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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Archivo de Julio, 2017

Cómo un hospital de Kirguistán le plantó cara a la mortalidad infantil

Por Sven G. Simonsen, UNICEF en Kirguistán

Este bebé que has visto…”. El doctor Shavkat Tadjibaev señala la sala de reanimación que acaba de mostrarnos. “Hace tres años, no habría vivido. Pero ahora está tranquilo, está respirando. Podemos decir que se está recuperando”.

El doctor Shavkat Tadjibaev es pediatra en el hospital infantil territorial Kara-Suu, en el sur de la provincia de Osh, Kirguistán. Este hospital da servicio a una población mayoritariamente de la etnia Uzbek. Kara-Suu fue uno de los distritos más afectados por el conflicto étnico que sufrió el país en 2010.

El médico nos relata una historia muy personal. Es también la historia de cómo, en poco tiempo, la atención a niños gravemente enfermos ha mejorado considerablemente.

Un comienzo dramático

La historia empieza de forma más dramática, un día de primavera de 2013. Tadjibaev estaba de guardia cuando un bebé de cuatro meses, enfermo de diarrea, cayó en coma. El personal no tenía medios para ayudarle y no podía ser trasladado al hospital provincial, que estaba a tan solo veinte minutos.

El niño se moría, y lo único que podía hacer yo era observar su estado”, lamenta el médico.

El bebé de 4 meses pudo ser trasladado en ambulancia al hospital de Osh /©UNICEF Kyrgyzstan/2017/Cholpon Imanalieva

Sin embargo, justo ese día el Ministro de Sanidad y dos experimentados médicos que representaban a UNICEF estaban visitando el hospital. Ellos contactaron con el hospital provincial, que envió una ambulancia totalmente equipada. El niño pudo ser tratado en Osh. “Cuando le visité al día siguiente estaba consciente y sonreía”.

Lo que ocurrió al día siguiente fue solo el comienzo de algo mucho más grande. Porque ese incidente reveló las deficiencias del hospital en la atención a niños gravemente enfermos, que cada año causaban muchas muertes que se podían haber prevenido. Hasta hace pocos años, la situación en Kara-Suu era “muy mala”, en palabras de Gulmira Kalbaeva, la directora del hospital, que empezó a trabajar allí hace siete años. “La tasa de mortalidad era muy alta. Cada año veíamos morir a más de 40 niños. La mitad moría de neumonía”.

UNICEF toma la iniciativa

Las causas eran variadas: falta de equipamiento, falta de formación, procedimientos erróneos y una deficiente cooperación entre hospitales. Cada causa se abordó a través de una serie de iniciativas de UNICEF, financiadas por el gobierno de Japón.

El incidente puso de manifiesto la falta de protocolos para dar respuesta a emergencias médicas. Las consecuencias podían ser terribles.

“A veces era un caos. Los médicos no se entendían unos a otros, cada uno proponía su propio tratamiento”.

UNICEF, con el Ministerio de Sanidad, inició un proceso para formular por primera vez protocolos nacionales sobre reanimación infantil en cuatro de las afecciones más comunes. Han sido aprobados recientemente.

“Los protocolos aportan mecanismos claros, lo cual nos hace ahorrar tiempo. Ahora solo tenemos en reanimación a la mitad de niños que solíamos tener, porque respondemos de manera más adecuada a cada caso”, explica Tadjibaev.

En paralelo, UNICEF inició una amplia formación a médicos de reanimación infantil y otro personal de los hospitales de todo el país. En 2015 la organización llevó a un equipo de especialistas de Lituania para impartir formación de soporte vital pediátrico avanzado. Una evaluación posterior ha demostrado que quienes recibieron esta formación obtienen resultados un 30% mejores que los que no. Por eso el soporte vital ha entrado en el programa académico de formación pediátrica postgrado.

