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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

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4 de octubre, un día para celebrar toda vida animal

Desde 1929 se celebra en todo el mundo, cada cuatro de octubre, el Día del Animal o Día de los Animales. Su origen se vincula al santoral: San Francisco de Asís, el patrono de todos los animales y de aquellas personas (animales también, por cierto) que los defienden.

Hoy 20minutos ha publicado, en su versión impresa y online, un especial que se suma a esta celebración centrándose en los animales domésticos y haciendo hincapié en la responsabilidad que supone abrir la puerta de nuestra hogar a otro ser vivo, perro, gato, hámster o iguana.

La versión impresa la podéis ver aquí. Y los reportajes en su versión online son los siguientes:

Gracias a todos los que han contribuido a la elaboración de este especial, especialmente a la Universidad Juan Carlos I que permitió que mis perras entraran en una de las clases de la profesora Nuria Máximo para ilustrar el reportaje sobre la Cátedra de Investigación Animales y Sociedad que allí albergan; a la Guardia Civil que nos abrió las puertas y fueron todo amabilidad; a La Madriguera y a los veterinarios especializados en exóticos que nos atendieron para explicar que no hay vida pequeña o menor; también a los retratistas animales Fotopets, que nos cedieron cuatro fotografías para que los animales que ilustrasen el especial no fueran modelos anónimos de un banco de recursos fotográficos.

Dos de ellos, Dallas y Athan, buscan su segunda oportunidad desde esas páginas, os dejo con las fotos de Fotopets y lo que me contaron sobre ellos.

Dallas, de la Asociación APAMAG, es un perro setter buenísimo y súper guapo que inexplicablemente sigue esperando una adopción y lleva así más de un año. El pobre es un animal que necesita deporte pues tiene mucha energía, y ahora mismo está en una casa de acogida que lo cuidan estupendamente pero se le nota que necesita estabilidad y alguien que le de lo que necesita.

El gato es Athan, un cachorrillo que está al cuidado de un hogar para gatos “especiales” que se llama EL RINCÓN DE SELINA, si no lo conoces, te recomiendo que los sigas en Facebook. Se dedican a rescatar y sacar adelante gatos con minusvalías severas o cuadros clínicos complicados. Athan, fue rescatado en Sevilla con un cuadro de desnutrición brutal, que apenas le dejaba andar. Cuando me lo trajeron al estudio para fotografiarle ya estaba recuperado, alucinante lo que hace esta gente.

Hay mas animales necesitados de ayuda que capacidad en las protectoras para ayudar

Hay mas animales necesitados de ayuda que capacidad en las protectoras para ayudar. Es una realidad que se intensifica en determinadas regiones de España.

En las protectoras se dejan la piel amantes de los animales, que muchas veces tienen que cerrar las puertas a animales que necesitan ayuda, con el dolor que eso les supone, porque si abarcan más de lo que alcanzan pueden poner en peligro a los animales que ya están dentro, mermar su bienestar hasta límites inaceptables, incluso a la viabilidad de la protectora.

El recurso y el espacio son finitos. El dolor que se siente al decir que no, con frecuencia parece justo lo contrario. La resiliencia que necesitan los voluntarios de las protectoras que quieren hacer las cosas bien también es finita.

Ellos conocen lo que es estar en el fango, encontrarse con que no salen las cuentas, le faltan horas a los días…claro que a veces pueden equivocarse, pero lo último que necesitan los animales necesitados, tanto los de dentro de la protectora como los que se han quedado fuera, es que a los que están en primera línea queriendo hacerlo bien pese a lo que les pide el corazón se les pongan palos en las ruedas.

Al que hace lo que puede, no se le puede pedir más.

Me escriben desde la protectora de Jaca pidiendo que comparta un texto que han escrito y que está relacionado con todo lo que os cuento. Ya no les caben más gatos, ya no pueden asumir el cuidado de más, a menos que aumenten las adopciones y las casas de acogida.

Con él os dejo:

Todas las protectoras de animales recibimos a diario avisos de casos de abandono y maltrato, algunos de ellos especialmente estremecedores. Es la lamentable situación que vivimos en nuestro país, donde el respeto a los animales está lejos de ser una realidad generalizada.

Esta situación hace que las protectoras estemos permanentemente desbordadas: desbordadas de pena, de tristeza, de frustración y desesperación. Aún así, seguimos en nuestro empeño y podríamos con ello, si no fuera porque también estamos desbordadas de animales donde no hay físicamente más espacio para acogerlos. Y es que, por razones legales, pero también humanitarias, de bienestar animal y de las que estamos plenamente convencidos, no podemos “hacinar” a los animales en nuestras instalaciones ni en cualquier otro lugar; no podemos dar entrada a animales sin pasar una cuarentena estricta para descartar infecciosas que puedan poner en riesgo a los que ya están dentro y sanos; no podemos saltarnos protocolos veterinarios… No podemos, por mucha pena, tristeza, frustración y desesperación que debemos tragarnos y llevamos dentro.

Todas las protectoras y personas que, de una manera seria y consciente, trabajan en protección animal, saben lo difícil que es vivir con esta situación.

No estamos hablando del caso de la Protectora de Jaca, sino de la realidad de tantas y tantas protectoras en España. Contamos con algunas casas de acogida ocupadas ya; contamos a menudo con personas que acogen animales encontrados hasta que la protectora tiene la posibilidad de darles entrada en el centro o encuentra una adopción…

Por suerte, contamos con esta comprensión y colaboración muchas veces. Pero no siempre. Si es duro tener que decir que no podemos dar entradas, a ello se suma la falta de comprensión de muchos que consideran que la negativa pueda deberse a un capricho. No: las protectoras tratamos de hacer el máximo posible con los recursos disponibles.

Así ocurre ahora en la Protectora de Jaca: no tenemos espacio para acoger más gatos. En tanto que esta situación no avance, actualmente nos encontramos con la entrada de felinos bloqueada, por lo que solo podemos difundir desde nuestras redes sociales.

El trabajo en protección animal es fundamentalmente corazón, pero es necesaria también la cabeza. Rescatar y salvar animales es nuestra actividad fundamental, pero la conciencia social debe crecer y una protectora no puede llegar a todos los casos: es necesaria la implicación y empatía de todos. Así que hacemos un llamamiento a vuestra colaboración: adopta, acoge, apadrina, difunde, asóciate… Ayúdanos a ayudarlos.


Los gatos que veis en las imágenes están en adopción en la protectora de Jaca.

