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Capítulo 49 de la novela por entregas #Mastín: malas noticias

¡Feliz Navidad! Hoy es un día para estar con nuestros seres queridos, tengan dos o tres patas, un día de ilusión y regalos, de recordar a los que no están y celebrar que otros han llegado. Hoy es un día mágico, pero también es viernes y aquí tenéis, fiel a su cita, un nuevo capítulo de Mastín.

CAPÍTULO 49

Logan siempre se alegraba cuando les veía coger la correa. Daban igual sus años, que pareciera permanentemente cansado y deseoso de tumbarse a dormitar, la correa significaba salir a la calle, olisquear, marcar y pasear a su lado, y durante unos instantes reaparecía el vigoroso perro al que era imposible cansar y siempre estaba dispuesto a jugar. Ya en la portal el alborozo daba paso a una tranquila complacencia, salvo que enfilaran la calle de la clínica veterinaria.
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– Ya se ha dado cuenta de dónde vamos – dijo su madre mirando al viejo pitbull, que había puesto cara de circunstancias. Martín sabía bien que los perros podían sonreír, pero también que eran capaces de mostrar lo que su abuela llamada “resignación cristiana”. Y no solo con el rostro, se expresaban con todo su cuerpo mejor que cualquier ser humano por muchos Oscars que tuviese.

Martín entendía a Logan, también él estaba intranquilo, aunque sus motivos eran distintos. El chico no tenía miedo de que el veterinario le hiciera daño, lo que temía eran las noticias que podía darles. Ese bulto de la mandíbula no le había gustado nada cuando lo había examinado el día siguiente a volver de vacaciones.

Entraron en la clínica forzando a un Logan que pasó a regañadientes. Les tocaba esperar un poco y se sentaron en las viejas sillas de plástico de la sala de espera, frente a ellos tenían a una pareja joven con un cachorrillo de tamaño pequeño que tiraba como loco de la correa para acercarse a saludar a Logan, que lo ignoraba cordialmente. En otras circunstancias el pitbull blanco y negro le habría saludado encantado; le gustaban mucho los perros pequeños, pero la combinación de calor, edad y veterinario no era la mejor. En cualquier caso la chica que sujetaba al perrillo no parecía tener mucha intención de dejarlo acercarse.

– No hace nada, es muy bueno – apuntó su madre, consciente igual que él de que se encontraban ante un caso de terror de nuevo propietario ante perro de raza potencialmente peligrosa, aunque ese perro fuese el equivalente a un nonagenario somnoliento. La chica dudó, pero finalmente soltó correa pare permitir que el cachorro se acercase a Logan, haciendo un perfecto despliegue de señales de calma y sumisión.

– Es que es muy pesado, quiere jugar a todas horas y con todo el mundo – dijo ella

– Bueno, es normal, es un cachorro – dijo Martín.

– Ya, y ademas es un jack rusell terrier, que son todo energía – añadió la chica sonriendo. Tenía un rostro agradable, con hoyuelos. Era algo mayor que Manu, tal vez tenía unos treinta años, y llevaba un vestido veraniego que llenaba generosamente. Su novio o su marido, o lo que fuera, seguía enfrascado en su móvil, ajeno voluntariamente a todo aquello.

– Logan también era incansable, pero ahora ya es muy mayor y no tiene muchas ganas de jugar – explicó su madre.

– Además, no le gusta demasiado estar en el veterinario – añadió Martín.

– A Jack tampoco, aunque no es que lo conozca mucho. Venimos por las vacunas –

– ¿Se llama Jack? –

– Sí, como la raza. No me compliqué mucho la existencia, ¿verdad? – rió ella – Es una raza que me encanta. Antes tuvimos un mini pincher. Era muy gracioso, muy chiquitín, con unas patitas que eran como lapiceros. El pobrecito se murió. Bueno, le dormimos, no nos quedó más remedio. Lloré muchísimo. Tenía la enfermedad de Von-nosequé, que es típica de su raza, que hacía que no generase suficientes plaquetas. En fin… Estuve leyendo mucho sobre razas pequeñas y con pelo corto que son como más me gusta y vi que el Jack Russell era una raza muy robusta, me acabé de decidir porque no quería llevarme otra vez un berrinche –

– En realidad los más robustos son los mestizos – soltó Martín notando la mirada de reprobación de su madre, que intuía que iba a soltar su discurso a favor de la adopción – espero que Logan viva muchos años con nosotros, todos los posibles, pero el siguiente perro que tenga lo adoptaré en una protectora –

– Mmmm. Sí, es una opción imagino. Yo es que tenía tan claro que quería un cachorro de esta raza para poder educarlo yo –

– ¡Ah, sabe educar perros! Genial. Tal vez pueda hacerle unas consultas sobre Logan, que tiene algunos comportamientos que querríamos corregir – lanzó Martín notando que la mirada de su madre le traspasaba y recordando que la chica de los hoyuelos había sido incapaz de saber que Logan no era ninguna amenaza cuando su cachorro había querido acercarse. Recordando también a todos los ocupantes de la protectora, con escasas posibilidades de conseguir un hogar y sintiendo que la rabia comenzaba a hervir en su interior. Precisamente los cachorros eran los que escondían más retos, los que necesitaban a dueños más capacitados.

