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Cólera, barcazas y pepitas de oro

Por Agus Morales (República Democrática del Congo, Médicos Sin Fronteras)*

Como sé que nuestros lectores son muy románticos, hoy traigo una historia africana para alimentar su natural inclinación a lo extraordinario. Es el relato de cómo se atendió una emergencia médica en un lugar remoto del Congo, donde la vida transcurre con cachaza, ajena al mundanal ruido y la inmediatez de las redes sociales. Me dispongo a contarlo no sin antes contestar un par de mensajes en Twitter.

José Sánchez es enfermero y trabaja con Médicos Sin Fronteras desde abril de 2010. Tiene 36 años y es de la ciudad malagueña de Ronda. Ahora se encuentra lejos de allí: en la provincia congolesa de Kivu del Sur, fronteriza con Ruanda. En mayo estalló una emergencia de cólera en el poblado de Ndea, situado en esta zona. “Había una veintena de casos y nuestro equipo montó una unidad de tratamiento de cólera”, explica el enfermero.

Contado de esta forma parece muy sencillo. Él mismo comprobó que no lo fue. A nuestro malagueño le tocó viajar a Ndea con un equipo de emergencia de 19 personas, incluidos 15 porteadores. La misión era ampliar la unidad de tratamiento de cólera y socorrer a los afectados. Pero no hay carreteras que lleven a Ndea. El primer día, echaron siete horas a pie desde el último lugar transitable por vehículos hasta un pueblo a mitad de camino donde hicieron noche. “El camino estaba lleno de barro, tuvimos que atravesar siete u ocho ríos, algunos en tronco, otros en barcaza o piragua… Por eso se tarda tanto, en realidad no está tan lejos”, dice José.

Al día siguiente, el equipo tuvo que caminar durante otras fatídicas seis horas hasta llegar a Ndea. “Es una zona de minas de oro. Encontramos por el camino a congoleses que escarbaban la pared, tiraban la tierra a la orilla y allí limpiaban las pepitas de oro”, relata el enfermero, quizá poseído de forma pasajera por Gabriel García Márquez. Ndea es un pueblo de mineros sin alcalde, en el que el interlocutor del equipo fue el gerente de las minas. “Al llegar, solo había una persona en la unidad de tratamiento de cólera, pero pronto empezaron a aumentar los casos”, recuerda José.

En este Macondo congolés les esperaba una dieta especial. “Solo había hoja de mandioca y carne de caza. El primer día que comí carne pensé que era pollo pero me di cuenta de que tenía muchas costillas. La gente me decía: ‘¿Qué, te gusta el mono?’. La cocinera me explicó luego que, para comer, solo había mono y a veces pato o pollo”. El andaluz puntualiza que el mono siempre iba acompañado de salsa y fufú, el elástico pan típico del Congo.

Entre manjar y manjar, llegó a Ndea una carta que alertaba de casos de diarrea en pueblos cercanos. Llegaron a uno de ellos, Tchombi, y trataron a numerosas personas que habían contraído cólera. Cumplida la misión**, la expedición partió entonces, por fin, de vuelta a la civilización (otra vez caminos de barro, ríos, pepitas de oro), de donde ya salía otro equipo de MSF dispuesto a continuar con la mística y, sobre todo, a salvar vidas.

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* Agus Morales es responsable de prensa en emergencias de MSF. Acaba de regresar de República Democrática del Congo. Puedes leer aquí su anterior post, “Una foto para Bembeleza”.

**Médicos Sin Fronteras trató 41 casos de cólera en Ndea y 55 en Tchombi durante la intervención de emergencia que lanzó entre mayo y junio de este año.

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Fotos: Equipo de MSF de camino a Ndea por caminos inexistentes y cruzando zona minera (© Henry Ali N’Simbo).

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