Contacto: 636651600 adopcion@protectora-jaca.org

Los perros PPP solo pueden pisar Illescas de madrugada por una ordenanza cuyo origen el ayuntamiento dice desconocer

En Illescas, un municipio de Toledo con más de 26.000 habitantes, hay una ordenanza municipal absurda que prohíbe que los perros de razas consideradas por una ley bastante mal parida considera como potencialmente peligrosas paseen por sus calles, una ordenanza que excede con mucho la establecida a nivel nacional de emplear bozal, correa corta y llevar identificación.

La ordenanza dicta que:

No podrán circular en las inmediaciones de parques, jardines públicos, centros escolares, recreativos, deportivos y en general en zonas públicas con tránsito intenso de personas entre las 7.00 h. y las 22.00 h.

Tal y como está redactada me queda la duda de si la estoy interpretando bien, pero parece indicar que solo puedes salir con ellos de casa cuando es noche cerrada. Lo mismo la restricción horaria hace referencia solo a las zonas públicas con tránsito intenso. Un sinsentido en cualquier caso.

Dado el revuelo que se ha montado, el ayuntamiento ha decidido reaccionar. ¿Cómo? Pues reconociendo que “desconoce su origen” y parece que invocando al fantasma de la herencia recibida, porque ellos no han “creado ni modificado ninguna ordenanza actualmente”.

Podría parecer una respuesta de El Mundo Today, pero no lo es. Y da una pista sobre la ensalada de ordenanzas municipales (no solo referidas a los animales), que campan por España siendo inaplicables y habiendo sido redactadas por gente que, o bien presta muy poca atención a lo que se trae entre manos, o bien carece de toda preparación para llevar a cabo esa labor.

Hay más. Desde el Facebook del consistorio dicen que la ordenanza se aprobó en el 2002 y desde entonces no se ha tocado ni modificado. Pero en el mismo enlace que facilitan se ve que dicha ordenanza fue modificada con posterioridad en dos ocasiones  en 2004 y en 2011, sin que aparentemente nadie del consistorio se diera cuenta de que estaba redactada de tal manera que proscribía estas razas del término municipal.

 

Sigamos, porque no acaba aquí. El alcalde actual es José Manuel Tofiño, del PSOE. Casualmente el mismo que estaba al mando en 2002, cuando se aprobó la ordenanza. Y lo estuvo hasta 2011. Ejem…

Si no sabían, y no se hacen responsables, al menos están a tiempo de meter mano a la ordenanza y adecuarla a la generalidad y a la lógica. Espero que así sea.

Lo mismo también tienen que plantearse revisar despacito todo el resto de ordenanzas que acumulan, que, visto lo visto,  lo mismo viene bien un cambio de armario legislativo en ese municipio.

Ya tenemos un carajal importante en España de leyes relacionadas con la tenencia de los animales teniendo únicamente en cuenta las normativas autonómicas. Es cierto que es necesario que los municipios legislen al respecto, pero, por favor, cuando toque hacerlo mejor evitar ponerse creativos y dejarse asesorar por expertos  en su redacción.  Porque acumular leyes imposibles de hacer cumplir que acaban escondidas es algo a lo que deberíamos poner coto, y porque los que tenemos animales necesitamos cierta cordura legislativa a nivel nacional para saber a qué atenernos cuando viajamos por España.

 

La defensa de los animales está presente en el libro ‘Vástagos’, con el relato ‘Lala’

La publicación de hoy se sale bastante de la norma del blog, aunque cierto es que hay un animal abandonado. Lo que hoy os traigo es un relato en el que quise afrontar el reto de aunar protección animal, maternidad, autismo y un elemento fantástico o de ciencia ficción, los temas sobre los que suele orbitar todo lo que escribo, sea o no ficción.

El relato se llama Lala y nació gracias a una propuesta de Next Door Publisher, de hecho es el que abre su libro recopilatorio de diez relatos Vástagos, un libro creado con mimo y cuya lectura os recomiendo. Resulta sorprendente comprobar como las diez autoras tenemos tanto en común y a la vez hemos traído al mundo una colección de relatos tan diversa.

Las otras escritoras de Vástagos, y estar en su compañía es todo un honor, son Carmen Agustín, Lía Álvarez, Deborah García, Catalina González, Clara Grima, María José Mas, Helena Matute, Angélica Pérez y Ana Ribera.

El libro, con diez ilustraciones de Mónica Lalanda (podéis ver en este post la que creó para Lala), cuesta 15 euros. El prólogo es de Paloma Bravo y también lo tenéis disponible para su lectura.

Os animo a darle una oportunidad, porque es una delicia.

Y ya sin más, os dejo con mi relato. Ojalá disfrutéis con su lectura tanto como yo lo hice escribiéndolo:

LALA

Eligió el asiento situado junto a la puerta y se sentó con el bolso sobre el regazo. La mujer sentada a su lado derecho estaba atenta a su móvil y no se molestó en retirar su abrigo, así que Paula se colocó encima. La única ventaja que era capaz de encontrar al hecho de tener que levantarse a las cinco de la mañana para entrar a las seis a trabajar era poder elegir dónde sentarse en el metro. Cuando entraba a las nueve era un milagro el simple hecho de encontrar una superficie vertical en la que apoyar el culo para no encontrarse con respiraciones sospechosas en el cuello.

Paula se estremeció con disgusto al recordar aquella vez, camino de la universidad, en la que un chaval de su edad había permanecido todo el trayecto, unas cuatro paradas, pegado a su espalda. Sus manos nunca llegaron a tocarla, el roce de su cuerpo no fue mayor que el de otras aglomeraciones a hora punta, pero su aliento cada vez más agitado en su cuello, era algo que jamás olvidaría. La toma de conciencia de la excitación ajena y no consentida la paralizó. Fue incapaz de hacer nada más que quedarse quieta, viendo cómo la gente iba abandonando el vagón y aquel chico no se separaba de ella pese a que había más espacio. Al llegar a su parada volvió a recuperar el control de su cuerpo y salió de allí, arrepentida de no haberse apartado antes, de no haber dicho nada, de no haberle puesto en evidencia, de no haber interpretado mejor la situación y reaccionado en consecuencia a tiempo, de haberse dejado hacer sin más.

El vagón vacío era la única ventaja de aquel horario que se veía obligada a cumplir hasta que Marta regresara de sus vacaciones. Sí, llegaba antes a casa. A priori podía parecer también ventajoso, pero la realidad era otra. Llegaba antes pero para realizar el resto de sus obligaciones: hacer compra, preparar comidas, bregar con Carmen, con Lucas, y ahora, con Lala. Llegaba antes y más cansada. Se hacía de noche, los niños se acostaban a la misma hora y ella también. Exhausta, de peor humor, temiendo el momento en que sonase el despertador a la mañana siguiente.