– Bueno, tampoco es que sea una experta… –

– Entonces tal vez le hubiera venido mejor un perro adulto y ya educado de una protectora, que los cachorros por mucho que se lean libritos de raza no se sabe cómo pueden salir y… –

– ¡Martín! – le interrumpió con dureza su madre. La pareja de la chica con hoyuelos levantó la vista del teléfono para mirarle a los ojos, serio pero sin ninguna expresión definida. Intuyó lío, se preparó para afrontarlo y le salvó la llegada del veterinario acompañando a una mujer de unos cincuenta años que portaba con esfuerzo el traspontín de un gato.

– Ya podéis pasar – dijo a la pareja del jack rusell tras saludar a Martín y a su madre con un parco movimiento de cabeza.

Podría haberle llevado a la veterinaria de la protectora, pero llevaban acudiendo a aquella consulta toda la vida y estaban contentos con su profesionalidad, su trato y el precio que tenía. No era un tipo muy hablador, pero tanto Martín como su madre confiaban en él. Logan no había conocido otro veterinario.

– No puedes estar soltándoles charlas a todos los que hayan comprado un perro o se hayan comportado de cualquier forma que a ti no te encaje –

– Hombre, la verdad es que poder, sí que puedo –

– No, no es verdad. No puedes ir por la vida en plan palizas. ¿Te recuerdo que tu padre y yo compramos un beagle cuando nos casamos? No éramos muy distintos a esa pareja –

– Y os hubiera dicho lo mismo si os hubiera conocido –

Su madre miró al techo con los ojos en blanco. – ¡Con lo mono que eras a los seis años! Podías haberte quedado ahí –

– ¿No pudiendo quedarme solo en casa ni ir solito al colegio? ¿Poniéndome la mitad de la ropa con las etiquetas por fuera y sin poder bajar a pasear a Logan? No lo creo – bromeó él para quitar hierro al asunto del jack rusell. Funcionó, su madre resopló una risita y le dejó en paz. Le dejó de nuevo carcomiéndose por lo que el veterinario les diría en breve de aquel jodido bulto.

***

– Bueno, es maligno – dijo el veterinario sin andarse con rodeos en cuanto le acompañaron al interior de su consulta.

Fue oír “maligno” y el estómago de Martín se convirtió en una piedra. No se atrevió a decir nada a preguntar nada. Su madre tampoco, aparentemente estaba igual de paralizada que su hijo. Por suerte el veterinario retomó su discurso enseguida. Tenía los resultados del análisis y también la radiografía que le habían hecho. Era maligno y tenía comprometido el hueso de la mandíbula, pero muy poco, menos de lo que le había parecido a simple vista por el tamaño del bulto. Martín observó la zona que el veterinario señalaba como claramente afectada y asentía como si realmente fuera capaz de distinguir algo. La buena noticia era que Logan estaba de buen humor, comía y bebía sin problemas, sin dolor. El tumor no estaba afectándole de ninguna manera.

– La única manera de eliminar el tumor sería quitándole la mandíbula inferior, y eso es una barbaridad en un perro de su edad. No tiene ningún sentido –

– ¿Qué podemos hacer entonces? – preguntó Martín.

– Poco. Iremos controlando mes a mes su evolución. Si empieza a dar problemas, a afectarle, pues iremos viendo qué medidas tomar. Esperemos que no llegue a dar guerra –

– Al ser tan mayor quizás evolucione más despacio, ¿verdad? – dijo esperanzada su madre.

– Bueno, en los animales no funciona exactamente así – les dijo el veterinario con una sonrisa.

Salieron en silencio de la consulta, digiriendo las malas noticias, tras un Logan que tiraba de la correa feliz por salir de aquel sitio indemne.

– Es muy mayor, hace tiempo que sabemos que antes o después nos iba a dar un susto. Y esto no tiene porqué afectarle, ya lo has oído, solo hay que controlarle –

– Ya lo sé mamá –

– Pero no está de más que nos vayamos mentalizando de que puede que no le quede mucho tiempo con nosotros –

– Llevamos tiempo sabiendo que es mayor, mentalizándonos, pero no sé si eso servirá del algo cuando llegue el momento. En cualquier caso no me apetece demasiado pensar en ello. Logan está bien, aquí con nosotros, y eso es lo único que importa – dijo el chico deteniéndose para que el pitbull marcase una farola.

Su madre sacudió la cabeza. – La verdad es que ahora no sé si me apetece irme con David este fin de semana –

– Vete mamá, no te preocupes. Pásalo bien. No va a cambiar nada. Logan y yo estaremos perfectamente

– Te veo con muchas ganas de perderte de vista – sonrió ella mientras sacaba las llaves de ese bolso gigante que llevaba en el que encontrar cualquier cosa llevaba un par de minutos para abrir la puerta del portal – A saber qué tendrás preparado –

– Ya te lo dije, una fiesta por todo lo alto – bromeó él.

En ese momento se abrió la puerta y asomó Ernesto, el del bajo. Salió a la calle sin saludar, pero no sin lanzar antes una mirada cargada de intención a Martín, que se esforzó por no apartar la vista y endurecer el gesto.

– Ese tipo es cada vez más imbécil – sentenció su madre al entrar en el ascensor. Martín no tenía nada que objetar a eso.

***

Mal se estaba preparando para ir a trabajar, iba de acá para allá, arreglándose y metiendo cosas en el bolso. Martín la observaba ir y venir desde el viejo sofá. No le había dicho nada del tumor de Logan, no sabía bien por qué. Tal vez porque no dándole importancia, no acordándose de él, era en parte como si no existiera.

