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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

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La primera orden de alejamiento dirigida a proteger a un animal llega en un auto ejemplar de la juez Pilar de Lara

Clama al cielo que a fecha actual en determinados ámbitos se sigan cosificando y mercantilizando a los animales, negándoseles su condición de seres vivos y sintientes, lo mismo que en su momento se negaban los derechos a los esclavos y a las mujeres.

Nuestra norma suprema no incluye mención alguna al bienestar, por ello es que, en esta convulsa época de la Historia en la que con ardor se viene defendiendo una reforma constitucional, no esté de más recordar que otros sectores ponen este ímpetu reformista en la necesidad de dotar de rango constitucional la protección de los animales.

Una de las más deplorables y despiadadas caras que es capaz de mostrar la violencia, y evidencia hasta dónde puede llegar la crueldad y la perversidad humana, es la que se ejerce contra los animales.

Quien desprecia la vida hasta el punto de maltratar o abandonar a un animal, habitualmente también despliega su instinto agresivo contra una mujer, los hijos, menores, ancianos, vecinos u otros ciudadanos a los que considera inferiores

El creciente rechazo al maltrato animal, que ha ido calando con fuerza en la conciencia ciudadana, no se ve respaldado por un sistema legal que resulte operativo

Afirmaciones, todas ellas, con las que no puedo estar más de acuerdo.

¿Quién dice todo eso?
Pilar de Lara, titular del juzgado de Instrucción 1 de Lugo que esta semana ha sido noticia por la contundencia del auto con el que condena, de forma pionera (es la primera orden de alejamiento relativa a un animal), a dos maltratadores de Lugo (Carmelo M.M. y Eva M.M) a permanecer a una distancia mínima de 500 metros de la perra que arrojaron por la ventana de su vivienda y de las personas que la llevan y la tenencia de animales mientras se prolongue la instrucción.

Algo así era impensable hace muy pocos años, y por eso hay que ser optimistas. El rumbo que llevamos conducirán a mas autos pioneros, mas sentencias ejemplares, nuevas legislaciones que redunden en el bienestar y la protección animal, también por tanto en el bienestar y la protección de los seres humanos.

Porque la juez que ha hecho noticia y un poquito de historia con las afirmaciones con las que arranca este texto, tiene razón en que alguien que es cruel con un animal, también es un peligro para otras personas.

Igual que tiene razón también en todo lo demás.

La Policía busca a los que torturaron unos cachorros en Jaén, introduciendo un clavo en la cabeza a uno de ellos

Un lector nos ha escrito con un suceso que cree que es relevante que trascienda, un acto de maldad terrible que ojalá no quedara impune.

Uno o varios monstruos a dos patas se divirtieron torturando a unos cachorros de perro recién nacidos, llegando incluso a introducir a uno de ellos un clavo en la cabeza, para luego abandonarlos agonizantes en un contenedor como si fueran basura de la que ya se habían aburrido.

Ha sucedido en Jaén, en la localidad de Martos. La Asociación para la Defensa y Adopción de Animales Ciudad de la Peña recibió un aviso de la Policia Local y se encontró el horror. Así lo contaban desde su página de Facebook este pasado miércoles:

Esto nos decía el lector:

Ha ocurrido un hecho cruel a manos de un cobarde sin cerebro a unas criaturas indefensas. Cuando se aburra de hacer esto a animales, el siguiente nivel será a personas. Un verdadero monstruo anda suelto.

Totalmente de acuerdo. Alguien tan vacío de bondad y empatía, con el alma tan gris como para hacer algo así, tan lleno de sadismo, difícilmente puede tener consideración de ser humano y es un peligro potencial para todos los que le rodean.

Por eso es importante la colaboración ciudadana para localizar a los culpables. Así lo ha pedido la asociación protectora y también la Policía Local de Martos, que los está buscando.

Aún si se les encuentra y se les puede procesar, es probable que sus actos apenas tengan consecuencias. El maltrato animal en este país se salda con frecuencia con penas minúsculas, pero no por ello hay que dejar de hacerlo.

Aunque solo sea por identificar a los monstruos que caminan entre nosotros y ser conscientes del daño que también podrían ocasionar a sus semejantes, aunque solo sea para no tenerles cerca.

 

 

¿La rejilla y el arnés fijado al anclaje del cinturón son seguros para nosotros y nuestros perros en caso de accidente?

En mi último post os hablaba de cómo viajar con perro en coche. Resumiendo mucho, la cosa era así: perros grandes, si es posible, en el maletero con rejilla. Perros pequeños, en trasportín a los pies de los asientos traseros. Y también está la opción del arnés con correa que se fija al cinturón de seguridad, que es el sistema que yo prefiero.

Pues bien, tras ese post el experto Juan Luis de Castellví, que trabaja para la UE y está especializado en seguridad y emergencias, me ha hecho ver que los arneses fijados al cinturón y las rejillas separadoras, puede que eviten que el animal moleste al conductor como indica la legislación, pero en caso de accidente no es la opción más segura.

Así lo contaba en su web EtologíaCanina.EU en agosto de 2016, que os recomiendo seguir porque todo lo publicado merece la pena.

Veamos, todos estos métodos impiden que moleste al conductor, y por tanto nos evitan la multa. Pero, ¿son seguros?. No, lamentablemente no son seguros. En caso de accidente la mayoría de jaulas portátiles, o transportines, así como los arneses, se parten. Eso provocará que nuestro perro salga disparado y sufra lesiones o la muerte. Y en su trayectoria puede alcanzar a los pasajeros, causando también heridas o la muerte a los mismos.
En los siguientes vídeos, se pueden ver varios test hechos sobre diversos dispositivos de seguridad para perros, fallando todos ellos estrepitosamente:

Además, no debemos olvidar que los coches están diseñados para que se deformen en caso de accidente, plegándose el maletero y el capó para absorber la energía y que no afecte en demasía a los ocupantes del vehículo, de modo que si llevamos al perro en el maletero, también sufrirá heridas.