La mujer se levantó y sacó a Paula de sus reflexiones y al extremo de su abrigo color camel de debajo de Paula. Su parada era la próxima, así que ella también se puso en pie, bien sujeta a la barra, en cuanto el tren volvió a ponerse en marcha.

Ocho horas pasaban volando. A las tres de la tarde estaría de nuevo inmersa en la locura. Una locura que la rebasaba desde la llegada de Lala.

Incorporar a Lala a la familia había parecido una buena idea. Todos la habían recibido con entusiasmo. Durante un breve período de tiempo había llenado su hogar de alegría. La obsesión de Carmen con Abraham Mateo y el móvil parecía haber remitido, volvía a jugar y a reír como la niña pequeña que era hace no tanto y se sumaba con gusto a los paseos familiares. Antonio volvía antes del trabajo, sonreía más y planificaba excursiones por la sierra que podrían hacer todos juntos cuando Lala creciera un poco, recordando el tiempo en el que era un joven vigoroso que escalaba y recorría la montaña todos los fines de semana, antes de que una capa de grasa y otra de rutina le transformaran. Lucas no hacía demasiado caso a Lala, se limitaba a mirarla de soslayo, con interés y, a veces, la sombra de una sonrisa que a Paula le daba a entender que habían hecho bien, que Lalita le vendría bien a Lucas, que le ayudaría. A fin de cuentas, Lala había entrado en casa por Lucas. Incluso debía su nombre a una de las pocas sílabas que su hijo sabía pronunciar.

En apenas tres meses la situación había cambiado bastante. Carmen seguía dedicando ratitos puntuales a Lala, pero había vuelto a su móvil y su música, a pegar portazos, estar de morros y dar malas contestaciones. Antonio ya no hablaba de parajes escondidos y torcía el gesto cada noche que le tocaba hacerse cargo de ella o ante cualquier estropicio que hubiera protagonizado, por pequeño que fuese.

Con Lucas la cosa era aún peor. Había pasado de no hacerle prácticamente caso a volverla loca con sus reacciones. Se acercaba corriendo y le chillaba en la oreja, o la sacudía para despertarla cuando la veía dormir. La tocaba en los lugares menos indicados y con demasiada fuerza.

Lucas tenía ocho años, el pelo muy negro y autismo. No hablaba apenas. «Agua», «pan», «hola», «adiós» y poco más. Iba a un colegio especial desde las nueve hasta las cinco y media de la tarde y era muy inquieto. En casa era raro verle sentado tranquilo en el sofá, no paraba de moverse. Se subía a la estantería del salón, saltaba frente a la puerta de cristal de la terraza, ponía las manos sobre la tele, corría por el pasillo ululando, se lanzaba sobre el sofá, abría el grifo de la cocina riendo y vuelta a empezar. Lala formaba ahora parte de esa yincana.

Y la pobre Lala se ponía histérica. Lo mismo le huía que corría tras él. Se enfadaba, lloraba, se sobreexcitaba… y todo esto se traducía en que no había forma de educarla.

Lala era el equivalente a una adolescente, con el pelo muy negro y demasiada energía. Era alegría pura y todo lo que había a su alcance era un juguete. Ya había destrozado tres cojines, cinco zapatos de diferente tipo, dos peluches y una columna decorativa que había en el salón. Había hecho desaparecer el yeso hasta llegar al encofrado. Aún se le escapaba el pis en casa y por mucho que habían intentado enseñarle a hacerlo en la cocina, ella había elegido para depositar sus charcos de orina un rincón del salón en el que el parqué ya estaba negro y levantándose.

La presencia de una no beneficiaba al otro. Justo al contrario, se estaban perjudicando. Y no solo entre ellos. En casa se había incrementado el número y volumen de los gritos, de las lágrimas, de los silencios hoscos. Antonio llamaba a Lala la talibana. Carmen pasaba de adorarla a no querer saber nada de ella, pero la defendía a muerte cada vez que liaba alguna. Y a Paula se le partía el alma. Una situación familiar compleja se había complicado aún más con la llegada, unos meses atrás, de aquel cachorro precioso, adorable y juguetón.

Tenía que haberlo pensado antes, tenía que haber escuchado a aquella mujer, la que hacía terapia con perros en el colegio de Lucas, cuando le contó que habían reservado un cachorro de labrador, de la misma raza que los animales que ella empleaba pero negro, en lugar de dorado como los suyos.

«Mis perros vienen de una línea de trabajo muy bien controlada. Y aun así, no todos valen. Y detrás de todos y cada uno de ellos hay muchas horas de trabajo y muchas más mías de formación. Puede que convivir con un perro le venga genial a tu hijo, pero no por tener un labrador va a tener un perro de terapia o asistencia. Y pensad bien que cualquier perro requiere mucho trabajo, hay que educarles y dedicarles tiempo. Necesitamos conocimientos y recursos para darles lo que necesitan y responder a los retos que nos planteen. Los cachorros son, además, especialmente exigentes. Y no se sabe nunca del todo cómo saldrán. ¿No sería mejor que adoptarais uno adulto y tranquilo en alguna protectora? ¿Uno que ya se sepa que tiene buen carácter para que pueda ser un buen perro de familia? Yo puedo acompañaros».

No le había hecho demasiado caso. El cachorro ya estaba encargado en la tienda de mascotas y a todos les hacía mucha ilusión la llegada de aquel peluche. Además, estaba claro que los labradores eran perros muy buenos. Eran los que siempre aparecían trabajando con personas con discapacidad, los que conseguían cosas maravillosas en esos vídeos de internet tan bonitos que la emocionaban casi hasta las lágrimas.

Ahora se arrepentía, y se sentía como en aquel vagón de metro veinticinco años atrás. Petrificada, incapaz de moverse en ninguna dirección.

La cabeza del tren entró en la estación y Paula se acercó a la puerta dispuesta a apretar el pulsador que abría las puertas.

Ya bastantes problemas tenía ella. No podía más. No podía con más. Se habían planteado ir a un adiestrador, pero se informaron un poco y vieron que costaba un dineral y que se requería más tiempo del que tenía. Había sido un error y había que asumirlo. Lala no encajaba con Lucas ni con las necesidades de su familia.

Paula salió al andén. Ella sola. Debería subir las escaleras normales para hacer un poco de ejercicio, pero estaba demasiado cansada, así que se encaramó en las mecánicas y se dejó elevar mientras se colocaba bien la bufanda y se cerraba el abrigo.

Al menos Antonio había asumido las consecuencias de su equivocación. Él se encargaría de solucionarlo. «Yo me encargaré del puto perro», habían sido sus palabras exactas un par de días atrás. Lo haría esa misma mañana, después de dejar a los niños en sus respectivos colegios. La repentina ausencia de Lala no iba a causar problemas con Lucas. Con Carmen iba a ser otro cantar, pero ya lo capearían como pudieran.

