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Si la arquitectura te rodea, deberías empezar a fijarte en ella

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Mohawks. Los indios que carecían de vértigo y construían rascacielos ¿o no?

Soy un escéptico, no por naturaleza, sino por los años vividos. Lo soy de una forma constante, cansina, pertinaz y a ratos patológica. Esto me lleva a dudar de todo lo que oigo y en la mayoría de las ocasiones hasta de lo que leo, sobre todo en estos tiempos que corren en los que gracias a Internet, hasta un tipo como yo puede ir escribiendo por ahí  libremente.

El caso es que ayer, mientras observaba una foto que una compañera de profesión (gracias Carmen) colgaba en facebook sobre unos operarios que caminaban sobre las vigas de un edificio en construcción de la Gran Vía de Madrid a primeros del siglo pasado, recordé las veces que había oído hablar sobre la tribu india que carecía de vértigo por una cuestión genética, y cuyos individuos fueron en su mayoría trabajadores de los grandes rascacielos de Nueva York. La cosa, desde mi incrédulo espíritu, siempre me sonó a chino más que a indio y anduve paseando por la red a ver si encontraba alguna fuente fiable, que pudiera confirmarlo. Lo cierto es que solo he encontrado algunos blogs en los que se menciona el asunto y de manera un tanto pasajera, y un libro de Eric Darton en el que cuenta la historia y la da por cierta, hablando incluso sobre como estos indios se comunicaban de un edificio a otro con señales de humo, lo que me despierta aún más dudas.

Siempre me he preguntado si lo hicieron para la foto o lo hacían a diario.

Sin embargo, según me cuentan amigos cercanos, existen algunas etnias en lugares del planeta a las que determinadas dolencias no afectan o lo hacen con una incidencia estadísticamente muy inferior al resto de la población, y aunque no se conocen las causas exactas, la realidad se rinde a la genética, por lo que es posible que una tribu de indios, en este caso los Mohawks, esté mejor habilitada por su propia naturaleza para caminar a grandes alturas sin necesidad de que su esfínter haga el vacío, como lo hace el mío solo con mirar las fotografías.

Lo cierto es que desde el punto de vista del que se gana la vida con este oficio de la construcción, esas famosas instantáneas de Charles Ebbets, en las que vemos temerarios obreros de edificios como el Rockefeller Center, almorzar, caminar, dormir y posar con naturalidad sobre el vacío, sobrepasando la temeridad, son como el recordatorio de tiempos pasados, que desde luego no fueron mejores y que -bajo mi punto de vista- deberían llevar debajo el cartel de “nunca mais”.

Por cierto, en todas las fotos que he estado viendo, los operarios tienen pocos rasgos indígenas, más bien son caucásicos de la subespecie rubicunda, e incluso el propio Ebbets, aparece en algunas haciendo el número de la cabra sobre gárgolas, vigas y pescantes con gran prestanza y naturalidad, lo que no ayuda a confirmar esta historia que me corroe.

Nota del arquitectador: Ahora es cuando os preguntáis si estos operarios también se tomaban un sol y sombra o una copa de castellana con hielo a las siete de la mañana antes de entrar al tajo. Misterios que ya nunca descubriremos amigos míos. Ojalá que alguien oiga esa historia tan nuestra dentro de unos años, y le suene a inverosímil leyenda urbana.

 

48 plazas de aparcamiento para 12.000 personas

¿Qué sucedería en Madrid, Barcelona o Valencia, si se construyera en el centro de la ciudad un rascacielos para 12.000 personas con solo 48 plazas de aparcamiento?

Si hay que ser sinceros – y para eso estoy aquí- en primera instancia yo lo pondría a parir, sacaría a pasear la mejor y más sarcástica de mis sonrisas y empezaría a decir verdades absolutas y frases lapidarias, todas encaminadas a augurar las diez plagas de Egipto para los promotores de la idea y un caos nunca visto para sus usuarios y por ende para el resto de la ciudad.

Edificio Shard en Londres Foto de Bjmullan (Own work) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons

Pero después de reflexionar un rato sobre ello y sabiendo que es exactamente lo que ha hecho Renzo Piano en la torre Shard (La Astilla)  de Londres, en el que ha sido hasta hace muy poco el edificio más alto de Europa, se me ocurre que habrá que ser más precavido y cuando menos esperar a que esté en uso para comprobar la verdadera practicidad de tan arriesgada apuesta. Se trata según el arquitecto y los promotores del edificio de incentivar e invitar a los usuarios de  las viviendas, oficinas y el hotel que va a albergar, a la utilización del transporte público.

Como sabemos Londres es pionera y muy seria en la toma de decisiones que afectan a la limitación del tráfico dentro de la ciudad, pero también en el incentivo de sus transportes urbanos, bicicletas compartidas, 270 estaciones de metro, extensa red de cercanías, tarifa de descongestión para coches y motos que entran a la ciudad y una reducción gracias a todo ello del 35% del tráfico rodado -aquí pondría yo unos signos de exclamación como la torre de Londres- sin olvidar que la City ha convertido en todo un símbolo turístico dos de sus más conocidos medios de transporte, sus taxis negros de estética vintage y los autobuses rojos de dos plantas.

Por todo ello y porque van pasando los días y los años y eso invierte el proceso entre hablar primero y pensar después,  espero con verdadero interés el resultado final del uso del edificio. A día de hoy, las oficinas no están alquiladas y el hotel y restaurantes previstos no han entrado aún en funcionamiento. Pero con mucho gusto me trabajaría un post de felicitación al amigo Renzo por su valor si la cosa termina finalmente funcionando como un reloj. Como el Big Ben por ejemplo