– Aún no ha dicho nada, pero se le ven las ganas. Tenías que ver la miradita que me ha lanzado en el portal – dijo Martín acariciando a Aristóteles, que ronroneaba medio dormido en su regazo. Era su favorito, tenía que lograr como fuera que se quedase con él en casa. Y también con Hipatia, que en ese momento jugaba con la cola de Trancos. El enorme galgo tenía una paciencia infinita con los gatitos. Kant, que era un pequeño terrorista peludo, se agazapaba tras un cojín dispuesto a saltar sobre su otra mano. Tenía las manos surcadas de pequeños arañazos, y eso que estaba siguiendo los consejos de Mal de no jugar con ellos con las manos; siempre empleaba juguetes o bolitas de papel albal, Mal tenía la casa llena de esas pelotitas plateadas.

La chica se sentó a su lado, frustrando el ataque sorpresa del gatito. Le colocó la palma de la mano sobre la mejilla sin afeitar – No quiero causarte problemas con tu madre Mastín, es lo último que pretendo – Él notó que aquello realmente la preocupaba, vio en sus ojos la sombra de la duda, la notó recordando la diferencia de edad entre ellos y todo lo que podría suponer. Lo vio tan claro que tuvo la necesidad de detenerlo cuanto antes.

Martín la besó. Fue rozar sus labios suaves y el mundo desapareció con todos sus problemas. Ella era la única capaz de lograr que todo salvo el hecho de estar juntos dejara de importar. Una magia extraña convertía todo el universo en solo él y ella, que le procuraba una felicidad serena. Mal pasó de estar a su lado a sentarse a horcajadas sobre él, intensificando sus caricias. Martín notó que su respiración se aceleraba. Las manos se deslizaron bajo la ropa, los labios sobre el cuello delicado de ella y ambos empezaron a moverse rítmicamente. Entonces ella suspiró y se apartó. Se puso de pie y se colocó la ropa, mirándole con el rostro encendido y los ojos brillantes.

– Tengo que irme corriendo o llegaré tarde. Y me tendré que maquillar de nuevo. En la tienda les gusta vernos pintadas como si fuésemos de boda –

Se inclinó para darle un beso rápido de despedida.

– Cierra con llave cuando salgas – pidió antes de desaparecer en el baño.

Martín se quedó allí, sentado, recuperando el aliento y la cordura. Daba igual que su madre se enterase y no lo aprobara, daba igual que nadie lo entendiese. Daba igual todo con tal de poder estar de nuevo junto a Mal.

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La vida de Patrón ha estado pendiendo de un hilo, solo por ser un perro clasificado como potencialmente peligroso.

En Almería, la perrera no da lugar a adopciones de un ppp pero por azares del destino, éste se ha podido salvar. Este precioso animal ha sido salvado gracias a una cadena humana en la que ha participado mucha gente y donde se han implicado muchas personas… Es la historia de un animal condenado a morir pero que ahora puede oler la libertad y soñar con un hogar.

Ahora está en una residencia, y necesitan ayuda para costear su estancia allí, su esterilización y el tratamiento de una pequeña colitis.

Es un perro tranquilo, sumiso y muy dócil pero como sabemos el mejor sitio es un hogar donde ser feliz, que no caiga en el olvido que toda esta lucha de lugar a que sea adoptado, pero mientras si alguien se ofrece en acogida indefinida mejor. Está delgado pero pronto se recuperará.

Contacto: 619886260

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Capítulo 48 de #Mastín: antes o después, habrá que hablar en serio

Mastín arrancó en enero, un intento kamikaze por elaborar una novela juvenil que también pudiera gustar a los adultos y cuyo marco fuera la protección animal, como vehículo para crear conciencia, para dar a conocer esta realidad entre los jóvenes, que son los que pueden realmente contribuir a que cambie radicalmente.

Pronto hará un año desde que echó a volar este reto de escribir en vivo semana tras semana, sin paracaídas ni red, equipada solo con una brújula y mis ganas. Pronto acabará y comenzaré el proceso de revisarla a fondo y ver de qué manera puedo verla publicada.

Pero de momento, aquí está de nuevo Martín:

CAPÍTULO 48

Lo recordaban. Habían pasado tres semanas, pero no se habían olvidado de él. Miradas de reconocimiento, alegría desbordante, confianza tímida, coletazos entusiastas y lenguas al vuelo. No le habían olvidado. Él tampoco a ellos. Nada más entrar en la protectora y comenzar a recorrer los pasillos que dividían los cheniles le dio la impresión de que todo lo vivido en Asturias había sido un sueño, un tiempo extraño en un lugar irreal.

Aquello era la realidad. El olor a perro, los ladridos y los pelos pegados por todas partes.

También su pequeño dormitorio, el calor que aplastaba aquella ciudad de ladrillo visto, asfalto y hormigón, Juan frente a la consola, las risas de Andrés y el calor que irradiaba y generaba en él el cuerpo de Mal.

Mal. Aún no habían hablado durante los escasos cuatro días que llevaba en Madrid. Ella no se había decidido a hacerlo y él no se atrevía. Era la misma, pero también distinta. La notaba serena, segura y un puntito más triste. Por lo demás todo seguía igual que antes: se buscaban a escondidas de los demás, en cuanto se notaban libres de miradas indiscretas se les escapaban las manos y las bocas. No hablaban de ellos, ni de lo que habían hecho mientras estaban separados. Tampoco del futuro. Lo hacían de los inquilinos y los voluntarios de la protectora, de almas grises que abandonaban, maltrataban o se negaban a adoptar cualquier cosa que no fuese un animal de una raza de moda. Hablaban también de los gatos filósofos, de series de televisión, de qué países les gustaría conocer, de si tenían o no cosquillas y de si pedirían una pizza para comer o cocinarían algo rápido. Hablaban en el coche, camino a la protectora, paseando a Trancos y a Logan y tumbados a medio vestir en el viejo sofá de ella.