Cuando Paula era pequeña también hubo un perro en casa, un mestizo pequeñajo que no paraba de ladrar. Vivió con ellos cuatro años y un día, justo antes de que sus padres iniciaran una reforma en el piso, el animal desapareció. Le dijeron que se lo habían regalado a unos parientes que tenían un chalé con terreno, que estaría mejor con ellos, y jamás volvió a verlo. Nunca supo realmente cómo se encargaron sus padres de Golfo para evitar líos con los vecinos y desperfectos en la vivienda recién arreglada. Tampoco sabía cómo se encargaría Antonio exactamente del «puto perro». Ni lo sabía ni se había atrevido a preguntarlo. Exactamente igual que cuando tenía doce años.

Salió al exterior. Aún era de noche y las calles estaban desiertas. El aire olía a frío, al humo de las calefacciones en funcionamiento y al del tubo de escape de un autobús casi vacío que se alejaba, y a la tierra húmeda de un parque cercano.

Avanzó extrañada. Algo no era como tenía que ser. Algo no iba bien. Nada de lo que la rodeaba le resultaba familiar. ¿Se habría equivocado de parada? Caminó un poco más mirando a derecha e izquierda y luego volvió sobre sus pasos. Estaba empezando a asustarse. Aceleró el paso para llegar cuanto antes a la boca del metro y subsanar su error. Casi corría cuando se detuvo de nuevo. No podía estar tan lejos. Tenía que habérsela pasado. O tal vez se había desorientado y se había lanzado por una calle distinta.

Vio a una mujer caminando por la acera contraria. Ella sabría indicarle dónde estaba la parada de metro. Cruzó la carretera hacia ella.

—Disculpe. Creo que me he perdido. ¿Podría indicarme…?

La mujer le echó un rápido vistazo y siguió su camino, ignorándola. Paula se quedó tan sorprendida por cómo la había mirado, como si fuera algo sucio e irrelevante, que ni siquiera terminó la frase.

Un hombre de unos sesenta años asomó por la esquina de la siguiente bocacalle y Paula se dirigió directamente a él intentando dibujar la mejor de sus sonrisas. Se frenó en seco cuando aquel tipo respondió con una mueca de asco y con un ademán del brazo espantándola, como quien aleja a una mosca molesta. Tras la sorpresa subió por su garganta un sollozo. Estaba sola, perdida en el frío y en la oscuridad en un sitio que le resultaba completamente extraño y nadie parecía dignarse a prestarle ayuda.

El olor a humedad se intensificó. Alzó la vista y sintió en la cara las primeras gotas. Miró a su alrededor y vio un portal que la resguardaría de la lluvia. Se apoyó contra las grandes puertas de madera, conteniendo el llanto.

El móvil. ¡Eso era! Bastaba con mirar Google Maps para saber dónde estaba y cómo llegar al trabajo. O para llamar directamente a Antonio y que fuera a buscarla. Él nunca la abandonaría. Pese a los problemas que pudieran tener, se querían y confiaba en él.

Quiso introducir la mano en el bolso para coger el teléfono y acabar con aquella situación incomprensible y tan dolorosa. Pero no había bolso. No había teléfono.
Miró su mano. Era más oscura de lo que recordaba. ¿O tal vez es que no recordaba bien? Elevó la vista. Los edificios también le resultaron distintos. Más altos tal vez. Estaba confundida. Fue incapaz de hacer nada más que quedarse quieta. Congelada por dentro y por fuera.

Algo sí sabía. Su familia vendría a ayudarla. Solo tenía que esperar y vendrían. Ellos nunca le fallarían.

Su mano… La miró de nuevo y lamió su pelaje húmedo, negro y brillante, sintiendo la rugosidad de los adoquines desiguales bajo sus almohadillas.

Y se tumbó a esperar, junto a la fe y al miedo.

‘Contigo me quedaría’ de Mercedes Alonso, una novela romántica marcada por la defensa de los animales

Contigo me quedaría no es el tipo de libro que yo suelo frecuentar, vaya la verdad por delante. No tengo nada en contra de las novelas eminentemente románticas, no soy de esas que las consideran una segunda división literaria ni mucho menos, pero no son los libros que leo. Me pasa lo mismo con la novela negra, a la que apenas le dedico tiempo.

Yo he escrito ciencia ficción, que para muchos también es equivocadamente un género menor, y soy consciente de que hay gente que no lee jamás novelas como la que yo he parido. Simplemente no todos los géneros ni todos los libros son para todo el mundo, sin más. Igual que con los géneros musicales, y a mí Manolo García (que también protagoniza en cierto modo el libro) me dice poco.

La novela de Mercedes Alonso es romántica y yo me atrevería a decir que casi erótica. Desde luego es una lectura adulta. Su protagonista, una veterinaria en la treintena entregada a su trabajo y a colaborar con protectoras de animales, entabla una relación pasional que deriva en sentimental con un ejecutivo rubio, musculoso y tremendamente atractivo. Y ella, teniendo en cuenta las reacciones  que suscita en los hombres que se cruzan con ella, debe ser el habitual caso de mujer arrebatadora que no sabe que lo es y que apenas dedica tiempo a acicalarse.

Y aquí es cuando encuentro los clichés que funcionan en la novela romántica y que encantarán a los seguidores del género, pero que a mí no me acaban de atrapar. Los protagonistas guaperas cuyos atributos físicos son descritos con frecuencia me hacen desconectar y la sucesión de polvos me aburre pronto. Los enredos y sufrimientos amorosos que se solucionarían fácilmente con un poco de sentido común y evitando dar demasiadas vueltas a las cosas me exasperan más que hacerme empatizar con los protagonistas.

Pero Contigo me quedaría es mucho más que una novela romántica (e insisto que probablemente atrapará a los aficionados al género), para mí tiene el especial mérito, y por eso asoma a este blog, de enmarcar toda la historia  en la defensa de los animales.

La protagonista, veterinaria y activista como os decía, es amiga de la presidenta de una pequeña protectora y colabora con varias entidades. Para ella salvar vidas está por encima de cualquier otra cosa (si hay una urgencia, no pasa nada por ir a una cena de gala tarde y cubierta de pelo y barro), aparecen varios rescates, casos reales y frecuentes de animales atropellados e ignorados, de cachorros en cajas, en bolsas de basura, de intervenciones en las que se requisan decenas de animales en mal estado, de galgos salvados de la muerte en febrero y de que los animales no son un regalo y sí una enorme responsabilidad.  Se recoge incluso el vegetarianismo, aunque sin profundidad y quedándose en lo anecdótico.

