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Leona y Arquitectura sin Fronteras.

¿Dónde están los enfermos y moribundos?

Kathryn Stinson, epidemióloga de Médicos Sin Fronteras. Adaptación al castellano: Fernando G. Calero. 29 de octubre

El conductor golpea su puño contra la bocina con insistencia, indicando a los vehículos, las personas y los animales que se aparten de nuestro camino. Hay que tratar de no perder el ritmo para no quedarse encallado, pero también tenemos que ser conscientes de que, por muchas prisas que llevemos, lo que no se va a apartar de ningún modo de nuestra ruta es el frondoso bosque que nos rodea y que invade la carretera en cada curva que damos.

Nuestro vehículo gira y se retuerce en el camino de tierra, con los neumáticos salpicando pedazos de barro en todas las direcciones. Ha llovido de forma intermitente durante toda la tarde y la carretera está cada vez más difícil de transitar.

El otro Land Cruiser se queda atascado por un momento, tratando de revolucionar su motor para no perder nuestra estela. De repente, el coche se mete de cabeza en un bache de medio metro de profundidad y nuestros cuerpos son violentamente arrojados hacia adelante: “Bienvenidos a Kailahun”, anuncia el conductor.

Centro para pacientes de Ébola de MSF en Kailahun, Sierra Leona. Fotografía: Magali Deppen/MSF

Centro para pacientes de Ébola de MSF en Kailahun, Sierra Leona. Fotografía: Magali Deppen/MSF

El trayecto desde Bo hacia la base en Kailahun comenzó con deseos de ‘Bon voyage’ sonando desde todas las radios de mis compañeros. Y para llegar a Bo, habíamos tomado un minibús en Freetown al amanecer, lleno hasta los topes con el equipaje y el personal del proyecto.

Tuvimos que pasar por una media docena de puntos de control entre Freetown y Bo: en cada uno de ellos nos registraron el vehículo, hicimos la preceptiva cola para que nos tomasen la fiebre y, ocasionalmente, nos pidieron que nos laváramos las manos en agua clorada.

El personal con batas blancas del Ministerio de Salud nos medía la temperatura y leía el resultado en voz alta mientras los soldados vestidos con ropa de camuflaje se quedaban mirándonos. “Yo soy de África occidental”, me dice uno de los soldados con una sonrisa de oreja a oreja. “¿Tú de dónde sales?”; “de Sudáfrica”, le respondo. “Perfecto, ¡todos somos africanos!”, añade otro con aire de complicidad. Me costó unos segundos darme cuenta de lo que estaba pasando. Sabía por mis experiencias anteriores con Médicos Sin Fronteras (MSF) que un Mundial de fútbol puede llegar a unir a personas que viven a miles de kilómetros, pero lo que nunca me hubiera imaginado es que la epidemia más desgarradora que hemos conocido en años también pudiera hacerlo.

Puesto de control en Mono Junctione, entre Bo y Kailahun. En el puesto de control se realizan pruebas para la detección de síntomas relacionados con el Ébola. Fotografía: Sylvain Cherkaoui/Cosmos

Puesto de control en Mono Junctione, entre Bo y Kailahun. En el puesto de control se realizan pruebas para la detección de síntomas relacionados con el Ébola. Fotografía: Sylvain Cherkaoui/Cosmos

Circular por Sierra Leona no es tarea sencilla a día de hoy, pero lo cierto es que nosotros lo tuvimos fácil. Llevamos unos pases especiales y una inscripción del Ministerio de Salud en la ventana delantera del autobús en la que dice: “permitir el paso– RESPUESTA AL ÉBOLA”. En cada control nos hacían la señal para que pasáramos rápidamente a la parte delantera de todas esas colas de más de un kilómetro de largo, mientras decenas de camiones, coches y motos– con madres, niños y hombres sierraleoneses de todas las edades – tenían que esperar su turno bajo un calor sofocante.

El Gobierno ha implementado zonas de cuarentena, de las que no se puede salir libremente hasta que hayan pasado 21 días del último caso. Parece que ahora se ha relajado todo un poco, porque empiezan a ser conscientes de los estragos que esas restricciones de movimientos estaban causando en las vidas de las personas y en el transporte de suministros a todo el país. Para mí, este desplazamiento por el interior del de Sierra Leona fue el primer encontronazo con la realidad que describen todos esos carteles que aparecen pintados en las casas y en los árboles que vemos junto a los caminos: “EL ÉBOLA ES REAL”, pero aún me costaba darme cuenta de dónde había ido a parar.

