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Un blog desde el terreno de la mano de Ayuda en Acción, Cruz Roja, Ingeniería Sin Fronteras, Unicef, Médicos del Mundo, HelpAge, Fundación Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, PLAN Internacional y Farmamundi.

Archivo de diciembre, 2016

El niño que no sonreía nunca

Clara Noguer, médico anestesióloga  de Médicos Sin Fronteras en Lulingu, República Democrática del Congo (RDC)

Yuma tiene 6 años y no sonríe nunca. Es un niño muy delgado, de ojos enormes y mirada brillante. Llega al hospital doblado de dolor. Parece que tiene algún problema en el abdomen; no disponemos de pruebas complementarias pero consideramos que no puede esperar, hay que operar de inmediato.

El niño espera paciente de pie en medio del quirófano mientras lo preparamos todo. No dice una palabra. Le pinchamos y le volvemos a pinchar, es difícil encontrarle una vía. Yuma ni se mueve, la frente se le cubre de perlas de sudor y finalmente le asoman un par de lágrimas, pero no se queja.

La intervención es mucho más compleja de lo que todos esperábamos. Hace poco que Yuma tuvo fiebre tifoidea. Parte de sus intestinos quedaron afectados por la enfermedad que le provocó múltiples abscesos que se perforaron y derivaron en una peritonitis grave. Es sorprendente como ha podido aguantar hasta este punto cuando su abdomen es un auténtico desastre. Y pensar que ha venido caminando más de 30 km a través de la selva de la mano de su abuela, que ha aguantado días y días de fiebre y dolor, sin prácticamente comer ni beber. Su fortaleza es increíble.

La fiebre tifoidea es una enfermedad bacteriana que se transmite al ingerir agua o alimentos contaminados con heces de personas infectadas o portadoras. Los niños son especialmente susceptibles tanto esta infección como a la presencia de complicaciones y al riesgo de deshidratación severa provocada por las diarreas. El tratamiento precoz con antibióticos reduce radicalmente la gravedad, la duración de los síntomas y las complicaciones. La falta de hábitos higiénicos y de agua filtrada o purificada, hace endémica esta enfermedad en regiones como esta.

Asimismo, el difícil acceso a los servicios de salud implica un diagnóstico y tratamiento tardío o incluso inexistente. Esta enfermedad tiene más incidencia en contextos de desplazamientos de población y campos de refugiados, por las dificultades que presenta el consumir agua en condiciones de higiene apropiadas y la falta de estructuras sanitarias.

Como consecuencia, en RDC no es extraño encontrar casos como el de Yuma, en los cuales la falta de acceso al tratamiento conduce a la presencia de abscesos intestinales y perforaciones digestivas, complicación típica de esta infección y que entraña una gravedad extrema con un importante riesgo vital asociado, necesitando intervención quirúrgica de urgencia.

Cirugía complicada
La intervención se prologa durante más de tres horas, su condición clínica es precaria y la cirugía difícil, pero después de mucho esfuerzo conseguimos terminar la operación y llevarlo a la sala de recuperación. Al principio le cuesta un poco despertarse, pero finalmente abre sus ojos. Con el semblante agotado, parece que no tiene fuerzas ni para quejarse. Desorientado busca algún rostro que le resulte familiar. Lo dejamos descansar tranquilo acompañado de su abuela. Ahora viene la parte más difícil de todas, los intestinos que han tenido que ser resecados y suturados tendrán que cicatrizar bien, si no el peligro de que haya una nueva perforación es alto, y no creo que aguante una complicación tal. Desgraciadamente, su estado nutricional es malo, ahora tendrá que pasar varios días en ayunas, y eso no juega nada a nuestro favor.

Me quedo vigilando sus constates vitales hasta que se hace de noche. Es hora de volver a la base. Ahora mismo no podemos hacer más. Nos centramos en calmarle el dolor que le produce la herida que cruza su vientre desde el esternón hasta debajo del ombligo, darle fluidos y antibióticos por vía intravenosa. Solo nos queda cruzar los dedos y ver cómo evoluciona, las primeras 24 horas serán claves.

Paso la noche sin sacármelo de la cabeza, pegada a la radio por si algo se complica. Afortunadamente, amanece y no he recibido ninguna llamada, espero que signifique buenas noticias. Y efectivamente lo son. Acudo directamente a la sala de cirugía a verle, y me encuentro con un niño fatigado de ojos llorosos, pero sin rastro de fiebre. La herida tiene buena pinta y sus constantes son normales. Respiro aliviada, primera batalla ganada aunque soy consciente que no hay que confiarse. Estamos lejos de pensar que está fuera de peligro, pero me invade una oleada de optimismo.

