o SDRA. Mientras está con la dopamina, su tensión se mantiene bien, pero cae rápidamente en cuanto disminuimos la dosis.

Cuando la estoy examinando, se pasa por allí la anestesista. Convenimos que, a raíz de la infección, los intestinos seguramente no le estén funcionando bien: va a necesitar una sonda nasogástrica. Esta sonda se inserta por la nariz y desciende por el esófago hasta llegar al estómago. Nos permite descomprimir el estómago y los intestinos desde arriba, ya que por abajo no se están vaciando. La enfermera va corriendo a buscar una sonda y, a la segunda, logramos insertarla correctamente. Conseguimos sacar un poco de fluido. Me preocupa su estado y quiero tener alguna otra opinión, así que llamo al director médico del hospital, que acude inmediatamente.

Encontramos una jeringa grande con la que logramos aspirar de la sonda una gran cantidad de líquido muy feo. El estómago de la paciente se descomprime visiblemente, pero ni su respiración ni su frecuencia cardíaca ni su tensión mejoran. Llegado este punto, se ha acabado la dopamina y debemos decidir si administrarle más. Me preocupa que pase la noche sola con la dopamina, sin supervisión del personal de enfermería. El director médico, la anestesista y yo debatimos el tema.

El director señala que administrarle la dopamina no es sostenible porque no tenemos unidad de cuidados intensivos, y se trata de un medicamento potente y peligroso que, si bien a veces salva vidas, no parece una buena alternativa terapéutica en este caso. Va muy bien en situaciones agudas, como una reanimación intraoperatoria, pero hace más de 24 horas que intervinimos a nuestra paciente y no estamos en disposición de proporcionar los cuidados intensivos que este tratamiento requiere. Finalmente, convenimos en que necesita un régimen agresivo de hidratación intravenosa, además de oxígeno y monitorización.

Por la noche, vuelvo al hospital para realizar otra intervención y me paso a ver a la paciente. Se ha descompensado y está inconsciente. Sus constantes vitales siguen siendo malas. Su saturación de oxígeno ha caído al 83%. Por algún motivo, han apagado la máquina del oxígeno. La enciendo de nuevo, y la saturación mejora hasta el 90%. No está claro quién apagó la máquina, ni por qué. La enfermera a cargo del caso está muy frustrada: al parecer algún otro miembro del equipo la ha apagado sin preguntar. Hablamos con todos para hacerles saber que debe apagarse.

La paciente no tiene fiebre, pero ahora está padeciendo los efectos de la septicemia. Probablemente tenga fallo multiorgánico, pero no disponemos de las pruebas de laboratorio necesarias para confirmarlo. Le borbotean los pulmones. Su tensión arterial ha mejorado con la hidratación, pero la septicemia debe de haber permitido que el fluido del torrente sanguíneo escape a “terceros espacios” del cuerpo, en su caso, los pulmones.

Empiezo a administrarle furosemida, un diurético. La cambiamos también de posición, incorporándola para que el líquido no le encharque completamente los pulmones. Tras múltiples dosis de furosemida, orina una buena cantidad y su saturación de oxígeno mejora notablemente. Algunas horas más tarde, tiene los pulmones más secos, aunque la saturación sigue sin ser perfecta: sigue con SDRA.

No consigo despertarla.

Sigue inconsciente incluso después de mejorar su saturación de oxígeno, administrarle glucosa concentrada y aspirar la sonda. La cosa pinta mal. Su tensión arterial fluctúa mucho. En cuestión de minutos, pasa de muy baja a normal y a límites máximos. No se me ocurre qué más puedo hacer. Consulto a la anestesista y con el director, pero tampoco pueden sugerir nada más. En estas situaciones no se puede hacer más.

(Continúa mañana)

* Veronica Ades, de Nueva York, es ginecóloga. Esta es su primera misión con Médicos Sin Fronteras.

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Foto: Hospital Civil de Aweil, en el que MSF trabaja junto con el Ministerio de Salud para reducir la mortalidad materno-infantil. Mayo de 2012, Sudán del Sur (© Takuro Matsumoto /MSF).