– Antes o después tendréis que hablar en serio y aclarar las cosas – le había dicho Juan la tarde anterior, poniendo en pausa el Splinter Cell. Martín sabía que tenía razón. Veía a Sam Fisher congelado en su uniforme de combate y sabía que él también estaba en suspensión, como el personaje del videojuego.

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Capítulo 47 de #Mastín: aquello era lo que significaba estar despierto

imageMastín arrancó en enero, un intento kamikaze por elaborar una novela juvenil que también pudiera gustar a los adultos y cuyo marco fuera la protección animal, como vehículo para crear conciencia, para dar a conocer esta realidad entre los jóvenes, que son los que pueden realmente contribuir a que cambie radicalmente.

Pronto hará un año desde que echó a volar este reto de escribir en vivo semana tras semana, sin paracaídas ni red, equipada solo con una brújula y mis ganas. Pronto acabará y comenzaré el proceso de revisarla a fondo y ver de qué manera puedo verla publicada.

Pero de momento, aquí está de nuevo Martín:

CAPÍTULO 47

Aquello era como viajar del otoño al verano, retroceder una estación entera en el tiempo simplemente con rodar unas tres horas en coche, puede que menos. Gijón había amanecido gris y pidiendo chaqueta, aunque según su abuela la mañana abriría y tendrían día de playa. Llovía sin fuerza pero sin parar en el puerto de los túneles, como llamaba Martín desde que era un niño muy pequeño al trayecto ascendente y con curvas, entre bosques, que les sacaba de Asturias. Al atravesar el negrón aparecieron en León con un clima y un paisaje completamente diferente. Allí se veía por todas partes el gris de las montañas, la lluvia había cesado y el sol quería asomar entre nubes. Ahora recorrían la meseta castellana, campos dorados a ambos lados de la carretera, cielos de un azul interminable y un sol de justicia que arremetió sobre ellos cuando abandonaron el habitáculo climatizado del coche para estirar las piernas, echar gasolina, que Logan hiciese un pis y bebiese y para tomar un café y una coca cola en una estación de servicio en algún punto indeterminado de Valladolid. Le apenaba dejar atrás las montañas verdes y el mar, despedirse de sus primos hasta el año siguiente, pero aquella enorme extensión de tierra llana bajo el sol abrasador también le parecía hermosa. Y tenía ganas de volver a verse en casa, en su habitación, de visitar la protectora y ver cómo estaban los perros, de encontrarse con Juan, Andrés y el resto, de comenzar de una vez la universidad tras hacer los papeleos. Y de estar con ella, claro. Si es que ella quería estar con él.

Recordó las últimas palabras que le había dedicado: “Necesito ver todo esto en perspectiva. Probablemente tú también, aunque ahora no lo creas. Vete y vuelve. ¡Eh, Mastín! Son solo tres semanas. Y he dicho que vuelvas a mí”.

Desde luego había tenido esas tres semanas para verlo en perspectiva. Apenas habían intercambiado unos pocos mensajes. No habían hablado. Martín había respetado su necesidad de espacio y distancia. Esas tres semanas le habían ayudado a ver que seguía queriendo estar con ella, más incluso que antes. Había podido liarse con otras, pero no había querido hacerlo. Su cuerpo parecía rechazar otro contacto que no fuese el de Mal. Su “amor imposible”, como decía su prima metiéndose con él. Tenía que reconocer que también había aprendido que podía estar sin ella y pasarlo bien, que tal vez eso significaba que podría acostumbrarse y ser feliz si lo que ella había decidido a lo largo de esos veintitrés días es que lo suyo no tenía sentido y quería cortar definitivamente.

El chico sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en el paisaje. No quería siquiera pensar en esa posibilidad. Si se encontraba con aquello, ya vería cómo reaccionaría.

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Capítulo 46 de Mastín: hay decisiones que se toman con las tripas

Ya llevo casi un año fiel a mi cita de los viernes, entregando sin falta un nuevo capítulo de Mastín. Esta novela por entregas ya está enfilando su recta final.

CAPÍTULO 46

Llevaba sentado en esa silla toda la tarde. Primero solo, luego acompañado por sus primos y sus amigos, que habían ido llegando paulatinamente. Solo algunos se habían dejado caer por la caja para pedir un helado, unas patatas o una coca cola. Al McDonald’s no le estaba resultando nada rentable aquella mesa en la que estaban.

– ¿Nos movemos? – preguntó por tercera vez. No parecía que hubiera mucho interés por mover el culo. La mayoría estaban tan a gusto, a cubierto y con una temperatura estupenda, entre cháchara y bromas.

– Vale, pero… ¿dónde vamos?- planteó Marina.

Hubo un silencio que amenazó con convertirse de nuevo en islas de conversación y chanzas que les tendrían allí otra hora. Martín se negaba. Miró en el móvil la cartelera.

– ¿Vamos al cine? Ponen la de Inside Out cada hora –

– Es de dibujos, es una peli para críos – protestó Fernando.

– No seas paleto. Es Pixar que siempre hace cosas decentes y dicen que mola – replicó Martín sintiéndose de nuevo el cinéfilo rarito del grupo.

– Sí, Toy Story y Cars. Ya superé mi fase de Buzz Lightyear y Rayo McQueen –

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Capítulo 45 de Mastín: Los celos no son amor, ni se le parecen

Cuando he estado cerca de terminar un libro, siempre he tenido que recordarme levantar el pie del acelerador para no precipitarme. Ves la meta y quieres llegar pronto, un fenómeno similar a cuando estas corriendo y enfilas la recta final.