Yuma resiste
Los días pasan. Yuma está cada vez más delgado, pero resiste. Al rato lo encontramos acurrucado en una hamaca fuera de la sala, incluso se le puede ver dando algún paseo, siempre colgado del brazo de su inseparable abuela. Después de hablar con los médicos locales, conseguimos que acepten empezar a darle de comer después de una semana. Se le ilumina la mirada cuando le ponemos delante un plato de insípido arroz blanco con alguna verdura. Siete días en ayunas, una gran intervención quirúrgica tras días y días de fiebre e intensos dolores, un pequeño cuerpo frágil de 15 kilos luchando con uñas y dientes contra una gran infección. Parece increíble que todo esté yendo tan bien.

Un día, Yuma vuelve a quejarse de dolor, la herida empieza a tener mal aspecto, entre los puntos de sutura empieza a salir algo de pus. Para el equipo es un jarro de agua fría. Ya no contábamos con que algo saliese mal. Antibióticos, vigilancia y curas, solo podemos hacer esto.  El niño, después de tantos días, se ha convertido en un veterano, una parte más de la rutina hospitalaria. Cuando llego cada mañana lo primero que hago es ir a verle, chocarle la mano y llevármelo con su cara seria y resignada a cambiarle el apósito.

Finalmente, después de casi un mes ingresado, Yuma está listo para ser dado de alta. La infección se ha resuelto y cada día tiene mejor aspecto; no debemos prolongar más su ingreso. Con una mezcla de alegría y pena, le decimos a su abuela que pueden marcharse. Ella asiente y se va a envolver todos sus trastos en una tela que cargará sobre su cabeza durante el largo camino de vuelta a casa. Mientras, me quedo sentada en el suelo con el niño que no sonríe nunca. Justo antes de marchar, nos damos la mano como hacíamos cada día. Pero hoy es diferente, se anima, sonríe y me echa los brazos al cuello, se me encoge el corazón y no puedo evitar que se me salten las lágrimas.

Les acompañamos hasta la puerta del hospital. Me quedo embobada viéndolos alejarse por el camino, queriendo guardar para siempre esta foto en mi retina. La abuela, con una mano sobre la cabeza equilibrando su equipaje y la otra enlazada con la de su nieto Yuma, el niño con fuerza de titán al que finalmente vimos sonreír.

Un ‘pueblo’ de refugiados

Katja Schmitz, pediatra de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Skaramagas.

Hace 6 meses me embarqué en la experiencia más increíble de mi vida. Llegué a un puerto con cientos de contenedores convertidos en viviendas, metros y metros de cemento a casi 40º C, y dónde la gente salía cuando se ponía el sol. Un lugar que pretendía hacer de hogar a miles de personas que lo habían perdido todo. En este lugar, apartado del centro de Atenas, la actividad que ocupaba el día a día de las personas era la espera, la espera a una oportunidad, a una vida mejor, a poder ofrecerles un futuro a sus hijos.

Muchos de los jóvenes habían iniciado sus estudios en sus países de origen. Relataban con una sonrisa en la cara que soñaban con reanudarlos una vez llegados al destino de su viaje que había empezado hacía ya mucho tiempo. Esta sonrisa en muchos de ellos se fue borrando a lo largo de las semanas y meses, y nosotros lo observamos, porque la espera continúa para muchos.

Pero también observamos cómo este lugar tan singular se fue transformando progresivamente: aparecieron grupos de trabajo de voluntarios comunitarios, espacios para los niños y mujeres lactantes, una escuela y un parque infantil cargado de energía y vitalidad inagotable.

Múltiples organizaciones trabajan duro con el fin de preservar la dignidad de estas personas. A pesar de las dificultades del día a día y de algunas barreras idiomáticas, fácilmente superables gracias al objetivo común que nos mueve, es bonito ver personas de tan diversas nacionalidades y orígenes que acuden a este lugar formando parte de este equipo.

Pronto me contagié del entusiasmo y alegría del equipo de la Cruz Roja constituido por profesionales tan variopintos como se puede imaginar, echando muchas horas todos los días tanto en terreno como en casa.

