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Si la arquitectura te rodea, deberías empezar a fijarte en ella

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Arquitectura industrializada, pero con límites

He de reconocer que soy fan de la industrialización en la edificación, sin embargo siempre me topo con una voz interior que me alerta de ciertos peligros en los que se puede incurrir, si pretendemos convertir la construcción de hogares en solo un proceso, como si de fabricar lavadoras se tratase.

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A la vista de esta fotografía del complejo Buenaventura en Chihuahua, Mexico, no se hace preciso explicar cual es uno de los mayores riesgos, el de la clonacion infinita y la transformación de las ciudades o partes de ella en cintas sin fín de cajitas iguales, al modo de estanterías de un gigantesco almacén de seres humanos que pernoctan en su interior, cuál humanos en sus células de energía en matrix.

Pero ese no es el único riesgo. La necesaria orientación y referencia en el interior de las ciudades es uno de los puntos claves en la planificación de éstas y como podréis imaginar, en estas calles de la foto será frecuente encontrar quién agite un papel con una dirección buscando ayuda o simplemente nos asalte en los semáforos al grito de “¡por favor! ¡Llevó dos días intentando salir de aquí, sáqueme usted de ésto o al menos avise a mi mujer y a mis hijos!”

Mientras el semáforo se abre y les vemos hacerse pequeñitos en el retrovisor -“¡dígales que les quieroo!” parecen gritar- es importante también pensar en ese otro riesgo menos tangible pero mucho mas cotidiano como es el de la despersonalización de nuestros hogares, algo que transcurridos varios años desde la entrega de cualquier urbanizacion de adobad…adosados, podemos observar en la diferenciación que cada propietario ha intentado hacer con su pequeño palacio.

Esas alegres filigranas de forja torneada en los vallados, esos porches pizpiretos cubriendo las entradas, esas columnas dóricas que el propietario mandó instalar para gritar al mundo que detesta su casa, al arquitecto, al concejal y por supuesto los ordenes clásicos, no son ni más ni menos que ese sordo deseo de diferenciarnos de los demás, y de estallar en un bramido que indique sin ninguna duda, que somos únicos.

Y esto es tan necesario cómo que no vistamos todos igual. Algo que se entiende mucho mejor y que está más aceptado.