¿Cuál es la recomendación experta de Castellví? Pues el trasportin a los pies de los asientos traseros siempre que sea posible, que no lo es siempre.

Y cruzar los dedos, porque recordad que nadie rescata a los animales implicados en un accidente, no existen protocolos para ayudarles. Precisamente Castellví está intentando que lo haya.

bty

La perra que acompaña este contenido no podría ir en un trasportin a los pies, queda claro. Esta preciosa mastina busca hogar desde la protectora APAC Ciempozuelos..

Se trata de una asociación formada por seis personas que con la ayuda de algunos voluntarios trabajan pro cambiar la suerte de muchos animales.  “Nuestro objetivo es tener algún día un refugio para poder ayudar a muchos más, pero lo vemos aún un poco lejano por falta de fondos“.

Sin más, os dejo con la historia de Dama:

Fue un aviso de los que no puedes decir no. Enferma y a punto de dar a luz… Cuando fuimos en su búsqueda el parto ya había comenzado. Tuvo 10 bebés y solo sobrevivieron 5 que por suerte ya han sido adoptados.

Dama tiene leishmania, y es cruce de mastín, es joven, un año aproximadamente le calcula el veterinario. Su tamaño y la enfermedad (aunque es a nivel cutáneo y ya está muy recuperada, pesaba 29 kilos y ya está en 39 en apenas dos meses de tratamiento) no ayudan a que alguien se fije en ella.

Y necesita un hogar, actualmente está en acogida. Tiene muy buen carácter. Es sociable con perros y con gatos.

Contacto: 677 764 666

“Me duele cuando leo que los veterinarios no amamos a los animales, que sólo nos importa el dinero”

Hace poco descubrí, no lo sospechaba, que los veterinarios son los licenciados peor pagados. Mi colega Jonattan Rodríguez preparaba un temita sobre profesiones que nacen del amor a los animales y me lo dio a leer antes de publicarlo.

“No puede ser”, le dije incrédula. “Será entre las profesiones sanitarias”. “Que no, que no”, me contestó tras volver a consultarlo, “y yo que creía que el periodismo estaba mal”.

Así lo contaba en su tema:

No corren los mejores tiempos para los ‘médicos de los animales’. Una profesión que, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), tiene a los licenciados peor pagados de España. Las cifras anuales –a enero de 2017– desvelan que cobran un salario medio de 1.063 euros. Además, en la actualidad hay más de 30.000 veterinarios en activo.

Ángel Jesús Rodríguez Peña, veterinario con más de 20 años en la profesión, confirma que hay un “enorme superávit de veterinarios en España lo que implica sueldos bajos y escaso trabajo. No es una salida laboral para el que busque ganar dinero”.

El doctor Rodríguez actualmente es director de la Clínica Vetersalud, cree que la vocación debe ser una premisa fundamental para este empleo. “Solo lo recomendaría a quien el corazón le dice que debe hacerlo y está dispuesto a los enormes inconvenientes que tiene la profesión por desarrollar su pasión“, como por ejemplo un IVA que trata la salud de los animales de compañía como un objeto de lujo.

Impuestos abusivos para aquellos que ejercen como autónomos, chantajes emocionales de clientes, ver a animales en manos poco apropiadas y poder hacer poco o nada al respecto, enfrentarse a situaciones muy difíciles, encontrarse a vecinos que creen que la clínica es una protectora de animales, el desgaste del trato con la enfermedad y la muerte, haber querido ayudar en alguna perrera y protectora y haber salido trasquilado por un elevado grado de exigencia o fanatismo de alguien concreto… He podido hablar a lo largo de los años con veterinarios de animales de compañía que me han trasladado todas estas problemáticas.

(GTRES)

También me he encontrado alguno que ha supeditado su amor por los animales por un sueldo estable y trabajan en control de calidad de alimentos, en mataderos… en sitios necesarios pero que jamás hubieran creído cuando estudiaban la carrera.

Sobra decir que hay malos profesionales en este oficio como cualquier otro, incluido el mío por supuesto (el vuestro seguro que también). Veterinarios que elevan injustificadamente precios, que miran a otro lado olvidando la ética por no complicarse la vida, que desaconsejan adopciones o esterilizaciones, que no están actualizados, que se han hecho inmunes al sufrimiento animal y todo les da igual. Incluso los hay que cometen actos delictivos. Hace poco en este mismo blog asomaron unos que trapicheaban con perros de rehala, en ocasiones robados. Pero la mayoría ejerce su trabajo lo mejor que puede, equivocándose como hacemos todos, por falta de experiencia, por cansancio, por mala suerte…

Y a todos esos veterinarios que se esfuerzan por hacer bien las cosas les tenemos en menos consideración de la que deberíamos. No nos cansamos de decir que nuestros animales son nuestra familia. Pues la salud de esos miembros de nuestra familia se la debemos en gran medida a ellos. A veterinarios de barrio como el mío, que accedió a venir a casa a dormir para siempre a mi perra, de treinta kilos, y luego llevársela a fuerza de brazos mientras yo me quedé llorando (siempre se lo agradeceré). También a los especialistas con los que nos cruzamos siempre más de lo que quisiéramos y a aquellos que no conocemos y trabajan e investigan para desarrollar mejores tratamientos, vacunas, alimentos… que se traducen en un mayor bienestar animal.

Recordaba aquella conversación con Jonattan y las reflexiones que me desencadenó, cuando leía los textos son del doctor Jorge Llinás, que publicó en su página de Facebook y en en el Instagram del Hospital Veterinario Valencia Sur que dirige.

Llegué a Llinás porque es uno de los veterinarios especialistas colaboradores de Elite Veterinaria, un proyecto solidario del que os hablé no hace mucho. Y le leía y veía el amor por los animales y la sensación de incomprensión, de sentirse solos. Así que hoy escribo por ellos, por los que son como Llinás, porque muchos sí les entendemos y agradecemos sinceramente su labor.