En el libro hay muchos nombres reales: de protectoras madrileñas, de trabajadores de esas protectoras, de perros y gatos rescatados… En el libro se respira amor por los animales y se nota que su autora es también una activista, conocedora de la terrible problemática existente en nuestro país.

Cada libro tiene una velocidad de lectura, independientemente de su número de páginas. A  Cormac McCarthy, Irene Nemirovski o E. L. Doctorow se les lee despacio, paladeándolos. A otros como Terry Pratchett o John Irving, por seguir mencionando autores que me gustan mucho, los disfruto a toda máquina.

El estilo de Mercedes Alonso permite una lectura rauda. He terminado sus casi trescientas páginas en unas cuatro horas. Clara y llana, coloquial en los diálogos, se avanza sin pausa por una historia que también va directa al grano en la que también hay relaciones familiares desajustadas y amigos que son familia.

Ojala su fácil lectura y la apasionada historia de amor que encierra atraiga a muchos lectores para mostrarles un poco del universo  de la protección animal, un universo demasiado desconocido salvo para los que han puesto los dos pies en más de una ocasión en alguna protectora.

 

“Romy ha vivido una vida larga y feliz con nosotros hasta el final”

Yo conocí a Romy como en la imagen, con la carita blanca por los muchos años y muy frágil, poco más que piel y huesos, por su delicado estado de salud.

Era delicada en apariencia y en modos, no buscaba insistentemente las caricias como otros perros de su manada, pero se la veía tranquila y feliz. Una viejita digna y satisfecha.

Durante estas vacaciones he sabido que Romy ha muerto, que la próxima vez que franquee las puertas de su hogar echaré de menos su presencia de bailarina guardiana.

Su familia aún la llora. El peaje obligado de los que queremos compartir nuestra vida con animales.

Estos días estoy en Bretaña, una tierra verde y mágica en la que abundan los megalitos, piedras enormes de hace miles de años que, con diferentes disposiciones, suponen una memoria de los muertos.

A los hombres siempre nos han aliviado los rituales. Desde siempre nos ha consolado rendir un homenaje, más o menos duradero, a los seres queridos que nos han dejado. Cuando la muerte llega a día de hoy a un animal que era un miembro de nuestra familia, estamos huérfanos de rituales. De alivio por tanto.

Muchos nos creamos los nuestros. Conozco lugar apartado que suele ser lugar de paseos perrunos en el que he visto varias veces flores en árboles en honor de perros, hay joyas que nos los recuerdan, esparcimos o enterramos sus cenizas en sus lugares favoritos, surgen los cementerios de mascotas… pero creo que lo más frecuente en este siglo XXI es escribir recordándoles con alguna foto en nuestras redes sociales.

Sí, Facebook, Instagram… son en cierto modo el lugar en el que buscamos y hallamos algo de consuelo.

A mí me gusta recordarles escribiendo en este blog, rememorar cómo eran, la luz que aportaron a nuestras vida, dejar una pequeña constancia de su paso por este mundo.

María José Rodríguez, ente otras muchas cosas autora del precioso cuento Galgui, relacionado con la protección animal, es como yo y escribió en su muro esta hermosa despedida a su Romy.

Descansa siempre en paz, dulce pequeña.

La llamamos Romy por el personaje de ‘La Vuelta al Mundo en Ochenta Días’, un personaje valiente y dulce, como nuestra Romy. Aunque cuando llegó a casa ya tenía 6 años y algo de miedo.

Según llegó, a Porthos le faltó tiempo para ir a por ella y ladrarla en el mismo pasillo de la entrada. Ella ni se inmutó, le lanzó un ladrido que le dejó firme, asustado y gimiendo. Yo, por supuesto, me asusté y los separé, llamé a Rafa, le conté lo que había pasado, le expresé mi temor de que no se llevaran bien (circunstancia que no habíamos previsto) y de que ella le hiciera daño a él. Le dije que tuviera en cuenta la posibilidad de devolverla… Así llegó Romy a casa. Mientras hablaba con Rafa ella seguía en el pasillo, esperando pacientemente. Me tranquilicé e intenté un nuevo acercamiento entre ellos. Esta vez Porthos se dejó de tonterías y no la volvió a ladrar, se olisquearon y fue como si no hubiera pasado nada. Quedó claro en ese momento que Romy era la líder, pero una líder tranquila, dulce, que vivía y dejaba vivir pero que se impondría si era necesario, y solo si era necesario.

Romy decidió que su hogar serían los sofás. No se bajaba de ellos, y si se movía era para saltar de un sofá a otro sin pisar el suelo. Para comer había que llevarle la comida y salir del salón, entonces sabíamos que bajaba porque la comida desaparecía. Le costó alrededor de un mes empezar a bajar cuando nosotros andábamos por allí y decidirse a explorar otras habitaciones, tímidamente y mirándonos con sus grandes ojos marrones, tan expresivos siempre. Tengo una foto de ella de aquella época, sentada en el sofá de tal manera que parecía una estrella de Hollywood posando. Ella era así: dulce, elegante, expresiva. Brillaba con luz propia, aunque no era una luz estridente, sino discreta y cálida, que sabes que está ahí y te reconforta el corazón.

Romy vino de acogida, y yo empecé a difundirla diligentemente. Poco más de un mes después de su llegada, la quisieron adoptar desde Mallorca. Leí ese mail en el trabajo y quise alegrarme, pero tuve que irme al baño precipitadamente para echarme a llorar. Quedó entonces claro que ya tenía un hogar definitivo con nosotros. Ella estaba prendada de algún modo de Rafa, mientras que Porthos estaba (y está) siempre pendiente de mí (incluso ahora, que viene a lamerme sin razón aparente, sabiendo que algo pasa). Así que decidimos que sería como adoptar una perrita para Rafa, teniendo yo a un perrito fiel en Porthos.

Romy tardó varios meses en coger confianza del todo. Cuando hacíamos alguna fiesta en casa con los amigos, ella se iba a nuestra cama buscando tranquilidad y se hacía rosca entre los cojines. Entonces siempre iba algún amigo a acariciarla, nos juntábamos varios más y nos liábamos a charlar allí, con ella en medio, mirándonos como diciendo “Pero hombre, ¡que yo quería estar sola!”. Este tratamiento de choque parece que le vino bien, y fue perdiendo el miedo poco a poco, e incluso aparecía para saludar a todo el que venía a casa.

Romy tenía carácter con cualquier perro que no fuera de su manada, es decir, con cualquier perro que no paseara con ella (por lo tanto, que no fueran Porthos, Bilbo, Indy, Fran, Tot, Coral, Ágatha, Mimosín, Berto… cualquiera que no fuera de los que estuvieron en casa de acogida). Eso implicaba que cada vez que nos cruzábamos con otro perro, ella se tiraba hacia él y le ladraba como si se lo fuera a comer. Sí, Romy, la misma que en casa se hacía rosca y no se movía de posición en horas. Aunque curiosamente respetaba a todos los perros (y gatos) que llegaban a casa de acogida. Sólo se enfrentaba a los perros de la calle.