Con Mastín no es así, con esta tercera novela estoy disfrutando de sus últimos capítulos y no tengo prisa porque acabe. Casi diría que estoy anticipando que voy a echar de menos a este chaval.

CAPÍTULO 45

– Mira, bien a Logan. ¿No te parece que tiene un bulto en la cara? –

El pitbull estaba sentado ante ellos, mirándolos como si supiera que hablaban de él. Martín lo observó, comparando con atención un lado y otro. Tal vez más cerca… Bajó del sofá y tomó la cara del perro entre las manos, para poder comparar bien ambos lados.
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– No noto nada – concluyó acariciando la garganta nevada de Logan.

– Fíjate bien, aquí, en la parte inferior – dijo su madre, que había bajado del sofá para arrodillarse a su lado, conduciendo su mano a la potente mandíbula del viejo perro.

El chico recorrió la zona por la que le guíaban los dedos de ella; efectivamente, parecía haber algo blando y localizado justo en la parte inferior izquierda.

– Sí, noto algo. Pero no debe molestarle, come y bebe bien. Se comporta como siempre. Tal vez se haya dado algún golpe –

– No lo sé. Me da mala espina – murmuró su madre. Martín volvió a pasar las yemas de los dedos en torno al bulto, tomando nota mental de su consistencia y tamaño. Era como una moneda de un euro, se atrevió a apretar un poco sin que Logan emitiera ninguna queja.

– Es ya muy viejo, cualquier día se os muere – oyó que exclamaba su abuela con muy poco tacto desde su sillón. El chico sabía bien que para ella el perro no era más que el peaje molesto que había que soportar para disfrutar de su nuera y su nieto en verano.

– ¡Por dios, no nos digas eso! Para nosotros es un miembro de la familia, un poco más de tacto por favor – protestó su madre.

– No digo nada que no sepáis. Está muy viejo y cualquier día os da un susto – replicó la abuela sin inmutarse camino a la cocina.

– Mira, ahí va a comer melocotones o un trozo de bizcocho. Luego dice que no sabe porqué engorda, que no come nada – susurró si madre.

– ¿Qué hacemos? Le llevamos aquí al veterinario – preguntó Martín inquieto por el perro, ignorando a conciencia malos augurios y pequeñas rencillas.

Su madre sacudió la cabeza. – Nos queda solo una semana para estar en casa. Esperaremos, que me fio más de que lo vea Miguel, que lo conoce de siempre y sabemos que es buen veterinario –

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Capítulo 44 de Mastín: ¿Quién es Bruce Willis?

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 44

Álex les había invitado aquella tarde a su casa. Sus padres le habían permitido celebrar una fiesta sin otro motivo que el de divertirse en verano con sus amigos aprovechando que había espacio y buen tiempo, así que no iba a perder esa oportunidad. Habría sidra y algo de inevitable supervisión paterna, pero el plan sonaba bien. Alex vivía en un vivienda unifamiliar de dos plantas rodeada de una porción considerable de verde y apenas a unos cuarenta minutos andando del parque en el que Martín estaba esperando a Blanca y a Fernando.

Aguardaba sentado en el respaldo del banco. Sacó el móvil para comprobar en el reloj que incorporaba lo que ya sabía: sus primos se retrasaban. Miró los pocos mensajes que había intercambiado con Mal. El que mandó como respuesta a su escueta felicitación de cumpleaños era igual de breve.  “Gracias. Me alegra ver que sigues viva”. Le había añadido emojis para que no sonara a recriminación de mal humor. “Y coleando”, se había limitado a responder ella dejándolo un poco preocupado. Tal vez las caritas sonrientes no habían sido bastantes, así que Martín escribió: “quedan pocos días para volver a Madrid. Lo estoy pasando bien, pero me apetece. ¿Qué tal los filósofos?”. Como respuesta ella había mandado tres fotos de los gatitos, que estaban enormes. Habían intercambiado algunos whatsapps sobre ellos y al final Martín se había atrevido a decir: “Tengo ganas de verte. Te echo de menos”.  Aún no había recibido respuesta.

– Lo siento, llegamos tarde. Éste ha tardado más de la cuenta en bajar –  oyó a su primo.

Levantó la cabeza. Allí estaban sus primos con  Joan. Mirándole sonrientes.

– No pasa nada –  aseguró bajando del banco.

– Venga, vamos. Tenemos un paseíto hasta llegar a la casa. El sitio es genial, con mucho espacio, pero está a tomar por culo – dijo Fernando echando a andar seguido de Joan. Blanca avanzó a su lado.

– ¿Has cogido pasta? Álex pone la sidra, pero las pizzas las pagamos nosotros – preguntó ella colgándose de su brazo.

– Traigo, traigo. No quiero quedarme sin comer – repuso él sonriendo.

– ¿Sabes? Tienes una sonrisa muy guapa, entiendo lo de Marina. Si no fueras mi primo… – bromeó Blanca lanzándole un codazo juguetón.

– Mi madre dice que es como la sonrisa de Bruce Willis – dijo Martín sin pensar, recordando al perrazo que habían conducido hasta la protectora.

– ¿Quién es Bruce Willis? Me suena de algo el nombre –  dijo la chica.