Al principio, a pesar de la energía positiva y el esfuerzo, muchas veces recibimos reacciones de exigencias y enfados por parte de la comunidad a la que asistíamos. Esto probablemente reactivo a todo lo vivido durante el camino, el cansancio y la impotencia de no poder comunicarse en ocasiones. En particular, a lo que se refiere a mi consulta, los inicios fueron duros. Había poca aceptación de la no prescripción de antibióticos y otros fármacos. A veces era percibida como una maniobra de rechazo de asistencia, maniobra de ahorro o discriminación. Poco a poco nos fuimos haciendo con la confianza de la gente y ganándonos su respeto. Ahora, la mayoría nos saluda con confianza y pasear por Skaramagas se ha convertido en pasear por un pueblo donde los vecinos se conocen.
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Fátima, un embarazo de alto riesgo en un campo de refugiados

Nuestro compañero Jamal El Kadib narra su experiencia en Ritsona (Grecia) como delegado de Cruz Roja Española en apoyo a personas refugiadas.

El sábado por la mañana vino Mohamed sonriente y algo exhausto a la clínica que Cruz Roja tiene desplegada en el campo para personas refugiadas de Ritsona (Grecia) para informarnos de que había recibido una llamada desde uno de los hospitales de Atenas. En aquella llamada, uno de los médicos de guardia le indicaba que, un mes y medio después, su mujer, Fátima, embarazada de seis meses, había recibido el alta médica, que podía ir a buscarla y traerla de vuelta al campo.

Mohamed, de 22 años, quería que le gestionásemos el transporte que traería a su mujer del hospital al campo de Ritsona, ubicado a aproximadamente una hora de la capital griega. En este campo intentan convivir alrededor de seiscientas personas, en su mayoría niños y mujeres de la Siria kurda. El transporte de este tipo de pacientes lo realiza otra organización ubicada en el campo, pero siempre por indicaciones del médico de turno o recomendaciones del propio hospital.

Poco antes de las 17 horas, Mohamed, volvió a nuestra clínica para trasladar a la médico de familia y a la matrona que su mujer no se encontraba bien y que tenía mucho dolor abdominal. Inmediatamente, las dos especialistas fueron a ver a la paciente y, efectivamente, la encontraron tumbada en su tienda con mucho dolor. Le preguntaron si las contracciones eran constantes y si seguían un patrón determinado y su respuesta fue negativa. Tampoco tenía hemorragias ni había perdido líquidos. Sin embargo, la matrona le recomendó volver al hospital, ya que el embarazo era de alto riesgo y podría complicarse en cualquier momento. La paciente, no obstante, dijo que prefería esperarse hasta que amaneciera para estar con sus dos hijos de 2 y 4 años porque apenas le había dado tiempo disfrutar de ellos, tras casi dos meses sin verlos.

Al día siguiente, domingo, nos dirigimos directamente a su tienda, aunque no nos habían llamado en ningún momento a lo largo de la noche, pero aun así, estábamos preocupados. Fátima seguía tumbada en una colchoneta en su tienda de campaña con su marido al lado y su niña pequeña Adla. Estaba retorciéndose de dolor y con lágrimas en los ojos. La matrona la preguntó si seguía igual y dijo que sí y que no había cambiado nada. La matrona empezó entonces a contar el tiempo de las contracciones y enseguida se dio cuenta que algo había cambiado desde la última vez que la exploró. Tenía contracciones cada cinco minutos, y la paciente había empezado a perder líquidos. En ese momento decidió mandarla de nuevo al hospital contra la voluntad, pues no quería separarse nuevamente de sus hijos.

Fátima, debido al dolor y al trauma que le causó su última estancia de más de un mes en el hospital sin poder ver a sus hijos y a su marido, me preguntó si había alguna manera de abortar su embarazo en el campo, ya que no quería tener al bebé si el precio era permanecer tres meses en el hospital lejos de los suyos. Le dijimos que no, pero que haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para que pudiera estar con los suyos o para que ellos pudieran visitarla más a menudo en el hospital de Atenas.

Mientras esperábamos la llegada de la ambulancia, la matrona montó una pequeña clínica de primeros auxilios en la misma tienda para aliviar el dolor de la paciente y al mismo tiempo para estar alerta por si la paciente se ponía de parto en cualquier momento.

Media hora más tarde, llegó la ambulancia y pudieron llevarse a Fátima antes de dar a luz, pero en un mar de lágrimas por separarse de nuevo y en menos de 24 horas de sus hijos y la angustia de no saber cuánto tiempo estaría ingresada en el hospital.