Todo el personal del Kara-Suu ha realizado ya varias formaciones para mejorar. “Nos gusta el método de los formadores de UNICEF”, asegura Kalbaeva. “Son formaciones prácticas, van a lo importante, y además luego hay visitas de supervisión para asegurarse de que lo estamos poniendo en práctica. Además, hay una cosa muy importante, y es que forman a la vez a médicos y enfermeras, para enseñarnos a trabajar juntos como equipo. Antes, las enfermeras no podían ayudar a un niño en una emergencia, tenían miedo y no sabían cómo actuar. Pero ahora pueden intervenir si el médico no está”.

Mejora de los equipamientos

También la mejora en los equipamientos ha permitido mejorar la respuesta. Hasta hace poco, la sala de reanimación del hospital estaba desprovista de equipos operativos. Ahora hay tres camas con material vital. De hecho, Kara-Suu es uno de los 34 hospitales del país que han recibido por parte de UNICEF máquinas CPAP, que ayudan a respirar a los niños de una manera no intrusiva.

Finalmente, UNICEF ha contribuido a preparar protocolos para la derivación de niños gravemente enfermos, para garantizar que los traslados sean en ambulancias adecuadamente equipadas, que no haya retrasos y que los mejores hospitales estén preparados para recibir al paciente.

Hasta hace tres años, cada año entre 15 y 20 niños morían mientras eran trasladados en taxi de las localidades de Kara-Suu al hospital provincial de Osh. En 2013, de los 27 niños derivados a Osh desde los centros de salud locales o llevados por sus familias, 19 murieron por el camino o durante las tres primeras horas de hospitalización. Hoy, con un traslado en ambulancia y con un sistema de derivación que funciona, esto puede ocurrir quizás una vez al año.

Por fin duermo bien por las noches

La tasa de mortalidad es muy baja en el hospital de Kara-Suu: mientras que hace siete años cada año morían 20-25 niños por neumonía, en 2015 eran cinco y en 2016 fueron solo dos.

Cómo un hospital de Kirguistán le plantó cara a la mortalidad infantil

El doctor Shavkat Tadjibaev, frente a una de las tres camas del área de reanimación equipadas con soporte vital /©UNICEF Kyrgyzstan/2017/Sven G. Simonsen

El niño con el que Tadjibaev empezaban nuestra conversación tenía neumonía. Su pronóstico es bueno, y desde luego mucho mejor que lo que habría sido hace unos pocos años.

Cuando le pregunto qué supone todo esto para él personalmente, el doctor Tadjibaev me responde: “Antes, cuando un niño moría, sentía que no le había salvado incluso aunque podría haberlo hecho. Ese es un sentimiento con el que es muy muy difícil vivir. Pero ahora puedo dormir bien por la noches”.

Hacia una mejor integración de los programas de desarrollo en las ayudas en emergencias

Por Amleset Tewodros, Resposable de Programas en África de HelpAge International

© Ben Small/HelpAge International

En los últimos años, han tenido lugar varios conflictos alrededor del mundo que han dejado a muchas personas sin hogar, en búsqueda de seguridad y protección en sus países. Muchos de ellos se encuentran en un campo de refugiados donde las autoridades y las agencias humanitarias les proporcionan apoyo vital.

En la mayoría de los casos se trata de ayudas en forma de comida, bienes, atención médica y protección –respondiendo a las necesidades inmediatas y urgentes de las personas. No obstante, a medida que las crisis humanitarias llegan a ser más largas, arrastrándose año tras año, necesitamos ver respuestas que impliquen un mayor enfoque de desarrollo para impulsar la autonomía y la independencia de los refugiados a largo plazo.

Aquí en Tanzania, más de 270.000 refugiados burundeses viven en tres campos del oeste del país, cerca de la frontera con Burundi.

Desde HelpAge, nosotros apoyamos a las personas con necesidades específicas en dos campos –Mtendeli y Nduta. Esto incluye a las personas mayores, personas con discapacidad, madres solteras y personas que sufren de enfermedades crónicas. Nosotros les ofrecemos una variedad de servicios para fomentar su protección, impulsar su salud física y mental y mejorar el acceso a servicios humanitarios básicos.