Martín se sorprendió, pero solo durante un instante. Blanca tenía quince años. ¿Cuándo fue la última película de éxito que protagonizó ese actor? El sexto sentido probablemente fue la que más sonó, aunque a él le gustó mucho más la de El protegido, con su rollo de superhéroe invulnerable. Recordaba que la había visto con su padre y un bol de palomitas de microondas, una noche de sábado que su madre había salido. Apenas un par de meses antes del accidente. Apartó rápidamente aquella línea de pensamiento para volver a las películas. También le había gustado mucho una de ciencia ficción en la que viajaban en el tiempo. Esa debía ser la más reciente, pero no recordaba el título. Sacó el móvil y buscó al actor en Google. El sexto sentido y El protegido eran de 1999 y de 2000.  Su prima no había nacido y él era un bebé. Si él las conocía era porque sus padres tenían un armario llenos de viejos DVDs y verlos juntos pronto se había convertido en algo frecuente, de no ser así tal vez tampoco él sabría quién era. Ahí estaba. La encontró. La de ciencia ficción era Looper, del 2012.  Le mostró el móvil a su prima, que posó el índice sobre la pantalla para seguir viendo fotos.

– No conozco esa peli, pero a él sí que lo he visto. También me suena el actor que está con él –

– ¡Había olvidado Sin City! ¿Cómo he podido olvidar que salía en Sin City? – exclamó Martín al verle en un cartel promocional.

– Es un carcamal. Y está calvo. No os parecéis en nada – sentenció Blanca mirándole con una concentración que la hacía fruncir el ceño.

– Esa película tienes que verla. Imagino que antes no era plan, eras muy niña, pero es genial –

– No, en nada. En el blanco de los ojos solo – insistió ella ignorando su recomendación – Mira, ni siquiera de joven molaba – dijo señalando en el teléfono una escena de El gran halcón.

– Es un tío duro y mola. Y ha hecho muchas películas que son una pasada –

– Si tú lo dices –

Justo en ese momento saltó un whatsapp de Mal. Una imagen pequeña con su rostro ocupó por un instante la pantalla, el instante que tardó Martín en bloquearlo y encerrarlo en su puño sin leerlo. Obviamente, nada de aquello le había pasado desapercibido a Blanca.

– Vaya, vaya… Esa debe ser ella –

– ¿Quién dices?  –

– No te hagas el bobo anda. Lo sabes de sobra. Y además me prometiste que me hablarías de ella –

– ¡No te prometí nada! – objetó Martín.

– Venga, que no contaré nada a nadie. Ni siquiera a Marina –

Martín miró a su prima, sin tener claro si hablar. Casi una niña, lista y de fiar. Tal vez fue por eso, por lo que vio; tal vez fue simplemente porque llevaba mucho tiempo manteniéndolo en secreto y necesitaba contárselo a alguien, la cosa es que empezó a hablar y no paró hasta llegar a su despedida antes de viajar a Asturias. Si hubiera sido Fernando, no hubiera dicho ni una palabra. Igual que nunca se lo hubiera contado a Andrés. No tenía nada que ver con que no confiara en su primo o que no se llevasen bien, es que no era el tipo de cosas que ellos hablaban.

– Normal. Los chicos necesitáis alguna amiga a la que contar estas cosas. Entre vosotros no habláis de esto. Lo tengo comprobado – sentenció Blanca cuando él se lo hizo ver.

Estaban llegando a la casa en la que era la fiesta. Ya se oía la música

– Me has prometido que no dirías nada a nadie – dijo Martín.

– ¡No prometí nada! – objetó Blanca igual que lo había hecho él antes – Pero no hace falta, no se me ocurriría decir nada a nadie – terminó.

Estaban a un paso de su destino. El portón de la finca estaba abierto, además de la música, Martín ya apreciaba voces. También intuía al fondo una silueta tirando un culín de sidra.

– ¿Sabes?, es muy romántico esto de tener un amor a escondidas e imposible. Muy de novela –

– ¿Quién dice que sea un amor imposible? – protestó Martín.

Su prima se limitó a encoger sus hombros bronceados y entró en la casa con golpeando al viento con su coleta. Solo entonces se atrevió Martín a mirar el mensaje que Mal había mandado: “Yo también quiero verte Mastín. Ya queda poco”.

Su corazón perdió el contacto con el suelo, y entró en la casa con una sonrisa que nada tenía que ver con la fiesta que había montada.

Quería verlo, lo echaba de menos. Sentía que le sobraban todos los días que aún le quedaban por estar allí, disfrutando del mar y el verde.

Rosa

Rosa es una abuelita muy especial para todos los voluntarios del Refugio. La recogieron estando abandonada en un campo con tres cachorritos recién nacidos.

Rosa estaba en los huesos y según el veterinario no habría sobrevivido muchos días más. La tuvimos en una casa de acogida para que se recuperara y después nos la tuvimos que llevar al Refugio. Estaba tremendamente asustada y se llevó todo un año entero sin dejarse tocar. Ahora nada más que quiere mimos!!! y que la acaricien todo el tiempo. Ya no tiene edad para pasar el frio invierno en el Refugio, por favor ayúdanos a encontrarle un hogar calentito a nuestra abuelita. Se lleva bien con otros perros y gatos

Tiene nueve años y pesa unos 17 kilos.

Contacto: 622 31 50 62 chipidogchipiona@hotmail.es

Capítulo 43 de Mastín: un perro no es una alarma de seguridad

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 43
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Estar de resaca nunca es agradable, pero desde luego es preferible sufrirla tirado en la playa y disfrutando de un sol que calentaba sin quemar, antes que en cualquier otro sitio. Podría haberse quedado dormido sin mucho esfuerzo sobre la toalla, oyendo las voces contra el mar y con el móvil bajo la mano. Aún no había contestado a su mensaje, aún no sabía si lo haría o qué diría, simplemente el hecho de haberlo recibido le bastaba. Al menos de momento. Otra cuestión era la de Marina, no había ido aquel día a la playa y se sentía extrañamente culpable, aunque tenía claro que no había obrado mal, sino todo lo contrario. Se supone que había sido un jodido caballero.