Me duele cuando leo que los veterinarios no amamos a los animales , que sólo nos importa el dinero… no podemos generalizar una experiencia o un caso concreto.

Nuestra profesión sufre uno de los mayores índices de suicido en el mundo y no es porque estemos locos, es porque sufrimos por nuestros pacientes, nos desvivimos, dejamos a nuestros amigos y a nuestras familias… la carga es enorme.

Hoy he vuelto a perder a un paciente al que operé hace días en estado crítico a pesar de superar una delicada intervención. Tras dormir 14 horas en tres días y seguir luchando con él, cuando ya parecía que lo conseguíamos ha fallecido; una vez más vuelvo a vivir esta cruel historia, vuelvo a desgastarme emocional y físicamente como lo hacen muchos de mis compañeros cada día… veterinarios de toda España que luchan como espartanos por salvar una vida más, que lloramos por dentro con cada caso de maltrato y de abandono
Hemos elegido nuestro camino y no nos arrepentimos pero hay momentos en que nos sentimos solos.

No somos héroes, no salvamos el mundo ni vamos a ocupar portadas o abrir informativos pero queremos salvar a los animales que viven en él.

Desde nuestra infancia mostramos una especial sensibilidad y un fuerte vínculo con la naturaleza y el medio en que vivimos. Entendemos la tristeza, el dolor y el amor de un animal sin que necesite hablarnos.

No te equivoques. Nosotros no quisimos ser médicos, no quisimos ser futbolistas, abogados, ingenieros o dentistas. Nosotros solamente teníamos un sueño, el de curar animales y por eso hoy miramos atrás y nos sentimos especiales por haber elegido el camino más difícil sin esperar más reconocimiento que el poder ayudar a los que solamente nos lo agradecerán en su corazón y el nuestro.

Elegimos cumplir nuestro sueño de ser veterinarios.

Quiero dedicar estas palabras a Mogly y su familia , especialmente a Jessica …lo siento , no lo he conseguido , el viernes realizamos muchas cirugías increíbles a pacientes que se recuperan con éxito hoy pero siento un profundo dolor porque Mogly nos dejó ayer por la tarde , tenía 19 años y se le detectó una gran masa en el mediastino craneal …la plataforma eliteveterinaria.org contactó con nosotros para intentar darle una oportunidad porque cada vez respiraba peor y viajaron desde Granada …le hicimos todos los estudios necesarios incluyendo tac y decidimos intentarlo …la noche previa pensaba que tenía que hacer la operación mucho más rápido y más preciso de lo habitual para poder darle la oportunidad a un paciente en ese estado …y así lo hice ..40 minutos …sin un gota de sangre …esternotomia cerrada y toda la esperanza del mundo por haberlo conseguido pero así es la medicina , Mogly entró en parada horas después y a pesar de someterlo a ventilación asistida y el esfuerzo de todos mis compañeros…36 horas más tarde nos dejaba sin remedio Nunca os voy a olvidar, no habéis tenido un reproche hacia mi ni hacia el hospital y habéis demostrado una calidad humana y un amor dignos de admiración, siempre en mi corazón

Una publicación compartida de Jorge Llinás Ceballos (@jllinasceballos) el 8 de Oct de 2017 a la(s) 2:46 PDT

De perros (y gatos) y archiperres

Llevo una década escribiendo este blog en 20minutos. Antes de eso ya mantenía el blog fuera del medio y publicaba en la edición impresa una columna semanal de consejos para una buena convivencia con nuestros animales de compañía y una tenencia responsable llamada El rey de la casa.

No somos tantos los periodistas que escribimos sobre perros y gatos (y ocasionalmente sobre peces ornamentales, conejos o caballos), por eso, pese a que yo no escribo de productos para animales de compañía, me llegan con frecuencia notas de prensa con lanzamientos de archiperres de todo tipo pensados para poner una pica en ese lucrativo sector.

Libros de recetas para cocinar apetitosos y cucos cupcakes a nuestros perros, gadgets que recuerdan a EVE más que a WALL-E y que lanzan chuches caninas por los aires, otros que disponen de lásers inteligentes para mantener a los gatos activos y entretenidos, dispositivos de videovigilancia para nuestras mascotas, que graban vídeos y permiten incluso interactuar con ellos desde la pantalla, ropa de diseño exclusivo, geolocalizadores sofisticadísimos antes los que siempre pienso que la clásica chapita con el teléfono me inspira más confianza…

Hay de todo, tontunas y chismes que sí pueden resultar útiles. Cada vez son más tecnológicos; en gran medida orientados a ahorrarnos dedicar tiempo a jugar con nuestros animales, a cuidarlos durante nuestras largas ausencias; con frecuencia tirando a caros.

Entre tanto objeto claramente prescindible si nuestros perros y gatos pudieran hablar, me llegan multitud de correos pidiendo auxilio. Ha sido una constante diaria desde hace diez años. Camadas abandonadas en contenedores de basura, animales enfermos o ancianos que necesitan casas de acogida para esquivar las duras condiciones de las protectoras o incluso de la calle, perros y gatos perfectos que llevan años esperando sin éxito una familia, casos de maltrato de los que unos días te dejan el corazón encogido y otros domando el odio, necesidad de voluntarios, de dinero para esterilizar gatos en colonias felinas, para atender el último caso de perro atropellado que nadie se dignó a ayudar durante días.

Veo unos correos, veo otros, y os confieso que cortocircuito. No quiero caer en la demagogia, pero es que no soy capaz de procesarlo.