El martes, dos días más tarde, sobre las 17:30h., Fátima dio a luz una niña prematura de apenas veintiséis semanas. Desde el hospital se pusieron en contacto con nosotros para pedirnos explicar al padre lo que implicaría un parto tan prematuro y, en especial, la incertidumbre para dar un pronóstico de cara al futuro más inmediato del recién nacido. Cuando explicamos al padre la situación del bebé, nos preguntó si podían llevar a sus otros niños al hospital o traer a la madre con sus hijos. Le dije que era muy pronto y que se trataba de las primeras horas del recién nacido y lo más prudente en ese caso, era esperar y ver cómo evolucionaría el bebé. Le indicamos también que, en cualquier caso, ya no se temía por la vida de la madre que había sufrido durante los últimos cuatro meses y que en las condiciones en las que se encontraba y dado su estado de ánimo, había tenido en vilo a todos los médicos.

Al día siguiente, pasadas las 20:00h., sonaba de nuevo el teléfono, pero esta vez era para informarnos que el recién nacido no pudo sobrevivir y que había fallecido. Se lo trasladamos al padre que en cierto modo esperaba un desenlace de esta índole. Nos dijo, con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas, que le daba mucha pena perder a su hijo y ver a su mujer sufriendo, pero que, por otro lado, sabe que su mujer podría por fin despegarse de la cama, salir del hospital y sobre todo poner fin a la angustia de no poder abrazar a sus otros hijos y tenerlos su lado que era lo que la tenía obsesionada.

La desesperación de esta familia y del equipo de profesionales que atienden en la clínica, es sólo un ejemplo de la labor que se realiza en el seguimiento de los veintiséis casos que hay de embarazos, actualmente, en el campo de Ritsona.

P.D.: Todos los nombres mencionados en este artículo son ficticios para conservar el anonimato de sus protagonistas.

Sudán del Sur: un futuro sin pistolas para los antiguos niños soldado

Por Mercy Kolok, UNICEF en Sudán del Sur

Se agarró a su AK-47 con la cabeza inclinada, tal vez esperando que sería la última vez que tendría que llevarla. Tom*, de 14 años, ha pasado la mayor parte de los últimos tres años en las filas de la Facción Cobra, uno de los muchos grupos armados de Sudán del Sur. Hoy, un día de finales de noviembre, él y otros 144 niños vuelven a la vida civil en una emotiva ceremonia celebrada en Pibor, al noreste del país.

Tom se unió a la Facción Cobra en diciembre de 2013, tras un ataque a su pueblo por parte, según él, de soldados del gobierno.

“Recuerdo cómo ocurrió todo ese día”, rememora. “Escuché disparos por todas partes, la gente chillaba y vi casas ardiendo. Cuando pensé que debíamos abandonar nuestra casa los soldados nos cogieron. Golpearon a mis hermanos mayores pidiéndoles pistolas. En ese momento los más pequeños, mis padres y yo corrimos hacia el bosque. Les vimos quemar la casa y llevarse a mis hermanos”.

Sudán del Sur: un futuro sin pistolas para los antiguos niños soldado

Tom escucha los discursos durante la ceremonia de liberación de 145 niños asociados a grupos armados/ © UNICEF/UN043975/Kolok

No era el primer ataque al pueblo de Tom. Su hermana fue asesinada en un asalto similar a principios de 2013.

“Estaba harto de ver cómo morían mujeres y niños inocentes. Me amargaba la muerte de mi hermana. Así que decidí que tenía que hacer algo. Quería venganza por todas esas muertes, sobre todo por la de mi hermana. Así que me uní a la Facción Cobra”, cuenta.

Tom hizo esto con la aprobación de sus padres. Durante cerca de un año fue cocinero, porteador y guardia, cuando no le necesitaban para combatir.

“Dejé la Facción Cobra en 2014, cuando el comandante me pidió que volviera a la escuela. Pero volví en 2016 cuando mi pueblo fue atacado de nuevo. Se trataba de elegir entre unirme otra vez a la facción o morir a manos del ejército, así que decidí volver con los Cobra”.

A diferencia de muchos niños asociados a grupos armados, a Tom no le reclutaron a la fuerza. Él vio en el grupo un refugio seguro; un lugar donde, pese a todos los riesgos mortales, tendría algo que comer. Hoy, sin embargo, se arrepiente.

Siento que he desperdiciado tres años de mi vida. Si hubiera ido a la escuela estaría a punto de graduarme”, lamenta.