Nos detuvimos a las afueras de Bo para que pudiera hacer un primer reconocimiento de nuestro centro de tratamiento. A pesar de que sólo tardaron cinco semanas en construirlo, ya está capacitado para ingresar a 100 pacientes al mismo tiempo. A día de hoy, tiene hasta un helipuerto. La siguiente fase incluirá un laboratorio, para no tener que enviar las muestras de sangre a otro lugar y poder así acortar el tiempo que se tarda en conocer los resultados de los análisis.

Pocos centros tienen laboratorios in situ, y eso hace que las muestras se tengan que transportar por carretera a lugares que están a varias horas de distancia. El transporte ya conlleva un riesgo de por sí, pero lo que más nos preocupa es que, debido a ese tiempo de espera, los casos sospechosos que darán negativo en el análisis se mezclarán durante varias horas con aquellas personas cuyos test serán positivos.

Según se me voy acercando por primera vez a pie al centro de tratamiento, mi asombro va creciendo cada vez más: hileras e hileras de tiendas de campaña blancas, de distintos tamaños y con diferentes funciones, forman algo muy similar a lo que sería una ciudad utópica, como si hubiera salida de un sueño extraño o de una película de ciencia ficción. Sin embargo, soy consciente de que, además del asombro, esas tiendas invocan en todo el mundo el temor y la intriga que generan las noticias que todos hemos visto en la televisión.

En el interior, el centro está organizado cuidadosamente en zonas de alto y bajo riesgo. Lo primero que te encuentras al entrar son todos esos puntos de lavado de manos, que consisten en bidones de plástico que contienen agua clorada a los que se les pone un cubo debajo para que no se encharque todo. Están colocados estratégicamente por todo el centro. Echo un vistazo alrededor y veo que todos los caminos que atraviesan las distintas zonas están acordonados con vallas naranjas y un sistema de drenaje de aguas que parece cuidadosamente planificado.

 

Distribución de alimentos a los pacientes confirmados de Ébola en la zona de alto riesgo. No existe contacto entre el personal que viste los trajes de protección en zona alta de riesgo y la zona de bajo riesgo. Una nutrición de calidad es importante para mejorar el sistema inmunológico del paciente y ayudarle a combatir el virus.

Distribución de alimentos a los pacientes confirmados de Ébola en la zona de alto riesgo. No existe contacto entre el personal que viste los trajes de protección en zona alta de riesgo y la zona de bajo riesgo. Una nutrición de calidad es importante para mejorar el sistema inmunológico del paciente y ayudarle a combatir el virus.

Desde ahí observamos a algunos miembros de nuestro personal nacional poniéndose su equipo de protección personal, una capa tras otra, mientras nosotros nos quedamos de pie, sudando dentro de nuestras ligeras batas médicas y de las botas de goma.

“¿Dónde están los enfermos y moribundos?”, me pregunto yo. Un paciente sale de la zona de alto riesgo y se sienta detrás de la valla de color naranja. A pocos metros de distancia, detrás de otra de las vallas, un promotor de salud le dice: “Estás haciendo grandes progresos. Hace días que no tienes síntomas y estás mejorando rápidamente. Ojalá los test nos muestren que ya no tienes carga viral y podamos mandarte de inmediato a casa”.

Intento asomarme para ver si desde algún lugar se puede ver a los enfermos que están en una de las tiendas de la zona de alto riesgo. A lo lejos, veo al personal sanitario enfundado en sus trajes de protección, moviéndose con lentitud y cuidado. Poco más: compruebo con satisfacción cómo las divisiones que se han hecho en el interior de la gran tienda permite que los pacientes mantengan su privacidad, bloqueando tanto nuestra mirada curiosa como la de los demás enfermos.