Claro que no hay nada malo en meter en casa un cacharro molón de estos, pero no puedo evitar pensar que cuesta lo mismo que apadrinar tres años a un perro o un gato sin hogar. Veo los perros y gatos desahuciados junto a los chismes y me bloqueo (como dice sin fundamento la leyenda negra urbana sobre los dobermans), pensando que esos caprichos solo me entrarían en la cabeza si en nuestro país todos los animales tuvieran al menos sus necesidades mínimas cubiertas.

Son las dos caras de una realidad que convive en el espacio y el tiempo. Animales en los que gastamos dinerales junto a otros que condenamos a la orfandad y la muerte. Un contraste extrapolable a muchos otros ámbitos en los que el ser humano es responsable y que son mucho más graves, lo sé bien.

También soy consciente de que me gustaría un mundo más aristotélico en todos los sentidos, pero lo que pisamos es lo que hay, aunque no por ello haya que conformarse.

Neo es uno de los perros a los que la protectora de Chipiona Chipidog está buscando hogar. Y lo busca con urgencia porque les echan, tienen que desalojar sus instalaciones y necesitan encontrar una familia para todos sus animales. Podéis conocerlos a todos en su página de facebook.

En diciembre cumplirá tres años y pesa 18 kilos. Cuentan que Neo es muy cariñoso, alegre y muy activo, “no para de jugar y corretear con otros perros, se lleva muy bien con ellos”. Con gatos no es compatible.

Se envía a otras provincias esterilizado, vacunado, desparasitado, con microchip a nombre del adoptante y con pasaporte.

Contacto: 622 31 50 62 chipidogchipiona@hotmail.es

4 de octubre, un día para celebrar toda vida animal

Desde 1929 se celebra en todo el mundo, cada cuatro de octubre, el Día del Animal o Día de los Animales. Su origen se vincula al santoral: San Francisco de Asís, el patrono de todos los animales y de aquellas personas (animales también, por cierto) que los defienden.

Hoy 20minutos ha publicado, en su versión impresa y online, un especial que se suma a esta celebración centrándose en los animales domésticos y haciendo hincapié en la responsabilidad que supone abrir la puerta de nuestra hogar a otro ser vivo, perro, gato, hámster o iguana.

La versión impresa la podéis ver aquí. Y los reportajes en su versión online son los siguientes:

Gracias a todos los que han contribuido a la elaboración de este especial, especialmente a la Universidad Juan Carlos I que permitió que mis perras entraran en una de las clases de la profesora Nuria Máximo para ilustrar el reportaje sobre la Cátedra de Investigación Animales y Sociedad que allí albergan; a la Guardia Civil que nos abrió las puertas y fueron todo amabilidad; a La Madriguera y a los veterinarios especializados en exóticos que nos atendieron para explicar que no hay vida pequeña o menor; también a los retratistas animales Fotopets, que nos cedieron cuatro fotografías para que los animales que ilustrasen el especial no fueran modelos anónimos de un banco de recursos fotográficos.

Dos de ellos, Dallas y Athan, buscan su segunda oportunidad desde esas páginas, os dejo con las fotos de Fotopets y lo que me contaron sobre ellos.

Dallas, de la Asociación APAMAG, es un perro setter buenísimo y súper guapo que inexplicablemente sigue esperando una adopción y lleva así más de un año. El pobre es un animal que necesita deporte pues tiene mucha energía, y ahora mismo está en una casa de acogida que lo cuidan estupendamente pero se le nota que necesita estabilidad y alguien que le de lo que necesita.

El gato es Athan, un cachorrillo que está al cuidado de un hogar para gatos “especiales” que se llama EL RINCÓN DE SELINA, si no lo conoces, te recomiendo que los sigas en Facebook. Se dedican a rescatar y sacar adelante gatos con minusvalías severas o cuadros clínicos complicados. Athan, fue rescatado en Sevilla con un cuadro de desnutrición brutal, que apenas le dejaba andar. Cuando me lo trajeron al estudio para fotografiarle ya estaba recuperado, alucinante lo que hace esta gente.

Hay mas animales necesitados de ayuda que capacidad en las protectoras para ayudar

Hay mas animales necesitados de ayuda que capacidad en las protectoras para ayudar. Es una realidad que se intensifica en determinadas regiones de España.

En las protectoras se dejan la piel amantes de los animales, que muchas veces tienen que cerrar las puertas a animales que necesitan ayuda, con el dolor que eso les supone, porque si abarcan más de lo que alcanzan pueden poner en peligro a los animales que ya están dentro, mermar su bienestar hasta límites inaceptables, incluso a la viabilidad de la protectora.

El recurso y el espacio son finitos. El dolor que se siente al decir que no, con frecuencia parece justo lo contrario. La resiliencia que necesitan los voluntarios de las protectoras que quieren hacer las cosas bien también es finita.

Ellos conocen lo que es estar en el fango, encontrarse con que no salen las cuentas, le faltan horas a los días…claro que a veces pueden equivocarse, pero lo último que necesitan los animales necesitados, tanto los de dentro de la protectora como los que se han quedado fuera, es que a los que están en primera línea queriendo hacerlo bien pese a lo que les pide el corazón se les pongan palos en las ruedas.

Al que hace lo que puede, no se le puede pedir más.

Me escriben desde la protectora de Jaca pidiendo que comparta un texto que han escrito y que está relacionado con todo lo que os cuento. Ya no les caben más gatos, ya no pueden asumir el cuidado de más, a menos que aumenten las adopciones y las casas de acogida.

Con él os dejo:

Todas las protectoras de animales recibimos a diario avisos de casos de abandono y maltrato, algunos de ellos especialmente estremecedores. Es la lamentable situación que vivimos en nuestro país, donde el respeto a los animales está lejos de ser una realidad generalizada.