La actitud de Romy era curiosa, porque sin ser especialmente cariñosa ( prefería dormir en su camita en el salón en vez de en nuestra habitación como los otros, y no la gustaba que la cogieran en brazos), ella tenía claro a quién quería proteger; sospecho que dormía en el salón, en la cama que tenía frente al pasillo de entrada a nuestro piso, para vigilar la puerta. Como si sintiera el deseo de protegernos. Cuando los niños eran pequeños e iban en el carrito, nos sorprendía poniéndose junto al carrito si nos alejábamos de él un poco. Nadie se lo había pedido, nadie le había enseñado nada de esto. Pero Romy parecía tener las cosas muy claras. Y estaba claro que estaba pendiente de nosotros aunque nunca se hiciera notar por su especial timidez.

Hace más de tres años y medio la detectaron una leucemia. De ahí la delgadez que había empezado a mostrar. La empezamos a tratar y nos dió un susto enorme: parece que sin querer uno de los ciclos de quimio coincidió con una infección intestinal, que le provocó una diarrea a ella y a Porthos. A Porthos se le pasó sin complicaciones, pero seguramente debido a la quimio ella estaba baja de defensas y la diarrea pasó a mayores, mientras nosotros estábamos liados en una de las maratones benéficas de juegos de mesa. No nos percatamos de la gravedad hasta que casi fue demasiado tarde: la diarrea le había provocado una deshidratación grave y ésta un fallo renal agudo. Se había escondido debajo de la mesa de la cocina. Jamás había mostrado interés por ese rincón. Jamás. Cuando la ví supe que se había escondido para morir. Salimos corriendo al veterinario y pudieron salvarla, aunque estuvo muchos días ingresada y salió con una insuficiencia renal. Después de aquello ella se recuperó bien e incluso cambiamos de quimio a una que le funcionó perfectamente y que nos ha evitado sustos posteriores. Y nosotros nos esforzamos por hacerla feliz. Y hemos vivido muchos momentos dulces con ella, quizás de forma más consciente, no tan rutinaria, precisamente por el miedo a perderla pronto.

Nos hicimos fotos con ella, los niños y nuestros otros perros en un estudio fotográfico. Fue complicado (de todos, niños y perros, el único que sabe posar y lo hace fenomenal, es Porthos), pero conseguimos nuestras fotos. Fotos que yo sabía que serían útiles más adelante. Fotos que yo sabía que las iba a necesitar en estos momentos.

Creo que lo que con más intensidad recordaré siempre de ella será su ronroneo y su rabito alocado y tamborilero, que aparecieron pocos meses tras adoptarla, una vez ella perdió el miedo. A Romy le gustaba ser acariciada en el cuello, y entonces comenzaba a ronronear. Estaba claro que con ese sonido más propio de gatos que de perros Romy expresaba un gran placer. Había que verla, apretando su carita contra la mano y ronroneando sin parar. Ella era feliz y a nosotros nos hacía feliz verla así.

¡Y su rabito!. Te levantabas por la mañana y te dirigías hacia el salón, y enseguida escuchabas un “tap, tap, tap, tap, tap…”. Era Romy, que desde su camita nos saludaba moviendo entusiasmada su rabito, y éste chocaba contra la tela de la cama. Se convirtió en un sonido familiar, lleno de connotaciones dulces. El sonido de una vida alegre y apacible, el “buenos días” de nuestra bonita.

Hace pocos días escribí un tweet: “Romy, 16 años. #VacacionesConAnimales se puede”. En parte para mostrar que no es necesario abandonar a tus animales en vacaciones, diciéndolo de otra manera. En parte para presumir de mi pequeña, estaba orgullosa de ella, de su fortaleza, de su vida larga y aún muy placentera: la leucemia estaba controlada, las insuficiencias renales y hepáticas también, ella seguía tirando en el paseo y siendo la que abría la marcha, seguía pidiendo chuches con ojos grandes e incansable, seguía comiendo bien y haciendo su vida normal… algo despistada últimamente, pero sería la edad, claro. Y era la edad. La edad que le había provocado un tumor cerebral no detectado y que hizo que, tras una mañana alegre, en el chalet de los padres de Rafa, disfrutando del verde, de abrazos y caricias también de los tíos Marina e Íñigo, se derrumbara de repente en un ataque epiléptico del que ya no despertó.

Llevaba ya tiempo incluyendo una frase en mis oraciones: “Que cuando se tengan que ir lo hagan sin miedo, sin dolor, sin sufrir”. Bueno, según nos decían los veterinarios, ella no se enteró de nada: su cerebro desconectó en el momento del ataque, y siguió desconectado después de empezarle la medicación contra el dolor y las convulsiones. Siguió desconectado hasta que se fue, con nosotros alrededor tratando de transmitirla todo lo que la queríamos. Fue feliz hasta el final, y después se fue sin darse cuenta, mis oraciones habían sido escuchadas y se lo agradezco a Dios, aunque nosotros estábamos devastados.

En todo caso, no quiero terminar este texto con la noticia “Romy se ha ido de repente y nos ha roto el corazón”. Si no con la noticia “Romy ha vivido una vida larga y feliz con nosotros hasta el final”.

Sin embargo, soy sincera conmigo misma: aún nos llevará unos días asumir la segunda frase. Es normal, no todas las lágrimas son malas. Las nuestras demuestran nuestro amor por ella. Aún nos llevará un tiempo dejar de llorarla y quedarnos sólo con todos los momentos felices que ella nos dió. Aún nos llevará un tiempo.

Espéranos Romy, en esos verdes prados bajo un cielo azul eterno, moviendo incansable tu rabito, sentada como una estrella de Hollywood hasta que podamos volver a reencontrarnos y compartir, otra vez, una vida feliz. Te queremos bonita, y siempre lo haremos.

‘Conducta animal’, una película animalista en cocina, con Lluvia Rojo y Adrián Lastra

No sé mucho de este proyecto cinematográfico, lo confieso. En parte porque aún anda en cocina (vegana). No obstante, con la promesa de contar más en un futuro, no quería dejar de destacar que Conducta animal existe, que está en proceso, para ese seamos más los que le sigamos la pista.

¿Por qué? Hay varios motivos:

Su protagonista es Lluvia Rojo, a los que la mayoría conocerán por su papel en Cuéntame y que es una reconocida activista de los derechos de los animales. Hace de cocinera vegana en busca de venganza, nada menos.