Esta parte de nuestro apoyo a los refugiados puede parecer bastante similar al resto, pero un aspecto de nuestro programa tiene un enfoque diferente. Ayudamos a los refugiados que empleen sus habilidades y adquieran nuevas habilidades que les puedan permitir ganar ingresos dentro del campo, integrarse mejor en la comunidad y reducir su dependencia en la ayuda de emergencia.

En una visita reciente a los dos campos, he sido testigo de ver lo ocupados que estaban los refugiados en su nuevo oficio. Los hombres construían muebles, tales como sillas, mesas, estanterías, mientras que las mujeres mayores tejían cestas.

He visto a madres solteras que han recibido formación de sastrería, ocupadas en su trabajo con las máquinas de coser que les hemos proporcionado, confeccionando ropa que pueden vender en el mercado tanto a visitantes como a refugiados. Estas mujeres son apoyadas por otros refugiados en su comunidad que facilitan servicios de guardería para que sus hijos sean cuidados mientras ellas trabajan como costureras.

“Estamos implicadas activamente en las actividades de la comunidad y nos pasamos el día de forma productiva, volviendo a nuestros hogares satisfechas; esto nos ayuda a olvidar las dificultades que hemos vivido en los últimos años”, explica un refugiado al que ayudamos para que empiece su oficio como carpintero.

 “Con el dinero que ganamos de la venta de diferentes productos, podemos comprar otros productos que necesitamos y que no nos son proporcionados en el campo, tales como arroz, verduras y medicamentos”.

Lo más importante de este trabajo es que continúa tener un impacto a largo plazo después de que los refugiados han abandonado los campos o, por si alguna razón, nuestro programa deja de existir. Estas habilidades no desaparecen –ellas pueden continuar a ser el medio de vida de una persona en el futuro por mucho tiempo.

Este enfoque es una oportunidad para demostrar cómo los refugiados –al recibir los instrumentos adecuados y apoyo– pueden encargarse de sus necesidades. Cuando los refugiados reciben una educación o se les permite trabajar para que pueden sustentar a sus familias, ellos se convierten en contribuyentes para la comunidad que les recibe. Y para esto se necesita un enfoque diferente por parte del país que les recibe; por tanto, es muy importante que exista un apoyo para que los niños reciban una educación, que las familias refugiadas tengan un sitio seguro donde vivir y que cada refugiado aprenda nuevas habilidades para poder apoyar a su familia.

Los refugiados son gente común y corriente. Son madres, padres, abuelos, hermanos y niños. Ellos tienes las mismas esperanzas y aspiraciones que todos nosotros. Los refugiados pueden ser muy hábiles e ingeniosos. Ellos tienen muchas habilidades, talentos y fortalezas profesionales con los cuales pueden contribuir de forma muy positiva al país que les recibe si se les ofrece la oportunidad. Integrando los programas y las estrategias locales de desarrollo a las respuestas que reciben las crisis humanitarias de refugiados es una forma segura de demonstrar actos de solidaridad tanto a los refugiados como a las comunidades de acogida.

Voluntariado para empoderar a mujeres en Varanasi, una de las siete ciudades sagradas del hinduismo

Almudena Fuente, responsable de comunicación de Viajes Solidarios Tumaini, una ONG dedicada al turismo solidario y sostenible.

Varanasi es uno de los lugares más especiales que hemos visitado nunca. Es una de las siete ciudades sagradas del hinduismo y el Ganjes es el protagonista de muchas tradiciones que se desarrollan en su día a día. Desde primera hora de la mañana, muchas personas se bañan, rezan, se purifican y realizan ofrendas a este impresionante río.