Septicemia: martes

por Veronica Ades (Sudán del Sur, Médicos Sin Fronteras)*

Martes. Era mi primer día de trabajo en el proyecto de MSF en Aweil, en Sudán del Sur. La ginecóloga a la que había venido a sustituir aún no se había marchado y aquel día se estaba encargando del trabajo hospitalario, mientras yo recibía de distintas personas mis preceptivos ‘briefings’, las reuniones con los miembros del equipo que tenemos nada más llegar a una nueva misión. El coordinador de la misión nos cuenta a Katie (la matrona que llegó conmigo) y a mí una versión abreviada de los últimos 200 años de la historia sudanesa. Justo cuando estamos terminando, recibimos un mensaje del operador de radio: nos necesitan en la maternidad.

Cuando llegamos al quirófano, la paciente ya está anestesiada y la ginecóloga saliente está intentando que tenga un parto vaginal. El embarazo ha llegado a término pero el bebé está muerto. En realidad, la paciente, de 18 años, lleva cuatro días de parto. Dado que no pudo expulsar al bebé de forma natural, nos imaginamos que ahora la extracción será difícil.

Lo intentamos con la ventosa Kiwi, que me parece muy adecuada para partos normales, porque es fácil de usar y no ejerce demasiada presión sobre la cabeza del bebé. Si aplicas demasiada fuerza, la ventosa se suelta sola: es como un control de seguridad, y si te ocurre varias veces, es señal de que tienes que practicar una cesárea. Pero en este caso, el bebé ha muerto. Y la Kiwi no deja de soltarse.

A continuación lo intentamos con el fórceps, una tenaza metálica que se coloca a ambos lados de la cabeza del bebé para guiarla hacia abajo. Pero la cabeza está tan encajada en la pelvis que ni siquiera lo podemos colocar, a pesar de que ambas lo intentamos varias veces.

A continuación probamos con la ventosa más fuerte de que disponemos, que tiene una copa de succión grande de silicona y un mecanismo de succión manual externo. Parece ejercer más fuerza que la Kiwi. Tiramos y tiramos. Avanzamos lentamente. Mi compañera tira de la copa de succión mientras yo sujeto hacia atrás la pelvis de la paciente para evitar que se caiga de la mesa: usa toda su fuerza y, por fin, logramos extraer al bebé.

Al haber estado la paciente tanto tiempo de parto, existe el riesgo de que tenga necrosis tisular y se forme una fístula obstétrica. Tiene el útero anormalmente desplazado hacia arriba dentro del abdomen, cerca del ombligo. Probablemente la causa sea que la mayor parte del bebé estaba colocado sobre la vagina, y no en el útero o la cérvix, y el tejido inferior está distendido. La examinamos con un espéculo y el cérvix tiene una apariencia relativamente normal, aunque agrandado y distendido. La paciente no sangra. Hemos terminado.

La anestesista comenta que la paciente ya presentaba septicemia cuando fue ingresada. Esto significa que, debido al prolongado parto, había desarrollado ya una infección uterina que se había extendido al flujo sanguíneo, causando cambios fisiológicos como hipotensión y una elevada frecuencia cardíaca, signos de una infección generalizada. Durante el procedimiento, la anestesista había tenido que suministrar dopamina a la paciente para mejorar su tensión arterial. Todavía no está fuera de peligro: necesitará antibióticos potentes, buenos cuidados y mucha suerte.

La enviamos a planta y comprobamos repetidamente su estado a lo largo del día. Se está estabilizando. Tiene fiebre, pero le estamos dando antibióticos y paracetamol. Está débil, pero puede hablar y está bien atendida por su familia.

Al día siguiente, su estado es regular…

 

(Continúa mañana)

 

* Veronica Ades, de Nueva York, es ginecóloga. Esta es su primera misión con Médicos Sin Fronteras.

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Foto: Quirófano en el Hospital Civil de Aweil, en el que MSF trabaja junto con el Ministerio de Salud para reducir la mortalidad materno-infantil. Mayo de 2012, Sudán del Sur (© Takuro Matsumoto /MSF).