Después de la ceremonia de liberación en la que Tom y otros niños dejaron sus armas y uniformes, les llevaron a un centro de atención dirigido por una organización aliada de UNICEF. Allí recibieron apoyo psicosocial y asesoramiento para ayudarles a reintegrarse en sus comunidades. Con el apoyo de UNICEF podrán matricularse en la escuela o en programas de medios de vida. En las comunidades donde son vulnerables a un nuevo reclutamiento es esencial tomar medidas de prevención como mejoras de los servicios sociales básicos (educación, agua y saneamiento, y programas para fortalecer a los adolescentes).

Dos días después de la liberación visité a Tom y a otros niños en el centro.

Estoy feliz de ser libre de nuevo”, me contó Tom con una sonrisa en la cara. Era la primera vez que le veía sonreír desde que le conocí.

Le pregunté si volvería a un grupo armado, y me respondió rápidamente. “¡Nunca! Nunca volveré a un grupo armado de nuevo. Si hay luchas otra vez en mi pueblo huiré y me esconderé con el resto en el bosque, donde hay calma. Iré a la escuela”.

Tom ha podido volver con su familia y es feliz de estar en casa. Espera poder volver a la escuela el año que viene.

No culpo a mis padres por animarme a unirme a la Facción Cobra. Lo hicieron porque no tenían dinero para mandarme a la escuela y probablemente no sabían que ir al colegio es más importante que formar parte de cualquier grupo armado. Estoy feliz de haber vuelto con ellos”, concluye.

Desde 2013 más de 17.000 niños han sido reclutados por fuerzas y grupos armados. Desde 2015 han sido liberados más de 1.900, pero todavía queda mucho por hacer para garantizar la liberación de todos los niños soldado y para prevenir más reclutamientos.

*Nombre ficticio

¡Qué difícil es cuando nuestros hijos o hijas deciden nacer antes de tiempo!

Por Gabriela Pérez-Noceti, delegada de Cruz Roja Española en el campo de refugiados de Ritsona, Grecia.

Qué difícil es pasar por ese duelo y volverse padres y madres de golpe, haciéndose los fuertes para que a pesar de todo nuestro dolor, físico y también psíquico, esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza no se interponga en nuestra capacidad de darle a nuestro pequeño prematuro todo nuestro amor y cuidados. Las madres, nuestra leche.

Qué difícil, qué exigente, sin tener a nuestro bebé en brazos aún, ser capaces de mantenernos conectadas a esa máquina llamada extractor del que en el mejor de los casos alguna vez habíamos escuchado hablar, y que nos ayudará a que apenas podamos, demos a nuestro hijo lo mejor que tenemos: nuestra leche. Ojeras, noches sin dormir, agotamiento, incertidumbre, pasando de golpe a vivir entre una casa vacía y esa “nave espacial” que parece ser la unidad especial de cuidados de cualquier gran hospital. Las palabras del médico y enfermera, en quien confiamos, nos pueden resultar a veces indescifrables….

Qué fundamental es en esos casos no sólo contar con la tecnología necesaria, sino con una atención humana, que nos escuche, que nos entienda y respete, que valore nuestra capacidad de cuidar y de alimentar, nuestros tiempos…. Todo el apoyo del mundo en estos casos es más que trascendental. Una atención centrada en las familias y sus necesidades particulares pueden hacer que te cambie radicalmente la vivencia que te ha tocado atravesar…Admirable lo que pasan esas familias, y el personal que los asiste.

Me saco el sombrero con lo que están avanzando hospitales como Vall d’Hebron o Sant Joan de Deu en ese sentido. ¡Qué cracks!

Ahora piensen por un momento lo que puede ser vivir esta experiencia estando muy lejos de tu hogar, y de tu gente. Sin poder ni siquiera entender el idioma de los cuidadores de nuestro bebé. Cuando lo único que podemos hacer es rezar a cualquiera que sea nuestro Dios, si tenemos la suerte de creer en uno, y sacarnos leche, esperando pronto poder hacérsela llegar a nuestro pequeño.

Recién llegados, en un campo de refugiados en una caravana sin luz ni agua potable, echando mano a un extractor de leche manual, y esperando que la próxima semana su bebé prematuro de dos meses tenga el alta, así me encontré hoy en una visita.

No vamos a tener grandes tecnologías, pero tendremos nuestros brazos abiertos y una mamá y papá canguros, que están esperando desde hace meses, en esa mezcla de alegríatristezafrustraciónmiedoesperanza, pero con todo su amor a esa bebé que ha decidido nacer antes de tiempo.

Hoy me he sentido privilegiada de estar aquí ahora.

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo

Campo de refugiados de Ritsona. Foto Ovi Vega @ovitveo