Los altavoces diseminados por la playa anunciaron con su soniquete conocido un niño perdido y recogido en la caseta de salvamento, dieron información sobre el color de las banderas, la temperatura del agua, la pleamar, la bajamar y la hora, sacándole de su línea de pensamiento. No debía quedarse dormido, no tenía mucho más tiempo para estar en la arena. Aquella tarde iban a subir al monte de visita familiar. A Logan le gustaría estar un rato en el verde, en el prao como decían sus primos con su acento cantarín que un poco ya se le había pegado. El viejo perro ya no estaba para carreras, pero seguía disfrutando de los olores y la hierba. ¿De los olores y la hierba? Contuvo una carcajada interna hasta convertirla en una media sonrisa contra la toalla. Estaba desvariando.

– ¡Ah! ¡¿Qué haces?! ¡Está helada!– gritó incorporándose, ya completamente despierto tras recibir un buen chorro de agua fría en la espalda desnuda y caliente.

Su prima se limitó a reír apretando de nuevo su melena para intentar mojar ahora la arena a sus pies. Martín la observó mientras retiraba hacia atrás el pelo.

– Está estupenda. Anda, ven a bañarte a ver si te espabilas un poco –

Al levantarse el agua se había deslizado por su columna vertebral, dentro de su bañador. Contuvo las ganas de cogerla y rebozarla en la arena hasta dejarla como una croqueta.

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Capítulo 42 de Mastín: No, no lo haría

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 42

Paseaba con Logan notando los cincuenta euros que su abuela le había dado como regalo de cumpleaños en el bolsillo delantero del vaquero. Se los entregó doblados en cuatro partes, como formando un paquetito, y así tal cual los había guardado. “Tu regalo de cumpleaños, para que convides a tus primos y te compres lo que quieras”, había dicho ella, sonriendo pero triste, como siempre. El hijo perdido le dolería siempre en la mirada, como no le dolía a él o a su madre. Y no es que no lo echaran de menos o que lo quisieran menos. Tal vez es que era distinto, peor, perder a un hijo que a un marido o a un padre. Puede que, sencillamente, hubiera gente que estaba hecha para tirar para adelante con lo que la vida les mandara y otra que no.

Esa tristeza constante y sus manías de persona mayor que lleva años viviendo sola dificultaban la convivencia durante el verano. Las manías eran lo más llevable, pero la pena contagiaba a veces a su madre, Martín lo veía en sus ojos, en su necesidad repentina de irse a otra habitación o salir a la calle.

– Vamos Logan – murmuró tirando del perrazo, que se había anclado al suelo con su mejor tracción a las cuatro patas para oler la base de un raquítico árbol urbano. Si en su ciudad de la periferia madrileña ya le chocaba ver esos arbolillos míseros, en Gijón con las imponentes arboledas que cercaban la ciudad e incluso colonizaban algunas partes, era irrisorio.

Tiró de nuevo. Logan no se movía. Por lo cabezón que se había puesto debía haber dejado allí su aroma la caniche del segundo, que estaba en celo.

– Estás tú como para hacerle los honores. Casi ni puedes levantar la pata para hacer pis. Eso sin contar con que no debe de pesar más de cinco kilos. Lo vuestro es imposible. Andaaa, ¡vamos!  Tenemos que volver a casa, que he quedado –

El viejo pitbull reanudó la marcha dócilmente, como si hubiera entendido lo que Martín decía. El chico miró al perro con ternura, pensando vagamente en amores imposibles.

***

La noche aguantaría, “no va a llover” había sido el veredicto de su abuela cuando lo vio listo para marcharse.  Otra peculiaridad de aquel lugar: la preocupación por el tiempo que hacía y cómo evolucionaría. Con Madrid en agosto no había dudas: calor más o menos infernal, ropa ligera y mucha agua. Allí la gente se asomaba a las ventanas al levantarse, consultaba aplicaciones meteorológicas en el móvil, veían el parte de la tele y oteaban el cielo como expertos. ¿Llovería? ¿Luciría el sol? ¿Haría tarde de chaqueta? ¿Abriría la tarde? ¿Merecía la pena alisarse el pelo? (de la íntima relación entre peinado y clima se había enterado por su prima).

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Capítulo 41 de #Mastín: Feliz cumpleaños

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 41:

Sentado en la playa, bajo un sol moderado y viendo junto a su primo a las chicas jugando al vóley, se veía obligado a reconocer que aquellas vacaciones no eran ningún infierno. Ellos habían estado jugando antes; no es que Martín fuera precisamente un hacha al vóleibol, en su ciudad nadie jugaba a aquello y no había playas que invitaran a practicar la versión en la que acababas rebozado de arena, pero su altura siempre era bienvenida. Tampoco es que fuera ninguna competición, simplemente se divertían.