Esta situación hace que las protectoras estemos permanentemente desbordadas: desbordadas de pena, de tristeza, de frustración y desesperación. Aún así, seguimos en nuestro empeño y podríamos con ello, si no fuera porque también estamos desbordadas de animales donde no hay físicamente más espacio para acogerlos. Y es que, por razones legales, pero también humanitarias, de bienestar animal y de las que estamos plenamente convencidos, no podemos “hacinar” a los animales en nuestras instalaciones ni en cualquier otro lugar; no podemos dar entrada a animales sin pasar una cuarentena estricta para descartar infecciosas que puedan poner en riesgo a los que ya están dentro y sanos; no podemos saltarnos protocolos veterinarios… No podemos, por mucha pena, tristeza, frustración y desesperación que debemos tragarnos y llevamos dentro.

Todas las protectoras y personas que, de una manera seria y consciente, trabajan en protección animal, saben lo difícil que es vivir con esta situación.

No estamos hablando del caso de la Protectora de Jaca, sino de la realidad de tantas y tantas protectoras en España. Contamos con algunas casas de acogida ocupadas ya; contamos a menudo con personas que acogen animales encontrados hasta que la protectora tiene la posibilidad de darles entrada en el centro o encuentra una adopción…

Por suerte, contamos con esta comprensión y colaboración muchas veces. Pero no siempre. Si es duro tener que decir que no podemos dar entradas, a ello se suma la falta de comprensión de muchos que consideran que la negativa pueda deberse a un capricho. No: las protectoras tratamos de hacer el máximo posible con los recursos disponibles.

Así ocurre ahora en la Protectora de Jaca: no tenemos espacio para acoger más gatos. En tanto que esta situación no avance, actualmente nos encontramos con la entrada de felinos bloqueada, por lo que solo podemos difundir desde nuestras redes sociales.

El trabajo en protección animal es fundamentalmente corazón, pero es necesaria también la cabeza. Rescatar y salvar animales es nuestra actividad fundamental, pero la conciencia social debe crecer y una protectora no puede llegar a todos los casos: es necesaria la implicación y empatía de todos. Así que hacemos un llamamiento a vuestra colaboración: adopta, acoge, apadrina, difunde, asóciate… Ayúdanos a ayudarlos.


Los gatos que veis en las imágenes están en adopción en la protectora de Jaca.

Contacto: 636651600 adopcion@protectora-jaca.org

Los perros PPP solo pueden pisar Illescas de madrugada por una ordenanza cuyo origen el ayuntamiento dice desconocer

En Illescas, un municipio de Toledo con más de 26.000 habitantes, hay una ordenanza municipal absurda que prohíbe que los perros de razas consideradas por una ley bastante mal parida considera como potencialmente peligrosas paseen por sus calles, una ordenanza que excede con mucho la establecida a nivel nacional de emplear bozal, correa corta y llevar identificación.

La ordenanza dicta que:

No podrán circular en las inmediaciones de parques, jardines públicos, centros escolares, recreativos, deportivos y en general en zonas públicas con tránsito intenso de personas entre las 7.00 h. y las 22.00 h.

Tal y como está redactada me queda la duda de si la estoy interpretando bien, pero parece indicar que solo puedes salir con ellos de casa cuando es noche cerrada. Lo mismo la restricción horaria hace referencia solo a las zonas públicas con tránsito intenso. Un sinsentido en cualquier caso.

Dado el revuelo que se ha montado, el ayuntamiento ha decidido reaccionar. ¿Cómo? Pues reconociendo que “desconoce su origen” y parece que invocando al fantasma de la herencia recibida, porque ellos no han “creado ni modificado ninguna ordenanza actualmente”.

Podría parecer una respuesta de El Mundo Today, pero no lo es. Y da una pista sobre la ensalada de ordenanzas municipales (no solo referidas a los animales), que campan por España siendo inaplicables y habiendo sido redactadas por gente que, o bien presta muy poca atención a lo que se trae entre manos, o bien carece de toda preparación para llevar a cabo esa labor.

Hay más. Desde el Facebook del consistorio dicen que la ordenanza se aprobó en el 2002 y desde entonces no se ha tocado ni modificado. Pero en el mismo enlace que facilitan se ve que dicha ordenanza fue modificada con posterioridad en dos ocasiones  en 2004 y en 2011, sin que aparentemente nadie del consistorio se diera cuenta de que estaba redactada de tal manera que proscribía estas razas del término municipal.

 

Sigamos, porque no acaba aquí. El alcalde actual es José Manuel Tofiño, del PSOE. Casualmente el mismo que estaba al mando en 2002, cuando se aprobó la ordenanza. Y lo estuvo hasta 2011. Ejem…

Si no sabían, y no se hacen responsables, al menos están a tiempo de meter mano a la ordenanza y adecuarla a la generalidad y a la lógica. Espero que así sea.

Lo mismo también tienen que plantearse revisar despacito todo el resto de ordenanzas que acumulan, que, visto lo visto,  lo mismo viene bien un cambio de armario legislativo en ese municipio.

Ya tenemos un carajal importante en España de leyes relacionadas con la tenencia de los animales teniendo únicamente en cuenta las normativas autonómicas. Es cierto que es necesario que los municipios legislen al respecto, pero, por favor, cuando toque hacerlo mejor evitar ponerse creativos y dejarse asesorar por expertos  en su redacción.  Porque acumular leyes imposibles de hacer cumplir que acaban escondidas es algo a lo que deberíamos poner coto, y porque los que tenemos animales necesitamos cierta cordura legislativa a nivel nacional para saber a qué atenernos cuando viajamos por España.

 

La defensa de los animales está presente en el libro ‘Vástagos’, con el relato ‘Lala’

La publicación de hoy se sale bastante de la norma del blog, aunque cierto es que hay un animal abandonado. Lo que hoy os traigo es un relato en el que quise afrontar el reto de aunar protección animal, maternidad, autismo y un elemento fantástico o de ciencia ficción, los temas sobre los que suele orbitar todo lo que escribo, sea o no ficción.

