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Internacional, Farmamundi, Amigos de Sierra
Leona y Arquitectura sin Fronteras.

Archivo de diciembre, 2017

Zimbabue: “El estigma y la discriminación hacia pacientes con enfermedades mentales están muy extendidos en la sociedad”

Norman Magaya, enfermero de salud mental de MSF, trabaja en el equipo de rehabilitación de la unidad de Psiquiatría del Hospital Central de Harare

Soy el enfermero de rehabilitación de salud mental de la unidad de Psiquiatría del Hospital Central de Harare. Nuestro equipo trabaja con pacientes de la comunidad que han sido dados de alta tras una estancia en el hospital.

En las comunidades en las que trabajamos, el estigma y la discriminación hacia los pacientes con enfermedades mentales están muy extendidos. La gente carece de información sobre salud mental. La atención que se ofrece a los pacientes de salud mental no es la misma que la que se da a los que padecen otras patologías como el VIH, y hay pocos defensores de la salud mental, si es que hay alguno.

Personal de MSF y del Ministerio de Salud y Atención a la Infancia baila con pacientes durante la conmemoración, en la prisión, del Día de la Salud Mental. Como parte de la celebración, pacientes de salud mental de la prisión de Chikuburi, en Harare, representan testimonios con poesía hablada, bailes y actuaciones teatrales © Rachel Corner/De Beeldunie

Aquí la gente tiene ideas erróneas sobre la salud mental. Hay personas que asocian las enfermedades mentales con prácticas nocivas. Hay quien achaca estas patologías a espíritus malvados. Otros culpan a los pacientes por estar enfermos. A menudo se puede escuchar a gente que sostiene que los pacientes de enfermedades mentales han cometido crímenes contra otras personas y que la enfermedad es el castigo por esas acciones.

Todo esto se traduce en que cuando las personas padecen alguna enfermedad mental, sus parientes a menudo las llevan a algún curandero tradicional antes de acudir a hospitales o clínicas. También hay pacientes con enfermedades mentales que sufren el rechazo de su familia por su condición. Hay gente que directamente abandona a su familiar enfermo en los hospitales y nunca vuelve a ver cómo evoluciona.

Parte de mi trabajo consiste en conducir sesiones de psicoeducación con pacientes, familiares y con la comunidad en general, para que tomen conciencia de los problemas de la salud mental. A los parientes de los enfermos les doy una visión de la enfermedad de su familiar y les digo cómo pueden ofrecer apoyo como miembros de la familia.

Desde que se puso en marcha el equipo de rehabilitación de Médicos Sin Fronteras (MSF), que hace un seguimiento de los pacientes de la comunidad, el número de personas atendidas en el departamento ambulatorio del hospital se ha reducido. Se debe a que muchos pacientes están siendo atendidos en clínicas locales. Desde MSF damos formación a enfermeros de clínicas para proporcionar tratamientos y atención a los pacientes con enfermedades mentales, así que parte de mi trabajo es enseñar y formar a este personal. Por ejemplo, cuando vamos de visita a las clínicas ofrecemos a los enfermeros la posibilidad volver a ver a pacientes en nuestra presencia, así podemos apreciar cómo lo hacen y si hay algún área en la que necesiten asistencia.

Anna Morris es una bailarina zimbabuense que trabaja como entrenadora con MSF en la sala de salud mental. Enseña terapia de baile a los pacientes. Enfermeros y pacientes actúan durante la conmemoración del Día de la Salud Mental © Rachel Corner/De Beeldunie

El área de la salud de enfermedades mentales es la más abandonada, y a la que muchos trabajadores no desean dedicarse. Hay un estigma incluso entre los profesionales sanitarios. Pero también he visto a muchos pacientes que ahora están comprometidos con este trabajo. Algunos están haciendo sus propios proyectos y otros están contratados como profesionales. Cosas así me motivan.

Los retos a los que hacemos frente en el equipo de rehabilitación incluyen la escasez de personal en las clínicas. Los pacientes, a veces, no pueden tener las medicinas que necesitan si nosotros no les tenemos entre nuestros registros del equipo de rehabilitación. Algunas medicinas no están disponibles en la clínica. Hay pacientes que no tienen empleo, por lo que les es más difícil comprar medicación por su cuenta y recaen.

