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Tres historias de amor increíbles

Los amores de película siempre venden. Acaben bien (como casi todas las películas de Julia Roberts) o acaben regular (como Rick e Ilsa en Casablanca), esas pasiones repentinas y extraordinarias siempre nos enganchan.

Pero… ¿tienen futuro los amores de película?

Yo, a priori y salvo excepciones, diría que no. De un tiempo a esta parte, siempre que pienso en estas cosas me acuerdo de la pareja del metro de Nueva York. Tal vez no os acordéis, así que os pongo en antecedentes.

‘La pareja del metro de Nueva York’

Corría el penúltimo mes del año 2007 cuando Patrick Moberg, un estadounidense que por aquel entonces tenía 21 años, se quedó prendado de una morena de la línea cinco del metro de Nueva York: Camille.

Le echó agallas y la dibujó. Le volvió a echar agallas y colgó el dibujo en una web. Para rematar la jugada, pidió ayuda para encontrarla, y saltó a las primeras páginas de la prensa. La prensa, como bien sabéis, a veces hace magia. Y se conocieron.

Seguramente intuís lo que viene a continuación. Después de dos meses la cosa no funcionó. La relación había nacido con demasiada intensidad, dicen. Mi teoría es que si las películas siguieran después de la hora y media de rigor, al final terminarían igual.

Pensaréis… ¿a qué viene todo esto? ¿Quién ha poseído al becario? No, no lo escribo por despecho, después de ver que lo mío con Eva González, Soraya, Yanina o Bibiana Aído es imposible. Esto os lo cuento porque me he topado con otras dos historias de amor peliculeras.

La carta de amor de la chimenea

Steve Smith y Carmen Ruiz-Pérez, él británico y ella española, ambos 42 años. Se conocieron hace 17 años, mientras ella estudiaba inglés en Paignton.

Se enamoraron, pero después de un año de relación algo falló y ella se mudó a París. Se perdieron la pista, pero él rastreó su dirección en España y le escribió una carta en busca de la reconciliación.

La carta la recogió su madre y la puso en la chimenea, donde pasó diez largos años sin ser leída por nadie. Hace unos meses, mientras reformaban la chimenea, la carta apareció y la madre de Carmen se la dio.

Después de muchas dudas, ella le llamó. Se reencontraron, se reenamoraron y… se han casado.

¡Te llamas igual que yo!

La última historia que os traigo hoy también es 3.0 y tiene como protagonistas a un hombre, Kelly Hildebrandt, y una mujer, Kelly Hildebrandt (en España podría darse el caso con “Cruz”, por ejemplo, o con el nombre catalán “Pau” -Paz y Pablo-).

En abril del año pasado, Kelly (ella, 20 años, Florida), escribió en Facebook su nombre. Es una de esas tonterías que todos hacemos alguna vez: es como buscar tu nombre en Google. Siempre lo pruebas, por curiosidad (¡hasta Veronica Mars lo hacía en un capítulo!).

Pues bien, ella se topó con Kelly (él, 24 años, Texas) y le envió un mensaje. Empezaron a escribirse correos y a llamarse por teléfono. Aquello duró tres meses. Y se enamoraron.

Él se ha mudado a Florida y quieren casarse en octubre.

Como curiosidad os digo que alguna vez han cambiado sus tarjetas (que no incluían foto, obviamente) y que se perdieron un viaje porque la agencia canceló un billete, al creer que habían hecho el mismo por duplicado (¿¿dos personas con el mismo nombre viajando al mismo sitio, en la misma fecha… y juntos???).

Yo es que soy más tradicional. Prefiero el rollo ése de ir conociendo a la otra persona, enamorarme, que la cosa se vuelva estable… los amores a primera vista no me han funcionado (a los hechos me remito).

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Y de regalo…