El relato se llama Lala y nació gracias a una propuesta de Next Door Publisher, de hecho es el que abre su libro recopilatorio de diez relatos Vástagos, un libro creado con mimo y cuya lectura os recomiendo. Resulta sorprendente comprobar como las diez autoras tenemos tanto en común y a la vez hemos traído al mundo una colección de relatos tan diversa.

Las otras escritoras de Vástagos, y estar en su compañía es todo un honor, son Carmen Agustín, Lía Álvarez, Deborah García, Catalina González, Clara Grima, María José Mas, Helena Matute, Angélica Pérez y Ana Ribera.

El libro, con diez ilustraciones de Mónica Lalanda (podéis ver en este post la que creó para Lala), cuesta 15 euros. El prólogo es de Paloma Bravo y también lo tenéis disponible para su lectura.

Os animo a darle una oportunidad, porque es una delicia.

Y ya sin más, os dejo con mi relato. Ojalá disfrutéis con su lectura tanto como yo lo hice escribiéndolo:

LALA

Eligió el asiento situado junto a la puerta y se sentó con el bolso sobre el regazo. La mujer sentada a su lado derecho estaba atenta a su móvil y no se molestó en retirar su abrigo, así que Paula se colocó encima. La única ventaja que era capaz de encontrar al hecho de tener que levantarse a las cinco de la mañana para entrar a las seis a trabajar era poder elegir dónde sentarse en el metro. Cuando entraba a las nueve era un milagro el simple hecho de encontrar una superficie vertical en la que apoyar el culo para no encontrarse con respiraciones sospechosas en el cuello.

Paula se estremeció con disgusto al recordar aquella vez, camino de la universidad, en la que un chaval de su edad había permanecido todo el trayecto, unas cuatro paradas, pegado a su espalda. Sus manos nunca llegaron a tocarla, el roce de su cuerpo no fue mayor que el de otras aglomeraciones a hora punta, pero su aliento cada vez más agitado en su cuello, era algo que jamás olvidaría. La toma de conciencia de la excitación ajena y no consentida la paralizó. Fue incapaz de hacer nada más que quedarse quieta, viendo cómo la gente iba abandonando el vagón y aquel chico no se separaba de ella pese a que había más espacio. Al llegar a su parada volvió a recuperar el control de su cuerpo y salió de allí, arrepentida de no haberse apartado antes, de no haber dicho nada, de no haberle puesto en evidencia, de no haber interpretado mejor la situación y reaccionado en consecuencia a tiempo, de haberse dejado hacer sin más.

El vagón vacío era la única ventaja de aquel horario que se veía obligada a cumplir hasta que Marta regresara de sus vacaciones. Sí, llegaba antes a casa. A priori podía parecer también ventajoso, pero la realidad era otra. Llegaba antes pero para realizar el resto de sus obligaciones: hacer compra, preparar comidas, bregar con Carmen, con Lucas, y ahora, con Lala. Llegaba antes y más cansada. Se hacía de noche, los niños se acostaban a la misma hora y ella también. Exhausta, de peor humor, temiendo el momento en que sonase el despertador a la mañana siguiente.

La mujer se levantó y sacó a Paula de sus reflexiones y al extremo de su abrigo color camel de debajo de Paula. Su parada era la próxima, así que ella también se puso en pie, bien sujeta a la barra, en cuanto el tren volvió a ponerse en marcha.

Ocho horas pasaban volando. A las tres de la tarde estaría de nuevo inmersa en la locura. Una locura que la rebasaba desde la llegada de Lala.

Incorporar a Lala a la familia había parecido una buena idea. Todos la habían recibido con entusiasmo. Durante un breve período de tiempo había llenado su hogar de alegría. La obsesión de Carmen con Abraham Mateo y el móvil parecía haber remitido, volvía a jugar y a reír como la niña pequeña que era hace no tanto y se sumaba con gusto a los paseos familiares. Antonio volvía antes del trabajo, sonreía más y planificaba excursiones por la sierra que podrían hacer todos juntos cuando Lala creciera un poco, recordando el tiempo en el que era un joven vigoroso que escalaba y recorría la montaña todos los fines de semana, antes de que una capa de grasa y otra de rutina le transformaran. Lucas no hacía demasiado caso a Lala, se limitaba a mirarla de soslayo, con interés y, a veces, la sombra de una sonrisa que a Paula le daba a entender que habían hecho bien, que Lalita le vendría bien a Lucas, que le ayudaría. A fin de cuentas, Lala había entrado en casa por Lucas. Incluso debía su nombre a una de las pocas sílabas que su hijo sabía pronunciar.

En apenas tres meses la situación había cambiado bastante. Carmen seguía dedicando ratitos puntuales a Lala, pero había vuelto a su móvil y su música, a pegar portazos, estar de morros y dar malas contestaciones. Antonio ya no hablaba de parajes escondidos y torcía el gesto cada noche que le tocaba hacerse cargo de ella o ante cualquier estropicio que hubiera protagonizado, por pequeño que fuese.

Con Lucas la cosa era aún peor. Había pasado de no hacerle prácticamente caso a volverla loca con sus reacciones. Se acercaba corriendo y le chillaba en la oreja, o la sacudía para despertarla cuando la veía dormir. La tocaba en los lugares menos indicados y con demasiada fuerza.

Lucas tenía ocho años, el pelo muy negro y autismo. No hablaba apenas. «Agua», «pan», «hola», «adiós» y poco más. Iba a un colegio especial desde las nueve hasta las cinco y media de la tarde y era muy inquieto. En casa era raro verle sentado tranquilo en el sofá, no paraba de moverse. Se subía a la estantería del salón, saltaba frente a la puerta de cristal de la terraza, ponía las manos sobre la tele, corría por el pasillo ululando, se lanzaba sobre el sofá, abría el grifo de la cocina riendo y vuelta a empezar. Lala formaba ahora parte de esa yincana.