Cuando se introdujeron las actividades de rehabilitación, había cierta resistencia en las clínicas hacia la salud mental, porque esta no era una prioridad: la preferencia se daba a otras atenciones como el VIH, la tuberculosis, la malaria o el cuidado prenatal. La situación ahora es diferente. Nos sentimos parte del equipo.

Debra Machando, psicóloga clínica, durante un encuentro en la unidad de Psiquiatría del Hospital Central de Harare © Natacha Buhler/MSF

Para combatir el estigma que sufren los pacientes con enfermedades mentales, necesitamos sensibilizar a la comunidad sobre la salud mental. Son necesarias campañas de concienciación a todos los niveles, desde los barrios pasando por distritos y provincias hasta nivel nacional.

La salud mental está directamente relacionada con muchas otras condiciones psicológicas. Por medio de una enfermedad mental, se puede estar expuesto, por ejemplo, al VIH. La salud mental es la base de toda la medicina preventiva en términos de daño físico.

Batangafo: “Lo único que le queda a toda esa gente es su propia vida”

Por Natacha Buhler, responsable de comunicación de MSF en RCA

Desde finales de julio de 2017, los combates entre las facciones ex-Seleka y anti-balaka han vuelven a incendiar el norte de la República Centroafricana. Miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus refugios en Batangafo y alrededores, en donde estaban instalados desde la crisis en 2013-2014. Muchos de ellos han buscado protección en el complejo hospitalario administrado por MSF.

“Estoy cansada de correr. Mientras se siga oyendo el zumbido de los disparos, me quedaré en el hospital”. Esther tiene 30 años y vive en una cabaña hecha con ramas. Junto a ella están su hija y su hermano menor. La cabaña está justo detrás del edificio en el que se encuentra el quirófano de nuestro hospital en Batangafo. El 29 de julio de este año, tras el enésimo estallido de violencia entre las facciones de la antigua coalición Seleka y la anti-Balaka, Esther y unas 16.000 personas más, buscaron refugio en este lugar.

Esther Ngaindiro, de 30 años, vive en el hospital de Batangafo desde el brote de violencia del 29 de julio. Antes, vivía en el emplazamiento de Baga para desplazados internos, donde algunos de sus familiares fueron asesinados durante los enfrentamientos. Ahora está en el hospital con su hija y otros miembros de su familia. Su madre decidió quedarse en Baga, ya que cree que si ella si Esther se separan, habrá más opciones de que alguna de las dos sobreviva para cuidar de la familia © Natacha Buhler/MSF

Los “acontecimientos”, como se conoce aquí la violencia que devastó el país en 2013 y 2014, todavía están presentes en la mente de todo el mundo. No todos los que huyeron de Batangafo en 2013 regresaron cuando pasó la gran oleada de violencia. Muchos tenían miedo de volver a sus casas y por eso unas 23.000 personas decidieron quedarse durante todo este tiempo en los campos de desplazados de la zona.

Sin embargo, si algo tengo comprobado en el tiempo que llevo aquí, es que en este país la violencia se ceba de manera especialmente cruel con los más débiles.  Aquellos que ya habían perdido todo en el pasado, vieron en julio cómo sus precarias cabañas quedaban completamente calcinadas, lo cual les llevó a tener que huir una vez más.

“No sé por qué pelean. Cualquier motivo parece ser suficiente para comenzar a luchar de nuevo; para aprovechar la oportunidad de saquearlo todo y dejarnos sin lo poco que tenemos. En los enfrentamientos de julio, algunos de mis familiares fueron asesinados y todas mis pertenencias fueron destruidas o robadas”, continúa Esther, que, como tantos otros, llevaba en uno de estos campos desde hacía tres años.

Hoy, Esther está en el hospital junto con miles de personas, con la esperanza puesta en que este lugar pueda brindarles un mínimo de seguridad. Y ojalá pudiéramos dársela, pero a día de hoy, por desgracia, ni siquiera un hospital puede considerarse a salvo de los combates o de las bombas. Lo que sí vemos es que la cantidad de personas desplazadas que acoge el recinto varía de acuerdo con la evolución del conflicto. A veces somos más y otras veces somos bastantes menos.