Hace unas semanas, viajé a Varanasi para conocer y evaluar pequeñas ONG locales con las que Tumaini podría colaborar en un futuro. Se trata de visitar los proyectos, hacer voluntariado en ellos y hablar con los coordinadores, trabajadores y beneficiarios para asegurarnos de que cumple con los requisitos necesarios para que personas voluntarias puedan visitarlos. Además, también comprobamos que el trabajo voluntario de las personas que viajan va a tener impacto social real. El equipo de Tumaini ya ha viajado a numerosas ciudades de ocho países diferentes para evaluar proyectos, pero Varanasi era una asignatura pendiente.

En mi viaje, conocí la escuela y taller de comercio justo con el que ya hemos empezado a colaborar.

La pequeña ONG se sitúa a las afueras de esta ciudad, en uno de sus barrios más empobrecidos. Su objetivo es mejorar la vida de mujeres en riesgo de exclusión. Se enfrentan a problemas como: violencia de género, alcoholismo o adicción al juego por parte de sus maridos, falta de educación, ya que no fueron a la escuela por el mero hecho de ser mujeres… y falta total de libertad. Más del 90% de las beneficiarias del proyecto nunca han visitado el centro de Varanasi (a 4 km). No se les permite ir a ningún sitio si no van acompañadas de sus maridos o familiares. La mayoría, además, pertenecen a castas bajas y sufren discriminación por ello.

El proyecto es muy pequeño, pero ha logrado que las mujeres que trabajan en el taller de costura sean independientes económicamente y puedan tomar sus propias decisiones. Además, sus hijos más pequeños asisten a la escuelita preescolar que está en el mismo centro donde ellas trabajan. De esta forma, pueden seguir trabajando, ya que saben que sus hijos están en un lugar seguro.

Mi primer contacto con el proyecto fue la visita a la tienda, que está parte antigua de la ciudad. Allí Mani, uno de los fundadores, me explicó cómo trabajan, los logros de su iniciativa y sus planes de futuro. En estos años, han conseguido que 18 mujeres trabajen en condiciones dignas cosiendo para la tienda, que sus hijos más pequeños acudan a la escuelita y que los niños y niñas que han cumplido 6 años vayan al colegio gracias al apoyo económico del proyecto. Le encantó la idea de recibir voluntarios y voluntarias para colaborar en sus actividades diarias y hacer posible que el proyecto crezca.

En un futuro, les gustaría ampliar el número de mujeres que trabajan en el taller y el número de niños y niñas que acuden a la escuelita. Para ello, sería necesario contratar a otra maestra para dividir a los niños y niñas por edades. De esta forma, se podrían hacer actividades más adecuadas para cada grupo.

Cuando visité el centro, pude hablar mucho con Ritu, maestra de los niños y niñas, y con Suneeta, supervisora de la escuela y del taller donde cosen las mujeres. Ritu me contó que se había casado con 17 años y que tenía 3 hijos. Cuando le conté que yo no estaba casada y que vivía sola me dijo: “entonces, ¡puedes hacer lo que quieras!” Me encantó compartir con ellas estos momentos en los que hablamos de nuestras vidas.

Muchas de las mujeres que trabajan en el taller no saben inglés, pero es increíble la cantidad de información que pueden dar solo con la mirada y los gestos. Las ves trabajando juntas y se las ve felices. El taller para ellas también es un espacio seguro para hablar de sus cosas con total libertad.

La cocinera del centro no sabe inglés pero estuve con ella mientras cocinaba y me encantó ver cómo cuida cada detalle con mucho cariño. Cuando menos te lo esperas, te ofrece un té como gesto de bienvenida, para que te sientas como en casa. Eso me encantó: enseguida eres una más, te incluyen en su día a día. Con Ritu, en clase, ayudamos en las tareas diarias: clase de inglés, de yoga, de matemáticas… Los peques estaban encantados con la novedad de vernos allí. Jugamos con ellos, les ayudamos en sus ejercicios, y escuchamos cómo cantaban. ¡Fueron unos días increíbles!

Mujeres, niños y niñas y trabajadores del proyecto son una gran familia. Tienen muchas ganas de que se conozca el trabajo que realizan y de recibir personas voluntarias que les ayuden con las actividades en la escuela. Solo así podrán crecer y poner en marcha nuevas ideas para mejorar la vida de estas mujeres y niños.