Y la pobre Lala se ponía histérica. Lo mismo le huía que corría tras él. Se enfadaba, lloraba, se sobreexcitaba… y todo esto se traducía en que no había forma de educarla.

Lala era el equivalente a una adolescente, con el pelo muy negro y demasiada energía. Era alegría pura y todo lo que había a su alcance era un juguete. Ya había destrozado tres cojines, cinco zapatos de diferente tipo, dos peluches y una columna decorativa que había en el salón. Había hecho desaparecer el yeso hasta llegar al encofrado. Aún se le escapaba el pis en casa y por mucho que habían intentado enseñarle a hacerlo en la cocina, ella había elegido para depositar sus charcos de orina un rincón del salón en el que el parqué ya estaba negro y levantándose.

La presencia de una no beneficiaba al otro. Justo al contrario, se estaban perjudicando. Y no solo entre ellos. En casa se había incrementado el número y volumen de los gritos, de las lágrimas, de los silencios hoscos. Antonio llamaba a Lala la talibana. Carmen pasaba de adorarla a no querer saber nada de ella, pero la defendía a muerte cada vez que liaba alguna. Y a Paula se le partía el alma. Una situación familiar compleja se había complicado aún más con la llegada, unos meses atrás, de aquel cachorro precioso, adorable y juguetón.

Tenía que haberlo pensado antes, tenía que haber escuchado a aquella mujer, la que hacía terapia con perros en el colegio de Lucas, cuando le contó que habían reservado un cachorro de labrador, de la misma raza que los animales que ella empleaba pero negro, en lugar de dorado como los suyos.

«Mis perros vienen de una línea de trabajo muy bien controlada. Y aun así, no todos valen. Y detrás de todos y cada uno de ellos hay muchas horas de trabajo y muchas más mías de formación. Puede que convivir con un perro le venga genial a tu hijo, pero no por tener un labrador va a tener un perro de terapia o asistencia. Y pensad bien que cualquier perro requiere mucho trabajo, hay que educarles y dedicarles tiempo. Necesitamos conocimientos y recursos para darles lo que necesitan y responder a los retos que nos planteen. Los cachorros son, además, especialmente exigentes. Y no se sabe nunca del todo cómo saldrán. ¿No sería mejor que adoptarais uno adulto y tranquilo en alguna protectora? ¿Uno que ya se sepa que tiene buen carácter para que pueda ser un buen perro de familia? Yo puedo acompañaros».

No le había hecho demasiado caso. El cachorro ya estaba encargado en la tienda de mascotas y a todos les hacía mucha ilusión la llegada de aquel peluche. Además, estaba claro que los labradores eran perros muy buenos. Eran los que siempre aparecían trabajando con personas con discapacidad, los que conseguían cosas maravillosas en esos vídeos de internet tan bonitos que la emocionaban casi hasta las lágrimas.

Ahora se arrepentía, y se sentía como en aquel vagón de metro veinticinco años atrás. Petrificada, incapaz de moverse en ninguna dirección.

La cabeza del tren entró en la estación y Paula se acercó a la puerta dispuesta a apretar el pulsador que abría las puertas.

Ya bastantes problemas tenía ella. No podía más. No podía con más. Se habían planteado ir a un adiestrador, pero se informaron un poco y vieron que costaba un dineral y que se requería más tiempo del que tenía. Había sido un error y había que asumirlo. Lala no encajaba con Lucas ni con las necesidades de su familia.

Paula salió al andén. Ella sola. Debería subir las escaleras normales para hacer un poco de ejercicio, pero estaba demasiado cansada, así que se encaramó en las mecánicas y se dejó elevar mientras se colocaba bien la bufanda y se cerraba el abrigo.

Al menos Antonio había asumido las consecuencias de su equivocación. Él se encargaría de solucionarlo. «Yo me encargaré del puto perro», habían sido sus palabras exactas un par de días atrás. Lo haría esa misma mañana, después de dejar a los niños en sus respectivos colegios. La repentina ausencia de Lala no iba a causar problemas con Lucas. Con Carmen iba a ser otro cantar, pero ya lo capearían como pudieran.

Cuando Paula era pequeña también hubo un perro en casa, un mestizo pequeñajo que no paraba de ladrar. Vivió con ellos cuatro años y un día, justo antes de que sus padres iniciaran una reforma en el piso, el animal desapareció. Le dijeron que se lo habían regalado a unos parientes que tenían un chalé con terreno, que estaría mejor con ellos, y jamás volvió a verlo. Nunca supo realmente cómo se encargaron sus padres de Golfo para evitar líos con los vecinos y desperfectos en la vivienda recién arreglada. Tampoco sabía cómo se encargaría Antonio exactamente del «puto perro». Ni lo sabía ni se había atrevido a preguntarlo. Exactamente igual que cuando tenía doce años.

Salió al exterior. Aún era de noche y las calles estaban desiertas. El aire olía a frío, al humo de las calefacciones en funcionamiento y al del tubo de escape de un autobús casi vacío que se alejaba, y a la tierra húmeda de un parque cercano.

Avanzó extrañada. Algo no era como tenía que ser. Algo no iba bien. Nada de lo que la rodeaba le resultaba familiar. ¿Se habría equivocado de parada? Caminó un poco más mirando a derecha e izquierda y luego volvió sobre sus pasos. Estaba empezando a asustarse. Aceleró el paso para llegar cuanto antes a la boca del metro y subsanar su error. Casi corría cuando se detuvo de nuevo. No podía estar tan lejos. Tenía que habérsela pasado. O tal vez se había desorientado y se había lanzado por una calle distinta.

Vio a una mujer caminando por la acera contraria. Ella sabría indicarle dónde estaba la parada de metro. Cruzó la carretera hacia ella.

—Disculpe. Creo que me he perdido. ¿Podría indicarme…?