Desde que estallara la violencia en Batangafo, algunas personas que habían buscado un refugio intentaron volver a casa cuando la situación se calmó. Pero se vieron forzadas a refugiarse de nuevo en el hospital cuando la violencia resurgió a principios de septiembre © Natacha Buhler/MSF

Tras los incidentes de julio, la violencia continuó en Batangafo durante los meses de agosto y septiembre de este año, hasta que los ex-Seleka y anti-Balaka firmaron un nuevo alto el fuego. Luego, en octubre, surgió un nuevo grupo de “autodefensa” con las mismas ganas de pelear que todos los demás. Fue fundado en un pueblo situado no muy lejos de aquí y allí es donde ahora se están librando los combates; más allá del río que separa la ciudad de la comunidad vecina, Saragba. Muchos de los que llegan al hospital huyendo de allí lo hacen sin absolutamente nada. Y casi todos nos hablan de aldeas totalmente quemadas y de cuerpos sin sepultar.  La violencia aquí no cesa.

“Mi madre se quedó en el campo de desplazados. Me dijo que era mejor si nos separábamos, porque si algo le sucedía a una de nosotras, entonces la otra podría cuidar de la familia”, comenta Esther. “La temporada de lluvias fue dura, las lonas que usamos no nos resguardaban de la lluvia. Pasamos muchas noches de pie, apretujados los unos contra los otros. Se ha acabado la temporada y todavía seguimos aquí. No hay nada que hacer. Antes, me dedicaba un poco al comercio. Pero hace ya mucho que se nos acabó el dinero”.

Aunque refugiarse en el hospital de Batangafo puede ser la opción más fiable en términos de seguridad, también contiene riesgos ocultos como el contagio de enfermedades. Un hospital es esencialmente un sitio donde tratar a personas enfermas © Natacha Buhler/MSF

Hay poco que celebrar cuando pensamos en cómo será el futuro en Batangafo. Esther, como muchos, dice que espera que vuelva a reinar la paz para poder comenzar a ganar dinero y poder cuidar de su familia. Su mayor anhelo es el de enviar a su hija a la escuela. Pero no se acaba de creer que eso sea algo que pueda llegar a suceder algún día. “Para que haya paz, no puede haber hombres armados”, dice mirando al suelo. “Pero aquí los hombres no están dispuestos a dejar la violencia de lado”.

 

Médicos Sin Fronteras (MSF) ha prestado apoyo al hospital de Batangafo desde 2006, brindando atención médica gratuita a la población de la ciudad y de sus alrededores. La organización también ha establecido redes de trabajadores comunitarios en los cinco ejes fuera de la ciudad, de modo que el tratamiento para la malaria y para la diarrea siempre está accesible para la mayor parte de la población sin tener que desplazarse hasta el hospital. En la carretera de Ouogo, donde actualmente se libran los combates, solo dos trabajadores de 16 lograron llegar al hospital para reabastecerse del suministro de medicamentos paras sus respectivas zonas. La inseguridad también impide que el equipo de MSF acceda a aquellos lugares donde se libran los combates. La mayor parte de la población que vive allí ha huido al bosque o al campo, donde no tienen acceso a la atención médica, mientras que los puestos de salud en las aldeas han sido saqueados, destruidos o abandonados.Los trabajadores sanitarios también son víctimas del conflicto y, como todos los demás, se vieron obligados a huir para tratar de poner a salvo sus vidas.

MSF lleva trabajando en la República Centroafricana desde 1997 y hoy brinda asistencia médica a las poblaciones de Bria, Bambari, Alindao, Batangafo, Kabo, Bossangoa, Boguila, Paoua, Carnot, Zemio y Bangui. En 2016, la organización atendió un millón de consultas médicas, vacunó a 500.000 niños contra diversas enfermedades, realizó 9.000 intervenciones quirúrgicas y ayudó en el parto de 21.000 bebés en el país. Sin embargo, desde comienzos del año, con la intensificación del conflicto armado, la organización ha tenido que adaptar cuatro de sus 16 proyectos para responder a las necesidades más  urgentes de las personas directamente afectadas por el conflicto.

Cuando solo el 57% de los niños senegaleses acaba la educación primaria

Por Sara Diez, en Senegal, de Arquitectura Sin Fronteras.

Cuando llegas a Senegal, lo primero que te llama la atención es la acogida y la hospitalidad senegalesa. Su generosidad para dar lo poco que tienen, la tolerancia y el respeto hacia cualquier cultura y religión, son asombrosos.