Más info del proyecto en la web de Viajes Solidarios Tumaini.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Por Laura Rubio, UNICEF Comité Español, desde Chad

(Las huellas de Boko Haram, segunda parte).

En la zona del lago Chad, 8 de cada 10 personas desplazadas viven en comunidades de acogida, no en campos para desplazados. Sufren los que tienen que huir, pero también los que reciben el flujo constante de personas que llegan sin nada, a las que acogen por principios.

Una de estas comunidades es Tagal, una aldea de pescadores a orillas del lago, que ha visto cómo su población se ha duplicado debido a la llegada continua de quienes huyende la violencia de Boko Haram. Tagal era ya una aldea pobre, sin infraestructuras ni acceso a servicios básicos, y con recursos mínimos para subsistir. Pero aunque hay buenas intenciones, no llega para todos. Los locales y los desplazados comparten lo poco que tienen, hasta lo más básico: el agua, los alimentos, las esterillas, los enseres de cocina viejos y desgastados… y también las enfermedades y un estado de desnutrición crónica difícil de revertir.

Es en esa aldea de personas generosas donde a primera hora de la mañana recibimos otro golpe de realidad, muy difícil de encajar.
Sobre una esterilla de palma en la entrada de su vivienda (una choza levantada en la arena con hojas y cañas secas) nos encontramos con Akbáh y su padre.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Los niños son los más afectados por la violencia de Boko Haram / UNICEF Chad/2017/Bahaji

Akbáh, de tres años – aunque no aparentaba más de dos – estaba tumbado de lado sobre la esterilla, quietecito y tranquilo, ataviado solo con el hilo marrón atado a la cintura característico de los niños de su etnia (Kanembu). Su padre, sentado a su lado, nos relataba su historia mientras le acariciaba la cabeza.

Hacía meses que Akbáh estaba enfermo. Lo habían llevado al médico en varias ocasiones, pero no habían conseguido que mejorase. Tras semanas enganchando fiebres, tos, y sin poder retener nada en el estómago, Akbáh parecía demasiado cansado para seguir. La malaria y la desnutrición no daban tregua, y su presa ya no podía más.

No lo decía claramente porque su niño estaba delante, pero su relato dejaba entrever que ni su mujer ni él albergaban ninguna esperanza de que pudiera sobrevivir. Ya habían perdido dos hijos antes y reconocían bien las señales.

Los ojos grandes y serenos de Akbáh contrastaban con la crueldad de su suerte. No emitía ni un quejido, ni un llanto, solo una tos flemosa y débil salía de sus labios de cuando en cuando, como no queriendo molestar. La madre nos miraba desde la distancia mientras seguía con sus quehaceres.

“Es mejor no encariñarse demasiado con los hijos porque se te pueden morir en cualquier momento”, decía otra madre.

Deseé con todas mis fuerzas ver a Akbáh levantarse y salir corriendo a jugar con los otros niños, a tirar de ese camión fabricado con una lata oxidada atada a una caja con tapones … Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que nos despedimos de Akbáh, que seguía apurando cada respiración en silencio junto a su padre.

Nos costó, los pies no querían irse. Sentí en mi interior esa mezcla de tristeza y rabia por la injusticia y la impotencia de todo aquello.

Cada vida cuenta. Cuando ves que se consigue salvar las vidas de miles de niños te sientes infinitamente feliz, e infinitamente triste cuando eres testigo de que la valiosísima vida de un niño como Akbáh se escapa.

Desde Tagal seguimos hacia la isla de Bouguirmi, en la zona central del Lago.

Las islas en el norte están deshabitadas. Algunas, debido a ataques de Boko Haram, otras evacuadas por las fuerzas militares como medida de protección. En esos movimientos de personas muchos han perdido la vida, y los que se han librado tienen que sobrevivir en medio de condiciones extremadamente duras. Este también es el caso de la gente de Bouguirmi.

