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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Capítulo 37 de #Mastín: con los ojos cerrados

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 37:

Mal siempre cerraba los ojos cuando él la tocaba, cuando la besaba. No debería darle importancia, por su limitada experiencia sabía que muchas chicas lo hacían. No, no debería darle importancia, pero en ocasiones no podía evitar pensar que, cuando bajaba los párpados, ella estaba imaginando a otro que no era él, a un tipo con su misma altura, con idéntico color de piel, con su olor y su voz, pero con diez años más. Una versión adulta, con casa y trabajo. Un hombre diferente. Tal vez sencillamente un hombre porque él aún no lo era. ¿Cuándo se convierte un chico en un hombre? ¿Cuándo se deja toda la niñez atrás? ¿Cómo se sabe? Había leído unos cuantos libros en los que el protagonista era un adolescente, puede que incluso menor que él, que tras pasarlas putas de diferentes maneras acababa el libro hecho un hombre. Pero tenía la seguridad de que en la vida real no era así de sencillo. Puede que en realidad eso nunca sucediera del todo, que por dentro siempre fueras el mismo chico pero con más experiencia, más responsabilidades y más arrugas. También puede que esas experiencias, esas responsabilidades y esas arrugas te convirtieran en otra persona, que el Martín de casi treinta años no guardara más que un recuerdo vago del de diecisiete. No tenía ni idea, pero sí que sabía que no le gustaba nada pensar que Mal preferiría esa otra versión de si mismo mientras exploraba su cuello o sus labios, así que procuraba apartarlo todo a un pequeño rincón oscuro y peligroso de su interior y concentrarse en disfrutar de las sensaciones que le producía tenerla al fin bajo sus caricias.

Tampoco es que abundaran los momentos en los que podían entregarse el uno al otro. En la protectora, por la calle, incluso en el portal en el que ya se habían estado besando largo rato aquella madrugada, fingían que nada había pasado. Era desesperante lo fácil que a ella le resultaba tratarle como siempre, bromear manteniendo las distancias. A Martín en cambio le costaba no bajar la guardia y ya se había descubierto en varias ocasiones mirándola embobado, acercándose demasiado o a punto de tocarla. En dos semanas apenas habían tenido alguna ocasión de ponerse las manos encima en el coche de ella o en su casa. Por eso se lanzaban como lobos uno contra el otro en esos escasos momentos, pero ella cerraba los ojos y luego lo frenaba. “No, aún no. Para”. Y Martín paraba, aunque con Manu hubiera llegado más lejos, aunque supiera que ella había llegado con otros mucho más lejos aún, aunque subir luego las escaleras hasta su piso fuera una tortura y tuviera que encerrarse en el baño. Entonces era él el que cerraba los ojos y pensaba en ella, en una versión de ella más joven y menos preocupada por lo que dirían otros o por lo que debía o no hacer con un chico tan joven. Porque no lo habían hablado, pero Martín sabía bien que esos “no, aún no”, esos “para”, no hubieran existido si él no tuviera sus ridículos diecisiete años.

No era el único problema. Martín tenía todo el tiempo del mundo, y quería estar con Mal tanto como pudiera, que era mucho. Aunque fuera fingiendo que no había pasado nada. Ella, en cambio, seguía teniendo un trabajo al que atender, además de amigos, familia, compras y sus obligaciones en la protectora. Y, lo que le costaba aún más entender a Martín, quería estar a ratos tranquila y sola en su casa, leyendo o viendo la tele.

– Me gustas mucho Martín, más de lo que sería razonable, pero no podemos estar juntos a todas horas– había dicho ella una vez que él había protestado.

– No quiero que estemos juntos a todas horas, es que estamos muy poco tiempo, es que quiero estar contigo. Estoy en casa sin nada que hacer en todo el día –

– Pues búscate cosas que hacer. Hay gente que mataría por tener esas horas libres. Yo misma, sin ir más lejos. Tú dentro de unos años no entenderás como podías malgastar así el tiempo. Lee, estudia idiomas, sal por ahí con Logan, ve a echar una mano a Miguel, queda con tus amigos, haz deporte… ¡Qué se yo! –

– No soy ningún crío aburrido, es que no entiendo que no aprovechemos los ratos que podemos estar juntos – había objetado él.

– Sé que a tu edad cuesta, pero tienes que tomártelo con calma – replicó ella sacudiendo la cabeza mientras jugueteaba con la funda que cubría su viejo sofá. Y Martín había visto la duda bailar en sus dejos, en el vaivén de su rostro, y el miedo a lo que podría pasar si forzaba la mano le había hecho callar y no insistir más.

Era poco, sabía a poco; pero poco con ella era mejor que nada.