Mi nombre es Sara, soy arquitecta y he trabajado en varios proyectos en Senegal. En este último, llevo 6 meses en una población llamada Joal-Fadiouth. Pertenezco a la ONG Arquitectura Sin Fronteras (ASF) y estamos construyendo una escuela llamada Centro de Educación Media III (CEM3).

Sara Diez con niños de la guardaría de CSF.

Trabajar en Senegal, como en otras regiones de África, supone un choque cultural grande. Significa adaptarse a una realidad que no tiene mucho que ver con lo que conocemos en España. Las cosas del día a día en las que ni reparamos, en Senegal se hacen protagonistas y condicionantes. La falta de agua potable y energía eléctrica está a la orden del día. Logísticas tan sencillas como lavarte los dientes mientras te preparas un café, no es algo que puedas hacer fácil ni rápidamente. Coger el metro para desplazarte en tu rutina diaria, aquí se traduce en coger un coche comunitario que se cae a pedazos o montar en una carreta de burros.

Como podréis imaginar, el sistema educativo y las condiciones de muchos edificios escolares, no son una excepción. Lo que en España es algo incuestionable, aquí no lo es tanto. Un claro ejemplo ha sido la anterior escuela del CEM 3 que se encontraba en muy mal estado. En época de lluvias se inundaba y se quedaba inutilizable dejando a casi 1.000 niños y niñas sin escuela durante meses. Como resultado, estas condiciones estructurales agravaban significativamente el ya de por sí complicado sistema de escolarización en Senegal.

Profesores y director del CEM 3. Detrás, el edificio en construcción de ASF.

Aunque este país cuenta con educación pública, que convive con la privada, y supone un 24% del gasto del Gobierno anual según el Banco Mundial, la tasa de abandono escolar en Joal- Fadiouth es muy alta. Debido a los pocos recursos económicos de las familias, los/as niños/as se ven obligados a comenzar a trabajar para ayudar en la economía familiar. En algunos casos, estos/as mismos/as niños/as son el único sustento para toda la familia si alguno de los padres fallece.

Como agravante, el rol tradicional de la mujer hace que, en algunos casos, las niñas deban quedarse en casa ocupándose del cuidado de sus hermanos/as y ayudando en las tareas domésticas. En otros, simplemente, les obligan a casarse demasiado pronto. A muchos de estos/as niños/as les gustaría seguir estudiando, pero sus circunstancias se imponen. El acceso a la educación es un derecho, pero en muchos lugares del mundo, solo un privilegio.

Según cifras del Banco Mundial, solo un 57% de los/as niños/as finalizan la educación primaria en Senegal, mientras que en España lo hacen un 99,2%. Entre los que terminan el primer ciclo escolar, se encuentra un 55,9% de los niños y un 60,2% de las niñas (frente al 97,3% y 97,5% en España respectivamente).

Frente a esta crítica situación, mantener edificios en mal estado que dificulten todavía más el acceso y continuidad en las aulas, es intolerable. Los/as niños/as de Senegal no pueden permitirse esos periodos de cortes en su breve educación. Y ese es uno de los objetivos de mi organización, Arquitectura Sin Fronteras, y por el que estoy aquí.

Escuela en construcción por ASF.

Durante la ejecución del proyecto, he trabajado en la obra con un equipo de hombres y mujeres senegaleses –ya que la empoderación de la mujer y la capacitación de la población son dos de nuestros principales objetivos-. Por ello, mi trabajo significa compartir muchas cosas de su cultura, dentro  y fuera de la obra. Comer todos juntos el thieboudienne con la mano, tomar el té varias veces al día, acompañarles en sus celebraciones católicas y musulmanas que celebran en armonía… Y todo ello con una filosofía de vida en la que prima la solidaridad y el respeto de los unos por los otros, el compartir todo lo que se tenga. Como ellos mismos dicen: ‘Nio far’, que significa en wolof (lengua senegalesa) que ‘Todos somos la misma cosa’.

Compartiendo experiencias con mujeres y hombres senegaleses en su día a día.

Es por eso que tras este tiempo me doy cuenta de una cosa. Los valores como la solidaridad, el respeto o la hospitalidad son enseñanzas que muchos senegaleses no han podido aprender en las aulas, o tuvieron que dejar de aprenderlas a una edad muy temprana. Sin embargo, deben de llevarlo en su ADN. Me han dado grandes lecciones de vida que deberían de tomarse como ejemplo, en muchas partes del mundo.