Porque tras la película está Miguel Romero (periodista y director de cine, nominado al goya y nominado como mejor realizador de tv por el programa BuscaMundos) que asegura que el mensaje que intenta difundir la obra es la lucha por los derechos de los animales.

Porque hay protectoras de animales detrás y delante de las cámaras. “Las protectoras que intervienen y que han supervisado el rodaje, dando fe y comprobando que ningún animal sufriera ni el más mínimo malestar, son A.L.B.A y Doghorsecity, que llevan trabajando en España más de dos décadas y que, entre ambas asociaciones, rescatan y encuentran un nuevo hogar para más de 4.000 animales”.

Porque la película es un trabajo colaborativo en el que también participan Adrián Lastra (Velvet, Fuga de cerebros, etc), Jordi Sánchez (El “recio” de Laqueseavecina), Álex O´Doguerty, Enrique Villén y muchos otros.

Y porque la promocionan bromeando con que inaugura el género del gore vegano.

¿No os ha picado la curiosidad?

EliteVeterinaria, una red altruista de veterinarios especializados para ayudar a particulares y a otros veterinarios

Estos días de verano me ha escrito Jorge López, fundador de la plataforma EliteVeterinaria.org, para presentarme su labor.

No conocía la existencia de esta iniciativa de ayuda veterinaria, que, la verdad, me parece loable.
Os cuento un poco lo que me explica Jorge al respecto: esta red online agrupa “a un equipo de consultores especialistas de gran prestigio y reconocimiento que invierten su tiempo y orientan a propietarios y veterinarios generalistas de forma altruista, ante casos complejos o críticos a fin de localizar un especialista o centro con medios y experiencia en patologías concretas (independiente de si ese centro veterinario está o no en la plataforma)”.

Un equipo al que está invitado a sumarse cualquier veterinario especializado que quiera sumarse.

¿No os parece una idea fantástica? Es cierto que muchos de nuestros veterinarios del barrio son excelentes en lo suyo, que es ser el equivalente al médico de familia de nuestro ambulatorio, pero cuando la dolencia escapa a lo habitual se pueden encontrar perdidos. Y nosotros con ellos. Me vienen a la memoria varios casos en los que este soporte hubiera podido ser útil.

Aunque no pretenden en ningún caso saltarse a ese veterinario de referencia. Así lo explican en su web:

EliteVeterinaria.org NO ES un medio para que el propietario del paciente se salte una figura tan importante como lo es su veterinario de familia. De hecho no se admitirá ningún caso a valorar que no haya pasado previamente por el veterinario generalista y contemos con sus exploraciones y conclusiones diagnósticas. El perfil ideal del servicio es poder trabajar en conjunto con el veterinario generalista de familia.

Desde EliteVeterinaria.org no se atenderán consultas de veterinaria general, se atenderán exclusivamente las debidamente informadas y cuando el veterinario generalista considere que el paciente precisa ser derivado. Estando en todos los casos valorados por el equipo de consultores veterinarios.

Un soporte que hay que insistir en que es altruista:

“Toda esta ayuda se hace sin ningún tipo de coste para el propietario o veterinarios que nos contactan solicitando ayuda especializada No hay ningún tipo de contraprestación económica, nuestro objetivo es salvar vidas o ayudar a la calidad de las mismas”.

Los veterinarios especializados que participan en ella no sólo dan muestra de su profesionalidad, también de su amor por los animales y de su interés por mejorar la realidad que nos rodea.

Os prometo ahondar un poquito en el tema, tengo interés por saber de su relación con la protección animal. Pero no quería esperar más para presentar la iniciativa.

Si de momento queréis saber más os recomiendo leer, además de la propia web de EliteVeterinaria, dos contenidos de SrPerro (una web obligada para todos los amantes de los perros) que profundizan en lo que hacen.

EliteVeterinaria, una plataforma para ayudarnos a localizar a veterinarios especialistas.
Veterinarios especialistas que comparten sus conocimiento de forma altruista. Sí, es posible

¿Qué os parece la idea? ¿No creéis que merece la pena difundirla?

Firma para proteger al lobo ibérico #quenotecuentencuentos

Los que me seguís sabéis que no suelo hablar de empresas. Es raro no, rarísimo. Igual que lo es que aparezca aquí algún producto del creciente mercado de animales de compañía. Y eso que no hay nada de malo en el periodismo de producto bien hecho, ese que es honesto y recomienda aquello que efectivamente merece la pena a ojos del que lo ha probado, por mucho que ese tipo de periodismo se esté devaluando en estos tiempos de popularidad vinculada a redes sociales.

Pero volvamos al carril, que me voy del tema. Simplemente quería hacer notar que este blog no es para hablar de empresas o de productos, pero hoy voy a hacer una excepción que nace del corazón porque creo que merece la pena.

Lush es una empresa de cosméticos que muchos conoceréis porque sus tiendas son el equivalente a la fábrica de chocolate de Willy Wonka, nadie que haya entrado en una de ellas olvida cómo huelen. Tal vez menos sepan que todos sus productos presumen de no haber sido testados en animales, algo que deberíamos mirar con lupa cada vez que compramos cosméticos, porque del uso de animales de laboratorio para hacer avanzar la medicina tal vez se pueda discutir, pero de su uso para ponernos un colorete o un eye-liner sin que nos salga una alergia ya es otro cantar menos discutible.

Yo conocí a Lush por dedicar, recursos, tiempo y espacio a toda iniciativa en defensa de los animales que les propusieran: presentaciones de libros, cuentacuentos, charlas de todo tipo…

Ahora esa empresa se ha embarcado en una campaña en defensa del lobo ibérico y me apetece hacerles eco.

Se llama #MáslobosCaperucita (también #quenotecuentencuentos), ya está en marcha y consiste en que todo lo recaudado durante un mes con las ventas de la crema solidaria Charity Pot (siempre que lo compréis, da igual el mes, apoyaréis alguna buena causa) irá destinado a asociaciones locales que luchan por su protección.

Además de dinero, se logrará mayor visibilidad para la causa de salvar a este animal tan fascinante como amenazado.

Así lo explican ellos:

Las batidas de esta especie única en Europa vienen a responder más a demandas de ciertos sectores
ganaderos que a criterios racionales. En muchos casos el desconocimiento o la animadversión heredada
a la especie hacen que algunos sectores de la población demanden este tipo de acciones.

El tipo de ganadería extensiva moderna ha evolucionado a tener el ganado sin control en los montes públicos
queriendo eliminar la fauna salvaje por ser competencia o amenaza. Eso no es un desarrollo sostenible
con el medio natural. Existen alternativas y métodos para el manejo ganadero que eviten las bajas por
lobo cuando además la administración ya indemniza los daños por fauna salvaje al ganado.