Lo de guardar el secreto no le jodía tanto como el notar que ella dosificaba aún más sus encuentros desde aquella charla. Dudaba mucho que ella se lo hubiera confesado a alguien, y solo había una persona a la que él se lo hubiera contado.

– Joder tío, si me molaran las tías serías mi héroe. ¡Una de veintiséis! – había dicho Juan deteniendo el partido en la Play.

– Sí, menudo héroe. A escondidas, a cuentagotas y a pedales –

– Da igual. Sigue siendo una de veintiséis. Y no es ningún orco –

Martín le había lanzado el cojín sobre el que estaba sentado a la cara antes de replicar.

– ¡Un orco! Está muy buena y lo sabes, por mucho que pases de las tías –

– Vale, es mona. Pero que conste que el que está más bueno de los dos eres…- había querido contestar antes de interrumpirse entre risas para frenar el aterrizaje de otro cojín.

Juan era un buen tío. Alguien de quien te podías fiar y con un sentido del humor muy de agradecer. Él tampoco estaba precisamente muy ocupado esos días previos a irse con sus padres a la playa y comenzar la universidad, así que Martín había cogido la costumbre de coger al viejo pitbull e ir dando un paseo hasta su casa para atrincherarse con él frente a la consola y bajo el aire acondicionado.

Resultaba curioso pensar en cómo apenas estaba viendo a los que pocos meses antes habría considerado sus mejores amigos del instituto y, en cambio, buscaba la compañía del que había sido el paria oficial de la clase, al que había estado ignorando cordialmente tanto tiempo.

Durante una de esas mañanas le había explicado su teoría sobre los cumpleaños.

– En realidad ya tengo dieciocho años, ¿sabes? –

– ¿Pero no habíamos quedado en que los cumplías el mes que viene, en agosto? – dijo Juan llenando dos vasos de hielo y coca cola zero.

– Sí, pero lo he estado pensando y creo que la mayoría estamos equivocados con esto de cumplir años. Mira, cuando eres un bebé y cumples tu primer año, en realidad lo que estás haciendo es terminar tu primer año y empezar a vivir el segundo. Vivirás tu segunda Navidad, tu segundo verano, hasta que cumplas dos y comenzarás a vivir el tercer año –

– Hum. Vale, sí. Pero no tienes dieciocho años –

– Tengo diecisiete terminados. He vivido diecisiete años enteros y estoy en mi dieciocho –

Juan le tendió un vaso y fueron hacia el salón seguidos del perro, que ya tenía elegido su rincón para dormitar en aquella casa desde la primera visita.

– Pero no tienes dieciocho por que para tenerlos tendrías que haber vivido ese año entero –

– Vale, no los tengo, pero estoy en ellos, en los dieciocho. Cuando los cumpla en tres semanas tendré los dieciocho enteros y estaré empezando mi año diecinueve de vida – sentenció Martín con un entusiasmo excesivo.

– Así que pasamos de golpe de tener diecisiete a tener diecinueve. Me da que eso no funciona así, colega, por mucho que quieras acortar distancias con esa chica – rió Juan.

– No paso de tener diecisiete a tener diecinueve. Son matemáticas puras. Y también lengua. Fíjate que decimos que cumplimos años y cumplir significa, terminar, como cuando cumples un contrato o una promesa. Cumples dieciocho, así que terminas los dieciocho y empiezas los diecinueve.

– Me estás poniendo la cabeza como un bombo. Anda, coge el mando y escúchame bien, no se te ocurra soltarle todo este rollo a ella – dijo su amigo dejando el vaso en el suelo y encendiendo la consola.

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Aida es una preciosa podenquita de cinco años, desecho de un cazador que no la quería. Ahora se encuentra en casa de acogida y ha demostrado ser una perra muy tranquila, sociable, noble y sumisa. Apenas se le escucha, solo quiere tranquilidad. Le encantan los paseos y recibir cariño constante. Es sociable con otros animales.Con niños se porta de maravilla. Es tamaño pequeño, unos 13 kilos de peso.

Está esterilizada. Se encuentra en Los Barrios (Cadiz) pero se envía a toda España.

Contacto: huellasgaditanas@hotmail.com

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser MadDissector

    Melisa, donde esta el capitulo 36? La semana pasada fue el 35 y hoy es el 37.

    02 Octubre 2015 | 12:10

  2. Melisa Tuya

    Hola MadDissector. El 36 está puntualmente publicado. https://blogs.20minutos.es/animalesenadopcion/2015/09/25/capitulo-36-de-mastin-cinco-perros-que-no-eran-de-nadie-y-que-nadie-queria/ Lo que no estaba es en la recopilación de capítulos anteriores. Ya están todos. Gracias.

    02 Octubre 2015 | 12:23

  3. Dice ser MadDissector

    Gracias! No era consciente de que se me habia pasado una semana…

    02 Octubre 2015 | 13:24

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