Retomamos el camino a Kenema, en ruta a Kailahun. En Kenema el mercado está a rebosar de personas y la gente no parece tener miedo de los otros. Están todos comprando y vendiendo bienes y alimentos. ¿Dónde está el Ébola?, ¿dónde está el miedo del que todo el mundo me hablaba? No puedo parar de pensar cuáles son los motivos para que la población no se mantenga alejada del centro de la ciudad y continúen haciendo su vida normal como si nada ocurriera. A simple vista, no parece tan grave como lo pintan. Pero sé que sí lo es. No me queda duda. Está escondido, pero está ahí fuera. Lo noto.

Los hermanos Haja, Abivatu y Lamphia celebran con Sallia Swarroy enfermera  del centro de pacientes de Bo  haber sobrevivido al virus.

Los hermanos Haja, Abivatu y Lamphia celebran con Sallia Swarroy enfermera del centro de pacientes de Bo haber sobrevivido al virus.

Pocos minutos después la realidad me golpea de frente y confirma mis temores. Llegamos con el coche a una rotonda en la que hay formado un buen atasco: un hombre yace postrado en la carretera, demacrado, con su rostro marcado por el dolor. Con un brazo intenta protegerse los ojos, pero ya está demasiado mal, muy lejos de aquí. Sacudimos nuestras cabezas, damos aviso por radio por si una ambulancia pudiera venir a buscarle y seguimos hacia adelante. Miramos una vez más hacia atrás. Ahí es cuando me doy cuenta de que nadie va a acercarse a él. Lo más probable es que se muera solo porque ni siquiera hay ambulancias y nadie parece muy preocupado en enviarlas. Sí, el Ébola, es real. Ahora lo veo claro.

4 comentarios

  1. Dice ser Daniel L.

    el ébola es otra mentira como el VIH.
    msf tendrá gente con buenas intenciones pero tb. son pufo.
    seguimos creyendo a medios que ya nos han mentido muchas veces.

    29 octubre 2014 | 09:55

  2. Dice ser Quatto

    Todo esto es un circo para vendernos millones de vacunas, el negocio será, al año que viene, cuando digan que tienen preparada la vacuna!! y como no, serán los YANKIS, o alguna empresa en la que ellos participen.
    China ya tiene una vacuna contra el ébola desde principios de ñao, y otra vacuna preparada en Japón, que no era para el ébola, sino para la Gripe A, inhabilita al supuesto virus para que no pueda seguir reproduciéndose! También es muy buena, pero claro, como no es negocio para los yankis, y los europeos le chupan la polla a los yankis, seremos los tontos de siempre que gasten millones en una vacuna que ellos nos vendan a través de ‘nuestros’ políticos CORRUPTOS.
    Mientras tanto, tanto los científicos que desarrollan los nuevos virus, como los que logran crear vacunas contra las enfermedades que nos azotan, están siendo ASESINADOS. Podeis buscarlo en internet, mediante las palabras: “microbiologos asesinados”, o en mi blog, que hay un articulo sobre ello.
    Como dijo Einstein: “La vida es muy peligrosa, no por las personas que hacen el mal, sino por los que se sientan a ver lo que pasa”
    1saludo.

    29 octubre 2014 | 10:12

  3. Dice ser Social

    En respuesta a Quatto, añadiré, que , prefiero vivir con los “yankis”, con la sociedad “yanki” antes que en cualquier país musulmán, donde los derechos humanos brillan por su ausencia, y las mujeres valen menos que la basura. Si no fuera por EEUU, lo íbamos a llevar claro, y aunque nos son perfectos, repito que prefiero 1000 veces su imperfección a la perfección de “otros sistemas y países”. A quien no le guste el sistema de vida occidental, que se cojan la maletita y se vayan a Afganistán, Siria, Irán, Libia y que colaboren y arrimen el hombro a ver si desde allí les ayudan a encontrar vacunas.

    29 octubre 2014 | 11:00

  4. Dice ser Jaal

    Social. Tu el cerebro lo tienes para hacer bulto ¿no?

    ¿Que te has creído, que tenemos que elegir entre guatemala y guatepeor? ¿Por que, porque lo dices tu, o porque ya te han lavado el celebro y repites tonterías que has aprendido como un mono?

    No quiero ni los Yankis ni los musulmanes ni ningún otro y no tenemos porque conformarnos como has hecho tu. Piensa por ti mismo títere.

    29 octubre 2014 | 12:58

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