Es posible que cuando queramos reaccionar y evitar la desaparición de la especie, sea demasiado
tarde.

¿Qué queremos conseguir?

  • La protección estricta del lobo ibérico en toda España y Portugal Paralizar de forma inmediata los planes o decretos de control de la especie. El lobo es un elemento clave en el funcionamiento de los sistemas ecológicos naturales, así como en la restauración de la biodiversidad, teniendo en cuenta su escasa variabilidad genética y el pobre conocimiento de sus poblaciones debería ser una especie protegida en España, como ya lo es en Portugal desde el año 1988.
  • Paralizar de forma inmediata los planes o decretos de control de la especie Los controles de población son medidas de gestión ineficaces, implantadas sin conocer qué individuos pueden estar realmente generando conflictos y en muchas ocasiones sin poder descartar que la autoría se deba a perros incontrolados (no necesariamente salvajes). Los controles de población implican mortalidad aleatoria en una especie que forma grupos familiares muy estructurados siendo gran parte de los lobos pertenecientes al territorio de Portugal ya que al ser una especie nómada no entienden de fronteras.
  • Fomentar la coexistencia entre el lobo y la ganadería extensiva Mantener una población de lobos en estado favorable de conservación, como dicta la Directiva Hábitats de la UE, ya que puede ser compatible con la explotación ganadera de pastos.
  • Disminución de la presión cinegética (caza) sobre presas salvajes del lobo (corzo, ciervo, jabalí, etc.).  Para lograr la conservación del lobo y reducir el número de ataques al ganado es fundamental disminuir la presión sobre sus presas salvajes, lo cual además evitaría o reduciría la necesidad de los descastes que se realizan de estas especies por la ausencia de grandes carnívoros. El más eficiente controlador natural es el lobo.

Puedes apoyar la iniciativa firmando la petición y usando los hashtags que proponen.

Carta a la dueña de #Pesesín (porque estoy preocupada por su futuro)

@madafaca19

Te la jugaste. Tienes que reconocerlo. Te la jugaste y te salió bien. Le salió bien sobre todo a #Pesesín, que ha sobrevivido. Lo dejaste en el portal, igual que la vecina de mi madre deja sus plantas para que se las rieguen los vecinos.

Era fácil que acabase muriendo pronto por un exceso de comida. Y no, esas muertes frecuentes en los peces que se tienen como mascotas no se producen porque el pez reviente de tanto comer como muchos creen. Ni mucho menos. El problema es que no comen todo, los restos se quedan en el fondo y el agua se estropea rápidamente.

La cuestión es que se libró. Igual que se ha librado de caer con los cambios de agua que le han hecho algunos vecinos, que espero que supieran que hay que tratar el agua para que no tenga cloro. Si fueron más bienintencionados que informados, lo mismo su delicado cuerpo ha quedado dañado por ello y no lo sabemos. Es indetectable hasta que mueren.

Tienes que reconocer también que el agua no se ve precisamente cristalina en alguna de las fotos que se han compartido en redes sociales.

Un comedero automático programable, un inventazo.

Para el futuro te recomiendo otra solución: un alimentador automático para acuarios. Los hay de muchos tipos y precios, las pilas les duran un montón, y te puedes ir de vacaciones tan tranquila sabiendo que está alimentado con la cantidad y frecuencia idónea. Los puedes encontrar desde siete euros. Los míos no son mucho más caros y permiten incluso que les suelte muy poquita comida varias veces al día que es lo más sano para los peces, lo más cercano a su forma natural de alimentarse. De hecho me consta que ya alguna empresa se ha ofrecido a regalártelo. Yo que tú lo aceptaba.

Vale que lo tuyo ha sido una solución más imaginativa. Y ha hecho gracia a mucha gente. A mí también, hasta que me pongo en el lugar del pobre pez. Me hubiera gustado saber si hubiera habido tantas risas (incluso de la @Policía) si se tratase de un perro o un gato. Pero, claro, los peces son mascotas de segunda fila. ¿No? (eso va más por la Policía que por ti).

En fin. Hubo suerte y sobrevivió. Hagamos borrón y cuenta nueva. Y crucemos los dedos para que no empiece a ser tendencia.

En realidad, por lo que te escribo, es porque sigo preocupada por Pesesín. Lo tienes en un acuario en el que va a acabar muriendo. Por si acaso en el interior de tu piso no le espera uno mejor (si es así, perdona), te cuento y así se enteran otros que quieran tener peces así de mascota: los peces de agua fría como él necesitan, si quieren llegar a adultos y seguir nadando, al menos cuarenta litros por cabeza. Ahí no los hay ni de lejos. Y un buen sistema de filtrado. Porque tienen un tránsito intestinal la mar de saludable, ya me entiendes, y no es nada recomendable que naden en su propia caca como te podrás imaginar. Por lo mismo, y por más motivos, las plantas naturales son más que recomendables. De buen rollo te lo digo.

Mira, te dejo algunos enlaces. En la web especializada ElGoldFish tienes los diez errores más comunes con estos peces. El ciclo del agua es algo que todo aquel que quiera tener peces debe conocer, por muy rollo que suene al principio leer sobre nitritos, nitratos, ciclados, bacterias beneficiosas y demás.

Y si te animas a buscar un acuario mejor, más grande, con un filtrado potente, no te emociones buscándole compañía. La sobrepoblación de los acuarios, el hacer ensaladas de peces incompatibles, suele ser otra de las causas de exterminios masivos de peces ornamentales.

Hace ya casi cuatro añitos que escribí aquí un post sobre el animalismo aplicado a la acuariofilia. Lo mismo también te viene bien echarle un ojo. Sé que la acuariofilia no está bien vista en muchos sectores conservacionistas y proteccionistas, y con razón, por el expolio en los hábitats originarios, la introducción de especies invasoras y el poco respeto a la vida de los animales a los que se trata como ornamentos más que como a seres vivos. Es cierto, eso pasa mucho, pero yo, que llevo desde muy niña mojándome por mis peces, creo que también se puede disfrutar y aprender con los acuarios desde el respeto a la vida de estos preciosos seres.

En aquella serie de consejos que publiqué terminaba diciendo: “Por último y fuera ya del decálogo: nunca, jamás, bajo ningún concepto, mantengáis los populares peces rojos de toda la vida en peceras, por grandes que os parezcan los recipientes. Ese tipo de peces necesitan muchos litros de agua y están condenados a convertirse en cadáveres antes o (poco) después”.

Estás a tiempo de darle un buen futuro al pez más famoso de España.


Arriba, algunos de los pesesines que he tenido a lo largo de los años.

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