Su prima era buena. Jugaba en un equipo todo el invierno y saltaba como el puñetero Anthony Davis sobre aquella arena. Y también estaba buena. En forma, bronceada, con ojos grandes como los de un personaje de manga. Martín procuraba no fijarse demasiado en lo que escondía y asomaba de su bikini deportivo cuando volaba buscando la pelota. Primero porque solo tenía quince años. En segundo lugar porque era su prima. Vale que era la nieta de su tía abuela, la hija de la prima hermana de su padre, lo que la convertía en una prima de segunda división, pero aún así era familia y recordaba haberla visto crecer verano tras verano. Y a Fernando no le hubiera hecho ni pizca de gracia verle mirando a su hermana de otra manera que no fuera también fraternal.

melTal vez por esos ambos se recreaban con las dos amigas de Blanca: Marina y Bego. Sobre todo la primera, que le daba a la nariz que estaba intentando coquetear con él a la insegura y torpe manera de sus quince años.

Quince años. “Una cría”, pensaba él desde sus inminentes dieciocho. Y recordaba a Mal, que sabía lo que decía y porqué lo decía, que cuando lo miraba parecía conocer lo que estaba pensando, preciosa y segura de sí misma.

No tenía noticias suyas desde que le dejara a los gatitos filósofos y se desearan buen viaje, como si no hubieran estado a punto de hacerlo en ese mismo sofá dos noches antes, como si solo fueran vecinos con una relación cordial.

Los primeros días se había resistido a llamarla o a mandar cualquier mensaje por una pura cuestión de orgullo, de amor propio, pero la había tenido presente en todo momento. De vez en cuando miraba las pocas fotos que tenía de ella en el móvil o entraba en su muro de Facebook, que ella nunca actualizaba salvo que fuera para anunciar algún evento solidario de la protectora o para difundir algún perro o gato. En esas dos semanas se había limitado a subir un vídeo de los gatos, que parecían crecer por días. Él miraba su foto de perfil, abrazada a Trancos y en la que apenas se distinguían sus rasgos a contraluz. Recorría su histórico y se detenía en las imágenes en las que se la distinguía. Tampoco eran muchas. Ella en bicicleta con otro corte de pelo asomando bajo el casco, posando con los novios en una boda con un vestido de esos sin tirantes, junto a Laura en un stand del refugio en el que vendían camisetas y regalaban folletos, en un selfie con Lobo, abrazada a un mastín enorme que Martín no había llegado a conocer…

Le habían bastado los tres primeros días para aprendérselas todas de memoria. Tres días en los que se había dejado arrastrar por su madre sin ganas de hacer nada.

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Capítulo 40 de #Mastín: sencillamente no tenía ni idea de cómo se sentía

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 40:

En cuanto su madre regresó del trabajo habían bajado las maletas al coche y se habían puesto en marcha. Recordaba perfectamente esos viajes cuando su padre aún vivía. Entonces Martín era un niño y se limitaba a llevar a Logan de la correa y alguna mochila o bolsa pequeña, era su padre el que cargaba con las maletas más grandes y pesadas. Le recordaba sudando y rezongando para encajar el tetris en el maletero mientras su madre recorría la casa para asegurarse que las persianas quedaban bajadas, todas las luces apagadas y que no se olvidaban nada importante. Igual que había heredado su vieja bata o su maquinilla de afeitar eléctrica, también ahora era él el encargado de bajar los bultos más pesados. Lo de decidir cómo colocarlos en el coche era cosa de su madre; aunque ahora llevaban menos equipaje, el coche también era más pequeño. No era lo único que había cambiado, antes el chico viajaba en el asiento trasero junto al pitbull, ahora era el copiloto y toda la parte de atrás era territorio del viejo perro, que iba sujeto por un arnés y una correa especial al cinturón de seguridad. Era un buen viajero, nunca se mareaba; se limitaba a tumbarse y dormitar felizmente, con la tranquilidad de estar en compañía de su familia humana. El destino era lo de menos.

Martín envidió al viejo pitbull, ojalá él fuera capaz de descansar y disfrutar del viaje. El coche se alejaba de la gran ciudad y solo podía pensar en la creciente distancia entre él y Mal. Cincuenta kilómetros, cien, ciento setenta… Ya no había vuelta atrás. Iba a estar tres semanas sin verla, casi sin hablar con ella porque se lo había pedido expresamente. “Necesito coger distancia, si estamos todo el rato mandándonos mensajes o llamándonos no voy a poder hacerlo. Y además tu madre es una tía lista, es fácil que acabara pillándonos”. Mientras las extensiones castellanas se extendían, doradas y monótonas, a ambos lados de la autovía, el chico pensaba que probablemente su madre ya se oliera algo. La miró de soslayo, conducía relajada, con las gafas de sol puestas y pendiente de la carretera y de la música que sonaba. Detuvo a tiempo una oleada de rencor. No, ella no se lo merecía. No tenía sentido odiarla, pero tampoco era capaz de verla con afecto en aquel momento, mientras lo alejaba de Mal. Tampoco pensar en Mal era una buena idea. Era todo demasiado confuso y doloroso. La recordaba arrebolada, bajo su cuerpo, respondiendo a sus caricias. También alejándole de ella, fría y decidida. Casi podía notar su tacto cálido mirándose la piel de sus manos, percibir su olor. Y eso era aún peor. Luego venían a su memoria los momentos de costoso fingimiento, de pretender que no pasaba nada entre ellos salvo en la intimidad más absoluta. Tenía que sacudir la cabeza para expulsarla, para resistirse a mirar las pocas fotos de ella que tenía en el móvil como un imbécil enamorado, que tal vez justo eso es lo que era.

Logró evadirse con un par de juegos que se había descargado recientemente e intercambiando algunos mensajes con Juan y con Andrés, al que tenía últimamente bastante abandonado. Luego estuvo cotilleando Twitter hasta que se quedó sin batería en el móvil.
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