Habían vuelto a la isla hacía dos meses, después de más de dos años de abandono forzoso. Tras recibir el aviso de que el grupo terrorista iba a atacar su aldea, escaparon dejando todo atrás. Salieron con lo puesto, ayudándose unos a otros. Lo siguiente que vieron fue su aldea en llamas.

Ahora vuelven a empezar de cero. ¿Por qué volver?

Nos decían que puestos a vivir con todo tipo de carencias, prefieren hacerlo en la tierra que les vio nacer. Han reconstruido sus hogares, y hasta han habilitado un puesto de salud y una pequeña escuela apoyados por UNICEF. Su capacidad de sobreponerse a la adversidad es indudable, y están más unidos que nunca, pero el hambre aprieta. Sin recursos ni tiempo para cultivar la tierra antes de que empiece la temporada de lluvias, sin ganado, y sin comercio con Nigeria, su supervivencia depende completamente del apoyo del gobierno y la ayuda humanitaria.

Chad: el miedo que trae la desnutrición

Muchas madres dejan de producir leche. Casi todos los niños presentan síntomas de desnutrición / UNICEF Chad/2017/Bahaji

El día que visitamos Bouguirmi era jornada de vacunación y de control de talla y peso de los niños. No hacía falta ser médico para ver que la mayoría de los niños tenía algún síntoma de desnutrición: los bracitos y las piernas muy finos o con la piel pegada a los huesos, vientres hinchados, talla por debajo de lo normal… Todo esto, nos explicaba mi compañero especialista en Salud, los hace aún más frágiles, y cuando vienen otras enfermedades prevalentes, como la malaria, la fiebre amarilla, o enfermedades transmitidas por el agua, es muy difícil la recuperación. De ahí que la prevención sea tan importante.

Muchas madres dejan de producir leche debido a la violencia y el terror. Ves a madres con los niños colgados al pecho, pero ellas están ausentes, con la mirada muy lejos. El apoyo psicosocial es clave también para la nutrición. Así nos lo contaba una compañera psicóloga que trabaja con los desplazados y refugiados en la frontera norte con Nigeria. Nos explicó el vínculo entre el trauma y el hambre, y de lo duro que es también para los trabajadores humanitarios llegar a esas zonas de difícil acceso en ese contexto de violencia e inseguridad.

Escuchando y viendo todo eso es fácil comprender que Alimé, de 40 años, embarazada por novena vez, esté preocupada. Se siente muy mayor para volver a dar a luz y ha perdido tres hijos. El último era su única niña, de la que estaba embarazada cuando huyó de la aldea con su familia. No sabe si fue el miedo que se le quedó metido en el cuerpo la causa directa de un embarazo que se volvió muy complicado, probablemente. Recuerda que ese día, por suerte, estaba a orillas del río lavando sus enseres de cocina con sus hijos pequeños cerca de ella. Los mayores estaban pescando con su padre. Cuando escuchó el estruendo que avisaba del ataque inminente de Boko Haram cogió a uno de sus hijos en brazos, su marido cogió a otros dos y los mayores (entonces de 10 y 13 años) les siguieron corriendo. Tuvieron que correr mucho y permanecer escondidos entre los matorrales toda la noche, sin nada, hasta que se sintieron a salvo para salir y continuar la huida hasta una aldea ‘segura’. Alimé recuerda que estuvo sangrando varios días. Su niña nació con problemas de salud y murió a los 40 días. Cuando le pregunté qué deseaba para el futuro de su familia y sus hijos, me dijo: “alimentos, ropa… utensilios de cocina, porque hasta eso es prestado”. Nada más. Sus palabras reflejan bien que la supervivencia es el día a día.

No obstante, Alimé nos despidió esperanzada. Sus hijos pueden ir a la escuela, por primera vez está recibiendo cuidado prenatal e información sobre cómo preparar los alimentos para que sean más seguros y nutritivos y, también por primera vez, tiene pensado dar a luz en un centro sanitario. Razones muy buenas para mantener la esperanza.