La mujer le echó un rápido vistazo y siguió su camino, ignorándola. Paula se quedó tan sorprendida por cómo la había mirado, como si fuera algo sucio e irrelevante, que ni siquiera terminó la frase.

Un hombre de unos sesenta años asomó por la esquina de la siguiente bocacalle y Paula se dirigió directamente a él intentando dibujar la mejor de sus sonrisas. Se frenó en seco cuando aquel tipo respondió con una mueca de asco y con un ademán del brazo espantándola, como quien aleja a una mosca molesta. Tras la sorpresa subió por su garganta un sollozo. Estaba sola, perdida en el frío y en la oscuridad en un sitio que le resultaba completamente extraño y nadie parecía dignarse a prestarle ayuda.

El olor a humedad se intensificó. Alzó la vista y sintió en la cara las primeras gotas. Miró a su alrededor y vio un portal que la resguardaría de la lluvia. Se apoyó contra las grandes puertas de madera, conteniendo el llanto.

El móvil. ¡Eso era! Bastaba con mirar Google Maps para saber dónde estaba y cómo llegar al trabajo. O para llamar directamente a Antonio y que fuera a buscarla. Él nunca la abandonaría. Pese a los problemas que pudieran tener, se querían y confiaba en él.

Quiso introducir la mano en el bolso para coger el teléfono y acabar con aquella situación incomprensible y tan dolorosa. Pero no había bolso. No había teléfono.
Miró su mano. Era más oscura de lo que recordaba. ¿O tal vez es que no recordaba bien? Elevó la vista. Los edificios también le resultaron distintos. Más altos tal vez. Estaba confundida. Fue incapaz de hacer nada más que quedarse quieta. Congelada por dentro y por fuera.

Algo sí sabía. Su familia vendría a ayudarla. Solo tenía que esperar y vendrían. Ellos nunca le fallarían.

Su mano… La miró de nuevo y lamió su pelaje húmedo, negro y brillante, sintiendo la rugosidad de los adoquines desiguales bajo sus almohadillas.

Y se tumbó a esperar, junto a la fe y al miedo.

‘Contigo me quedaría’ de Mercedes Alonso, una novela romántica marcada por la defensa de los animales

Contigo me quedaría no es el tipo de libro que yo suelo frecuentar, vaya la verdad por delante. No tengo nada en contra de las novelas eminentemente románticas, no soy de esas que las consideran una segunda división literaria ni mucho menos, pero no son los libros que leo. Me pasa lo mismo con la novela negra, a la que apenas le dedico tiempo.

Yo he escrito ciencia ficción, que para muchos también es equivocadamente un género menor, y soy consciente de que hay gente que no lee jamás novelas como la que yo he parido. Simplemente no todos los géneros ni todos los libros son para todo el mundo, sin más. Igual que con los géneros musicales, y a mí Manolo García (que también protagoniza en cierto modo el libro) me dice poco.

La novela de Mercedes Alonso es romántica y yo me atrevería a decir que casi erótica. Desde luego es una lectura adulta. Su protagonista, una veterinaria en la treintena entregada a su trabajo y a colaborar con protectoras de animales, entabla una relación pasional que deriva en sentimental con un ejecutivo rubio, musculoso y tremendamente atractivo. Y ella, teniendo en cuenta las reacciones  que suscita en los hombres que se cruzan con ella, debe ser el habitual caso de mujer arrebatadora que no sabe que lo es y que apenas dedica tiempo a acicalarse.

Y aquí es cuando encuentro los clichés que funcionan en la novela romántica y que encantarán a los seguidores del género, pero que a mí no me acaban de atrapar. Los protagonistas guaperas cuyos atributos físicos son descritos con frecuencia me hacen desconectar y la sucesión de polvos me aburre pronto. Los enredos y sufrimientos amorosos que se solucionarían fácilmente con un poco de sentido común y evitando dar demasiadas vueltas a las cosas me exasperan más que hacerme empatizar con los protagonistas.

Pero Contigo me quedaría es mucho más que una novela romántica (e insisto que probablemente atrapará a los aficionados al género), para mí tiene el especial mérito, y por eso asoma a este blog, de enmarcar toda la historia  en la defensa de los animales.

La protagonista, veterinaria y activista como os decía, es amiga de la presidenta de una pequeña protectora y colabora con varias entidades. Para ella salvar vidas está por encima de cualquier otra cosa (si hay una urgencia, no pasa nada por ir a una cena de gala tarde y cubierta de pelo y barro), aparecen varios rescates, casos reales y frecuentes de animales atropellados e ignorados, de cachorros en cajas, en bolsas de basura, de intervenciones en las que se requisan decenas de animales en mal estado, de galgos salvados de la muerte en febrero y de que los animales no son un regalo y sí una enorme responsabilidad.  Se recoge incluso el vegetarianismo, aunque sin profundidad y quedándose en lo anecdótico.

En el libro hay muchos nombres reales: de protectoras madrileñas, de trabajadores de esas protectoras, de perros y gatos rescatados… En el libro se respira amor por los animales y se nota que su autora es también una activista, conocedora de la terrible problemática existente en nuestro país.

Cada libro tiene una velocidad de lectura, independientemente de su número de páginas. A  Cormac McCarthy, Irene Nemirovski o E. L. Doctorow se les lee despacio, paladeándolos. A otros como Terry Pratchett o John Irving, por seguir mencionando autores que me gustan mucho, los disfruto a toda máquina.

El estilo de Mercedes Alonso permite una lectura rauda. He terminado sus casi trescientas páginas en unas cuatro horas. Clara y llana, coloquial en los diálogos, se avanza sin pausa por una historia que también va directa al grano en la que también hay relaciones familiares desajustadas y amigos que son familia.

Ojala su fácil lectura y la apasionada historia de amor que encierra atraiga a muchos lectores para mostrarles un poco del universo  de la protección animal, un universo demasiado desconocido salvo para los que han puesto los dos pies en más de una ocasión en alguna protectora.